Translate

Translate

jueves, 17 de diciembre de 2015

NATANAEL: UNO DE LOS DOCE APOSTOLES DEL SEÑOR



 
 


Natanael, tradicionalmente, es identificado con el Apóstol del Señor llamado Bartolomé, seguramente porque en el Evangelio  del Apóstol San Juan (Jn 1, 43-51), es asociado a la figura del Apóstol Felipe y también  en los Evangelios sinópticos  es nombrado después  de Felipe. Así, por ejemplo, leemos en el Evangelio de Mateo (Mt 10, 1-4):
Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.

-Los nombres de los doce Apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago el hijo de Zebedeo y su hermano Juan;

-Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo;

-Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que le entregó.

 Es lógico, por tanto, considerar que Bartolomé (Bar-Tôlmay ó hijo de Tôlmay), era el apellido patronímico del que llevaba el nombre propio de Natanael. Sea como fuere, desde el momento en que este hombre se acercó a Cristo, ya no se separó de Él, ni de sus discípulos, porque como nos dice el Papa Benedicto XVI (“Cuando Dios llama”. Antología. Alberto García Ruiz. Ed. Rialp. S.A. 2010):
“Los hombres han experimentado siempre que abandonándose a la voluntad del Padre, no se pierden, sino que de este modo encuentran el camino hacia una profunda identidad y libertad interior. En Jesús han descubierto que quien se entrega, se encuentra a sí mismo; y quien se vincula con la obediencia fundamentada en Dios y animada por la búsqueda de Dios, llega a ser libre. Escuchar a Dios y obedecerle no tiene nada que ver con una constricción desde el exterior y con una pérdida de sí mismo. Sólo entrando en la voluntad de Dios alcanzamos nuestra verdadera identidad”.

 Por otra parte, es muy interesante el pasaje de la vida de Jesús en el que se encuentra con Natanael (Jn 1, 43-51), porque en él están contenidas muchas ideas importantes respecto a su Mensaje.
Con razón, Benedicto XVI dice que Natanael planteó a Jesús un prejuicio de mucho peso, al realizar a Felipe la pregunta: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Según las expectativas de los judíos, el Mesías no podía proceder de una ciudad de tan poca importancia (Audiencia general. Miércoles 4 de octubre de 2006):
“Esta expresión es importante para nosotros. Nos permite ver que, según las expectativas judías, el Mesías no podría proceder de un pueblo tan oscuro, como era el caso de Nazaret. Al mismo tiempo, sin embargo, muestra la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas, manifestándose allí donde no nos lo esperamos”

Y es que si tomáramos en cuenta solamente el punto de vista político, la ciudad de Nazaret, en los tiempos de Jesús, era según los historiadores una pequeña aldea, cuyos habitantes estarían ocupados en tareas agrícolas, en su mayoría, y agobiados por los impuestos tanto del Imperio Romano, como del propio tetrarca, Herodes Antipas, que gobernaba por entonces toda Galilea. Su población según parece era muy pequeña, de unos 500 habitantes, y ocuparía un territorio dentro de Galilea de unas 17 hectáreas, estando muy próxima a otras ciudades mucho más importantes, como Seforis y Jafia.

 


Sin embargo, Jesús realmente nació en Belén, ciudad  perteneciente a la provincia romana de Judea y por tanto la objeción de Natanael no tenía fundamento histórico, ya que se basaba en el desconocimiento de la verdad, que por otra parte, había sido revelada por Dios  a los profetas. La ciudad de Belén, no es que fuera mucho más importante que Nazaret desde el punto de vista de su tamaño o por el número de sus habitantes, pero como sabemos habría de ser la cuna del Salvador (Miqueas 5, 2-3):
-Más tu Belén Efratá, la más pequeña entre las regiones  de Judá, de ti me saldrá quien ha de ser dominador de Israel, cuyos orígenes vienen de antiguo, desde los días de la eternidad.

-Por eso  el Señor los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.

El profeta Miqueas, era un hombre de campo, que se lamentaba, con dolor, del futuro que aguardaba  al pueblo de Israel, por haber abandonado los mandatos de Dios. Vivió durante el reinado de Jotan (742-735 a. C), Acaz (735-715 a. C) y Ezaquias (715-687 a. C), profetizando en la misma línea de los profetas Amós, Oseas, e Isaías, y defendiendo un ideal religioso basado en la justicia de Yahveh, que no podía tolerar la maldad del pueblo elegido. Se le conoce sobre todo porque vaticinó el nacimiento de Jesús, el Mesías esperado por el pueblo de Israel, en Belén de Judá. San Mateo en su Evangelio recuerda esta profecía cuando narra la adoración de los Magos (Mt 2, 1-12):
-Nació Jesús en Belén de la Judea en los días de Herodes el rey, he aquí que unos Magos venidos de las regiones orientales llegaron a Jerusalén,

-diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que nació? Pues vimos una estrella en el oriente, y vinimos a adorarle.
-Oído esto, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él.

-Y convocados todos los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo, se informó de ellos sobre donde había de nacer el Mesías.

-Y ellos le dijeron: En Belén de la Judea, pues así está escrito por el profeta (Miq. 5,2).

 
 


El Papa San Juan Pablo II en una Homilía realizada en enero del año 1980, nos habló así, refiriéndose  a los  magos de Oriente, que aparecen en el Evangelio de San Mateo:
“La historia de Israel les había dado la orden de detenerse en Jerusalén y de plantear –ante Herodes- la pregunta ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?

Las vías de la historia de Israel habían sido trazadas por Dios, y por lo tanto era necesario buscarlas en los libros de los profetas: de aquellos que le habían hablado al pueblo, en nombre de Dios de su vocación particular. Y la vocación del pueblo de la Alianza era precisamente aquella a que conducía la vía de los Reyes Magos de Oriente…
Así pues, la vía de los Reyes Magos conduce al Mesías: <Aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo (Jn 10,36). Su vía  es también la vía del Espíritu. Es, sobre todo, la vía en el Espíritu Santo. Recorriendo esta vía –no tanto sobre los caminos de la geografía de Oriente Medio, sino a través de los misteriosos caminos del alma- el hombre es conducido por la luz espiritual que proviene de Dios, representada por la estrella que siguieron los tres Reyes Magos” 

 



Por otra parte, la vocación  Natanael  nos ofrece la posibilidad de reflexionar profundamente sobre el conocimiento de Dios, si tenemos en cuenta la respuesta de Felipe a la pregunta de éste sobre el origen de Jesús: “Ven y lo verás”. Nuestro conocimiento de Jesús tiene necesidad sobre todo de una experiencia viva. Como  asegura el Papa Benedicto XVI en su <Audiencia general>,  del 4 de octubre de 2006), más aún, de un testimonio, pero no de cualquier persona, sino de alguien muy importante para nosotros y ese alguien no puede ser nadie más que Jesús, nuestro Salvador, pero nosotros, a cambio, tenemos que quedar comprometidos personalmente con Él, en una relación íntima y verdadera. Por consiguiente, si nos paramos a pensar en la respuesta de Felipe: <Ven y lo veras>, tenemos que aceptar que ésta fue contundente y muy adecuada para la pregunta provocativa de su amigo.
Con todo, la cuestión más interesante en este relato de San Juan, quizás sea, la confesión de fe, pronunciada por Natanael, al reconocer en Jesús al Mesías esperado: <Rabí. Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel>.




