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domingo, 10 de febrero de 2019

SAN JOSÉ PATRONO DE LA BUENA MUERTE Y DE LA IGLESIA UNIVERSAL


 
 
 
 
A San José, Esposo de la Santísima Virgen la Iglesia lo venera como Patrono de la <buena muerte>,  porque en su paso a la otra vida, lógicamente tuvo que tener muy cerca a su esposa la Virgen María y a su Hijo adoptivo, Nuestro Señor Jesucristo, y ésta es sin duda la más hermosa forma de entregar el alma a Dios.

Su vida es prácticamente desconocida, salvo por las narraciones de los apóstoles del Señor, san Mateo y san Lucas  referidas a la infancia de Cristo. Ambos evangelistas prueban de forma concluyente en sus libros que José era descendiente de la casa del rey David. El Canciller de la Universidad de París, Jean Gerson (1363-1429), durante la Natividad de la Virgen, en su disertación, manifestó  que la Divina Providencia había previsto que este hombre elegido por Dios para ser el padre adoptivo de Jesús fuese de sangre real, pero pobre, porque debiendo  nacer el Señor  en la humildad de un establo, no podía escoger a un hombre rico que viviese en la opulencia (Concilio de Constanza).

 
 
Como podemos leer en el libro del Papa Benedicto XVI, titulado <La infancia de Jesús>:

“Mateo nos dice en primer lugar en su Evangelio que María era prometida de José. Según el derecho judío entonces vigente, el compromiso significaba ya un vínculo jurídico entre las dos parte, de modo que María podía ser llamada la mujer de José, aunque aún no se había producido el acto de recibirla en su casa, lo que fundaba la comunión matrimonial.

Como prometida, <<la mujer seguía viviendo en el hogar paterno y se mantenía bajo la <patria potestad>. Después de un año tenía lugar su acogida en casa, es decir, la celebración  del matrimonio>> (Gnilka, Matthäus, I, p. 17).

Ahora bien, José constató que María <esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo> (Mt 1, 20-25)”.

La zozobra que probablemente pudo afectar a San José con respecto a la recepción de María, en su casa, se vio pronto subsanada por la aparición, en sueño, de un ángel del Señor que le dijo (Mt 1, 20-25):

 
-José hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo.

-Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.

-Todo esto ha acecido a fin de que se cumpliese lo que dijo el Señor por el profeta que dice (Is 7, 14):

-<He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y lo llamarán  Emmanuel>, que traducido quiere decir <Dios con nosotros>.

-Despertó del sueño, hizo como le ordenó el ángel del Señor, y recibió consigo a su mujer;

-la cual, sin que antes le conociese, dio a luz un hijo, y él le puso por nombre Jesús (Yehoshuah, que en hebreo quiere decir Yahvé salva).

Como sigue recordando en su libro el Papa Benedicto XVI (La infancia de Jesús; Editorial Planeta S.A. 2012):

 
“En esa decisión, Mateo ve un signo de que José era un hombre justo (Mt 1, 19).

La calificación de José como hombre justo (zaddik) va mucho más allá de la decisión  de aquel momento: ofrece un cuadro completo de San José y, a la vez, lo incluye entre las grandes figuras de la Antigua Alianza, comenzando por Abraham, el justo…

El Salmo 1 ofrece la imagen clásica  del <justo>. Así pues, podemos considerarlo casi como un retrato de la figura espiritual de san José.

Justo según este Salmo, es un hombre que vive en intenso contacto con la Palabra de Dios: <que su gozo está en la ley del Señor> (v.2). Es como un árbol que, plantado junto a los cauces del agua, da siempre fruto.

 
La imagen de los cauces de agua de las que se nutre ha de entenderse naturalmente como la palabra viva de Dios, en la que el justo hunde las raíces de su existencia. La voluntad de Dios no es para él una ley impuesta desde fuera, sino un <gozo>.

La ley se convierte espontáneamente para él en <evangelio>, buena nueva, porque la interpreta con aptitud de apertura personal y llena de amor a Dios, y así aprende a comprenderla y a vivirla dentro”


José era de profesión carpintero, pero como nos recuerda san Epifanio, aunque el oficio fuese humilde, en aquellos tiempos, teniendo en cuenta sus antepasados reales, los cierto es que se nos presenta como el hombre más noble y fiel a los ojos de Dios, al escogerle como tutor de su Unigénito Hijo; y como asegura San Bernardo, tratándose de quién había sido llamado a ser en la tierra <agente y secretario del Altísimo en el misterio de la Encarnación y archivo de sus mayores secretos>.

Aproximadamente unos seis meses después de sus desposorios con la Virgen, san José tuvo que emprender viaje desde Nazaret, lugar donde residía y tenía su trabajo a la ciudad de Belén, obedeciendo al decreto del emperador Augusto, que ordenó registrar  los nombres de todos los vasallos del Imperio. Precisamente en Belén estaba el solar de la Casa de David a la que José pertenecía.

