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jueves, 4 de diciembre de 2014

JESÚS Y LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN : HÁGASE TÚ VOLUNTAD



 
 


"Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn 5, 30)

Con estas palabras Jesús demostró su fidelidad al Padre, consiguiendo de esta forma, hacer arder en los corazones de los hombres de buena voluntad, la llama del amor hacia Dios, y por Él, a sus semejantes. Sí, Jesucristo fue siempre fiel a la voluntad del Padre, y así se puso de manifiesto en todas sus acciones durante su vida pública, expuestas a través de los Evangelios escritos por sus Apóstoles  bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Quizás el momento más especial durante el cual se puso de manifiesto esta fidelidad de Jesús al Padre, fue aquel en que se aproximaba su Pasión y Muerte, cuando en el monte de los Olivos invocaba al Padre habiendo caído sobre su rostro en tierra y oraba diciendo (Mt 26, 39):

-Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, si no quieres tú

 Cuenta el evangelista que  habiendo regresado hasta el lugar donde había dejado a sus Apóstoles y habiéndoles encontrado dormidos por el agotamiento y las penas, les recriminó diciendo (26, 40): ¿No habéis podido orar una hora conmigo? y se apartó de nuevo de ellos y de nuevo oraba al Padre diciendo (Mt 26, 42):

-Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tú voluntad
 


Sin duda es comprensible, que Jesús verdadero Dios, pero también verdadero hombre, sintiera en aquellos terribles momentos, un enorme sufrimiento, y ello le hiciera sudar como gotas de sangre, y que un Ángel le consolara (Lc 22, 43); sin embargo, fiel al Padre hasta las últimas consecuencias se ajustó y aceptó voluntariamente los designios de Éste, a favor de la humanidad (Lc 22, 42)

Recordemos que con anterioridad, Jesús dando testimonio de sí mismo, declaraba en el discurso apologético de Galilea (Jn 5, 31-34 y 41-43):

"Si me presentase como testigo de mi mismo, mi testimonio carecería de valor/ Es otro el que testifica a mi favor y su testimonio es valido / Yo no busco honores que puedan dar los hombres / Además os conozco muy bien (se refería a los que le buscaban para matarlo), y sé que no amáis a Dios / Yo he venido de parte del Padre, pero vosotros no me aceptáis; en cambio, aceptáis a cualquiera que viene en nombre propio"

Gran reproche de Jesús a aquellos hombres, representantes de una parte de la humanidad de entonces y de ahora; así es, lo que sucedió en aquellos tiempos, es casi lo mismo, que está sucediendo en nuestros días, porque el hombre siempre se siente tentado a dejarse embaucar por los seguidores del <príncipe de la mentira>, fácilmente reconocibles, porque únicamente dan testimonio de sí mismos, como advirtió Jesús en su discurso. 
 


Por otra parte, el Papa Benedicto XVI refiriéndose a aquellos instantes angustiosos, sufridos por  Jesús en el huerto de Getsemaní destacaba, como no podría ser de otro  modo, el hecho relevante de la fidelidad total al Padre por el Hijo (Jesús de Nazaret 2ª Parte. Papa Benedicto XVI):
“En otras noches Jesús se había retirado a Betania. En ésta, que celebra como su noche de Pascua, sigue la prescripción de no salir del territorio de la ciudad de Jerusalén, cuyos confines habían sido ampliados para aquella ocasión con el fin de dar la posibilidad a todos los peregrinos de ser fieles a la Ley. Jesús observa la norma, precisamente por eso, va conscientemente al encuentro del traidor y de la hora de su Pasión…

Todo esto está en profunda continuidad con la voluntad originaria de Dios, a la vez que supone un cambio decisivo en la historia de las religiones, que se hace realidad en la Cruz…
Las dos partes de la oración de Jesús aparecen como una contraposición entre dos voluntades: una es la <voluntad natural>, que se resiste al aspecto monstruoso y destructivo de aquello a lo que se enfrenta, y quisiera pedir que el <cáliz se aleje de él>; la otra es la <la voluntad del Hijo> que se abandona totalmente en la voluntad del Padre…”

 
Se trata de un ejemplo admirable de Jesús, ante el peligro que ya se cernía sobre él; el Mesías se muestra voluntariamente dispuesto a afrontarlo por fidelidad al Padre y por amor a los hombres, un ejemplo seguido más tarde, por muchos hombres y mujeres que entregaron también la vida por amor a Jesús y a los hombres, empezando por los Apóstoles y siguiendo por todos los santos y santas mártires, que a lo largo de los siglos han demostrado que la Palabra de Cristo y su sacrificio en la Cruz no han sido una derrota sino una victoria del bien sobre el mal.

 


La Iglesia fundada por Cristo desde muy antiguo, rinde homenaje a la memoria de estos hombres, mujeres y niños mártires, venerándoles como se merecen, pues dieron la vida por el Señor y su Mensaje y son una lección estremecedora y vital para los cristianos de todos los tiempos.

La fidelidad del Hijo al Padre  se mostró claramente, así mismo, durante  la fiesta de Pascua, en Jerusalén, muy próxima ya la Pasión  y Muerte en la Cruz de Cristo, cuando algunos griegos se acercaron  al Apóstol Felipe y le pidieron verle, lo que dio motivo al Señor para proclamar que había llegado la hora de la glorificación del Hijo del hombre, esto es, del Mesías (Jn 12, 25-28):
"El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna / El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará / Ahora mi alma esta agitada, y ¿Qué diré?: “Padre, líbrame de esta hora “. Pero si por esto he venido para esta hora: / <Padre, glorifica tu nombre>. Entonces vino una voz del cielo: <Lo he glorificado y volveré a glorificarlo>"

 
Como aseguraba Benedicto XVI la aflicción de su alma humana, impulsaba a Jesús  pedir ser salvado de aquella hora, pero la conciencia de su Misión, le hacía pronunciar la segunda petición, la petición de que Dios glorifique su nombre (Jesús de Nazaret 2ª Parte):
“Justamente la Cruz, la aceptación de algo terrible, el entrar en la ignominia del exterminio de la propia dignidad, se convierte en la glorificación del nombre de Dios. En efecto, Dios hace ver claramente así precisamente lo que es: el Dios que, en el abismo de su amor, en la entrega de sí mismo, opone a todos los poderes del mal el verdadero poder del bien.
Jesús pronunció las dos peticiones, pero la primera, la de ser liberado, se funde con la segunda, en la que ruega por la glorificación de Dios en la realización de su voluntad; así, el conflicto en lo más intimo de la existencia humana de Jesús se recompensa en la unidad”

 


En esta misma línea de pensamiento, el Papa San Juan Pablo II aseguraba:

“La historia de la salvación se sintetiza en la fundamental constatación de una gran intervención de Dios  en la historia del hombre. Tal intervención alcanza  su culminación en el Misterio Pascual, la Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo de Jesús, completado por el Pentecostés, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
Esta historia, a la vez que revela la voluntad salvífica de Dios, revela también la Misión de la Iglesia. Es la historia de todos los hombres y de toda la familia humana, al comienzo creada y luego recreada en Cristo y en la Iglesia…
La historia de la salvación ofrece siempre nueva inspiración para interpretar la historia  de la humanidad. Por eso, numerosos pensadores e historiadores contemporáneos se interesan también por la historia de la salvación.
Ella propone realmente el tema más apasionante. Todos los interrogantes que el Concilio Vaticano II se planteó se reducen, en definitiva, a este tema