Su confesión se basa tan sólo en la observación  de esta respuesta de Jesucristo a su pregunta ¿De dónde me conoces?: “Antes de que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi”

Indudablemente que algo muy personal, desconocido para cualquiera que no fuera Dios, tendría que ser aquello que sucedió a Natanael debajo de la higuera y, algo digno del elogio del Señor, que le había recibido con aquellas palabras tan significativas: “Ahí viene verdaderamente un israelita, en quien no hay dolo”

Por tanto, aquello que ciertamente debemos destacar de este pasaje de la vida de Jesús, es la respuesta positiva de Natanael  a su llamada. Tal como nos manifiesta el Papa Benedicto XVI  (Ibid):
“De todos modos, lo que más cuenta en la narración de los hechos acaecidos, es la confesión de fe que al final profesa Natanael de manera límpida (Juan 1,49). Si bien no alcanza la intensidad de la confesión de Tomás con la que concluye su Evangelio San  Juan: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28). La confesión de Natanael tiene la función de abrir el terreno al cuarto Evangelio. En ésta se ofrece un primer e importante paso en el camino de la adhesión a Cristo. Las palabras de Natanael presentan un doble y complementario aspecto de la identidad de Jesús: es reconocido tanto por su relación  especial con el Padre, del que es Hijo Unigénito, como por su relación con el pueblo de Israel, de quien es llamado Rey, atribución propia del Mesías esperado”

 
 


Como podemos comprobar por sus palabras, el Papa Benedicto XVI piensa que la respuesta de Natanael a Jesús, abre camino a los hombres para solidarizarse con Cristo, proclamando la doble naturaleza del mismo, divina y humana, pero teniendo mucho cuidado en las interpretaciones, tal como sigue diciéndonos:
“Nunca tenemos que perder de vista ninguno de estos dos elementos, pues si proclamamos sólo la dimensión celestial de Jesús corremos el riesgo de hacer de Él un ser etéreo y evanescente, mientras que si sólo reconocemos su papel concreto en la historia, corremos el riesgo de descuidar su dimensión divina, que constituye su calificativo propio”

Precisamente la investigación de algunos especialista en el estudio de las Sagradas  Escrituras, sobre el <Jesús histórico>, ha sido objeto de gran interés en los siglos pasados y aún en lo que llevamos del presente, siendo muchos los análisis realizados, centrados fundamentalmente, en  la observación meticuloso y detallada de los Evangelios o en los restos arqueológicos de la época en que vivió  Jesús; desgraciadamente no todo ha llevado  a conclusiones respetuosas con el carácter divino de la figura de Cristo. Como ejemplo podemos recordar las preguntas provocativas de un periodista, al Papa San Juan Pablo II: ¿Por qué Jesús no podría ser solamente un sabio, como Sócrates, o un profeta, como Mahoma, o un iluminado, como Buda? ¿Cómo mantener esa inaudita certeza de que este hebreo condenado a muerte en una oscura provincia es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre?
La respuesta del Papa San Juan Pablo II, fue inmediata y rigurosa (Cruzando el umbral de la Esperanza. Capítulo 7):

“Si fuese solamente un sabio, como Sócrates, si fuese un profeta, como Mahoma, si fuese un iluminado, como Buda, no sería sin duda lo que es. Y es el único mediador entre Dios y los hombres. Es Mediador por el hecho de ser Dios-hombre. Lleva en Sí mismo todo el mundo íntimo de la divinidad, todo el Ministerio trinitario y a la vez el misterio de la vida en el tiempo y en la inmortalidad. Es hombre verdadero. En Él lo divino no se cofunde con lo humano. Sigue siendo algo esencialmente divino”

 


Y sigue diciendo  este Papa, con toda la razón de su magisterio (Ibid):
“¡Cristo es irrepetible! No habla solamente, como Mahoma, promulgando principios de disciplina religiosa, a los que deben atenerse todos los adoradores  de Dios. Cristo tampoco es simplemente un sabio en el sentido en que lo fue Sócrates, cuya libre aceptación de la muerte en nombre de la verdad tiene, sin embargo, rasgos que se asemejan al sacrificio de la Cruz.

Menos aún es semejante a Buda, con su negación de todo lo creado. Buda tiene razón cuando no ve la posibilidad de la salvación del hombre en la creación, pero se equivoca cuando por ese motivo niega a todo lo creado cualquier valor para el hombre.
Cristo no hace esto ni puede hacerlo, porque es testigo eterno del Padre y de ese amor que el Padre tiene por sus criaturas, desde el comienzo, ve un múltiple bien en lo creado, lo ve especialmente en el hombre formado a su imagen y semejanza. Lo ve como una tarea para su Hijo y para todas las criaturas racionales. Esforzándonos hasta el límite de la visión divina, podremos decir que Dios ve este bien de modo especial a través de la Pasión y Muerte del Hijo.
Este bien será confirmado por la Resurrección que, realmente, es el principio de una creación nueva, del reencuentro en Dios de todo lo creado, del definitivo destino de todas las criaturas. Y tal destino se expresa en el hecho de que Dios será <todo en todos> (I Corintios 15, 18)”

 
 
 



En efecto, las palabras de Jesús al replicar a Natanael cuando éste le dijo: “Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”, confirman la catequesis del Papa:
“¿Porque te dije que te vi debajo de la higuera, crees? Mayores cosas que estas verás…En verdad, en verdad te digo, veréis el cielo abierto y a los ángeles del cielo que suben y bajan sobre el Hijo del hombre (Jn 1, 50-51)”

Estas palabras del Jesús,  en el sentido literal, sólo puede significar que Él resucitará y ascenderá a los cielos, es más, en un sentido espiritual más amplio, se verificó durante toda su vida, en la cual fue una realidad aquella comunicación del cielo con la tierra, que Jacob vio en sueños bajo la imagen de la escala por la cual los ángeles subían y bajaban, cuando Yahveh  prometió la tierra, sobre la que descansaba, a él y a sus descendientes  (Gen 28, 10-13):
-Jacob, salió de Bersabee y marchó a Jarán

-Como llegase a cierto lugar, se dispuso  a pasar allí la noche, porque el sol se había ya puesto. Para ello tomó una de las piedras del lugar, se la coloco como cabezal y se tendió en aquel sitio.

-Luego tuvo un sueño: era una escala que se apoyaba en la tierra y cuyo remate llagaba al cielo, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella

-Yahveh estaba sentado por encima de ella y dijo: <Yo soy Yahveh, Dios de tu padre Abrahán y Dios de Isaac. Te daré la tierra sobre la que yaces a ti y a tu descendencia

 
 
 


Por otra parte, el Papa Benedicto XVI, al hablar del simbolismo del agua en los Evangelios dice lo siguiente (Jesús de Nazaret. Primera Parte. Ed. Esfera de los libros. 2007):
“El simbolismo del agua recorre el cuarto Evangelio del principio hasta el fin…, en el capítulo cuarto, encontramos a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la samaritana un agua que será, para quien beba de ella, fuente que salta para la vida eterna (Jn 4,14), de tal manera que quien la beba no volverá a tener sed.
Aquí el simbolismo del pozo está relacionado con la historia salvífica de Israel.
Ya cuando llama a Natanael, Jesús se da a conocer como el nuevo y más grande Jacob: Jacob habría visto, durante una visión nocturna, como por encima de una piedra que utilizaba como almohada para dormir  subían y bajaban los ángeles de Dios. Jesús anuncia a Natanael que sus discípulos verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre él (Jn 1, 51).
Aquí junto al pozo, encontramos a Jacob como el agua patriarcal que, precisamente con el pozo, ha dado el agua, el elemento esencial para la vida.
Pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito biológico”

El Santo Padre utiliza magistralmente la historia de Jacob relatada en las Antiguas Escrituras para explicar el papel salvífico de la Resurrección de Jesucristo relatada en los Evangelios. Con razón Tomas de Kempis en su libro <Imitación de Cristo> nos dice:
“En las Santas Escrituras se debe buscar la verdad y no la elocuencia. Cualquier Escritura se debe leer con el espíritu que se hizo, y más debemos en ellas buscar el provecho que no la sutileza”

El Apóstol del Señor, Bartolomé (Natanael), recibió el don de las lenguas en la Pascua de Pentecostés, junto a los otros Apóstoles y a partir de este momento no se le vuelve a nombrar en el Nuevo Testamento. Sin embargo la Tradición de la Iglesia ha recogido algunos datos interesantes sobre su vida, después de aquel acontecimiento; según sus hagiógrafos, evangelizó en la Licoania, en Albania, en las Indias Orientales y en Armenia.
Fue por tanto un Apóstol viajero, como la mayoría de ellos, teniendo que soportar grandes calamidades debido a la incomprensión y brutalidad de los habitantes de algunos de esto países visitados.
De cualquier forma y a pesar de la escasa información existente sobre la labor apostólica de Natanael, es interesante recordar que algunos historiadores de la antigüedad como por ejemplo, Eusebio de Cesarea (Siglo IV), hacen referencia a que cierto Panteno habría encontrado en la India los signos, de la presencia de Bartolomé (Historia Eclesiástica V, 10, 3). Concretamente es aceptado el hecho de que este Apóstol llevó consigo un ejemplar del Evangelio de San Mateo, escrito en arameo, dejando una copia en dicho país. 