 
Es interesante recordar en este punto, que el decreto de Augusto para registrar fiscalmente a todos los ciudadanos lleva a José, junto con su esposa María, a Belén, la ciudad de David, y ello sirve para que se cumpla la promesa del profeta Miqueas, según la cual el Pastor de Israel habría de nacer en aquella ciudad (Miq 5, 1-3):

-En cuanto a ti, Belén Efrata, la más pequeña entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel. Sus orígenes se remontan a los tiempos antiguos, a los días de antaño.

-Por eso el Señor  abandonará a los suyos hasta  el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz.

Entonces los que aún queden volverán a reunirse con sus hermanos israelitas.

-El se mantendrá firme y pastoreará con la fuerza del Señor, y con la majestad del  nombre del Señor su Dios.

Ellos vivirán seguros, porque extenderán su poder hasta los confines de la tierra.

 
Como sigue afirmando el Papa Benedicto XVI en su libro (Ibid):

“Sin saberlo, el emperador contribuyó al cumplimiento de la promesa: la historia del Imperio romano y la historia de la salvación, iniciada por Dios con Israel, se compenetran recíprocamente. La historia de la elección de Dios, limitada hasta entonces a Israel, entra en toda la plenitud del mundo, de la historia universal. Dios que es el Dios de Israel y de todos los pueblos, se muestra  como el verdadero guía de toda la historia”

 


Después del nacimiento del Hijo de Dios en Belén, José pensó en fijar su residencia en Jerusalén, pero a causa de la persecución de Herodes para matar a aquel niño que creía podría ser un gran peligro para él, un ángel del Señor le advirtió que se retirará a Egipto con Jesús y la Virgen, hasta que pasara el peligro. La crueldad de este rey era terrible tal como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“En el año 7 a.C., Herodes había hecho ajusticiar a sus hijos Alejandro y Aristóbulo porque presentía que eran una amenaza para su poder. En el año 4 a.C, había eliminado por la misma razón también a su hijo Antípater. El pensaba exclusivamente en mantener el poder absoluto que había alcanzado y al saber, por los Magos, de un posible pretendiente al trono debió de ponerse en guardia, en contra de él. Visto su carácter, estaba claro que ningún escrúpulo le habría frenado.

<Al verse burlado por los Magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los Magos> (Mt 2, 16)…

Para el evangelista, la historia  de Israel  comienza otra vez y de un modo nuevo con el retorno de Jesús de Egipto a la Tierra Santa…”

 


Realmente el regreso de José con Jesús y María, después del destierro de Egipto no fue a Jerusalén como él en principio habría deseado, porque de nuevo un ángel del Señor le advirtió de que Arquelao, el más cruel de los hijos de Herodes, reinaba por entonces en Jerusalén y en Belén.

Los evangelistas nada más nos dicen referente a san José, después de esto, salvo que  Jesús, junto con sus padres, se fue a vivir a Nazaret y de esta forma se cumplió de nuevo lo anunciado por los profetas en el sentido de que sería llamado el nazareno (Is 8, 23- 9,2) y (Mt 4, 14-16).

No cabe duda que sobre la figura de san José se sabe muy poco,  pero los creyentes nos sentimos impresionados ante la idea de que él fue digno de <custodiar los más ricos tesoros del cielo y de la tierra, y tuvo la dicha inefable de vivir en un taller, adonde se había trasladado la gloria del Paraíso> en palabras del  P. Fr. Justo Pérez de Urbel.

Su fiesta se hizo universal en el siglo XVII, fue proclamado patrono de obispados, de países, de órdenes religiosas… y ello dio lugar a que el Papa Pio IX en el año 1870 le proclamara <patrono universal>, mediante su decreto  <Quemadmodum Deus>.

 
A finales del siglo IXX el Papa León XIII publicó la Carta Encíclica dedicada a san José con el titulo <Quamquam pluries>. En general todos los Pontífices de los últimos siglos han sido devotos del Patriarca san José, por el cual han sentido gran admiración y cariño. Así por ejemplo al Papa Pio X se debe la aprobación de la <Letanía  en Honor a san José> y la autorización de su inserción en los libros litúrgicos.

