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viernes, 14 de junio de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVII (3ª Parte)


 
 
 
 
Los últimos años del siglo XVII no fueron mucho más tranquilos y halagüeños que los de principios y mediados de este periodo de la historia, especialmente en Occidente, aunque como es natural tampoco faltaron conflictos y desgracias  en otras partes del Planeta.

Por otra parte, es necesario resaltar el hecho de que aunque aparentemente el absolutismo constituyó el modelo de gobierno mayoritariamente presente durante estos años, especialmente en el Continente europeo, sin embargo coexistieron con él otras formas de regir más minoritarias.

Así mismo se tiene constancia de grandes cambios meteorológicos que desencadenaron condiciones climatológicas muy adversas a finales de este siglo. Concretamente en 1675 el frio fue muy intenso en todos los Continentes y se piensa que fue un año prácticamente invernal en todos ellos.
 
 
Volviendo al tema político hay que considerar que el absolutismo, para el monarca Luis XIV, nunca fue un fin en sí mismo, según narra la historia, sino más bien el medio para alcanzar el fin, aunque desde 1661, año en que este monarca inició su mandato, hasta su muerte en 1715, la situación del país Galo fue eminentemente belicosa; según se cree el objetivo a alcanzar era reducir la amenaza que suponía la potencia de los Habsburgo (1438-1740) que asediaba a Francia, desde España, los Países Bajos españoles y el Sacro Imperio Romano Germánico.


Se cree también que el intervalo de tiempo comprendido entre  1680 y 1720, fue muy importante para alcanzar el equilibrio de poder en la Europa central y en la oriental, pues con forme la supremacía otomana disminuía, el Imperio de la dinastía Habsburgo  se fue promocionando hasta llegar a ser la potencia hegemónica en el viejo Continente, tanto en la zona central como en  la suroriental.

Dentro de un este ambiente político tan variable y poco tranquilizador, debido a las guerras intestinas y entre países, el papel de la Iglesia como garante de la evangelización de los pueblos se vio muy mermado y hasta censurado. A pesar de ello, el humanismo propio de la época aconsejaba la tolerancia religiosa,  de forma que los escritores más influyentes hablaron de la necesidad de acabar con las llamadas guerras confesionales y con la persecución de las minorías religiosas…    
Recordemos que tanto  Urbano VIII (1623-1644), como Inocencio X  (1644-1655) vivieron en una etapa de la historia que con razón fue denominada  <era de las guerras de religión>. En efecto, entre 1540 y 1660 se produjeron una serie guerras cortas, pero no por ello menos terribles que la llamada de los <Treinta años> (1618-1648), en las que intervinieron además de otras causas de carácter económico, una serie de conflictos de carácter religioso. Se pude decir sin exagerar que  hasta que las pasiones religiosas no amainaron, la mayoría de los católicos y de los protestantes se veían mutuamente como enemigos contra los que tenían que luchar sin descanso…

 
 
 
 
En un ambiente tan enrarecido parecería que se habría hecho imposible llevar el Mensaje de Cristo a los pueblos, especialmente en el viejo Continente, sin embargo ello fue posible en gran medida a los Papas  del momento, que aunque muchas veces fueron denostados a causa del ambiente general creado por el despotismo reinante, supieron ayudar a la Iglesia de Cristo para seguir avanzando en la siempre difícil tarea de la evangelización.

Ciertamente, hacia el año 1670 y hasta el final de este siglo, la tarea de la evangelización resultó ser difícil de llevar a la práctica para los Pontífices de la Iglesia de Cristo, dado que el absolutismo y/o  el imperialismo estaban implantados en prácticamente todos los países.
 
 
 
 
Sí, porque la era del absolutismo (1660-1789), fue también imperialista, como demuestra el hecho de que desde el principio tanto los franceses, como los españoles, portugueses, ingleses y holandeses habían fundado colonias importantes en América y en Asia, y por otra parte, a finales del siglo las guerras europeas, casi siempre, tuvieron una motivación puramente colonialista.


Por supuesto, con  Luis XIV en Francia, el absolutismo llegó a niveles impensables, sin embargo la experiencia de lo que había ocurrido en Inglaterra, hizo que el soberano actuara de forma asombrosamente prudente al aplicar sus métodos políticos, y esto llevó al llamado <despotismo ilustrado>; la idea era, eso decían, la formación de gobiernos sin parlamentos, en manos de los más competentes, con objeto de introducir las reformas necesarias para favorecer el bienestar del pueblo.

Por entonces, en la mayoría de los países protestantes, y eran muchos, el poder independiente de la Iglesia había quedado subordinado a los intereses del estado; sin embargo, en Francia, España y  Austria, donde el catolicismo bajo el mandato del Papa en Roma, se había mantenido como la religión del estado, los monarcas absolutistas centraron la atención en <nacionalizar> a la Iglesia y al clero dentro de sus territorios. Para lo cual se apoyaron en los concordatos que los diversos monarcas habían conseguido, especialmente franceses y españoles, con el Pontificado en siglos anteriores (XV y XVI), pero eso sí, consolidaron mucho más la autoridad de la monarquía sobre la Iglesia.

