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martes, 19 de marzo de 2019

JESUCRISTO ES EL MISMO AYER, HOY Y SIEMPRE


 
 
 
 
 
Con  esta frase comienza  el Papa Benedicto XVI su  reflexión sobre <el hoy, el ayer y lo eterno>. Se trata de unas palabras que aparecen en la Carta a los Hebreos del Nuevo Testamento (Heb 13, 8). Concretamente el Pontífice se expresa en estos términos:


“Tal fue la confesión de aquellos que conocieron al Jesús terreno y vieron al Resucitado. Esto significa que solo podemos conocer hoy a Jesucristo si lo concebimos en unidad con el Cristo de <ayer>, y a través del Cristo de <ayer> y <hoy> vemos al Cristo <eterno>.

El encuentro con Cristo incluye siempre las tres dimensiones del tiempo, y el traspaso del tiempo hacia lo que es a la vez su origen y su futuro. Si emprendemos la búsqueda del verdadero Jesús, hemos de estar dispuestos a abarcar este amplio horizonte.

Generalmente lo encontramos primero en el hoy: cómo se muestra, cómo lo ven y entienden los humanos, cómo vive la gente por Él y contra Él, como influye su palabra y su obra hoy.

Pero si no queremos que todo eso sea solamente un saber de segunda mano, sino que se convierta en conocimiento real, debemos retroceder y preguntar de dónde viene. ¿Quién fue realmente Jesús cuando vivía como hombre entre los hombres? “

(Un Canto nuevo para el Señor; Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI); Ed. Sígueme S.A.U., 1999; Salamanca / España).

 
 
 
En este punto, sería conveniente recordar las palabras del Señor al saber  la llegada de unos gentiles que deseaban verle, según el evangelio de san Juan (Jn 12, 23-32): “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre / En verdad, en verdad os digo, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto / Quien ama su vida la pierde; y quien aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna / Quien me sirve, sígame; y a donde estoy yo, allí también estará mi servidor.

A quien me sirviere, mi Padre le honrará / Ahora mi alma está turbada; y ¿qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas para esto vine a esta hora / Padre glorifica tu nombre. Vino, pues, una voz del cielo: Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré / La turba, pues, que allí estaba y lo oyó, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado / Respondió Jesús dijo: No por mí ha venido esta voz, sino por vosotros / Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera / Y Yo, cuando fuere levantado de la tierra, a todos arrastraré hacia mí>”

Son dos las revelaciones que Jesús hace en este decisivo momento de la historia de la humanidad. Por una parte, que su muerte dará como fruto la victoria definitiva sobre el maligno, sobre Satanás, y por otra que se establecerá una atracción universal de toda la humanidad, desde la Cruz, hacia Cristo y su Iglesia. Y esto será así a lo largo de toda las generaciones desde la venida del Hijo del hombre, del Mesías, porque como muy bien nos dijo el Papa San Juan Pablo II (Carta Encíclica <Veritatis Splendor>. Dada en Roma el 6 a agosto de 1993):
 
 
 
 
“La relación entre Cristo Palabra del Padre, y la Iglesia, no puede ser comprendida como si fuera solamente un acontecimiento pasado, sino que es una relación vital, en la cual cada fiel está llamado a entrar personalmente… La contemporaneidad de Cristo responde al hombre de cada época, se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Y por eso Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les <recordaría> y les haría comprender sus mandamientos (Jn 14, 26) y al mismo tiempo, sería el principio frontal de una vida nueva para el mundo (Jn 3, 5-8); Rm 8, 1-13)”


La Constitución dogmática <Dei Verbum> ha expresado este gran misterio en los términos bíblicos de un diálogo nupcial, como ha recordado el Papa Benedicto XVI (Los caminos de la vida interior. Benedicto XVI Ed. Chronica; 2011):

“Dios que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado, y el Espíritu Santo por quién la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3.16) (Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución dogmática <Dei Verbum>)”

Ahora bien, en la búsqueda de la palabra de Cristo, su Iglesia, no se puede quedar y no se queda, solamente con el Cristo de <ayer> o solamente con el Cristo de <hoy> porque no lo encontraría; Él es atemporal, es el que fue, es, y vendrá…

 
 
Como enseñaba el Papa Benedicto XVI (Ibid): “El que sólo quiere ver a Cristo en el ayer, no lo encuentra, y el sólo quiere tenerlo hoy, tampoco lo encuentra. Él es desde el principio el que fue, es y vendrá. Es siempre como viviente, el que viene. El mensaje de su llegada y permanencia es parte esencial de su imagen; pero este acopio de todas las dimensiones del tiempo obedece a la consciencia que Jesús tenía de su vida terrenal como un salir del Padre permaneciendo en Él, de combinar en sí el tiempo y la eternidad. Si rehusamos participar en una existencia que se dilata en esas dimensiones, no podremos comprender a Jesús.


