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domingo, 4 de agosto de 2019

LA PAZ DEPENDE TAMBIÉN DE TI Y DE MÍ


 
 
 
 
 
Así se expresaba, allá por el siglo pasado, el Papa san Pablo VI, y tenía realmente razón, la Paz no es solo cosa de los dirigentes de las naciones; la Paz depende de todos los seres humanos, de ti y de mí…

¿Pero, por qué?, la respuesta podría ser algo tan sencillo como porque <la Paz es posible>, tal como aseguraba en su día este santo Pontífice. Basándose en este referente, en su Mensaje para la celebración de la VII Jornada de la Paz (1 de enero de 1974), el Papa hacía este llamamiento a los hombres y mujeres de su época:

 
 
 
 
“Hombres hermanos, hombres de buena voluntad, hombres de prudencia, hombres que sufrís: Creed en nuestro grito incansable.La Paz es el ideal de la humanidad. La Paz es necesaria. La Paz es un deber. La Paz es una ventaja. No se trata de una idea fija e ilógica nuestra; no es una obsesión, una ilusión…

Es una certeza; sí, una esperanza; tiene en su favor el porvenir de la civilización, el destino del mundo; sí, la Paz.

Estamos tan convencidos de que la Paz constituye la meta de la humanidad en vías de alcanzar conciencia de sí misma y en vías hacia un desarrollo civil sobre la faz de la tierra, que hoy, como ya lo hicimos el año pasado, nos atrevemos a proclamar para el año nuevo y los años futuros: <La Paz es posible>.

Porque, en el fondo, lo que compromete la solidez de la Paz y el favorable desenvolvimiento de la historia, es la secreta y escéptica convicción de que es prácticamente irrealizable.

Bellísimo concepto, se piensa, sin decirlo, optima síntesis de las aspiraciones humanas; pero un sueño poético y una utopía falaz. Una droga embriagante, pero que debilita. Hasta renace en los ánimos como una lógica inevitable: lo que cuenta es la fuerza; el hombre, a lo sumo, reducirá el conjunto de las fuerzas al equilibrio de su confrontación, pero la organización no puede prescindir de la fuerza”

 

 
 
Llega aquí el gran Pontífice a una de las claves del tema sobre la Paz; debemos reconocerlo, en general, la historia de los hombres así lo denuncia, se piensa que la Paz total es prácticamente imposible, es impracticable, porque es <un sueño, una utopía una droga embriagante que puede debilitar a la humanidad>…

Por desgracia, esto ha sido considerado por los hombres así, a lo largo de los siglos, salvo en raras ocasiones, sin embargo algún hombre lucido ha manifestado francamente su opinión en contra de esta idea.

Entre estos hombres preclaros se encuentra sin duda nuestro Papa actual el cual en cierta ocasión manifestaba que la paz se basa en el respeto a cada persona, en el respeto del derecho y del bien común, con estas palabras (Papa Francisco; 52 Jornada mundial de la Paz; 1 enero de 2019):

 
 
“Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los hombres caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo.


Mantener al otro bajo la amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de armas son contrarias a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia.

El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los emigrantes de todos los males y a privar a los pobres de esperanza.

 
 
En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas”


Sí, la indiferencia ante Dios supera la esfera intima de cada persona y alcanza a la esfera pública y social olvidando todas estas cosas que muy bien nos ha recordado el Papa Francisco recientemente, pero que son sabidas del hombre desde siempre, a pesar de su actual indiferencia…

Conviene por ello, al menos a los cristianos, rememorar aquellas enseñanzas que hemos recibido por parte de los Pontífices de la Iglesia de Cristo, a lo largo de los siglos, empezando por los más cercanos a nuestro momento histórico.

Concretamente nos viene a la memoria aquel Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, pronunciado por el Papa Benedicto XVI un 7 de enero del año 2013:

 
 
“El evangelio de san Lucas nos narra que los pastores, en la noche de Navidad, escucharon los coros angélicos que glorificaban a Dios e invocaban la paz sobre la humanidad.


El evangelista subraya así la estrecha relación entre Dios y el deseo ardiente del hombre de cualquier época de conocer la verdad, de predicar la justicia y vivir en paz.

A veces hoy se nos hace creer que la verdad, la justicia son una utopía y que se excluyen mutuamente.

