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miércoles, 1 de mayo de 2019

EL AUGUSTO SACRAMENTO DEL ALTAR: LA EUCARISTÍA (2ª PARTE)



 
 
 
 
En el año 2012 el por entonces Pontífice de Roma, Benedicto XVI, durante la misa en la solemnidad del <Corpus Christi>, celebrada en la Basílica de San Juan de Letrán ( jueves 7 de junio)  pronunció una Homilía muy interesante sobre el culto a la Eucaristía. El santo Padre en su catequesis reflexionaba sobre el valor del culto eucarístico y en particular sobre el valor de la adoración del Santísimo Sacramento, ya que posteriormente a la celebración de la Misa se iba a llevar a cabo esta costumbre religiosa, tan importante:


“Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II había penalizado esta dimensión, restringiendo en la práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une así en la ofrenda del Sacrificio.

 
 
Esta valoración de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, obviamente sigue siendo válida, pero debe situarse en el justo equilibrio. De hecho, como sucede a menudo, para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro. En este caso, la justa acentuación puesta sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del Altar.


Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo, y del espacio, existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, en nuestras casas, como <Corazón palpitante> de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades.

El Sacramento de la caridad de Cristo debe permanecer en toda la vida cotidiana”  

Así es, el Sacramento de la Eucaristía debería estar presente en el día a día de todo creyente, porque es algo muy grande el hecho, que no deberíamos olvidar nunca, de que Cristo está presente con su Carne y con su Sangre en Él.

Es un inmenso regalo que nos hizo el Señor antes de su partida de este mundo, poco antes de su Pasión y Muerte en la Cruz…

Hace unos años, no demasiados, la aptitud de los creyentes respecto al Sacramento eucarístico era diferente; los fieles asistían con cierta frecuencia a las Iglesias para adorar a Jesús presente en la <Sagrada Forma>; ahora en cambio por diversas circunstancias, esta práctica religiosa ha desaparecido en algunos casos y va desapareciendo en otros y de ahí que los Papas del siglo pasado y también de este siglo, nos recuerden la necesidad que el hombre tiene de seguir adorando a Cristo no solo durante la Santa Misa, sino después, los días de ordinario, cuando se encuentra expuesta la Santa Hostia, en las Iglesias y Oratorios.
 
 
 
 
El problema viene agravándose desde mediados del siglo pasado, por eso, ya el Papa  Pablo VI en su Carta Encíclica <Mysterium Fidei>, refiriéndose al culto latréutico (reverencia, culto y adoración a Dios) debido al Sacramento eucarístico, no sólo durante la misa, sino fuera de su celebración, y también a la obligación de conservar con gran diligencia las Hostias consagradas para su posterior adoración, nos hacía ver que desde siempre esto era así en la Iglesia de Cristo y que existen muchos testimonios al respecto en los antiguos documentos eclesiásticos.


En este sentido, el Pontífice nos recordaba en primer lugar las palabras de amonestación de  san Hipólito (S. III)  a sus feligreses:

 <En verdad el Cuerpo de Cristo debe ser comido y no despreciado por los fieles>   

Estas palabras pronunciadas y conservadas gracias a sus escritos, de un hombre como san Hipólito, mártir, presbítero y durante un corto periodo de su vida antipapa, nos hace comprender la importancia del Sacramento de la Eucaristía en el culto de la Iglesia de Cristo.
 
 
 
 
Sí, porque ciertamente de acuerdo con  una inscripción que aparece sobre su tumba, compuesta por el Papa Dámaso I, Hipólito había sido seguidor del cisma novaciano mientras era presbítero, pero antes de la muerte exhortó a sus seguidores a reconciliarse con la Iglesia Católica.


Cuentan los hagiógrafos, que cuando Ponciano fue elegido Papa en el año 231, la Iglesia de Cristo se encontraba dividida por un cisma promovido por el sacerdote Hipólito, el cual se había negado a aceptar la elección del diácono Calixto como Papa en el año 217, y  lideraba un movimiento defensor de la tradición cristiana. Este hombre era ya reconocido por entonces como un gran maestro y conocedor de las Sagradas Escrituras…

Se cuenta también que el emperador Maximiano, viendo que ambos, Hipólito y Ponciano, eran lideres reconocidos de los cristianos, ordenó su detección, condenándoles después a trabajos forzados para  de esta forma perjudicar a la Iglesia de Cristo.

Sin embargo ambos, conscientes del peligro que corría la Iglesia con este mandato del emperador, renunciaron a todos sus cargos y pidieron a sus fieles que siguiesen adelante con la misión evangelizadora.

Finalmente fueron condenados a muerte, y así, las diferencias que estos  dos santos varones mantuvieron en Roma se vieron superadas por la comunión en el destierro y el martirio.
 
 
 
Después de la persecución ejercida por este emperador, el Papa Fabián (236-250) pudo llevar a Roma sus cuerpos un  13 de mayo, por ello la Iglesia celebra el aniversario de aquel traslado en esa misma fecha, cada año litúrgico.