Existen también muchas  leyendas recogidas por los hagiógrafos, cuya veracidad no ha sido contrastada, pero que la tradición de la Iglesia ha conservado por la riqueza de su ejemplo evangelizador. Se cuenta, entre otras muchas cosas, que al llegar el Apóstol a Armenia, tuvo lugar un gran prodigio, pues sucedió que el rey de aquel país se encontraba en el templo con toda su corte escuchando los oráculos que desvelaba el demonio por boca de un ídolo llamado Astarot, y apenas el Apóstol entró en el templo el maligno enmudeció. Los idólatras acudieron a otro oráculo para informarse de las causas de este enmudecimiento, a lo que el demonio respondió por boca del mismo, que la causa era sin duda la presencia del hombre santo recién llegado.
El rey se encontraba no obstante, muy preocupado por otro motivo, concretamente por la enfermedad de una hija suya muy querida, sin duda poseída por el diablo, y al conocer los poderes de Bartolomé le rogó que sanara a su hija, y éste así lo hizo con gran júbilo del monarca y de toda la corte. Gracias a esta feliz circunstancia el Apóstol pudo realizar su labor evangelizadora con relativa tranquilidad, incluso se dice que el rey llamado Polemón, se convirtió y con él casi toda su  corte, pero la envidia pronto hizo su aparición entre los no conversos, como por ejemplo en el propio hermano del rey, causante finalmente de la muerte por martirio del Apóstol.


 


Se cuenta, así mismo, que la muerte de Bartolomé tuvo lugar muy probablemente por despellejamiento, terrible martirio si se tiene en cuenta que el fallecimiento, en tal caso, no se produce de forma inmediata sino después de terribles dolores por agotamiento.


Miguel Ángel representó al Apóstol Natanael (Bartolomé) en el mural del juicio final en la Capilla Sixtina, y lo hizo mediante un autorretrato con la piel en la mano, aceptando el hecho del terrible martirio al que fue sometido el santo.
Aunque se conoce muy poco sobre la vida del Apóstol Natanael (Bartolomé), al que el Señor vio debajo de una higuera, podemos sin embargo asegurar, con  el Papa Benedicto XVI  que, lo poco que sabemos de él, nos demuestra que:

<La adhesión a Jesús puede ser vivida y testimoniada incluso sin realizar obras sensacionales>

Porque con ser extraordinarias las obras realizadas por este Apóstol, que  según la tradición murió por martirio, lo importante y extraordinario es que Jesús:

<Le vio debajo del árbol y le llamó para que fuera su testigo sobre la tierra>

lunes, 14 de diciembre de 2015

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO VIII (Segunda Parte)


 
 
 



Durante el siglo VIII los Papas de la Iglesia católica tuvieron que soportar grandes estragos y pruebas a lo largo de sus Pontificados. Roma era un hervidero de problemas, debido a ataques constantes, tanto en lo material como en el aspecto espiritual. No obstante el espíritu evangelizador triunfó, aunque hay que tener en cuenta que por desgracia, durante el corto periodo de tiempo que va desde el año 767 al 769, la Iglesia tuvo que soportar la ignominia de un impostor, de un <antipapa>, impuesto por el Duque de Nepi, que tomó el nombre de Constantino II. Esta situación llevó a grandes revueltas públicas e incluso asesinatos de personas inocentes, hasta que la Iglesia que siempre prevalece por la gracia divina, pudo al fin resolver la situación creada y en un Concilio celebrado en Roma (Concilio Laterano), se excluyó a los civiles en la elección  Papal.
Desde ese momento, hasta finales del siglo VIII, con el Papa Adriano I (772-795), ya bajo el reinado de Carlomagno, aunque las relaciones entre la Iglesia y éste no siempre fueron del todo cordiales, las cosas se normalizaron bastante y los cristianos gozaron de cierta tranquilidad, con sus lógicas excepciones, porque el maligno no ceja nunca en su empeño de hacer desaparecer  la Iglesia de Cristo.   
 
 
 



Los orígenes de la comunidad cristiana de Roma no están del todo claros debido a su gran antigüedad, aunque es más que probable que los <forasteros romanos>, así judíos como prosélitos, que oyeron el primer discurso del Apóstol Pedro el día de Pentecostés y se convirtieron a la fe, llevaran a  esta ciudad las primeras referencias del Evangelio de Jesús. De cualquier forma es bien cierto que el primero de los Doce, en llegar a la capital del Imperio romano, fue Pedro y lo hizo como cabeza de la Iglesia de Cristo, probablemente hacia el año 42 ó 43 de la era cristiana.  

Por su parte, en el año 56 ó 57 d. C, San Pablo escribía una Epístola a los romanos, pues aunque él no lo llegó a expresar claramente, deseaba visitar aquella Iglesia, finalizada ya su tercera misión apostólica en las ciudades más importantes de Asia y Grecia: Éfeso, Atenas y Corinto.
San Pablo pretendía pasar por la provincia romana de Hispania y detenerse en Roma, para confirmar en la fe  a los gentiles de aquellas Iglesia, con este motivo les escribió una epístola en la que expone de forma clarividente su visión del Mensaje de Cristo, y precisamente en la segunda parte de la misma dedicada especialmente a analizar el concepto de justicia y caridad social, el apóstol les habla de cómo cada uno de los creyentes debe obrar conforme al don recibido de Dios. Más concretamente, refiriéndose al tema de la evangelización llega a decir (Rm 12, 6-9):

-Tenemos dones diferentes, conforme a la gracia que se nos ha dado: si se trata de profecía, que sea de acuerdo con la fe,

-y si se trata de ministerio, que sea sirviendo. Y si uno tiene que enseñar, que enseñe,

-y si tiene que exhortar, que exhorte.

- El que da, que dé con sencillez; el que preside, que lo haga con esmero; el que ejercita la misericordia que lo haga con alegría

Dice el Papa Benedicto XVI en su libro <Los caminos de la vida interior. El itinerario de la vida espiritual del hombre> (Ed. Chronica S.L. 2011), refiriéndose a este pensamiento del apóstol San Pablo:

“Entre los diferentes dones que San Pablo enumera para la edificación de la Iglesia, está el de enseñar, (cf. Rm 12,7). La predicación del Evangelio siempre ha estado acompañada por el interés por la palabra: la palabra inspirada por Dios y la cultura en la que esta palabra echa raíces y florece.
La evangelización de la cultura es de especial importancia en nuestro tiempo, cuando la <dictadura del relativismo> amenaza con obscurecer la verdad inmutable, sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último. Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad.
Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como  un hermano o hermana. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe.
La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad”

 
 
 


Para la Iglesia, la evangelización  es la necesaria e insustituible misión que Cristo le ha encomendado y que, a lo largo de la historia, ha tomado formas y modalidades muy diferentes según los pueblos o las situaciones históricas del momento. Esto ha sido así desde siempre, desde el principio de la historia de la humanidad. Por eso analizar sucesos acaecidos a lo largo de todos estos siglos, desde la primera llegada del Hijo de Dios al mundo, no solamente es interesante desde el punto de vista histórico, sino también y sobre todo desde el punto de vista de la educación de los pueblos por medio del Mensaje de Cristo, a través de su Iglesia.
Como aseguraba, en este sentido, el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Las transformaciones sociales a las que hemos asistido en las últimas décadas tienen causas complejas, que hunden sus raíces en tiempos lejanos, y han modificado profundamente la percepción de nuestro mundo.
Pensemos en los gigantescos avances de la ciencia y de la técnica, en la ampliación de las posibilidades de la vida y de los espacios de libertad individual, en los profundos cambios en el campo económico, en el proceso de mezclas de etnias y culturas causado por fenómenos migratorios de masas, y en la creciente interdependencia de los pueblos.
Todo esto ha tenido consecuencias también para la dimensión religiosa de la vida del hombre. Y así, por un lado, la humanidad ha conocido beneficios innegables de esas transformaciones y la Iglesia ha recibido ulteriores estímulos para dar razón de su esperanza (1P 3,15); por otro, se ha verificado una pérdida preocupante del sentido  de lo sagrado, que incluso ha llegado a poner en tela de juicio los fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios Creador y Providente, la revelación de Jesucristo único Salvador y la comprensión común de las experiencias fundamentales del hombre como nacer, morir, vivir en una familia, y la referencia de una ley moral natural”