 
 
El gobierno de Luis XIV coincidió con el fin del imperio europeo de España en Aquisgrán y Nimega, especialmente tras la paz de Utrecht; tomó entonces Francia el puesto que durante tanto tiempo había tenido España; además entre los años l670 a 1680, se produjeron por desgracia algunas confrontaciones en el viejo Continente, que como siempre, dieron lugar a desgracias sin fin entre sus habitantes. Una de ellas y no la menor fue la que enfrentó a Francia con Holanda.


Luis XIV siempre había considerado como enemiga peligrosa a Holanda por haber sido la promotora de la llamada <triple alianza>. Ante la entrada de los franceses en las Provincias Unidas: Países Bajos, España y Holanda, a través de esta última, Guillermo de Orange inundó el país mediante la ruptura de diques, causando un gran daño a las poblaciones implicadas;

 
 
España intervino a favor de Holanda. Tras diversos incidentes Holanda finalmente hizo la paz con Francia, prescindiendo de España, a pesar de la ayuda que de ésta, había recibido; España finalmente se vio obligada a aceptar la paz de Nimega en 1678, perdiendo el Franco Condado y numerosas plazas de Flandes.

Precisamente en el año 1670 tomaba posesión de la Silla de Pedro el cardenal Emilio Altieri, de 80 años, con el nombre de Clemente X. En efecto, a la muerte del Papa Clemente IX y tras un largo conclave de cuatro meses y medio, los cardenales reunidos, decidieron recurrir a la antigua costumbre de elegir un cardenal de edad avanzada, ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo de otro modo.

Los Altieri eran una familia antigua de la nobleza romana y ya que todos, excepto uno de los descendientes varones, habían escogido la carrera eclesiástica, el ya Papa, para evitar que el nombre de la familia se extinguiera, adoptó a los Paoluzzi, casando a uno de ellos con Laura Caterina Altieri, única heredera de la familia. Sin embargo, cometió el error de dar un alto cargo (Cardenal sobrino) al Cardenal Paoluzzi-Altieri, tío del esposo de Laura, el cual con el paso del tiempo se fue haciendo cargo de casi todo el estado Pontificio, controlando los asuntos administrativos de <regere et gubernare>, es decir, de regir y gobernar.

Por esta causa, el Papa fue acusado por sus enemigos de nepotismo, sin embargo nada más lejos de la realidad, ya que hay que sopesar el hecho de su avanzada edad, y por otra parte, la circunstancia de que su vida fue ordenada y dedicada a la labor más propia del Papado, la de la evangelización…
 
 
 
Sin duda el Papa Clemente X (1670-1676) fue un representante de Cristo sobre la tierra muy motivado por la santificación de las almas, que se interesó enormemente por las causas abiertas por la Iglesia, de beatificación y santificación,  en aquellos momentos. A él se deben, por ejemplo, las canonizaciones de Cayetano de Thiene, fundador de la orden de los teatinos, Francisco de Borga, nieto de Alejandro VI y general de los jesuitas, Luis Bertrand y Rosa de Lima. Por otra parte, beatificó al Papa Pio V, a Juan de la Cruz y a los Martíres de Gorcum de Holanda.



Este Papa aunque estuvo ocupando la Silla de Pedro solamente seis años porque era un anciano y estaba muy enfermo, hizo grandes cosas por la Iglesia de Cristo, demostrando siempre gran amor por su grey y especialmente por las personas más pobres, como quedó probado en el <Catorce Jubileo del Año Santo> de 1675, año anterior a su muerte.

Se cuenta que durante ese Jubileo por primera vez en la historia de la Iglesia, por orden del Pontífice, se permitió a los peregrinos llegados a Roma, para su celebración, ocupar y permanecer recogidos en  la Plaza de San Pedro.

 
 
 
Por otra parte, durante la Vigilia del Jubileo canonizó a Rosa de Lima, primera santa de América y el jueves santo se presento en la sede de la Cofradía de los peregrinos para lavar los pies a doce pobres y después ordeno servir una cena para diez mil peregrinos.

El  año 1676, muy próxima ya su partida de este mundo, entre otras muchas cosas hizo algo muy hermoso y provechoso para los cristianos, promulgó la unión de la catedral del Salvador o  Seo de Zaragoza, con la Basílica de Santa María del Pilar, con esto consiguió la perfecta armonía entre sus componentes, evitando así algunas diferencias, entre los cabildos, que se habían producido a lo largo de varios siglos. Desde entonces el Pilar de Zaragoza es Catedral.
Entregó su alma a Dios ese mismo año tras una larga y penosa agonía y fue enterrado en la Patriarcal Basílica Vaticana.