 
 
Parece imposible conocer la verdad y los esfuerzos por afirmarla parece que desembocan  con frecuencia en la violencia. Por otra parte, y de acuerdo con una concepción muy difundida, el empeño por la paz consistiría en una búsqueda de los compromisos que garantizan la convivencia entre los pueblos o entre los ciudadanos dentro de una nación.


Desde el punto de vista cristiano, por el contrario, existe un vinculo intimo entre la glorificación a Dios y la paz de los hombres sobre la tierra, de modo que la paz no es fruto de un simple efecto humano sino que participa del mismo amor de Dios.

 
 
Y precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, es lo que engendra la violencia. En efecto, ¿Cómo se puede llevar a cabo un diálogo autentico cuando ya no hay una referencia a una verdad objetiva y trascendente?


En este caso, ¿Cómo se puede impedir el que la violencia, explicita u oculta, no se convierta en la norma última de las relaciones humanas?

En realidad, sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultando difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz”

 

 
 
En efecto, <sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole muy difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la Paz. Por eso como aseguraba el Papa Francisco:


“El olvido y la negación  de Dios, llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma y ha producido crueldad y violencia sin medida.

En el plano individual y comunitario, la indiferencia hacia el prójimo, hija de la indiferencia hacia Dios, asume el aspecto de inercia y despreocupación, alimenta el persistir de situaciones de injusticia y en grave desequilibrio social, los cuales a su vez, pueden conducir a conflictos o, en todo caso, general un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad.


 
 En este sentido la indiferencia, la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad  (Exhortación apostólica <Evangelii gaudium>; Papa Francisco, 24 de noviembre de 2013)”


Ciertamente, debemos siempre pedir al Señor  para que nos libre del tormento de las guerras y de la estrategia del miedo porque  como muy bien nos  enseñaba el Papa  Pablo VI en el siglo pasado:

“La paz debe ser <hecha>, debe ser engendrada y producida continuamente; es el resultado de un equilibrio inestable que sólo el movimiento puede asegurar. Las mismas instituciones que en el orden jurídico y en el concierto internacional tienen la función y el merito de proclamar y de conservar la paz alcanzan su providencial finalidad cuando están continuamente en acción, cuando en todo momento saben engendrar la paz, hacer la paz.

 
 
Esta necesidad brota principalmente del devenir humano, del incesante proceso evolutivo de la humanidad. Los hombres suceden a los hombres, las generaciones a las generaciones. Aunque no se verificase ningún cambio en las situaciones jurídicas e históricas existentes, seria en todo caso necesaria una obra <in fieri> para educar a la humanidad a permanecer fiel a los derechos fundamentales de la sociedad: éstos tienen que permanecer y guiaran la historia  un tiempo indefinido, a condición de que los hombres que cambian, y los jóvenes que vienen a ocupar el puesto de los ancianos que desaparecen, sean educados sin cesar en la disciplina del orden que tutela el bien común y en el ideal de la paz.

En este sentido, hacer la paz significa educar para la paz. Y no es una empresa pequeña ni tampoco fácil”

No, no es una empresa fácil mantener la paz, si lo fuera, ya haría tiempo que las confrontaciones entre los hombres habrían desaparecido de la faz de la tierra. Todo lo contrario, en este nuevo siglo observamos un recrudecimiento de las mismas entre pueblos y aún entre hermanos… 


 
 
¿Qué es necesario hacer a este respecto? El Papa san Pablo VI lo tenía muy claro <Mensaje de su santidad Pablo VI para la celebración de la IX Jornada de la Paz, celebrada el 1 de enero de 1976>: “Aquí entramos en el campo futurible de la humanidad ideal, de la humanidad nueva que hay que crear y educar; de la humanidad despojada de sus potentísimas y mortíferas armaduras militares, pero mucho más revestida y reforzada con connaturales principios morales. Son principios  ya existentes, en estado teórico e infantiles prácticamente, débiles y delicados todavía, casi al principio de su inserción en la conciencia profunda y eficaz de los pueblos”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 31 de julio de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVIII- EL SIGLO DE LAS LUCES (1ª Parte)



El apóstol concretamente, hace en su Carta un llamamiento a la <unidad en el amor>, al objeto de alcanzar una vida nueva en Cristo (Ef 4, 2-7):

“Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor / Mostraos solícitos en conservar, mediante el vinculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu / Uno sólo en el cuerpo y uno sólo en el Espíritu, como también una sola es la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados / Un solo Señor, una fe, un bautismo / un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos / A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”