Otra referencia muy temprana a la adoración del Santísimo Sacramento la tenemos en la vida de San Basilio el Grande (323-379). Nacido en Cesarea  de Capadocia (Turquía) en el seno de una familia cristiana fue un gran benefactor de los pobres y un gran defensor de la unidad de los cristianos. Sus hagiógrafos aseguran  que en una ocasión dividió la Santa Hostia en tres partes cuando celebraba la Misa, y entonces una parte la consumió él, otra parte la dio a los monjes presentes y la tercera la colocó en una paloma dorada suspendida sobre el Altar.
 
 
 
 
Sin embargo se cree que la adoración del Santísimo Sacramento, tal como aún hoy en día se sigue practicando se inició en Aviñon (Francia) en el siglo XIII, para celebrar y dar gracias por la victoria obtenida sobre los cátaros en las últimas confrontaciones que mantuvieron con estos, durante la Cruzada albigense.


A raíz de este momento parece que se intensificó bastante la práctica de la adoración de la Santa Eucaristía por parte de los creyentes; por eso y con el permiso del Papa Honorio III, la misma se ratificó y continuó realizándose desde entonces de forma casi constante.

La expresión utilizada para referirnos a esta piadosa práctica de forma ininterrumpida, se ha dado en llamar <adoración perpetua> y no fue hasta el siglo XV cuando se convirtió en una costumbre generalizada. La historia de esta santa práctica es larga y no siempre grata pero de cualquier forma ha persistido a lo largo de los siglos aunque en el momento actual debería recuperar la pujanza de otros tiempos. Por ello es reconfortante recordar las enseñanzas de los Pontífices, en estos momentos en los que los seres humanos se encuentran tan apartados de su Creador.

 
 
 
En este sentido el Papa Benedicto XVI, como antes mencionábamos, ha querido señalar que es un error contraponer la celebración y la adoración de la Santa Eucaristía, como si estuvieran en competición una con otra (Ibid): “Es precisamente lo contrario: el culto al Santísimo Sacramento es como el <ambiente> espiritual dentro del cual la comunidad puede celebrar bien  y en verdad la Eucaristía. La acción litúrgica sólo puede expresar su pleno significado y su valor, si va precedida, acompañada y seguida, de esta actitud interior de fe y de adoración.


El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdaderamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita en su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, tras disolver la asamblea, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestro sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre”
 
 
 
 
Sí, porque como muy bien dijo, en el siglo pasado, el Papa Pio XII (1876-1958) en su Carta Encíclica <Mediator Dei> (Dada en Castel-Gandolfo  junto a Roma, 20 de noviembre de 1947): “Cristo nuestro Señor, <Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec> (Sal 109, 4), como hubiera amado a los suyos que vivían en el mundo ( Jn 13, 1),  en la <Última Cena>, en la noche en que se le traicionaba, para dejar a la Iglesia  su amada Esposa un Sacrificio visible, como la naturaleza de los hombres pide que fuese representación  del sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la cruz, y para que permaneciese su recuerdo hasta el fin de los siglos y se aplicase su virtud salvadora para remisión de nuestros pecados cotidianos, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre, bajo la presencia del pan y del vino, y los dio a los Apóstoles, constituidos entonces sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que, bajo estas mismas especies, lo recibiesen, al mismo tiempo que les ordenaba, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, que lo <Ofreciesen>  (Conc. Tridentino, ses. 22 c.l.).

 
 
 
 
El augusto sacrificio del Altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante una inmolación incruenta, repite lo que una vez Jesús hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre, victima gratísima”


Así mismo, el Papa Benedicto XVI, siempre preocupado por la correcta interpretación del mensaje de Cristo, unos años después, refiriéndose al Sacramento de la Eucaristía se expresaba en los siguientes términos en su Exhortación Apostólica <Sacramentum Caritatis> (Ed. San Pablo 2007):

“En la Eucaristía, Jesús no da <algo>, sino a sí mismo,  ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros.
En los Evangelios escuchamos también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los panes y de los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm:
<Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo> (Jn 6, 32-33)

En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la salvación. En ella, el Deus Trinitas, que en sí mismo es amor (I Jn 4, 7-8), se une permanentemente a nuestra condición humana”
 
 
 
Ante estas palabras del Papa Benedicto XVI, los seguidores de Cristo deberían reflexionar sobre el significado real de este gran Misterio que es Sacramento de la Eucaristía, instituido por Él poco antes de su Pasión, Muerte y Resurrección. Es realmente el <Cuerpo de Cristo>, tal como nos recuerda el sacerdote al entregarnos la Santa Hostia; son la <carne y la sangre de Cristo>, los que recibimos y comemos durante la celebración del Banquete  Pascual, rememorado en la Santa Misa.   


