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lunes, 1 de junio de 2020

EL DON DE LA ESPERANZA NOS SOSTIENE Y PROTEGE EN TIEMPOS DE CRISIS





El mensaje de la esperanza que nos viene de Jesucristo ilumina este horizonte denso de incertidumbre y pesimismo. La esperanza nos sostiene y protege en  el buen combate contra  la incerteza (Rm 12, 12). Se alimenta de la oración y muy particularmente de aquella que Cristo nos enseñó,  el Padrenuestro (Mt 5, 5-9):

"Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en la sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vean las gentes. Os aseguro que ya han recibido su recompensa / Tú, cuando ores, entra en tu habitación , cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te premiará / Y al orar, no os perdáis en palabras como hacen los paganos, creyendo que Dios os lo va a escuchar por hablar mucho / No seáis como ellos, pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis que tenéis antes / Vosotros orad así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; / venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; / danos hoy el pan que necesitamos; / perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, / no nos dejes caer en la tentación; y líbranos del mal"    

Esto es así, porque como decía también el Señor (Mt 5, 14-15): "Si vosotros perdonáis a los demás sus culpas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial / Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestra culpa" 


 
 
Son las palabras de Jesús de Nazaret, el cual es la esperanza que aguardaba Israel, es  esperanza para todos los hombres, no solo para los cristianos. En Él se cumplen todas las promesas de paz, y de felicidad, que Dios ha ido anunciando a lo largo de la historia de la humanidad. Ciertamente con la llegada del Mesías, del Hijo unigénito de Dios,  se alcanza la esperanza de una vida eterna, la esperanza de una existencia gloriosa y transformadora al lado de nuestro Creador, al final de los tiempos.


Sin embargo, ante la situación general presente, muchos aún se preguntarán: ¿Una existencia gloriosa, es realmente algo tan plausible? No hace tanto los padres buscaban para sus descendiente la gracia de la fe. Pero en estos tiempos, muy pocas personas se paran a reflexionar sobre ello, incluso muchos hombres pueden llegar a considerar que la fe supone un perjuicio en lugar de un beneficio para sus vidas, despreciando así la existencia de una <vida eterna>.

 
 
 
En este sentido, habría que preguntarse: ¿Cuál es la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana? O mejor aún: ¿Qué podemos esperar, y que es lo que no podemos esperar? El Papa Benedicto XVI respondió así a estas preguntas (Carta Encíclica <Spe Salvi): “Podemos esperar la salvación de nuestras almas, podemos esperar la vida eterna, cerca de nuestro Creador; en cambio no podemos esperar que estas cosas sean posibles, si nos apartamos de Dios, si incumplimos, en esta pasajera vida, las leyes que Él inscribió en el corazón de todo hombre”

 
Desgraciadamente en los últimos siglos se ha tratado de imponer unas ideas que están precisamente en contra de la ley natural, inscrita por el Creador en el corazón de los hombres; se quiere prescindir de ella, como algo que le estorba para alcanzar su plena libertad y esto es un una gran falsedad y un error terrible que puede conducir a los seres humanos a su perdición. Queda, sin embargo por ver, si la nueva situación del mundo, abrirá o no, los ojos de los increyentes hacia el don de  la esperanza…
El Papa  Francisco, durante la misa matutina, que él tiene por costumbre celebrar, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, un 22 de noviembre de 2016, reflexionaba ya seriamente sobre el futuro  de los seres humanos. Lo hacía con gran acierto y valentía, ya que evidentemente es un tema, que como él mismo reconocía, a la gente de hoy en día,  no le gusta recordar. Pero la Iglesia de Cristo es escatológica por definición y por tanto no puede obviar un tema tan importante como los <Novísimos>:

 
 
 
 
 
“Todos seremos juzgados, cada uno de nosotros será juzgado ¿Pero cómo será ese día en el que estaré delante de Dios?  Cuando Él me pedirá  que le rinda cuentas de los talentos que me ha dado… ¿Cómo estará nuestro corazón, tras el contacto con la Palabra del Señor? ¿Cómo he recibido su Palabra? ¿Con el corazón abierto? “


Son preguntas muy interesantes,  que nos incumben a todos los hombres y mujeres de este mundo, porque tarde o temprano, aunque algunos se resistan a creerlo, deberemos llegar a  presencia del Señor…No conocemos cuando esto tendrá lugar; nadie sabe cuándo tendrá lugar la Parusía, por eso el Papa Francisco sigue diciendo en su homilía:

 
 
 
 
 
“¡No os dejéis engañar! ¿A qué engaño me refiero? Al engaño de la alineación, del aislamiento: el engaño por el cual <yo estoy distraído, no pienso y vivo como si nunca tuviera que morir>. Pero cuando venga el Señor, que vendrá como un rayo ¿Cómo me encontrará? ¿Esperanzado o en medio de tantas alienaciones de la vida, engañado por las cosas que son superficiales, que no tienen transcendencia?... Por tanto, estamos frente a una autentica <llamada del Señor para pensar seriamente en el final: en mi final, el  juicio, en mi juicio>… Hoy nos hará bien pensar en esto: ¿Cómo será mi final?…Y para ir al encuentro de los que podrían estar asustados o entristecidos por esta reflexión, un consejo: <Sé fiel hasta la muerte dice el Señor, y te daré la corona de la vida>. Ésta es nuestra esperanza”

