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miércoles, 19 de febrero de 2020

EL CONTINENTE AFRICANO EN LA TAREA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA (Primera Parte)




 
 
Como en cierta ocasión aseguraba el Papa San Juan Pablo II, refiriéndose a la labor evangelizadora de la Iglesia católica: “La Iglesia evangeliza, la Iglesia anuncia a Cristo, que es camino, verdad y vida; Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. Y a pesar de las debilidades humanas, la Iglesia es incansable en este anuncio. La gran oleada misionera, la que tuvo lugar en siglos pasados, se dirigió hacia todos los continentes y, en particular, hacia el continente africano. Hoy en este continente tenemos mucha tarea que hacer con la Iglesia indígena ya formada…África se convierte en un continente de vocaciones misioneras. Y las vocaciones, gracias a Dios, no faltan. Todo lo que disminuyen en Europa, otro tanto aumentan allí, en África…


Quizá algún día se revelen verdaderas las palabras del cardenal Hyacinthe Thiandoum (Primer Arzobispo nativo de Dakar; 1921-2004), que planteaba la posibilidad de evangelizar el <Viejo Mundo> con misioneros negros y de color” (Juan Pablo II; <Cruzando el umbral de la esperanza>; Círculo de lectores; por cortesía de  Plaza & Janes S.A. 1995)


 
 
Recordemos que el cardenal nombrado por el Papa, Hyacinthe Thiandoum llevó a cabo, una labor evangelizadora extraordinaria, contribuyendo en todo momento a la expansión de la palabra de Cristo en el continente africano, y así por ejemplo en 1970 erigió Iglesia parroquial a la Iglesia conventual de Santo Domingo de Dakar. La Iglesia de Santo Domingo de Dakar sirvió de cuartel general a la orden de los Predicadores, durante los primeros años de la presencia de estos en África. Fue fundada en 1957 y se trata de la primera Iglesia implantada en África Occidental.

 Por otra parte, en el mismo año 1995, el Papa San Juan Pablo II  en  su Exhortación Apostólica, <Ecclesia in África>, daba respuesta a la solicitud formulada por los miembros de la Asamblea Sinodal, celebrada en este continente y cuyo objetivo primordial era dar a conocer a toda la Iglesia los frutos de sus reflexiones y de sus oraciones, de sus discusiones y de sus intercambios.

En efecto, el Papa San Juan Pablo II acogió con alegría y gratitud esta petición, que dio lugar a esta magnífica <Exhortación Apostólica>, la cual ha servido y aún sirve, como guía y modelo a tener en cuenta en todo el trabajo misional de la Iglesia.

 
 
 
Sí, aunque ya hacen más de veinte años de su publicación sigue teniendo vigencia  lo expresado allí por este Pontífice santo, siempre preocupado por lo que él llamaba la <Nueva Evangelización> de Europa, continente que habiendo sido el primero en convertirse casi en su totalidad al cristianismo, en los últimos siglos ha sufrido un evidente retroceso en este sentido.
 
 
 
Refiriéndose concretamente a la gran urgencia de la evangelización de los pueblos, San Juan Pablo II, advertía en dicha <Exhortación Apostólica> que (Ibid):

“El Nombre de Jesucristo es el único por el cual los hombres podemos salvarnos (Hch 4, 12) y ya que en África existen millones de personas que aún no han sido evangelizadas, la Iglesia se encuentra ante la urgente tarea de proclamar la Buena Nueva salvadora a todos y conducir a aquellos que la escuchan al Sacramento del Bautismo y a la vida cristiana…
La urgencia de esta actividad misionera brota de la radical novedad de vida traída por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide que lo acoja y  desarrolle, si quiere realizarse según su vocación integral, en conformidad con Cristo…

Esta nueva vida en la originalidad radical del Evangelio implica también ruptura con las costumbres y la cultura de cualquier pueblo de la tierra, porque el Evangelio nunca es un producto interno de un determinado país, sino que siempre <viene después>, viene de lo Alto.

Para los bautizados el gran desafío es siempre la coherencia de una existencia cristiana conforme con los compromisos bautismales, esto es, muerte al pecado y resurrección cotidiana a una nueva vida (Rm 6, 4-5)”
 
 
El santo Padre recuerda, al final de estas sentidas palabras, la <Carta a los romanos> de San Pablo, en la que en un momento dado el apóstol  habla de alcanzar por la muerte la vida (Rm 6, 1-8): “¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que la gracia aumente? / ¡Eso no! Los que morimos al pecado ¿cómo todavía viviremos en él? / ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, en su muerte fuimos bautizados?


