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domingo, 8 de octubre de 2017

LA FILIACION DIVINA DEL HOMBRE



 

 
 San Pablo en su <Carta a los Gálatas> y por extensión a los hombres bautizados de todos los siglos, desde la venida del Mesías, no solo en agua, sino en Cristo, viene a comunicarles la filiación divina, es decir, el hecho de que  son hijos adoptivo de Dios, y como tal, herederos de la promesa de salvación recibida por Abraham en el Antiguo Testamento.

Ciertamente, como aseguraba el Papa San Juan Pablo, la filiación divina del hombre es el fundamento de la paz personal y social:

“La salvación que Dios mismo, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, ofrece a la humanidad en Jesucristo Redentor, es una vida nueva, que es la medida y la característica de los hijos adoptivos de Dios. Es la participación, mediante la gracia santificante, en la filiación divina de Cristo, Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros.


En efecto, el Hijo de Dios, encarnándose en el seno de la Virgen María <se ha unido, en cierto modo, con todo hombre> (Gaudium et Spes). Con la fuerza del Espíritu, que nos ha comunicado el Señor, Muerto y Resucitado, después de su vuelta al Padre, desea Jesús mismo extender a todos y a cada uno el don de esta filiación  que es la gracia para nuestra naturaleza y el fundamento de la paz personal y social” (Homilía pronunciada en el año 1986)

Ya hace muchos años que el Papa San Juan Pablo II pronunciara esta magnífica homilía desde el parque dedicado al político y fundador americano Simón Bolívar, en el Distrito Capital de Colombia, durante su visita al pueblo colombiano y todavía los hombres de todo el mundo seguimos anhelando la llegada de una paz real y generalizada en todo el Planeta.


El hombre de hoy, realmente desea la paz personal y social, la misma que desearon los hombres de siglos pasados y que nunca llegó a alcanzarse en su totalidad. Prueba de ello son los constantes conflictos, armados o no, que siempre han atribulado a Adán y a sus descendientes, desde que Dios los creó.

Con estas palabras se expresaba el Papa Francisco en la celebración de la <XLVII Jornada Mundial de la paz>. Más concretamente el aseguraba que:

“El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunicación con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer”

Estas jornadas fueron instituidas por el ya Beato, Papa Pablo VI, el cual en el año 1968 se dirigía a todos los hombres de buena voluntad para exhortarles a celebrarlas el primer día de cada año civil, con el deseo de que sirvieran para mantener la paz en beneficio de la humanidad y advertía que:
“La paz no puede estar basada sobre una falsa retórica de palabras, bien recibidas porque responden a las profundas y genuinas aspiraciones de los hombres, pero que pueden también servir y han servido a veces, por desgracia, para esconder el vacío del verdadero espíritu y de reales intenciones de paz, si no directamente para cubrir sentimientos y acciones de prepotencia o intereses de parte.


Ni se puede hablar legítimamente de paz, donde no se reconocen  y no se respetan los sólidos fundamentos de la paz: la sinceridad, es decir, la justicia y el amor en las relaciones entre los Estados y, en el ámbito de cada una de las Naciones, de los ciudadanos entre sí y con sus gobernantes; la libertad de los individuos y de los pueblos, en todas sus expresiones, cívicas, culturales,  morales, o religiosas…” (Mensaje de su santidad Pablo VI para la celebración del <Día de la Paz>. El Vaticano, 8 de diciembre de 1967)     

Ciertamente para la Iglesia católica los conflictos entre los hombres han sido constantemente una gran preocupación y lo ha manifestado a través de sus autoridades, en particular por medio de sus Vicarios de Cristo, los cuales siempre trataron de evitar las confrontaciones entre los miembros de su grey, pero también fuera de la Iglesia católica.

 Recordaremos ahora el gran ejemplo dado por el Papa Pio XI (1922-1939), uno de los Pontífices más denostado por la fuerzas del mal y cuyo lema Papal fue <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>. Precisamente en su primera Carta Encíclica <Ubi arcano>, dada en Roma el 23 de diciembre de 1922, denunciaba la falta de <paz internacional>, de <paz social y política>, de <paz domestica>, y en definitiva de la <paz del individuo>.

Refiriéndose a las dos primeras se expresaba en dicha misiva en los siguientes términos:

“Los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasadas guerras, peores ciertamente los vencidos, y no pequeños, los mismos que no tomaron parte alguna en las mismas. Y dichos males van cada día agrandándose más, por irse retardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de estado para remediar tan tristes condiciones de las cosas, han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado.

Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras, y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y por eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamientos sociales, sino la misma trabazón de la sociedad”


Son las palabras de un Pontífice preocupado por el futuro y el presente de la sociedad  en la que le tocó vivir, durante un periodo de la historia de la humanidad comprendido entre el final de la Primera Guerra Mundial y principios de la Segunda. Esto es, en un mundo que acababa de sufrir terribles confrontaciones internacionales y ya se encaminaba sin remedio a combates más sangrientos si cabe que los anteriores.

Por este motivo ante un ambiente internacional tan enrarecido, en sus misivas, el Papa, denunciaba con frecuencia los males que ello podría acarrear a las familias y en especial a cada individuo (Ibid):
“Es particularmente doloroso ver como un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta las familias, cuya disgregación hace tiempo iniciada ha sido muy favorecida por el terrible azote de las confrontaciones bélicas, merced al alejamiento del hogar de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentadas…

 
 
 



De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente hace que también los otros miembros, aún los más pequeños, sufran, así también es natural que  las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos.

Vemos en efecto, cuan extendida se halla entre los hombre de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo, que les hace exigentes y díscolos, y como se ha hecho ya costumbre el desprecio a la obediencia y la impaciencia en el trabajo.
Observamos también como ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres, más o menos jóvenes, especialmente en la forma de vestir y en las diversiones practicadas…

Vemos, por fin, como aumenta el número de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejercito de los perturbadores del orden…”

Diríase, si no supiéramos la fecha en que esta Carta Encíclica fue redactada y publicada, que podría asociarse, en parte, al momento actual de la sociedad, al menos en el llamado Viejo mundo. Sin duda el Papa Pio XI refleja en su epístola, los hechos cotidianos que aquejaban a una sociedad muy parecida a la nuestra, porque la denominada <crisis económica>, está llevando al paro, a la emigración y a la indigencia a muchas familias y personas desamparadas, mientras que otros hombres sin escrúpulos se enriquecen, a costa de las miserias humanas.

Los conflictos callejeros y los desmanes sociales, son cada vez más frecuentes y turbulentos, pues como advertía en su tiempo Pio XI, en una sociedad enferma, los perturbadores del orden hacen su aparición cada vez con más violencia…arrastrando tras ellos a personas fácilmente influenciables, en especial a los jóvenes…

Las preguntas que surgen a la vista de esta más que preocupante situación son ¿Cuáles son las razones? ¿Cuáles son las causas, que nos llevan a ella? Las respuestas a estas cuestiones, las podemos encontrar en la misma carta del Papa Pio XI, refiriéndose a los problemas de la sociedad de su época, que son como hemos comentado anteriormente,  bastante parecidos a los de hoy en día.

Para el Papa, las causas de estos males son, el <olvido de la caridad>, el <ansia de los bienes de la tierra>, las <concupiscencias>, y en definitiva, el <olvido de Dios> y la negación de la existencia de nuestro Creador, consecuencia de una educación fundamentalmente laica y antirreligiosa (Ibid):

“Se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud, pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas, sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente, combatida, y que los niños se llegaran a persuadir que para vivir son de ninguna o de poca importancia la verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio.

Pero así, excluidos de la enseñanza de Dios y su Ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco como pueden irse formando para la familia y para la sociedad hombres templados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad”


Es lo que está sucediendo entre una gran parte de los hombres y mujeres de hoy en día, y más concretamente entre los jóvenes  apodados <ni…, ni…>, porque ni quieren estudiar, ni quieren trabajar, ni quieren seguir los consejos de sus mayores…Sus héroes son, entre otros, algunos cantantes de moda que más parecen personajes del bajo mundo, y lo que es peor, que llevan en sus propias carnes esculpidos los símbolos del diablo…
Con una sociedad futura regida por personas que en su juventud tuvieron semejantes modelos y maestros de vida, solo se puede esperar la disminución de los seres humanos <templados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad>.


El Papa Pio XI no tenía dudas al respecto, el alejamiento del hombre de Dios y de su Hijo Unigénito, Jesucristo, le conduce hacia un profundo pozo sin salidas, donde los males se acumulan y del que es muy difícil salir con éxito, aunque nunca sea imposible...

La sociedades, muchas veces, por desgracia, han apartado a Dios, lo han excluido de la legislación y de los gobiernos humanos, y de esta forma, lo que ha ocurrido es que <las leyes han perdido la garantía de las únicas verdaderas e imperecederas sanciones, así como los principios soberanos del derecho, que en opinión de los mismos filósofos paganos, como Cicerón, no pueden derivarse sino de la ley eterna de Dios>  (“De Benedicto XV a Benedicto XVI” Mariano Facio. Ed. Rialp S.A. Madrid 2009).