 
Ciertamente la esperanza, ésta esperanza, está en el centro de nuestras vidas, tal como nos han recordado todos los Pontífices de la Iglesia y en particular el Papa Benedicto XVI (Ibid): “Todos advertimos la necesidad de  la esperanza, pero no de una esperanza cualquiera, sino de una esperanza firme y creíble…


 
 
 
La juventud,  es tiempo de esperanza porque mira hacia el futuro con diversas expectativas. Cuando se es joven se alimentan ideales, sueños, proyectos; la juventud es tiempo en el que se maduran opciones decisivas para el resto de la vida. Tal vez por eso es la  etapa de la existencia en la que afloran con fuerza las preguntas de fondo: ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Qué será de mi vida? Y también ¿Cómo alcanzar la felicidad? ¿Por qué el sufrimiento, la enfermedad y la muerte? ¿Qué hay más allá de la muerte? “

 
Por desgracia no siempre las respuestas son fáciles, pero como sigue diciendo Benedicto XVI: “La experiencia demuestra que las cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente…La política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la <gran esperanza>, a la que todos aspiramos… Sí, como decía el doctor de la Iglesia san Agustín, todos queremos <la vida bienaventurada>, queremos ser felices y esta felicidad <sin igual>, sólo la podremos encontrar al lado del Creador, hacia el cual todo hombre encamina sus pasos, aunque de hecho no se dé cuenta de ello, es lo que se ha dado en llamar <esperanza universal>”

 
 
 
 
Los seres humanos se han sentido atraídos hacia su Creador, desde el inicio de los tiempos, se trata como han advertido los Pontífices de la Iglesia, de <Una inmersión en el océano del amor infinito> en el que ya no existen el tiempo, el antes  o el después; más concretamente, en palabras de Papa Benedicto XVI (Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre; Ed. Chronica S.L. 2011): “Una de las consecuencias principales del olvido de Dios es la desorientación que caracteriza a nuestra sociedad, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la desesperanza. Fuerte y clara es la llamada que nos llega de la Palabra de Dios: <Maldito quien confíe en el hombre, y en la carne busque su fuerza, apartando su corazón del Señor /  Será como un cardo, en la estepa, no verá llegar el bien, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita> (Jeremías 17, 5-6)”

 

Recuerda Benedicto XVI un pensamiento del profeta Jeremías el cual vivió en una época transcendental para la historia del pueblo de Israel, ya que por entonces tuvo lugar la caída del imperio asirio, el renacer del babilónico y la desaparición del reino de Judá, con la deportación a Babilonia de las personas que tenían más influencia en el país. Jeremías fue testigo presencial de aquellos acontecimientos y también de los que más tarde vivió la población que permaneció en Palestina.


También el Papa san  Juan Pablo II, dándose cuenta de la situación tan adversa por la que ya estaba pasando la sociedad, especialmente en el llamado <viejo continente>, en su  Audiencia General del  miércoles 11 de noviembre de 1998 nos ponía sobre aviso con estas palabras: “Hoy no basta despertar la esperanza en la interioridad de la conciencia; es preciso <Cruzar juntos el Umbral de la Esperanza>"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 30 de mayo de 2020

EL ESPIRITU SANTO Y LA ESPERANZA CRISTIANA



 
La <Carta a los Hebreos> compara la esperanza con un ancla (He 6, 18-19) y a esta imagen podemos añadir la de la vela. Si el ancla da a la barca seguridad y la tiene <anclada> entre las olas del mar, la vela es, sin embargo, lo que la  hace caminar y avanzar en  las aguas. La esperanza es realmente como una vela, recoge el viento del Espíritu Santo y lo transforma en una fuerza motriz que empuja la barca, según los casos, al mar o la orilla”

 
 
 
 
Una reflexión muy acertada y bella del Papa Francisco que visualiza como el don de la esperanza se encuentra en total relación con el Espíritu Santo. En este sentido, recordemos que, en su día, el apóstol san Pablo en la <Carta a los Romanos>, pedía a aquella comunidad cristiana, que orara por él con esperanza, para que la ayuda que llevaba a Jerusalén fuera bien recibida (Rom 15, 30-32): “Hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, os pido que luchéis conmigo orando a Dios por mí / para que me vea libre de los incrédulos que hay en Judea y para que la ayuda que llevo a Jerusalén sea bien recibida por los hermanos / De esta manera, si Dios quiere, iré muy contento a veros y descansaré algo con vosotros”

 
Anteriormente san Pablo, que había escrito esta carta desde Corinto y veía en Roma el carácter universal de la Iglesia, les hablaba en concreto de la salvación de los hombres, pidiéndoles apoyo para los más débiles, en paz y concordia, siguiendo el ejemplo  de Cristo  (Rom 15, 7-13):  “Acogeos los unos a los otros, como Cristo por su parte os acogió a vosotros para gloria de Dios / Digo, en efecto, que Cristo ha sido hecho ministro de la circuncisión  a favor de la veracidad de Dios, para hacer firmes las promesas hechas a los Patriarcas / y que a su vez los gentiles glorifiquen a Dios por razón de su misericordia, según que está escrito: <Por eso te bendeciré entre los gentiles y cantaré tu nombre> (2 Sam 22, 50) /  