Benedicto XV publicó en 1920, poco después de la 1ª Guerra Mundial, una Carta Encíclica sobre la paz y más tarde, una Carta Motú Proprio, invitando a todos los Obispos del mundo a celebrar el cincuentenario del patronazgo de san José, animando también a su grey a proseguir con la devoción a san José y a la Sagrada Familia. Pio XI también fue un gran devoto de san José, y con ocasión de la beatificación  de varios santos franceses, se refirió al patronazgo de san José con estas sentidas palabras:

“Este es un santo que al  entrar en la vida y se desgastó cumpliendo una misión de parte de Dios, la misión de conservar la pureza de María, de proteger a nuestro Señor, y de esconder, por medio de su admirable cooperación el secreto de la Redención. La santidad incomparable de san José tiene sus raíces en la grandeza de esta misión, ya que no fue confiada a ningún otro santo…Es evidente que en virtud de tan alta misión, san José poseía  ya el titulo de gloria que le corresponde, el de Patrono de la Iglesia Universal”

Muchos santos y santas lo han considerado su modelo y abogado, así Santa Teresa de Jesús (Doctora de la Iglesia) escribía esta bella semblanza suya:

 
“Tomé por abogado y señor al glorioso san José y  me encomendé  mucho a él… A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra y como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar así en el cielo hacer cuanto le pide”

Hay muchas oraciones dedicadas al Patriarca san José, una de las más bellas, a nuestro juicio, es ésta para pedir la pureza:

“¡Oh custodio y padre de vírgenes, san José, a cuya fiel custodia fue encomendada la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las Vírgenes, María! Por estas dos carísimas prendas, Jesús y María, te ruego y suplico me alcance la gracia de que, preservado de toda impureza, pueda servir siempre castísimamente, con alma incontaminada, con corazón puro y con cuerpo casto, a Jesús y a María. Amén”

 
     


 

 
  

 

  

 

 

 

 

viernes, 1 de febrero de 2019

CUÁN HERMOSO ES EL CAMINO DEL BUEN PASTOR



 
 



¡Cuán hermoso es el camino del Buen Pastor! , el camino que conduce al Reino de Dios

El Papa Benedicto XVI en su Audiencia General  del 5 de octubre de 2011 al hablarnos del camino que conduce al Reino de Dios, nos recuerda que Jesús utiliza la simbología del <Buen Pastor>, evocando el ambiente nómada de los pastores y a las ovejas que componen su pequeño rebaño, porque:

“Esta imagen da un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas le siguen porque le reconocen y se fían de él (Jn 10, 2-4). Él las cuida, la custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitir vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas.

A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, dejándose guiar por Él hacia praderas seguras:

<en verdes praderas me hace reposar, me conduce hacia las aguas del remanso/ y conforta mi alma; me guía por los senderos de justicia, por honor a su nombre> (Sal 23 (22) 2-3)…



El Salmo 23 (22 ) nos invita a poner nuestra confianza en Dios abandonándonos totalmente en sus manos ( Me guía por los senderos de justicia, haciendo honor, a su nombre).Por tanto pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos, como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, en su mesa, y nos conduzca hacia <Fuentes tranquilas>, para que, en la acogida del <Don de Dios> podamos beber en sus manantiales, <fuentes de aquella vida> que <salta hasta la vida eterna>”

Consejos muy sentidos y cercanos del Pontífice Benedicto XVI, que recuerdan también los del Apóstol amado del Señor, San Juan,  al relatar el encuentro de Jesús con una mujer samaritana, en el camino, de vuelta a Galilea.

Debía pasar el Señor forzosamente  por Samaria, región central de Palestina. Sus habitantes, a partir del destierro de Babilonia, en aquellos tiempos, estaban profundamente enfrentados a los judíos ortodoxos de Jerusalén, aunque la enemistad venia de épocas más lejanas, concretamente  de cuando las tribus del norte y el sur llevaban vidas autónomas y se desconocían mutuamente.

 


Ambos pueblos habían  llegado a la situación de considerarse mutuamente  gente indeseable, pero ello no fue óbice para Nuestro Señor Jesucristo, que entabló conversación con una mujer samaritana que acudía a sacar agua del llamado pozo de Jacob, en el pueblo de Sicar.

Aquella mujer lógicamente se extrañó mucho cuando Jesús le dijo (Jn 4, 7): <Dame de beber>, por ello le preguntó, quizás con algo de acritud (Jn 4, 9):

¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?

El pozo de Sicar, era un excavación en tierra, de unos 32 metros de profundidad, alimentada por una fuente subterránea, que como aseguro la mujer databa del tiempo de Jacob y que   había sido dado por él Patriarca, a los samaritanos para que bebieran agua, ellos y su ganado. Pero Jesús le dijo (Jn 4, 10):

< ¡Si conocieses el <Don de Dios> y quien es el que te dice: Dame de beber, tú le hubieras pedido, y Él te hubiera dado agua viva!>
 
 


El <agua viva>, del que hablaba Jesús, es el símbolo del Espíritu Santo (Don de Dios), y el Dador de esa agua es Jesucristo, el Hijo del hombre, el Mesías. Por eso ante el asombro de la mujer, que ya empezaba a considerar que la presencia allí, de aquel hombre, era algo extraordinario, Jesús siguió diciendo, refiriéndose al agua del pozo (Jn 4, 13-14):

<Todo el que bebiere de esa agua, tendrá sed otra vez; mas quien bebiere el agua que yo le diere, no tendrá sed eternamente/ sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta para la vida eterna>