En la historia de la salvación no se plantea sólo la cuestión de la historia del hombre, sino que afronta también el problema del sentido de su existencia. Por eso es, al mismo tiempo, historia y metafísica. Es más, se podría decir que es la forma de teología más integral, la teología de todos los encuentros entre Dios y el mundo” (Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Messori. 1994)

En nuestra época, lamentablemente se ha difundido, sobre todo en Occidente, la idea de que Dios es extraño a la vida y a los problemas de los hombres y, más aún, que su presencia puede ser incluso una amenaza para la autonomía del ser humano.
Sin embargo, toda la economía de la salvación nos muestra que Dios habla e interviene en la historia en favor del hombre y de su salvación. Por otra parte, deberíamos recordar que según narran los evangelistas, Jesús, en distintas ocasiones, se da a conocer con el Nombre Divino, esto es, <Yo soy>; este nombre, tal como se nos indica  en el Catecismo de la Iglesia Católica  expresa formalmente la fidelidad de Dios (C.I.C. nº211):
“El nombre divino <Yo soy> o <Él es>, expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merecen, <mantiene su amor por generosidad> (Ex 34, 7)…Jesús dando su vida para librarnos del pecado, revelaba que Él mismo lleva el nombre divino: <Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que <Yo soy>>” (Jn 8,28)

 



Entendamos, pues, que Jesús se reconoce <Yo soy>, enviado por el Padre y por eso su <juicio es justo>, tal como manifestaba en Galilea (Jn 5, 30). Él juzga  según su Padre le dicta, Él no pretende hacer su voluntad, sino que fiel al Padre, cumple la voluntad del Padre, tal como puso, tan desinteresadamente en evidencia, durante su Pasión, Muerte, y Resurrección por la salvación del género humano.

Son estos hechos los que deben ser puestos en valor, frente a otras creencias contrarias a el cristianismo, porque solamente  en éste, encontramos al Dios que amó hasta el extremo...
No se trata de un Dios alejado del hombre que no se ocupa de él, después de haberlo  creado...
Jesús dijo como cualquier otro ser humano ¡Que pase de mí este cáliz! pero sin embargo fiel  al Padre aceptó el martirio y la muerte a favor de los hombres, incluso mucho antes de que estos acontecimientos sé produjeran, él dijo: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que <Yo soy>"  (Jn 8, 28).

En definitiva, con su Pasión, Muerte y Resurrección, Jesucristo nos ha mostrado el camino que conduce a Dios, la puerta, sin duda estrecha, por la que hemos de pasar los hombres para acercarnos a Él:
“Ahora ya está abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su Cruz: llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios. Y nos dice más o menos lo siguiente: si las pruebas que Dios te da de su existencia en la creación no logran abrirte a Él; si la Palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces mírame a mí, al Dios que sufre por ti, que personalmente padece contigo; mira que sufro por amor a ti y ábrete a mí, tu Señor y tu Dios” (Dios está cerca. Papa Benedicto XVI. Chronica Editorial S.L. 2011).

 



Para conseguir abandonarnos totalmente a la voluntad de Cristo, para abrirnos a Él, como Él nos pide incesantemente desde la Cruz, es necesario un cambio interior de nuestra existencia. Porque Jesús nos exige que ya no estemos encerrado en el yo, considerando nuestra autorrealización como la razón principal de vida. Requiere que nos entreguemos totalmente por la verdad, por amor a Dios que en Jesucristo, me precede y me indica el camino:

“Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, si no de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en persona. Siguiéndolo a Él, entro al servicio de la verdad y del amor. Perdiéndome, me encuentro.
¡Cuán importante es hoy precisamente no dejarse llevar simplemente  de un lado a otro de la vida, no contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen, escrutar a Dios y buscar a Dios, no dejar que el interrogante sobre Dios se disuelva en nuestra alma, el deseo de lo que es más grande, el deseo de conocerlo a Él! ”   (Papa Benedicto XVI ; Ibid)


En este punto, tengamos en cuenta, que Cristo  siendo fiel al Padre, venció a la muerte; resucitando al tercer día de entre los muertos, <inauguró una dimensión histórica escatológica> y así sucedió, como ya en la antigüedad los profetas habían anunciado y  relacionado este acontecimiento con la salvación del hombre. Concretamente Habacuc  advertía: “He aquí  que el insolente no tiene el alma rectamente dispuesta, más el justo, en su fidelidad vivirá” (Hab 2, 4).

Ahora bien, no podemos cerrar los ojos a los acontecimientos que hoy en día suceden y que están en total contraposición con estos deseos de liberación y redención, inscritos en el corazón del hombre, desde el principio, por Dios, nuestro Creador.
En los temas relativos especialmente al comportamiento moral, la sociedad actual, ha adquirido tal relajación  que como denunciaba, no hace tanto, el Papa San Juan Pablo II:

 



”Algunos sostienen que en las cuestiones de moralidad, y en primer lugar en las de ética sexual, la Iglesia y el Papa no van de acuerdo con la tendencia dominante en el mundo contemporáneo, dirigido  cada vez a mayor libertad de costumbres. Y puesto que el mundo se desarrolla en esa dirección, surge la impresión (incluso entre algunos que se llaman creyentes), de que la Iglesia vuelve atrás o, en todo caso, que el mundo se aleja de ella”   

Es una opinión desde luego bastante difundida, especialmente desde principios del siglo pasado, e incluso a finales del siglo XIX, pero no, esto no es así, lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo por desgracia es que el hombre se ha dejado llevar por sus pasiones más bajas, oyendo los consejos, como siempre, del <príncipe de la mentira> y sus acólitos, en estos días numerosísimos y poseedores de medios de propagación de sus ideas, enormemente potentes y alienantes.
Como denunciaba también el Papa Juan Pablo II:
”Los medios de propagación han acostumbrado a numerosos sectores de la sociedad a escuchar solamente lo que <halaga a sus oídos> (II Timoteo 4,3) y aún es peor cuando, los teólogos, especialmente los moralistas, se alían con estos medios que como es obvio, dan una amplia resonancia a cuanto estos dicen y escriben en contra de la <sana doctrina>” (Cruzando el Umbral de la esperanza. J. Pablo II).


Por otra parte, como manifestaba también, el Papa Benedicto XVI, tratando de ayudarnos a discernir y encontrar la voz de Dios entre las muchas voces, casi siempre poco autorizadas, que escuchamos  todos los días, sobre temas de trascendencia escatológica:
“El panorama internacional, presenta perspectivas prometedoras de desarrollo económico y social; y por otra, ofrece a nuestra atención algunas fuertes preocupaciones por lo que se refiere al futuro mismo del hombre. En no pocos casos, la violencia marca las relaciones entre las personas y entre los pueblos; la pobreza oprime a millones de habitantes; las discriminaciones e incluso las persecuciones por motivos raciales, culturales y religiosas, obligan a muchas personas a huir de sus países para buscar refugio y protección en otros lugares.
 


Cuando el progreso tecnológico no tiene como fin la dignidad y el bien del hombre, ni está ordenado a un desarrollo solidario, pierde su fuerza de factor de esperanza, y corre el peligro de acentuar los desequilibrios y la injusticia ya existente. Existe además una amenaza constante por lo que se refiere a la relación hombre-ambiente, debido al uso indiscriminado de los recursos, con repercusiones también sobre la salud física y mental del ser humano. El futuro del hombre corre peligro debido a los atentados  contra su vida, atentados que asumen  varias formas  y modos” (Benedicto XVI. Dios está cerca. Ed. Chronica S.L. 2011).