 

 
 
Como diría el Papa Benedicto XVI, refiriéndose a estas palabras de san Pablo: “No es difícil comprender la fascinación que generó tal mensaje, la esperanza que despertó…

En efecto, el anuncio de la unidad de los hombres y el empeño por hacerla valer en un mundo desunido, fue y es algo grande; gracias a ello la historia tomó otro rumbo, y ni siquiera podemos pensar en volver atrás…

 
 
 
La tentación a la intolerancia y al establecimiento de un insano absolutismo intramundano, capaz de cuestionar a los otros para toda la eternidad, se tornó enorme, y bajo las circunstancias de algunos periodos de la historia,  pudo llegar a ser insuperable…”

Así sucedió, por ejemplo, en el <Siglo de las luces>, en el siglo XVIII. En efecto, desde  principios de este siglo se alcanzó la plenitud del desarrollo político iniciado en siglos pasados. Así, los reyes que al principio de la <Edad Moderna>, despojaron a los nobles de la soberanía que hasta entonces habían disfrutado sobre los feudos, fueron reafirmando su autoridad de dueños absolutos hasta el siglo XVIII en el que su poder alcanzó la cumbre.

En semejantes condiciones se produjo el llamado fenómeno de la <ilustración>, al que paralelamente acompañó el sistema de gobierno denominado <despotismo ilustrado>, cuyos fundamentos se resumen en esta significativa frase: <Todo para el pueblo pero sin el pueblo>.

 
 
Los eruditos de la época sin embargo fueron protegidos por la realeza, pero el desarrollo de un frio racionalismo, provocó el ateísmo generalizado; los hombres se alejaron en gran medida de Cristo y de su Iglesia. Precisamente estos mismos hombres serán los que sentarán las bases ideológicas de futuros movimientos revolucionarios.

Se puede decir, en definitiva, que así como el siglo XVII se caracterizó por un gran confusionismo teológico y tendencia al absolutismo, el siglo XVIII presenta, además del absolutismo, como característica propia, el llamado <Filosofismo>.

El Filosofismo parece ser, que en principio, provenía de un cierto movimiento contrario a la Iglesia de Cristo y  a su Cabeza, el Papa de  Roma…

Por otra parte, los seguidores de estos movimientos, negaban la autoridad de las Santas Escrituras en aquellos puntos que no fueran totalmente comprensibles para los hombres y de esta forma dejaban de lado la fe en la Palabra de Dios… Se produjo así una forma del pensamiento humano o ideología naturalista, que rechazaba todo lo que se pudiera considerar sobrenatural.



Finalmente el materialismo <puro y duro> llegaba a negar la espiritualidad del alma…

Todas estas doctrinas malsanas, traspasaron las barreras de muchos países, dejando a su paso la falsa semilla del llamado <libre examen>…

Resumiendo, todos estos idearios formaron parte del filosofismo, que como tal había nacido de la mano de libres pensadores entre los que se contaban intelectuales, escritores y eruditos en general, que trataron de menoscabar los fundamentos de la Iglesia católica.

 
 
El filosofismo al recibir este nombre, llegó a ser el exponente de una soberbia malsana, propia del enemigo común, que denostaba a los grandes teólogos de la Iglesia, como a san Agustín y santo Tomás de Aquino, y que incluso se atrevía a decir que hasta entonces no había habido filósofos o científicos dignos de consideración…


Desgraciadamente se puede asegurar, que el llamado <pensamiento ilustrado>, caracterizó el comportamiento y el sentir de una gran mayoría de los habitantes del Continente europeo durante el siglo XVIII,  extendiéndose también  a las colonias europeas en el Nuevo Mundo.
 
 
 
Por otra parte, con independencia de su nacionalidad, se denominaron <filósofos>, a los pensadores del siglo de las luces. No obstante estos filósofos  difícilmente se puede asegurar que lo fueran en el sentido de pensadores abstractos  propiamente dichos; por ejemplo, estos pensadores evitaron las formas de expresarse que resultarán excesivamente eruditas y se jactaron de la claridad y estilo de sus razonamientos.



Se comprende en seguida, que en un ambiente intelectual tan controvertido como el observado en este siglo, la labor evangelizadora de la Iglesia, con sus Pontífices a la Cabeza, se viera comprometida en grandes polémicas y disputas sobre las verdades del Mensaje de Cristo, con resultados muchas veces adversos.