El <Agua viva> de la que hablaba Jesús era precisamente símbolo del Espíritu Santo  enviado por  el <Buen Pastor>, para facilitar a los hombres el camino que lleva a la vida eterna.  Por eso, con los  Sacramentos del Bautismo y la Confirmación los cristianos recibimos, el Don del Espíritu Santo, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1285):

“Con el Bautismo y la Eucaristía, el Sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los <sacramentos de iniciación cristiana>, cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles que la recepción de este Sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal. En efecto, a los bautizados “el Sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y con sus obras” (Lumen Gentium, 11)
 
 

 
Desde  tiempos de los apóstoles, a los futuros cristianos  se les comunicaba el <Don de Dios>, mediante la imposición de las manos, de esta forma se cumplía la voluntad de Cristo de completar la venida del Espíritu Santo, dada en el Sacramento del Bautismo, con el Sacramento de la Confirmación. La costumbre de añadir, a la imposición de las manos en el Sacramento de la Confirmación, una unción con oleó se manifestó muy pronto en la Iglesia primitiva y esta unción ilustra el nombre de <cristiano> que significa <ungido> y que tiene su origen en Cristo, al que <Dios ungió con el Espíritu Santo>.

En efecto, tal como nos enseña el Papa Benedicto XVI:

“Ser cristiano quiere decir proceder de Cristo, pertenecer a Cristo, al Ungido de Dios, a Aquel al que Dios mismo ha ungido, pero no con aceite material, sino con Aquel al que el óleo representa: con el Espíritu Santo. El aceite de oliva es de un modo completamente singular símbolo de cómo el Hombre Jesús está totalmente colmado del Espíritu Santo” (La Alegría de la Fe; Papa Benedicto XVI; Ed. San Pablo 2012)

 


Por tanto, El Padre envió a su Hijo para darnos el Espíritu, el cual  nos otorga nueva vida con el Bautismo, pero es sólo el principio.  En la Confirmación recibimos la plenitud de los <Dones del Espíritu santo>, mediante la <unción>.

“Ungir significa preparar para el poder. El Antiguo y el Nuevo Testamento están llenos de historias de ungidos. Los reyes son ungidos cuando llegan al trono. Los profetas son ungidos al principio de su ministerio. Los sacerdotes ungen a los que les van a suceder en su labor sacerdotal.

No son meras ceremonias, tienen una especial eficacia y la virtud de obrar maravillas. Un ejemplo llamativo es el del rey Saúl, ungido por el profeta Samuel (1 Sam 10, 1-9). Samuel dirá: El Espíritu del Señor se apoderará de ti y profetizarás…y serán otros hombres. Acto seguido, la historia dice que Saúl se sintió un hombre nuevo…

Los primeros cristianos mostraban predilección por el Sacramento de la Confirmación, y lo designaban con distintos nombres poéticos:

<La imposición de manos, el sello de Dios, la impronta de Dios>.

Son imágenes que evidencian el amor paternal hacia unos hijos que alcanzan la madurez” (Comprometidos con Dios. la promesa y la fuerza de los Sacramentos; Scott Hahn; Ediciones Riald, S.A, Madrid 2006)

 


Así es, las propiedades del <Agua viva> prometida por Jesús a la mujer samaritana eran extraordinarias, porque simbolizaban también el <Don de Dios>, es decir la llegada del Espíritu Santo sobre su persona. Al igual que ella, los cristianos recibimos este Don a través del Sacramento de la Confirmación, revalidando su llegada inicial, en el Sacramento del Bautismo, ambos instituidos por Cristo, el <Buen Pastor>, para facilitarnos el <Camino> hacia el <Reino de Dios>.

Recordemos que el simbolismo del agua aparece con fuerza en varias ocasiones en el Evangelio del Apóstol San Juan y muy particularmente en el caso que estamos recordando de Jesús y la samaritana tal como nos sugiere el Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret;  1ª Parte; Ed. La Esfera de los Libros, 2007):

“En el capítulo cuarto del Evangelio de San Juan, encontramos a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la samaritana un <Agua viva>, que será para quien beba de ella, fuente que salta para la <Vida eterna> (Jn 4, 14), de tal manera que quien la beba no <volverá a tener sed>. Aquí el simbolismo del pozo está relacionado con la historia de Israel”

No obstante, sigue el Papa razonando sobre este acontecimiento de la vida del Señor para llegar finalmente a la conclusión de que el <Agua> de la que Jesús habla durante su conversación con la samaritana, es un símbolo del <Pneuma>, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y que le da la vida plena, que él espera aún sin conocerla; se trata del Espíritu Santo, siempre presente en la vida de la Iglesia de Cristo, a través de sus Sacramentos:
 


“A través de la gracia de los Sacramentos, esta fuerza fluye en nuestro interior, como un rio subterráneo que  nutre el espíritu, nos atrae cada vez más cerca, de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo.

