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domingo, 4 de junio de 2017

RECORDANDO AL ESPÍRITU SANTO (I)



 
 
 
 





¿Quién o qué es el Espíritu Santo? ¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos  nosotros a él y él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace? Todas éstas son preguntas que en su día hacía el Papa Benedicto XVI y que han quedado reflejadas en su libro: <La alegría de la fe> (San Pablo. Librería Editrice Vaticana 2012).

Son preguntas ciertamente justificadas ante la falta de interés, por parte de una buena parte de la cristiandad sobre la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en los tiempos que corren. Los Pontífices y los Padres de la Iglesia católica han reflexionado e informado a los creyentes sobre el <Señor y dador de vida>, el <Espíritu de Dios>, pero el tema no es fácil ni de enseñar, ni de entender y por ello es necesario andar como mucho cuidado a la hora de hablar sobre este tema tan importante para el hombre.

Sin duda uno de los teólogos que mejor han interpretado la figura del Espíritu Santo dentro de la fe cristiana es Benedicto XVI, el cual supo responder en este libro a todas estas preguntas tan significativas de una forma clara y creíble.

Una primera respuesta a todas estas preguntas podríamos encontrarla, según este Papa en el conocido himno pentecostal de la Iglesia <Veni, Creator Spiritus>, que se suele rezar o cantar para pedir las luces del Espíritu Santo al empezar alguna obra de importancia, como Ejercicios Espirituales, Misiones ó Congresos y que ahora queremos recordar como base del razonamiento que el Papa realiza en bibliografía antes mencionada:

 
 



“Venid, Espíritu Creador, -visitad las almas de vuestros siervos,- y llenad de celestial gracia- los corazones que habéis creado. /Sois llamado Paráclito o Consolador,-Don del Altísimo,- Fuente viva, fuego, caridad,- y unción celestial /Vos que dais los siete dones,- sois el dedo o la fortaleza del Padre,- sois el Prometido del mismo Padre- y nos inspiráis lo que hemos de hacer. /Encended con vuestra luz nuestros sentidos,- infundid vuestro amor en nuestros corazones- y fortaleced con perpetuo auxilio- la debilidad de nuestra carne. /Alejad de nosotros al enemigo, de nuestra alma,-dadnos pronto la paz del corazón,- y puestos bajo vuestra dirección,- evitaremos todo lo nocivo. /Por Vos conozcamos al Padre en todo tiempo, /y también al Hijo,- y por Vos, que procedéis de entrambos,- creamos en todo tiempo. /Gloria a Dios Padre,- y al Hijo que resucitó de entre los muertos,- y al Espíritu Consolador,- por los siglos de los siglos. Amén”

Como dice el Papa Benedicto XVI:

“<Veni, Creator Spiritus…> Este himno alude aquí  a los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la Creación del universo. Allí se dice, ante todo, que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el <Espíritu de Dios>. El mundo en que vivimos es obra del <Espíritu Creador de Dios>. Por eso refleja también  la sabiduría de Dios. La Creación, en su amplitud y en la lógica omnicomprensiva de sus leyes, permite vislumbrar algo del Espíritu creador de Dios.
Nos invita al temor reverencial. Precisamente quien, como cristiano, cree en el Espíritu creador es consciente de que  no podemos usar el mundo y abusar de él y de la materia como si se tratara simplemente de un material para nuestro obrar y querer; es consciente de que debemos considerar la Creación como un don  que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertirlo en el jardín de Dios y así también en el jardín del hombre.

 


Frente a las múltiples formas de abuso de la tierra que constatamos, hoy escuchamos casi el gemido de la Creación, del que habla san Pablo (Rom 8, 22); comenzamos a comprender las palabras del Apóstol, es decir, que la Creación espera con impaciencia la revelación  de los hijos de Dios, para ser libre y alcanzar su esplendor. Nosotros queremos ser esos hijos de Dios que la Creación espera, y podemos hacerlo, porque en el bautismo el Señor nos ha hecho tales.
Sí, la Creación y la historia nos esperan; esperan hombres y mujeres que sean de verdad hijos de Dios y actúen en consecuencia. Si repasamos la historia, vemos que la Creación pudo prosperar en torno a los monasterios, del mismo modo que con el despertar del Espíritu de Dios en el corazón de los hombres ha vuelto el fulgor de Espíritu creador también  a la tierra, un esplendor que había quedado oscurecido y a veces casi apagado por la barbarie del afán  humano del poder…
Así hemos encontrado una primera respuesta a las pregunta: ¿qué es el Espíritu Santo?, ¿qué hace?, y ¿cómo podemos reconocerlo? Sencillamente el Espíritu Santo sale a nuestro encuentro a través de la Creación y la belleza”

 
 

El Espíritu Santo, en efecto, sale a nuestro encuentro, a través de la Creación y la belleza, éste es un tema que ha sido reconocido desde antiguo por los hombres de bien para los que, <nada de este mundo resulta indiferente>.

Entre estos hombres  están desde luego los Pontífices de la Iglesia de Cristo, y así en los últimos siglos nos encontramos por ejemplo, al Papa Juan XXIII que en el año 1963 con su Carta Encíclica <Pacem in terris>  quiso transmitir una propuesta de paz  a la humanidad.

Igualmente, años más tarde, Pablo VI en su Carta Encíclica <Octagesima adveniens> aseguraba que, <los progresos científicos más extraordinarios las proezas técnicas más sorprendente…etc., si no van acompañados por un autentico progreso social, se vuelven en definitiva contra los hombres>.
Por su parte, san Juan Pablo II en su Audiencia General del 17 de enero de 2001, hablaba  de alcanzar un compromiso social para evitar las catástrofes ecológicas, y recordaba a tal propósito el  hermoso Salmo 148, el cual es una <Alabanza universal> de todo lo creado por el Espíritu de Dios y en el que entre otras cosa se llega a decir:

“¡Aleluya! Alabad al Señor desde los cielos, alabadlo en las alturas; /alabadlo, todos sus ángeles; alabadlo todos sus ejércitos; /alabadlo, sol y luna, alabadlo, todas las estrellas luminosas, /alabadlo cielos de los cielos y aguas que estáis por encima  de los cielos; /alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó y fueron creados; / Él los fijó para siempre jamás, puso unas leyes que nunca cambiarán…”



Para el Papa san Juan Pablo II esta visión de la Creación tan bellamente expresada en el  Salmo 148:
“Podría ser, la representación de un paraíso perdido y, por otro  lado la del paraíso prometido. Por eso el horizonte de un universo paradisiaco, que el Génesis coloca en el origen mismo del mundo, en el libro del profeta Isaías y en el Apocalipsis del apóstol San Juan se sitúan al final de la historia.