 
 
 
 
La labor pastoral de los representantes de Cristo sobre la tierra, se vio involucrada, sin desearlo, en los temas de carácter político del aquel momento histórico en que ejercieron su misión evangelizadora...


Así sucedió, por ejemplo, en el caso del primer Papa de este siglo Clemente XI (Gianfrancesco Albani) (1700-1721), cuyo Pontificado se inició poco antes de la muerte de Carlos II, un rey enfermizo que heredó la corona de la Península Ibérica a los cuatro años de edad, bajo la regencia de su madre Mariana de Austria, asistida por una junta de gobierno.

Indefectiblemente  durante el reinado de Carlos II los validos de la reina trataron de manipular al soberano, el cual se vio obligado a aceptar casarse en distintas ocasiones con el único objetivo de conseguir un heredero para la corona, con resultados negativos…
Tras la caída en desgracia de los últimos favoritos de la reina, Carlos II pretendió gobernar de forma autónoma, pero eso sí, auxiliado a su  vez por D. Juan Angulo, un hombre que resultó ser de escasa capacidad y que ejerció una influencia funesta sobre el rey.

Tras largas luchas por el poder, amenazado Carlos II con el argumento de que o designaba como sucesor  al nieto de Luis XIV o los territorios españoles tendrían que repartirse, optó por conservar la integridad de la corona y designó como su sucesor a Felipe de Anjou.

Felipe V (Felipe de Anjou) entró a España en enero de 1701, cuando contaba con solo dieciocho años. Es destacable su actuación en la llamada guerra de la Sucesión, que le valió el apelativo de Animoso…

 
 
El Papa Clemente XI que demostró enseguida que era un hombre muy piadoso, de alguna forma se vio involucrado en temas  de tipo político, poniéndose de parte del emperador José I que consideraba que su sobrino el archiduque Carlos tenía más derechos que nadie a la corona de España. Los franceses respondieron entonces a este apoyo de Roma, invadiendo el Milanesado.

Por su parte, Felipe V destituyó al nuncio que el Papa había enviado a Barcelona y desembarcó en Nápoles exigiendo se le otorgase la investidura. La guerra estalló en Europa que se vio dividida, hasta que por fin, gracias al matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio se logró una tregua con Roma.

Pese a todo, el Papa Clemente XI, temeroso de una ofensiva austriaca, reforzó sus fronteras y formó un ejército para defenderlas. Por otra parte, suplicó al emperador que dispensara a Italia del conflicto bélico con España, pero el príncipe Eugenio entró a su vez en el Milanesado, haciendo retroceder al Pontífice hasta Roma.

La muerte del emperador José I llevó al trono austriaco al archiduque Carlos, lo que impulsó a Inglaterra y  Holanda a abandonar la lucha, pues en caso de victoria quedaría reconstruido el imperio de Carlos V. Por los tratados de Utrecht-Rastatt (1714), Austria adquiría Nápoles, Cerdeña, Milán y Flandes y concesiones comerciales en América.

Como hemos recordado, el Papa Clemente XI se vio envuelto en todos estos acontecimientos inevitablemente, y además se enfrentó a otros problemas religiosos que trataban de minar la fe de los creyentes. Nos referimos al rebrote del jansenismo, un movimiento religioso que había surgido en el siglo XVI y que tenía como referente el libro titulado <Augustinus> cuyo autor fue el obispo  Cornelio Jansen, el cual había mal interpretado las enseñanzas de san Agustín (1585-1638).


El éxito de este movimiento religioso tan permisivo en ciertos aspectos, fue  debido a que disfrazaba los graves errores sobre la doctrina de Cristo, con unas prácticas místicas muy sugerentes, que fueron muy bien acogidas, por desgracia, en algunos monasterios de monjas, principalmente en Port-Royal (Francia).

El jansenismo fue rechazado por el Papa Inocencio X (1644-1655) y por los Papas posteriores, hasta que Clemente XI en 1713 lo condenó de forma definitiva mediante la Bula <Unigenitus>, la cual a pesar de todo encontró resistencia en una asamblea presidida por el cardenal Noailles, y con ello se puso en duda la infalibilidad del Papa, pero éste, valientemente se enfrentó a la asamblea haciendo que el arzobispo se retractara de sus graves errores…

Entre tanto, el rey de España Felipe V desterró a Alberoni, un valido que había jugado un importante papel durante su mandato, recomendado, como era, de la princesa de Ursinos (segunda esposa del rey). Tras el destierro  de este hombre, España firmó la paz con Francia e Inglaterra, reconociendo los acuerdos de Utrecht.
 