San Ignacio de Antioquia, que murió mártir en Roma a comienzo del siglo II, nos ha dejado una descripción espléndida de la fuerza del Espíritu que habita en nosotros. Él ha hablado del Espíritu como una <Fuente viva> que surge en su corazón y susurra: <Ven, ven al Padre>” (Los caminos de la vida interior; Benedicto XVI; Ed. Chronica S.L., 2011).

Sí, y para llegar al Padre hemos de seguir a Cristo, el <Buen Pastor>, debemos seguir su <Camino>, mirando fijamente a la meta, porque  tal como nos recuerda también el Papa Benedicto XVI:




“Dios lo ha exaltado a su derecha; por tanto hablar de Cristo como <archegos> (en griego, jefe que muestra el camino), significa que Cristo camina delante de nosotros, nos precede, nos muestra el camino. Y estar en comunión con Cristo, es la subida hacia lo alto…

Aquí, evidentemente, es importante  que se nos diga a dónde llega Cristo y a dónde tenemos  que llegar también nosotros: <Hypsosen> (las alturas) subir a la derecha del Padre. Seguir a Cristo no es sólo imitar sus virtudes, no es sólo vivir en este mundo de modo semejante a Jesús, en la medida de lo posible, según su palabra, sino  que es un <Camino> que tiene una meta. Y la meta es la derecha del Padre.

Este <Camino de Jesús>, el <Buen Pastor>, acaba a la derecha del Padre. El  horizonte de este seguimiento es  llegar a la derecha del Padre…

Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que la <Vida eterna> existe, es la verdadera vida, y de esta verdadera vida viene la luz que ilumina también este mundo.

Si bien se puede decir que, aún prescindiendo de la <Vida eterna>, del <Cielo prometido>, es mejor vivir según los criterios cristianos, porque vivir según la verdad  y el amor, aun sufriendo muchas persecuciones, en sí mismo es bien y es mejor  que todo lo demás, precisamente esta voluntad de vivir según la verdad y según el amor también debe abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la <Vida eterna>, la subida siguiendo a nuestro <archegos> (el jefe que muestra el camino).

<Soter> es el Salvador  que nos salva de la ignorancia, busca las cosas últimas. El Salvador  nos salva de la soledad, nos salva de un vacio que permanece en la vida sin eternidad, nos salva dándonos el amor en su plenitud.

Él es la guía, Cristo (Buen Pastor), nos salva dándonos la luz, dándonos la verdad, dándonos el amor de Dios” (La alegría de la fe; Benedicto XVI; Ed. San Pablo; 2012)

 

Pero todavía, en este caminar mirando fijamente el <Camino del Buen Pastor>, para llegar a la meta deseada, la <Vida eterna>,  el Papa Benedicto XVI nos recuerda que hay dos temas muy importantes, que nunca podremos obviar: la <conversión> y  la <penitencia> (Ibid):

“Cristo, el Salvador, concedió a Israel la penitencia y el perdón de los pecados (metanoia) (He 5, 31). Para mí  se trata de una observación muy importante: la penitencia es una gracia. Existe  una tendencia en exégesis que dice: Jesús en Galilea anunció una gracia sin condición, totalmente incondicional; por tanto también sin penitencia, gracia como tal, sin condiciones humanas previas.

Pero esta es una falsa interpretación de la gracia. La penitencia es gracia; es una gracia que reconozcamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una transformación de nuestro ser.

Penitencia, poder hacer penitencia, es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros, los cristianos, también en los últimos tiempos, con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura.

Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que poder hacer penitencia es gracia. Y vemos que es necesario hacer  penitencia, es decir reconocer lo que en nuestra vida hay de equivocado, abrirse al perdón, prepararse al perdón, dejarse transformar.

El dolor de la penitencia, es decir, de la purificación, de la transformación, este dolor es gracia, porque es renovación, es obra de la misericordia divina.

Estas dos cosas que dice san Pedro: <penitencia y perdón>, corresponden al inicio de la predicación de Jesús: <metanoeite>, es decir, convertíos (Mc 1, 15). Por tanto, este punto fundamental: la <metanoia> no es algo privado, que parecería sustituido por la gracia, sino la que la <matanoia> es la llegada de la gracia que nos transforma.

Recordemos unas palabras del Evangelio, donde se nos dice que quien cree tiene la <Vida eterna> (Jn 3, 36). En la fe, en este transformarse, que la penitencia concede, en esta conversión, en este nuevo <Camino del vivir > (Camino del Buen Pastor), llegamos a la vida, a la <Verdadera vida>”

 


Sí, sería muy bueno poder decir, como en su día, dijo el poeta:

“Ando por mi camino, pasajero/ y a veces creo que voy sin compañía/ hasta que siento el paso que me guía/ al compas de mi andar, de otro viajero.

No veo, pero está. Si voy ligero/ el apresura el paso; se diría/ que quiere ir a mi lado todo el día/ invisible y seguro el compañero.