Una vez enumeradas y comentadas las causas de los males que afligían al mundo después de la Primera Guerra Mundial, muy parecidas a las afligidas por la sociedad del siglo XXI, el Papa Pio XI recuerda los remedios que, sugeridos por la naturaleza misma del mal, son más eficaces para evitarlos y combatirlos, los cuales no deberíamos desatender, por tratarse de los consejos de un Papa del siglo pasado...

Dice este Vicario de Cristo que lo primero y principal es <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>, es decir la paz que Él dio a sus Apóstoles y por extensión a todos los que creyeran en  él y en su Mensaje. Es necesario que la paz de Cristo reine en el corazón de todos los hombres, porque esta clase de paz que solo puede ser <Suya>, asegura que todos seamos hijos de Dios y por lo tanto todos seamos hermanos…

Así nos lo manifestó el Señor según el Evangelio de San Mateo (Mat 23, 1-8):
 
 



-Sobre la Cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos

-Así, pues, todas cuantas cosas os dijeren, hacedlas y guardarlas; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen.

-Lían cargas pesadas e insoportables, y las cargan sobre las espaldas de los hombres, mas ellos ni con el dedo las quieren mover.

-Todas sus obras hacen para hacerse ver de los hombres, porque ensanchan sus filacterias y agrandan las franjas de sus mantos;

-son amigos del primer puesto en las cenas y de los primeros asientos en las Sinagogas, y de ser saludados en las plazas y de ser apellidados por los hombres Rabí.

-Más vosotros no os hagáis llamar Rabí, porque uno es vuestro maestro, más todos vosotros sois hermanos, y entre vosotros a nadie llaméis padre sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el celestial.



Verdaderamente estas palabras del Señor deberían levantar ampollas entre los escribas y fariseos de su época, al igual que las pueden  levantar entre los hombres de hoy en día que no quieren escuchar la Palabra del Señor. Lo que más extraña de todo esto, es que Jesús no hubiera sido abatido por sus enemigos antes, debido a sus señales y sus enseñanzas; el Señor escapaba siempre de las manos de estos, cuando lo intentaban, porque como Él decía <aún no había llegado su hora>, y el Espíritu Santo que estaba en Él desde el principio,  le protegía de sus maldades, revistiéndole al mismo tiempo de suma paciencia ante sus injurias y desatinos, al igual que ha hecho y sigue haciendo con sus mensajeros a lo largo de los siglos…

Como también recuerda el Papa Pio XI en su Encíclica <Ubi Arcano> refiriéndose a Jesucristo: <Promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres>.


En efecto, tal cómo podemos leer en el Evangelio de San Juan, Jesús nos dio un mandamiento nuevo (Jn 15, 12-17):

-Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a otros, así como os amé.

-Mayor amor que éste nadie le tiene: que dar uno la vida por sus amigos.

-Vosotros sois mis amigos, si hicierais lo que yo os he mandado.

-Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su Señor; más a  vosotros os llamo amigos pues todas las cosas que de mi Padre oí os di a conocer.

-No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis frutos, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.

-Esto os mando: que os améis unos a otros
 
 



Estos versículos corresponden a uno de los discursos  del Señor  muy próxima ya su Pasión, Muerte y Resurrección, tan maravillosamente recordados en el <Libro de la Gloria>, del Apóstol  San Juan, el cual, cuando era de edad ciertamente avanzada,  manteniendo el recuerdo imperecedero del Mensaje de Jesús y asistido en todo momento por el Espíritu Santo, escribió su Evangelio, de una riqueza teológica inigualable, en el que se recoge  esta frase del Señor: <La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde (Jn 14, 27).

Y es que la <Paz de Cristo es garantía del derecho y fruto de la caridad>, tal como advertía  el Papa Benedicto XV (1914-1922), llamado el <Papa de la Primera Guerra Mundial>, porque su Pontificado transcurrió en gran medida durante el desarrollo de este terrible conflicto armado, que tanto daño hizo a la humanidad a comienzos del siglo veinte.

Este Papa comprendió, al igual que más tarde lo hiciera Pio XI, que el origen de la guerra, era una consecuencia directa de la situación de la sociedad de su época, la cual como resultado de la propagación de las llamadas ideas <modernistas>, se había alejado peligrosamente del <Mensaje de Cristo>, y el Pontífice, así lo hizo constar en su primera carta Encíclica <Ad Beatissimi Apostolorum>, dada el 1 de noviembre de 1914.

En dicha carta, con un tono apocalíptico, tal como la situación requería, analizó las causas de la confrontación armada que ya había estallado. Hablaba de la <conciencia humana> que conduce al hombre a la llamada <lucha de clases>, del <desprecio de la autoridad divina>, del <rechazo del Evangelio de Cristo>, del <alejamiento de la Santa Madre Iglesia> y por supuesto de la <manipulación de las personas>, especialmente de las más jóvenes, muchas veces a través de las escuelas y sobre todo de los distintos medios de comunicación...