 
No podemos pasar por alto estas últimas advertencias e inquietudes del Papa Benedicto XVI:

¿Cuáles son estas formas y modos, qué pueden hacer peligrar la existencia del hombre y por tanto su salvación? Son sobre todo  las mismas, que ya han denunciado también otros Papas. Son aquellas que van en contra de la <defensa de la vida>, porque como aseguraba, por ejemplo, el Papa San Juan Pablo II:



“El derecho a la vida es para el hombre, el derecho fundamental… ¡No hay ningún otro derecho que afecte más de cerca a la existencia misma de la persona! Derecho a la vida significa derecho a venir a la luz y luego, a perseverar en la existencia hasta su natural extinción: <mientras vivo tengo derecho a vivir>"  (Papa Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Ibid).
 

 
Así es,  el deber de respetar la dignidad de cada ser humano, en el cual se refleja la imagen de del Creador, comporta la <defensa de la vida>, porque la vida no es un don que el sujeto  tiene a su entera disposición:
“Es preciso denunciar que  además de los conflictos armados, del terrorismo, y de las diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas contra la ancianidad, por el hambre, el aborto, la experimentación con embriones y un largo etc.

Parece que el hombre haya olvidado el ejemplo de fidelidad al Padre dado por Jesús...
Parece que haya olvidado que el ejemplo a seguir, para caminar por la senda de la salvación es el dado por Jesucristo, el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor: <Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor> ” (Benedicto XVI Ibid)

 
Entonces: ¿De qué nos hubiera valido  el sacrificio de nuestro Salvador y su Resurrección? Debemos reflexionar sobre este tema con más frecuencia, porque la fidelidad de Jesús para el Padre ha abierto, al ser humano, el camino de la salvación, el camino que nos conduce a esa tan deseada <vida eterna>. Por la Resurrección de Jesús se ha abierto la historia del hombre más allá de sí misma, porque:

 


 
“Él ha resucitado verdaderamente. Él es el Viviente. A Él nos debemos encomendar con la seguridad de estar en la senda justa. Con el apóstol Tomás debemos meter nuestra mano en el costado traspasado de Jesús y confesar ¡Señor mío y Dios mío! ” (Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. 2ª Parte)







 

 

 

   

 

martes, 2 de diciembre de 2014

JESÚS Y SU PREDILECCIÓN POR LOS ENFERMOS



 
 


Jesús a lo largo de su vida pública siempre demostró gran predilección por los inválidos y enfermos, tanto de cuerpo como de espíritu, los curaba mediante milagros portentosos, que hacían que cada vez fuera mayor el número de personas que le seguían admiradas, aunque no todas aceptaban su origen divino.

Por otra parte, queriendo compartir con sus discípulos este amor por los más necesitados, los envió también a ellos a curar a las gentes como primicia de lo que más tarde les encomendaría.
Es el modelo a seguir que Jesús nos ha dado a los hombres de todos los tiempos, a través del comportamiento de sus Apóstoles, con los enfermos y más necesitados, incluso con aquellos que han sido poseídos por el maligno...



Son enfermos del alma, que necesitan de una ayuda espiritual, aunque en principio la rechacen, y sólo Dios pueda hacer el milagro de su conversión, porque “en la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos”
(Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XX Jornada mundial del enfermo; 2012).  


En estos tiempos, en los que ya en muchos países se lleva a cabo la acción antihumana de provocar la muerte a los enfermos incurables para evitar, eso dicen, males mayores a las personas, bien bajo el amparo de leyes objetivamente injustas, o incluso sin su amparo, deberíamos reflexionar los cristianos y los no creyentes sobre el terrible mal que supone la aplicación de lo que se ha dado en llamar  una <Buena Muerte>...

Realizar esta acción que conlleva un <protocolo de muerte> y no <una muerte feliz>, como algunos la llaman, queriendo enmascarar el verdadero sentido de la misma, no es desde luego la mejor manera de tratar a los seres humanos, aunque estos se encuentren en una situación irreversible de sus enfermedades, y mucho menos una forma <indolora> o <buena> de morir.



Esto nos lleva a considerar que Dios, único  con derecho sobre la vida y la muerte del ser humano por Él creado, al final de los tiempos (Parusía), tendrá en cuenta el terrible pecado cometido por aquellos que aceptan ó practican métodos execrables.

Como aseguraba el Papa San Juan Pablo II:

“La espera en Alguien que, al fin, diga la verdad sobre el bien y  sobre el mal de los actos humanos, y premie el bien y castigue el mal, no es completamente ajena a los hombres de todos los tiempos, estos siguen guardando en lo más profundo de sus almas esta convicción; ni siquiera los horrores de las guerras, y las graves injusticias cometidas por algunos a lo largo de la historia de la humanidad, han podido eliminar del todo esta verdad absoluta.

<Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que le esperan> (Heb 9, 27-28)”
 
 


Sí, es un gravísimo pecado el que atenta contra el quinto mandamiento de la Ley de Dios; fue recordado por Jesús en su Sermón de la montaña (Mt 5, 21-22):

-Habéis oído que se dijo a los antiguos: <No matarás>, y el que mate será reo de juicio.

-Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera, contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama necio merece la condena de la gehena del fuego.

 Por eso, como también aseguraba el Papa San Juan Pablo II:

“Dios, que es el supremo legislador, promulgó con gran fuerza sobre el Sinaí, el mandamiento de <No matar> como un imperativo moral de carácter absoluto. Emmanuel Lévinas (gran filósofo judío del siglo XX), que como sus compañeros vivió profundamente el drama del Holocausto, ofrece de este fundamental mandamiento de Decálogo una singular formula: para él, la persona se manifiesta a través del rostro.

La <filosofía del rostro> es también uno de los temas del Antiguo Testamento, de los Salmos y de los escritos de los Profetas, en los que con frecuencia se habla de la búsqueda del rostro de Dios (Salmo 27 (26), 8).



A través del rostro habla el hombre, habla, en particular, todo hombre que ha sufrido una injusticia, habla y pronuncia estas palabras: ¡No me mates!

El rostro humano y el mandamiento de <No matar>, se unen en Lévinas de modo genial, convirtiéndose al mismo tiempo en un testimonio de nuestra época, en la que incluso Parlamentos, Parlamentos democráticamente elegidos, decretan asesinatos con tanta facilidad”

 (Cruzando el Umbral de la esperanza. Defensa de cualquier vida. Juan pablo II. Edita Vittorio Massori. Círculo de Lectores 2009).

Por eso, los Padres y  los Pontífices de la Iglesia  han manifestado siempre que el amor y cuidado de los familiares enfermos y desvalidos, así como la labor de profesionales y voluntarios al servicio de los que están sometidos al dolor y los sufrimientos físicos, representan admirables comportamientos del ser humano. Concretamente el Papa San Juan Pablo II se expresaba en estos términos con motivo de la <III Jornada Mundial del enfermo>, celebrada en el Santuario de Loreto, el 11 de febrero de 1998:

“La asistencia a los familiares enfermos, realizada con espíritu de amorosa donación de sí y sostenida por la fe, la oración, y por los Sacramentos, puede transformarse en instrumento terapéutico insustituible para el enfermo y ser para todos ocasión para descubrir preciosos valores humanos y espirituales.