En contra de la inicial voluntad de Luis XIV de Francia y tras unos meses de intrigas y desavenencias de éste con el Vaticano, fue elegido nuevo Papa Benedetto Odescalchi, que tomo el nombre de Inocencio XI (1676-1689). Este santo varón, había nacido en Como en 1611 y pertenecía a una familia de buena posición, por lo que recibió una educación esmerada por parte de los jesuitas, estudiando jurisprudencia en Roma y Nápoles.

Se decantó muy pronto por la carrera eclesiástica y por meritos propios fue escalando en ella nombramientos cada vez más importantes hasta que el Papa Inocencio X (1644-1655) lo hizo Cardenal-Diacono de Santi Cosma e Damiano el 6 de marzo de 1645 y poco más tarde Cardenal-Sacerdote de Cardinal-Priest Sant’ Onofrio.
Sus biógrafos cuentan que como Cardenal fue muy querido por todos a causa de su amor al prójimo y al deber cumplido. Por su gran caridad alcanzó el honor de ser llamado el <padre de los pobres> y en 1650 fue nombrado Obispo de Novara, dedicando todos sus bienes a aliviar las enfermedades y el hambre de las gentes de su diócesis.

 
 
 
Con todas estas santas y magníficas referencias, no es de extrañar que fuera un fuerte candidato para el Papado a la muerte de Clemente IX; sin embargo el Rey Luis XIV se opuso a ello, y por entonces Francia ejercía una gran influencia sobre el Vaticano; a pesar de ello, finalmente y afortunadamente, como hemos comentado anteriormente, fue elegido sucesor de la Silla de Pedro.

Todo el Pontificado de Inocencio XI (1676-1689), estuvo marcado por la constante lucha contra el absolutismo implantado por este monarca francés, el cual se consideraba superior al Papa en todo y ni siquiera acataba la infalibilidad del mismo. Como ejemplo de su soberbia envió un embajador a Roma con todo un ejército, por lo que el Papa lo excomulgó y él en revancha ocupó Aviñón y Venaissin y apeló al Concilio general, pero el Papa permaneció firme.

Muchas veces  este Pontífice tuvo que intervenir en situaciones de enfrentamientos entre naciones para ayudar al cristianismo, y por otra parte, se enfrentó de forma decidida a la relajación de las costumbres y a la falta de fe que por entonces hacía estragos entre los fieles y los clérigos. Aprobó reglas muy estrictas respecto a la modestia en el vestir entre las damas romanas, suprimió las casas de juego de Roma y promovió la comunión frecuente de sus fieles.

 
 
Tuvo que luchar igualmente contra las aberraciones del laxismo y el quietismo  y así en Bula <Sanctissimnus Dominus>, emitida en 1679, condenó sesenta y cinco propuestas que favorecían el laxismo en moral teológica.

Así mismo en un decreto emitido en 1687 y en la Constitución  <Coelesti Pastor> de este mismo año, condenó sesenta y ocho propuestas quietistas aparecidas en la obra de Miguel de Molinos. Este hombre defendía ideas peregrinas, tales como que era factible <la voluntad de asemejarse totalmente a Dios hasta la identificación, en la pasividad total, en la que desaparece la voluntad del hombre; desdeñando toda acción moral y espiritual, de forma que el hombre puede disfrutar sin esfuerzo de la paz de Dios>.

A la muerte del Papa Beato Inocencio XI fue elegido, nuevo Pontífice, Pietro Ottoboni que tomó el nombre de Alejandro VIII (1689-1691). Descendiente de una familia noble de Venecia, había recibido una educación excelente, lo que le había permitido doctorarse brillantemente en derecho canónico y civil. Ordenado Cardenal (1652) por Inocencio X , más tarde, el Papa Clemente IX le nombró Cardenal de la Curia, alcanzando el Papado a la edad de 80 años, por lo que sólo vivió unos meses para llevar a cabo tan excelso mandato.

Parecería que disponiendo de tan poco tiempo el nuevo Papa alcanzaría a hacer muy pocas cosas por la Iglesia de Cristo, sin embargo fue todo lo contrario, demostrando con ello que la rectitud en el comportamiento, sumada a la generosidad e indulgencia hacía su grey, podían alcanzar grandes metas, por supuesto con la ayuda del Espíritu Santo.
 
 
 
 
Precisamente el carácter pacífico y tolerante del nuevo sucesor de la silla de Pedro le permitió a éste, mantener una situación de concordia entre la Iglesia y el todopoderoso Luis XIV, que por cierto, en aquellos momentos se encontraba en serias dificultades políticas. Para mostrar su agradecimiento a Alejandro VIII, este rey intratable, consintió en devolver Aviñon al Papado, sin embargo, ello no impidió que este Pontífice proclamara que la Declaración de las libertades Galicanas de 1682 era nula y la invalidara.


El anciano Papa recordando a su querida Venecia natal, se volcó con ella económicamente, para ayudarla en la lucha contra sus enemigos, lo cual ha sido muy criticado por algunos eruditos, pero no cabe duda que ello fue muy favorable, a la postre, para la Iglesia católica.