Al llegar al terreno solitario/ él me presta valor para que siga/ y, si descanso, junto a mí reposa.



Y, cuando hay que subir monte (Calvario/ lo llama él), siento en su mano amiga/ que me ayuda, una llaga dolorosa”

*José María Souvirón Huelín (Escritor, ensayista y crítico). Málaga (España) (1904-1973).  

    

  

  

          

 

 

 

 

 

viernes, 25 de enero de 2019

LA UNIDAD, INDISOLUBILIDAD Y LA APERTURA A LA FECUNDIDAD SON ESENCIALES AL MATRIMONIO



 
 


Como  diría en su día el Papa Francisco, tras el importante Sínodo de los Obispos en el que se estudió en amplitud y con detenimiento los temas relacionados con la familia y por tanto con el sacramento del matrimonio (Exhortación apostólica postsinodal <Amoris Laetitia>; dada en Roma el 19 de marzo de 2016):

“Ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad…

En algunas sociedades todavía está en vigor la práctica de la poligamia; en otros contextos permanece la práctica de los matrimonios combinados…

En numerosos contextos, y no sólo occidentales, se está ampliamente difundiendo la praxis de la convivencia que precede al matrimonio, así como convivencias no orientadas a asumir la forma de un vínculo institucional.

En varios países, la población facilita el avance de una multiplicidad de alternativas, de manera que un matrimonio con notas de exclusividad, indisolubilidad y apertura a la vida, termine apareciendo como una oferta anticuada entre otras muchas.

Avanza en muchos países una destrucción jurídica de la familia que tiende a adoptar formas basadas casi exclusivamente en el programa de la autonomía de la voluntad.

Si bien es legítimo y justo que se rechacen viejas formas de familia <tradicional> caracterizadas por el autoritarismo e incluso la violencia, esto no debería llevar al desprecio del sacramento del matrimonio sino al redescubrimiento  de su verdadero sentido y a su renovación”

 


En esta denuncia clara y sentida del Papa Francisco se encierra toda una explicación de por qué el matrimonio elevado por Jesús a la categoría de sacramento, entre otros aspectos no despreciables,  es indisoluble, como así lo expuso Él a lo largo de toda su vida pública…

Para los cristianos  católicos debería estar sumamente claro este tema, que aparece muy bien explicado en el Catecismo de la Iglesia,  escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II (C.I.C. nº 1664 y nº 1665):

“La unidad, indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo en la fecundidad priva a la vida conyugal de su <don más excelente>, el hijo (GS 50,1) / Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras viven sus cónyuges legítimos, contradice el plan y la ley de Dios, enseñados por Cristo.

Los que viven en esta situación no están separados de la Iglesia pero no pueden acceder a la comunión cristiana. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando a los hijos en la fe”

 


El problema surgido a raíz, hace ya bastantes años, de la paganización y deshumanización de las sociedades en general, afectó también  al tema de la indisolubilidad o no, del matrimonio; esto es algo que debería preocuparnos a todos los cristianos.

Sí, porque este tema refleja la situación moral de una población, independientemente de sus características especiales. Ya sabemos que en ciertos países la poligamia, ha sido y es, la forma de unión del hombre y la mujer, pero eso no vale para los cristianos, Cristo no dijo eso, y si no lo dijo el Hijo Unigénito de Dios y Dios mismo, deberíamos  aceptar que la ley de Dios debe cumplirse por encima de cualquier otra circunstancia.

Así lo han manifestado a lo largo de los años los Padres y Pontífices de la Iglesia Católica y en este sentido ahí tenemos el ejemplo inestimable de los <Vicarios de Cristo> cuando dirigían sus discursos a los miembros del Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la apertura del año judicial.



Concretamente en el discurso del año 1999 el Papa san Juan Pablo II recordaba con dolor algunos de los problemas que ya por entonces  aquejaban al sacramento del matrimonio.

No era uno de los menores, el hecho de pretender atribuir una <realidad conyugal>, a la unión entre personas del mismo sexo:

“Se opone a esto, ante todo, la imposibilidad objetiva de hacer fructificar el matrimonio mediante la transmisión de la vida, según el proyecto inscrito por Dios en la misma estructura del ser humano.

Asimismo, también se opone a ello la ausencia de los presupuestos para la complementariedad interpersonal querida por el Creador tanto en el plano físico-biológico como en el eminentemente psicológico, entre el varón y la mujer.

Únicamente en la unión entre dos personas sexualmente diversas puede realizarse la perfección de cada uno de ellos, en una síntesis de unidad y mutua complementariedad psicofísica. 