Como dice también Benedicto XVI refiriéndose a la liturgia del Santísimo Sacramento del Altar (Ibid):

“Puesto que la liturgia de la Eucaristía es esencialmente <actio Dei> que nos une a Jesús a través del espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio…

A partir de la experiencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia celebra el
Sacrificio Eucarístico obedeciendo el mandato de Cristo”

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 19 de abril de 2019

EL AUGUSTO SACRAMENTO DEL ALTAR: LA EUCARISTÍA (1ª PARTE)


 
 



Jesús está cerca del hombre de muchas maneras, cada día, ayudándole en su caminar por la vida, pero sobre todo está visible por la fe en el Sacramento de la Eucaristía, que Él instituyó para  estar siempre junto a la humanidad.

Jesús está presente en la Eucaristía:



“No lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que son esenciales. Por ejemplo no vemos nuestra razón, y sin embargo tenemos la razón. No vemos nuestra inteligencia, y la tenemos. En una palabra no vemos nuestra alma, y sin embargo existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir, etc.

Precisamente las cosas más profundas, que sostienen realmente la vida y el mundo no las vemos, pero podemos ver, sentir sus efectos…

Tampoco vemos con nuestros ojos al Señor Resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores. Se crea más capacidad de paz y reconciliación, etc. Por consiguiente, no vemos a Señor mismo, pero vemos sus efectos: así podemos comprender que Jesús está presente”

(Insegnementi di Benedetto XVI. Incluido en el libro <El amor se aprende>. Romana Editorial S.L. 2012).

 Así es, como también manifestó el Papa Benedicto XVI en su libro <los caminos de la vida interior> (Ed. Chronica S.L. 2011):


“Si es cierto que los Sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina sobre la tierra (Lumen Gentium. Vaticano II), hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda creencia”

 


El Papa san Juan Pablo II nos habló también con anterioridad, en muchas ocasiones, sobre este augusto Sacramento, al que en cierta ocasión calificó de <realidad misteriosa pero auténtica, realidad salvífica y realidad transformante>.

 Concretamente refiriéndose al primer calificativo nos recordaba que:

“Jesús, en la Sinagoga de Cafarnaún, afirmaba claramente:

<Yo soy el pan del cielo…El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo…Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida…Este es el pan bajado del cielo…>

Jesús dice precisamente: <carne> y <sangre>, <comer> y <beber>…Es decir , Jesús habla de su Persona real, toda entera, no simbólica, y hace entender que la suya es una ofrenda <sacrificial>, que se realizará por vez primera en la <Ultima Cena>, anticipando místicamente el sacrificio de la cruz, y será transmitido a todos los siglos mediante  la Santa Misa.
 


Es un misterio de fe, ante el cual no podemos más que  arrodillarnos en adoración, en silencio, en admiración”

(Homilía de su santidad Juan Pablo II en Castelgandolfo; domingo 19 de agosto de 1979)

Años después, otro mes de agosto, el Papa Benedicto recordando este mismo pasaje de la vida de Jesús, narrado por el apóstol san Juan, se expresaba en los términos siguientes:

“En la Eucaristía la adoración debe ser unión. Con la celebración eucarística nos encontramos en aquella <hora> de Jesús, de la cual habla el  evangelio de san Juan. Mediante la Eucaristía, esta <hora> suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros.

Junto con los discípulos, él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición.

Sin embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios no solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la cruz y la Resurrección, dirigiéndose  a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:

 
<Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre>

Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre?

Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor”

 (Homilía de santo Padre Benedicto XVI en Colonia (Explanada de Marienfeld); domingo 21 de agosto de 2005)

 
Por su parte el Papa san Juan Pablo II, en la bibliografía anteriormente mencionada, calificaba  este sacramento de <realidad salvífica> apoyándose siempre en el relato de san Juan:

“Jesús habla de <vida eterna>, de <resurrección gloriosa>, del <último día>.

¡No es que Jesús olvide o desprecie la vida terrena; todo lo contrario!

Jesús mismo habla de los talentos que cada uno debe negociar y se complace en las obras de los hombres para la liberación progresiva de las diversas esclavitudes y opresiones, y para el mejoramiento de la existencia humana.

Pero no es necesario caer en el equívoco de la inmanencia histórica y terrena; es necesario pasar a través de la historia para alcanzar la vida eterna y gloriosa: paso fatigoso, difícil, ambiguo, porque debe ser meritorio.

Jesús, pues, está vivo, presente en nuestro camino cotidiano, para ayudarnos a realizar nuestro verdadero destino, inmortal y feliz.

¡Sin Cristo es inevitable extraviarse, confundirse, incluso desesperarse! Lo había intuido con claridad lúcida Dante Alighieri, hombre de mundo y de fe, genio de la poesía y experto en teología, cuando en la paráfrasis del <Padre nuestro>, rezado por las almas del Purgatorio, enseñó que el áspero desierto de la vida, sin la unión íntima con Jesús, <mana> del Nuevo Testamento, <pan bajado del cielo>, el hombre que quiere seguir adelante sólo con sus fuerzas, en realidad va hacia atrás:
 


<Danos hoy el maná de cada día/ sin el cual por este áspero desierto/ va hacia atrás quien más en caminar se afana> (Purgatorio XI, 13-15).