Por su gran amor a Cristo y a su mensaje, condenó algunas doctrinas contrarias a la fe de su Iglesia, que estaban de moda, por así decir, en aquellos tiempos; por ejemplo condenó la doctrina del <pecado filosófico>.

Pero lo más destacable, sin duda, de su cortísimo Papado fue su carácter compasivo para con los más débiles y necesitados, que culminó con la rebaja de impuestos al pueblo de Roma.

A la muerte de este santo varón, los Cardenales se reunieron en Conclave en Roma el 11 de febrero de 1691 y tras varios meses de intentar ponerse de acuerdo en la elección del nuevo Papa, por fin eligieron a Antonio Pignatelli que tomó el nombre de Inocencio XII (1691-1700). Casi de inmediato de hacerse cargo del Pontificado decidió condenar una vez más la situación de nepotismo, aún resistente a desaparecer, entre algunos miembros de la Iglesia y para ello dictó la bula <Romanum decet Pontificem> (1692), firmada y jurada por los Cardenales, con el decreto de que en el futuro ningún Papa pudiera conceder el Cardenalato a más de un pariente suyo.
 
 
 
El nuevo Papa había nacido en Spinazzola, cerca de Nápoles, y resultó ser una persona tan caritativa como su antecesor en la Silla de Pedro y así, se interesó por convertir parte del Laterano Hospital en un lugar donde se atendía con prestancia y amor a los más pobres. Se interesó, igualmente, por la educación de los jóvenes y los niños mas necesitados.


Por entonces, el rey Luis XVI intentó un nuevo acercamiento al Pontificado de Roma y  gracias en gran medida, a su capacidad de diálogo, éste gran Papa logró que aceptara el soberano la revocación  de la orden de enseñanza  de los <artículos galaicos> a los jóvenes.
Así mismo condenó de nuevo el jansenismo y mediante sus bulas acabó con los discípulos de Antonio Arnault, sucesor de Jansenius, por entonces refugiado en Holanda.

En definitiva, una vez más se puso de manifiesto, durante el Pontificado del último Papa del Siglo XVII, que el Espíritu Santo está siempre de parte de la Iglesia de Cristo, incluso durante los siglos más azarosos de la historia de la humanidad.

Sí, el Señor siempre está presente en su Iglesia y convoca a las personas de buena voluntad a la ardua pero magnifica tarea de la evangelización. Así sucedió una vez más con aquellos hombres llamados a encabezar su Iglesia, pero también con otros muchos menos conocidos que lo dieron todo a favor de sus hermanos por amor a Cristo y su Mensaje.

 
 
 
Entre los miles y miles de hombres y mujeres, menos conocidos, que emprendieron la dura batalla de la evangelización, mediante la palabra y las acciones desarrolladas a lo largo de sus ejemplares vidas, citaremos sólo, a modo de ejemplo, por haber vivido a finales de este siglo y merecerlo sobradamente, al sacerdote católico italiano Marco Antonio Barbarigo (1640-1706).

Natural de Venecia y de familia noble fue ordenado sacerdote muy joven, ejerciendo como Párroco de la Iglesia de san Nicolás de Mendicoli y posteriormente fue nombrado canónigo de la Catedral de Padua.

El Papa Inocencio XI le nombró en 1678 arzobispo de Corfú y allí se dedicó a la reforma del clero e instituyó el seminario diocesano. Por otra parte, predicó y promovió las obras de caridad, ayudando con ello también a los afectados por una epidemia surgida en el año 1684 entre los marineros de Venecia.

Tras haber perdido los bienes particulares, por cuestiones de carácter político, al quedar en la mayor indigencia el Papa le ayudó, concediéndole asilo en el Palacio de la Cancillería, dos años después le nombró Cardenal y posteriormente en 1687 le hizo Obispo de Montefiascano y Corneto (1687). Al tomar posesión de su nuevo trabajo para la Iglesia, enseguida se encargó de resolver los problemas existentes por entonces en su diócesis, para lo que promovió una reforma de la misma y favoreció la predicación de las misiones populares, así como las escuelas parroquiales cristianas.

Por otra parte, fundó dos congregaciones religiosas. La primera junto a Rosa Venerini, con el nombre de <Congregación de Maestras Pías>, y  la segunda, el <Instituto del Divino Amor>, uniendo la educación a una forma de vida de clausura.

Entregó su vida a Dios en los primeros años del siglo XVIII, teniendo ya una fama reconocida de hombre santo y prudente, razón por la cual en 1941 se inició por la Iglesia el proceso en pro de su beatificación. El Papa Benedicto XVI le declaró venerable.
 
 
Sí, como diría en su día el Papa Benedicto XVI: “Dios siempre ha escogido a algunas personas para colaborar de manera más directa con Él en la realización de su plan de salvación. En el Antiguo Testamento, al comienzo, llamó a Abrahán para formar un gran pueblo, y luego a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Designó después a otros personajes. Especialmente los profetas, para defender y mantener viva la alianza con su pueblo.