 
 


Se refiere el Santo Padre Benedicto XVI en esta Homilía, a la primera Carta que San Pedro escribió, dirigida a las Iglesias de Asia, con la intención de manifestarles las exigencias de la religión cristiana. Precisamente en el tercer apartado de la misma, exhortaba a todos los hombres a vivir unidos en armonía, más concretamente, Él se expresaba en los siguiente términos ( I C 3, 8-15):
-Sed compasivos, fraternales, misericordioso, humildes,

-no devolváis mal por mal ni injuria por injuria, sino todo lo contrario: bendecid siempre, pues para eso habéis sido llamados, para ser herederos de la bendición.
-¿Quién es el que ama la vida y quiere vivir años felices? Guarde del mal su lengua y sus labios de palabras mentirosas.

-Apártese del mal y haga el bien, busque la paz corra en pos de ella.
-Pues el Señor mira por los que practican la justicia y tienen los oídos atentos a sus súplicas; pero el Señor se enfrenta con los criminales.

-¿Quién podría haceros daño si os empeñáis en hacer el bien?

-Si a pesar de todo, os veis obligados a padecer por la  justicia, ¡Dichosos vosotros! No temáis sus amenazas, ni os turbéis.
-Glorificad en vuestros corazones a Cristo, el Señor, dispuesto siempre a contestar a todo el que os pida razón a vuestra esperanza.

 
Sigue diciendo el Papa Benedicto XVI, en el libro (mencionado anteriormente), refiriéndose a las costumbres perniciosas de los hombres en los últimos siglos, que:
“Aunque algunos hayan acogido todas ellas como una liberación, muy pronto podemos darnos cuenta del desierto interior que nace donde el hombre, al querer ser el único artífice de su naturaleza y de su destino, se ve privado de lo que constituye el fundamento de todas las cosas…
Hablar de <nueva evangelización> no significa tener que elaborar una única forma igual para todas las circunstancias.
Y sin embargo, no es difícil percatarse de que lo que necesitan todas las Iglesias que viven en territorios tradicionalmente cristianos es un renovado impulso misionero, expresión de una nueva y generosa apertura al don de la gracia.
De hecho, no podemos olvidar que la primera tarea será  siempre ser dóciles a la obra gratuita del Espíritu del Resucitado, que acompaña a cuantos son portadores del Evangelio y abre el corazón de quienes escuchan…
Para proclamar de modo fecundo la Palabra del Evangelio se requiere ante todo hacer una experiencia profunda de Dios”

 
 
 


Sin embargo, hay que tener en cuenta, como nos aseguraba otro Pontífice del siglo XX, el Papa Pío XII, que las discusiones y los errores de la humanidad en cuestiones referentes a la Persona y al Mensaje de Cristo, han sido siempre fuentes de graves herejías y causa de intenso dolor para toda las personas de buena voluntad y especialmente para los hijos fieles y sinceros de la Iglesia.
Así sucedió en el siglo VIII, en el que surgió una herejía que se dio en llamar <adopcionismo>, que no estaba basada en conceptos nuevos sino que tenía ya una larga historia en el Imperio de Oriente y fue posteriormente importada a Occidente, seguramente, como nos recordaba el Papa Pío XII, por hombres que no habían tenido una experiencia profunda de Dios.

El Papa Pío XII, aseguraba  en su Carta Encíclica <Humani Generis> (Dada en Roma junto a San Pedro el 12 de agosto de 1950 año duodécimo de su Pontificado):
“No debemos admiradnos de que siempre haya habido disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque, aunque cuando la razón humana, hablando absolutamente, precede con su fuerza y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único  personal, que con su providencia sostiene y gobierna el mundo y, así mismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas, sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón, cumplir eficaz y fructuosamente éste su poder natural.
Porque las verdades tocantes a Dios y las relaciones entre los hombres y Dios se hayan por completo fuera del hombre, de los seres sensibles, y cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia…
Más aún, a veces la mente humana puede encontrar dificultad hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables señales exteriores por medio de las cuales, aún con la sola luz de la razón se puede probar con certeza el origen divino de la religión cristiana.
De hecho, el hombre, o guiado por prejuicios o movido por las pasiones y la mala voluntad, puede no sólo negar la clara evidencia de esos indicios externos, sino también resistir a las inspiraciones que Dios infunde en nuestras almas”

 
 
 


Sí, las fuerzas del mal están siempre presentes allí donde existe el bien, por eso no podemos extrañarnos de la existencia de herejías desde los mismos inicios del cristianismo. A este respecto debemos recordar como ya en el siglo I después de Cristo el apóstol san Pablo en su primera Carta  al pueblo de Corinto denunciaba los abusos de los feligreses en la celebración de los ágapes que recordaban la última Cena del Señor (I Co 11,17-22) y como se enfrentó denodadamente al judaísmo que no reconocía en Jesús, al Mesías prometido, y se empeñaba en cumplir algunas leyes de la ley Mosaica, como la circuncisión, alegando que ésta era un requisito indispensable para la salvación de los hombres.
Las transgresiones de la Ley de Dios, de algunos hombres, en tiempos pasados, son ejemplos claros de como los hombres, se han ido manifestando en contra de Cristo y de su Mensaje,  entonces y en tiempos más cercanos, dando lugar, a multitud de herejías, contra las cuales, la Iglesia siempre ha respondido con firmeza y verdad, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Sucedió, que a principios del siglo VIII la Península Ibérica se encontraba bajo el poder de los visigodos, pueblo bárbaro que aunque inicialmente fue seducido por la herejía del arrianismo, más tarde se convirtió al cristianismo bajo el reinado de Don Rodrigo. Este rey visigodo (710-711) se vio muy pronto envuelto en una guerra civil, contra los pueblos vascones, ello dio ocasión a los árabes para iniciar la invasión de la Península Ibérica e implantar el llamado Emirato Dependiente (711-756). La historia narra los  acontecimientos que tuvieron lugar y que condujeron a la creación de una provincia del Imperio Islámico de los Omeyas, Al-Ándalus, dirigida por un gobernador nombrado por el Valí del norte de África.
Los árabes,  no impusieron la religión musulmana al pueblo conquistado, donde convivían cristianos y judíos. Con esta buena voluntad,  muchos visigodos cristianizados optaron por aceptar el Islam, con miras a disfrutar del estatuto personal de los musulmanes de nacimiento, recibiendo el apelativo de muladíes. Por el contrario,   los  que no se convirtieron al Islam, fueron llamados mozárabes, y se instalaron fundamentalmente, en Toledo, Córdoba, Sevilla y Mérida, a mediados del siglo VIII.

Finalizado el siglo VII, concretamente durante el período comprendido entre los años 693 a 700 fue Arzobispo de Toledo, tras el XVI Concilio de Toledo (693), Félix de Sevilla, ya que provenía del Obispado de dicha provincia, y a la muerte de este fue proclamado Arzobispo de la sede de Toledo, un Obispo de la misma llamado Gunderico (700-710), del cual, como de sus sucesores: Sinderedo, Sunieredo y Concordio, se tiene poca información fiable debido seguramente a la situación política del momento histórico en que vivieron.
Hacia el año 745 fue nombrado Arzobispo de Toledo Cixila, durante una época muy difícil para la Península Ibérica, que se encontraba por entonces prácticamente ocupada en su totalidad por los musulmanes. Este santo varón fue para sus fieles un gran bastión, ayudándoles con su labor evangelizadora. Por otra parte, hombre erudito, supo preservar, en lo posible, las obras literarias de la cristiandad, así como las reliquias de sus mártires.
Su sucesor en el Arzobispado de Toledo, fue el tristemente célebre, Elipando (754- 800), el cual, cayó en la grave herejía denominada adopcionismo, porque consideraba que Cristo no era Hijo de Dios, sino que había sido adoptado por Él y por tanto negaba su procedencia divina.