 
 
Y otra vez dice: <Regocijaos, naciones, juntamente con su pueblo> (Dt 32, 43) / y de nuevo: <Alabad, naciones todas, al Señor, y ensálcenle todos los pueblos> (Sal 116, 1) / y también dice Isaías (11, 1-2): <Brotará la raíz de Jesé , se levantará para regir las naciones,  y las naciones esperarán en él / Que el Dios de la esperanza llene de alegría y paz vuestra fe, y que la fuerza del Espíritu Santo os colme de esperanza”


Recuerda la <Carta a los Romanos>, de forma insistente, aquello que se cuenta en el Antigua Testamento a cerca de Cristo, por boca de sus elegidos; en particular, recuerda las palabras proféticas de Isaías.
El profeta Isaías ejerció su labor divina en Jerusalén probablemente entre los años 740 y 687, tiempo en que finalizó el reinado de Ezequías, un monarca celoso de la libertad de su nación y de la pureza de la religión y que por ello llenó el corazón del profeta de justificada esperanza.

Este profeta, considerado cristológico por los Padres de la Iglesia, ya que anunció la llegada de Cristo y su mensaje de una forma perfecta, fue modelo del hombre religioso de su época, y debería seguir siéndolo  para los cristianos de hoy en día.  
 
 
 

 
Con sus palabras el profeta Isaías quería infundir esperanza en su pueblo, pero por extensión consigue dar esperanza a todo el pueblo de Dios. La pregunta que surge según el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi> entonces, es: ¿De qué genero ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ello? La respuesta del Pontífice a su propia pregunta nos lleva a la certeza de que la fe es la esperanza deseada (Ibid): “La <esperanza> es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes de los textos sagrados, las palabras <fe> y <esperanza> parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la <plenitud de la fe>  con la <firme confesión de la esperanza> (Heb 10, 19-25)”


 
Por tanto, se llega finalmente a la conclusión  de que todos los hombres debemos mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, en definitiva, se nos exhorta a la perseverancia (Heb 10, 19-24): “Así pues, hermanos, ya que tenemos libre entrada en el santuario gracias a la sangre de Jesús / que ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne / y ya que tenemos un gran sacerdote de la Casa de Dios / acerquémonos con corazón sincero, con  fe plena, purificando el corazón de todo mal de que tuviéramos conciencia, y lavado el cuerpo con agua pura / Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, pues quien nos ha hecho la promesa es digno de fe / Procuremos estimularnos unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras”


Sí,  como aseguraba el Papa Benedicto XVI, en su día, la fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que puede venir, y que está todavía totalmente ausente, una futura esperanza. La fe nos da antes algo  más. Nos da ya, ahora, algo de la realidad de la esperanza futura, y esta realidad presente, constituye para el hombre, una prueba de la existencia real de lo que aún no se ve, porque no ha llegado...

 
 
En definitiva, la fe que es esperanza, recoge el viento del Espíritu Santo y lo trasforma en una fuerza motriz que empuja a los seres humanos hacia el sendero de la paz y la concordia, y que en momentos como los presentes, pone en evidencia, más que nunca, la acción del Espíritu de Dios, que actuando sobre los hombres, provoca  la caridad de estos hacia sus hermanos, a pesar de las siempre presentes fuerzas del mal.


Sí porque, los primeros cristianos, pertenecientes a la Iglesia primitiva, llenos de esta fe que es esperanza, fueron mortalmente perseguidos y entre ellos había judíos pero también gentiles que creyeron en el mensaje de Cristo, porque el don de la fe es universal, en definitiva, no es sólo para unos pocos hombres, es para todos, independientemente de su raza o creencia inicial.
Precisamente un incidente narrado en el libro de los < Hechos de los apóstoles>, que implicaba tanto a la cabeza de la Iglesia, San Pedro, como a un centurión romano, llamado Cornelio, ha dejado este hecho bien  establecido desde un principio (Hechos 11, 1-18): “Oyeron los Apóstoles y los judíos que estaban por la Judea que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios / Y cuando subió Pedro a Jerusalén, discutían con él los de la circuncisión / diciendo que había entrado en casa de hombres incircuncisos y comido con ellos/ Más Pedro comenzó a exponer la cosa por su orden, diciendo /

 
 
 
<Yo estaba en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión: que bajaba una especie de recipiente, a manera de lienzo grande, que, cogido por los cuatro cabos, se descolgaba desde el cielo, y llegó hasta mí / Fijos en él los ojos, estaba observando, y vi los cuadrúpedos de la tierra, y las fieras, y los reptiles y los volátiles del cielo / Y oí, además, una voz que me decía: Levántate, Pedro; sacrifica y come / Y dije: De ninguna manera, Señor, porque cosa profana o impura jamás entró en mi boca / Más respondió la voz por segunda vez desde el cielo: Lo que Dios purificó, tú no lo hagas profano / Y esto se repitió por tres veces. Y fue arrebatado, de nuevo todo hacia el cielo / Y he aquí en el mismo instante tres hombres se presentaron en la casa que yo estaba, enviados a mí desde Cesárea /