En este marco, dirijo un pensamiento especial a los agentes sanitarios y de la pastoral sanitaria, a los profesionales y voluntarios, que viven continuamente al lado de las necesidades de los enfermos. Deseo animaros para que mantengáis siempre un elevado concepto de la tarea que os ha sido confiada, y nunca os dejéis abrumar por las dificultades y las incomprensiones.

Estar comprometidos en el mundo sanitario no solo quiere decir combatir el mal, sino sobre todo promover la calidad de la vida humana. Así mismo, el cristiano, consciente de que <la gloria de Dios es el hombre viviente>, honra a Dios en el cuerpo humano tanto en aquellos aspectos que realzan la fuerza, la vitalidad y la belleza, como en aquellas situaciones donde se presenta la fragilidad y el derrumbamiento. Proclama siempre el valor transcendente de la persona, cuya dignidad permanece intacta no obstante la experiencia del dolor, de la enfermedad y del avance de los años”.

En efecto, como aseguraba el Papa Juan Pablo II, la ancianidad, la enfermedad y los padecimientos en general, no hacen perder al ser humano su dignidad, cuestión esta última que es totalmente extinguida mediante la aplicación de la eutanasia, práctica anti sanitaria que mancilla y destruye a las personas, muchas veces de forma encubierta por un falso sentido de la caridad y donde solo priman aspectos relacionados con la economía doméstica y/o sanitaria y el confort y/o desinterés de las personas que deciden practicarla sobre  enfermos propios o ajenos.

En este sentido, en el Catecismo de la Iglesia Católica, según el Concilio Ecuménico Vaticano II, podemos leer que (nº 2276 y ss):



“Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.
Cualquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas, o moribundas. Esto es moralmente inaceptable.
Por tanto, una acción o una omisión que de suyo o en la intención provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre…

Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar el sufrimiento, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados”.

 


Fue el Papa Juan Pablo II el que acogiendo con atención y sentimiento la solicitud que le presentaba el Consejo Pontificio para la Pastoral de los agentes sanitarios, así como teniendo en cuenta el interés presentado por distintas Conferencias Episcopales y organismos Católicos nacionales e internacionales, el que decidió instituir  la <Jornada mundial del enfermo>, con la idea de celebrarla el 11 de febrero de cada año, coincidiendo con la memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes. Precisamente en su carta al Cardenal Fiorenzo Angelini, Presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de los agentes sanitarios, de aquel momento, manifestaba así su opinión al respecto (Vaticano 13 de mayo de 1992):

“La Iglesia que a ejemplo de Cristo, siempre ha sentido el deber de servicio a los enfermos y a los que sufren, como parte integral de su misión, es consciente de que <en la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo, si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión> (Exhortación Apostólica < Christifideles laici> del Papa San Juan Pablo II, dada en Roma, 1988). Y no deja de subrayar el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia de la redención (Carta Encíclica <Redemptoris missio> del Papa San Juan Pablo II, dada en Roma, 1990).
 
 


La celebración anual de la <Jornada mundial del enfermo> tiene, por tanto, como objetivo manifiesto sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las varias instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos; ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el sobrenatural, el sufrimiento, hacer que se comprometan en la pastoral sanitaria de manera especial las diócesis, las comunidades cristianas y las familias religiosas; favorecer el compromiso cada vez más valioso del voluntariado; recordar la importancia de la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios; y, por último, hacer que los sacerdotes diocesanos, así como cuantos viven y trabajan junto a los que sufren, comprendan mejor la importancia de la asistencia religiosa a los enfermos”

Son ya veintidós las <Jornadas Mundiales del enfermo> realizadas desde aquel mismo momento. La última ha tenido lugar, como es lógico, este mismo año 2014, bajo el Pontificado del Papa Francisco, con el siguiente emblema: <Fe y caridad. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos (I Jn 3, 16)>. En su mensaje, con motivo de dichas Jornadas el Pontífice, entre otras cuestiones de gran interés señalaba que:



“El Hijo de Dios hecho hombre no ha eliminado de la experiencia humana la enfermedad y el sufrimiento sino que, tomándolos sobre sí, los ha transformado y delimitado. Delimitado, porque ya no tienen la última palabra que, por el contrario, es la vida nueva en plenitud; transformado, porque en unión con Cristo, de experiencias negativas, se pueden llegar a las positivas. Jesús es el camino, y con su Espíritu podemos seguirle. Como el Padre ha entregado al Hijo por amor, el Hijo se entregó por el mismo amor, también nosotros podemos amar a los demás como Dios nos ha amado, dando la vida por nuestros hermanos.

La fe en el Dios bueno se convierte en bondad, la fe en el Cristo Crucificado se convierte en la fuerza para amar hasta el final y hasta a los enemigos. La prueba de la fe auténtica en Cristo es el don del sí, el difundirse del amor al prójimo, experimentalmente por el que no lo merece, por el que sufre, por el que está marginado”




Así es, la <fe en Cristo Crucificado se convierte en fuerza para amar hasta el final…>, tal como nos ha asegurado el Papa Francisco, un hombre de nuestro tiempo, que conoce bien al ser humano y que inspirado por el Espíritu Santo dirige la Iglesia de Cristo con paso seguro, humildemente y rebosando amor a sus semejantes.

Su predecesor en la silla de Pedro, el Papa Benedicto XVI también poseía las mismas cualidades, demostrando ese amor en muchísimas ocasiones como por ejemplo en su encuentro con el mundo de los enfermos e incapacitados por la ancianidad o las enfermedades:

“El encuentro de Jesús con los diez leprosos, descrito en el Evangelio de San Lucas (Lc 17, 11-12), y en particular las palabras que el Señor dirige a uno de ellos: ¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado! ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor. En el encuentro con Él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree nunca está solo!



En efecto, Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo…Quién invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, está seguro de que el amor no le abandona nunca, y de que, la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca le faltará” (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión de la <XX Jornada Mundial del enfermo> celebrada el 11 de febrero de 2012).

En este mismo hermoso mensaje el Papa Benedicto nos habló, con razón, del Sacramento de la Unción, que los cristianos solemos tener muy abandonado y que en tantas ocasiones no nos atrevemos a recibir o solicitar para nuestros seres queridos, cuando  padecen graves enfermedades, llevados de un ancestral miedo que nos induce a creer que esto supondría haber llegado al último momento de la vida.



Nada más lejos de la realidad, este Sacramento está pensado por Cristo como medio de sanación y no de muerte, posee por tanto poder sanador físico y espiritual, tal como se ha podido comprobar en tantas ocasiones…Por otra parte <Dios rico en misericordia (Ef 2, 4), como el padre de la parábola evangélica (Lc 15, 11-32), no cierra el corazón a ninguno de sus hijos, sino que los espera, los busca, los alcanza allí donde el rechazo le ha encerrado en aislamiento y la división, los llama a reunirse en torno a su mesa, en la alegría de la fiesta del perdón y la reconciliación:

“Él no solo ha enviado discípulos a curar las heridas (Mt 10,8; Lc 9,2; 10, 9) sino que también ha instituido para ellos un Sacramento específico: la Unción de los enfermos. La carta de Santiago (el Menor, primer Obispo de Jerusalén) atestigua la presencia de este gesto Sacramental, ya en la primera comunidad cristiana (St 5, 14-16): con la Unción de los enfermos, acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda al enfermo al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie sus penas y los salve, y le exhorta a unirse espiritualmente a la Pasión y a la Muerte de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del pueblo de Dios…”(Papa Benedicto XVI. Ibid).