Se cree que la herejía del adopcionismo arraigó en la Hispania musulmana, en parte, debido al pasado arriano de los visigodos. Elipando defendió su tesis en el Sínodo de Frankfurt (794), donde fue condenada y rebatida totalmente, siendo Papa Adriano I, en una memoria dirigida a los Obispos españoles. Por otra parte, en el Concilio de Aquisgrán (800) se enfrentó al célebre teólogo Alcuino de York.
Alcuino (735-804) pertenecía a una familia noble de Northumbria (en la actual Inglaterra), de educación esmerada, es considerado un eminente educador, intelectual y teólogo. Conoció a Carlomagno, cuando aún vivía su padre, Pipino III de los Francos ó Pipino el Breve, y le convenció para que se instalara en la corte real, en Francia, como <Maestro de la Escuela de Palacio>, que estaba precisamente en Aquisgrán, la mayor parte del tiempo, pero que se movía a otros lugares en función de las necesidades de la casa real. Tuvo por tanto ocasión de asistir al Concilio mencionado anteriormente, teniendo un papel importante en la redacción de los documentos con los que se condenaba de forma clara la herejía del adopcionismo.  

 
 
 


La explosión de esta herejía cristológica coincidió con el Pontificado de Adriano I (772-795), un aristócrata romano que se enfrentó con energía y coraje a una nueva invasión de Roma (773) por parte de las tribus lombardas bajo el mando de el rey Desiderio. La ayuda de Carlomagno fue en este caso decisiva porque el emperador franco sitió y conquistó Pavía, autonombrándose rey de la Lombardía, acabando de esta forma con las constantes llegadas de este pueblo hasta las mismas puertas de Roma.
El Papa Adriano I informado de los problemas surgidos en la Península Ibérica a causa del extravío de los adopcionistas, escribió una carta a los Obispos españoles para que pusieran orden entre los herejes, rechazando totalmente las teorías malsanas propagadas por el Arzobispo de Toledo Elipando y el supuestamente teórico e inspirador de las mimas, Félix, Arzobispo de Seo de Urgel.

En el Concilio de Ratisbona (792) el Papa Adriano I había condenado  las herejías de Felix y le había conminado a retractarse de las mismas. Este mostró arrepentimiento, en un principio, pero después siguió propagando  la malsana doctrina de que Cristo no era hijo de Dios, sino que solo había sido adoptado por Él…Ello dio lugar a que durante el Pontificado del sucesor de Adriano I, el Papa León III, en el Concilio de Roma (799), realizara una nueva condena del adopcionismo y de su principal impulsor, Felix de Urgel, al que  desterró a Lyon, despojado de toda dignidad episcopal.

 
 


Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia católica:

<Jesucristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació  de Santa María Virgen>

En definitiva:

<El Hijo de Dios se hizo hombre> y es: <Verdadero Dios y verdadero hombre” 

Por otra parte el Catecismo de la Iglesia católica nos recuerda también que:

(nº 465): Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera. Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, <venida en carne>. Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un Concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer Concilio de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es <engendrado>, no creado, de la misma substancia  que el Padre y condenó a Arrío que afirmaba que <el Hijo de Dios salió de la nada> (DS 130) y que sería de una substancia distinta de la del Padre (DS 126)

El adopcionismo, es por tanto,  una variante ideológica del arrianismo, pero muy atrevida, porque  incluso asegura que Cristo era solo hijo adoptivo de Dios...
Desgraciadamente siempre ha habido herejías en torno a Cristo y su Mensaje y siempre las habrá, porque  el maligno  está cerca, de allí, donde está el bien, y tiene declarada una guerra sin cuartel al hombre, desde el mismo momento de su creación.

Hubo hombres, sin embargo, que no se dejaron arrastrar por las malas interpretaciones del Mensaje de Cristo, y así sucedió también durante el siglo VIII, donde un ejemplo extraordinario lo tenemos en la persona del Beato de Liébana, un apasionado por la verdad, como tantos otros testigos del Señor.

 
 
                                        El Papa Benedicto XVI hace un sugerente análisis sobre esta cuestión tan esencial en su libro <Un canto nuevo para el Señor (Ediciones Sígueme. Salamanca 2011), donde llega a decir:
“De lo mucho que se podría decir en este tema voy a destacar sólo un punto: la educación para la verdad. Muchas veces la verdad resulta incómoda al hombre, pero es la guía más poderosa para el desprendimiento, para la verdadera libertad. Tomemos el ejemplo de Pilato. Él sabe exactamente que este Jesús acusado es inocente, y que debe absolverlo en buena justicia. Quiere hacerlo; pero esta verdad aparece en conflicto con su cargo; puede acarrearle disgustos o incluso costarle la pérdida de su posición.
Pueden surgir disturbios, y él puede causar mala impresión al emperador; etc. Prefiere sacrificar la verdad, que no grita ni se defiende, aunque la traición deja en su alma un vago sentimiento de fracaso…”

 


¡Qué hermoso ejemplo nos pone el Papa para que recordemos la amargura que da la mentira!

Sí, el hombre sabe cuando miente..., cuando se empeña en defender lo indefendible en el fondo de su corazón, y que hace mal al engañarse así mismo..., y sobre todo presiente que sus mentiras pueden causar daño a otros hermanos…
El Papa Benedicto nos pone varios ejemplos de personas que supieron resistirse a la mentira por encima de los perjuicios que esto pudiera causales a ellos; uno de los más bellos es el de Tomás Moro (Papa Benedicto XVI, Ibid):
“Parecía obvio reconocerle al rey la supremacía sobre la Iglesia. No había un dogma explicito que lo excluyera de modo inequívoco. Todos los Obispos lo habían hecho: ¿Por qué iba a exponer su vida él, un laico, y precipitar a su familia en la ruina?
Si no quiere pensar en sí mismo, ¿no debe, al pensar los motivos, dar al menos la prioridad a los suyos en lugar de seguir obstinadamente la voz de su conciencia? En tales casos queda patente a nivel macroscópico, por decirlo así, lo que ocurre constantemente en lo cotidiano de nuestra vida. Puedo librarme de un asunto incómodo haciendo una pequeña concesión a la mentira. O a la inversa: aceptar las consecuencias de la verdad que me acarrea  un tremendo disgusto. ¡Cuántas veces sucede esto! ¡Y cuantas veces cedemos!

La situación en que se encontró Tomás Moro es corriente si la traducimos a lo cotidiano: Sí, muchos dicen, ¿por qué no yo? ¿Cómo voy a perturbar la paz del grupo? ¿Por qué voy a hacer el ridículo? ¿No está la paz de la comunidad por encima de mi verdad?
La armonía del grupo se convierte así en tiranía contra la verdad…”

El Beato de Liébana, también llamado San Beato, fue uno de esos hombres que al plantearse, quizás, algunas de esta preguntas que sugiere el Papa Benedicto XVI, supo reaccionar en contra de la mentira, a pesar de que una mayoría de hombres la aceptaran como si tal cosa. Él sabía que Cristo era Dios, su Unigénito Hijo, no podía admitir que era un hombre como los demás que había sido agraciado con la adopción del Padre, y que por tanto con ello se negaba al Dios Trinitario.