Se ve así que la armonía del hombre con su semejante, con la Creación y con Dios es el proyecto que el Creador persigue…”

 



En este sentido,  el Papa Francisco se expresaba en los términos siguientes en su Carta Encíclica <Laudato sí>, sobre el cuidado de la casa común del género humano, dada en Roma un 24 de mayo (solemnidad de Pentecostés) de 2015:

“El Nuevo Testamento nos habla del Jesús terreno y de su relación tan concreta y amable con todo el mundo. También lo muestra resucitando y glorioso, presente en toda la Creación con su Señorío universal…”

Hay que recordar que dos años antes de pronunciar estas elocuentes palabras, el Papa Francisco también se había hecho la misma pregunta que, con anterioridad, se hizo el Papa Benedicto XVI: ¿Quién es el Espíritu Santo?

Lo hizo en su <Audiencia general> de los miércoles, concretamente un 8 de mayo de 2013, dando a continuación  la siguiente respuesta:




“En el Credo profesamos con fe: <Creo en el Espíritu Santo que es Señor y dador de vida>.

La primera verdad a la que nos adherimos en el Credo es que el Espíritu Santo es <Kyrios>, Señor.

Esto significa que Él es verdaderamente Dios como lo es el Padre y el Hijo, objeto, por nuestra parte, del mismo acto de adoración  y glorificación que dirigimos  al Padre y al Hijo.

El Espíritu Santo, en efecto, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como Hijo enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.
Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es el manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros. El hombre de todos los tiempos y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no esté amenazada por la muerte, sino  que madure y crezca hasta su plenitud.

El hombre es como un peregrino que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y fresca, capaz de saciar en profundidad  su deseo intenso de luz, amor, belleza y paz. Todos sentimos este deseo. Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros corazones. <Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10, 10)”

 


Se refiere el santo Padre a la parábola del buen pastor que propuso el Señor a sus seguidores en respuesta a una pregunta malintencionada de los fariseos, y que aparece en el Evangelio de San Juan. Concretamente Jesús muestra en ella el comportamiento del  buen pastor y del mal pastor para con sus ovejas, asegurando después que él es la <puerta de las ovejas> (Jn 10, 7-10), para significar que es el <único acceso que tiene el hombre a la salud, a la vida>:

“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. /Todos los que vinieron antes de mí eran ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. /Yo soy la puerta; el que entra por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastos. /El ladrón sólo entra para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”

Y más adelante en este mismo Evangelio encontramos aquel pasaje de la vida del Señor en el que después de despedirse de sus discípulos y anunciarles que <va al Padre> y le queda poco tiempo de estar con ellos, al ver la tristeza de estos, les pide que no estén agobiados porque volverá a ellos, y además les enviará <otro Defensor> (Jn 14, 15-17):

-Si me amáis guardaréis mis mandamientos.

-Yo pediré al Padre que os mande otro Defensor que esté siempre con vosotros,

-el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros.   

  
    

Con razón  el Papa san Juan Pablo II pronunció estas palabras, en su Audiencia General del miércoles 20 de marzo de 1991:

“Jesús mismo, la víspera de su partida de este mundo para volver al Padre mediante la cruz y la ascensión al cielo, anuncia a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo:<Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad> (Jn 14, 16-17).

Pero Él mismo dice que esa presencia del Espíritu Santo, su inhabitación en el corazón humano, que implica también la del Padre y la del Hijo, está condicionada por el amor (Jn 14, 23)”

El Apóstol San Juan, en su Evangelio,  nos narró este importante pasaje de la vida  del Señor (Jn 14, 18-24):

-No os dejaré huérfanos; vuelvo a vosotros.

-Todavía un poco y el mundo ya más no me ve; pero vosotros me veis, porque yo vivo y vosotros viviréis.

-En aquel día conoceréis vosotros que estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.

-Quien tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y quien me ama, será amado de mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él.

-Dícele Judas, no el Iscariote: Señor ¿y qué ha pasado, que vas a manifestarte a nosotros, y al mundo no?

-Respondió Jesús y díjole: Si alguno me amare, guardará mis palabras, y mi Padre le amará, y a él vendremos y en él haremos mansión.

-Quién no me ama, no guarda mis palabras. Y la palabra que oís no es mía sino del Padre, que me ha enviado.

 


Jesús en su <Sermón de la Cena>, próxima ya su Pasión y Muerte, hace varias promesas a sus discípulos y entre estas destaca, la llegada del “Consolador”, es decir del Espíritu Santo, pero también la llegada del Padre y del Hijo, al corazón de los creyentes, nos habla de la inhabitación de la Santísima Trinidad.

Según el Papa san Juan Pablo II (Ibid):
“En el discurso de Jesús, la referencia al Padre y al Hijo incluye al Espíritu Santo, a quien san Pablo y la tradición patrística y teológica atribuye la inhabitación trinitaria, porque es la Persona-Amor y, por otra parte, la presencia interior es necesariamente espiritual.

La presencia del Padre y del Hijo se realiza mediante el Amor y, por tanto, en el Espíritu Santo. Precisamente en el Espíritu Santo, Dios, en su unidad trinitaria, se comunica al espíritu del hombre.