 Y me dijo el Espíritu que fuese con ellos, dejada toda vacilación. Vinieron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en la casa del hombre / Y nos refirió como había visto en su casa al ángel, que, estando de pie, le decía: manda recado a Jope y haz venir a Simón que se apellida Pedro /el cual te hablará palabras con las cuales serás salvo tú y toda tu casa /


 
San Pedro lleno de prudencia y sabiduría se enfrentó a aquellos hombres que criticaban su aptitud frente a los gentiles, explicándoles con detenimiento, como hemos recordado, el milagro que se había producido con la llegada del Espíritu Santo sobre los mismos, y como él, había recordado las palabras del Señor. Esto fue suficiente para que todos proclamaran llenos de asombro: ¡Con que también a los gentiles otorgó Dios la penitencia para alcanzar la vida!
En este mismo sentido, podemos leer en la Carta Encíclica del Papa San Juan Pablo II: <Dominum et vivificantem>, dada en Roma en el año 1986: “La Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo, que es <Señor y dador de vida>. Así lo profesa el símbolo de la fe llamado <Niceno-Constantinopolitano> por el nombre de dos Concilios: Nicea (a. 325) y Constantinopla (a. 381), en los que fue formulado y promulgado...

En ellos se añade también que el Espíritu Santo <hablo por los profetas>. Son palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma de su fe, Jesucristo. Es muy significativo, por otra parte, el hecho de que aquellos que en el Cenáculo habían recibido el Espíritu Santo hablaran en lenguas extranjeras, de forma que todos los que les oían entendían sus palabras, ello demuestra,  que la Iglesia desde su mismo nacimiento tenía el don de la universalidad, era <católica>, porque el <Mensaje de Cristo> era  esperanza para todos los hombres y el Señor encomendó a sus discípulos la misión de darlo a conocer"

 
 
Así mismo, como podemos leer en el Evangelio de san Mateo (Mt 28, 16-20): “Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado / Y en viéndole, le adoraron: ellos que antes habían dudado / Y acercándose Jesús, les habló diciendo: Me fue dada toda potestad en el cielo y sobre la tierra / Id, pues, amaestrad a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el final de la consumación de los siglos”

 
Así termina el Evangelio de San Mateo, con estas palabras del Señor que constituyen a los Apóstoles maestros, no sólo de la fe, sino también de la moral, asegurándoles además, su presencia incesante en la Iglesia hasta la llegada de la  parusía. En efecto, como  nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“La Iglesia que nace en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular –la Iglesia de Jerusalén- sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán luego otras comunidades en todas las partes del mundo. Iglesias particulares que son todas, y siempre, actuaciones de una sola y única Iglesia de Cristo. Por tanto la Iglesia católica no es una federación de Iglesias, sino una única realidad: la prioridad ontológica corresponde a la <Iglesia universal>. Una comunidad que no fuera católica en este sentido, ni siquiera sería Iglesia…

A este respecto, es preciso añadir la visión teológica de los Hechos de los Apóstoles, sobre el camino de la Iglesia de Jerusalén a Roma. Entre los pueblos representados en Jerusalén en el día de Pentecostés, San Lucas cita a los <forasteros de Roma> (Hch 2, 10). En ese momento Roma era aún lejana, era <forastera> para la Iglesia naciente: Era el símbolo del mundo pagano en general.

 
 
Pero la fuerza del Espíritu Santo guiará los pasos de los testigos <hasta los confines de la tierra>, hasta Roma. El libro de los Hechos de los Apóstoles termina precisamente cuando San Pablo, por un designio providencial, llega a la capital del Imperio y allí anuncia el Evangelio (Hch 28, 30-31). Así el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero, y por eso encarna la idea de <catolicidad> de San Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia católica, que es la continuación del pueblo de la elección, y hace suya su historia y su misión”  


Y esto ha sido así y seguirá siendo así hasta el final de los tiempos, porque como asegura el Papa Francisco: “El Espíritu Santo no nos hace solo capaces de esperar, sino también de ser sembradores  de esperanza, de ser también nosotros –como Él gracias a Él - <paráclitos>, es decir consoladores y defensores de los hermanos, sembradores de esperanza. Un hombre puede sembrar amarguras, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano, y quien hace esto no es un buen cristiano; siembra esperanza: siembra aceite de esperanza, siembra perfume de esperanza y no vinagre de amargura y de desesperanza. El beato cardenal Newman, en un discurso suyo, decía a los fieles: <Instruidos por nuestro mismo sufrimiento, nuestro mismo dolor, es más, por nuestros mismos pecados, tendremos la mente y el corazón ejercitados para cualquier obra del amor hacia aquellos que lo necesitan. Serenos, en la medida de la capacidad, consoladores a imagen del Paráclito – es decir – del Espíritu Santo, y en todos los sentidos que  esta palabra conlleva: abogados, asistentes, portadores de consuelo. Nuestras palabras y nuestros consejos,  nuestra forma de hacer, nuestra voz, nuestra mirada serán gentiles y tranquilizadoras>.