El que sólo concibe el tiempo como un momento que desaparece sin remedio y lo vive así, se aleja radicalmente de lo que constituye la figura de Jesús y de lo que quiere expresar. El conocimiento es siempre un camino. El que niega la posibilidad de una existencia dilatada en todas sus dimensiones, rehúsa acceder a las fuentes que nos invitan a este viaje del ser que se convierte en viaje del conocer.

San Agustín formuló este pensamiento en forma incomparablemente bella:
 
 
 
<Llégate tú también a Cristo…No pienses en largas caminatas…A Él, el omnipresente, se accede por vía del amor, no por vía marítima. Pero dado que en este viaje son frecuentes las olas y tormentas de múltiples tentaciones, cree en el Crucificado para que tu fe pueda subir al madero. Entonces no te hundirás…>” 


Hermosas palabras de san Agustín aludidas por el Papa Benedicto XVI, que nos recuerdan en estos días del tiempo de Cuaresma, a aquellas otras de la Carta a los Romanos de San Pablo (Rom 13, 10-14):

“La caridad no hace mal al prójimo. Plenitud, pues, de la ley es la caridad / Y esto tanto más, sabiendo el tiempo en que estamos; que es hora  ya que despertéis del sueño; puesto que ahora más cerca está de nosotros la salud que cuando abrazamos la fe / la noche está avanzada, el día se avecina. Lancemos, pues, de nosotros las obras de las tinieblas y revistámonos las armas de la luz /

 
 
 
 
Como en pleno día, andemos decorosamente, no en comilonas y borracheras, no en fornicación y desenfrenos, no en rivalidad y envidia; sino revestidos del Señor Jesucristo; y no os toméis solicitud por la carne para dar pábulo a su concupiscencias”
 
 
 
 
Así es, como da a entender el apóstol cada hora que pasa es primordial para el ser humano, porque nos acerca a la Resurrección de Cristo, a la resurrección por tanto del hombre, a la vida eterna que ha de seguir a la muerte de cada uno, cosa que muchas veces nos empeñamos en obviar. Por tanto a las obras de las tinieblas según san Pablo, no debemos oponernos simplemente con las obras, sino con las armas de la luz, como corresponde al carácter militante de la vida cristiana.


Debemos revestirnos de Jesucristo como pide san Pablo  a los romanos, esto es, debemos transformarnos, compenetrarnos con Jesucristo y para ello nada mejor y más fructífero que recordar que Él es el mismo ayer, hoy y siempre, porque revestirse de Cristo es revestirse  de la <armas de la luz> y rechazar las armas del maligno…

Puede que algunos piensen  que todo esto son cosas del pasado, pero no, al menos para los católicos, Cristo siempre debería estar presente en estas fechas que recordamos su Pasión, Muerte, y Resurrección comprometiéndonos con su Mensaje, porque como en su día  decía san Josemaría Escrivá de Balaguer (Es Cristo que pasa):

“Me diréis que no es fácil, y no os faltará razón. Los enemigos del hombre, que son los enemigos de su santidad, intentan impedir esa vida nueva, ese revestimiento con el espíritu de Cristo. No encuentro otra enumeración mejor de los obstáculos  la fidelidad cristiana que la que nos trae san Juan (I Jn (I)2, 16): <todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la jactancia de los bienes terrenos, no proceden del Padre, sino que proceden del mundo>
 
 
 
La concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de los sentidos en general, ni la apetencia sexual, que debe ser ordenada y no es mala de suyo, porque es una noble realidad  humana santificable…Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza  en el matrimonio, otros renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor a Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón…


La pureza cristiana, la santa pureza, no es el orgullo de sentirse puros, no contaminados. Es saber que tenemos los pies de barro (Dan II, 33), aunque la gracia de Dios nos libre día a día  de las acechanzas del enemigo”

 Sí, Cristo pasa siempre a nuestro lado, y nos dice cosas como estas, por ejemplo por boca de san Josemaria y nos pide encarecidamente que le sigamos, que llevemos a cabo nuestro particular éxodo hacia Él. Esta idea integral de seguimiento de Cristo está presente en el punto de vista de todos los Padres de la Iglesia.
El Papa Benedicto XVI, nos recordaba concretamente el de san Basilio (Ibid):
 