Para conseguir la superación del afán del hombre por el poder y las riquezas temporales, en definitiva, para la superación de toda la <codicia terrenal del ser humano>, el Papa Benedicto XV consideraba que era necesario ayudar a los hombres para que volvieran a anhelar el deseo de alcanzar los <bienes eternos> y comprendieran que los <bienes temporales> no conducen nunca a la verdadera felicidad…

Algunos años después, acabada la guerra, primera mundial, el Papa Benedicto XV escribió una nueva carta Encíclica titulada <Pacem Dei Munus>, en la que trataba sobre la restauración cristiana de la Paz y en la que en primer lugar alertaba sobre el peligro tremendo que representaba la persistencia del <odio entre hermanos>, a nivel internacional, y que podría, como así ocurrió años más tarde, conducir a una nueva confrontación a nivel mundial: “Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica el hecho de que la predicación de la ley cristiana reciba el nombre de <Evangelio de la paz>”

Se refiere aquí el Santo Padre a aquella catequesis del Apóstol San Pablo sobre <las armas del cristiano> tan claramente expuestas en su Carta a los Efesios (6, 11-20):

-Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo.
-Que no es nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra
 
los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas.

-Por esto, tomad la armadura de Dios, para que podáis oponer resistencia en el día malo, y prevenidos con todos los aprestos, sosteneros.
-Manteneos, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y revestidos con la coraza de la justicia.

-y calzados los pies con la preparación pronta para el Evangelio de la paz,
-abrazando en todas las ocasiones el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado.

-Tomad también el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios;
-orando con toda oración y súplica en todo tiempo en espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y suplica por todos los santos,

-y por mí, para que al hablar se me ponga palabra en la boca con que anunciar con franca osadía el misterio del Evangelio,
-del cual soy mensajero, en cadenas, a fin de que halle yo en él fuerzas para anunciarlo con libre entereza, como es razón que yo hable.



Es verdaderamente hermosa esta descripción del Apóstol de la <Armadura del cristiano>, donde las piezas principales son el cinto, esto es, la verdad, la coraza, que es la justicia, el calzado, que es la prontitud para predicar el Evangelio de la paz, el escudo, que es la fe, el yelmo, que es la esperanza y por último la espada del espíritu, que es la Palabra del Dios-Misericordia.

Por otra parte, el Papa Benedicto XV, recuerda también en su Encíclica <Pacem Dei Munus>, a todos los creyentes, que el don de la caridad (misericordia), es el bien más necesario para conseguir la paz, por eso la enseñanza más repetida de Jesucristo a sus discípulos, era el <precepto de la caridad fraterna>, porque ella es consecuencia y resumen de todos los demás preceptos (Ibid):

“El mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas Personas en el seno de la Santísima Trinidad: <Que todos sean uno, como nosotros somos uno…para que también ellos sean consumados en la unidad (Jn 17, 21-23)>”

La paz entre los hombres implica, por tanto, la instauración del Reino de Cristo, así lo han manifestado los Pontífices y los Padres de la Iglesia; en particular aquellos como  Benedicto XV y Pio XI que se vieron, de alguna forma, involucrados, en los grandes conflictos bélicos, de los últimos siglos. Concretamente Pio XI se expresa al respecto en los términos siguientes:

“…la paz digna de tal nombre, es la tan deseada <Paz de Cristo>, la cual no puede existir, si no se observan fielmente por todos en la vida pública, y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo…
Solo la Iglesia por Divino mandato enseña que los hombres deben acomodarse a la Ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan…

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos <Reino de Cristo>. Ya que Jesucristo reina en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en sus corazones por su caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el Sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en el que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret...
 
 
 
De todo lo cual resulta claro que no hay <Paz de Cristo> sino en el <Reino de Cristo>, y no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el <Reino de Cristo>”


Tarea difícil, sin duda, la que proponía emprender, ya en aquellos tiempos, el Papa Pio XI y que emprendió animosamente, mediante un programa mencionado en la misma Encíclica que ahora estamos recordando (Ubi Arcano). Logró mucho, sin duda, con este plan, pero finalmente no pudo evitar que los hombres se enzarzaran de nuevo en una confrontación sin sentido, la llamada Segunda Guerra  Mundial, que como se sabe causó daños terribles para la humanidad.