/Con sepultados, pues, fuimos con Él por el bautismo en orden a la muerte, para que como fue Resucitado Cristo de entre los muertos, por la gloria del Padre, así también nosotros, en la novedad de vida caminemos / Porque hemos sido hechos una cosa con Él, por lo que es simulacro de su muerte, pero también lo seremos por lo que es simulacro de su resurrección / sabiendo esto, que nuestro hombre viejo fue con Él crucificado, para que sea eliminado el cuerpo del pecado, a fin de que en adelante no seamos ya esclavos del pecado / pues quien murió, absuelto queda del pecado / Y si morimos en Cristo, creemos que también viviremos con Él” 

Ciertamente, el Bautismo es necesario para la salvación de las almas tal como afirmó Cristo y por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y a bautizar a todas las naciones; así, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia católica (nº 1257, nº 1258 y nº 1259):

“El Bautismo es necesario para la salvación de aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir el sacramento (Mc 16, 16). La Iglesia no conoce otro medio que el bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer <renacer del agua y del espíritu> a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al Sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos /

 
 
/ Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin el Sacramento // a los catecúmenos que mueren antes de Bautismo, el deseo explicito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el Sacramento”

 
Pero volviendo de nuevo al tema concreto de la labor evangelizadora en el continente africano, recordemos que precisamente fue posible por una coincidencia, que podría considerarse incluso como un <designio divino>, la inauguración de la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, la cual tuvo lugar el segundo domingo de Pascua. Los Padres sinodales reunidos aquel día en la Basílica Vaticana, eran conscientes sin duda, del significativo momento que estaban viviendo…la alegría de la Resurrección de Cristo.

 


Como más tarde manifestaría el Papa san Juan Pablo II (Ibid): “Ha sido el Sínodo de la Resurrección y de la esperanza, como declararon con alegría y entusiasmo los Padres sinodales, en las primeras frases de su mensaje dirigido al pueblo de Dios.


Son palabras que gustosamente hago mías: <Como María Magdalena, la mañana de la Resurrección, y los discípulos de Emaús, con el corazón ardiente e inteligencia iluminada, la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos proclama: ¡Cristo nuestra esperanza, ha Resucitado! Se ha encontrado con nosotros, ha caminado con nosotros.
Nos ha explicado las Escrituras y nos ha dicho: Yo soy, el primero y  el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del infierno> (Ap 1, 17-18)”

 
Sin duda los Sínodos de los Obispos han sido y seguirán siendo instrumentos excelentes para en su día alcanzar la unión tan deseada de los creyentes. Y esto será si Dios quiere  así, porque como muy bien comprendieron los Obispos asistente, a  los mismos, cuanto mayor sea la unión entre las partes implicadas, mayor será la unión entre todos los seguidores de Cristo.

 
 
De esta posibilidad han dado un excelente ejemplo los componentes de la Iglesia de Cristo en África, prestándose siempre con entusiasmo a seguir la línea de actuación que han marcado dichos Sínodos y por tanto han experimentado la bonanza derivada de ello.


El Papa San Juan Pablo II, siempre muy motivado por su tarea pastoral en el continente africano, en cierta ocasión decía así (Ibid): “Durante mis visitas a África, me he referido con frecuencia a la Asamblea especial para este continente y a los objetivos principales para los cuales había sido convocada. Cuando participe por primera vez, en suelo africano en una reunión del Consejo del Sínodo, no deje de subrayar mi convicción de que una Asamblea Sinodal no puede reducirse a una consulta sobre cuestiones prácticas. Su verdadera razón de ser  está en el hecho de que la Iglesia no puede crecer, si no es fortaleciendo la comunión entre todos sus miembros, comenzando por sus pastores”

Sin duda el Papa san Juan Pablo II tenía las ideas muy claras con respecto al gran significado de las <Asambleas Sinodales de los Obispos> y  la gran importancia de las mismas con vistas al tema de la evangelización de los pueblos. Precisamente en el Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Vaticano II podemos leer (nº 77):

 
 
“Para que  el Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los Obispos, <dejándoles su cargo en el magisterio> (Dei Verbum 7). En efecto, la <predicación apostólica>, expresada de un modo especial en los libros Sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el  fin de los tiempos” (Dei Verbum 8)

Y continúa diciendo el catecismo de la Iglesia católica apoyándose en el Documento de la Iglesia <Dei Verbum> (Concilio Ecuménico Vaticano II), refiriéndose a la transmisión de la revelación divina  continuada en la sucesión apostólica (nº 78 y nº 79)):

“Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta a la Sagrada Escritura aunque estrechamente ligada a ella. Po ella, <la Iglesia con su enseñanza, su vida, su cultura, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree> (Dei Verbum 8).
<Las palabras de los Santos y de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora> (Dei Verbum 8)”

 
 
 
Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: “<Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo>” (Dei Verbum 8)

 
Por otra parte, no debemos olvidar nunca el hecho maravilloso de que el continente africano estuviera ya presente durante la Pasión y Muerte de Cristo, en la persona de Simón de Cirene, tal como nos recuerda el evangelista san Marcos en su Evangelio cuando concretamente narra la Crucifixión del Señor  (Mc 15, 20-24):

 
 