 
 
 
“El plan de Dios y de nuestro Redentor a favor de los humanos consiste en rescatarnos del destierro y hacernos regresar desde la alineación surgida a causa de la desobediencia… El seguimiento de Cristo es necesario para la consumación de la vida, seguimiento no sólo en la mansedumbre, la humildad y la indulgencia de su vida, sino también en su muerte…


¿Cómo llegamos a asemejarnos a Él en la muerte?… ¿Qué ganamos con esta imitación? Primero es necesario anular la forma de vida anterior. Pero esto es imposible si no renacemos, según el dicho del Señor (Jn 3, 3).

Porque el nuevo nacimiento es… el principio de una segunda vida. Más para iniciar la segunda, hay que acabar con la primera. Porque si aquellos que dan la vuelta en la doble pista del estadio necesitan detenerse y parar un instante entre dos sentidos opuestos, también en la vuelta de la vida hay necesariamente una muerte que pone fin a la vida anterior y da comienzo la siguiente”
 
 
 
Sí, dice el Papa Benedicto pero es mejor decir todo esto en un lenguaje más práctico, en un lenguaje que haga mella en el hombre de hoy. Dice así el Pontífice (Ibid): “El éxodo cristiano incluye la conversión, en ella, el creyente asume la promesa de Cristo con todas sus consecuencias y se muestra dispuesto a entregarse a sí mismo y su vida entera.


La conversión implica, por tanto, ir más allá del propio saber y confiarse al misterio, al sacramento en la comunidad de la Iglesia, donde Dios interviene como agente en mi vida y la libera del aislamiento”

 


 

 

viernes, 15 de marzo de 2019

LA CUARESMA: CAMINO DE AUTÉNTICA CONVERSIÓN


 
 
 
 
Así titulaba el Papa Benedicto XVI su Homilía el miércoles de Ceniza un 6 de febrero de 2008 con objeto de prepararnos al tiempo de conversión que es la Cuaresma para los cristianos, porque como él decía: “Dado que los compromisos, los afanes y las preocupaciones nos hacen caer en la rutina y nos exponen al peligro de olvidar cuán extraordinaria es la aventura en la que nos ha implicado Jesús, necesitamos recomenzar cada día nuestro exigente itinerario de vida evangélica, recogiéndonos interiormente con momentos de pausa que regeneran el espíritu…


El clima cuaresmal, nos ayuda a redescubrir el don de la fe recibida en el Bautismo y nos lleva a cercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro esfuerzo de conversión bajo el signo de la misericordia divina…
 
 
 
Al imponer sobre la cabeza la ceniza, el celebrante dice: <Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás> (Gn 3, 19), o repite la invitación de Jesús: <Convertíos y creed en el Evangelio> (Mc 1, 15). Ambas fórmulas recuerdan la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadoras que siempre necesitan penitencia y conversión.


¡Qué importante escuchar y acoger este llamamiento en nuestro tiempo!

El hombre contemporáneo, cuando proclama su total autonomía de Dios, se hace esclavo de sí mismo, y con frecuencia en una soledad sin consuelo”

Sí, somos polvo y al polvo volveremos como se nos dice en las Sagradas Escrituras, por eso  en este tiempo es conveniente recordarlo, al menos de vez en cuando, para encontrar el camino de la auténtica conversión, y así alcanzar el Reino de Dios.
Ciertamente nos conviene pensar de vez en cuando en las realidades últimas, ya que la Iglesia de Cristo es escatológica como nos recuerda San Marcos en su Evangelio cuando narra un importante pasaje de la vida de Jesús en el que Éste alude a su <segunda venida>. Concretamente nos referimos a aquella ocasión en la que  predice su Pasión, Muerte y Resurrección, cuando camina hacia Jerusalén para llevar a cabo su misión evangelizadora, acompañado por sus discípulos y la gran multitud que les seguía (Mc 8, 34-38):

 
 
 
"Llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: <Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue así mismo, que tome su cruz y me siga / Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará> / <Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? / Pues ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? / Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles"

 
El apóstol san Mateo también en varias ocasiones narra en su Evangelio algunos momentos de la vida de Jesús en los que se refiere a este tema. Así por ejemplo, es evidente cuando habla del <Juicio final> durante su discurso escatológico, próxima ya su Pasión, Muerte y Resurrección (Mt 26, 31-34; 41):
 