En los años anteriores al estallido de esta guerra, a pesar de los esfuerzos del Papa Pio XI,  el laicismo  y el anticlericalismo, resurgieron  con potencia, llegando a ser considerados la <quinta esencia> de la <modernidad>; durante mucho tiempo ocultos, tomaron entonces <carta de naturaleza>,  y los hombres arrastrados por sus idearios se alejaron de Cristo y de su Iglesia.
De esta forma, los seres humanos quisieron sustituir el cristianismo por  falsas religiones <naturalistas> que solo a desgracias conducían, como los enfrentamientos entre hermanos, que se habían olvidado del precepto de la <caridad Divina>...
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 1 de octubre de 2017

VIRGEN MARÍA: MADRE DE DIOS (II)


 
 
 
 
 


El <Magníficat> de la Virgen María, fue puesto sin duda, por el Espíritu Santo en su corazón, cuando llevaba ya en su seno virginal al Niño Jesús, tras la Encarnación del Verbo divino en Ella, durante la visita a su prima Isabel que vivía en la montaña, en una ciudad de Judá, situada a pocos kilómetros, al oeste de Jerusalén (Lc 1, 39-45):

-Por aquellos días, María se levantó y se marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá;

-y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

-Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo;

-y exclamando en voz alta, dijo: <Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.

-¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?

-Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno;

-y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se han dicho de parte del Señor.


Así es, como diría el Papa San Juan Pablo II en su Carta Apostólica, <Operosam Diem> (Vaticano, 1 de diciembre de 1996), al recordar las enseñanzas de San Ambrosio:

“María, está completamente implicada en la historia de la salvación, como Madre y Virgen. Si Cristo es el perfume eterno del Padre, <con él fue rociada María y, permaneciendo virgen, concibió; siendo virgen, engendró el buen olor: el Hijo de Dios>”


Es por eso que en la oración de la Virgen, el Magníficat, que Ella pronunciara en repuesta al saludo de su prima Isabel, se aprecia claramente el éxtasis que su corazón experimenta en aquello momentos transcendentales de su vida, al exclamar (Lc 1, 46-50):

-Proclama mí alma las grandezas del Señor,

-y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:

-porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

-Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo;

-su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen…

Esta oración es el canto evangélico que se reza en las <vísperas> (Liturgia de las Horas), y en la actualidad, y desde casi el principio  ha constituido uno de los pasajes más importantes de la vida del Señor relacionado con su Santísima Madre. Por eso, como diría en su día, el Papa San Juan Pablo II (Carta Encíclica, <Redemptoris Mater>, dada en Roma el 25 de marzo de 1987):   

 “La Iglesia, que aún <en medio de tentaciones y tribulaciones> no cesa de repetir con María las palabras del Magníficat, <se ve confortada> con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada entonces con tan extraordinaria sencillez y, al mismo tiempo, con esta verdad sobre Dios, desea iluminar las difíciles y a veces intrincadas vías de la existencia terrena de los hombres.

El camino de la Iglesia, ya al final del segundo milenio del cristianismo, implica un renovado empeño de su misión. La Iglesia, siguiendo a aquel que dijo de sí mismo: <Dios me ha enviado para anunciar a los pobres la Buena Nueva> (Lc 4,18), a través de las generaciones, ha tratado y trata hoy de cumplir la misma misión.

Su amor preferencial por los pobres está inscrito admirablemente, en el Magnífica de María. El Dios de la Alianza, cantado por la Virgen de Nazaret en la elevación de su espíritu, es a la vez el que <derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos,…dispersa a los soberbios… y conserva su misericordia para los que le temen>.

María está profundamente impregnada del espíritu de los <pobres de Yahvé>, que en la oración de los Salmos, esperaban de Dios su salvación, poniendo en Él toda su confianza. En cambio, ella proclama la venida del misterio de la salvación, la venida del <Mesías de los pobres>. La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magníficat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús”    

Como nos recordaba este santo Pontífice a finales del siglo pasado, María proclama en su oración el misterio de la salvación, la venida del <Mesías de los pobres>, ya anunciada en la antigüedad por los profetas (Is 11, 1-5):

-Saldrá un brote del tocón de Jesé y un vástago de sus raíces brotará,

-y reposará sobre el espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fuerza, espíritu de conocimiento y temor de Yahvé.

-Y hará reposar en él el temor de Yahvé; no juzgará por lo que vean sus ojos, ni fallará según lo que oigan sus oídos;

-sino que juzgará con justicia a los pobres y fallará con rectitud para los humildes de la tierra; ahora bien, golpeará al tirano con la vara de su boca y con el soplo de sus labios matará al impío.

-Y será la justicia ceñidor de sus lomos y la verdad cintura de sus caderas

En el Antiguo Testamento, el libro de Isaías es el primero que aparece de los profetas mayores. Este profeta inició su misión, entre los hombres, en Jerusalén el año de la muerte del rey Ozías, hacia el 738 a. C, después de una visión en la que Yahvé le confiaría la grave misión de reducir al pueblo de Judá a la obediencia y anunciarle terribles castigos, en caso contrario.