Sólo mediante la Eucaristía es posible vivir las virtudes heroicas del cristianismo: la caridad hasta el perdón  de los enemigos, hasta el amor a quien nos hace sufrir, hasta el don de la propia vida por el prójimo; la castidad en cualquier edad y situación de la vida; la paciencia, especialmente en el dolor y cuando se está desconcertado por el silencio de Dios en los dramas de la historia, o de la misma existencia propia”

 En esta línea de pensamiento el Papa Benedicto XVI nos recordaba así mismo que:

“La historia de la Iglesia está constelada de santos y santas, cuya existencia es signo elocuente de cómo precisamente desde la comunión con el Señor, desde la Eucaristía nace una nueva e intensa asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria; nace, por tanto, un desarrollo social positivo, que sitúa en el centro a la persona, especialmente a la persona pobre, enferma o necesitada.

Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica del amor y de donación del sacrificio de la cruz. Quien sabe arrodillarse ante la Eucaristía, quien recibe el cuerpo del Señor no puede no estar atento, en el entramado ordinario de los días, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir el propio pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir al que está desnudo, visitar al enfermo y al preso…
 


Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratitud, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas.

Una espiritualidad eucarística es el alma de una comunidad eclesial que supera las divisiones y contraposiciones y valora la diversidad de carismas y ministerios poniéndolos al servicio de la unidad de la Iglesia, de su vitalidad de su misión”

Por último, recordaremos que muy acertadamente el Papa san Juan Pablo II calificaba también,  el Sacramento de la Eucaristía, de <realidad transformadora> (Ibid), tal como lo hizo años después Benedicto XVI en la homilía que acabamos de comentar, y lo hacía con estas palabras:

“Es la afirmación más impresionante y comprometida:

<Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne  y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí>



¡Palabras serias! ¡Palabras exigentes!

La Eucaristía es una transformación, un compromiso de vida:

< ¡Ya no vivo yo – decía san Pablo – es Cristo quien vive en mí! >

¡Es Cristo crucificado!  (Gal 2 20; 1 Cor 2, 2)

¡Recibir la Eucaristía significa transformarse en Cristo, permanecer en Él, vivir para Él!

El cristiano, en el fondo, debe tener una sola preocupación  y una sola ambición: vivir para Cristo, tratando de imitarlo, en la obediencia suprema al Padre, en la aceptación de la vida y de la historia, en total dedicación a la caridad, en la bondad comprensiva y sin embargo austera.

Por eso la Eucaristía se convierte en programa de vida”           

 


  

 

 

 

 

sábado, 13 de abril de 2019

JESÚS DIJO (XXXVIII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS








. ¿HASTA QUE LA MUERTE OS SEPARE? (20/10/18)

 

 

. LA IGLESIA CATÓLICA CREE EN LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS (21/10/18)

 

 

. UN HECHO MISTERIOSO. JESÚS LAVÓ LOS PIES DE SUS DISCÍPULOS (21/10/18)

 

 

. JESÚS DIJO (XXXI): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS (22/10/18)

 

 

. JESÚS DIJO (XXXII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS (22/10/18)

 

 

. JESÚS DIJO (XXXIII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS (22/10/18)

 

 

. LA VERDADERA CERTEZA Y LA ESPERANZA DE LOS MARTIRES (25/10/18)

 

BIBLIA DE NAVARRA EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona-España)

 

 

 

ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN  (Según el Evangelio de San Juan)

 

. Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a Jerusalén,

 

.  tomaron ramos de palmas, salieron a su encuentro y se pusieron a gritar: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!

 

.  Jesús encontró un borriquillo y se montó sobre él, con forme a lo que está escrito:

 

.  No temas, hija de Sión. Mira a tu rey que llega montado en un borrico de asna.

 

. Al principio sus discípulos no comprendieron esto, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él, y que fueron precisamente éstas las que le hicieron.

 

. La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio.

 

. Por eso las muchedumbres le salieron al encuentro, porque oyeron que Jesús había hecho este signo.

 

.  Entonces los fariseos se dijeron unos a otros: <Ya veis que no adelantáis nada; mirad cómo todo el mundo se ha ido tras él.       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 6 de abril de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACION: SIGLO XVII (2ª Parte)


 
 


La labor evangelizadora de la Iglesia se ha visto siempre condicionada por los hechos acaecidos a lo largo de la historia de la humanidad, desde el inicio de su fundación por Nuestro Señor Jesucristo, hasta nuestros días, después de más de veinte siglos…

Esto hace necesario recordar, una vez más, aunque solo sea de forma sumaria, algunos acontecimientos que llevaron a hacer del siglo XVII, uno de los más adversos para los seres humanos, tanto desde un punto de vista material, como espiritual.