“Y cuando lo hubieron mofado, lo despojaron de la púrpura y le vistieron sus propios vestidos. Y le sacaron para crucificarle / Y a uno que por allí pasaba, cierto Simón de Cirene (ciudad situada en el norte de África), que venía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, requiérenle para que lleve a cuestas su cruz / Y llevan a Jesús al lugar del Gólgota, que traducido, es <lugar del cráneo> / Y le daban vino mirrado; mas Él no lo aceptó / Y le crucifican, y se reparten sus vestiduras, echando suerte sobre ellas, para decidir qué tocaba a cada cual”

 
Terrible y al mismo tiempo hermoso pasaje de la vida de Jesús en su primera venida a la tierra; el Señor da muestras, una vez más, de su inmensa paciencia para con la maldad de los hombres; se trata de una paciencia sobrehumana, se trata de la paciencia de Dios con los seres humanos, que no había de atribuirse al posible embotamiento de la sensibilidad.

 
 
No aceptó beber el anestésico que le ofrecieron, el vino mirrado; se negó a beberlo y aceptó sufrir la espantosa muerte por crucifixión sin paliativo alguno, para salvarnos…Por otra parte, fue un gran honor el recibido por el llamado Simón de Cirene, gracias a una imposición autoritaria del servicio a la persona de Cristo; sin duda el Señor le premió por ello, en las personas de sus hijos, Alejandro y Rufo de los que la Tradición de la Iglesia asegura que fueron seguidores de Cristo.



Concretamente, en la <Carta a los Romanos> de san Pablo, el apóstol del Señor menciona a un tal Rufo, que podría ser uno de los hijos del hombre que ayudó a Jesús cuando iba camino del Gólgota (Rm 16,13).
Cirene era una ciudad del norte de África, por entonces perteneciente al imperio romano y este hombre llamado Simón, procedía de allí; este hecho que en principio parece irrelevante, no lo es desde luego para Iglesia católica que ve en él un preanuncio de la importancia del continente africano en la evangelización de los pueblos, especialmente en los últimos siglos, cuando en otros continentes la Palabra de Dios está siendo olvidada y hasta mancillada por los hombres.

Sin duda el designio de Dios para la evangelización previa de África y su futuro papel de ésta en la  nueva evangelización del <Viejo Continente>, ha sido fundamental, tal como se deduce de las palabras del Papa san Juan Pablo II (Ibid):

“Gracias a la gran epopeya misionera, de la que el continente africano ha sido escenario sobre todo durante los últimos siglos, hemos podido encontrarnos  en Roma para celebrar esta Asamblea especial de África.


 La semilla esparcida a su tiempo ha producido frutos abundantes. Mis hermanos en el episcopado, hijos de los pueblos de África, son un testimonio elocuente de esto. Junto con sus sacerdotes, llevan ya sobre sus espaldas gran parte del trabajo de la evangelización. Lo atestiguan también los numerosos hijos e hijas de África que ingresan en las antiguas congregaciones misioneras o en los Institutos nacidos en tierra africana, llevando en sus manos la antorcha de la consagración total al servicio de Dios y el Evangelio”

 
Han pasado bastantes años desde que el Papa  San Juan Pablo II pronunciara estas sentidas palabras y en verdad que se han cumplido con creces sus expectativas y deseos, llegando incluso al ofrecimiento por martirio de muchas vidas de hombres y mujeres de este gran continente, por Cristo y su Mensaje, toda la cristiandad debemos sentirnos muy agradecidos por el ejemplo que han dado y siguen dado.

Finalmente, recordemos que el Papa San Juan Pablo II oró para la Consagración de la Iglesia de Ghana y de África entera a la Santísima Virgen un 8 de mayo de 1980 con esta plegaria:


 
 “Acuérdate, o Madre, de todos aquellos que construyen la Iglesia de África. Asiste a los obispos y a los sacerdotes, para que sean siempre fieles a la Palabra de Dios. Ayuda y santifica a los religiosos y seminaristas. Intercede para que el amor de tu Hijo penetre en todas las familias, para que consuele a todos los que sufren o están enfermos, a los que están en penuria o necesitados.

Cuida benignamente de los catequistas y de todos aquellos que llevan a cabo una tarea especial en la evangelización y la educación católica para gloria de tu Hijo. Acepta esta nuestra devota consagración y confírmanos en el Evangelio de tu Hijo.

 
 
Al expresarte nuestra profunda gratitud por un siglo de tu cuidado maternal, estamos firmes en la convicción de que el Espíritu Santo aún te cubre con su sombra, para que cada generación sigas dando a luz a Cristo en África. A Jesucristo tu Hijo, con el Padre, en la Verdad del Espíritu Santo, sea la alabanza y la acción de gracias por los siglos de los siglos. Amén”

 

 

lunes, 10 de febrero de 2020

SAN PABLO Y LA REALIDAD DE LA IGLESIA DE CRISTO (I)



 
 

 
 
Son momentos  muy difíciles, los que en la actualidad está viviendo la cristiandad, pero difíciles  eran también en tiempos del apóstol san Pablo y sin embargo el objetivo fundamental, la meta por alcanzar en su vida,  llego a ser la adhesión a la Iglesia de Cristo.