 



Santo Tomás de Aquino dirá que sólo en el espíritu del hombre (y del ángel) es posible esta clase de presencia divina -por inhabitación-, pues sólo la criatura racional es capaz de ser elevada al conocimiento, al amor consciente y al goce de Dios como Huésped interior: y esto tiene lugar por medio del Espíritu Santo que, por ello, es el primero y fundamental don (Summa Theol., I, q. 38, a.1)”

Por eso, la pregunta que San Judas (Tadeo) hizo al Señor, tiene el mérito de darnos a conocer el misterio de la  inhabitación de la Santísima Trinidad, en el corazón de los hombres, por la respuesta de Jesús y como nos sigue diciendo el Papa san Juan Pablo II en  su Audiencia General, esto es muy importante porque mediante este hecho misterioso <los hombres se convierten en templos de Dios>:

“Por consiguiente, la inhabitación del Espíritu Santo implica una especial consagración de toda la persona humana (San Pablo subraya en I Corintios 6,19 una dimensión corporal) a semejanza del templo.
Esta consagración es santificadora, y constituye la esencia misma de la gracia salvífica, mediante la cual el hombre accede a la participación de la vida trinitaria en Dios.




Así, se abre en el hombre una fuente interior de santidad, de la que deriva la vida <según el Espíritu>, como advierte Pablo en la <Carta a los romanos>  (Rm 8,9): <Más vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros>. Aquí se funda la esperanza de la resurrección de los cuerpos, porque < sí el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8,11)”

Así es, <Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en nosotros>, porque como muy bien decía el Papa Pablo VI, en su Exhortación Apostólica, <Gaudete in Domino>, dada en Roma el 9 de mayo de 1975:

“Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia, y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta morir a manos de los impíos (Hech 2, 23), morir sobre una cruz.
Pero el Padre no permitió que la muerte lo retuviera en su poder. La Resurrección de Jesús es el sello puesto por el Padre sobre el valor del sacrificio de su Hijo; es la prueba de la fidelidad del Padre, según el deseo formulado por Jesús antes de entrar en su Pasión: <Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique> (Jn 17,1)   Desde entonces Jesús vive para siempre en la Gloria del Padre, y por esto mismo los discípulos se sintieron arrebatados por una alegría imperecedera al ver al Señor…”

 



Sucede que, aquí abajo, la alegría del Reino hecha realidad, no puede brotar más  que de la celebración conjunta de la Muerte y la Resurrección del Señor (Papa Pablo VI; Ibid):

“El <Exsultet> del pregón pascual canta un misterio realizado por encima de las esperanzas proféticas: en el anuncio gozoso de la Resurrección, la pena misma del hombre se halla transfigurada, mientras que la alegría surge de la victoria del Crucificado, de su Corazón traspasado, de su Cuerpo glorioso, y esclarece las tinieblas de las almas…

El Espíritu que procede del Padre y del  Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es, pues, comunicado al pueblo de la Nueva Alianza y a cada alma que se muestra disponible a su acción.

Él hace de nosotros su morada, <dulce huésped del alma>. Con Él habitan en el corazón  del hombre el Padre y el Hijo (Jn 14, 23). El Espíritu Santo suscita  en el hombre una oración filial, que brota de lo más profundo del alma, y que se expresa en alabanza, acción de gracias, expiación, y súplica. Entonces podemos gustar  la alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo (Rm 14, 17; Gal 5, 22); consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios Trino, conocido por la fe y amado con la  caridad que proviene de él. Esta alegría caracteriza, por tanto, todas las virtudes cristianas.

Las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, quedan transfiguradas. Esta alegría espiritual, aquí abajo, incluirá siempre en alguna medida la dolorosa prueba de la mujer en trance de dar a luz, y en cierto abandono aparente, parecido al del huérfano: lágrimas y gemidos, mientras que el mundo hará alarde de satisfacción, falsa en realidad. Pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios, y no según el mundo, se trocará pronto en una alegría espiritual que nadie podrá arrebatarles (Jn 16, 20-22); 2 Cor 1, 4; 7, 4-6)”

 


Hermosa palabras del Papa Pablo VI,  que nos dejo a todos los creyentes un legado maravilloso, que si en tiempos anteriores fue quizás olvidado, ahora resurge con la pujanza de una actualidad brillante y necesaria, así lo han reconocido sus sucesores en la Silla de Pedro, algunos de ellos incluso, como el Papa Francisco, ha recomendado a todos los cristianos la lectura de alguno de sus numerosos trabajos en la seguridad de que nadie saldrá defraudado.

Es lo que sucede con esta Exhortación Apostólica en la que Pablo VI nos habla de una alegría propiamente espiritual que nadie podrá arrebatarnos si dejamos obrar en nuestro corazón al Espíritu  Santo, recordando las palabras del Señor recogidas en el  Evangelio de san Juan (Jn 16, 20-23):
-Os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, pero el mundo gozará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría.

-La mujer cuando está de parto se siente angustiada, porque ha llegado su hora; pero cuando ya ha dado a luz al niño, no se acuerda más de la angustia por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo.



-Así también vosotros estáis ahora tristes; pero yo os veré otra vez, y vuestro corazón se alegrará y nadie os quitara ya vuestra alegría. Os aseguro que todo lo que pidáis en mi nombre el Padre os lo concederá.

Jesús estaba seguro de que el Padre respondería a sus peticiones, por eso dice aquello <os aseguro que todo lo que pidáis en mi nombre el Padre os lo concederá> y así fue con su promesa de enviarnos un <nuevo Defensor > después de su partida hacia el Padre, refiriéndose al Espíritu Santo, nuestro Consolador.

Sucedió en la fiesta de Pentecostés, por eso la Iglesia a lo largo de los siglos ha celebrado con gran solemnidad su conmemoración.

Como recuerda el Papa Benedicto XVI, en ese día:
“Se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. Por tanto, hagamos nuestra, y con especial intensidad, la invocación de la Iglesia: < ¡Veni, Sancte Spiritus!>  Una invocación muy sencilla e inmediata, pero a la vez extraordinariamente profunda, que brota ante todo del corazón de Cristo. En efecto, el Espíritu es el don que Jesús pidió y pide continuamente al Padre para sus amigos; el primer y principal don que nos ha obtenido con su Resurrección y Ascensión a los cielos.




