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martes, 1 de octubre de 2019

LA IGLESIA DE CRISTO Y EL DIALOGO INTERRELIGIOSO



“El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios (Ex 19,12).
Se trata de un mensaje muy actual, frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad y, por otro, se confunde la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente.

Existe el riesgo de que la religión acabe siendo absorbida por la gestión de los asuntos temporales y se deje seducir por el atractivo de los poderes mundanos que en realidad sólo quiere instrumentalizarla. En un mundo en el que se han globalizado muchos instrumentos técnicos útiles, pero también la indiferencia y la negligencia, y que corre a una velocidad frenética difícil de sostener, se percibe la nostalgia de las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida, que las religiones saben promover y que suscitan la evocación de los propios orígenes: La vocación del hombre, que no ha sido creada para consumirse en la precariedad de los asuntos terrenales sino para encaminarse hacia el Absoluto al que tiende.
Por estas razones, sobre todo hoy, la religión no es un problema sino parte de la solución: Contra la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo comienza y termina en esta tierra, nos recuerda que es necesario elevar el ánimo hacia lo Alto para aprender a construir la ciudad de los hombres”  

 
 
Son las sentidas palabras del Papa Francisco en su viaje apostólico  a Egipto (28-29 de abril de 2017) durante su discurso a los participantes en la <Conferencia Internacional para la Paz> que tuvo lugar en el Cairo. El Papa refiriéndose concretamente  al diálogo interreligioso manifestaba también que: “Estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende del encuentro entre religiones y culturas…El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones.

El deber de la identidad, porque no se puede establecer un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que  es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien  de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que nos merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación”

Son tres indicaciones preclaras de nuestro actual Papa que sin duda están sirviendo ya para conseguir buenos frutos en el diálogo interreligioso que se inició  hace  algunos años. Así, en el Concilio Vaticano II se analizó  en profundidad el problema de la relación entre la Iglesia católica y las demás religiones del mundo, en consideración del mandato de Nuestro Señor Jesucristo.
Realmente se podría decir que desde siempre la Iglesia de Cristo se ha interesado por el diálogo interreligioso;  concretamente, en el Concilio Ecuménico Vaticano II, se estudió con largueza este tema, contemplando cuidadosamente su problemática, con la intención de alcanzar una fraternidad universal, exenta de toda discriminación:

“En nuestra época, en la que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera, con mayor atención, en que consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas.

 
 
En cumplimiento de su misión de fundamentar la  unidad y la caridad entre los hombres y, aún más, entre los pueblos, considera aquí, todo aquello que es común a los hombres y que conduce a la mutua solidaridad…” (Proemio; Declaración Conciliar <Nostra Aetate>)

Ante una cuestión tan actual e importante, pueden surgir, tanto en el seno de la Iglesia católica, como  entre comunidades  pertenecientes a otras creencias, algunas dudas y por tanto algunas preguntas. Varias cuestiones que surgen a raíz de la lectura del documento <Dominus Iesus>, del Concilio Vaticano II, nos pueden servir de guía para analizar algunas de las problemáticas que incumben al tema del diálogo interreligioso.

Una de estas preguntas es obvia: ¿Realmente es posible el dialogo entre la fe cristiana y las doctrinas provenientes de otras tradiciones religiosas?
Pregunta no fácil de responder de forma inmediata, por eso antes de entrar en ella recordaremos, como introducción previa, algunas ideas desarrolladas por el Papa san Juan Pablo II en su discurso a la Asamblea Interreligiosa, durante la ceremonia final (jueves 28 de octubre de 1999):


Por eso, son numerosos los conflictos que estallan continuamente en el mundo: guerras entre naciones y luchas armadas en el seno de países. Se trata de conflictos que perduran  como heridas abiertas y exigen una solución  que tarda en llegar. Inevitablemente los débiles son quienes más sufren en esos conflictos, en especial cuando son desalojados de sus hogares y obligados a escapar”

Son palabras de un Papa santo pronunciadas hace ya algunos años que reflejan de forma espectacular lo que sucedía entonces y sigue sucediendo por desgracia en la actualidad;  ello demuestra una vez más la incapacidad del hombre para resolver la más de las veces, por sí mismo, los problemas que históricamente se le presentan en materia social y moral.