En el Nuevo Testamento, Jesús, el Mesías prometido, invitó personalmente a los Apóstoles a estar con Él y a compartir su misión. En la Última Cena, confiándoles el encargo de perpetuar el memorial de su muerte y resurrección hasta su glorioso retorno al final de los tiempos…

La Eucaristía es el manantial de aquella unión eclesial por la que Jesús oró en la vigilia de su Pasión (Jn 17, 21). Esa intensa comunión favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino” (Cuando Dios llama; Papa Benedicto XVI; Ed. Rialp, S.A., Madrid, 2010)

 
 

 

      

 

     

 

 

    

 

 

 

sábado, 1 de junio de 2019

LA SOLEDAD: UNA DE LAS POBREZAS DEL HOMBRE



 
 
Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad, casi siempre consecuencia del individualismo; así lo expresaba el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Caritas in Veritate>, dada en Roma, en la festividad de San Pedro y San Pablo del año 2009:

“Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amado o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor a Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, o quizás un <extranjero> en un universo que se ha formado por casualidad…”

 Desgraciadamente el hombre del siglo XXI, especialmente en el llamado viejo Continente, en cierto sentido y en gran medida se siente <solo>, ante la avalancha informativa que le llega del universo que le rodea, de ese universo que algunos se atreven a asegurar se originó fortuitamente, es decir por casualidad…
 
 
 
 
El maligno y sus acólitos, los enemigos mortales del hombre desde siempre, también en este siglo de prominentes avances tecnológicos, se apoyan en este absurdo postulado, para minar el espíritu de lucha y resistencia a la soberbia, ese pecado que Satanás insertó en el alma de nuestros primeros padres…

Los grandes investigadores sobre este tema, a lo largo de los siglos, salvo raras excepciones, llegan siempre a la misma conclusión: <el Universo no se ha originado casualmente>

Sí, existe un Creador de ese Universo en el que el hombre ocupa un lugar pequeño, pero no por ello poco importante para Él. Este Dios Creador, sí, se ocupa de sus criaturas, se preocupa del hombre, también de aquellos que le rechazan, de aquellos inmersos en la soledad del individualismo.

 
 
Más que nunca la humanidad debe luchar contra el individualismo, contra la <soledad> porque como muy bien razonaba el Papa Benedicto XVI (Ibid): “El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan  como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto al otro…

Es preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser una familia, la interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso para que la integración  se desarrolle bajo el signo de la solidaridad en vez de la marginación”

Este razonamiento del Papa Benedicto XVI, a principio del presente siglo, ya ha sido llevado con éxito por algunos pueblos, especialmente por aquellos pertenecientes al mal llamado <tercer mundo>.
 
 
 
Más concretamente recordamos aquellos casos extraordinarios de solidaridad ocurridos en el continente africano. Así por ejemplo en el año 2013, dos años después de que Sudán del sur se independizara, se produjo un enfrentamiento armado como consecuencia de las rivalidades existentes entre sus líderes y tras un acuerdo establecido sobre bases muy débiles, en el año 2016 volvieron las hostilidades, y como consecuencia de las mismas se produjeron verdaderos estragos en todo el país.

Muchas personas que sobrevivieron a estos lamentables hechos huyeron despavoridas para refugiarse en el país vecino, Uganda, que se comprometió desde el principio a procurar la integración de estos expatriados en sus sociedades, y parece que al día de hoy lo está consiguiendo con éxito, gracias sobre todo a la propia solidaridad surgida en el seno de este pueblo desplazado de su país por razones tan terribles e insolidarias.

Sí, como aseguraba el Papa Benedicto XVI (Ibid):
 
 
“La criatura humana, en cuanto a su naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuando las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal.

El hombre se valoriza, no aislándose, sino poniéndose en relación con los otros y con Dios.

Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental.

Esto vale también para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil para su desarrollo, una visión metafísica de la relación  entre las personas.

A este respecto, la razón encuentra inspiración  y orientación  en la revelación , según la cual la comunidad de los hombres no absorbe en sí a la persona anulando su autonomía, como ocurre en las diversas formas de totalitarismos, sino que la valoriza más aún, porque la relación entre personas y comunidad es la de un todo hacia otro todo.

De la misma manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas que la componen, y la Iglesia misma valora plenamente la <criatura nueva> (Gc. 6, 15; 2 Co 5, 17), que por el sacramento del bautismo se inserta en el Cuerpo vivo, así también la unidad de la familia humana no anula de por sí a las personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más transparentes los unos con los otros, más unidos en su legitima diversidad”
 
 
 
 
Gran ejemplo nos dieron en este sentido los primeros cristianos, tal como ha que quedado reflejado en el libro de <Los Hechos de los Apóstoles> del evangelista San Lucas (Lc 2, 42-47):

“Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones / El temor sobrecogía a todos, y por medio de los apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales / Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común / Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno / Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón / alabando a Dios y gozando del favor todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse”