Sí, realmente san Pablo encontró a la Iglesia antes de encontrarse con Jesús y este encuentro en principio fue poco provechoso, porque provocó su rechazo y el deseo de  persecución de la misma; recordemos que Saulo (el futuro apóstol del Señor) estaba presente según narra san Lucas en su libro de <Los Hechos de los apóstoles>, durante el martirio de san Esteban (el protomártir), y aprobaba su muerte.

La Iglesia primitiva crecía constante gracias a la evangelización de los apóstoles, de manera, que llegó un momento en que se hizo necesaria la ayuda de otros hombres y mujeres en esta preclara tarea. Ante esta acuciante situación los apóstoles escogieron siete hombres de buena fama, llenos de sabiduría  para atender mejor a sus seguidores.

Entre estos hombres se encontraba Esteban, el cual muy pronto lleno de gracia de Dios hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Asustados los acianos y escribas presentaron testigos falsos en su contra y lo llevaron ante el Sanedrín. Esteban en presencia de todos dio un discurso memorable poniendo de manifiesto todas sus maldades y recordándoles que habían  asesinado a Jesús, al Justo, aquel del que los profetas hablaron. Al oír sus palabras sus acusadores ardían de ira en sus corazones y rechinaban sus dientes contra él, pero Esteban lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y viendo la gloria de Dios y a Jesús de pie, a su diestra, y les dijo  (Hch 6, 56-60):

 
 
 
“Mirad, veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios / Entonces clamaron a voz en grito, se taparon los oídos y se lanzaron a una contra él / Lo sacaron fuera de la ciudad y le lapidaron. Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo / y se pusieron a lapidar a Esteban, que oraba diciendo:
 <Señor Jesús, recibe mi espíritu / Puesto de rodillas clamó con fuerte voz: Señor no tengas en cuenta este pecado. Y con estas palabras murió. Saulo aprobaba su muerte”


Más tarde, narra también san Lucas, en su libro, que Saulo tomo la decisión de perseguir sin cuartel a los  cristianos para evitar la expansión de sus creencias entre los gentiles. Es entonces cuando tuvo lugar el inolvidable suceso de la conversión de éste, cuando iba camino de Damasco con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantas  personas profesaran la fe en Cristo; sin embargo, la llamada del Señor cambió su forma de pensar y de obrar (Hch 9, 1-20).  
En efecto, tal como nos recordaba el Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del miércoles 22 de noviembre, del año 2006:

“La adhesión de san Pablo a la Iglesia se realizó por una intervención directa de Cristo, quien al revelársele en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le hizo comprender que perseguir a la Iglesia era perseguirlo a él, el Señor”

 
 
 
El Resucitado dijo a Pablo, el perseguidor de la Iglesia: <Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues? (Hch 9,4). Al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo a Cristo y a la Iglesia. Así se comprende por qué la Iglesia estuvo siempre presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de san Pablo.


Ciertamente, Nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia estuvieron presentes en todo momento, desde aquel suceso, en el obrar y sentir del nuevo apóstol  y al conocer mejor al grupo de creyentes en Jesús, paso de ser terrible perseguidor, a ser admirador y protector de los mismos.

Por otra parte, siempre recordaba el daño que inicialmente había hecho a la Iglesia y  como estaba arrepentido, sufría mucho por ello. La compunción y pesadumbre manifestadas en muchas de sus cartas dirigidas a los feligreses de las Iglesia por él fundadas, durante los viajes evangelizadores  que realizó, dan buena muestra de su dolor. Concretamente, en su primera Carta a la comunidad de Corinto  llegaba a expresarse en los términos siguientes (1 Co 15, 3-10):
 
 
 
“Os trasmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras y que se apareció a Cefas, y después a los Doce / Después se apareció a más  de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven todavía y algunos ya han muerto / Luego se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles / Y en último lugar, como a un abortivo, se apareció también a mí / Porque soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios / Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó inútil”



Recordemos que la Iglesia de Corinto fue fundada por san Pablo entre los años 50 a 51, durante su segundo viaje apostólico, precisamente después de su discurso en el Areópago de Atenas, suceso del que salió muy disgustado por la obcecación  de los atenienses, que se negaron a creer en la Resurrección de Jesús de entre  los muertos (Hch 17, 30-32):

“Dios ha permitido los tiempos de la ignorancia y anuncia ahora que todos en todas partes deben convertirse / puesto que ha fijado el día en que va a juzgar a la tierra con justicia, mediante el hombre que ha designado, presentando a todos un argumento de fe al resucitarlo de entre los muertos / Cuando oyeron (los atenienses) lo de <resurrección de los muertos>, unos se echaron a reír y otros dijeron: <Te escucharemos sobre eso en otra ocasión>”

No obstante, algunos hombres, como Dionisio el Areopagita y algunas mujeres como Dámaris, creyeron en él y con esta alegría el apóstol prosiguió su viaje hacia Corinto donde tuvo la suerte de encontrar a un judío llamado Aquila, oriundo del Ponto y a su mujer Priscila, que habían llegado huidos de Italia a causa de la persecución decretada por emperador Claudio, y todos ellos se prestaron a ayudarle, en su tarea evangelizadora, con gran fervor.  