 
 
 
"Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria / y serán reunidos ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos / y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda / Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: <Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo… / Entonces les dirá a los que estén a la izquierda: < Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles> "



Sin duda  este pasaje del Nuevo Testamento siempre ha inquietado a lo largo de los siglos, y hasta  sobresaltado, a aquellos hombres que, por uno u otro motivo, se encontraban  alejados de Dios. En este sentido, es interesante recordar las enseñanzas del Papa Benedicto XVI:
“Se trata de un juicio real el que tendrá lugar, sin embargo se podría decir que se avecina siempre al hombre, ya en la muerte. El gran escenario que se esboza en el Evangelio de san Mateo, con las ovejas y los cabritos, es una parábola propuesta por el Señor de lo inimaginable.

Nosotros los hombres no podemos imaginarnos ese proceso inaudito en el que todo el Cosmos se halla ante el Señor y la historia entera ante Él…Como será esto visualmente escapa a nuestra capacidad de imaginación.
Pero que Él es el Juez, que tendrá lugar un juicio real, que la humanidad será separada y que, entonces, existe también la posibilidad de la perdición, y que las cosas no son indiferentes, son datos muy importantes.
 
 
 
 
Hoy la gente tiende a decir: <Bueno, tan malas no serán las cosas. Al fin y al cabo, es muy difícil, que Dios obre así>. Pero no, Él toma en serio las cosas de los hombres. Está además, el hecho de la existencia del mal, que permanece y tiene que ser condenado. En esta sentido, aún con la alegre gratitud por el hecho de que Dios es Bueno y nos da su gracia, deberíamos percibir también e inscribir en nuestro programa de vida la seriedad del mal…”


El evangelista San Lucas menciona también las palabras del Señor con respecto al <Juicio final>, aunque de una forma más sintetizada que san Mateo, pero de forma igualmente clara y aleccionadora (Lc 9, 25-26):

-<Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye así mismo o se pierde?
-Porque  quien se avergüence de mí  y de mi palabras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre y en la de los santos ángeles.

 
 
 
 
Los tres evangelistas sinópticos coinciden en sus respectivas narraciones en el hecho de que el Señor en su <segunda venida> vendrá acompañado por los santos ángeles. El Papa san Juan Pablo II recordando esta singularidad de las tres narraciones afirma:


“Se puede decir que los ángeles, como espíritus puros, no solo participan en el modo en que les es propio de la santidad del mismo Dios, sino que en los momentos claves, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica respecto al hombre. De igual modo también toda la Tradición y el Magisterio ordinario de la Iglesia ha atribuido a lo largo de los siglos a los ángeles este carácter y esta función de ministerio mesiánico (Audiencia General; miércoles 30 de julio de 1986)"     

 
Ciertamente, Jesús durante su Ministerio  predijo, en varias ocasiones, su Pasión y Muerte, así como su Resurrección, pero Pedro disgustado con aquellos anuncios que, por entonces, para él no tenían ningún sentido, exclamó en un momento dado (Mt 16, 22): <¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso>
El Señor, disgustado con este humano pensamiento, volviéndose hacia él, exclamó a su vez (Mt 16, 23): < ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escandalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres>. Y al llegar a este punto, Jesús, les manifestó a sus discípulos,  su vuelta  al final de los tiempos (Parusía) y el <Juicio final>, con estas contundentes palabras  (Mt 16, 27): <Porque el Hijo del hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta>.
 
 
 
 
Por su parte, el apóstol san Pablo se hizo eco de estos temas escatológicos que tanta importancia tienen para la humanidad. Precisamente el Papa Benedicto XVI en su Audiencia General  del 12 noviembre de2008 nos recordaba  que: “Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de la vuelta de Jesús, llamada <Parusía>, <adviento>,  nueva y manifiesta presencia (cf. 1 Ts 4, 13-18).


Concretamente, ante las dudas y problemas de los Tesalonicenses, el apóstol escribe así: <Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús> (1 Ts 4, 14).
Y continúa: <Los que  murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor> (1 Ts 4, 16-17).

San Pablo describe la <Parusía> de Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten un mensaje sencillo y profundo: Al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de la imágenes, el mensaje esencial: Nuestro futuro es <estar con el Señor>; en cuanto a creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado”

Son palabras verdaderamente esperanzadoras y hermosas las del Papa Benedicto XVI, refiriéndose al futuro del hombre, que ya está aquí, para los creyentes, al <lado del Señor>, pero ¿qué sucederá con aquellos hombres que han perdido la fe, como consecuencia de un mundo paganizado y adsorbente, que aleja al hombre de la <verdad absoluta>?
 