De la vida de este hombre santo se tiene bastantes datos aunque no todos son de fiar, por las circunstancias especiales que la envolvieron y la época histórica en que se desarrolló la misma. Según sus hagiógrafos, reinando en Asturias don Fruela I, era monje en el monasterio de San Martín de Liébana, gracias a que la paz reinaba en la comarca de Liébana,  en este sosiego, él y otros monjes aprovecharon el tiempo en el estudio de las Santas Escrituras.
No obstante, por entonces, hacia ya estragos la herejía propagada por Félix de Urgel y Elipando, Arzobispo de Toledo. Estos hombres obtusos y obcecados quisieron derramar sus mentiras y disparates por Galicia y Asturias y aún por las Galias y la Germania. Pero Beato enterado de lo que estaba sucediendo, levantó su voz en contra de los herejes y entonces Elipando, dirigió una carta al Abad Fidel acusándole,  de ser él un hereje y un anticristo.
Para responder a tan terribles acusaciones, de tan alta jerarquía de la Iglesia, Beato escribió una solida apología en la que hizo resplandecer toda la verdad constatada por la Iglesia,  a través de los Santos Padres  y de los  Concilios, respecto a la condición  de Jesucristo como Hijo de Dios. Finalmente, como hemos recordado anteriormente tanto el Papa Adriano I, como su sucesor León III, así como el emperador Carlomagno, le dieron la razón a Beato y restauraron su honra, aunque ésta nunca la había perdido a los ojos de sus compañeros y feligreses.

El Beato de Liébana escribió con la cooperación de otro santo varón, Eterio de Osma, una obra extraordinaria (en dos volúmenes), enfrentándose a la herejía adopcionista, pero su obra más conocida es el Comentario al Apocalipsis de San Juan, que tuvo gran difusión  durante la Alta Edad Media.
No se sabe con seguridad en qué año murió, pues mientras que algunos aseguran que fue en el 798, otros afirman que ocurrió algunos años después, en tiempos del rey Mauregato (783-789), hijo natural de Alfonso I el Católico y la musulmana Sisilda.

 
 


San Beato, este hombre del siglo VIII, como otros tantos santos hasta nuestros días, nos pueden servir de ejemplo a los hombres de este siglo XXI, donde la mentira es algo poco reprochable y hasta muchas veces considerada un arte a tener en cuenta en la vida pública…

El Papa Benedicto XVI, se manifestaba en este sentido en el libro anteriormente mencionado:
“Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir al mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos que, como <colaboradores de Dios>, han contribuido a la salvación del mundo. Podemos liberar nuestra vida de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro. Podemos descubrir y tener limpias las fuentes de la creación y así, junto con la creación que nos precede como don, hacer lo que es justo, teniendo en cuenta sus propias exigencias y su finalidad.
Eso sigue teniendo sentido, aunque en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de fuerzas hostiles.
Así, por un lado, de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”         

    

       

 

 

 

 

 

 

viernes, 4 de diciembre de 2015

JESÚS Y EL SIGNO DE JONÁS


 
 
 
 
 
 
"El día siguiente al sábado, todavía muy de mañana, llegaron al sepulcro (las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea) llevando los aromas que habían preparado / y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro / Pero al entrar, no encontraron el cuerpo de Jesús / Estaban desconcertadas por este motivo, cuando se les presentaron dos varones con vestiduras refulgentes / Como estaban llenas de temor y con los rostros inclinados hacia tierra, ellos dijeron: ¿Po qué buscáis entre los muertos al que está vivo? / No está aquí, sino que ha resucitado..." (Lc 24, 1-6) 


En este recién estrenado siglo XXI, es más necesario que nunca hablar del <Signo de Jonás>, pero ¿Qué es, o en qué consiste este signo?, se preguntarán muchos que no conocen, o en su caso, no recuerdan, las Sagradas Escrituras. Tenemos que remontarnos a los tiempos antiguos, en concreto aquellos en los cuales aún no había venido a este mundo Jesús, nuestro Salvador (Libro de Jonás 786-746 a.C.).

Muchos estudiosos del Antiguo Testamento han creído ver en la figura de Jonás, del libro que lleva este nombre, al hijo de Amittay, natural de Gad ha-Jéfer (próximo a Nazaret). Podría tratarse de un profeta así llamado, que se menciona en el libro <Segundo de los Reyes>,  con motivo de la subida al trono en Samaria de Joroboán II (2 Re 14,25), al que vaticinó sus éxitos contra los arameos. Según parece este hombre debería trasladarse a Nínive, por mandato de Yahveh, para prevenir a su pueblo, respecto a un próximo castigo divino, por el mal comportamiento de éste. Sin embargo, Jonás siente miedo y no escucha la Palabra de Dios, sino que intenta huir a Tarsis en un barco que hacia allí se dirigía. Pero Yahveh desencadenó una terrible tormenta, de forma que la embarcación estuvo  a punto de hundirse. Los marineros enterados de la culpabilidad del profeta le preguntaron llenos de desesperación: ¿Qué debemos hacer contigo para que  la mar se nos aplaque? A lo que Jonás respondió: Coged y arrojadme al mar, y este se aplacará…
Y así sucedió, y un gran pez destinado por Yahveh se tragó al profeta, el cual desde el vientre del animal pidió socorro a Dios, arrepentido de su mal comportamiento, y Éste se lo concedió (después que permaneció tres días con sus tres noches en el vientre de la bestia). Jonás finalmente cumplió con el encargo que el Señor  le había ordenado, dirigiéndose al pueblo de Nínive para avisarle del peligro que corría. El pueblo se arrepintió y Dios compadecido  perdonó y no  envió daño alguno. La reacción de Jonás es de disgusto y asombro ante la bondad, para él inexplicable, de Dios, el cual finalmente da una lección definitiva al profeta sobre el grado de bondad divina, que considera que todos los hombres son dignos de ser perdonados si de corazón se arrepienten y piden perdón al Altísimo…


 
 
Las palabras de Jesús darán similitud a esta historia relatada en el Antiguo Testamento, y también significado teológico, tal como se constata en el Nuevo Testamento, concretamente, en el Evangelio de San Mateo (Mt 12, 39-41). Jesús relacionará su Resurrección de entre los muertos con el <Signo de Jonás>.

Cristo resucitó, y éste es el misterio clave para entender la fe y la esperanza del mensaje mesiánico.

Como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II:
(nº993)  Los fariseos y muchos contemporáneos del Señor, esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: <Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error> (Mc 12,24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios, que <no es un Dios de muertos sino de vivos> (Mc 12,27).

(nº 994) Pero  hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: <Yo soy la resurrección y la vida> (Jn 11,25).

 
 
 
 
Jesús resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él, y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección, devolviendo la vida a algunos muertos; entre estos, destacaremos el caso de  su querido amigo Lázaro (Jn 11, 38-44)
 
Ante todo,Jesús predicaba el advenimiento del Reino por toda Galilea, evangelizando en las sinagogas, pero también, en ocasiones, subiéndose a cualquier monte, y la gente le seguía sedienta de sus palabras; usaba con frecuencia las parábolas, cuya utilización era muy frecuente en su época por parte de los profetas, salmistas o rabinos.
Pero además de todo esto hacía milagros, como el de la resurrección de Lázaro, milagros increíbles, que dejaban a la muchedumbre asombrada; con estos milagros, quería demostrarles que él era el <Hijo del hombre>, esto es, el Mesías, el esperado por el pueblo de Israel.

Había, sin embargo, algunos judíos que no creían, o mejor dicho que no querían creer en Él, al igual que sucede en la actualidad entre algunos hombres de este paganizado siglo XXI  ¿Estaban impregnados de una <conciencia errónea>?, en el mejor de los casos, sí, ó ¿estaban más bien corrompidos, por la soberbia y la maldad que caracteriza a los acólitos del demonio? Son preguntas difíciles de contestar, pero que en definitiva conducen al mismo resultado final: la incapacidad para comprender y aceptar la llegada del Mesías por primera vez a este mundo. 
Dos sectas religiosas eran las que más destacaban en aquellos tiempos. Por una parte, la de los fariseos, la más popular y considerada entre las gentes del pueblo, porque predicaban la <venida del Mesías>, de un Dios-hombre, que impondría al mundo el imperio de la Ley mosaica y daría, el lugar que le correspondía al pueblo de Israel, entre todas las naciones del mundo.