Ciertamente la lucha contra la enfermedad y el sufrimiento humano, son dos de los problemas más graves, que desde antiguo, aquejan a la humanidad, la cual se ha esforzado en gran manera por resolverlos, habiendo logrado en el campo de la medicina, de la química, y de otras disciplinas de las ciencias humanas grandes avances y éxitos en este sentido, pero el dolor y el sufrimiento nunca se han podido paliar del todo; es entonces cuando los seres humanos experimentamos la impotencia y la sensación de finitud a la que estamos todos abocados.

En algunos casos, incluso, la enfermedad puede conducir a la angustia, a la depresión, a la desesperación y en casos extremos a la rebeldía contra el Creador. Sin embargo, también se ha podido comprobar a lo largo de los siglos, que todos estos estados del alma humana, han sido combatidos con éxito por muchos hombres y mujeres, los cuales llevados por su preparación moral y espiritual, pidieron a Dios la ayuda que necesitaban y clemencia para los errores cometidos en esta vida pasajera, como san Agustín, a sabiendas de que las  recibirían  de nuestro Padre, que nunca nos abandona.



De cualquier manera, todos los seres humanos, creyentes o no, llevan inscrito en su corazón, aún sin ellos saberlo, la necesidad de pedir clemencia y ayuda a su Creador en esos momentos críticos, y Él nunca falla. Por eso, el Sacramento de la Unción es un regalo del Señor que no debemos desdeñar, a priori, como algo del pasado, y hasta de mal agüero, porque Jesucristo lo instituyó como medio de sanación del cuerpo y del alma del ser humano.

El Papa Pablo VI nos habló también de la Unción, antiguamente llamada <Extremaunción>, en la Constitución Apostólica <Sacram Untionem>, por la que se aprobaba el <Ordo Unctinis Informorum>, promulgado el 7 de diciembre del año 1972. En dicha Constitución el santo Padre, expone así, los fundamentos sobre los que se basa este  Sacramento:

“La Sagrada Unción de los enfermos, tal como lo reconoce y lo enseña la Iglesia, es uno de los siete Sacramentos del Nuevo Testamento, instituido por Jesucristo, nuestro Señor, esbozado ya en el Evangelio de San Marcos (Mc 6, 7 y 11), recomendado a los fieles: <llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos…

 


Ellos marcharon y predicaban la conversión. Expulsaban muchos demonios, <ungían con aceite> a muchos enfermos y los curaban>, y promulgado, en su carta, por el Apóstol Santiago (primer Obispo de Jerusalén) (St 5, 14-15): ¿Está enfermo, alguno de vosotros? llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de <ungirlo con óleo>, en nombre del Señor. Y la oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo curará, y si hubiera cometido algún pecado le será perdonado”


Como definió el Concilio Tridentino (Concilio Ecuménico de Trento. Dez.908, 926), con estas palabras:
“El Apóstol Santiago el Menor promulgó el Sacramento de la Extremaunción ó Unción de los enfermos, anteriormente constituido por Cristo, en el cual el sujeto que lo recibe es el enfermo grave; el ministro es el presbítero (sacerdote); la materia remota es el óleo, la próxima la unción; la forma la oración es la oración de la fe, que se ha concentrado en una fórmula ritual de la Iglesia; los efectos son tres, a saber, la salud corporal, si conviene, el alivio y consuelo espiritual y el perdón de los pecados”.

Por otra parte, como dijo el Papa Pablo VI (Ibid):
“Testimonios sobre la Unción de los enfermos se encuentran desde tiempos antiguos en la Tradición de la Iglesia, especialmente en la liturgia, tanto en Oriente como en Occidente. En este sentido se puede recordar de manera particular la carta de nuestro venerado predecesor san Inocencio I (siglo V), al Obispo de Gubbio, y el texto de la oración usada para bendecir el óleo de los enfermos: <Derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Defensor>, que fue introducida en la plegaria eucarística y se conserva aún en el Pontifical romano”



Todos estos datos, tan interesantes, sobre el Sacramento de la Unción, son casi desconocidos por los mismos creyentes, siendo como es, uno de los dones mayores que nos dejó en herencia nuestro Señor Jesucristo.

Sin duda la Iglesia en muchos aspectos necesita un nuevo impulso, es necesario como diría el Papa Benedicto XVI: <Hablar de los criterios morales que conciernen a temas como los planteados por la biomedicina en materia de sexualidad, de vida naciente, de procreación, así como en el modo de tratar y curar a los enfermos>.

Pero precisamente refiriéndonos a este último aspecto, se debería recordar también la importancia de este Sacramento de la Unción, instituido por Jesucristo, que posee tanta capacidad de sanación, y que ha sido tan ignorado, u obviado, en  ocasiones necesarias.

¡Sanad a los enfermos! (Mt 10, 8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, medico de las almas y de los cuerpos.

Esta presencia actúa particularmente a través de los Sacramentos, y de modo especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (Jn 6, 54, 58) y cuya conexión a la salud corporal insinúa ya San Pablo en su primera carta a los corintios (I Co 11, 30)(C.I.C. nº1506, 1508, 1509).
 


San Pablo, en efecto, se dirigió al pueblo de Corintio mediante una carta en la que de acuerdo con la tradición bíblica judía, vinculaba los casos de enfermedad y muerte que se daban en dicha ciudad con los comportamientos anticristianos y especialmente con aquellos  que se producían al celebrar la  Última Cena del Señor (I Co 11, 26-30).

Ciertamente el Sacramento de la Eucaristía, nos pone en presencia de los acontecimientos ocurridos en el monte Calvario y nos anuncia la salvación ofrecida entonces por el Señor, como prenda de la salvación final, en los últimos tiempos, con la vuelta del Mesías para hacer justicia. Por eso San Pablo sigue diciendo en su carta (I Co 11, 31-34)

"Por el contrario, si nos examinamos personalmente, no seremos juzgados / Aunque cuando nos juzga el Señor, recibimos una admonición (advertencia), para no ser condenados junto con el mundo / Por ello, hermanos míos, cuando os reunís para comer esperaos unos a otros / Si uno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis en condena"

Estas palabras del Apóstol y otras muchas, de los santos Padres de la Iglesia, nos han servido a los cristianos para comprender porque la Iglesia de Cristo, cree y confiesa que entre los siete Sacramentos instituidos por el Señor, existe uno, especialmente destinado a cubrir todas las necesidades de las personas enfermas o no, que es la Eucaristía y que por eso, es conveniente, si ello es posible, que acompañe también al Sacramento de la Unción de los enfermos, como Viático (Catecismo de la Iglesia católica nº 1524-1525):



"Recibido en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene un significado y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según la Palabra del Señor: <El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día> (Jn 6, 54). Puesto que es Sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí Sacramento de paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre / sí, como los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía, constituyen una unidad llamada <los Sacramentos de la iniciación cristiana>. Se puede decir que la  Penitencia, la Unción de los enfermos, y la Eucaristía, en cuanto Viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, <los Sacramentos que cierran la peregrinación"  

El Papa Francisco, muy recientemente, nos ha informado también, sobre este importante Sacramento de la Unción de los enfermos, con la idea, como él mismo asegura, de <ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios>. Este acontecimiento ha tenido lugar durante su Audiencia General en la plaza de San Pedro, el miércoles día 26 de febrero de este mismo año, 2014. Y entre muchas otras cosas interesantes manifestó:


“Jesús, en efecto, enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos y por quienes sufren, y les transmitió la capacidad y la tarea de seguir dispensando en su nombre y según su corazón alivio y paz, a través de la gracia especial del Sacramento de la Unción. Esto, sin embargo, no nos debe hacer caer en la búsqueda obsesiva del milagro, o en la presunción  de poder obtener siempre y de todos los modos la curación. Sino que es la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo y también al anciano, porque cada anciano, cada persona de más de 65 años, puede recibir este Sacramento, mediante el cual es Jesús mismo quien se acerca a nosotros”

Sí, Jesús se acerca entonces y siempre para salvarnos, pero a veces nos preguntamos ¿Cómo nos salva? Incluso algunos con impaciencia y desconocimiento del Mensaje de Cristo puede llegar a preguntar ¿Qué significa salvar? ¿En qué consiste esa salvación?