Algún tiempo después, llegaron Silas y Timoteo que aceptaron también ser sus discípulos y colaboradores y de esta forma él pudo adoctrinar con desahogo  a este nuevo pueblo.

 
 
La cosa no fue nada fácil ya que, por una parte, la ciudad de Corinto estaba por entonces, muy degradada moralmente,  debido a su importante situación estratégica para el comercio a través de sus dos puertos, uno en el mar Egeo y otro en el mar Adriático; por otra parte, se trataba de la capital de la provincia romana de Acaya y el paganismo allí, era tan grande que al principio las gentes blasfemaban y se negaban totalmente a escuchar el mensaje que predicaba san Pablo en nombre de Cristo.

La situación llegó a tal punto, que en un momento dado, el  apóstol, se sintió decepcionado, y pensó incluso en abandonar tan ardua empresa, pero el Señor por la noche se le apareció y le dijo (Hch 18, 9): “No tengas miedo sigue hablando y no calles / que yo estoy contigo y nadie se te acercará para, hacerte daño; porque tengo en esta ciudad un pueblo numeroso”

San Pablo hizo caso al Señor y permaneció allí un año y seis meses creando una comunidad cristiana muy importante; aunque finalmente tuvo que salir del lugar, a causa de sus enemigos que, hipócritamente y con engaño,  le denunciaron al procónsul de Acaya diciendo: <Éste induce a los hombres a dar culto a Dios al margen de la Ley>.

Regresó, pues, san Pablo a Antioquía pasando por Éfeso y probablemente en la primavera del año 57, próxima la Pascua, al recibir noticias preocupantes sobre la situación doctrinal y disciplinar en la que había recaído la comunidad cristiana de Corinto, les escribió la carta que hemos recordado anteriormente.

 
 
En dicha carta el apóstol, entre otras muchas cosas les habla de la Resurrección del Señor asegurándoles que sólo si Cristo vive, nuestra fe tiene sentido, y que es también la causa eficiente de la resurrección nuestra, porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un Hombre nos llega  la resurrección de los muertos.   


Realmente en todas sus cartas san Pablo habla de la Resurrección de Jesús , tal como  hace en ésta dirigida a los feligreses de Corinto;  el Papa Benedicto XVI así lo ponía de manifiesto, en su Audiencia (Ibid):
“En sus cartas san Pablo nos ilustra sobre la doctrina de  la Iglesia en cuanto tal. Es muy conocida su original definición de la Iglesia como <Cuerpo de Cristo>, que no encontramos en otros autores cristianos del siglo I. La raíz más profunda de esta sorprendente definición de la Iglesia la encontramos en el Sacramento del Cuerpo de Cristo.

 
 
 
Dice san Pablo: <Dado que hay un solo pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo> (1 Co 10, 17)”


Y más adelante sigue diciéndoles a los corintios, refiriéndose a la diversidad de los dones espirituales (1 Co 12, 27-28):
“Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él / Y Dios lo dispuso así en la Iglesia: primero los apóstoles, segundo los profetas, tercero doctores, luego el poder de obrar milagros, después el don de curaciones, de asistencia a los necesitados, de gobierno, de diversidad de lenguas”

San Pablo hablaba así a los feligreses de esta Iglesia, porque por entonces la idolatría, al igual que ahora, causaba verdaderos estragos entre la población; por eso, les pone de manifiesto sus pensamientos, de forma clara para que se arrepientan y no caigan en el camino de esclavitud del enemigo del hombre, el cual siempre acecha sus pasos y mina su voluntad con taimadas promesas en contra de las enseñanzas de Dios (1 Co 10, 13-17):
“No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarlo con éxito / Por todo esto, amadísimos míos, huid de la idolatría/ os hablo como a prudentes. Juzga vosotros mismos lo que os digo: / el cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? / Puesto que el pan es uno, muchos somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan” 

 
 
Así pues, la Iglesia es el <Cuerpo de Cristo>, tal como la definía este apóstol del Señor y de aquí deriva el deber de los hombres y mujeres que forman parte de la misma, de llevar una vida realmente en conformidad con el Mensaje de Jesús.

Cierto es, que dentro de la Iglesia católica existen distintos carismas y de ello hablaba así el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“Todos se remontan a un único manantial, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia nadie carece de carisma, pues, como escribe el apóstol, <a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común> (1 Co 12, 7).