Desde esta perspectiva, el amor no es un fin en sí mismo, y no se reduce al encuentro corporal entre dos seres; es una relación interpersonal profunda, que alcanza su culmen en la entrega recíproca plena y en la cooperación con Dios Creador, fuente última de toda nueva existencia humana”

 
Verdaderamente las personas algunas veces se dejan llevar por sus primeros impulsos, bajo la presión del medio en que desarrollan su exitencia,  desviándose así de la ley natural, inscrita por Dios en todo ser humano. Como seguía recordando el Papa san Juan Pablo II (Ibid):

“Todo creyente debe saber que la libertad es, como dice Dante, <el mayor don que Dios, por su largueza, hizo al crear, y el más conforme a su bondad; pero es un don que hay que utilizar bien, no convertirlo en ocasión de obstáculo para la dignidad humana>

Concebir la libertad como licitud moral e incluso jurídica para infringir la ley divina, significa alterar su verdadera naturaleza.

En efecto, ésta consiste en la posibilidad que tiene el ser humano de aceptar responsablemente, es decir, como una opción personal, la voluntad divina expresada en la ley, para asemejarse así cada vez más a su Creador”

 
Sí, porque en la ceremonia que tiene lugar durante el sacramento del matrimonio, la Iglesia llama a los novios a ser cooperadores con el Creador, dando vida a un ser semejante a ellos y a contribuir, de esta forma, a la transmisión de aquella imagen y semejanza divina de la que es portador todo <nacido de mujer>.

Así lo explicaba el Papa san Juan Pablo II en su <Carta a las Familias> del 2 de febrero de 1994:

“Mediante la comunión de personas, que se realiza en el matrimonio, el hombre y la mujer dan origen a la familia. Con ella se relaciona la genealogía de cada hombre: la genealogía de la persona…

Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación <sobre la tierra>.



En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella <imagen y semejanza>, propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación.

Así pues, tanto la concepción como en el nacimiento de un nuevo ser, los padres se hallan ante un <gran misterio> (Ef 5,32). También el nuevo ser humano, igual que sus padres, es llamado a la existencia como persona y a la vida <en la verdad y en el amor>.

Esta llamada se refiere no sólo a lo temporal, sino también a lo eterno. Tal es la dimensión de la genealogía de la persona, que Cristo nos ha revelado definitivamente, derramando la luz del Evangelio sobre el vivir y el morir humanos y, por tanto, sobre el significado de la familia humana”

 
Es por eso que existe un íntimo vínculo entre la Iglesia de Cristo y la familia, tal como aseguraba el Papa Francisco (Ibid):

“La bendición y la responsabilidad de una nueva familia, sellada en el sacramento eclesial, conlleva la disponibilidad a ser en el seno de la comunidad cristiana defensores y promotores  de carácter general de la alianza entre hombre y mujer: en el ámbito del vínculo social, de la generación de los hijos, de la protección de los más débiles, de la vida común.

Esta disponibilidad requiere una responsabilidad que tiene derecho a ser sostenida, reconocida y apreciada.

En virtud del sacramento cristiano cada familia se convierte, a todos los efectos, en un bien para la Iglesia, que por su parte pide ser considerada un bien para la misma familia que nace.

En esta perspectiva ciertamente será un don precioso, para el hoy de la Iglesia, la humilde disposición a considerar más equitativamente esta reciprocidad del <bonum  ecclesiae>: la Iglesia es un bien para la familia, la familia es un bien para la Iglesia…



La Iglesia, maestra segura y madre atenta, aunque reconozca que para los bautizados no hay otro vínculo nupcial que no sea el sacramental, y que toda ruptura de éste va en contra la voluntad de Dios, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos, a los que les cuesta el camino de la fe.

<<Por tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día…

Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades.

A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas>> (EG, 44)”    

 


 

jueves, 17 de enero de 2019

JESÚS DIJO (XXXVI): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS










. LA IGLESIA  DE CRISTO ES SANTA  (15/10/18)

 

. JESÚS Y EL MISTERIO DE SU RESURRECCIÓN (15/10/18)

 

. EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO UN TEMA DE ACTUALIDAD (15/10/18)

 

. LA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS, NO DEJA DE INTERCEDER POR LOS HOMBRES (16/10/18)

 

. ¡NO TENGAIS MIEDO DE DAR A CONOCER MI PALABRA! (16/10/18)

 

 

BIBLIA DE NAVARRA EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra, S.A., Pamplona-España) (EUNSA)

 

CARTA A TITO

 

*SALUDO (1, 1-4)

 

Pablo, siervo de Dios, apóstol de Jesucristo a favor de la fe de los elegidos de Dios y del conocimiento de la verdad que es conforme a la piedad, / basada en la esperanza de la vida eterna, que ha prometido desde toda la eternidad el que no miente, Dios, / y que en el tiempo oportuno ha manifestado su palabra mediante la predicación que me ha sido confiada, por mandato de Dios nuestro Salvador, a Tito, / verdadero hijo de en la fe que nos es común: gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.