 
 
 


Los jesuitas se encontraron en la tesitura  (aunque mayoritariamente consideraban totalmente rechazable el hecho de que los conversos siguieran practicando rituales religiosos en honor a Confucio y a Buda, además de otras prácticas Taoístas), de aceptar ciertas tradiciones de estos pueblos al principio, con la idea de atraerse la voluntad de las gentes hasta que  acabaran abandonando aquellas prácticas a favor del Mensaje de Cristo.

Con objeto de acabar con esta anómala situación el Papa Clemente XI  envió legados para entrevistarse con el emperador de China y hacerle ver que era necesario el total abandono de estos rituales a los conversos. El emperador que esperaba todo lo contrario por parte de Roma, al enterarse de las intenciones de los legados del Papa, los despidió sin contemplaciones y amenazó a los jesuitas con expulsarles si se volvía a tocar el tema, lo cual hizo finalmente además de destruir todas las Iglesias cristianas, lo que provocó un gran dolor al Papa y a los creyentes de todo el mundo.

 
 
Verdaderamente el Papa Clemente XI fue un hombre de vida irreprochable que se encargó de la Barca de Pedro con gran amor y prudencia y que estaba muy preocupado por el tema de la evangelización, como demuestra el hecho de interesarse vivamente, al igual que los Pontífices anteriores, por las beatificaciones y canonizaciones de aquellos hombres y mujeres que habían alcanzado la santidad durante sus vidas.

Entre las canonizaciones más conocidas citaremos la  de Catalina de Bolonia (1413-1463), una mujer llamada a la santidad que había nacido en Bolonia (Italia),  en  el seno de una familia noble y rica. Fue educada con esmero, adquiriendo una vasta cultura, tanto en el campo de las letras, como en el de las ciencias, algo verdaderamente extraordinario para las mujeres, en aquella época.

Siendo aún muy joven fue llevada a la corte de Ferrara como dama de la princesa Margarita de Este; la vida de lujo y desenfreno de la corte no llegaron a seducirla porque el Señor le tenía reservado otro camino más placentero. Por eso, en cuanto la princesa Margarita se desposó, ella se alejo de la corte, ingresando al poco tiempo en un monasterio de Ferrara.

Bajo la rígida regla de las clarisas tomó los hábitos en 1432 y desde ese momento hizo de su vida un dechado de humildad y amor hacia el prójimo. Sus hermanas la admiraban y querían en extremo por su gran caridad y despego de las cosas de este mundo.
 
 
 
 
Totalmente inmersa en sus prácticas espirituales, sufrió el acoso del maligno, pero salió victoriosa de las pruebas a las que la sometió y el Señor la premió con el regalo de visiones y éxtasis que favorecían su camino hacia la santidad. A pesar de esta vida ascética y milagrosa, tuvo tiempo también para reflejar en sus escritos sus experiencias religiosas con el deseo de  evangelizar a los que más pudiera. El Señor la favoreció también en esto porque sus libros tuvieron gran aceptación por parte de los creyentes y no creyentes a lo largo de los siglos.


Entre sus obras más conocidas cabe destacar las <Siete armas para la batalla espiritual> y el <Rosario métrico de la vida de la Virgen María y de los Misterios de la Pasión de Cristo>.

En la primera de estas dos obras la santa específica que las armas que el alma puede emplear, en esta vida,  para alcanzar la santidad son: <la diligencia en el bien obrar>, la <desconfianza de uno mismo>, la <confianza en Dios>, la <situación de nuestro peregrinar hasta la muerte>, <la memoria de los bienes que nos esperan> y la <meditación de las santas Escrituras>.
La primera edición impresa que se conoce data de 1475, gracias a sus hermanas clarisas. Más tarde esta obra fue bien conocida, siendo traducida prácticamente a todas las lenguas del viejo Continente.
 
 
 
 


Catalina de Bolonia es una mujer admirable, además de por  su santidad, por ser una de las grandes figuras intelectuales del siglo XV, destacando no solo por sus escritos sino también por sus pinturas ya que dominaba la técnica de la miniatura con la cual adornó las páginas de muchas de sus obras. Es muy conocida la que realizó de la Virgen con el Niño; por eso los pintores la eligieron como su Patrona.