Los fariseos, aunque interpretaban de forma sebera la Ley mosaica, lo hacían desde un punto de vista muy materialista, y además estaban llenos de todos los defectos que ellos prohibían a sus seguidores, tales como: la avaricia, la vanagloria y la ostentación; en definitiva, de todos aquellos pecados hijos de la soberbia, propia del padre de la mentira, Satanás. Jesús los desenmascaró en distintas ocasiones y por eso le odiaban a muerte, y le provocaban con sus preguntas insidiosas con objeto de encontrar en sus respuestas algún error que les permitieran condenarle y finalmente provocar su muerte, como en definitiva ocurrió.
Otro grupo de personas, los llamados saduceos,  compartía los honores de los despropósitos y vicios de la época, con los fariseos. A esta secta pertenecían  aristócratas y sacerdotes en su gran mayoría, pero también acogía algunos adictos al fariseísmo. Estos hombres guardaban su severidad para sancionar penalmente a aquellas personas que ellos pensaban habían incumplido la Ley mosaica, por eso gozaban de menos popularidad que la secta de los fariseos, entre sus conciudadanos, por eso, y porque además eran amigos de los gentiles romanos, es decir, de aquellos hombres que por entonces mandaban y explotaban al pueblo judío, sometido a Roma.


 
 
 
 
En este contexto podemos entender, con semejantes cataduras de hombres, que  fueran capaces de exigirle a Jesús una <señal del cielo> que demostrara que los milagros que hacía no provenían del demonio, como ellos aseguraban, y querían hacer creer al resto del pueblo judío.

El apóstol San Mateo y el evangelista San Marcos, relataron en sus respectivos Evangelios los hechos acaecidos, pero el primero lo hace con mas lujo de detalles, y ello proporciona un mayor significado teológico a su testimonio y por otra parte, hay que tener en cuenta que fue testigo presencial de los sucesos ocurridos,  ya que era uno de los <Doce>, elegidos por Jesús, que le acompañaban, con seguridad, en el momento del evento que tuvo lugar después de la segunda multiplicación de los panes y los peces (Mt 16, 1-4):

-Se acercaron los fariseos y los saduceos y, para tentarle le rogaron que les hiciera ver una señal del cielo.
-Él le respondió: <al atardecer decís que va hacer buen tiempo, porque está el cielo arrebolado;

-y por la mañana, que hoy habrá tormenta porque el cielo está rojizo y sombrío. ¿Así que sabéis descubrir el aspecto del cielo y no podéis descubrir los signos de los tiempos?

-Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la de <Jonás>. Y los dejó y se marchó.


El evangelista San Marcos por su parte asegura en su Evangelio, refiriéndose a este mismo episodio de la vida del Señor, que subió a una barca con sus discípulos y se  alejó de allí dirigiéndose a la ribera opuesta del mar de Galilea, pero los apostoles se olvidaron de llevar el pan suficiente para alimentarse todos; sólo tenían un pan (Mc 16, 13-15):

-Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se marchó a la otra orilla.

-Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan.

-Y les advertía diciendo: <estad alertas y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes>.

También San Mateo hace mención de las circunstancias que tuvieron lugar después del enfrentamiento de Jesús, con los fariseos y los saduceos (Mt 16, 5-12):

-Al pasar los discípulos a la otra orilla se olvidaron de llevar panes.

-Jesús les dijo: <estad alertas y guardaos de la levadura de los fariseos y los saduceos>.

-Pero ellos comentaban entre sí, no hemos traído panes.

-Al darse cuenta Jesús dijo: <hombres de poca fe>. ¿Por qué vais comentando entre vosotros que no tenéis panes?

-¿Todavía no entendéis? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres y de cuántos cestos recogisteis?

-¿Ni de los siete panes para los cuatro mil hombres y de cuántas espuertas recogisteis?

-¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.

-Entonces comprendieron que no se refería a que tuvieran cuidado con la levadura del pan, sino con las enseñanzas de los fariseos y los saduceos.

Jesús realmente habla siempre muy claro, y todo hombre de buena voluntad forzosamente le tiene que entender, sucede sin embargo, como en esta ocasión, que los hombres se enredan en historias y pormenores que pueden aturdir y cambiar el sentido de una idea o de un razonamiento, pero el Señor nos pide a todos que tengamos fe en Él, y en su Mensaje, y por eso les reprocha a sus discípulos la falta de fe, porque en principio pensaron que la levadura que él les mencionaba, era la utilizada en la fabricación del pan, y no  la levadura de los malos pensamientos, y las actitudes, de las sectas de los fariseos y de los saduceos, que constantemente le importunaban con preguntas mal intencionadas y provocadoras.
 
 
 
 
 
Por otra parte, el Papa Benedicto XVI recordando las palabra de Jesús: Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la señal de <Jonás> ;nos advierte , de que Jesús hizo muy bien en no querer dar una señal  inmediata a aquellos hombres depravados porque aunque hubiera dicho o hecho cosa alguna, y ya había hecho muchos milagros y enseñado muchas verdades, estos no le hubieran creído.


Como manifestó Jesús, con una parábola, los malvados: <se dejan llevar del maligno y no quieren creer en Dios>. La parábola a la que nos referimos es la de <Rico Epulón y el pobre Lázaro>, relatada únicamente por el evangelista San Lucas (Lc 16, 22-31).

 
 
 
 
En esta parábola, Jesús refiere que un hombre pobre llamado Lázaro pedía ayuda a las puertas de un hombre rico cuyo nombre era Epulón, y no recibía ninguna limosna, y cómo después, al morir este hombre acomodado y ser condenado, por sus malos hechos, al infierno, pedía ayuda a Lázaro que ya se encontraba en la gloria, al lado del Patriarca Abrahán.

El Papa Benedicto XVI recordando esta parábola del Señor, nos enseña que (Jesús de Nazaret. 1ª parte Benedicto XVI. Ed. <La esfera de los libros> S.L. 2008):
“El hombre rico dice a Abrahán desde el infierno lo que muchos hombres, entonces como ahora, dicen o les gustaría decir a Dios: Si quieres que creamos y nuestros oídos se rijan por la palabra de la revelación de la Biblia, entonces debes de ser más claro. Mándanos a alguien desde el más allá que nos pueda decir que eso es realmente así. El problema de la petición de pruebas, la exigencia de una mayor evidencia de la revelación aparece en todo el Evangelio.
La respuesta de Abrahán, así como, al margen de la parábola, la que da Jesús a la petición de pruebas por parte de sus contemporáneos, es clara: Quién no crea en la palabra de la Escritura tampoco creerá a uno que venga del más allá. Las verdades supremas no pueden someterse a la misma evidencia empírica que, por definición, es propia solo de las cosas materiales…

Así pues, si en la historia de Lázaro vemos la respuesta de Jesús a la petición de los signos por parte de sus contemporáneos, estamos de acuerdo con la respuesta central que Jesús da a esta exigencia. En Mateo se dice <Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre de un cetáceo, pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra> (Mt 12, 39 s). En Lucas leemos <Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le  dará más signo, que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación (Lc 11, 29 s).
No necesitamos analizar las diferencias entre estas dos versiones. Una cosa está clara: La señal de Dios para los hombres es el Hijo del hombre, Jesús mismo. Y lo es de manera profunda en su Misterio Pascual, en el Misterio de su muerte y Resurrección. Él mismo es el <signo de Jonás>. El crucificado y resucitado, es el verdadero Lázaro: Creer en Él y seguirlo, es el gran signo de Dios, es la invitación de la parábola, que es más que una parábola. Ella habla de la realidad, de la realidad decisiva de la historia por excelencia”


La <señal o el signo de los tiempos> para los hombres creyentes ha sido siempre el Hijo del hombre, el Mesías, porque Él murió y resucitó por la salvación del género humano. De alguna forma Él lo reconoció así al anunciar la destrucción de su cuerpo y la reconstrucción del mismo en sólo tres días con éstas palabras (Jn 2, 19): <Destruid este santuario, y en tres días lo levantaré>.