Los cuarenta primeros años de este siglo estuvieron marcados por el desarrollo de una gran guerra que dejo <hambre, sudor y lágrimas> como se suele decir, en numerosos países de Europa, aunque tampoco faltaron crueles confrontaciones en otros continentes; en los años cuarenta del siglo XVII, se  produjo  una gran escases de alimentos y  terribles enfermedades, como consecuencia, entre otros factores, quizás no menos importantes, de fenómenos climáticos extremos, que por entonces tuvieron lugar en todo el globo terráqueo.

Durante estos aciagos años el índice de mortalidad creció considerablemente en muchos países, y en especial en aquellos pertenecientes al viejo continente, debido a las pérdidas de cosechas por el mal tiempo y  la aparición de enfermedades infecciosas, como la peste, por  las pésimas condiciones higiénicas por entonces existentes en el continente europeo.
 


El problema fue especialmente importante en las zonas rurales, lo que dio lugar a una disminución demográfica considerable en las mismas, independientemente de otros estragos causados por procesos bélicos  que pudieran estar ocurriendo en aquellos años.

El Papa Pablo V (Camilo Borghese) murió  en el año 1621 y su sucesor en la Silla de Pedro fue Gregorio XV (Alessandro Ludovisi) (1621-1623), también jurista y de carácter recio, el cual luchó por los intereses de la Iglesia de Cristo, siguiendo el ejemplo de su antecesor.

La guerra de los <Treinta años> estalló el mismo año de su muerte (Periodo danés), pero su labor como Vicario de Cristo había sido incansable en el corto periodo de tiempo que duró su Pontificado. Estableció una nueva normativa para la elección del Papa que constaba de tres etapas: escrutinio, compromiso y aclamación. Fundó la Sagrada Congregación  para la Propagación de la Fe y canonizó a muchos hombres y mujeres de vidas ejemplares para la Iglesia, entre ellos estaban santa Teresa de Ávila, fundadora del Carmelo, san Francisco Javier y san Ignacio de Loyola,



fundadores de los jesuitas, y san Felipe Neri fundador del Oratorio.

A la muerte de Gregorio XV, el Papa Urbano VIII (Maffeo Barberini) (1623-1644) ocupaba la Silla de Pedro; este futuro Pontífice, habiendo perdido a su padre a muy corta edad fue educado por su tío, Francesco Barberini que tenía el importante cargo de protonotario apostólico.

Durante su Pontificado canonizó a santa Isabel de Portugal el 25 de mayo de 1625 y a san Andrés Corsini el 22 de abril de 1629; también beatificó entre otros a san Francisco de Borja (1624), san Juan de Dios (1630) y san Josaphst Kunceoya (1643).

Sin duda para este Pontífice  las canonizaciones y beatificaciones eran, como en el caso de sus antecesores, temas prioritario, por el deseo de demostrar a su grey, lo importante que eran los santos;  y no sé equivocaba, pues sin duda ellos nos muestran las características que todo buen evangelizador debe tener, para cumplir con los deseos del Señor, y de esta forma ser perfectos colaboradores de la verdadera alegría  (Papa Benedicto XVI; Cuando Dios Llama; Ediciones Rialp, S.A. Madrid 2010):


“Según la concepción de san Pablo, aparecen en sus Cartas tres características principales que le convierten a él y a los demás en apóstoles:

La primera es <haber visto al Señor>, es decir, haber tenido con Él un encuentro decisivo para la propia vida…

La segunda característica es <haber sido enviado>… se ha recibido una misión que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal…

El tercer requisito es <el ejercicio del anuncio del Evangelio>…
La misión de todos los evangelizadores, en todos los tiempos, consiste en ser colaboradores de Cristo, colaboradores de la verdadera alegría…”



Todas estas características las poseía sin duda  el Papa Urbano VIII, tal como prueba el gran esfuerzo que realizó al promover la evangelización en países lejanos, no pertenecientes al continente europeo. Para ello se apoyo en los padres jesuitas, de los que había recibido sus primeras enseñanzas, a los que les encargó la cristianización de América y el Oriente.

Así mismo se apoyo en los padres dominicos para que la evangelización llegara a más pueblos, alejados por entonces del Dios verdadero; todos ellos lograron grandes éxitos, pues se llegaron a abrir un gran número de misiones, por allí donde pasaban, consiguiendo que se convirtieran muchos nativos.

Concretamente en Japón los jesuitas llegaron a abrir más de treinta colegios y en Etiopia el éxito alcanzado por estos esforzados misioneros fueron extraordinarios si se tiene en cuenta la gran oposición que encontraron por parte de los partidarios de otras religiones paganas allí establecidas.
 