La autenticidad y unidad de los discursos de Isaías está garantizada por el testimonio de otro  libro del Antiguo Testamento, Eclesiástico, que refiriéndose precisamente a sus consoladoras palabras, suscribe: “Bajo una potente inspiración vio lo porvenir y consoló a los afligidos de Sion” 

En los versículos, a los que anteriormente nos hemos referido, el profeta asegura que <saldrá un brote de Jesé>, esto es, de la familia de David, de quien era Jesé padre, y que <hará reposar en él, el temor de Yahvé>, es decir, recibirá la plenitud del espíritu de Dios, con todos sus dones, de un modo permanente.

Por último, asegura también, que <juzgará con justicia a los pobres y fallará con rectitud para los humildes de la tierra>, porque <será la justicia ceñidor de sus lomos>, lo que viene a significar que igual que el ceñidor ayuda a andar con soltura y elegancia, eso mismo harán en el orden moral la justicia y la fidelidad en el Mesías (comentarios sacados de una antigua Biblia). Es así, que:

“La Iglesia, es consciente, y en nuestra época tal conciencia se refuerza de manera particular, de que no se pueden separar los dos elementos que aparecen contenidos en el <Magníficat>, sino que se debe salvaguardar cuidadosamente la importancia que <los pobres> y la <acción en favor de los pobres> tienen en la palabra del Dios vivo.

Se trata de temas y problemas orgánicamente relacionados con el  sentido cristiano de la libertad y de la liberación. Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia Él por el empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del Cosmos.

La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión” (Papa san Juan Pablo II. Carta Encíclica <Redemptoris Mater>).

Los Patriarcas de la Iglesia tradicionalmente han considerado que la imagen de la Mujer  vestida de sol que aparece en el Apocalipsis del apóstol San Juan es la representación de la colectividad patriarcal convergiendo y concentrándose en María, o bien María en cuanto recoge y sintetiza en sí la colectividad patriarcal, es decir, al Israel de la promesa (Jn 12, 1-2):

-Y una gran señal fue vista en el cielo: una Mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas,

-la cual llevaba un Hijo en su seno, y clamaba con dolores de parto y con la tortura de dar a luz.


Con razón el Papa Francisco recientemente, con ocasión del centenario de las apariciones de la Virgen María en la Cova de Iria se expresaba en los siguientes términos, refiriéndose a la <Mujer vestida de sol>:

“Un gran signo apareció en el cielo, dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12, 1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un Hijo.

Después, en el evangelio de san Juan, Jesús le dice al discípulo: <Ahí tienes a tu madre> (19,27). Tenemos una Madre, una <Señora muy bella>, comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace  cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: <Hoy he visto a la Virgen >.

Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de la luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto…

Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno que lleva a una vida, a menudo propuesta e impuesta sin Dios, y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la <Luz de Dios>, que mora en nosotros y nos cubre...

Y según las palabras de Lucia, los tres privilegiados se encontraban dentro de la <Luz de Dios> que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el  manto de luz que Dios les había dado. Según el creer  y el sentir de muchos peregrinos, por no decir de todos, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen para pedirle, como enseña la Salve Regina, <muéstranos a Jesús>”

 Hermosas palabras del Papa Francisco que nos llevan a reflexionar sobre la necesidad, una vez más,  de perseverar en el camino de la santidad, para tratar de no apartarnos nunca de Dios, para que su Luz ilumine nuestro caminar y podamos con la ayuda de nuestra Madre del cielo alcanzar la gloria que no es otra cosa que poder llegar hasta Él en la otra vida y en ésta tener la esperanza de conseguirlo.

El Papa Francisco parece recordarnos de forma implícita, en esta oportuna ocasión, la existencia del <infierno>, algo que en una sociedad como la nuestra es prohibitivo, no se quiere hablar de ello, no se quiere reconocer la mas de la veces que el castigo por nuestros pecados aquí en la tierra, existe allá en el cielo, en la otra vida.

Algunos prefieren pensar que ni siquiera hay otra vida…Pero los católicos no podemos pensar así, porque en el Mensaje de Cristo está constantemente presente esta verdad absoluta, el Señor quiso advertirnos durante su estancia entre nosotros y después ha seguido haciéndolo a través de personas muy especiales como los videntes de Fátima, por supuesto, con la ayuda de su Madre, la Virgen María. Ella les habló a estos inocentes niños sobre los peligros que sobrevendrían sobre la humanidad, si seguía empecinada en sus desatinos, les habló concretamente de los terribles castigos del infierno…al igual que lo hiciera Jesús en su día, durante su Ministerio en Jerusalén, respondiendo a las preguntas de los justos:

¿Señor, cuando te vimos hambriento,  y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos? o ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?...