 

*SELECCIÓN Y CUALIDADES DE LOS PRESBÍTEROS (1, 5-9)

 

El motivo  de haberte dejado en Creta es que pongas las cosas que aún lo requieren y constituyas presbíteros en cada ciudad, conforme a las instrucciones que te di: / que sea alguien irreprochable, casado una sola vez, que tenga hijos creyentes, no acusados de vida desenfrenada ni rebeldes. / Porque es preciso que el obispo, como administrador de Dios, sea irreprochable, no arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni propenso a ganancias turbias; / sino hospitalario, amante del bien, sobrio, justo, piadoso, dueño de sí mismo, / que mantenga con firmeza la palabra fiel que se ajusta a la enseñanza recibida, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y corregir a los adversarios.

 

*ACTITUD ANTE LOS FALSOS MAESTROS (1, 10-16)

 

Porque hay muchos rebeldes, charlatanes, embaucadores, sobre todo entre los que proceden de la circuncisión, / a quienes es necesario tapar la boca, pues trastornan a familias enteras, enseñando lo que no deben por un vergonzoso afán de lucro. / Ya dijo uno de ellos, profeta entre los suyos: <los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, estómagos perezosos>. / Y esa afirmación es verdad. Por esta razón, corrígeles con severidad, para que se mantengan sanos en la fe / y no presten atención a fábulas judaicas ni a preceptos de hombres que se apartan de la verdad. / Todo es limpio para los limpios; en cambio, para los contaminados e incrédulos no existe nada limpio, porque su mente y su conciencia están contaminadas. / Declaran conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras, puesto que son abominables y rebeldes, incapaces de toda obra buena.

 

*DEBERES DE LOS CRISTIANOS SEGÚN SU CONDICIÓN (2, 1-10)

 

Tú, en cambio, habla de lo que está de acuerdo con la sana doctrina. / Que los ancianos sean sobrios, dignos, prudentes, fuertes en la fe, en la caridad y en la paciencia. / Que las ancianas, asimismo, se comporten como corresponde a los santos; que no sean ni calumniadoras ni estén dominadas por el vicio del vino, que sean maestras del bien, / para que enseñen a las más jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,  / a ser prudentes, castas, buenas amas de casa, sujetas a sus maridos, para que no sea ultrajada la palabra de Dios. / Del mismo modo, a los más jóvenes exhórtales a ser prudentes, / mostrándote tú mismo  como modelo de buenas obras en todo: pureza de doctrina, dignidad, / predicación sana e intachable, para que el adverso se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros. / Los siervos, que estén sujetos a sus amos en todo, procurando ser complacientes sin replicarles; / que no les engañen, sino que den muestras de completa fidelidad en todo, para que hagan honor a la doctrina de Dios, nuestro Salvador.

 

*LA ENCARNACIÓN, FUNDAMENTO DE LA ÉTICA Y PIEDAD CRISTIANAS (2, 11-15)

 

Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, / educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, / aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, / que se entregó a sí mismo por nosotros para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien. / Di estas cosas, y exhorta y corrige con toda autoridad. Que nadie te menosprecie.

 

*RESPETO A LA AUTORIDAD LEGÍTIMA (3, 1-2)

 

Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes y a las autoridades: que les obedezcan, que estén dispuestos a hacer el bien, / sin injuriar a nadie ni darse a las discordias, sino que sean modestos dando muestras de comprensión con todos los hombres.

 

*RENOVACIÓN DE LA VIDA CRISTIANA POR EL ESPÍRITU SANTO (3, 3-8)

 

Pues también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, desobedientes, extraviados, esclavos de las concupiscencias y diversos placeres, viviendo inmersos en la malicia y en la envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. / Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, / nos salvó, no por las obras justas que hubiéramos hecho nosotros, sino por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo, / que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, / para que, justificados por su gracia, fuéramos herederos de la vida eterna que esperamos. / Verdadera es esta doctrina y quiero que en ella te mantengas firme, para que los que ya han creído en Dios pongan empeño en que se les reconozca por las buenas obras. Esto es bueno y útil para los hombres.

 

*OTROS CONSEJOS (3, 9-11)

 

Evita las discusiones necias, las genealogías, las disputas y polémicas sobre la Ley, porque son inútiles y vanas. / Al hereje, después de una o dos amonestaciones, rehúyelo: / tú sabes que a una persona así está pervertida y en pecado, y su propia conciencia le condena.

 

*RECOMENDACIONES FINALES (3, 12-14)

 

Cuando te envíe a Artemas o a Tíquico, procura venir pronto a mi encuentro en Nicópolis, porque he pensado pasar allí el invierno. / A Zenas, el jurista, y a Apolo, procura proveerles de todo lo necesario para el viaje, para que nada les falte. / Que aprendan también los nuestros a que se les reconozca por las buenas obras, ayudando en las necesidades urgentes, para que no queden sin dar fruto.

 

*DESPEDIDA (3, 15)

Te saludan todos los que están conmigo. Saluda tú a nuestros amigos en la fe. La gracia esté con todos vosotros.