Así mismo, a él, se debe también, el empeño de restablecer el catolicismo en Inglaterra ya que por entonces, literalmente estaba separada de Roma desde que Enrique VIII (1509-1547), resolviera, sobre la base establecida con anterioridad por su padre Enrique VII, la disolución de los monasterios católicos ingleses, declarando así el país prácticamente independiente del Pontificado romano.

Recordemos que en 1603 Inglaterra era ya un país claramente protestante, y que además había un número considerable de fieles esperando una segunda reforma para situar a su iglesia, más próxima al calvinismo. Otros en cambio se resistían a éste nuevo ataque al cristianismo católico.

Jacobo Estuardo, como rey  estaba obligado a mediar en estos conflictos y se puede decir que lo hizo relativamente bien en algunos aspectos…

Así por ejemplo, en Escocia consiguió que la Iglesia reformada conservara a sus obispos, mientras que en Inglaterra fomentó más bien la doctrina calvinista. Este delicado equilibrio religioso mantenido por Jacobo I se rompió sin embargo en 1625 por el acceso al trono de su único hijo, Carlos I, el cual contrajo matrimonio con  Enriqueta María, la hija católica del rey Luis XIII de Francia, con el beneplácito del por entonces Papa, Urbano VIII.

Sin embargo los escoceses se revelaron  y en 1640 su ejército marchó hacia  el sur hasta Inglaterra para exigir la retirada de las reformas religiosas a favor de la Iglesia católica.



En el año 1644 moría el Papa Urbano VIII, y en este mismo año el ejército parlamentario se reorganizó; sin embargo las fuerzas realistas sufrieron un duro golpe y en 1646 el rey se vio obligado a rendirse y poco después  fue abolido el episcopado y se estableció en toda Inglaterra una Iglesia con doctrina  absolutamente calvinista.

El Conclave para la elección de un nuevo Papa se puede decir que fue tormentoso, debido en parte, a la enemistad existente en aquellos tiempos entre España y Francia (en 1635 Francia declaró la guerra  a España, guerra que duró hasta 1659).

Durante el Conclave para elegir al nuevo Papa, la fracción francesa había acordado no dar el voto a nadie que fuera amigo de España, pero luego temiendo que fuera elegido finalmente como Pontífice un enemigo de Francia, los cardenales franceses se pusieron de acuerdo con los españoles para elegir a Giambattista Pamphili  que fue nombrado nuevo sucesor de la Silla de Pedro con el nombre de Inocencio X (1644-1655); natural de Roma, miembro de las Comisiones del Concilio de Trento y con una carrera eclesiástica muy importante que le había conducido finalmente a ser nombrado cardenal-presbítero de san Eusebio (1629).
 
 


El nuevo Pontífice quiso corregir la situación económica de la Iglesia a consecuencia de la mala gestión del Pontífice anterior que favoreció quizás en exceso los gustos y caprichos de sus pariente más cercanos, si bien hay que tener en cuenta que muchos de los gastos producidos correspondían a construcciones de edificios importantes pertenecientes a la Iglesia, como por ejemplo <Castel Gandolfo>.

En este sentido, una de las primeras acciones de Inocencio X fue aclarar la situación del cardenal Francesco Barberini (pariente cercano de Urbano VIII), por posible apropiación de dinero público. Para escapar del castigo del nuevo Papa,  Barberini huyó a Paris, junto con sus simpatizantes, donde fueron bien acogidos por el cardenal Mazarino (1641-1661).

El Papa Inocencio X confiscó entonces sus posesiones y emitió una bula ordenando que todos los cardenales que habían abandonado o abandonasen en un futuro los Estados Pontificios sin permiso del Papa y no volviesen  en un periodo de tiempo de seis meses, fueran privados de sus beneficios eclesiásticos y hasta del cardenalato.



El Parlamento francés no estando de acuerdo con las disposiciones del nuevo Papa, declaró nulas e invalidadas las ordenanzas del mismo. El Papa no se amilanó ante esta difícil situación, sin embargo finalmente tuvo que ceder ante el peligro de que el cardenal Mazarino enviara tropas a Italia para invadir los Estados Pontificios…

No obstante, algún tiempo después, cuando el cardenal Mazarino arrestó al cardenal Retz (1652), el Papa Inocencio X protestó valientemente ante este claro acto de violencia  y protegió al cardenal cuando huyó de Francia. Todo esto demuestra que en aquellos momentos, las relaciones del Pontificado con el país galo  eran muy tirantes.

En cambio, la relación con Venecia, que había sido mala durante el Pontificado de Urbano VIII mejoró notablemente,  gracias a que el nuevo Papa, ayudó a los venecianos económicamente para la lucha contra sus enemigos.
 
 


Una de las medidas tomadas por el nuevo Pontífice más favorable a la Iglesia católica fue la emisión de una bula (Zero domus Dei) en la que se declaraba invalidados los artículos de la paz de Westfalia (Guerra de los Treinta años) contrarios a la fe de Cristo.