 
 
 
Y son sobre todo los pobres, los excluidos, y no amados, quienes necesitan a alguien, que se haga para ellos <paráclito>, es decir, consolador y defensor, como el Espíritu Santo hace con cada uno de nosotros…Nosotros tenemos que hacer lo mismo con los más necesitados, con los más descartados, con los que más lo necesitan, los que sufren más. Seamos ¡defensores y consoladores!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 23 de mayo de 2020

CUARENTA DÍAS DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN JESÚS SUBE AL PADRE



 
Por eso, Salmos como el 138 (137) o el 139 (138), son cantos de acción de gracia por la ayuda divina; cantos de asombro por la omnipotencia  de Dios; cantos de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos, y sus manos son manos buenas. El salmista imagina que viaja a través del Universo, y dice: "¿Qué me puede suceder?:

<Si escalo el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.

Si digo que al menos las tinieblas me cubran, que la luz se haga noche en torno para mí, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como luz para ti. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables  tus obras: mi alma lo reconoce agradecida…>"


 
En este sentido, san Pablo escribió una carta a los efesios con ocasión de las tristes y alarmantes noticias, llegadas hasta él, sobre la situación de los habitantes de Éfeso y de algunas otras ciudades adyacentes, como Laodicea o Colosas, donde el Apóstol había evangelizado. No obstante, con anterioridad a la misma, Pablo había profetizado en Mileto a los Obispos de estas Iglesias, lo que sucedería cuando él se alejara de ellas: <Yo sé que  han de entrar después de mí, partidas de lobos crueles entre vosotros, que no perdonarán al rebaño>.

Así ocurrió realmente, pues tanto las últimas generaciones de los cristianos judaizantes, como los primeros representantes del gnosticismo, trataron por todos los medios, de sembrar dudas sobre el Mensaje de Jesús, con objeto de desfigurar su obra salvadora y hasta su Persona, si ello hubiera sido posible. Ante semejante situación, Pablo pretendía poner coto a todo infundio y maledicencia, manifestando maravillosamente sus sentimientos en este sentido. Más concretamente, en la segunda parte de esta carta, de carácter  moral, el Apóstol se refiere al misterio de la Muerte,  Resurrección y Ascensión a los cielos de Cristo utilizando un versículo del libro de los Salmos. Salmo que sin duda tiene un claro carácter teológico, ya que de una forma implícita hace referencia a la divinidad de Cristo (Salmos 67, 19): <Subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombre, para que también los rebeldes habitasen con el Señor Dios>

 
 
 
San Pablo, además, se pregunta en esta misma carta ¿Por qué se habla en los Evangelios de la subida a los cielos de Jesús, tal como él mismo corrobora con sus propias palabras? Y responde enseguida <porque el que subió es el mismo que bajó a las profundidades de la tierra>.


Tanto creyentes como no creyentes alguna vez se han preguntado donde se encuentra ese misterioso y  temible lugar del que con frecuencia se habla en las Sagradas Escrituras, con distintos apelativos como <sheol>, <hades>, o sencillamente infierno. Por suerte para los cristianos la respuesta la podemos encontrar muy bien expuesta en el Catecismo que recoge los decretos del Concilio  Ecuménico <Vaticano II> (C.I.C. nº 633):

“Las Escrituras llaman infierno, <sheol>, o <hades>, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos malos o justos, lo que no quiere decir, que su suerte sea idéntica, como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro, recibido en el <seno de Abraham> (Lc 16, 22-26).


 
 
 
Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su libertador en el <seno de Abraham>, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (Cc. de Roma año 745: Ds 587), ni para destruir el infierno de la condenación (Ibid: Ds 1011; 1077), sino para liberar a los justos que le habían precedido (Cc. de Toledo IV en el año 625: Ds 485)”

 
Así es, Jesús Resucitó y bajo a los infiernos para liberar a los justos que le habían precedido y subió a los cielos, es decir volvió al Padre, que lo había enviado en su día al mundo. Por eso la Ascensión del Señor como nos recordaría el Papa Benedicto XVI (Ibid): “Marca el cumplimiento de la salvación de los hombres iniciada con la Encarnación.

Después de haber instruido por última vez a sus discípulos, Jesús sube al cielo (Mc 16, 19). Él entre tanto <no se separó de nuestra condición> (Prefacio); de hecho, en su humanidad asumió consigo a los hombres en la intimidad del Padre y así reveló el destino final de nuestra peregrinación terrena. Del mismo modo que por nosotros bajo del cielo y por nosotros murió en la cruz, así también por nosotros <Resucitó> y <Subió a Dios>, que por lo tanto ya no está lejos.