De esta oración de Cristo nos habla el pasaje evangélico, que tiene como contexto la Ultima Cena. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: < Si me amáis, guardareis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre> (Jn 14, 15-16).


Aquí se nos revela el corazón orante de Jesús, su corazón filial y fraterno. Esta oración alcanza su cima y su cumplimiento en la cruz, donde la invocación de Cristo es una sola cosa con el don total que él hace de sí mismo, y de ese modo su oración se convierte- por decirlo así-  en el sello mismo de su entrega en plenitud por amor al Padre y a la humanidad: invocación y donación del Espíritu Santo se encuentran, se compenetran, se convierten en una única realidad: <Y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre>.


En realidad, la oración de Jesús- la de la Ultima Cena y la de la cruz- es una oración que continúa también en el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Jesús, de hecho, siempre vive su sacerdocio de intercesión a favor del pueblo de Dios y de la humanidad y, por tanto, reza por todos nosotros pidiendo al Padre el don del Espíritu Santo”    

 


  

         

 

 

 

 

 

jueves, 1 de junio de 2017

MENSAJEROS DEL EVANGELIO: Los primeros siglos (3ª Parte)

 
 
 
 
 
 
 
Esta frase de Jesús: <venid y lo veréis>, es una dulce invitación a iniciar con Él trato amistoso y familiar, por eso sus primeros discípulos se quedaron con Él, ya que esto era lo que realmente ansiaban. Los cristianos de todos los tiempos estamos llamados a seguir el ejemplo de sus primeros discípulos. Por otra parte, sin duda, una pregunta que todo hombre se realiza, en alguna ocasión, a lo largo de su vida es: ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?


La respuesta se encuentra en Jesús, el cual desde el inicio de su vida pública aseguraba: <He venido para evangelizar a los pobres> (Lc 4, 18), lo que significa que solo Él puede comunicar el arte de evangelizar porque Él, es, el Evangelio en Persona.

La evangelización de los pueblos, es especialmente importante en estos tiempos, cuando la dictadura del relativismo pretende obscurecer el Mensaje de Cristo. Sin duda, hoy en día algunas ovejas pérdidas tratan de apartar las creencias religiosas del campo de la vida pública, relegándolas a la vida privada, simplemente con la excusa de que son una amenaza para la igualdad  del hombre, cuestión, totalmente inexacta. Por el contrario el conocimiento de la Palabra es una garantía auténtica de libertad y de respeto hacia el prójimo, hacia cada persona, pues todos los seres humanos hemos sido creados por  Dios.
 
 
 
Cinco años después de su nombramiento como Pontífice de la Iglesia de Cristo, Benedicto XVI concedió una entrevista al conocido periodista Peter Seewald, el cual le trasladó al Papa algunas de las preguntas que por entonces, y aún hoy, se hacen muchos católicos y no católicos, a las que éste respondió con gran acierto, quedando reflejadas sus respuestas posteriormente en un libro muy interesante que toda persona deseosa de aportar algo a la llamada <nueva evangelización> debería leer.


Así, por ejemplo, a la pregunta del periodista sobre la Iglesia, la fe y la sociedad, más concretamente, al preguntarle acerca de la nueva forma de vida del hombre de hoy, el Papa entre otras muchas  cosas reconocía que: “En nuestros días vemos cómo el mundo corre peligro de deslizarse hacia el abismo… El desarrollo del pensamiento moderno centrado en el progreso y en la ciencia ha creado una mentalidad por la cual se cree poder hacer prescindible la <hipótesis de Dios>… El hombre piensa hoy poder hacer por sí mismo todo lo que antes sólo esperaba de Dios…
Según este modelo de pensamiento, que se considera científico, las cosas de la fe aparecen como arcaicas, míticas, como pertenecientes a una civilización pasada…

El hombre ya no busca más el misterio, lo divino, sino que cree saber: la ciencia descifrará en algún momento todo aquello que todavía no entendemos… Es sólo cuestión de tiempo; entonces, lo dominaremos todo…”

Sí, el Papa  Benedicto XVI  siempre ha conocido muy bien la sociedad que le tocó vivir, y más concretamente la de aquellos años en los que ejerció como Cabeza de la Iglesia Católica. Por eso se daba cuenta del cariz que estaba tomando el pensamiento humano, alejándose de Dios para poner al hombre en su lugar.

 
 
El Pontifice, ante esta situación, ya perpetuada a principios del siglo XXI, intuía que: “Nos encontraríamos realmente en una era en la que se haría necesaria una <Nueva evangelización>, en la que el único Evangelio debería ser anunciado en su inmensa y permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión” (La luz del mundo. El Papa y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. Herder www.erdereditorial. 2010)

Por otra parte, sin duda, el cristianismo es una religión que de acuerdo con su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, garantiza auténtica libertad y respeto a los hombres , moviéndolos a considerarse hijos adoptivos de Dios, y por tanto, a cumplir la Ley Nueva dada por Jesús: <Amarse y respetarse como Él nos ha amado>.

No obstante, este comportamiento exigido por Cristo a todos sus seguidores, no siempre se ha respetado como debería, y esto ha sido así no sólo en los últimos siglos, sino también en todos los anteriores, después de la venida del Mesías, tal como sucedió en el siglo XI, tristemente célebre por una serie de acontecimientos históricos entre los que destaca el llamado: <Cisma de Oriente>, esto es, la escisión  con la Iglesia Romana, por una parte de la cristiandad oriental, la cual se había iniciado con otro Cisma, que en principio parecía prácticamente superado, el llamado: <Cisma de Focio>.

Focio fue, un hombre culto conocedor de las ciencias políticas y teológicas, que llegó a ser secretario del Imperio, y Patriarca de la Iglesia de Oriente. Muy ilustrado, no cabe duda, al que se deben libros de historia sobre autores cristianos y paganos, además de otros tratados teológicos menos conocidos, pero tenía un terrible defecto, su inconmensurable ambición, la cual le llevó al enfrentamiento con la Iglesia de Roma, sin tener en cuenta las consecuencias que ello provocaría.