 
 
Llena de virtudes y santidad, gozó de uno de los primeros lugares en la orden de las clarisas y en general en la Iglesia de Cristo, sobre todo a raíz de los prodigios que se produjeron en torno y después, de su muerte. Su cuerpo incorrupto es objeto de gran veneración hasta nuestros días.

     

 

   

      

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 18 de julio de 2019

LA ESPERANZA ES UNA VIRTUD TEOLOGAL FUNDAMENTAL (I)


 
 
 
 
Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le ha dado una vida nueva, aseguraba el Papa Benedicto XVI en su encíclica <Spe Salvi>, al hablarnos de los múltiples testimonios encontrados en la Santa Biblia sobre esta virtud teologal.

Es destacable, en este sentido, el hecho de que la esperanza aparezca en este libro sagrado, casi siempre, como un concepto intercambiable con la fe. Tenemos un hermoso ejemplo en la <Carta a los hebreos> en la que se exhorta a la comunidad cristianizada a la perseverancia en el mensaje de Cristo (Heb 10, 19-24):

“Así pues, hermanos, puesto que tenemos la gozosa esperanza de entrar en el santuario de la virtud de la sangre de Jesús / Siguiendo el camino nuevo y viviente que Él ha inaugurado a través del velo, es decir, de su propia carne / y puesto que tenemos un nuevo Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios / acerquémonos con un corazón sincero, con fe perfecta, purificados los corazones de toda mancha de la que tengamos conciencia, y el cuerpo lavado con agua pura / Mantengamos firmemente la esperanza que profesamos, pues el que ha prometido es fiel / y miremos los unos por los otros para estimularnos en el amor y las obras buenas”

 
 
 
Para entender mejor estos versículos en los que aparecen algunas metáforas, hay que tener en cuenta, por ejemplo, que el <velo> al que hace referencia el autor de la carta, probablemente el apóstol san Pablo, se refiere al <velo del templo>, a través del cual penetra el Pontífice con la sangre de las víctimas en el lugar santificado (según las costumbres de aquel pueblo).

Otra licencia metafórica muy interesante podría ser aquella que presenta la <carne> del Salvador, rasgada por los clavos y la lanza (durante su crucifixión), como el velo rasgado, a través del cual tenemos los hombres la esperanza cierta de entrar en el santuario celeste y de esta forma alcanzar la <vida eterna>.
 
 
Como aseguraba el Papa Benedicto XVI (bid): “El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones.

El cristianismo no era solamente una <buena noticia>, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento…

En nuestro lenguaje se diría: <el mensaje cristiano no es solo informativo, sino <per-formativo>. Esto significa que el Evangelio no es solo una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación  que comporta hechos y cambia la vida.

La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par…
Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le ha dado una vida nueva”

 
 
 
 
Esa vida nueva implica la esperanza cierta de llegar a alcanzar el reino de Dios; un don grande y hermoso que constituye la respuesta a la búsqueda del ser humano…

Por eso, los cristianos estamos siempre en marcha hacia ese camino que nos conduce a nuestro Creador, con la esperanza-fe de encontrarlo, pero: ¿Seremos capaces de encontrarlo?

Es la pregunta que llena nuestros corazones y para la que el Papa Benedicto XVI daba esta respuesta (Los caminos de la vida interior; Ed. Chronica S.L. 2011):
“Esto es siempre más de lo que merecemos; del mismo modo que ser amados nunca es algo <merecido>, sino siempre un don. No obstante, aun siendo plenamente conscientes de la <plusvalía> del cielo, sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente  ante Dios y, por tanto, tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia"

 
 
 
 
Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo, como hizo santa Teresa de Jesús, para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien.


Es lo que han hecho todos los santos a lo largo de los siglos; como <colaboradores de Dios>, han contribuido a la salvación del mundo,  por eso, como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):

"Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro. Podemos descubrir y tener limpia las fuentes de la creación y así, junto con la creación que nos precede como don, hacer lo que es justo, teniendo en cuenta sus propias exigencias y su finalidad.
Eso sigue teniendo sentido aunque en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de las fuerzas hostiles.

Así, por un lado, de nuestro obrar brota <esperanza> para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da ánimo y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”

 
 
 
Hermosas e importantes estas enseñanzas del Pontífice que tan excelente labor evangelizadora ha realizado y aún realiza en su retiro voluntario de la Silla de Pedro; él nos recuerda que los creyentes somos colaboradores de Dios, siguiendo el ejemplo dado por el apóstol san Pablo, por ejemplo con los corintios, una comunidad que había evangelizado, y que sin embargo las <fuerzas hostiles> habían llevado a una situación gravemente peligrosa, como consecuencia de constantes discordias internas y lamentables abusos de los enemigos de Cristo.