Ahora bien, lo importante es que todos los carismas contribuyan juntos a la edificación de la comunidad y no se conviertan, por el contrario, en motivo de discordia. A este respecto, san Pablo se preguntaba retóricamente: < ¿Está dividido Cristo?>” 

Sin embargo, la necesidad suprema de unidad de la Iglesia, no significa que deba ser totalmente uniforme, pues hay muchas formas buenas de actuar para conseguir un mismo fin. Tal como decía san Pablo en su carta a los corintios, lo más importante es que todo lo que sea haga <sea para edificación> (1 Co 14, 1-5):

 
 
“Esforzaos por alcanzar la caridad. Aspirad también a los dones espirituales, especialmente al de profecía / Porque el que  habla en lenguas no habla a los hombres sino a Dios: porque nadie le entiende, pues en el espíritu dice cosas misteriosas / Pero el que profetiza habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación / El que habla en lenguas se edifica así mismo, el que profetiza instruye a la Iglesia / Deseo que habléis todos en lenguas, pero más todavía que profeticéis; pues el que profetiza es mayor que el que habla en lenguas, a no ser que también interprete, para que la Iglesia reciba instrucción”

 Hay que comprender, con estas palabras, que san Pablo se refiere al don de profecía como a la facultad de hablar por impulso y en nombre de Dios para consuelo y edificación de los oyentes, sin incluir necesariamente el anuncio de cosas futuras u ocultas, mientras que el don de lenguas, se entendía entonces, como la facultad sobrenatural de orar o de cantar alabanzas de Dios con entusiasmo, mediante palabras desconocidas que con frecuencia requería la interpretación de las mismas. Por otra parte,  como nos seguía recordando el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“No sólo  existe una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una cierta forma de equiparación  e identificación de la Iglesia con Cristo mismo. Por tanto, la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir, de todos los que formamos parte de ella, deriva del hecho de que somos miembros de Cristo, como una extensión de su presencia personal en el mundo”

Es por esto que la Iglesia de Cristo siempre debería tener también  en cuenta aquello que nos recordaba el Papa san Juan Pablo II (Audiencia General  del miércoles 18 de noviembre de 1987):

 


“Si observamos atentamente los <milagros, prodigios y señales> con que Dios acreditó la misión de Jesucristo, constatamos que Jesús, al obrar estos milagros-señales, actuó en nombre propio, convencido de su poder divino, y, al mismo tiempo, de la más íntima unión con el Padre. Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del <Hijo del  hombre- Hijo de Dios>, cuyo Yo transciende todos los límites de la condición humana, aunque a ella pertenezca por libre elección…”

  

 

 

                                                                                                                                                              

 

 

    

 

 

 

 

 

domingo, 2 de febrero de 2020

JESÚS DIJO (XLIV): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS


 
 
 
 
 
 
-EL RETO DE LA EVANGELIZACION: SGLO XVII (1ª Parte) (3/4/2019)

 

-EL RETO DE LA EVANGELIZACION: SIGLO XVII (2ª Parte) (6/4/2019)

 

-JESÚS DIJO (XXXVIII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS (13/4/2019)

 

-EL AUGUSTO SACRAMENTO DEL ALTAR: LA EUCARISTIA (1ª Parte) (19/4/2019)

 

-EL AUGUSTO SACRMENTO DEL ALTAR: LA EUCARISTIA (2ª Parte) (1/5/2019)

 

 

 
BIBLIA DE NAVARRA EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra S. A. Pamplona-España)

 

 
PRIMERA CARTA DE SAN JUAN

 

I. LA UNIÓN CON DIOS  

 
*DIOS ES LUZ (1.5)



Éste es el mensaje que le hemos oído y que os anunciamos: <Dios es luz> y no hay en Él tinieblas de ninguna clase.

 

*CAMINAR EN LA LUZ, RECHAZAR EL PECADO (1, 6-10)

 
Si decimos que estamos en comunión con Él y sin embargo caminamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. / En cambio, si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. / Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. / Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad. / Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

 

*(2,1-2)

 
Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. / Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.



*CUMPLIR LOS MANDAMIENTOS (2, 3-11)

 
En esto sabemos que le hemos conocido: en que guardamos sus mandamientos. / Quien dice: <Yo le conozco>, pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y en ése no está la verdad. / En cambio, quien guarda su palabra, en ése el amor de Dios ha alcanzado verdaderamente su perfección. En esto sabemos que estamos en Él. / Quien dice que permanece en Dios, debe caminar como él caminó. / Queridísimos: no os escribo un mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. / y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que se verifica en él y en vosotros, porque las tinieblas van desapareciendo y brilla ya la luz verdadera. / A Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está todavía en las tinieblas. / Quien ama a su hermano permanece en la luz y no corre peligro de tropezar. / En cambio, quien aborrece a su hermano está en las tinieblas y camina por ellas, sin saber adónde va, porque las tinieblas le ha cegado los ojos.

 

*CONFIANZA EN LOS FIELES (2, 12-14)

 

Os escribo a vosotros, hijos, porque por su nombre se os han perdonado los pecados. / Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que existe desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. / Os he escrito a vosotros, niños, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que existe desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno.