Recordemos de nuevo las palabras del Papa san Juan Pablo II, en este  sentido, (Ibid):
“Seguramente no es así como la humanidad debe vivir. Por tanto, ¿no es exacto decir que existe efectivamente una crisis de civilización que solo puede contrarrestarse con una nueva civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad?" (cf. Tertio millennio adveniente, 52).

 
 
 
 
Por eso el Papa Francisco en su viaje apostólico a Egipto, mencionado anteriormente aseguraba que: “Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro, no hay otra manera.

Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: Jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad”

 
A pesar de esta hermosa y sincera reflexión del Papa Francisco, hay quienes afirman que la religión forma parte del problema de desunión de los hombres, pues bloquea el camino de la humanidad hacia la paz y la prosperidad verdadera. Los cristianos, como hombres de fe, tenemos el deber de demostrar que no es así. Cualquier uso de la religión para apoyar la violencia es un abuso de ella. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para los conflictos, sobre todo cuando coinciden, la identidad religiosa, cultural  y étnica…

Además, los líderes religiosos deben mostrar claramente que están comprometidos en promover la paz, precisamente a causa de su creencia religiosa…De todo ello se deduce evidentemente que la primera pregunta que nos hacíamos sobre si es posible el dialogo interreligiosos debería ser contestada con un sí rotundo por parte de todas las partes implicadas.
 
 


Mi venerado Predecesor (Papa Pablo VI) observó que en nuestro tiempo la gente presta más atención, a los testigos que a los maestros, y que escucha a los maestros si son testigos (cf. Evangelii nuntiandi, 41). Basta pensar en el testimonio inolvidable de personas como Mahatma Gandhi o la madre Teresa de Calcuta, por mencionar solo a dos figuras que ejercieron gran influencia en el mundo”

Dos grandes figuras humanas de los últimos siglos, son sin duda las mencionadas, por este Pontífice como ejemplos a tener en cuenta a la hora de conseguir el diálogo interreligioso, pero no olvidemos que son sobre todo las enseñanzas y el ejemplo de Jesús los que deben mover a todos los cristianos en este sentido, porque el Hijo del hombre nos dio un mandamiento nuevo de amor y fraternidad entre los hombres (Jn 13, 34-35):
 
 
 
 

 
De cualquier forma, la verdad y el amor siempre vencen a la mentira y el desamor y por eso debemos ser optimistas respecto al tema que estamos considerando, como nos recordaba nuestro actual Papa Francisco:
“El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forme parte indeleble la fraternidad, que nos invite a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ello, es imposible la construcción de una sociedad justa, de paz estable y duradera”  (XLVII Jornada Mundial de la paz, 2014)

Es una idea que ha promocionado siempre nuestro actual Pontífice, al igual que lo hicieron sus antecesores en la Silla de Pedro. Concretamente, en su viaje Apostólico a Egipto aseguraba también que (Ibid):

“En este desafío de civilizaciones tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: <Vivimos bajo el sol de un único Dios misericordioso.

 
 
 
Así, en el verdadero sentido podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas (…), porque sin Dios la vida del hombre sería como el cielo sin sol> (Discurso a las autoridades musulmanas del Papa Juan Pablo II; Kaduna-Nigeria el 14 de febrero de 1982). Salga pues el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra, acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización de la paz y del encuentro”    


Hermosas palabras del Papa Francisco sobre las que deberíamos reflexionar todos, al igual que deberíamos seguir recordando las del Papa san Juan Pablo II (Ibid):

“Nuestra esperanza no se funda sólo en las capacidades del corazón  y de la mente humana; tiene también una dimensión divina, que es preciso reconocer. Los cristianos creemos que esta esperanza es un don del Espíritu Santo, que nos llama a ensanchar nuestros horizontes, a buscar, por encima de nuestras necesidades personales y de las de nuestras comunidades particulares, la unidad de toda la familia humana. La enseñanza y el ejemplo de Jesucristo han dado a los cristianos un claro sentido de la fraternidad universal de los pueblos.