 
 
 
 
El Papa san Juan Pablo II nos dejaba una reflexión interesante y deseable en este sentido: “Al hombre contemporáneo le es difícil volver a la fe, porque le asustan las exigencias morales que la fe representa. Y esto, en cierto modo, es verdad. El Evangelio es ciertamente exigente. Es sabido que Cristo, a este respecto, no engañaba nunca a sus discípulos, ni a los que  escuchaban (sus palabras). Al contrario, los preparaba con verdadera firmeza para todo tipo de dificultades internas o externas, advirtiéndoles siempre que ellos también podían abandonarle.


Por tanto, si Él dice: ¡No tengáis miedo! (Jn  3, 16), con toda seguridad no lo dice para paliar de algún modo sus exigencias. Al contrario, con estas palabras confirma toda la verdad del Evangelio y todas las exigencias en él contenidas.

Al mismo tiempo, sin embargo, manifiesta que lo que Él exige no supera las posibilidades del hombre. Si el hombre lo acepta con disposición de fe, también encuentra en la gracia, que Dios no permite que le falte, la fuerza necesaria para llevar adelante esas exigencias.
El mundo está lleno de pruebas de la fuerza salvífica y redentora, que los Evangelios anuncian con mayor énfasis que aquel  con que recuerdan las obligaciones morales.

¡Cuántas son en el mundo las personas que atestiguan con su vida cotidiana que la moral evangélica es hacedera! La experiencia demuestra que una vida humana lograda no puede ser sino como la de esas personas (Cruzando el umbral de la esperanza)"

Por eso, como también aseguraba el Papa Benedicto XVI en la Audiencia General anteriormente mencionada:
“La espera en la <Parusía> no dispensa del trabajo en este mundo; al contrario, crea responsabilidades ante el Juez divino sobre nuestro obrar en este mundo. Precisamente así crece nuestra  responsabilidad de trabajar en y para este mundo…

Precisamente, en el pasaje evangélico de los talentos, el Señor nos recuerda que ha confiado talentos a todos, y que el Juez nos pedirá cuentas de ellos diciendo: ¿Habéis dado fruto? Por tanto la espera de su venida implica responsabilidades con respecto a este mundo (cf. 2, Ts 3, 10-12).
 
 
 
 
Por otra parte, en la carta a los Filipenses (cf. Flp 1,21-26), de san Pablo, en otro contexto, aparece esa misma verdad y el nexo entre <Parusía> (vuelta del Juez Salvador) y nuestro compromiso en la vida. En esta situación piensa en su futuro <estar con el Señor>, pero piensa también en la comunidad de  Filipos, que necesita a su padre, san Pablo, y escribe: <para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger>


Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre vosotros”

Es evidente, san Pablo no tenía miedo a la muerte, por el contrario, él la deseaba con fruición,  pero sabía que Cristo le había llamado para evangelizar a los pueblos, en particular a los pueblos paganos, y sentía esa responsabilidad de forma intensa en su corazón, por eso escogió vivir, para dar cumplimiento al mandato del Señor.

 
 
<Estaba sencillamente disponible para Dios y era realmente libre>  ¡No tengamos miedo de cruzar el umbral de la esperanza!, como nos pedía el Papa san Juan Pablo II.  Seamos plenamente fieles a la exhortación del Señor que fue  < Signo y Seña> de este Papa santo: ¡No tengáis miedo! 

 

 

 

 

sábado, 9 de marzo de 2019

EL HOMBRE Y LA MUJER SON IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS


 
 
 

 
 
El Papa Francisco en la <Audiencia General> de los miércoles del año 2015 dedicaba su catequesis al hombre y a la mujer con vistas a formar una familia. El les hablaba con el corazón en la mano, como se suele decir, que es por otra parte la manera cordial y cercana que este Pontífice tiene por costumbre utilizar al dirigirse a su grey:


“Como todos sabemos, la diferencia sexual está presente en muchas formas de vida, en la larga serie de los seres vivos. Pero sólo en el hombre y en la mujer esa diferencia lleva en sí la imagen y semejanza con Dios: el texto bíblico lo repite tres veces en dos versículos (Gen 1, 26-27): <hombre y mujer son imagen y semejanza de Dios>.
Esto nos dice que no sólo el hombre en su individualidad es imagen de Dios, que no sólo la mujer en su individualidad es imagen de Dios, sino también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios.