Entonces dijo el Señor (Mt 25, 40-41):

- <En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis>.

-Entonces dirá a los que estén a la izquierda: <Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el día del  diablo y sus ángeles

Y más delante, asegura el Señor, según el evangelio de san Mateo (25, 46):

<Y estos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio a la vida eterna>.

El Papa san Juan Pablo II recordando estas palabras del Señor se expresaba en los términos siguientes ante la pregunta: ¿todavía existe la vida eterna?, formulada por el periodista que le entrevistaba:

“Desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia, desde los comienzos, desde Orígenes, hasta nuestros días…

En verdad que los antiguos concilios rechazaron la teoría de la llamada <apocatástasis final>, según la cual el mundo sería regenerado después de la destrucción, y toda criatura se salvaría; una teoría que indirectamente abolía el infierno. Pero el problema permanece. ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos?

Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno. ¿Quiénes serán estos? La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre. El silencio de la Iglesia es, la única posición oportuna del cristiano”

(Papa san Juan Pablo II. <Cruzando el umbral de la esperanza>; Editado por Vittorio Messori; Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Janés Editores, S.A.; 1995)

Sin duda, en Cristo, Dios ha revelado a los hombres que desea que todos se salven, y mediante su Madre, la Santísima Virgen, utilizando a videntes apropiados, como los niños de Fátima, sigue revelándolo, con el objetivo de que todos lleguen al conocimiento de la verdad de su Mensaje. 

En la  Primera Carta de San Pablo a Timoteo encontramos reflejada esta idea que resulta fundamental para el hombre que quiera tener una visión adecuada de las <cosas últimas> o <Novísimos>, esto es: <muerte, juicio, infierno, gloria y purgatorio>.

Concretamente en dicha carta el apóstol san Pablo, hace una serie de recomendaciones a  Timoteo, para defender la doctrina de Cristo, frente a ciertas desviaciones que se venían produciendo en la Iglesia de Éfeso al frente de la cual estaba su querido discípulo, y llega a nombrar a algunas de las personas, que por haberla desechado naufragaron en la fe; no obstante también desea  hacerles ver la voluntad salvífica de Dios, para que vuelvan al buen camino (1 Tim 2, 1-7):

-Por eso, te encarezco ante todo que se hagan suplicas y acciones de gracias por todos los hombres,

-por los emperadores y todos los que ocupan altos cargos, para que pasemos una vida tranquila y serena con toda piedad y dignidad.

-Todo ello es bueno y agradable ante Dios, nuestro Salvador,

-que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

-Porque uno es solo Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre,

-que se entregó a sí mismo en redención por todos. Este es el testimonio dado a su debido tiempo.

-Yo he sido constituido mensajero y apóstol de ese testimonio -digo la verdad, no miento-, doctor de los gentiles en la fe y la verdad.

Ciertamente, Dios ha amado al mundo, y esta verdad absoluta queda perfectamente demostrada en su Hijo unigénito, el cual permanece en la historia de la humanidad, como el único y verdadero Redentor de la misma.

Como aseguraba el Papa san Juan Pablo II (Ibid):

“La Redención impregna toda la historia del hombre, también la anterior a Cristo, y prepara su futuro escatológico. Es la luz que <esplende en las tinieblas y que la tinieblas no han recibido> (Jn 1, 5) El poder de la Cruz de Cristo y su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo…

< ¡No tengáis miedo!>, decía Cristo a los apóstoles (Lc 24, 36) y a las mujeres (Mt 28,10) después de la Resurrección. En los textos evangélicos no consta que la Señora haya sido destinataria de esta recomendación; fuerte en la fe, Ella <no tuvo miedo>.


El mundo en que María participa en la victoria de Cristo yo lo he conocido sobre todo por la experiencia de mi nación. Por boca del cardenal Stefan Wyszyn’ski sabía también que su predecesor August Hlond, al morir, pronunció estas significativas palabras: <La victoria, si llega, llegará por medio de María>. Durante mi ministerio pastoral en Polonia, fui testigo del modo en que aquellas palabras se iban realizando”

Verdaderamente estas entrañables palabras del Papa San Juan Pablo II nos llenan de emoción porque salieron de lo más íntimo de su corazón y de las experiencias por él vividas en momentos muy difíciles de su vida.