Mediante otra bula el Papa Inocencio X (Cum ocasione, 1653), condenó el jansenismo de nuevo (Urbano VIII ya lo había hecho con anterioridad), iniciándose así grandes controversias entre los que estaban de acuerdo con las ideas defendidas por este movimiento religioso y los que estaban en contra, esto es, la mayor parte de la Iglesia católica, que lo había condenado como herético.

El autor de este movimiento herético dentro del seno de la Iglesia fue el teólogo y obispo Cornelio Jansenius (1505-1638) el cual interpretando mal las enseñanzas de san Agustín escribió un libro, el <Agustinus>, que provocó que algunos religiosos se apartaran del mensaje de Cristo.



Así por ejemplo los religiosos del convento cisterciense de Port Royal lo acogieron como norma, siendo así que la iglesia católica lo había condenado con sus Pontífices a la cabeza, por contener tesis muy peligrosas especialmente contra el tema de la salvación, puesto que llegaban a negar la libertad que Dios ha dado al hombre para conseguirla.

El Papa Inocencio X  que había estudiado jurisprudencia, como es natural amaba sobre todas las cosas la justicia, y era un hombre de una moral muy elevada, todo ello le llevó a tener que imponer orden y concierto, como se suele decir, entre los componentes de su grey, lo que le llevó a tener muchos enemigos. Estos enemigos le acusaron de haber sido excesivamente condescendiente con algunos de sus parientes más cercanos y en especial con su cuñada (Olimpia Maidalchini), la cual en algún sentido, ejerció por desgracia cierta influencia sobre él.

Esta mujer de conducta despreciable, a la muerte del Papa (1655), se cuenta que sustrajo de las dependencias del Papa todo lo que de valor pudo encontrar, estando aún presente su cadáver. Gracias a los amigos del Pontífice este pudo ser por fin enterrado en la basílica patriarcal del Vaticano, aunque más tarde fue trasladado a otro lugar por su sobrino.


Fabio Chigi, natural de Siena (Italia), fue elegido nuevo Papa a la muerte de Inocencio X, tomando el nombre de Alejandro VII (1655-1667) y pertenecía, como en el caso de su antecesor, a una familia poderosa e ilustre italiana.

De constitución frágil, su niñez se caracterizó por un sufrimiento grande, que se prolongó en el tiempo ya  avanzada su juventud, provocándole graves problemas de salud, e impidiéndole su asistencia a la escuela como cualquier otro niño o joven.

La primera educación la recibió de su madre, una mujer devota y preocupada por el futuro de su hijo y posteriormente de los sucesivos tutores que ella buscó para su mejor desarrollo, los cuales enseguida pudieron comprobar que aquel niño de apariencia débil y enfermiza poseía una gran inteligencia y capacidad de estudio. Con solo 27 años se doctoró en filosofía, derecho y teología. En 1626 inició su carrera eclesiástica en Roma y un año después el Papa Urbano VIII le asignó un cargo importante en Ferrara, a partir del cual progresó rápidamente en su carrera eclesiástica.

Durante el Pontificado de Inocencio X  fue nombrado enviado extraordinario del Papa a la Conferencia de Münster donde defendió enérgicamente los intereses de la Iglesia católica, en las negociaciones entre naciones que dio lugar a la paz de Westfalia tras la guerra de los <Treinta años>,  y 1652 fue llamado a Roma con el nombramiento de Secretario de Estado, alcanzado el Cardenalato un poco después.

Con una carrera eclesiástica tan excelente no es de extrañar que a la muerte de Inocencio X los Padres del Conclave lo eligieran a él como nuevo representante de Cristo sobre la tierra, aunque tras largas deliberaciones, poniendo en él todas sus esperanzas a favor de la Iglesia.
 


Al Papa Alejandro VI (1655-1667), le toco defender y guiar a la Iglesia de Cristo durante un periodo de tiempo muy difícil para la misma, a causa de las denigrantes imposiciones sobre los clérigos, por parte de algunos nobles y grandes estadistas,  consecuencia del nepotismo social que entonces imperaba.

El nuevo Papa se impuso una vida austera, lejos de festejos o vida social depravada; se alejó de sus parientes inmersos en aquel mundo, pero la situación jurídica del Pontificado era débil y se encontraba en grave riesgo en medio de las llamadas <guerras de religiones>. Esto hizo que el Consistorio romano decidiera atraer a la familia del Papa, noble, rica y con gran influencia política a Roma, por miedo a los enemigos de la Iglesia; sin embargo esta fue quizás una mala decisión porque aumentó el nepotismo y el pueblo romano lo sufrió.

El Papa incapaz de oponerse a sus familiares más cercanos, se vio inmerso en graves problemas con Francia, especialmente debido a la mala influencia que el consejero de Luis XIV, el cardenal Mazarino, ejerció sobre el soberano, el cual durante toda su vida se negó a enviar la normal embajada de obediencia al nuevo Pontífice y obstaculizó el nombramiento de un embajador francés en Roma.