 
 
Los Patriarcas sucesores de Focio, aunque persistieron en las tentativas de independizarse de Roma, conservaron las apariencias, manteniendo relativamente,  buenas relaciones con los Pontífices de Roma. Esto fue así hasta mediados del siglo XI,  pero a partir  de este tiempo, se consumó definitivamente la separación entre las Iglesias de Oriente y de Occidente, esto es,  se produjo el llamado  <Cisma de Oriente>, suceso que tuvo lugar siendo Patriarca de la Iglesia de Oriente Miguel I Cerulario.

Hasta este terrible momento las rencillas entre ambas Iglesias, parecían estar casi zanjadas, aunque la realidad, como se demostró más tarde, era otra muy distinta.

Los Pontífices que ocuparon la Silla de Pedro durante la primera mitad del siglo XI, antes de estallar el Cisma, fueron aproximadamente una docena, y decimos aproximadamente, porque concretamente uno de ellos estuvo ocupándola en tres ocasiones distintas, nos referimos a Benedicto IX, que fue nombrado Cabeza de la Iglesia en  tres períodos de este siglo: (1032-1044), en el año 1045, y por último, desde 1048 a 1055.

Así mismo, algunos Papas mantuvieron tan alto privilegio, dentro de la Iglesia de Cristo, un período cortísimo de tiempo, como le sucedió a Juan XVII (1003), el cual estuvo solamente cinco meses en la Silla de Pedro, y a Silvestre III (1045), que solamente estuvo veinte días, esto nos da idea ya, de un hecho evidente: Nos encontramos, durante esta primera parte del siglo XI, en un período caótico para la Iglesia, que ya se había iniciado en siglos pasados. Solamente el último Papa de esta época fue considerado santo por la Iglesia Católica, nos referimos, a San León IX (1049-1054).

Habría que analizar aunque fuera someramente los acontecimientos históricos más relevantes que tuvieron lugar durante esta primera parte del siglo XI para llegar a entender las causas por las que la Silla de Pedro se vio abocada a tantos vaivenes y  dificultades.

 
 
En primer lugar debemos recordar que durante el siglo XI, en Europa persistía aún el llamado Sacro Imperio romano-germánico, pero muy disminuido en sus posesiones territoriales, y rodeado por una serie de ducados cuyo poder iba en aumento. Así, por ejemplo, en el año 1000, Francia ya se había convertido en un reino  compuesto por una serie de territorios independientes gobernados por condes o duques, que a su vez, estaban divididos en señoríos menores, regidos por castellanos y caballeros. Por otra parte, se produjo un gran avance tecnológico que provocó el aumento de productividad en la agricultura durante este periodo de la  Alta Edad Media.

En Alemania, la realeza tomó un carácter electivo y el feudalismo se hizo también poderoso, a pesar de que el título imperial se vinculaba a sus reyes. Sin embargo este imperio no tuvo ya la pretensión de ser el heredero, como sucedió con el carolingio, del imperio romano, pero la intervención de ayuda de Otón I en Italia, llamado por el Papa, lo transformó en romano-germánico. Éste imperio a diferencia del carolingio intervino en los asuntos exclusivos de la Iglesia, y ello conduciría a una pugna entre los emperadores y los Papas provocando el llamado <Conflicto de las investiduras>.

 En Francia, la dinastía Capeta sucedió a la Carolingia sin interrupción en el año 987, manteniendo viva la memoria por la que en otro tiempo toda la nación había debido lealtad a un único rey. En el norte de Italia, a finales del siglo X, varios dirigentes locales se pelearon entre sí reclamando la realeza carolingia. Pero en la práctica ni los herederos de Otón en Italia ni de los Capetos, en Francia, fueron capaces de controlar los territorios que reclamaban para gobernar. De esta forma en el año 1000, el verdadero poder político y militar en el continente europeo había pasado a manos de hombres de rango inferior: duques, condes, castellanos y caballeros. El símbolo de su autoridad era, el castillo, muchas veces una torre de madera situada en una colina, y rodeada por una empalizada, pero que si estaba defendida por una fuerza suficiente de caballeros, este castillo de madera, podía convertirse en una fortificación formidable, capaz de intimidar a los campesinos de una zona y sobre todo capaz de resistir los ataques de los Señores rivales.

 
 
 
Desde sus castillos estos Señores feudales dirigían territorios independientes en los que ejercían no sólo los derechos de propiedad como terratenientes sobre los trabajadores del campo, sino también los derechos públicos de acuñar moneda, juzgar casos legales, librar guerras o incluso recaudar impuestos e imponer peajes. En definitiva, se puede decir que en el año 1000, a consecuencia del feudalismo, Europa era menos poderosa, sin embargo, desde el punto de vista de la vida religiosa se puede asegurar también, que hubo un resurgimiento de la Iglesia a  pesar de la situación caótica  en aquellos momentos de la historia, gracias a su  gran esfuerzo para extender las Palabra de Cristo entre los laicos,  favorecer la proliferación de las iglesias locales, y  desarrollar nuevas órdenes religiosas.

De cualquier forma el siglo XI puede considerarse, especialmente en su primera mitad, una época en la que reinó el espíritu cristiano, donde destacaron por su santidad, algunos grandes hombres. Así mismo, fueron unos años en los que continuó el reconocimiento del poder temporal de los Pontífices y la Iglesia mantuvo su espíritu en las instituciones políticas, prosiguió la renovación y unificación de la liturgia y florecieron las grandes figuras Papales, entre las que caben destacar a San León IX  (1049-1054),y Nicolás II (1059-1061).

Por otra parte, recordemos  que la Iglesia había concedido a Carlomagno y sus sucesores y más tarde a Otón I y a los suyos, ciertos privilegios por la adhesión y auxilio a la Santa Sede siempre que esta lo solicitaba. Estos monarcas en general habían ayudado a la Iglesia promocionando la construcción de nuevas Abadías y Obispados, pero poco a poco se fueron arrogando no sólo el poder temporal, sino el espiritual por la concesión del  anillo y el báculo a los Pontífices.