 

 
 La convicción de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere (cf. Jn 3, 8) nos impide hacer juicios apresurados y peligrosos, porque suscita aprecio de lo que está escondido en el corazón de los demás. Esto lleva a la reconciliación, la armonía y a la paz. De esta convicción espiritual brotan la compasión y la generosidad, la humidad, la valentía y la perseverancia…


Al estar hoy aquí reunidas personas de numerosas nacionalidades, que representan a muchas religiones del mundo, no podemos por menos de recordar el encuentro de Asís, que se celebró hace trece años, con ocasión de la Jornada mundial de oración por la paz. Desde entonces el espíritu de Asís se ha mantenido vivo mediante múltiples iniciativas en diferentes partes del mundo…

 
 
 
Este encuentro en la plaza de san Pedro es un paso más en este camino. Con las múltiples lenguas de la oración, pidamos al Espíritu de Dios que nos ilumine, guie y fortalezca a fin de que, como hombres y mujeres que se inspiran en sus creencias religiosas, podamos trabajar juntos para construir el futuro de la humanidad en armonía, justicia, paz y amor”

 
Sí, el futuro del <Dialogo interreligioso> debe basarse en la armonía, la justicia, la paz y el amor entre los hombres, porque cuando Jesucristo envió en misión evangelizadora a setenta y dos discípulos les habló así (Lc 10, 2-6): “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a la mies / Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos / No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino / En la casa que entréis decid primero: <Paz a esta casa> / Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario retornará a vosotros”

Recientemente el Papa Francisco llevado de este espíritu basado en la armonía, la justicia, la paz y el amor entre los hombres, en su viaje apostólico a los <Emiratos Árabes Unidos> (3-5 de febrero de 2019), durante el encuentro con el gran Imán de Al-Azhar , y los musulmanes de Oriente y Occidente ha tenido la alegría de colaborar con todos ellos en la publicación de un Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, llegando a la conclusión siguiente:
 
 



Sea un testimonio de la grandeza de la fe en Dios que une los corazones divididos y eleva el espíritu humano. Sea un símbolo del abrazo entre Oriente y Occidente, entre el Norte y el Sur y entre todos los que creen que Dios nos ha creado para conocernos, para cooperar entre nosotros y para vivir como hermanos que se aman. Esto es lo que esperamos e intentamos realizar para alcanzar una paz universal que disfruten todas las personas en esta vida”  (Abu Dabi, 4 de febrero de 2019).

 

 

 

 

 

 




 

 

 

domingo, 22 de septiembre de 2019

LA ESPERANZA ES UNA VIRTUD TEOLOGAL FUNDAMENTAL (II)


 
 
 
 
El Obispo vietnamita F.X. Nguien ban Thran en su cautiverio (1975-1988) oraba así:
 
¿Cuantas veces en mi vida se me presentarán ocasiones semejantes?
No, aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria. Jesús no espera; vivo el momento presente colmado de amor. La línea recta está formada por millones de puntitos unidos entre sí. También mi vida está integrada por millones de segundos y minutos unidos entre sí. Dispongo perfectamente de mi linea recta. Vivo con perfección cada minuto y la vida será santa. El camino de la esperanza está enlosado de pequeños pasos de esperanza”
(Cinco panes y dos peces; Ed. Ciudad nueva 2000)

Este santo Obispo rezaba así, porque como diría el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi>: <Cuando ya nadie nos escucha, Dios todavía nos escucha>. Él es nuestra esperanza, nuestra única y gran esperanza y por eso los creyentes recordamos siempre sus palabras llenas de sabiduría y amor en todo momento y muy especialmente en aquellos de  grandes dificultades y frustraciones de la vida.