 
 
 
San León Magno (Papa del siglo V), celebre por la importancia  de las obras que se realizaron en la Iglesia bajo su mandato (p.e. en el año 452 se presentó a las puertas de Roma el ejercito de Atila, rey de los hunos, guerreros tan feroces que se decía  que donde sus caballos pisaban no volvía a nacer la hierba, pues bien, este Pontífice logró convencerle para que no arrasara Roma) explica que con este misterio: <no solamente se proclama la inmortalidad del alma, sino también de la carne. De hecho con la Ascensión de Jesús no solamente se nos confirma como poseedores del Paraíso, sino que también penetramos en Cristo en las alturas del cielo (Ascensione Domini, Tractatus 73, 2.4)>”

 
A pesar de cualquier santo testimonio, siempre ha habido y habrá, hombres y mujeres incrédulos, empeñados en preguntarse: ¿De verdad existe la vida eterna? ¿De verdad existe un lugar llamado Paraíso? Responder a este tipo de preguntas es misión de la escatología, esto es, de la ciencia que se ocupa de las cosas últimas y definitivas que han de suceder al mundo y al hombre. En realidad, se puede decir que nuestro tiempo es un tiempo escatológico debido a la entrada de Cristo en el mundo, estaríamos por tanto,  próximos a la consumación de los siglos:

 
 
 
Materia de análisis de la escatología son los llamados <Novísimos>, esto es: muerte, juicio, purgatorio, infierno y gloria (o Paraíso). Ciertamente el contemplar sin miedo y sin reparos estas cuestiones es esencial para el ser humano y más en estos tiempos en que: "La Restauración Prometida que esperamos está ya comenzada en Cristo, y es impulsada por medio de la misión del Espíritu Santo y por Él continúa en la Iglesia,  en la cual somos también instruidos por la fe, sobre el sentido de nuestra vida temporal, mientras llevamos a término, con la esperanza de los bienes futuros, la obra que nos encomendó en el mundo el Padre, y damos cumplimiento a nuestra salvación” (Papa San Juan Pablo II; <Cruzando el umbral de la esperanza>)”

 
Concretamente  San Pablo en su Carta  a los Filipenses, cuando hablaba sobre el <Hijo de Dios sin tacha>, llega a decir (Fil 2, 12-18):
“Por lo tanto, queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor / porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor / Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones / así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo / manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni fatigas tampoco / Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría / por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo”



Pero el paso del tiempo es inexorable y el ser humano también tiene una conciencia clara de ello sobre todo al llegar a cierta  edad, o cuando los achaques y enfermedades, más o menos graves, constantemente se lo van a recordar, sobre todo con ocasión tan terrible a nivel mundial, como  la provocada por una pandemia.

De cualquier forma, en el momento actual, de dolor y sufrimiento para la humanidad: ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que sea condenado a perennes tormentos?, después de su muerte. A esta pregunta contestaba el Papa san Juan Pablo II, con cierta incertidumbre (Ibid):
“Según el Evangelio de San Mateo, el Señor trata de ponernos sobre aviso  respecto de este espinoso tema (Juicio final), nos habla claramente de los que irán al suplicio eterno (Mt 25, 31-46)...  
Pero ¿Quiénes serán estos? se preguntan algunos…La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Se trata de un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre”

 
 
 
 
El hombre, sin embargo, no debería sentir miedo ante la proximidad de la muerte, si fuera justo y hubiera conservado durante  su existencia la capacidad de discernimiento. Los hombres desde antiguo ya alababan la virtud o sabiduría del discernimiento, que aparece por ejemplo, en el Salmo 49(48), donde se habla sobre el enigma de la prosperidad de los malvados; esta oración podría servirnos para alejar de nosotros el peligro del infierno y  además nos podría ayudar también para encontrar el camino de la santidad,  porque Dios escucha y recibe a  los pobres y oprimidos, en cambio la soberbia y la confianza ilimitada en sí mismo lleva a la perdición. 


Pero sobre todo sería conveniente que recordáramos  las palabras de Jesús respecto del tema que estamos considerando (Mt 25, 31-46). Sí, el Señor que es infinitamente misericordioso, sin embargo, por haber dejado al hombre  gozar de plena libertad para tomar sus propias decisiones, podría verse obligado a condenarlo, si rechaza  por conciencia errónea o mal discernimiento, hasta las últimas consecuencias, la misericordia Divina.

Por otra parte, la realidad de la existencia del infierno es recogida también, en el Antiguo Testamento utilizando un lenguaje simbólico, en particular, se habla del sheol como un lugar de tinieblas adonde irían a parar los muertos; un lugar donde ya no será posible dar gloria a Dios (Sal 6, 1-6) (Oración de un enfermo perseguido):

 
 
 
 
<¡Señor! No me reprendas en tu ira, no me castigues con tu cólera / Ten piedad de mi, Señor, que estoy sin fuerzas / Cúrame, Señor, pues mis huesos están dislocados / y mi alma, conturbada. Y Tu, Señor ¿hasta cuándo? / Vuélvete, Señor, libra mi alma; por tu amor misericordioso, ¡Sálvame! / Que en el país de los muertos nadie te recuerda, en el sheol  ¿Quién te alaba?>  Se pronuncia en este Salmo la palabra <sheol>, que para el pueblo hebreo tenía el significado de país de los muertos, tal como expresa la oración, pero que también se utilizaba con una segunda acepción, como lugar de los justos donde esperaban la liberación después de la muerte.