De esta situación, derivó el hecho de que en ocasiones se nombrará personas no dignas para cargos eclesiásticos por la sola voluntad del monarca de turno, dando lugar a lo que se denominó como hemos comentado anteriormente la <Cuestión de la investidura>.

La Iglesia en distintas ocasiones había protestado contra estos hechos abusivos de los monarcas, y después de varios Papas que intentaron sin éxito una reforma de la Iglesia, para acabar con esta situación que conllevaba además en muchas ocasiones un pecado adicional, denominado simonía, subió a la Silla de Pedro el cardenal Hildebrando, monje de Cluny. Este hombre humilde y de gran fe, se opuso en principio a aceptar este cargo tan importante para la Iglesia Católica pero finalmente accedió al Pontificado con el nombre de Gregorio VII (1073-1085), para tratar de erradicar todos estos problemas, anteriormente comentados, de la Iglesia. Sin embargo, no fue hasta la segunda mitad del siglo XI cuando por fin la Iglesia católica se vio libre totalmente de todas estas irregularidades tan reprochables, por las que siempre ha pedido perdón.
 
 
Con todo, eso no quiere decir que en la primera mitad del siglo XI antes de que estallara el Cisma de Oriente definitivamente, no existieran ejemplos de santidad admirables dentro de la Iglesia católica e igualmente podemos recordar que también se produjeron persecuciones y hasta muertes de algunas personas que fueron fieles a Cristo con todas las consecuencias.


Recordaremos en primer lugar algunos casos ocurridos en Occidente, y más concretamente en aquella zona que hoy en día constituye parte del continente Europeo. Este fue el caso de San Gerardo Obispo de Chonad (Hungría), que había nacido en Venecia a principios del siglo XI, y había renunciado desde muy joven a los placeres mundanos para consagrarse al servicio de Dios en un monasterio.
Pasados algunos años de su retiro ascético, con permiso de sus superiores, emprendió una peregrinación a Tierra Santa, con la idea de visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén, pero al pasar por Hungría tuvo ocasión de conocer al rey de este país, Esteban, el cual habiendo tenido conocimiento de la capacidad intelectual y la enorme santidad de Gerardo, le invitó a quedarse en la corte durante algún tiempo para que le ayudara a evangelizar a sus súbditos; Gerardo aceptó la invitación del rey pero no consintió vivir dentro del recinto cortesano, sino que construyó una pequeña ermita en Beel, donde pasó siete años con la única compañía del ayuno y la oración. Sólo salía de su retiro en ocasiones a estancias del rey Esteban, un monarca verdaderamente santo, con objeto de predicar los evangelios entre las gentes de la corte, lo cual se vio recompensado por un gran número de conversiones.

El rey en agradecimiento le nombró Obispo de la Sede de Chonad, una ciudad a pocas leguas de Temeswar, donde se encontró con una población que en su mayoría practicaba la idolatría. Sin embargo, sus predicaciones alcanzaron pronto la recompensa de ver que muchas de aquellas gentes arrepentidas de sus pecados se convertían al cristianismo con gran satisfacción y  alegría del rey, el cual ya apuntaba por su comportamiento, que llegaría a ser considerado santo en su día por la Iglesia católica.

Sucedió sin embargo que el heredero de San Esteban en el trono de Hungría, (sobrino de éste), era un hombre corrupto y pecador, que en seguida consideró a San Gerardo su mortal enemigo, pero con ello consiguió que sus propios súbditos lo expulsaran del país en el año 1042, siendo entonces coronado rey, un noble llamado Abas, el cual esperaba que, según la costumbre establecida por San Esteban, el Obispo Gerardo le entregara la corona de rey, pero el santo renunció a tal privilegio  y esto no le gustó. Un par de años más tarde los mismos nobles que habían dado la corona a Abas se volvieron contra él y le cortaron la cabeza.

El país iba de mal en peor, pues no había control sobre la denominación de los monarcas que iban siendo candidatos a la corona. Finalmente un primo de San Esteban, Andrés, fue coronado pero con la condición de que restaurara la idolatría en el país.

Al enterarse San Gerardo de tal sacrilegio, se puso en contacto con otros Obispos de la zona para ir a disuadir al posible nuevo rey de tal propósito, pero cuando estos buenos hombres estaban cruzando el río Danubio se encontraron con un grupo de soldados dirigidos por el duque de Vatas, un hombre inmerso totalmente en  la idolatría, los cuales atacaron primero a Gerardo sometiéndole a una cruel lapidación y como el santo no se defendía y tampoco lograban matarlo, lo arrastraron por el suelo.

 
 
Mientras él seguía rezando con las mismas palabras que lo hiciera el protomártir de la Iglesia católica San Esteban  en recuerdo del Hijo de Dios  en la Cruz: <Señor no se lo tengas en cuenta pues no saben lo que hacen>. Al oír estas palabras aquellos acólitos del demonio le clavaron una lanza a consecuencia de la cual el santo por fin fue al encuentro del Señor, un 24 de septiembre de 1046.

Recordaremos también, aunque de forma más breve, otro ejemplo magnífico de santidad y martirio en el seno de la Iglesia católica, que tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XI. Nos referimos a San Arialdo de Milán, el cual fue asesinado cuando intentó reformar el clero.

Había nacido en el seno de una familia noble, en Cucciago, cerca de Como. Estudió en la Om y en París, siendo poco después ordenado diácono en Milán. Junto a otros compañeros como Anselmo de Vaggio, encabezó una organización cuya intención era  renovar las costumbres del clero, inmerso por entonces en pecados  tan graves como la simonía. Sin embargo, el Obispo Guido de Veleta excomulgó al santo por este motivo y tuvo que ser el Papa Esteban IX el que levantara esta cruel e incorrecta excomunión, alentándole a que siguiera con su reforma.