Ante este comportamiento de los miembros de la primitiva Iglesia de Cristo hay que manifestar: ¡Que grandes son las obras del Señor! El Papa Benedicto XVI nos lo hacía ver también, en su Audiencia General de 8 de junio de 2005, meditando el contenido del Salmo 110 del Antiguo Testamento. En efecto, como él nos recordaba:

“Este Salmo encierra el himno de alabanza y de acción de gracias por los numerosos beneficios que definen a Dios en sus atributos y en su obra salvadora: habla de  <misericordia>, <clemencia>, <justicia>, <fuerza>, <verdad>, <rectitud>, <fidelidad>,  <alianza>, <obras>, <maravillas>, incluso de <alimento> que Él da y, al final, de su <Nombre> glorioso, es decir de su persona”

 
 
 
Sí, el Salmo 111 (110) recrea al Hijo de Dios, se cumple en nuestro Señor Jesucristo, en cuanto que Él es el Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. Porque su <esplendor y majestad son su obra y su justicia, permanece para siempre>.
Y también porque ( 110, 4-10):

“Ha hecho maravillas dignas de recordar/ El Señor es clemente y compasivo/ Da alimento a quienes le temen, recuerda siempre su alianza/ Manifestó a su pueblo la fuerza de su obrar/ al darle la heredad de las naciones/ Las obras de sus manos son verdad y justicia/ Dignos de confianza, todos sus mandatos/ promulgados para siempre, se han de cumplir con fidelidad y rectitud/ Envió la redención a su pueblo; ordenó para siempre su alianza. Su nombre es santo y temible/ Principio de sabiduría es el temor del Señor”

Es por eso que   (Salmo 110, 10-11):

“Sensatos son cuantos lo practican (el temor de Dios) / Su alabanza permanece para siempre”
Sin duda esta oración contiene una perfecta contemplación del misterio de Dios y de las maravillas que realiza en la historia del hombre con vistas a su salvación.
 
 
 
 
Verdaderamente a la familia humana y por tanto a cada hombre en particular le convendría recapitular, de vez en cuando, sobre todo esto. Es cierto, sin embargo, que el tiempo de que se dispone en la actualidad es muy poco para poner en práctica este deseo; todos estamos llenos de problemas que nos atañen y muy ocupados y preocupados por llegar a una solución de los mismos...

Como advertía el Papa Francisco, conseguir más tiempo para la contemplación del misterio de Dios, implicaría resolver una ecuación que ni siquiera los grandes matemáticos serían capaces de resolver.

Pero estamos en ello, mucho de nosotros, y tenemos que tratar convencer de esta necesidad perentoria a otros, que no lo están tanto, en estos momentos cruciales de la historia de la humanidad. Ante esta tesitura surge la pregunta: ¿Cómo volver a la realidad espiritual del hombre?
 
 
Los Padre de la Iglesia siempre nos han dicho que esto solo se puede conseguir a través de la oración: La oración restituye el tiempo de Dios, los hombres salen así de las obsesiones que le invaden cada día y les vuelven al camino del Salvador.

La solución esta pues en la revelación cristiana sobre la unidad del género humano. Aunque también otras culturas y otras religiones enseñan la fraternidad, en definitiva la paz, no obstante no  asumen plenamente el principio del amor entre los hermanos del mundo, y de esta forma el desarrollo queda frenado, sin posibilidad de avanzar.

Como denunciaba el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“El mundo de hoy está siendo atravesado por algunas culturas de trasfondo religioso, que no llevan al hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la búsqueda del bienestar individual, limitándose a gratificar las expectativas psicológicas.

También una cierta proliferación de itinerarios de pequeños grupos religiosos, e incluso de personas individuales, así como el sincretismo religioso, pueden ser factores de dispersión y de falta de compromiso.
 
 
Un posible efecto negativo del proceso de globalización es la tendencia a favorecer dicho sincretismo, alimentando formas de religión  que alejan a las personas unas de otras, en vez de hacer que se encuentren, y las apartan de la realidad.

Al mismo tiempo persisten, a veces, parcelas culturales y religiosas que encasillan a la sociedad en castas sociales estáticas, en creencias marginales que no respetan la dignidad de las personas, en actitudes de sumisión a fuerzas ocultas.

En esos contextos, el amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse, perjudicando el auténtico desarrollo”

Sin duda el Papa Benedicto XVI tenía mucha razón al expresar estas ideas en su Carta Encíclica; existen muchas dificultades a la hora de evitar actitudes de sumisión ante las fuerzas del mal, siempre encubiertas por una pátina del bien. Y es que las creencias en subterfugios mágicos están a la orden del día, están de moda…

 
 
Por el contrario se tiende a olvidar el profundo y amplio bagaje místico de los hombres y de las mujeres que siguieron el camino de la santidad, como por ejemplo santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz.
Como sigue recordando el Papa Benedicto XVI  (Ibid):

“En todas las culturas se dan singulares y múltiples convergencias éticas, expresiones de una misma naturaleza humana, querida por el Creador, y que la sabiduría ética de la humanidad llama <ley natural>.