Estamos totalmente de acuerdo con todo lo que él nos dice porque aunque sea a una escala ínfima respecto a lo que él vivió no podemos negar la presencia de la Virgen María en tantos y tantos momentos de nuestra propia existencia. Por eso, también con él, compartimos este pensamiento esperanzador y certero:

“La victoria, si llega, será alcanzada por María. Cristo vencerá por medio de Ella. Él quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en mundo del futuro estén unidos a Ella”

La gran experiencia de este Papa el 13 de mayo del año 1981 influyo sin duda para animarnos a todos los cristianos, y no cristianos también, con estas palabras: < ¡No tengáis miedo!> .

Así narraba san Juan Pablo II la enseñanza que él había sacado de aquella terrible y extraordinaria experiencia (Ibid):

“He aquí que llegó el 13 de mayo de 1981. Cuando fui alcanzado por el proyectil en el atentado de la plaza de San Pedro, no reparé al principio en el hecho de que aquél era precisamente el aniversario del día en que María se había aparecido a los tres niños de Fátima, en Portugal, dirigiéndoles aquellas palabras que, con el fin del siglo, parecen acercarse a su cumplimiento.

¿Con este suceso acaso no ha dicho Cristo, una vez más, Su < ¡No tengáis miedo!>? ¿No ha repetido al Papa, a la Iglesia e, indirectamente, a toda familia humana estas palabras pascuales?

Al finalizar este segundo milenio tenemos quizás más que nunca necesidad de estas palabras de Cristo resucitado: < ¡No tengáis miedo!>…

Tienen necesidad de estas palabras los pueblos y las naciones del mundo entero. Es necesario que en su conciencia resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa: Alguien que tiene las llaves de la muerte y del infierno (Ap 1, 18); Alguien que es el Alfa y el Omega de la historia del hombre (Ap 22, 13), sea la individual o la colectiva.

Y este alguien  es amor (Jn 4, 8-16): Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres. Es Amor eucarístico. Es fuente incesante de comunión. Él es el único que puede dar plena garantía de las palabras < ¡No tengáis miedo!>”

Entonces ¿la clave de todo se encuentra en este deseo? Pero ¿Qué podemos hacer los hombres para conseguir no tener miedo?, dirán algunos. La respuesta se encuentra, como siempre,  en Dios tal como nos recordaba también el Papa (Ibid):

“Para liberar al hombre contemporáneo del miedo de sí mismo, del mundo, de los otros hombres, de los poderes terrenos, de los sistemas opresivos, para liberarlo de todo síntoma de miedo servil ante esa <fuerza predominante> que el creyente llama Dios, es necesario desearle de todo corazón que lleve y cultive en su propio corazón el verdadero temor de Dios, que es principio de sabiduría.

Ese temor de Dios es la fuerza del Evangelio. Es temor creador, nunca destructivo. Genera hombre que se dejan guiar por la responsabilidad, por el amor responsable. Genera hombres santos, es decir, verdaderos cristianos, a quienes pertenece en definitiva el futuro del mundo”

En este contexto la figura de la Virgen María y la devoción hacia Ella, vivida en plenitud, es la tabla de salvación para los hombres que quieren alcanzar ese temor de Dios, principio de sabiduría. Ella que dijo <Sí> al ángel enviado por Dios es el ejemplo más completo y perfecto del verdadero amor a Dios.

El Papa Francisco, consciente de esto, animaba hace poco a los peregrinos llegados a Fátima con estas entrañables palabras (Ibid):

“Queridos peregrinos, ¡tenemos una Madre! Aferrémonos a Ella como hijos, vivamos la esperanza que se apoya en Jesús, porque, <los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo (Rm 5, 17). Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad, nuestra humanidad, que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Con un ancla fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (Ef 2, 6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro”

El Papa Francisco nos anima a vivir la esperanza que se apoya en Jesús a través de su Madre porque como nos enseñaba en su catequesis  del 10 de mayo de este mismo año (2017):

“Hay un rasgo bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja contra el destino de la vida a menudo un rostro hostil.

En cambio es una mujer que escucha: no os olvidéis de que siempre hay una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo está clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María casi había desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dan a entender este lento eclipsarse de su presencia, su permanecer muda ante el misterio de su Hijo que obedece al Padre.

Pero María reaparece precisamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos se han disipado por motivo del miedo, las madres no traicionan, y en ese instante al pie de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si la de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los evangelios son lacónicos, y extremadamente discretos. Reflejan con un solo verbo la presencia de la Madre: Ella <estaba> (Jn 19, 25).

Nada dicen de su reacción: si llorase, si no llorase…nada; ni siquiera una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habría aventurado la imaginación de poetas y pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura.

Pero los Evangelios solo dicen: Ella <estaba>. Estaba allí, en el peor momento, en el momento más cruel, y sufría con su hijo…

Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo, que es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseñó la virtud de la esperanza, incluso cuando todo parece sin sentido”