No pudo ser, los esbirros de este personaje tan depravado,  asesinaron a San Arialdo de Milán y diez días más tarde de tan terrible suceso el cuerpo del santo fue encontrado en el lago Maggiore, poniendo de manifiesto el crimen cometido (1067). El Papa Alejandro IV (1254-1261), lo declaró mártir de la Iglesia católica.
 
 
 
Un aspecto interesante que convendría recordar respecto a los santos y santas de la primera mitad del siglo XI es el hecho de que entre ellos  abundaron los condes  y las condesas, los príncipes y princesas,  los reyes y las  reinas y hasta algún emperador y alguna  emperatriz.


Así por ejemplo tenemos el caso de santa Adelaida Vilich, hija del conde de Güeldress y nieta de Carlos III de Francia. Había nacido probablemente a finales del siglo X en Alemania, y era muy joven cuando ingresó en un convento cuyo carisma se basaba en la regla de San Jerónimo. Sus padres, muy religiosos, habían fundado el convento de Vilich, al otro lado de la ciudad de Bonn y a él se trasladó la joven, a la muerte de su madre, llegando a ser Abadesa del mismo.

Muy pronto corrió su fama de santidad, así como su posible capacidad de realizar milagros por la gracia de Dios, y esto atrajo la curiosidad del Arzobispo de Colonia, el cual quiso hacerla Abadesa de otro convento mayor, concretamente el de Santa María de Colonia. El emperador Otón III confirmó este nombramiento, y así la santa se mantuvo como Abadesa de dos conventos a la vez, el de Vilich y el de Santa María respectivamente, aunque su muerte tuvo lugar en el convento de Colona a principios del siglo XI (1015)

Por otra parte Santa Casilda, virgen de Toledo, era hija del rey Cano famoso por sus batallas contra los cristianos. Esta santa se cuenta que era poseedora de una rara belleza corporal, pero sobre todo, y esto es lo más importante, de una gran belleza espiritual. Socorría a los indigentes de la corte y cuando su padre se enteró, montó en cólera y la espiaba para poderla acusar con pruebas de sus indebidos actos de caridad.

 
 
 
Un día, se cuenta, que por fin la encontró en un corredor del castillo llevando un cesto lleno de panes y viandas ¿Qué llevas ahí Casilda? Le preguntó el rey su padre. Temiendo ella la reacción de su progenitor y para evitar que le arrebatara las provisiones destinadas a los pobres, contestó: <llevo rosas>. El padre no la creyó. Abrió la cesta de la santa con ánimo de ponerla en grave aprieto, por su mentira piadosa, y en lugar de viandas apareció ante sus atónitos ojos las rosas que Casilda había mencionado.

Esta joven santa no llegó a contraer matrimonio como era el deseo de su padre, porque una grave enfermedad lo impidió. Ella deseaba ardientemente profesar la religión cristiana y habiendo sabido del poder curativo de las aguas de una laguna situada en San Vicente, cerca de Briviesca, rogó la princesa a su padre la dejase partir hacia allí para tratar de curarse. El padre aceptó, porque por entonces tenía concertada una tregua bélica con el rey cristiano Fernando I el Magno. La recibieron con alegría, el rey de Castilla, los Obispos, el clero, la nobleza, así como una innumerable multitud que la siguieron hasta  la laguna, y nada más que  entró en las aguas de las mismas, se cuenta, que se produjo un milagro y sanó. Por otra parte, habiendo pedido el sacramento del bautismo y habiéndolo recibido, no quiso volver a la corte de su padre y prefirió permanecer en una ermita humilde el resto de sus días, hasta mediados del siglo XI (1050), año en el que tuvo lugar su glorioso tránsito hacia el cielo.

Todavía quisiéramos recordar a otra mujer perteneciente a la aristocracia, nos referimos a la conocida emperatriz que junto con su esposo, proclamado también santo,  fue  considerada santa por la Iglesia; este  matrimonio, constituyó un ejemplo admirable de amor a Cristo y su mensaje. Nos estamos refiriendo concretamente al matrimonio formado por Santa Cunegunda y San Enrique (Duque de Baviera), que fue elegido rey de los romanos en el año 1002. Dos años más tarde Santa Cunegunda fue junto con su esposo a Roma para ser coronados emperadores durante el Pontificado de Benedicto VIII (1012-1024). Esta santa mujer debió enfrentarse a graves calumnias sobre la promesa de fidelidad a su esposo y para evitar el escándalo entre sus súbditos, se sometió gustosa a la tremenda prueba de andar sobre brasas, prueba que superó de forma extraordinaria saliendo ilesa de la misma. El emperador su esposo ante semejante sacrificio, condenó a sus detractores e hizo ante ella grandes actos de enmienda, por haber dudado siquiera un instante de su virginidad.

Santa Cunegunda ayudó mucho a la Iglesia de su tiempo, colaborando en la construcción de nuevos monasterios. A uno de los cuales, se retiró para hacer vida ascética a la muerte de su querido esposo. Donó toda su fortuna a la Iglesia, de forma que  quedó en una situación de auténtica miseria, vistió un hábito sencillo y se consagró a Dios para el resto de su vida olvidándose totalmente de que en otro tiempo fue una rica y poderosa emperatriz. Así pasó los últimos quince años de su vida y fue tal su deseo de mortificación que cayó enferma y las religiosas del monasterio donde estaba acogida se afligieron en extremo al pensar en la cercanía de su muerte. Ella en cambio parecía feliz de poder por fin caminar al encuentro con el Señor y pidió que la enterraran con  sencillez, como cualquier otra monja, lo cual tuvo lugar en el año 1040. Su cuerpo descansa en la actualidad junto al de su esposo en  Bamberg.