La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición, o subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios…
La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la compresión de lo que es ser hombre ó mujer, pero ha introducido también muchas dudas y mucho escepticismo…

Sí, corremos el riesgo de dar un paso hacia atrás. La remoción de la diferencia, es el problema, no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben en cambio hablar más entre ellos, escucharse más, conocerse más, quererse más. Deben tratarse con respeto y cooperar con amistad”  (Audiencia General; miércoles 15 de abril de 2015)


En este  sentido, recordemos que la historia  suele presentar distintas etapas; así, se habló de una <primera etapa>, refiriéndose al movimiento  desarrollado en Inglaterra y los Estados Unidos durante el siglo XVIII y principios del XIX.

 
 
Se habló también de una <segunda etapa>  (primera mitad del siglo XX)  e incluso de una <tercera etapa> que se situaba hacia finales del siglo XX (más concretamente a partir del año 1970)  que se  extendió hasta finales del siglo XX. Por último, se habla hoy en día de  una <cuarta etapa>, ya dentro del siglo XXI


En general las crónicas nos revela, sin duda, la historia de deriva constante de la humanidad, desde sus inicios, hacia un paganismo y alejamiento de Dios, que ha conducido a la situación actual de declive profundo hacia un anticlericalismo arrebatado e intransigente.

 
 
Ha sucedido lo que anunciaba el Papa san Juan Pablo II en el año 1988 en su Carta Apostólica <Mulieris dignitatem), y que el denunciaba con estas sentidas palabras: “La mujer en nombre de la liberación del –dominio del hombre- no puede tender  a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia originalidad femenina… Por dicho camino no llegará a realizarse y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial…”


Riqueza esencial que fue puesta en valor por nuestro Señor Jesucristo, tal como nos demuestra la lectura de los Santos Evangelios (Jn 12, 1-8),

 
 
 
y siempre nos han recordado los Padres y Pontífices de la Iglesia a lo largo de todos estos siglos. Así, por ejemplo, hacia mediados del siglo XX, el Papa Pablo VI, tras la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, enviaba un mensaje a las mujeres, recordándoles el importante papel que Dios les dio desde el mismo momento de su creación (Mensaje a las mujeres. Pablo VI ,8 de diciembre de 1965):


“La Iglesia está orgullosa de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho restablecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres su innata igualdad con el hombre. Pero ha llegado la hora, en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora…
Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación profunda, las mujeres llenas de espíritu del Evangelio pueden ayudar enormemente a que la humanidad no decaiga…”

 
 
 
Entre otras recomendaciones de este Pontífice a  la mujeres, están: la de velar por el porvenir de nuestra especie, deteniendo la mano del hombre que en <un momento de locura intentase destruir la civilización humana>, la de recordar siempre que <una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente>, y la de que la sociedad llama también a las mujeres solteras, porque <las mismas familias no pueden vivir sin la ayuda de aquellas que no tienen familia>.

Tiene también un recuerdo muy cariñoso para las mujeres vírgenes consagradas, ya que <Jesús, que dio al amor conyugal toda su plenitud, exaltó también el renunciamiento a ese amor humano cuando se hace por Amor infinito y por el servicio a todos> (Mt 19, 12).

Por último exclama, en este mensaje que toda mujer debería leer, aún en nuestros días:

 
 
“Mujeres que sufrís, en fin, que os mantenéis firmes bajo la Cruz a imagen de María: Vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia, habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos humildes.


Mujeres, vosotras, que sabéis hacer la verdad dulce, tierna, accesible, dedicaos a hacer penetrar el Espíritu del Concilio en las instituciones, las escuelas, los hogares, y en la vida de cada día.

Mujeres del Universo todo, cristianas o no creyentes, a quiénes os está confiada la vida, en este momento tan grave de la historia, a vosotras toca salvar la paz del mundo”

Pablo VI (Giovanni Battista Montini; 1963-1978) se encontró con la gran dificultad de proseguir, hasta dar término, al Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII, en un ambiente muy enrarecido de la sociedad, caracterizado por lo que se ha dado en llamar (guerra fría), y con conflictos bélicos tan importantes como la guerra de Vietnam, o los enfrentamientos armados en Medio Oriente, y por supuesto en África.