 

*GUARDARSE DEL MUNDO (2, 15-17)

 

No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. / Porque todo lo que hay en el mundo – la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia de los bienes terrenos – no precede del Padre, sino del mundo. / Y el mundo es pasajero, y también sus concupiscencias; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.

 

*PERMANECER EN LA VERDAD, FRENTE A LOS HEREJES (2, 18-29)

 

Hijitos, en la última hora. Habéis oído que tiene que venir el Anticristo: pues bien, ya han aparecido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la última hora. / Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que ninguno de ellos es de los nuestros. / En cuanto a vosotros, tenéis la unción del Santo; y todos estáis instruidos. / No os escribo porque ignoréis la verdad, sino porque lo conocéis y sabéis que ninguna mentira proviene de la verdad. / ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. / Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. / Vosotros procurad que lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también  vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. / Y ésta es la promesa que él nos hizo: la vida eterna. / Os escribo esto a propósito de los que pretenden engañaros. / En cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de él permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Es más, tal como su unción – que es verdadera y no engaña – os enseña acerca de todas las cosas, permaneced en él, del mismo modo que os enseñó. / Y ahora, hijos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza y no quedemos avergonzados lejos de él, en su venida. / Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que obra la justicia ha nacido de él.

 

II. LA FILIACIÓN DIVINA



*SOMOS HIJOS DE DIOS (3, 1-2)

 

Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. / Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es.

 

*EL QUE HA NACIDO DE DIOS NO PECA (3, 3-10)

 

Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica para ser como él, que es puro. / Todo el que comete pecado comete una iniquidad, pues el pecado es iniquidad. / Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. / Todo el que permanece en él no peca. En cambio, el que peca no le ha visto ni le ha conocido. Hijos: que nadie os engañe. El que obra la justicia es justo, como él es justo. / El que comete pecado, es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque el germen divino permanece en él; no puede pecar porque ha nacido de Dios. / En esto se distinguen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.

 

*PRÁCTICA DE LA CARIDAD FRATERNA (3, 11-24)

 

Porque el mensaje que habéis escuchado desde el principio es éste: que nos amemos unos a otros. / No como Caín, que, siendo del Maligno, mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas. / No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece. / Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. / Todo el que aborrece a su hermano es un homicida; y sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna. / En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. / Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿como puede permanecer en él el amor a Dios? / Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras de verdad. / En esto conoceremos que somos de la verdad, y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón, / aunque el corazón nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo. / Queridísimos: si el corazón no nos acusa, tenemos plena confianza ante Dios / y recibiremos de Él cuanto pidamos, porque guardamos sus mandamientos y hacemos los que es grato a sus ojos. / Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. / El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.

 

 III. LA FE EN JESUCRISTO Y EL AMOR FRATERNO



*FE EN JESUCRISTO, FRENTE A LOS FALSOS PROFETAS (4, 1-6)

 
Queridísimos no creáis a cualquier espíritu, sino averiguad si los espíritus son de Dios, porque han aparecido muchos falsos profetas en el mundo. / En esto conocéis el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, es de Dios / y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios. Ese es el espíritu del Anticristo, de quien habéis oído que va a venir, y ya está en el mundo. / Vosotros, hijos, sois de Dios y los habéis vencido, porque el que está en vosotros es más poderoso que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según del mundo, y el mundo los escucha. / Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

 

*DIOS ES AMOR: LA CARIDAD FRATERNA, SEÑAL DE LOS CRISTIANOS (4, 7-16)


Queridísimos: amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. / El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor. / En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por él la vida / En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados. / Queridísimos: si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros. / A Dios nadie la ha visto jamás. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor alcanza en nosotros su perfección. / En esto conocemos que permanecemos en Él, y Él en nosotros: en que nos ha hecho participar de su Espíritu. / Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo como salvador del mundo. / Si alguien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios, / Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 16 de enero de 2020

JESÚS DIJO (XLIII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS


 
 
 
 
 
 
-CRISTO IMAGEN DE DIOS INVISIBLE (1/3/2019)

 

 

-EL HOMBRE Y LA MUJER SON IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS (9/3/2019)

 

 

-LA CUARESMA: CAMINO DE AUTÉNTICA CONVERSION (15/3/2019)

 

 

-JESUCRISTO ES EL MISMO AYER, HOY Y SIEMPRE  (19/3/2019)

 

 

-LA IGLESIA DEBE CONTINUAR HASTA EL FINAL DE LOS SIGLOS LA OBRA EVANGELIZADORA DEL SALVADOR (31/3/2019)

 

 

 
(Sagrada Biblia. Versión oficial de la CONFERENCIAL EPISCOPAL ESPAÑOLA. Biblioteca de autores cristianos. MADRID 2010)

 

 

SALMO 33 (32)

 

IMNO AL DIOS FUERTE Y BUENO

 

 

“Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos / Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas /  cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones / Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales /  él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra / La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos /  encierra en un odre las aguas marinas, mete en un depósito el océano / Tema al Señor la tierra entera, tiemblen ante Él los habitantes del orbe /  porque Él lo dijo y existió; él lo mandó y todo fue creado / El señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos pero el plan del señor subsiste por siempre /  los proyectos de su corazón, de edad en edad /  Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como heredad / El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres /  Desde su morada observa a todos los habitantes de la tierra /  el modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones / No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza /  nada valen sus caballos para la victoria, ni por su gran ejército se salvan / Los ojos del Señor están puestos en quién le teme, en los que esperan su misericordia /  para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre / Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo / con Él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos / Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”

 

 

SALMO 35 (34)

 

ORACIÓN ANTE LOS TESTIGOS FALSOS

 

 

De David. Pelea ,Señor, contra los que me atacan, guerrea contra los que me hacen guerra / empuña el escudo y la adarga, levántate y ven en mi auxilio / blande la lanza y la pica contra mis perseguidores; di a mi alma:(Yo soy tu salvación) / Sean confundido y avergonzado los que atacan contra mi vida; retrocedan y sean humillados quienes traman mi derrota / sean como tamo al viento, acosados por el ángel del Señor / sea su camino oscuro y resbaladizo, perseguidos por el ángel del Señor / Pues sin motivo me escondían redes, sin motivo me abrían zanjas mortales / ¡Que les sorprenda el desastre imprevisto, que se enreden en la red que escondieron, y caiga dentro de la fosa / Y yo me alegraré con el Señor, gozando de su salvación / todo mi ser proclamará: <Señor ¿Quién como tú, que defiendes al débil del poderoso, al pobre y humilde del explotador?> / Se presentaban testigos violentos: me acusaban de cosas que ni sabía / me pagaban mal por bien, dejándome desamparado / Yo, en cambio cuando estaban enfermos, me vestía de saco, me mortificaba con ayunos, y desde dentro repetía mi oración / Como por un amigo o como por un hermano, andaba triste; cabizbajo y sombrío, como quien llora a su madre / Pero, cuando yo tropecé, se alegraron, se juntaron contra mí, y me golpearon por sorpresa; me laceraban sin cesar / Cruelmente se burlaban de mí, rechinando los dientes del odio / Señor, ¿Cuándo vas a mirarlo? Defiende mi vida de los que rugen; mi único bien de los leones / y te daré gracias en la gran asamblea, te alabaré entre la multitud del pueblo / Que no canten victoria mis enemigos traidores, que no hagan guiños a mi costa, los que me odian sin razón / Pues no hablan de paz, y contra los pacíficos de la tierra traman planes siniestros / Abren sus fauces contra mí y se ríen: <Lo han visto nuestros ojos> / Señor, tú lo has visto, no te calles; Señor, no te quedes a la distancia / despierta, levántate, Dios mío; Señor mí, defiende mi causa / Júzgame según tú justicia, Señor, Dios mío, y no se retiran de mí / No pensarán: < ¡Qué bien! ¡Lo que queríamos!>, ni dirán:< ¡Lo hemos devorado!> / Sean avergonzados y confundidos a una los que se alegran de mi desgracia, cúbranse de vergüenza y de ignominia quienes se engríen a mi costa / Canten y se alegren los que desean mi justicia, repitan siempre: <Grande es el Señor, que desea la paz de su siervo> / Mi lengua anunciará tu justicia, todos los día te alabará”

 

 

SALMO 49 (48)

 

INCONSISTENCIA DEL HOMBRE

 

 

“Al Director: Salmo de los hijos de Coré / Oíd esto, todas las naciones; escuchadlo, habitantes del orbe / plebeyos nobles, ricos y pobres / Mi boca hablará sabiamente, mi corazón meditará con prudencia / prestaré oído al proverbio y propondré mi problema al son de la cítara / ¿Por qué habré de temer los días aciagos, / cuando me cerquen y me acechen los malvados / que confían en su opulencia y se jactan de sus inmensas riquezas / si nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate? / Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará / para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa / Mirad: los sabios mueren, lo mismo que perecen los ignorantes y necios, y legan sus riquezas a extraños / El sepulcro es su morada perpetua y su casa de edad en edad, aunque hayan dado nombre a países / El hombre no perdura en la opulencia, es semejante a las bestias, que perecen / Éste es el camino de los confiados, el destino de los hombres satisfechos: (Pausa)/

Son un rebaño para el abismo, la muerte es su pastor, y bajan derechos a la tumba; se desvanece su figura, y el abismo es su casa / Pero a mí, Dios me salva, me arranca de las garras del abismo. (Pausa)/

No te preocupes si se enriquece un hombre y aumente el fasto de su casa / cuando muera no llevará nada, su fasto no bajará con él / Aunque en vida se felicitaba: <Ponderan lo bien que lo pasas> / irá a reunirse con la generación de sus padres, que no verán nunca la luz / El hombre rico e inconsciente es semejante a las bestias, que perecen”