Preguntas todas que le fueron hechas al Papa Juan Pablo II por un periodista en nombre de los seres humanos y que fueron contestadas por el Pontífice y reflejadas por dicho periodista, hoy día felizmente converso, en el libro <Cruzando el umbral de la esperanza. Ibid):
“Dios está siempre de parte de los que sufren. Su omnipotencia se manifiesta precisamente en el hecho de haber aceptado libremente el sufrimiento…El hecho de que haya permanecido sobre la Cruz hasta el final, el hecho de que sobre la Cruz haya podido decir como todos los que sufren: <Dios mío, Dios mío ¡por qué me has abandonado? (Mc 15, 34), este hecho, ha quedado en la historia del hombre como el argumento más fuerte. Si no hubiera existido la agonía de la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar…
Salvar significa liberar del mal. No se trata solamente del mal social, como la injusticia, la opresión, la explotación; ni solamente de las enfermedades, de las catástrofes…Salvar quiere decir liberal del <mal radical, definitivo>. Semejante mal no es siquiera la muerte. No lo es si después viene la Resurrección…La Resurrección sucede por obra de Cristo. Por obra del Redentor  la muerte deja de ser un mal definitivo, está sometida al poder de la vida.

El mundo no tiene poder semejante. El mundo que puede perfeccionar sus técnicas terapéuticas en tantos ámbitos, no tiene poder de liberar al hombre de la muerte. Y por eso el mundo no puede ser fuente de salvación para el hombre. Solamente Dios salva, y salva a toda la humanidad en Cristo. El mismo nombre de Jesús (Joshua, Dios que salva), habla de esta salvación…



Es sobre todo el amor el que posee poder salvífico. El poder salvífico del amor-según San Pablo- (Carta a los Corintios), es más grande que el puro conocimiento de la verdad: < Estas tres cosas permanecen ¡La fe, la esperanza y la caridad! pero de todas ellas la más importante  ¡la más grande es la caridad! > (I Co 13, 13).
La salvación por medio del amor es, al mismo tiempo, plenitud de Verdad, y también plenitud de la belleza. Todo esto es Dios. Dios ha abierto estas <fuentes de vida y de santidad> ante el hombre en Jesucristo”


Sí, como nos recuerda el Santo Padre en su catequesis, el <corazón de Jesús es fuente de vida y santidad>, entre otras muchas cosas, expuestas en las <Letanías del Sagrado Corazón de Jesús> (Inspiradas en las fuentes bíblicas y reflejo de las experiencias más profundas de los corazones humanos)  y por eso nos es grato terminar esta reflexión sobre la predilección del Señor por los enfermos y desvalidos, con la oración  que se suele decir al final de  las mismas:

“Omnipotente y Sempiterno Dios, mirad el Corazón de vuestro muy amado Hijo, y a las alabanzas y satisfacciones que os tributa  en nombre de los pecadores; conceded benigno el perdón a los que invocamos vuestra misericordia, en nombre del mismo Jesucristo, vuestro Hijo que con Vos vive y reina, en unión del Espíritu Santo”

 


 

 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

JESÚS DIJO: TU FE TE HA SALVADO



 
 



Recordemos que Jesús solía decir <tu fe te ha salvado>, cuando curaba milagrosamente de los males del cuerpo y del alma. Así sucedió por ejemplo en el caso de los leprosos, curados camino de Jerusalén, cuando ingratamente sólo uno de ellos regresó para darle las gracias al Señor (Lc 17, 11-19):

"Acaeció que, al dirigirse Él a Jerusalén, pasaba  entre los confines de Samaria y de Galilea / Y al entrar Él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales, manteniéndose a distancia / levantaron la voz diciendo <Jesús Rabino, compadécete de nosotros> / Luego que los vio, les dijo: Id y mostraros a los sacerdotes. Y sucedió que mientras iban quedaron limpios / Uno de ellos, viendo que había sido curado, volvió atrás, glorificando a Dios a grandes voces / y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le dio las gracias. Era samaritano / Tomando Jesús la palabra, dijo: ¿No quedaron limpios los diez? ¿Y los otros nueve donde están? / ¿No se hallaron quienes volviesen a dar gloria a Dios, sino ese extranjero? / Y dijo: Levántate y vete, <tu fe te ha salvado>"

 


Así sucedió también en otros casos, como el del ciego de Jericó (Mc 10, 46-52):

"Y llegan a Jericó. Y al salir de él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timoteo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna / Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno, comenzó a dar gritos y decía: Hijo de David, ten compasión de mí / Y le increpaban mucho para que se callase. Pero el gritaba mucho más <Hijo de David, ten compasión de mí> / Y deteniéndose Jesús, dijo: Llamadle y llaman al ciego, diciéndole: <Buen ánimo, levántate, te llama> / Él, tirando de la capa, levantándose de un  salto, se vino a Jesús /Y dirigiéndose a él, dijo Jesús: ¿Qué quieres que haga contigo? Él le dijo: Rabino, que yo recobre la vista / Y Jesús le dijo: Anda <tu fe te ha salvado>, Y al instante recobró la vista y le seguía en el camino"

Sí, Cristo busca la fe en las personas que cura de sus males como sucedió en el  caso especialmente emotivo de la hija de una mujer cananea.
En esta ocasión hasta parece, en principio, que Jesús no quiere escuchar las súplicas de la extranjera, aunque en realidad pretende provocar un estallido de su fe conmovedora. La mujer dijo ante lo que parecía reticencia del Señor a su petición (Mt 15, 27): 

<también los perrillos comen las migajas de las mesas de sus dueños> . Por eso, tras de la prueba, Jesús le dice ( Mt 15, 28):

                                       < ¡Grande es tu fe! Hágase como deseas>
 
 


Ciertamente, Jesús quiere despertar en los hombres la fe:

“Desea que respondan a la palabra del Padre, pero lo quiere siempre respetando la dignidad del hombre, porque en la búsqueda misma de fe está ya presente una forma de fe, una forma implícita, y por eso queda ya cumplida la condición necesaria para la salvación”

 (Cruzando el umbral de la esperanza. Juan Pablo II. Círculo de lectores. Editado por Vittorio Messori 2009)
Estas palabras del Papa Juan Pablo II están totalmente en consonancia con lo que  nos enseña  el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 160):

“El hombre al creer debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de la fe es voluntario por su propia naturaleza.
Ciertamente Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en la verdad. Por ello quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados…Esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús.

En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión. Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso  imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él”
 
 

 
Sí, el acto de  fe es voluntario y la Iglesia no cesa de recordarlo a los hombres de todos los  tiempos, porque la <verdadera libertad del individuo proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios>. Por ello se puede asegurar que la educación cristiana está  fundada sobre la libertad, pero no sobre las malas costumbres, que algunos han pretendido imponer, llevados del olvido de Cristo y el consejo del maligno.