La segunda forma de utilización de la palabra <sheol>,  establece ya claramente un punto de unión con el Nuevo Testamento el cual <proyecta nueva luz  sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, desde su Resurrección y Ascensión a los cielos, ha vencido a la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.


 
 
Así mismo, en el Catecismo de la Iglesia católica podemos leer (nº 634): “Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva. El descenso a los infiernos de Jesús (después de su muerte), es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión  mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra Redentora a <todos los hombres>, de <todos los tiempos>, y de <todos los lugares>, porque todos los que se salvan, se hacen participes de la <Redención>”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 21 de mayo de 2020

JESÚS DIJO (XLVIII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS




 
 






-EL RETO DE LA EVANGELIZACION: SIGLO XVIII-EL SIGLO DE LA LUZ (2ª Parte) (12/10/2019)

 

-JESÚS DIJO (XLI): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS (21/10/2019)

 

-LOS SANTOS INTIMAMENTE UNIDOS A CRISTO, NO DEJAN DE INTERCEDER POR LOS HOMBRES ANTE EL PADRE (1/11/2019)

 

-LA AUSENCIA DE AMOR POR EL PRÓJIMO PONE EN PELIGRO LA ESTABILIDAD SOCIAL (13/11/2019)

 

-TIEMPO DE ADVIENTO: ¿QUIÉN ES EL QUE VIENE? ¿PARA QUE VIENE? (21/11/2019)

 

 

 
Santa Biblia (Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección del Dr. Evaristo Martín Nieto. 20.ª edición; Ed. San Pablo 1988)

 

 

PROPAGACIÓN DEL EVANGELIO ENTRE LOS PAGANOS: PRIMER VIAJE DE PABLO (Hch 14, 1-28)

 

*EN  LICOANIA, ICONIO, LISTRA Y DERBE

 
En Iconio, entraron también en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal modo que muchos judíos y paganos, abrazaron la fe. / Pero los judíos que no quisieron creer soliviantaron a los paganos y los indispusieron contra los hermanos. / Allí se quedaron bastante tiempo, hablando con valentía del Señor, que confirmaba su doctrina de gracia realizando por sus medios prodigios y milagros. / La población de la ciudad se dividió. Unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles. / Los paganos y los judíos se confabularon a una con las autoridades para torturarlos y apedrearlos. / Pero ellos se dieron cuenta y huyeron a las ciudades de Licoania, Listra y Derbe y sus alrededores, / donde se pusieron a anunciar la buena nueva.

 

En Listra había un hombre imposibilitado de los pies, sentado; cojo de nacimiento, jamás había andado. / Oyó hablar a Pablo, el cual, mirándolo fijamente y viendo que tenía fe para ser curado, / dijo en alta voz: <levántate y tente derecho sobre tus pies>. Él dio un salto y echó a andar. / La gente, al ver lo que había hecho Pablo, se puso a gritar en licaonio: <los dioses, en forma humana, han descendido a nosotros>.

Y llamaban a Bernabé Júpiter y a Pablo Mercurio, porque era el más elocuente. / El sacerdote de Júpiter, que estaba a la entrada de la ciudad, llevó toros adornados con guirnaldas ante las puertas, y, en unión de la muchedumbre, quería ofrecerles un sacrificio.

Cuando se enteraron de ello los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestidos y se lanzaron entre las gentes gritando: / amigos ¿Por qué hacéis esto? Nosotros somos hombres como vosotros, que hemos venido a anunciaros que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo, que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. / El cual ha permitido en las pasadas generaciones que todas las naciones siguiesen sus caminos; / sin embargo, no ha cesado jamás de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, mandándoos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas y saciándoos de comida y llenando vuestros corazones de felicidad. / Con estas palabras lograron a duras penas impedir que la gente les ofreciera un sacrificio.

 
Llegaron de Antioquía e Iconio unos judíos que se ganaron a la gente. Apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándolo por muerto. / Pero cuando los discípulos se juntaron en torno a él, se levantó y entró en la ciudad. Al día siguiente marchó a Derbe en compañía de Bernabé.

Después de haber evangelizado aquella ciudad y haber hecho un buen número de discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, / animando a los discípulos, exhortándolos a permanecer en la fe y diciéndoles que tenemos que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. / Instituyeron presbíteros en cada una de las  Iglesias, y, después de orar y ayunar, los encomendaron al Señor, en el que habían creído. / Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; / predicaron en Pergue y bajaron a Atalía.

 

 
*REGRESO A ANTIOQUÍA DE SIRIA



Allí se embarcaron para Antioquía, de donde habían partido y donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la obra que acababan de cumplir. / Cuando llegaron, reunieron a la Iglesia y contaron todo lo que había hecho Dios por medio de ellos, y como había abierto a los paganos la puerta de la fe. / Y allí permanecieron largo tiempo con  los discípulos.

 

 
PROPAGACIÓN DEL EVANGELIO ENTRE LOS PAGANOS: SEGUNDO VIAJE DE PABLO (Hch 15, 36-41; 16, 1-40)

 

 *Bernabé  se separa de Pablo.