En este sentido nos viene a la memoria aquellos momentos de la vida del Señor durante su ministerio en Galilea en el que dio un discurso a las multitudes que le seguían, subido a un monte, en presencia de sus discípulos y entre otras cosas les decía (Mt 5, 23):
“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente”

Sí, nosotros necesitamos ser sal, pero sal que no se vuelva sosa, necesitamos de la esperanza como muy bien aseguraba el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi>:

 
 
 
“Nosotros necesitamos tener esperanza, más grande o más pequeña, que día a día nos mantenga en camino. Pero sin la gran esperanza, más grande o más pequeña, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza”


Por su parte, el Papa san Juan Pablo II en su Audiencia general del miércoles 11 de noviembre de 1998 nos hablaba también sobre la esperanza, una virtud teologal fundamental:

 
 
 
“La doctrina de la Iglesia concibe la esperanza como una de las tres virtudes teologales, que Dios derrama por medio del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Es la virtud <por la que aspiramos al reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia de Espíritu Santo> (C.I.C nº 1817).

 
Al don de la esperanza hay que prestarle una atención particular, sobre todo en nuestro tiempo en el que muchos hombres, y no pocos cristianos  se debaten entre la ilusión y el mito de una capacidad infinita de auto-redención y de  realización de sí mismo, y la tentación, del pesimismo al sufrir frecuentes decepciones y derrotas…

Muchos peligros se ciernen sobre el futuro de la humanidad y muchas incertidumbres gravitan sobre los destinos personales, y a menudo se sienten incapaces de afrontarlos.

También la crisis del sentido de la existencia y el enigma del dolor y de la muerte vuelven con insistencia a llamar a la puerta del corazón de nuestros contemporáneos.

 
 
 
El mensaje de la esperanza que nos viene de Jesucristo ilumina este horizonte denso de incertidumbre y pesimismo. La esperanza nos sostiene y protege en  el buen combate de la fe (Rm 12, 12). Se alimenta de la oración, de modo muy particular en el Padrenuestro, <resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear> (CI.C nº 1820)”

 
Sí, Jesús de Nazaret, es la esperanza que aguardaba Israel, es la esperanza de todos los hombres, no solo de los cristianos. En Él se cumplen todas las promesas de paz y de felicidad que Dios ha ido anunciando a lo largo de la historia de la humanidad. Es precisamente con la llegada del Mesías, del Hijo unigénito de Dios, cuando se alcanza la esperanza de una vida eterna, la esperanza de una existencia gloriosa y transformadora al lado de nuestro Creador, al final de los tiempos (Parusía).

Sin embargo ante la situación general presente, ante  una sociedad tan paganizada como la actual, muchos aún se preguntarán: ¿Una existencia gloriosa, es realmente algo tan deseable?

 
 
 
Para los católicos, al menos, debería serlo, ya que al recibir el sacramento del bautismo, el sacerdote al dirigirse, en su día, a los padres, les preguntaba que pedían a la Iglesia para sus hijos, a lo que estos debían responder: la fe en la <vida eterna>.

 
No hace tanto los padres buscaban para sus descendiente la gracia de la fe. Pero en estos tiempos, muy pocas personas se paran a reflexionar sobre ello, incluso muchos hombres pueden llegar a considerar que la fe supone un perjuicio en lugar de un beneficio para sus vidas, despreciando así la existencia de una <vida eterna>.

La desesperanza y la depresión juegan en estos hombres y mujeres un papel trascendental y es necesario ayudarles para que consigan salir de estas situaciones, que llegado el caso, pueden conducirles incluso a decisiones gravemente peligrosas para sus vidas y la de sus seres querido. 

En este sentido, habría que preguntarse: ¿Cuál es la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana? O mejor aún: ¿Qué podemos esperar, y que es lo que no podemos esperar?

El Papa Benedicto XVI respondió en su día, así , a estas preguntas (Ibid):

 
 
 
“Podemos esperar la salvación de nuestras almas, podemos esperar la <vida eterna>, cerca de nuestro Creador; en cambio no podemos esperar que estas cosas sean posibles, si nos apartamos de Dios, si incumplimos, en esta pasajera vida, las leyes que Él inscribió en el corazón de todo hombre…”

 Desgraciadamente en este nuevo siglo se está tratando de imponer unas ideas que están precisamente en contra de la ley natural, inscrita por el Creador en el corazón de los seres humano; se quiere prescindir de ella, como algo que estorba al hombre para alcanzar su plena libertad y esto es  una gran falsedad y un error terrible que puede conducir a las sociedades a su perdición. De hecho ya se están observando las primeras consecuencias de la aplicación de semejantes idearios; los suicidios y crimines aumentan día a día sin tener en cuenta que al final todos tendremos que dar cuenta de nuestra acciones ante el Altísimo…

 
 
 
Hace tres años, el Papa  Francisco, nos habló muy claro al respecto. Fue concretamente, durante la misa matutina, que él tiene por costumbre celebrar, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, un 22 de noviembre de 2016. Durante su catequesis reflexionaba seriamente sobre el tema del <día del juicio final>. Lo hacía con gran acierto y valentía, ya que evidentemente es un tema, que como el mismo reconocía, a la gente de hoy  no le gusta recordar.