Por eso, el repudio del Señor  es una gran desgracia como aseguraba el Papa León XIII (Carta Encíclica <Tametsi Futura>; dada en Roma el 1 de noviembre de 1990): 

 



“El no haber conocido nunca a Jesucristo es una gran desgracia, pero desgracia, al fin, que no envuelve ingratitud ni maldad; mas el repudiarlo u olvidarlo, ya conocido, es un crimen, tan nefando y aborrecible, que parece no puede darse en el hombre, pues Cristo es el origen y el principio de todos los bienes, y el género humano, así como no pudo ser redimido sin su preciosísima sangre, así tampoco puede ser conservado sin su divino poder.
<En ningún otro hay salud; pues ningún otro nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos>”

Sin embargo, en una sociedad como la actual en la que parece que todo está dispuesto por el hombre y para el hombre, se corre el riesgo de que la exaltación de la libertad del individuo llegue a alcanzar cotas inaceptables, pero también insostenibles, porque al presentarse el hombre totalmente autónomo, al margen de Dios, las sociedades tienden a caer en aquellas herejías que en su día defendieron Arrío y sus seguidores, y que tanto daño hicieron a la Iglesia.

Deberíamos recordar las palabras y consejos de Papas como León XIII para evitar estos peligros (Ibid):
“No se crea que el hombre no puede entender y discernir cosas naturales con la luz de su razón; pero aún cuando entendiese con ella todas las cosas, y sin ningún tropiezo guardarse todo precepto en su vida, lo que no puede ser, sin la gracia del Redentor por auxilio, nadie habrá que pudiese confiar en su eterna salvación destituido de la fe:

 
 


<Si alguien no permaneciera en Mí, será echado fuera como una rama, y se secará, y lo recogerán, y lo echarán al fuego y arderá> (Jn 15, 6); < El que no crea será condenado> (Mc 16, 16).

Y por último, demasiadas pruebas y documentos tenemos ante nosotros, de los frutos que acarrea el menosprecio de la fe”  

 
Y es que sin fe no hay salvación, por eso cuando un periodista le hizo  al Papa San Juan  Pablo II, la consabidas preguntas que muchos cristianos católicos se han hecho o están a punto de hacerse, ante la constante llamada de la Iglesia a una <nueva evangelización>:

¿Para qué sirve creer? ¿Acaso no es posible vivir una vida honesta, recta, sin tener que molestarse en tomar el Evangelio en serio?

El  Pontífice respondió con sabías palabras (Ibid):



“A  preguntas semejantes se podría responder muy brevemente: la utilidad de la fe no es comparable con bien alguno, ni siquiera con los bienes de naturaleza moral…

Se puede decir que  la fundamental utilidad de la fe está en el hecho mismo de haber creído, y de haber confiado…
Creyendo y confiando, damos una respuesta a la palabra de Dios: esa palabra no cae en vacío, vuelve con su fruto a aquel que la había pronunciado, como está dicho de modo tan eficaz en el libro del profeta Isaías.

Sin embargo Dios no quiere obligarnos en absoluto a una tal respuesta”

 
El Papa se refiere, al libro de Isaías en el que el Profeta exhortaba al pueblo de Israel en la espera de  recibir la futura Redención (Is. 55, 6-11):

"Buscad a Yahveh, (ahora) que puede ser hallado; clamad a Él, (ahora) que está cerca / Apártese el impío de su camino y el ruin de su designio y conviértase a Yahveh para que se apiade de él, pues ampliamente perdona / Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestras sendas las mías, afirma Yahveh / mas, como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más elevados que vuestros caminos, y mis pensamientos que vuestros pensamientos / Pues así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y allá no vuelven, sino que empapan la tierra y la fecundan y hacen germinar, de suerte que otorga sementera al sembrador y pan al que come / tal, será mi palabra, que ha salido de mi boca: no tornará a mí de vacío, sin que haya producido lo que yo quería, y llevado a efecto felizmente aquello para lo que la envié"
 
 

 
Bellas y significativas las enseñanzas de Dios a través de su Profeta Isaías, que incumben no solo al antiguo pueblo de Israel sino a toda la humanidad a través de los siglos como nos hace ver el Papa San Juan Pablo II en su respuesta a un periodista.

Precisamente en esta misma ocasión el Papa nos recuerda también que el Concilio Vaticano II se ocupó del problema de la libertad del hombre y de su dignidad como ser humano ante la fe salvadora.  En concreto en la <Dignitatis humanae>, se asegura  que (Ibid):

“Por razón de su dignidad todos los seres humanos, en cuanto son personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por eso, investidos de personal responsabilidad, están por su misma naturaleza y por deber moral obligados a buscar la verdad, en primer lugar la concerniente a la religión.

Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias”

Verdaderamente se puede comprende que el Concilio Vaticano II ha tratado la <libertad del hombre> en profundidad, muy seriamente, y ha mostrado como la respuesta dada por el ser humano a Dios y a su Palabra, mediante la fe, está estrechamente unida a la dignidad personal del hombre.



Por eso a la luz de las enseñanzas aportadas por el Concilio podemos exclamar con el Papa San  Juan Pablo II (Ibid):

“La esencial utilidad de la fe cristiana consiste en el hecho de que, a través de ella, el hombre realiza el bien en su naturaleza racional. Y lo realiza dando respuesta a Dios, como es su deber. Un deber no sólo hacia Dios, sino también hacia sí mismo.

Cristo lo ha hecho todo para convencernos de la importancia de esta respuesta que el hombre está llamado a dar en condiciones de libertad interna, para que en ella refulja aquel <Splendor Veritatis> tan esencial a la dignidad humana.

Él ha comprometido a la Iglesia para que actúe del mismo modo: por eso son tan habituales en la historia las protestas contra todos los que han intentado constreñir la fe <convirtiendo con la espada>”



Recordemos también que Jesús se mostró exigente con sus Apósteles cuando estos le piden que les aumente la fe, al igual que lo sigue haciendo con todos nosotros (Lc 17, 5-10):

"Dijeron los Apóstoles al Señor: Auméntanos la fe / Dijo el Señor: <Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a este moral –Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería> / <Si uno de vosotros tiene un esclavo ocupado en la labranza o en el pastoreo, cuando llega a casa a su vuelta del campo, ¿acaso le dirá: Presto, ven a acá, ponte a la mesa? / ¿No le dirá más bien: <Prepárame de cenar, y ciñéndote sírveme, hasta que yo coma y beba, y después comerás y beberás tú? / ¿Por ventura queda reconocido el esclavo por que cumplió lo que le ha ordenado? / Así también vosotros, cuando hubiereis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: <Siervos somos sin provecho; lo que debíamos hacer hemos hecho>"

En efecto, siervos somos de Dios y a Él le debemos dar la respuesta de fe que  nos pide, porque su Hijo unigénito lo dio todo por nosotros, hasta la propia vida, y por Muerte en  Cruz (Jn 12, 44-49):
"Quién cree en mí  no cree en mí, sino en aquel que me envió / Y quién me ve, ve al que me envió / Yo vine como la luz al mundo, para que todo el que crea en mí no quede en las tinieblas / Y quien oyere mis palabras y nos la guardare, yo no le juzgo, porque no vine para juzgar al mundo sino para salvar al mundo / Quién me desecha y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgará en el último día / Que yo no hablé por mi iniciativa, sino el Padre, que me envió. Él me dio la orden de qué había de decir y qué había de hablar / Y sé que su mandato es vida eterna. Lo que yo hablo, pues, así lo hablo conforme me lo ha encargado el Padre"

 



Estaba ya muy próxima la Pasión y Muerte de Jesús cuando,  éste pronunció las sentidas palabras de estos versículos, frente a aquellos fariseos incrédulos que cuestionaban todo lo que hacía y decía, casi igual que hacen algunos hombres en la actualidad...