 
 
Por eso, no es de extrañar, que este Pontífice al que tanto le preocupaba la paz del mundo, como demostró precisamente en 1965 en su mensaje a las mujeres, para que le ayudaran en sus propósitos, tuviera una intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en donde trató de mentalizar a las naciones sobre la necesidad de una paz duradera y justa, y así mismo también instituyera las <Jornadas Mundiales de la Paz>.

Las mujeres de todo el mundo se debieron sentir conmovidas ante este mensaje del Papa, pero los acontecimientos de la época unidos al creciente mal estado de la moralidad de los pueblos hicieron imposible los deseos de éste santo varón.

Los Pontífices anteriores, ya lo habían denunciado, así el Papa Pío XII (Eugenio Pacelli 1939-1958) en 1952 en un discurso sobre los <errores de la moral de la situación> o nueva concepción de la ley moral, éste Papa con alto dolor se expresaba en los términos siguientes:

 
 
“El signo distintivo de ésta moral es que no se sabe en manera alguna sobre las leyes morales universales, como por ejemplo los Diez Mandamientos, sino sobre las condiciones o circunstancias reales o concretas en las que tiene que obrar y según las cuales la conciencia individual  puede  juzgar y elegir…


La ética nueva (adaptada a las circunstancias) dicen sus autores, es eminentemente individual. En la determinación de la conciencia, cada hombre en particular se encuentra directamente con Dios y ante Él se decide, sin intervención ninguna de ley, de ninguna autoridad, de ninguna comunidad, de ningún culto o confesión, y de ninguna manera. Aquí sólo existe el yo del hombre y el yo del Dios personal…” (Discurso al Congreso de la Federación Mundial de las juventudes católicas 1952)

Como también aseguraba el Papa a las mujeres jóvenes, futuras madres, o no, de la sociedad de mediados del siglo XX, <la nueva moral, que se estaba tratando de implantar se hallaba tan fuera de la ley de los principios católicos, que hasta un niño que supiera el catecismo lo vería.

 
 
 
Hablaba el Papa Pío XII con conocimiento de causa de todos los problemas que de esta situación se estaban derivando y que en un futuro podrían verse acrecentados, con la expansión de peligrosas corrientes del pensamiento moral, y por eso aconsejaba finalmente a las mujeres que inculcaran a sus futuros hijos, a sus alumnos o parientes, en primer lugar, la costumbre de orar a Dios,  


y en segundo lugar, que les hicieran comprender a las gentes jóvenes que estar orgullosos u orgullosas de mantener la fe en Cristo y su Iglesia cuesta trabajo, pero que <han de acostumbrarse desde la primera edad a hacer sacrificios por su fe, a caminar delante de Dios en rectitud de conciencia, a reverenciar lo que Él ordena>.

Son consejos válidos también para el actual siglo XXI, que tan mal marcha ante el comportamiento moral y las buenas costumbres… consecuencia, seguramente, de aquellos primeros intentos de los hombres de quitar de en medio a Dios, para ponerse ellos en su lugar…

El individualismo, el narcisismo y el laicismo desatado han ido creciendo, junto con otros <ismos> y en la actualidad la situación es gravemente peligrosa y muy próxima al paganismo profundo que reinaba en vida de Jesús y sus apóstoles.

 
 
Por otra parte, el Papa san Juan Pablo II se dio pronto cuenta de lo que estaba sucediendo y de lo que podría suceder en un futuro y por eso en su Carta Encíclica <Redemptor Hominis> de 1979 aseguraba que <el Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del Cosmos y de la historia>.

Él se preguntaba entonces, al comienzo de su Pontificado: ¿Cómo? ¿De qué modo hay que proseguir? ¿Qué hay que hacer a fin de que este nuevo Adviento de la Iglesia, próximo ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada Escritura llama: Padre sempiterno < Pater futuri saeculi>. El denunciaba también, en esta amplia y fundamental Carta Encíclica, la existencia de graves peligros y amenazas para los seres humanos. En efecto, decía:

“La situación del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral, cómo de las exigencias de la justicia o aún más del amor social”

Por su parte, el Papa Francisco recogiendo todos los pensamientos y enseñanzas de sus antecesores en la Silla de Pedro ha querido también contribuir, en este sentido, en beneficio del hombre y de la mujer y así, por ejemplo, lo comprobamos en su Audiencia General del 22 de abril de 2015:

“El Espíritu Santo, que inspiró toda la Biblia, sugiere por un momento que a la imagen del hombre solo  -le falta algo- , sin la mujer. Y sugiere el pensamiento de Dios, casi el sentimiento de Dios que lo observa, que observa a Adán solo en el jardín: es libre, es señor,…pero está solo.