 
Pero la Iglesia de Cristo es escatológica por definición y por tanto no puede obviar un tema tan importante como los <Novísimos> (muerte, juicio, purgatorio, infierno y gloria).

El Papa Francisco aseguraba entonces: “Todos seremos juzgados, cada uno de nosotros será juzgado ¿Pero cómo será ese día en el que estaré delante de Dios?  Cuando Él me pedirá  que le rinda cuentas de los talentos que me ha dado… ¿Cómo estará nuestro corazón, tras el contacto con la Palabra del Señor? ¿Cómo he recibido su Palabra? ¿Con el corazón abierto?... “

 


 
 
Son preguntas interesantes del Papa Francisco que nos incumben a todos, porque tarde o temprano deberemos llegar a  presencia del Señor…No conocemos cuando esto tendrá lugar; nadie sabe cuándo tendrá lugar la Parusía, por eso el Papa Francisco sigue diciendo en su homilía:

 
“¡No os dejéis engañar! ¿A qué engaño me refiero? Al engaño de la alineación, del aislamiento: el engaño por el cual <yo estoy distraído, no pienso y vivo como si nunca tuviera que morir>. Pero cuando venga el Señor, que vendrá como un rayo ¿cómo me encontrará?...

¿Esperanzado o en medio de tantas alienaciones de la vida, engañado por las cosas que son superficiales, que no tienen transcendencia?...

Por tanto, estamos frente a una autentica <llamada del Señor para pensar seriamente en el final: en mi final, el  juicio, en mi juicio>… Hoy nos hará bien pensar en esto: ¿Cómo será mi final?…

 
 
 
Y para ir al encuentro de los que podrían estar asustados o entristecidos por esta reflexión, un consejo: <Sé fiel hasta la muerte dice el Señor, y te daré la corona de la vida>. Ésta es nuestra esperanza”

Ciertamente la esperanza, ésta esperanza, está en el centro de nuestras vidas, tal como nos han recordado todos los Pontífices de la Iglesia y en particular el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“Todos advertimos la necesidad de  la esperanza, pero no de una esperanza cualquiera, sino de una esperanza firme y creíble…La juventud,  es tiempo de esperanza porque mira hacia el futuro con diversas expectativas.

 
 
 
Cuando se es joven se alimentan ideales, sueños, proyectos; la juventud es tiempo en el que se maduran opciones decisivas para el resto de la vida. Tal vez por eso es la  etapa de la existencia en la que afloran con fuerza las preguntas de fondo: ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Qué será de mi vida? Y también ¿Cómo alcanzar la felicidad? ¿Por qué el sufrimiento, la enfermedad y la muerte? ¿Qué hay más allá de la muerte? “

 Por desgracia no siempre las respuestas son fáciles, pero como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI: “La experiencia demuestra que las cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente…
La política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la <gran esperanza>, a la que todos aspiramos…

Esta esperanza solo puede ser Dios que abraza el universo y que nos puede propones y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar…”  (Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXII Jornada Mundial de la Juventud 2007. Vaticano 27 de enero)

 
 
 
Sí, como decía el doctor de la Iglesia san Agustín, todos queremos <la vida bienaventurada>, queremos ser felices y esta felicidad <sin igual>, sólo la podremos encontrar al lado del Creador, hacia el cual todo hombre encamina sus pasos, aunque de hecho no se dé cuenta de ello, es lo que se ha dado en llamar <esperanza universal>.