Dicha ley moral universal es el fundamento sólido de todo dialogo cultural, religioso y político ayudando al pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no se alejen de la búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios”

En efecto, la búsqueda común de la verdad y del bien, siempre nos debe llevar al dialogo con Dios y en este dialogo con Dios no hay espacio para el individualismo, tal como nos ha recordado recientemente nuestro Papa Francisco (Audiencia General del 13 de febrero de 2019):
 
 
 
“En la oración cristiana, nadie pide pan para  sí mismo: dame el pan de cada día, no, <danos>, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo. No hay que olvidarlo, falta la palabra <yo>. Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús…

¿Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el dialogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos del mundo que sufrieran.

No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, <nosotros>…

Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas…
 
 
 
 
Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión…

Este <sentir compasión>…es uno de los verbos clave del Evangelio: es lo que empuja al buen samaritano a acercarse al hombre herido al borde del camino, a diferencia de otros que tienen el corazón duro”


 

 

 

 

 

viernes, 24 de mayo de 2019

IDENTIDAD DE LOS FIELES LAICOS: SU VOCACIÓN Y MISIÓN EN LA IGLESIA




Los Padres Sinodales han señalado con justa razón la necesidad de individualizar y proponer una descripción positiva de la vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio doctrinal del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo…

Con el nombre de laicos, así lo describe la Constitución <Lumen Gentium>, se designa aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los de estado religioso sancionados por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados en el pueblo de Dios, y hechos participes a su modo del oficio sacerdotal, profético, y real, de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos le corresponde”

Podríamos preguntarnos ante estas palabras del Papa: ¿Pero de qué forma concreta participan los laicos en ese oficio triple de Jesús (sacerdotal, profético y real) cuyo origen es el Sacramento del Bautismo?
 
 
 
 
La respuesta a esta sensata pregunta, la tenemos también en la Exhortación del Santo Padre (Ibid): “Los fieles participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente, en la celebración eucarística, por la salvación de la humanidad para gloria del Padre…


La participación en el oficio profético de Cristo, <que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra>, habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con las palabras y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía…

Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el pecado; y después  en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesucristo presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños”  

Ahora bien, la <condición eclesial> de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su carácter cristiano y su dimensión secular, según consta en la <Lumen Gentium>. Ello quiere decir, como también recuerda Juan Pablo II en su Carta Apostólica post-sinodal, que de este modo <el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos>, porque el mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo.

 
 
 
Desde este punto de vista los Padres Sinodales han afirmado que: <la índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en el sentido sociológico, sino sobre todo en el sentido teológico>.

Deberíamos tener claro todos los laicos, que junto con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituimos pueblo de Dios; todos podemos recibir la llamada del Señor para trabajar en su viña, <Id también vosotros a mi viña> (Mt 20 , 7) y como miembros de su Iglesia tenemos  vocación de evangelizar, de ser anunciadores de su Evangelio, y para ello hemos sido habilitados con el Sacramento del Bautismo y reafirmados por el Espíritu Santo con el Sacramento de la Confirmación.
Recordemos una vez más las sabias palabras del Papa Juan Pablo II a este respecto (Ibid):

“Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; mejor dicho, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los Sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana…
En verdad, el imperativo de Jesús, <Id y predicad el Evangelio>, mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer…

 
 
 
Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún  discípulo puede hurtar su propia respuesta, porque como dijo San Pablo, < ¡Ay de mí  si no predicase el Evangelio!> (I Co 9,16)”


Son palabras llenas de verdad que nos animan sin duda a continuar siempre adelante en la tarea de apostolado, aunque sabemos que las dificultades son grandes, así lo han entendido todos los Pontífices, también en los últimos siglos; ellos la han  fomentado, han hecho una llamada urgente a favor de lo que se ha dado en llamar <nueva evangelización>.
Precisamente el Papa Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, aclaraba la necesidad de la misma, en una conferencia que pronunció para el conjunto de profesores y catequistas que asistieron a un Congreso en Roma en el año 2000:

“La pobreza más profunda es la incapacidad de la alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas, como en los países pobres.
La incapacidad de la alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia…todos los vicios que arruinan la vida de las personas y del mundo. Por eso hace falta una <nueva evangelización>.
Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; solo lo puede comunicar quien tiene la vida, Cristo, el que es el Evangelio en persona”
 
 
 
Esta situación de descristianización que hemos sufrido en los últimos siglos, ha llegado a límites insoportables en tantas ocasiones, por la pérdida de valores humanos, y la pérdida, como decía Benedicto XVI, de la alegría y del arte de vivir…


Por desgracia muchos hombres y mujeres  no han logrado en una sociedad consumista y falta de amor a Dios, encontrar en la Santa madre Iglesia las respuestas que buscaban a sus problemas en particular. Sin embargo, la historia de la humanidad ha demostrado que normalmente solo a través de la Iglesia el hombre es capaz de llegar a conocer a Jesús. Así le sucedió por ejemplo a San Pablo, el cual contactó con la Iglesia de Cristo antes de llegar a conocer a Éste, aunque el resultado en principio fuera negativo en lugar de positivo.
Recordemos, a este respecto, que el que llegaría a ser un apóstol de Jesús, al conocer por primera vez, a los miembros de su Iglesia, los persiguió violentamente para exterminarlos (Hch 9, 1-2):
“Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el sumo sacerdote / y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres y mujeres, seguidores de Jesús”


Posteriormente siendo ya apóstol del Señor, San Pablo, muy arrepentido reconoció por tres veces en diferentes <Cartas> suyas la maldad que había cometido al perseguir a la Iglesia de Cristo (1 Co 15; Ga 1, 13; Flp 3, 6).
 