 
 
 
 
 
Son palabras del Señor en respuesta a los judíos que asombrados por su comportamiento con los compradores y vendedores a las puertas del templo en Jerusalén le habían interrogado pidiéndole también una señal. (Jn 2, 13-21):

"Como ya estaba próxima la fiesta judía de la Pascua, Jesús fue a Jerusalén / En el templo se encontró con los vendedores de bueyes, ovejas y palomas; también estaban allí, sentados detrás de sus mesas, los cambistas de dinero / Jesús, al ver aquello, hizo un látigo de cuerdas y echó fuera del templo a todos, con sus ovejas y bueyes; tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas / y a los vendedores de palomas les dijo: Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado / Sus discípulos recordaron las palabras de la escritura: <El celo por mi casa me consumirá> / Los judíos le salieron al paso y le preguntaron: ¿Qué señal nos ofreces como prueba de tu autoridad para hacer esto? / Jesús replicó: <Destruid este templo, y en tres días yo lo levantaré  de nuevo> / Los judíos le contestaron: Han sido necesarios cuarenta y seis años para edificar este templo, ¿Y piensas tú reconstruirlo en tres días? / El templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo / Por eso, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que Él había pronunciado"
 
 
 
 
El Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret. 2ª parte> se refiere a este pasaje de la vida del Señor, asegurando que: “En Juan, la verdadera palabra de Jesús se presenta así: <destruid este templo y yo en tres días lo levantaré>. Con esto Jesús responde a la petición de la autoridad judía de una señal que probara su legitimidad para un acto como la purificación el templo. Su <señal> es la Cruz y la Resurrección. La Cruz y la Resurrección lo legitiman como Aquel que establece el culto verdadero. Jesús se justifica a través de su Pasión; este es el signo de Jonás, que él ofrece a Israel y al mundo.

Pero la palabra va todavía más al fondo. Con razón dice Juan que los discípulos solo comprendieron esa palabra en toda su profundidad al recordarla después de la Resurrección, rememorándola a la luz del Espíritu Santo como comunidad de los discípulos, como Iglesia.

El rechazo a Jesús, su crucifixión, significa al mismo tiempo el fin de este templo. La época del templo ha pasado llega un nuevo culto en un templo no construido por el hombre. Este templo es su Cuerpo, el Resucitado que congrega a los pueblos y los une en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Él mismo es el nuevo templo de la humanidad. La crucifixión de Jesús es al mismo tiempo la destrucción del antiguo templo. Con su Resurrección comienza un modo nuevo de venerar a Dios, no ya en un monte o en otro, sino en <Espíritu y verdad>”

Nos habla aquí Benedicto XVI de aquello que está refrendado por el Catecismo de la Iglesia Católica (I.C.I.  nº 586):

“Lejos de haber sido hostil al Templo, donde expuso lo esencial de su enseñanza, Jesús quiso pagar el impuesto del templo asociándose con Pedro (Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el templo representándose como morada definitiva de Dios entre los hombres (Jn 2,21; Mt 12,6). Por eso su muerte corporal (Jn 2,18-22) anuncia la destrucción del templo que señalará la entrada de una nueva edad de la historia de la salvación: <llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre> (Jn, 4,21; Jn 4,23-24; Mt 27,5, Hb, 9,11, Ap 22,22)

 
 
 
 
Sí, con su Resurrección Jesucristo inauguró una nueva forma de adorar a Dios, tal como nos cuenta San Juan en su Evangelio, por ejemplo, durante el encuentro de Jesús con la samaritana. Jesús volvía a Galilea desde Judea y en el camino tuvo que pasar primero por la región de Samaria, llegando a una ciudad de la misma, llamada Sicar, famosa porque allí se encontraba la fuente de Jacob, donde bebieron sus hijos, su ganado y él mismo. Entre una mujer de la región, de vida licenciosa y Jesús se entabló una interesante conversación en la que Jesús al pedirle agua acaba reconociéndose el Mesías, y donde la mujer llega a comprender que éste debe ser al menos un profeta porque adivina sus secretos más íntimos (Jn 4, 19-24):

"Dice la mujer: Señor veo que tú eres profeta / Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarle / Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén / Vosotros, los samaritanos, no sabéis lo que adoráis; nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos / Ha llagado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así / Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad"

El Apóstol San Pablo en su carta a los hebreos tras una introducción muy amplia en la que explica como era el Santuario y los ritos del Antiguo Testamento, aclara que después de la venida del Mesías con su Pasión Muerte y Resurrección, éste ha conseguido penetrar en el tabernáculo más amplio y perfecto de un templo que ya no ha sido hecho por manos de los hombres y donde los sacrificios no se realizan por la sangre de los machos cabríos o por los becerros sino a través de un nuevo sacrificio de eficacia perfecta, esto es el sacrificio de Cristo (Hb 9 11-15)

-Cristo, se presentó como Sumo sacerdote de los bienes venideros, a través de un tabernáculo más santo y más perfecto, no hecho por mano de hombre, es decir, no de esta creación,

-y entró de una vez para siempre en el santuario, no con sangre de machos cabríos y de becerros, sino con su propia sangre, adquiriéndonos una liberación eterna.

-Pues si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y la ceniza de la vaca, con las que se asperja a aquellos que están manchados, los santifica procurándoles la pureza del cuerpo,

-¿Cuánto más la sangre de Cristo que por virtud del espíritu eterno se ofreció a sí mismo a Dios como víctima inmaculada purificará nuestra conciencia de sus obras muertas, para servir al Dios vivo?

-Por eso es el mediador de una nueva alianza, a fin de que, consiguiendo con su muerte el perdón de los delitos cometidos en el tiempo de la primera alianza, aquellos que son llamados reciban la herencia eterna prometida.

 
 
 
Y por eso el <signo de Jonás> siempre estará vinculado a la Resurrección de Cristo; a los hombres sólo les toca interpretarlo bien y obrar en consecuencia, teniendo siempre presente que el enemigo mortal del género humano es Satanás, el Ángel caído, aquel que por soberbia se quiso imponer a Dios y fue condenado por el Altísimo junto con sus secuaces, los ángeles disidentes que le arropaban en sus deseos y maldades, a permanecer en el mundo de las tinieblas…

En cambio Dios es fiel a su Alianza con el hombre que selló mediante Pasión,  Muerte y Resurrección de su Unigénito Hijo. Es más, como aseguraba el Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza Ed. Círculo de lectores 1995):
“No puede ya volverse atrás habiendo decidido de una vez por todas que el destino del hombre es la vida eterna y el Reino de los cielos ¿Cederá el hombre al amor de Dios, reconocerá su trágico error? ¿Cederá al príncipe de las tinieblas, que es el padre de la mentira (Jn 8,44), que continuamente acusa a los hijos de los hombres como en otro tiempo acusó a Job? (Job 1,9ss) probablemente no cederá, pero quizá sus argumentos pierdan fuerza. Quizá la humanidad se vaya haciendo poco a apoco más sencilla, vaya abriendo los oídos para escuchar la palabra con la que Dios lo ha dicho todo al hombre”

El Papa San Juan Pablo II  es optimista al evaluar el comportamiento humano en un futuro, futuro que ya es hoy presente en nuestro siglo, pero aunque es cierto que la esperanza siempre existirá y la Palabra de Dios será escuchada y respetada por la humanidad entera, lo cierto es que las primeras experiencias en este sentido, al comienzo de esta nueva etapa de la historia de los seres humanos, todo  parece indicar que marcha en el sentido contrario, pero el Espíritu Santo siempre ayuda al hombre en su camino de la búsqueda de la santidad, no lo olvidemos.


 
 
 El pueblo de Dios, está llamado inevitablemente a analizar los acontecimientos históricos o <signo de los tiempos> a la luz de la Palabra de Dios y a interpretarlos según sus designios. Más concretamente los católicos por la fe, debemos identificar el <signo de los tiempos> con el <signo de Jonás>, en función del amor Trinitario de Dios, revalidado por Cristo con su Pasión, Muerte y Resurrección. En particular la Resurrección de Cristo es un punto decisivo para la historia de la humanidad (Jesús de Nazaret 2ª Parte. Papa Benedicto XVI. Ed. Encuentros)