Los seres humanos nos sentimos atraídos hacia Dios desde el inicio de los tiempos, se trata como han advertido los Pontífices de la Iglesia, de <Una inmersión en el océano del amor infinito> en el que ya no existen el tiempo, el antes  o el después, en palabras de Papa Benedicto XVI.

En otra ocasión, el Papa Benedicto XVI también razonaba así (Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre; Ed. Chronica S.L. 2011):

“Una de las consecuencias principales del olvido de Dios es la desorientación que caracteriza a nuestra sociedad, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la desesperanza.


 
 
Fuerte y clara es la llamada que nos llega de la Palabra de Dios: <Maldito quien confíe en el hombre, y en la carne busque su fuerza, apartando su corazón del Señor /  Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita> (Jeremías 17, 5-6)”

Hay que tener en cuenta que el profeta Jeremías vivió en una época transcendental para la historia del pueblo de Israel, ya que por entonces tuvo lugar la caída del imperio asirio, el renacer del babilónico y la desaparición del reino de Judá, con la deportación a Babilonia de las personas que tenían más influencia en el país. Jeremías fue testigo presencial de aquellos acontecimientos y también de los que más tarde vivió la población que permaneció en Palestina.
Él permaneció fiel a Dios en momentos de profunda crisis religiosa de su pueblo, exponiendo a través de sus palabras su situación interior, sus dificultades y en ocasiones su desesperación, pero siempre  su amor y fidelidad fueron inquebrantables hacia el Creador, como demuestran los versículos del Antiguo Testamento, recordados por el Papa Benedicto XVI.

 
 
 
Es un ejemplo inestimable para los tiempos que corren en los que la infidelidad y el olvido de Dios están de moda, por eso el Papa Juan Pablo II, dándose cuenta de la situación tan adversa de la sociedad de nuestro tiempo nos hablaba así (Audiencia General; miércoles 11 de noviembre de 1998):
“Hoy no basta despertar la esperanza en la interioridad de la conciencia; es preciso cruzar juntos el umbral de la esperanza.

En efecto, la esperanza tiene esencialmente, una dimensión comunitaria y social, hasta el punto de que lo que el pastor san Pablo dice en sentido propio y directo refiriéndose  a la esperanza, puede aplicarse en sentido amplio a la vocación  de la humanidad entera:
<Un solo Cuerpo, un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados> (Ef 4, 4)”


En la carta a los Efesios san Pablo se dirige a los fieles procedentes de la gentilidad, para ayudarles a profundizar en el conocimiento unitario y coherente del Mensaje de Cristo. Toda la carta del apóstol rezuma deseos de inducir a los creyentes a la unidad dentro de la Iglesia.

Recordemos pues a  san Pablo que en su carta a los romanos señala, el vínculo íntimo y profundo que existe entre el don del Espíritu Santo y la virtud de la esperanza, y que en definitiva, nos habla de la reconciliación por el Sacrificio de Cristo, como fundamento de nuestra esperanza (Rm 5, 1-5):


 

 

 

jueves, 12 de septiembre de 2019

LA PROPIEDAD DE UN BIEN HACE DE SU DUEÑO UN ADMINISTRADOR DE LA PROVIDENCIA



Y sigue diciendo el Papa Francisco en esta magnífica catequesis (Ibid):

“Esta es la medida para valorar cómo soy capaz de gestionar la riqueza, si bien o mal; esta idea es importante: <lo que poseo verdaderamente es lo que sé donar>

Si yo sé donar, estoy abierto, entonces soy rico no sólo con lo que poseo, sino también en la generosidad, generosidad también como deber de dar riqueza, para que todos participen de ella…

En efecto, si no soy capaz de donar algo, es porque esa cosa me posee, tiene poder sobre mí y soy esclavo de ella. La posesión de bienes es una ocasión para multiplicarlos con creatividad y usarlos con generosidad, y así crecer en la caridad y en la libertad.