 
 
Y Dios ve que esto <no es bueno>  -dice Dios- y añade: voy a hacerle alguien como él, que le ayude (Gen 2, 18).Entonces Dios presenta al hombre todos los animales; el hombre da a cada uno de ellos su nombre –y es esta otra imagen del señorío del hombre sobre la creación- , pero no encuentra en ningún animal al otro semejante a sí.


El hombre sigue solo. Cuando Dios le presenta a la mujer, el hombre reconoce exultante que esa criatura, y sólo ella, es parte de él: <es hueso de mis huesos y carne de mi carne> (Gen 2, 23). Al final hay un gesto de reflejo, una reciprocidad.

Cuando una persona -es un ejemplo para comprender bien esto- quiere dar la mano a la otra, tiene que tenerla delante: si uno tiende la mano y no tiene a nadie, la mano queda allí…, falta la reciprocidad.

La mujer no es una réplica del hombre; viene directamente del gesto creador de Dios. La imagen de la <costilla> no expresa en ningún sentido inferioridad o subordinación, sino, al contrario, que el hombre y la mujer son de la misma sustancia y son complementarios y que tienen también esta reciprocidad.

Y el hecho de que –siempre en la parábola- Dios plasme a la mujer mientras el hombre duerme, destaca precisamente que ella no es de ninguna manera una criatura del hombre, sino de Dios. Sugiere también otra cosa: para encontrar a la mujer –y podemos decir para encontrar el amor de la mujer-, el hombre primero tiene que soñarla y luego la encuentra.

 
 
La confianza de Dios en el hombre y en la mujer, a quienes confía la tierra, es generosa, directa, plena. Se fía de ellos. Pero he aquí que el maligno introduce en su mente la sospecha, la incredulidad, la desconfianza. Y al final llega la desobediencia al mandamiento que los protegía. Caen en ese delirio de omnipotencia que contamina todo y destruye la armonía”


Así sucedió con el primer hombre y la primera mujer según el libro del Génesis, por eso, también según  este libro, Dios llegó a la siguiente conclusión (Gen 3, 22-24):

“Exclamó <Ahí tenéis al hombre vuelto como uno de nosotros, discernidor del bien y del mal. Ahora, pues, no vaya a alargar la mano y tome también  del árbol de la vida, coma de él y viva eternamente> /  Y expulsóle Yahveh Dios del vergel de Edén a trabajar la tierra, de la que había sido tomado / Cuando hubo arrojado al hombre, puso al oriente de Edén  querubines con espada de hoja fulgurante para guardar el camino del árbol de la vida”

 

 
 
Como asegura el Papa Francisco, refiriéndose al pecado original y al pecado en general (Ibid):“El pecado genera desconfianza entre el hombre y la mujer. Su relación se verá acechada por mil formas de abuso y sometimiento, seducción engañosa y prepotencia humillante, hasta la más dramáticas y violentas. La historia carga las huellas de todo eso.


Pensemos, por ejemplo, en los excesos negativos de las culturas patriarcales. Pensemos en las múltiples formas de machismo donde la mujer ha sido considerada de segunda clase…

Pensemos en definitiva en la reciente epidemia de desconfianza, de escepticismo, e incluso de hostilidad que se difunde en nuestra cultura -en especial a partir de una comprensible desconfianza de las mujeres- respecto a una alianza entre hombre y mujer que sea capaz, al mismo tiempo, de afirmar la intimidad de la comunidad y cuestionar la dignidad de la diferencia.

Si no encontramos un sobresalto de simpatía por esta alianza, capaz de resguardar a las nuevas generaciones de la desconfianza y la indiferencia, los hijos vendrán  al mundo cada vez más desarraigados de la misma desde el seno materno.

La desvalorización social de la alianza estable y generativa del hombre y de la mujer es ciertamente una pérdida para todos: ¡Tenemos que volver a dar el honor debido al matrimonio y a la familia!

 

 
 
La santa Biblia dice algo hermoso: El hombre encuentra a la mujer, se encuentran, y el hombre debe dejar algo para encontrarla plenamente. Por ello el hombre dejará a su padre y a su madre para ir con ella (Gen 1, 24) ¡Es hermoso! Esto significa comenzar un nuevo camino. El hombre es todo para la mujer y la mujer toda para el hombre”