Animados los jansenistas franceses con este comportamiento de su rey, presentaron de nuevo cara al Papa, declarando que las proposiciones condenadas por la Iglesia en 1653 no se encontraban en el libro <Augustinus> escrito por Cornelius Janse. El Papa en respuesta a este comportamiento herético, en 1665 confirmó con energía la postura de la Iglesia, condenando mediante una Bula, <Ad Sacram>, nuevamente el jansenismo con la idea de erradicarlo cuanto antes.

Los enemigos de la Iglesia han tratado de ensombrecer la excelente gestión realizada por el Papa Alejandro VI durante el tiempo que ocupó la Silla de Pedro; quizás fue débil con sus familiares en algún momento, pero él dio ejemplo de vida austera y favoreció en todo momento la situación de su grey, dejando además muy mejorado el aspecto de la capital del cristianismo, promocionando la labor de  grandes arquitectos, como el genial Bernini.

Su sucesor en la Silla de Pedro Clemente IX (Giulio Rospigliosi) solo permaneció en la misma escasamente dos años (1667-1669). Todo un intelectual, a los 23 años obtuvo el doctorado en la Universidad de Pisa. Nombrado profesor de filosofía en esta Universidad, llevaba una vida ascética dedicada al estudio y la oración. Por todo esto llamó pronto la atención de la corte romana, en unos años en los que los Pontífices tenían una gran influencia social.

Disfrutó de la simpatía del Papa Urbano VIII y a la muerte de éste, durante el Pontificado de Inocencio X se retiró de nuevo del mundo cortesano para seguir una vida de recogimiento.

Durante el Papado de Alejandro VII, éste le llamó a Roma, nombrándole secretario de estado y cardenal sacerdote. Por su vida virtuosa y su extremada caridad para con los mas desahuciados, el pueblo llano le tenía gran afecto por lo que a la muerte de Alejandro VII fue elegido Papa por votación unánime del Sacro Colegio.


Era gran defensor y practicante de los Sacramento, especialmente se interesaba por el de la confesión o reconciliación, que el impartía en la Iglesia de San Pedro, escuchando la confesión de cualquier persona que quisiera acercarse a su confesonario, al menos una vez por semana.

Visitaba con frecuencia los hospitales y socorría a los pobres de Roma. Además en tiempos en los que el nepotismo entre las clases altas estaba de moda, él se negó a favorecer a sus familiares y su humildad era tan extrema que incluso nunca quiso que su nombre apareciera en los edificios de la iglesia construidos bajo su mandato.

Era aficionado a la música y escribió varios libretos para operas con argumentos religiosos, especialmente sobre temas relacionados con la vida de los santos. De esta forma colaboró sin duda con el tema de la evangelización haciendo del teatro una excelente herramienta.

Por supuesto que también se interesó por la beatificación y la canonización de  hombres y mujeres de vidas intachables, como por ejemplo santa María Magdalena de Pisa, san Pedro Alcántara o santa Rosa de Lima, todo ello en el corto plazo de tiempo de dos años; sus hagiógrafos aseguran que murió de forma repentina a causa de gran disgusto, como consecuencia de algún hecho histórico de relevancia, del momento…
 

Santa Rosa de Lima, es la primera santa americana y un ejemplo extraordinario para todas las personas que aman a Cristo. Natural de Lima (Perú) (1586-1617), fue bautizada con el nombre de Isabel, pero su gran belleza hizo que la llamaran Rosa desde muy niña.

Su familia era humilde pero vivían bien, hasta que  el fracaso de su padre en el negocio de la minería, quedó en la pobreza más absoluta. Para ayudar a su familia cultivaba el huerto de unos amigos y por las noches hacia trabajos de costura, sin olvidarse nunca de ayudar a los que eran más pobres que ella, pues consideraba que sirviéndoles a ellos, servía a Jesús.

Desde que era niña demostró poseer el maravilloso don de la paciencia en el sufrimiento, así como su deseo de mortificación por amor a Cristo. Sus hagiógrafos cuentan las cosas que hacía en este sentido, como el ayuno extremo u otras prácticas de ascetismo. No deseando casarse a pesar de que eran muchos los pretendientes a su mano, quiso entrar en la Tercera orden de las dominicas. Así lo hizo, ocupando una pequeña celda en la que practicaba con asiduidad la oración contemplativa.

Por su comportamiento ascético y santo, sufrió el <acoso y derribo> de muchas personas que en otro tiempo fueron sus amigos y sobre todo el diablo celoso de su amor a Cristo la asaltaba con violencia sometiéndola a constantes tentaciones.

Pero ella fue fiel a Cristo y su Mensaje, y por ello el Señor la recompensó con creces. Hasta el último momento de su vida, sometida a una gravísima enfermedad le fue fiel a Cristo y se cuenta que en oración ésta era su plegaria:



<Señor incrementa mis sufrimientos y con ello tu amor en mi corazón>