 

Pasados unos días, Pablo dice a Bernabé: “Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en que anunciamos la palabra del Señor, a ver cómo están”

Bernabé quería llevar también a Juan Marcos. / Pablo, en cambio juzgaba que no debían llevar al que los había dejado en Panfilia y no los había acompañado en la tarea / Discutieron entre ellos, y terminaron por separarse el uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos, y embarcó hacia Chipre; / Pablo escogió a Silas y partió, después de encomendarlo los hermanos a la gracia del Señor. / Recorrió Siria y Silicia, confirmando en la fe a las Iglesias

 

 *Timoteo

 

Llegó a Derbe y luego a Listra, donde había un discípulo llamado Timoteo, hijo de una judía creyente y de padre griego / Los hermanos de Listra e Iconio hablaban muy bien de él / Pablo quiso llevárselo con él, y lo circuncidó en consideración a los judíos que había en aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego. /Según iban pasando por las ciudades, les comunicaban, para que los guardaran, los decretos dados por los apóstoles y los presbíteros de Jerusalén. /Las Iglesias se reafirmaban en la fe y aumentaban en número de día en día

 

 *Pablo llamado a Europa

 

Atravesaron Frigia y la región de Galia, pues el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en Asia / llegaron a Misia e intentaron entrar en Bitinia, pero el espíritu de Jesús no se lo permitió. / Cruzaron, pues, Misia, y bajaron a Trôade. / Durante la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio, puesto en pie, le suplicaba: ven a Macedonia y ayúdanos. / Inmediatamente después de la misión intentaron pasar a Macedonia persuadido de que Dios los había llamado para evangelizarlos

 

 *En Filipos

 

Zarpamos de Trôade y fuimos derecho a Samotracia; al día siguiente a Neápolis, / y de allí a Filipos, ciudad del primer distrito de Macedonia, colonia romana en la que permanecimos unos días / el sábado salimos fuera de la ciudad y fuimos por la orilla del río, donde pensábamos que estaba el lugar de oración. Nos sentamos y nos pusimos hablar con las mujeres que se habían reunido / una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, fiel a Dios, nos estaba escuchando. El Señor abrió su corazón para que aceptase las cosas que Pablo decía / después de haber sido bautizada con toda su familia, nos suplicó: si consideráis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.

Y nos obligó a ello / otra vez, cuando íbamos al lugar de la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía un espíritu adivinador, la cual con sus adivinaciones procuraba a sus amos muchas ganancias / iba detrás de Pablo y de nosotros gritando: estos hombres son siervos de Dios Altísimo, y os anuncia el camino de la salvación / esto lo hizo muchos días, hasta que Pablo, ya cansado, se volvió y dijo al espíritu: en nombre de Jesucristo te mando salir de ella. Y en el mismo instante salió. / Sus amos, al ver que había desaparecido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los llevaron a la plaza pública ante las autoridades / los presentaron a los pretores y dijeron: estos hombres alborotan nuestra ciudad. Son judíos / y predican costumbres que nosotros, siendo romanos, no podemos aceptar ni practicar. /

La gente se sublevó contra ellos, y los pretores mandaron que los desnudaran y les dieran de palos. / Después de haberles dado muchos palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los tuviera bien seguros; / él, al recibir tal orden, los metió en la celda más segura, y sujeto sus pies en el cepo. / Hacia la media noche estaban en oración cantando himnos a Dios, y los presos escuchaban / de repente se produjo tan gran terremoto que se conmovieron los cimientos de la cárcel; se abrieron todas las puertas de la cárcel y se soltaron las cadenas de todos. / El carcelero se despertó y, al ver abiertas las puertas de la cárcel, creyendo que los presos se habrían fugado desenvainó la espada para matarse. / Pablo le gritó: no te hagas daño, que todos estamos aquí / él pidió una luz, entró y se echó temblando frente a Saulo y Silas; / los sacó fuera y dijo: señores ¿Qué debo hacer para salvarles? /

Ellos les dijeron: cree en Jesús, el Señor, y te salvarás tú y tu familia. / Y le anunciaron la palabra del Señor a él y a todos los que había en su casa / A aquellas horas de la noche, el carcelero les lavó las heridas, y seguidamente se bautizó él con todos los suyos. / Los subió a su casa, puso la mesa y celebró con toda su familia el haber creído en Dios. / Al llegar el día, los magistrados mandaron a los alguaciles a decir al carcelero: pon en libertad a esos hombres / el carcelero dijo a Pablo: los magistrados han ordenado que seáis libertados. Salid, pues, y marchad en paz / Pablo les dijo: nos han apaleado públicamente y, sin juzgarnos, a pesar de ser ciudadanos romanos, nos han metido en la cárcel, y ¿Ahora quieren sacarnos? / Pues no; que vengan ellos a sacarnos. Los alguaciles llevaron la respuesta a los magistrados, los cuales, al oír que eran romanos, tuvieron miedo / fueron y les pidieron excusas; los sacaron y les suplicaron que se fueran de la ciudad / salieron de la cárcel y fueron a casa de Lidia; vieron a los hermanos, los animaron y se fueron