A pesar de todos estos ejemplos de indudable santidad entre personas pertenecientes a la nobleza del siglo XI, debemos recordar una vez más que con el sistema político denominado feudalismo se causaron grandes estragos a la Iglesia, fundamentalmente debido a la desmedida injerencia de algunos reyes y cortesanos en los temas concernientes a la misma. Especialmente negativos fueron los problemas surgidos en algunos monasterios donde la disciplina monacal llegó a relajarse en demasía, tanto durante el siglo X como a principios del siglo XI. Contra este estado de cosas se levantó la llamada <Reforma Cluniacense>, iniciada por primera vez con Guillermo de Aquitania (910), el cual puso la abadía de Cluny bajo la dependencia absoluta del Papa.

Se produjo una segunda reforma monástica, más tarde, de los monasterios cluniacenses especialmente por toda  Europa, los cuales se pusieron bajo una sola casa matriz. De esta forma en el año 1049 existía ya un gran número de estos monasterios en una situación de plena libertad respecto de los poderes seculares o eclesiásticos locales.

Cluny tomó una enorme fama por sus elevadas normas espirituales y su vida litúrgica perfectamente reglamentada. Se cuidó mucho la mejora de las normas por las que se regía la vida religiosa, de forma que los votos benedictinos eran estrictamente necesarios para la admisión de los monjes y la selección de abades y priores, se realizaba siempre por libre elección de los monjes, sin compra ni venta del cargo como en otras ocasiones había sucedido. Esta reforma monástica tuvo una gran influencia entre los laicos, por el buen ejemplo que suponía, dando lugar a un gran número de vocaciones religiosas, y  existieron ejemplos de gran santidad entre los Obispos de la época, e incluso mártires, como San Gerardo, Obispo de Chonad, apóstol de una gran zona de Hungría pero que era natural de Venecia y había nacido a principios del siglo XI.

 
 
 
Otros Obispos santos fueron  San Ansfrido (1010) San Bononio de  Lucedio (1026), San Guerdo de Agriguento (1040) y San Macario (1012). Este último había nacido en Antioquía a finales del siglo X y a los dos años de haber sido promovido Arzobispo de Antioquía, tras la muerte de su tío, dejó la diócesis en manos de un eclesiástico llamado Eleuterio para marchar en peregrinación a Tierra Santa. Allí le acogió muy bien el Patriarca de Jerusalén pero durante su estancia en Tierra Santa tuvo la desgracia de ser secuestrado por los enemigos de la Iglesia, los cuales le sometieron a terribles martirios y finalmente le encarcelaron.


Sus  hagiógrafos narran que un ángel del Señor le liberó de su prisión y así pudo volver a Occidente. Pasó por Grecia y Dalmacia llegando finalmente a la ciudad de Colonia. Como no tenía dinero, pagaba su hospedaje por los distintos lugares que pasaba, haciendo milagros y de esta forma se cuenta que curó a muchos enfermos. Finalmente el Abad Etembaldo le recibió en el monasterio de Bavón, donde convivió con los monjes en paz y gracia de Dios, hasta el momento de su muerte,  que fue causada por una epidemia de peste. Su último milagro se dice que fue el cese de este terrible mal el mismo día de su muerte.

Es importante recordar así mismo, que durante la primera mitad del siglo XI, antes del Cisma de Oriente, y durante lo que se podría llamar período de reconstrucción del Sacro Imperio Germano-Romano, más concretamente al final del mismo, la Iglesia tuvo la suerte y enorme alegría de estar dirigida por un Papa santo, nos referimos  a San León IX (1049-1054).

León IX, nombre que quiso tomar Bruno de Egisheim Dagsburg, nació en Egisheim (Francia). A la muerte del Obispo Hermann de Toul, con sólo veinticuatro años, fue propuesto por el clero para sucederle. Años después fue proclamado Papa, llegando a Roma en el año 1049 a pie con hábito de peregrino y un prestigio de santidad reconocido. El nuevo Papa tuvo desde el principio las cosas muy claras, luchó denodadamente contra la clerogamia, establecida entre clérigos y Obispos alejados del mensaje de Cristo y declaró la simonía un grave pecado contra la fe.

Recordemos que la simonía deriva del pecado cometido por Simón el Mago, narrado por San Lucas en su libro de los <Hechos de los Apóstoles> (Hch 2,9-25). San Lucas narra que  durante un cierto tiempo este mago venía practicando la magia en la ciudad (Samaría), embaucando a las gentes que creían que era un ser extraordinario, pero cuando Felipe (el diácono), llegó a la ciudad, las cosas cambiaron radicalmente, porque Felipe predicaba el mensaje de Cristo y hacía grandes milagros, y entonces las gentes se bautizaban y le seguían a él. Habiendo oído los apóstoles lo que sucedía en Samaría y habiendo recibido la palabra de Dios que les impulsaba a ir hasta allí para comprobar (in situ), lo que sucedía, fueron Pedro y Juan los elegidos para llegar hasta aquellas gentes que todavía no habían recibido el bautismo en nombre de Jesús, ni habían recibido el Espíritu Santo. Al ver Simón el Mago que tras la imposición de las manos de los apóstoles, se impartía el Espíritu Santo, les ofreció dinero y les dijo (Hch 9,19): “Dadme también a mí ese poder para que aquellos a los que yo ponga las manos reciban el Espíritu Santo”

 
 
Pedro entonces le dijo (Hch 9,20-23): “Al infierno tú con tu dinero por pensar que el don de  Dios se puede comprar / No tienes parte ni herencia en este don, pues tus intenciones son torcidas a los ojos de Dios / Arrepiéntete de esta maldad y ruega al Señor que te perdone por haber llegado a pensar tal cosa / pues veo que estas lleno de amargura y la maldad te tiene encadenado”

Los hombres siempre debemos estar preparados ante los ataques del enemigo común, la simonía es un pecado que sigue existiendo ¡y en qué medida! en este siglo, por eso, deberíamos encomendarnos constantemente al Señor, por ejemplo con estas palabras: “Líbrame, Señor, de la muerte eterna en aquel día tremendo: En que se han de mover cielos y tierra/ Cuando vengas a juzgar al mundo por el fuego: Tiemblo y temo ante el juicio y la ira divina venidera/ Día aquel, día de la ira, de calamidad y de miseria, día grande y en extremo amargo”