No puede extrañar por ello que incluso en contra de lo que creían en la antigüedad los santos Padres y toda la comunidad cristiana, más tarde, se haya cuestionado el hecho mismo de que estas palabras fueron dichas por Jesús,  atribuyéndoselas al propio evangelista, cosa imposible si tenemos en cuenta que éste comienza los versículos diciendo:   <Más Jesús levantó la voz y dijo…>.

Por otra parte, el Papa San Juan Pablo II refiriéndose a la pregunta realizada por un periodista sobre la posibilidad de ignorar los Evangelios sin que por ello fuera imposible su salvación, mencionada anteriormente, puntualizaba  (Ibid):

“En su pregunta se habla de una vida honesta, recta, pero sin el Evangelio. Respondería que si una vida es verdaderamente recta es porque el Evangelio, no conocido o no recibido a nivel consciente, en realidad desarrolla ya su acción en lo profundo de la persona  que busca con honesto empeño la verdad y está dispuesto a aceptarla, a penas la conozca.

Una  tal disponibilidad es manifestación de la gracia que obra en el alma…<La libertad del Espíritu encuentra la libertad del hombre y la confirma hasta el fondo>"

 


Tengamos en cuenta que, defender ideas contrarias a las manifestadas por este santo Papa podría suponer aceptar, por ejemplo,  las herejías de Palagio, monje británico que vivió entre los siglos IV y V, el cual sostenía heréticamente, que sin la gracia divina el hombre es realmente llamado a la salvación y que una vida honesta ya es suficiente para alcanzarla.


Nada más lejos de lo que defiende la Iglesia católica, de acuerdo con la doctrina de Cristo, esto es: que el hombre es llamado antes o después a buscar su salvación, que una vida honesta es condición sine qua non  para alcanzarla, pero que esta salvación no se puede alcanzar sin el aporte de la gracia. Esto significa, por tanto, que el hombre solo puede ser salvado por Dios, eso sí, teniendo en cuenta su colaboración.

Sin embargo el hombre no puede pretender, sin fe salvarse, el hombre nunca alcanzaría la redención sin Cristo, sin Él no hay salvación, nos recuerda el Papa León XIII (Carta Encíclica <Tametsi Futura> ):



“En Cristo todos serán vivificados (ICor. 15, 22)…Y su reino no tendrá fin (Lc 1, 33), por voluntad eterna de Dios, está en Jesucristo puesta toda la salvación, no solamente de algunos, sino de todos los mortales, pues aquellos que de él se alejan asimismo por esto se condenan a su propia ruina, guiados por un cierto furor; al mismo tiempo cuanto es de su parte hacen porque la sociedad humana, como arrebatada por gran ímpetu, caiga en aquellos males e infortunios de que nos libró el Redentor por su misericordia y piedad.
Incurren en un error harto inconsistente, que los aparta muy lejos del fin deseado, quienes toman caminos extraviados; del mismo modo, si se rechaza la clara luz de la verdad, es porque los ánimos están ofuscados y como infatuados de la miserable perversidad de las opiniones.

¿Qué esperanza de salud puede haber para aquellos que abandonan el principio y fuente de vida? Cristo es únicamente el camino, la verdad y la vida”

 <Yo soy el camino, la verdad y la vida>, es la repuesta de Jesús a su Apóstol Tomás cuando éste le preguntó por el camino que debían seguir para alcanzar la morada que les tenía prepara,  a él y sus compañeros (Jn 14, 5-7). Y esta respuesta es sumamente clara y vigente desde que la pronunció nuestro Salvador, hasta nuestros días, porque fuera de Él, no hay sino descamino, mentira y muerte.

Podría parecer que las palabras de un Papa como León XIII, de siglos pasados, son demasiado rotundas y hasta fuera de lugar en un mundo tan avanzado tecnológicamente hablando... en el que el hombre desearía erróneamente  estar capacitado para alcanzar la salvación de su alma sin necesidad de la ayuda divina, de la cual desea prescindir.

Pero el día a día nos demuestra lo erróneo de esta idea, pues a cada paso las palabras de León XIII se muestran más ajustadas a verdad y razón, adivinando de alguna manera también el futuro de una humanidad como la actual  en la que los valores morales y espirituales están en retroceso e incluso muchas veces olvidados en las mentes de aquellos que en otros días los conocieron y practicaron.



Leyes en contra de la familia, como aquellas que favorecen el divorcio rápido,  las uniones entre homosexuales y el aborto libre, entre otras muchas, nos reafirman en esta idea; nos obstante la esperanza en un futuro mejor no faltará nunca en la Iglesia de Cristo, que sigue manteniéndose en pie, en contra de las fuerzas del mal, y que sigue proclamando la necesidad de la vuelta a Cristo de toda la sociedad. Mensaje que por otra parte fue proclamado por todos los santos Padres  y los Papas a lo largo de los siglos.

Concretamente el Papa Benedicto XV (1914-1922) en su Carta Encíclica <Spiritus Paraclitus>, recuerda que San Jerónimo (347-420), el llamado <Doctor Maxímo>, decía que:

 <Como no puede estar la cabeza separada del cuerpo místico, así con el amor a la Iglesia tiene que ir necesariamente unido el amor a Cristo, que debe ser considerado como el principal y más sabroso fruto de la  Ciencia de las Escrituras>.



Y decía más, porque estaba tan convencido San Jerónimo de que el conocimiento de las Sagradas Escrituras, era el mejor camino para llegar al conocimiento profundo y al amor de la figura de Jesús que no dudaba en afirmar que <Ignorar las Escrituras es ignorar  a Cristo>.

Nos narra también Benedicto XV en su Carta Encíclica, que San Jerónimo, tratando de explicar el Apocalipsis de San Juan, se manifestaba así: <Un sólo rio sale del trono de Dios, a saber, la gracia del Espíritu Santo, y esta gracia del Espíritu Santo está en las Santas Escrituras. Pero este rio tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol, que es Cristo>

Por eso, sigue diciendo Benedicto XV que no es de extrañar que en sus piadosas meditaciones acostumbrase, San Jerónimo, a referirse a Cristo en cada momento de la lectura de los Sagrados Textos, y que asegurara al leer los Evangelios que veía en los mismos los testimonios sacados de la Ley de los Profetas. Más aún, él llegaba a expresarse en los términos siguientes:

“Considero sólo a Cristo; si he visto a Moisés y los Profetas, ha sido sólo para entender lo que me decían de Cristo. Cuando por fin he llegado a los esplendores de Cristo y he contemplado la luz resplandeciente del claro Sol, no puedo ver la luz de la linterna ¿Puede una linterna iluminar si la enciendes de día? Si luce el Sol, la linterna se desvanece; de igual manera la Ley y los Profetas se desvanecen ante la presencia de Cristo. Nada quito a la Ley y los Profetas, antes bien, los alabo porque anuncian a Cristo. Pero de tal manera leo la Ley y los Profetas, que no me quedo con ellos, sino que a través de la Ley y de los Profetas trato de llegar a Cristo”