San Pablo, refiriéndose en concreto a la figura del predicador de la palabra llamado Apolo escribía así  (Co 3, 5-9):

“¿Qué es, pues, Apolo? ¿Y qué  Pablo?

Ministros por cuyo medio creísteis, y cada uno según el Señor le dio / Yo planté, Apolo regó; más Dios obró el crecimiento / De manera que ni el que planta es algo, ni el que riega, una cosa son, si bien cada cual recibirá su propia paga según propio trabajo / pues de Dios somos colaboradores: de Dios sois labranza; de Dios, edificio”
 
 
 
Ciertamente, como aseguraba el apóstol san Pablo los cristianos somos colaboradores de Dios. Sólo con nuestras propias fuerzas nunca podríamos alcanzar su reino, ni conseguir que otros lo alcanzarán. Por eso es necesario que al evangelizar establezcamos una relación fuerte y verdadera con Dios, pero: ¿Cómo podremos conseguirlo?


Sí, esa es la gran pregunta que siempre debe embargar nuestro corazón ante las grandes dificultades que se presentan en este santo empeño.

El Papa Benedicto XVI nos ayuda de nuevo  ante esta duda (Ibid):

“La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar.

 
 
En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (1 Tim 2, 6).

Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser <para todos>, hace que éste sea nuestro modo de ser…

A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra…
Sin embargo, cuando esta esperanza se cumple, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo…

Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”

 
 
 
Ciertamente como aseguraba el Papa Benedicto XVI, el hombre siempre trata de buscar algo, de buscar algo más, al encuentro con algo indefinido, que cubra totalmente sus deseos, sus esperanzas, pero:  ¿Qué esperanzas pueden ser esas? …

Se trata sin duda de algo que no depende del hombre, de algo no creado por el hombre, porque no es algo que pertenezca al reino del hombre, solo Dios le puede proporcionar esa <gran esperanza> tan deseada…

El Papa Benedicto XVI tenía las ideas muy claras a este respecto cuando escribía (Ibid):

“Esta esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar.
De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.
 
 
 
Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega, su reino está presente donde Él es amado y donde su amor nos alcanza.


Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.

Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es <realmente vida>”

El Papa san Juan Pablo II también nos habló sobre la esperanza que no defrauda nunca al hombre, en muchas ocasiones, pero quizá de una forma más íntima lo hizo en su Audiencia del miércoles 11 de noviembre de 1998:
 
 
 
 
“La esperanza cristiana lleva a la plenitud la esperanza suscitada por Dios en el pueblo de Israel, y que encuentra su origen  y modelo en Abraham, el cual, <esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones> (Rm 4, 18)

En Jesús se cumple la promesa (efusión escatológica del Espíritu de Dios sobre el Mesías y sobre todo el pueblo).

No sólo es el testigo de la esperanza que se abre ante quién se convierte en discípulo suyo. Él mismo es, en su persona y en su obra de salvación, <nuestra esperanza> (1 Tm 1, 1), dado que anuncia y realiza el reino de Dios.

 
 
Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús.

Jesús constituido  Cristo y Señor en la Pascua (Hch 2, 36), se convierte en <espíritu que da vida> (1 Co 15, 45), y los creyentes, bautizados en él con el agua y el Espíritu, son <reengendrados a una esperanza viva>.

Ahora el don de la salvación, por medio del Espíritu Santo es la prenda y las arras de la plena comunión con Dios, a la que Cristo nos lleva.

El Espíritu Santo, dice san Pablo en su carta a Tito, ha sido derramado <sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna”

 



Ante una sociedad tan paganizada como la actual que pretende obviar totalmente a su Creador es preciso como nos aseguraba este Papa santo (Ibid):
“Cruzar el umbral de la esperanza…

En efecto, la esperanza tiene esencialmente, también una dimensión comunitaria y social, hasta el punto de que, lo que el Apóstol (San Pablo) dice en sentido propio y directo refiriéndose a la Iglesia, puede aplicarse en sentido amplio a la vocación de la humanidad entera:



<Un solo cuerpo, un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados> (Ef 4, 4)”