Cristo mismo, aun siendo Dios, <no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo> y nos enriqueció con su riqueza”

 Se refiere el Papa Francisco en este último párrafo a la carta de san Pablo a los Filipenses donde entre otras muchas cosas les enseñaba sobre la divinidad de Jesucristo, sobre su humillación y obediencia al Padre (Fil 2, 5-8):

 
 
“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús / el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios / sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres / se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”

 Por eso sigue diciendo el Papa Francisco en su catequesis (Ibid):
“Mientras la humanidad se fatiga para tener más, Dios la redime haciéndose pobre: aquel hombre crucificado pagó por todos un rescate inestimable por parte de Dios Padre, <rico en misericordia> (Ef 2, 4; St 5, 11).

Lo que nos hacen ricos no son los bienes sino el amor. Muchas veces hemos sentido lo que el pueblo de Dios dice: <el diablo entra por los bolsillos>. Se comienza con el amor hacia el dinero, el apetito de poseer; después viene la vanidad: <Ah, soy rico y presumo de ello>; y al final, el orgullo y la soberbia.
Este es el modo de actuar del demonio en nosotros. Pero la puerta de entrada son los bolsillos…

 
 
 
 
Una vez más Jesucristo nos revela el pleno sentido de las Escrituras. <No robarás> significa: amar con tus bienes, aprovecha tus medios para amar cuanto puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión se convertirá verdaderamente en un don. Porque la vida no es un tiempo para poseer sino para amar”

 
Hermosas palabras de nuestro actual Pontífice que ensalza, siguiendo a  Cristo, el amor al prójimo como a uno mismo, incluso, si éste se muestra como nuestro enemigo. Sucedió en efecto, que en una ocasión, durante su estancia en Galilea, Jesús dio un discurso en el llano, a las gentes que siempre le seguían esperanzadas en presenciar alguno de sus milagros, y en este discurso entre otras muchas cuestiones interesante les mencionó la necesidad de amar a los enemigos (Lc 6, 27-30):

“A vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian / bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian / Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y  al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica / Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames…”


“En su respuesta, Jesús cita el Shemá, la oración que el israelita piadoso reza varias veces al día, sobre todo por la mañana y por la tarde: La proclamación del amor íntegro y total que se debe a Dios, como único Señor. Con la enumeración de las tres facultades que definen al hombre en sus estructuras psicológicas profundas: Corazón, alma y mente, se pone el acento en la totalidad de esta entrega a Dios.

El término mente, <diánoia>, contiene el elemento racional. Dios no es solamente objeto del amor, del compromiso, de la voluntad, y del sentimiento, sino también del intelecto, que por tanto no debe ser excluido de este ámbito. Más aún, es precisamente nuestro pensamiento él debe conformarse al pensamiento de Dios…

Sin embargo, Jesús añade luego algo que, que en verdad, no le habían pedido: <El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 39). El aspecto sorprendente de la respuesta de Jesús consiste en el hecho de que establece una relación de semejanza entre el primer mandamiento y el segundo, al que define también en esta ocasión con una formula bíblica tomada del código levítico de santidad (Lv 19,18).

 
 
De esta forma en la conclusión del pasaje los dos mandamientos se unen en el papel del principio fundamental en el  que se apoya toda la Revelación bíblica: <De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas> (Mt 22, 40)”

El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicarle de cualquier forma, pero también prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo del hombre…

La vida cristiana debe encaminarse y esforzarse en la práctica de la caridad y el respeto a los bienes de este mundo, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2443 y nº 2444):

“Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda (Mt 5, 42)…

Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (Mt 25, 31-36). La buena nueva <anuncia a los pobres> (Mt 11, 5); Lc 4, 18) es signo de la presencia de Cristo”

 


“<El amor de la Iglesia por los pobres (…) pertenece a su constante tradición> (CA 57)

Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús (Mt 8, 20) y en su atención a los pobres (Mc 12, 41-44).

El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de <hacer partícipe al que se halle en necesidad> (Ef 4, 28).

No abarca sólo la pobreza material, sino también  las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (CA 57)”
 
 
 
 


Pero vale la pena que tratemos de hacer una lectura más amplia de esta Ley, focalizando el tema de la propiedad de los bienes a la luz de la sabiduría cristiana.

En la doctrina social de la Iglesia se habla del <destino universal de los bienes> ¿Qué significa?

Escuchemos lo que dice el Catecismo (nº 2402): <Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominará mediante su trabajo y se beneficiará de sus frutos. Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano>…”