 
 
 
El Papa Benedicto XVI, no obstante, nos recordó en su Audiencia  General  (miércoles 22 de noviembre de 2006)  que: “La adhesión de Pablo a la Iglesia se realizó por una intervención directa de Cristo, quién al revelársele en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le hizo comprender que perseguir a la Iglesia era perseguirlo a él, el Señor.


En efecto, el Resucitado dijo a Pablo perseguidor de la Iglesia: <Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?> (Hch 9, 4).

Al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a su Iglesia.

Así se comprende por qué la Iglesia estuvo tan presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de San Pablo”

Sí, San Pablo a partir de aquel momento se dedicó a predicar las enseñanzas de Jesús, esto es a evangelizar en las sinagogas de Damasco y todos los que le oían se asombraban del cambio que había experimentado. Pero él cada vez estaba más convencido que Jesús era Cristo, el Mesías que el pueblo siempre había esperado.
 
 
 
 
Así ha sucedido también en el caso de otros muchos hombres  menos conocidos y seguirá sucediendo hasta el fin de los siglos…  Sin embargo en los últimos siglos se ha hecho más necesario que nunca,  encontrar nuevos caminos para  mostrar la verdad y belleza del Evangelio de Cristo. Como nos pedía el que más tarde sería Papa Benedicto XVI (Ibid):


“Busquemos, además de la evangelización permanente, nunca interrumpida, una <nueva evangelización>, capaz de lograr que la escuche este mundo que no tiene acceso a la evangelización clásica. Todos necesitamos el Evangelio. El Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos caminos para que la evangelización llegue a todos…”
 
 



La existencia real de un juicio final debe volver al pensamiento de los cristianos, de otra forma habremos perdido parte esencial del mensaje del Evangelio de Cristo, que nos incumbe y ¡de que manera!

Algunos piensan que la <nueva evangelización> consiste, tan solo, en dar a conocer  el Evangelio con las nuevas técnicas del mundo de la comunicación, esto puede ser así, pero no es lo más importante, recordemos al respecto las palabras de Benedicto XVI (Ibid):
“Nueva evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No; no es está la promesa de la <nueva evangelización>.

La <nueva evangelización> significa no contentarse con el hecho de que el grano de mostaza haya crecido en el gran árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas puedan anidar aves de todo tipo, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerán”

Sí, no podemos dejar a medias las cosas, no podemos implicarnos sin antes sufrir nosotros en nuestras propias carnes, la necesidad de una nueva visión de los problemas de esta vida, sin haber sufrido, de alguna manera también, el cambio de nuestras conciencias dormidas…

Porque el anuncio del reino de Dios así lo requiere, porque es anuncio del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que ha entrado en la historia de la humanidad para hacer justicia, como proclamaba Benedicto XVI (Ibid):
 
 
 
 
“Esta predicación es, por tanto, anuncio de juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre, no puede hacer o no hacer, lo que quiera. El será juzgado…El debe dar cuenta de sus actos…De esta manera, el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es verdaderamente una <buena nueva>. Lo es para todos aquellos que sufren por la injusticia del mundo y busca justicia.


De este modo se comprende la conexión entre el <Reino de Dios> y los pobres, los que sufren  y todos aquellos de los cuales hablan las Bienaventuranzas del discurso de la montaña de Jesús.
Estos están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia.
Este es el verdadero contenido del artículo sobre el juicio final, sobre Dios Juez: Hay justicia”


Ciertamente como aseguraba Benedicto XVI , no es posible que las injusticias de este mundo, las injusticias practicadas por hombres impíos, tengan la última palabra, porque  Dios es justo y misericordioso, e imparte justicia ahora, e impartirá justicia al final de los siglos, pero de una forma muy distinta a como lo hacen los seres humanos (Ibid):

“La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta bondad a una cosa melindrosa, sin verdad. Sólo creyendo al justo juicio de Dios, solo teniendo hambre y sed de justicia, abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina…”
 
 
 
 
 


“Oh Virgen Santísima, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, con alegría y admiración nos unimos a tu Magnificat, tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracia a Dios, <cuya misericordia se extiende de generación en generación>, por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los laicos, por su nombre, llamados por Dios a vivir en comunión de amor y de santidad con Él y de estar fraternalmente unidos en la gran familia de los hijos de Dios, enviados a irradiar la luz de Cristo y de comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo”