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sábado, 20 de agosto de 2016

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN SIGLO X (1º Parte)


 
 
 
 



En una conferencia pronunciada durante un <Congreso de catequistas y profesores de religión>, celebrado en Roma en el año 2000, el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger (Posteriormente elegido Papa con el nombre de Benedicto XVI), definió de una forma preclara el concepto de  evangelizar. Él aseguraba lo siguiente:

“La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando…

¿Cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende a vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?...

Evangelizar quiere decir mostrar el camino, enseñar el arte de vivir”

 

Todos aquellas personas que de una u otra forma se han sentido llamadas a evangelizar, y se han implicado en esta labor, han de aceptar que la definición del Papa Benedicto XVI, no es solamente correcta, sino que refleja, de forma viva lo que significa esta experiencia maravillosa; porque en definitiva, evangelizar es en verdad, aquello que enseña el arte de vivir… de vivir teniendo como meta la santidad y el deseo de alcanzar la verdadera felicidad, alcanzar el Reino de Dios.

Pues bien, para aquel que llegaría a ser un día Papa, la impaciencia era una tentación peligrosa que podía seducir al hombre en la búsqueda de un éxito inmediato en el campo de trabajo de la evangelización; porque como  aseguraba,  no era ésta una aptitud adecuada para alcanzar el Reino de Dios (Ibid):

“Para el Reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del Reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (Mc 4,31-32). El Reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. La <Nueva Evangelización> no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No, no es ésta la promesa de la <Nueva Evangelización>.

<Nueva evangelización> significa no contentarse con el hecho de que el grano de mostaza haya crecido en el gran árbol de la Iglesia Universal, ni pensar que basta el hecho de que  en sus ramas puedan anidar aves de todo tipo, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que Dios decida cuando y como crecerá (Mc 4,26-29)”

 

La parábola del grano de mostaza fue relatada por los tres evangelistas sinópticos, pero es el relato de Marcos, el que utiliza como ejemplo el Papa Benedicto XVI, el cual, de forma más sencilla y visual, nos muestra las intenciones de Jesús con respecto a la tarea de la evangelización (Mc 4, 30-32) (Ibid):

“¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? / Sucede con él, lo que con el grano de mostaza. Cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas / Pero, una vez sembrada, crece, se hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra”

 

Verdaderamente esta pequeña parábola es una de las más hermosas de las propuestas por Jesús, porque de una forma muy eficaz es capaz de poner de manifiesto con clarividencia lo que puede ser el Reino de Dios. Por otra parte, el Reino de Dios, tal como Él quiere demostrarnos con dicha parábola, no debería inaugurarse con la aparatosidad que el pueblo judío esperaba, sino mediante un dechado de humildad, comparable a la pequeñez de una semilla tan pequeña como el granito de mostaza.

Opinamos, a este respecto, que una forma eficaz de llevar a efecto este mensaje, podría ser revisar, despacio y con buena voluntad, lo que hicieron otras personas en el campo de la evangelización en siglos pasados, y sobre todo, reflejar de forma irreprochable, y con caridad, la labor realizada por unos hombres y mujeres cuyas vidas fueron un paradigma, llevando a cabo unas obras, en total consonancia, con el Mensaje de Cristo; los santos son aquellos elegidos por Dios, que han sabido actuar con la premisa del granito de mostaza de la parábola de Jesús, y por eso la Iglesia, los ha tomado siempre como modelos a  seguir, tal como defendería el Papa San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica <Sanctorum Altrix>:

“La Iglesia, madre de santos, presenta ante sus hijos, como maestros de vida a aquellos que, con un espléndido ejercicio de virtudes, siguieron fielmente a Cristo, su Esposo, afín de que, imitando su ejemplo puedan llegar a una perfecta unión con Dios, aún en medio de las distracciones del mundo, llegando así a su propia meta. Esos excelsos hombres y mujeres, aún sometidos durante su vida terrena a los especiales acontecimientos de su tiempo, principalmente culturales, hicieron, sin embargo, resplandecer, por su modo de vivir y su doctrina, un aspecto particular del Misterio de Cristo que, separando los estrechos límites del tiempo sigue conservando hoy su fuerza y su vigor”

 

Por eso, recordar las vidas de algunos de los santos de siglos pasados, incluso de aquellos que vivieron en la Alta Edad Media, podría ayudarnos a tomar en valor, como ejemplo vital su mensaje espiritual y social, sopesando siempre la situación del contexto histórico en que se desenvolvieron,  durante su estancia sobre la tierra.

Durante el siglo X, el Imperio Bizantino y el primer Imperio Búlgaro, disputaron y trataron de anexionarse los territorios Balcánicos, así, en el año 917, los búlgaros bajo el reinado de Simeón I, llegaron a derrotar al ejército del Imperio Bizantino, en la famosa batalla de Aqueloó. Por otra parte, durante el llamado <Renacimiento macedonio> (867-1056), el Imperio de Oriente se vio forzado a luchar también por la supremacía en la zona mediterránea oriental, debido a los ataques constantes de los ejércitos del norte de África, y en particular de los egipcios.

A pesar de todo ello, durante este siglo, también hubo éxitos militares  en otras zonas del Imperio Bizantino, lo cual llevó a la recuperación de algunos territorios perdidos siglos pasados. Sucedió, que Nicéforo II (Focas) (963-969), reconquistó el norte de Siria, y también Antioquía, así como Creta en el año 961 y Chipre en el año 965.

Sin duda para el Imperio Bizantino, en el siglo X, los peores enemigos fueron  los búlgaros, los cuales, sin embargo, ya se habían convertido al cristianismo durante el siglo IX. El zar Simeón I, que había vivido y recibido educación en su juventud en la capital del Imperio, Constantinopla, más tarde, durante su reinado estuvo a punto de atacar este baluarte bizantino, y por otra parte, en el año 927, tras diversas batallas, su reino se extendió ya, por gran parte de Macedonia y Francia, además de Serbia y Albania.

Tras el reinado de Simeón I, le sucedió en el trono, su hijo Pedro I (927-969), hombre profundamente religioso que mandó construir un gran número de Iglesias, por lo que a su muerte fue canonizado por la Iglesia Ortodoxa Búlgara. Hay que recordar también que durante este tiempo, los conflictos con el imperio de Bizancio continuaron,  agravándose en grado sumo, aunque también existieron ciertos períodos de tranquilidad, e incluso se llegó a firmar un convenio de paz pasajero con el emperador Nicéforo II, coincidiendo con la inquietud de este emperador, ante los éxitos militares alcanzados contra los búlgaros, por el príncipe de Kiev, Sviatoslav Igorevich.

Por otra parte, el emperador Nicéforo II y el zar Pedro I, llegaron a sellar unos compromisos matrimoniales entre los futuros emperadores, menores de edad, Basilio II y Constantino VIII, con dos princesas búlgaras con el propósito de conseguir la paz tan deseada, y a cambio, Pedro I logró que las tropas de Kiev se retiraran momentáneamente. A pesar de este éxito por la paz temporal, la reconciliación de Bizancio y Bulgaria no duró mucho tiempo y se vino abajo cuando el Imperio de Oriente, de nuevo, fue atacado por Sviatoslav en el año 969, siendo derrotado. Según parece, por entonces el zar Pedro I, sufrió un derrame cerebral que le llevó a abdicar  en su hijo Boris II, retirándose a un monasterio, donde murió en el año 970.

Boris II era el hijo mayor de zar Pedro I, pero por diversas circunstancias del momento histórico que le tocó vivir, sólo reinó algo más de un año. A la muerte de éste, subió al trono su hermano Román (977-991 ó 997), pero aunque oficialmente éste fue reconocido como gobernador de Bulgaria, los asuntos militares recayeron en manos de Samuel, un general de su ejército.

Mientras Román se dedicó a fortalecer la Iglesia cristiana ortodoxa, al igual que hiciera su padre Pedro I, tras un ataque de los bizantinos, sufrió cautiverio durante el reinado de Basilio II, muriendo hacia el año 997. En este mismo año, el general de los ejércitos búlgaros, Samuel, fue proclamado nuevo zar de Bulgaria  (997-1014). Este antiguo militar, consiguió grandes victorias militares para su país, apoderándose de  gran parte de los Balcanes, por lo que es considerado uno de los zares más importantes de Bulgaria y de la República Macedonia.

Tras recordar muy brevemente como se desarrollaron, diversos acontecimientos, en el contexto  histórico,  del  Imperio Bizantino y del Imperio  Búlgaro, durante el siglo X, podemos tratar de comprender mejor, los grandes retos que la evangelización de estos pueblos supusieron, para aquellos hombres que los abordaron. Con todo, se puede asegurar, que durante mucho tiempo, Bizancio fue el único referente cristiano existente en aquella zona del mundo, frente a las tropas de pueblos paganos, y aunque en dicho siglo las relaciones entre la Iglesia de Roma y el Imperio de Oriente, estaban ya prácticamente rotas, el mensaje de Cristo siguió presente en Oriente, siendo muchos los emperadores que protegieron a los Patriarcas ortodoxos de la época.

La antigua Basílica Patriarcal ortodoxa, desde el año 360 de su dedicación hasta 1453, fue la Catedral Ortodoxa Bizantina, de rito oriental (sita en Constantinopla), y los bizantinos siempre se sintieron orgullosos de esta obra magistral de la arquitectura, cuyas murallas y techos de su interior, están recubiertos con mosaicos que representan escenas religiosas de la vida de Cristo.

De cualquier forma, teniendo en cuenta,  algunos de los datos históricos del siglo X anteriormente recordados, se deduce que la vida en Bizancio no debía de ser ni fácil, ni tranquila, y mucho menos propensa a la vida religiosa en aquellos momentos. Según cuentan las crónicas, el pueblo estaba fundamentalmente dedicado a la búsqueda de la diversión y las actividades laicas, muy importantes en aquella zona, que se encuentra entre Europa y Asia, y que por tanto, era ya un centro comercial y económico muy importante desde principios de la Edad Media. Sin embargo, la vida cultural también floreció durante este siglo, especialmente gracias a la labor realizada por los monjes de los numerosos monasterios, existentes ya, desde siglos anteriores en todo el Imperio.

Abundaron los teólogos y los historiadores entre los que cabe destacar a San Lucas Taumaturgo (896-946 ó 945), venerado por la Iglesia Católica y las Iglesias Orientales. Este santo varón desde edad muy temprana, vivió como eremita en el monte, y además, fue estilita, esto es, monje cristiano de Oriente medio, que vivía en oración y penitencia sobre una plataforma colocada en la cima de una columna, costumbre cuyo origen se cree que era debida a Simón el Estilita. Además, según sus hagiógrafos,  fue uno de los primeros santos del que se conoce que levitaba mientras oraba.

Este santo varón, hijo de Esteban y de Eufrasina, había vivido en Aegina, isla griega situada en medio del golfo Sarónico y de Tesalia, una de las trece periferias de Grecia, que durante el siglo X formaba parte del Imperio Bizantino, pero que en el año 977, fue conquistada por los búlgaros, que permanecieron allí hasta el año 1014.

Los padres de San Lucas eran campesinos, se dedicaban por tanto al cuidado de sus campos y de su ganado, y pusieron a su hijo a edad temprana a cuidar las ovejas y a cultivar sus terrenos. Ya entonces Lucas se comportaba como una persona con vocación de santidad, porque se cuenta que cuando trabajaba en sus campos, esparcía la mitad de las semillas que le daban sus padres para sembrar, en los campos de la gente más humilde, y además compartía sus alimentos y su ropa con los más necesitados.

Cuando murió su padre marchó a Tesalia con la intención de ingresar en un monasterio, sin embargo, fue capturado por algunos soldados que le creyeron un esclavo fugitivo. Padeció mucho durante su cautiverio hasta que finalmente pudo regresar a su casa donde no fue bien recibido; por suerte unos monjes que iban de camino a Roma y que fueron auxiliados por la madre del santo, convencieron a ésta para que permitieran viajar a su hijo con ellos hasta Atenas, donde por fin el muchacho pudo ingresar en un monasterio como era su deseo.

La suerte, sin embargo, siguió estando en su contra,  puesto que tuvo que regresar a su casa en Tesalónica, debido a que el superior del monasterio, tuvo una visión que le mostraba a la madre del muchacho llamándole porque le necesitaba.

Finalmente, después de todos estos inicios tan negativos, a los dieciocho años pudo salir de nuevo de su hogar, de forma definitiva, para afincarse en el monte Joannitza cerca de Corinto, donde construyó una ermita, para llevar la vida austera que siempre había deseado, orando de noche y de día; se cuenta que casi no dormía, pero era alegre y obraba milagros por la gracia de Dios, tanto a lo largo de su vida, como después de su muerte.

Otro ejemplo de vida cristiana inestimable, del Imperio Bizantino del siglo X, lo encontramos en San Atanasio de Athos (920-1003), fundador del gran monasterio del Monte de Athos, zona montañosa de la península más oriental de las tres que se extienden hacia el sur de ésta, Calcídica (Macedonia Central).

La comunidad monástica del Monte de Athos, se fundó en el año 963 con la ayuda del emperador Basilio II, bajo la regla de San Basilio, uno de los grandes Padres de la Iglesia Católica del siglo IV.

San Atanasio nació en Trebisonda, en el seno de una familia bizantina originaria de Antioquía. Sus padres murieron cuando era muy joven, haciéndose cargo de su educación un pariente de su madre, el cual tuvo la gran generosidad de enviarle a estudiar a Constantinopla.

Siendo ya profesor, conoció al Abad del monasterio situado en el Monte Kyminas de Bitinia, lo cual le hizo plantearse seguramente la vocación ascética. Durante su estancia en este monasterio  tuvo ocasión de conocer a Nicéforo II, el que sería futuro emperador de Bizancio.

Finalmente decidido como estaba por la vida eremita, se alejó del mundo definitivamente retirándose al Monte de Athos, con la sola compañía de sus libros.

No obstante hacia el año 960, en un encuentro fortuito con el futuro emperador Nicéforo, éste le convenció para que le acompañara en la campaña bélica de Creta, y por la ayuda que le prestó el santo, cuando Nicéforo fue proclamado emperador, le ayudó para construir una Iglesia dedicada a la madre de Dios en el Monte Athos.

Posteriormente a estos hechos, fundó el monasterio de la gran Laura o gran Monasterio; a pesar del éxito inicial con la fundación de este monasterio, se produjeron algunos desacuerdos entre los monjes que primeramente lo ocuparon, por causas relacionadas con la forma de vida que San Atanasio quería implantar, y ello hizo que éste decidiera alejarse de allí, para instalarse en Chipre.

Durante su estancia en Chipre, tuvo una visión que le hizo regresar al monasterio inicialmente fundado por él, para poner orden y concierto entre los monjes, los cuales se encontraban, en esos momentos, en una situación precaria, y al conseguir la paz entre ellos, fue nombrado definitivamente, Abad del monasterio. Escribió la regla de vida para los monjes, basándose en la de San Teodoro Estudita, y San Basilio, y con el apoyo de la Corte siguió fundando monasterios, colaborando siempre en su construcción; trabajaba como carpintero junto con los obreros. Precisamente, parece que murió a consecuencia de un accidente de trabajo  durante la construcción de uno  de estos monasterios, hacia el año 1003.

Coetáneo de San Atanasio fue San Simeón, el Nuevo Teólogo (949-1022), venerado por la Iglesia Ortodoxa, que le considera el último de los tres grandes teólogos de ésta, junto a San Juan el Apóstol y San Gregorio Nacianceno. Nació en Galacia (Plagonia), y estudió igual que San Atanasio en Constantinopla. Inicialmente vivió en la Corte del Emperador Basilio, pero al cabo  de un cierto tiempo se retiró de la misma para hacer vida ascética en el Monasterio de Studión. Posteriormente llegó a ser Abad del Monasterio de San Mames en Constantinopla.

Su doctrina monástica era la llamada <hesicasmo>  (Doctrina divulgada por Evagrio Póntico en el siglo IV d.C) cuyo objetivo era encontrar la paz interior en unión mística con Dios; para alcanzar este objetivo se requería la soledad, el silencio y la quietud, así como la ausencia de preocupaciones y sobre todo la sobriedad. La estricta disciplina monástica que pretendía San Simeón imponer sobre los monjes, no fue aceptada con agrado por todos, que la rechazaron, e incluso se cuenta que algunos intentaron matar al santo varón. Finalmente este rechazo inicial no llegó a progresar y pudo mantenerse como Abad en dicho monasterio.

Por otra parte, también sufrió dura repulsa por parte de las autoridades de Constantinopla que veían con reparos tanto recato y soledad en los monjes, y ello si, le obligó finalmente a abandonar este monasterio, trasladándose a otro, concretamente al de Santa Makrina, donde por fin  se pudo retirar para alcanzar la ausencia de preocupaciones y la sobriedad que siempre había deseado.

Este polémico personaje, dejó algunas obras interesantes no sólo para la Iglesia de Oriente Ortodoxa, sino también para la Iglesia Católica de Occidente, como por ejemplo, los <Himnos de amor divino> y algunos <Discursos Teológicos>.

Sobre el tema de la técnica de meditación utilizada por San Simeón, la Iglesia católica se ha pronunciado siempre con cautela, sobre todo en tiempos como los actuales en los que la difusión de métodos de relajación orientales, en el mundo cristiano y, en particular, en las comunidades eclesiales, implican un poderoso intento de mezcolanza, no exento de riesgos y errores; por eso las nuevas propuestas en este sentido, de armonización entre la meditación cristiana y las técnicas orientales (muchas veces utilizadas en la meditación de algunas iglesias cristianas no católicas), deberían ser examinadas con discernimiento y cuidadosamente, para evitar caer en el sincretismo (fusión y asimilación de elementos muy diferentes).

“Todo fiel debe buscar y puede encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración en la variedad y riqueza de la oración cristiana enseñada por la Iglesia, pero todos estos caminos personales confluyen, al final, en aquel camino del Padre, que Jesucristo ha proclamado, que es Él mismo. En la búsqueda del propio camino, cada uno se dejará, pues, conducir no tanto por sus gustos personales cuanto por el Espíritu Santo que le guía, a través de Cristo, al Padre”

(Congregación para la doctrina de la fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana; 15 de octubre de 1989)

 

En la  Iglesia Búlgara también hubo hombres santos durante el siglo X, y entre ellos destaca San Juan de Rila, por su gran humildad y amor a Jesucristo.

Nació a finales del siglo IX en una localidad no muy lejana de Rila, la montaña más alta de Bulgaria, y de la península de los Balcanes.

Había estudiado para ser sacerdote, y  cansado de la vida social de su tiempo sintió muy pronto la llamada de Dios para hacerse ermitaño. Estando tan cerca de un lugar tan apropiado para el aislamiento del mundo, como es el Monte de Rila, tuvo todo a su favor, para conseguir sus propósitos.

Sus hagiógrafos aseguran que vivió en aquel lugar de forma sumamente ascética, pues su hogar, era el hueco de un árbol tallado en forma de ataúd. Su fama como hombre santo fue pronto reconocida por sus compatriotas que acudieron en gran número hasta aquel rincón de la naturaleza, casi siempre con el ánimo de seguir su ejemplo. Esto le llevó al santo varón a tener que compartir, aquel recóndito lugar, con las piadosas personas que acudían hasta él, aunque siempre prefirió la soledad y el retiro. Cundió también entre estas gentes la información de que el santo hacía milagros, sanando a algunos que le pidieron ayuda, y esto aumentó si cabe más su fama, y la querencia de las gentes por aquel lugar santo.

Se cuenta también, que cierto hombre poderoso, que había sido testigo de sus milagros, llegó a construir en la entrada de la cueva donde se alojaba el santo una pequeña Iglesia, como agradecimiento al mismo, y más tarde, en otros lugares cercanos, otros seguidores del santo construyeron a su vez otras Iglesias mayores; incluso el mismo zar búlgaro, en aquel momento, Pedro I (927-968), se estima que también pudiera haber subido al monte, para hablar con aquel hombre sabio, aunque sólo consiguiera con esta visita, que el santo le saludara en la noche, con una antorcha desde otra montaña.

La tumba de San Juan de Rila, se convirtió en un sitio sagrado, que con el tiempo, fue creciendo tanto en tamaño como en riqueza, y aún hoy en día, miles de visitantes, ya sean simples turistas, o creyentes procedentes de distintos lugares del mundo, acuden al lugar, donde según se cree, se conserva el cuerpo momificado del santo. Fue canonizado por la Iglesia de Roma  (antes de la separación de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa).

La cultura bizantina, y con ella el cristianismo, se extendió durante todo el siglo X a causa de los pueblos eslavos orientales. El primer estado eslavo oriental, fue <La Rus de Kiev>, fundado por Oleg de Nóvgorod, príncipe varego (los varegos eran wikingos suecos que se trasladaron  hacia el este y sur a través de lo que hoy conocemos como Rusia, Bielorrusia y Ucrania), el cual trasladó la capital de <La Rus>, de Nóvgorod, a Kiev, controlando este poderoso estado entre los años 882  a 912, aunque las crónicas sobre este tema no siempre se ponen de acuerdo en que fechas tuvo lugar, tan magno suceso histórico.

El sucesor de Oleg, fue con cierta seguridad, Igor de Kiev (912-945), del que se tiene muy poca información, aunque parece que intentó atacar por dos veces la capital del Imperio, Constantinopla, sin éxito; firmando finalmente un tratado con el emperador de Oriente. A su muerte subió al trono Olga de Kiev, también de origen varego, que se habría casado con Igor, probablemente a principios del siglo X.

Fue la primera soberana rusa que se convirtió al cristianismo ortodoxo, es venerada, como santa, por la Iglesia Ortodoxa, gracias a su labor incansable por la conversión al cristianismo de su pueblo, aunque no logró convertir a esta religión a su propio hijo, Sviatoslav I de Kiev, que sucedió a su madre a la muerte de ésta.

Sviatoslav I de Kiev, fue un gobernante famoso por sus campañas militares, durante todo su reinado (942-972), provocando la caída de Jazaria, y el primer imperio búlgaro. Así mismo, luchó contra los búlgaros del Volga, y contra la tribu de los alanos venciéndolos y sometiéndolos bajo su poder.

Después de su corto reinado, había creado una <Rus de Kiev> poderosa, pero tras su muerte, que tuvo lugar según se cuenta en plena batalla, este imperio se vino abajo, no se consolidó, por el estallido de una guerra civil entre los posibles sucesores de Sviatoslav.

Sviatoslav no se había convertido al cristianismo, seguía adorando al Dios pagano Perúm, y a otros dioses de la mitología eslava, sin embargo, uno sus hijos, concretamente Vladimiro I de Kiev, fue el primero, que por fin, llevó el cristianismo a su país en el año 988.

Según las crónicas de la época, este monarca, fue el último hijo de Sviatoslav I y Malusha, una esclava que según la leyenda profetizaba, que vivió hasta los cien años, y que probablemente era de origen nórdico.

Al principio, Vladimiro seguía siendo pagano, como sus antepasados, exceptuando el caso especial de Olga de Kiev, pero  tuvo la feliz idea de interesarse por otras religiones existentes en  su época, y mandó emisarios para conocer sus fundamentos; finalmente tras los informes recibidos de los mismos, se inclinó en favor del cristianismo ortodoxo, del Imperio Bizantino, y al mismo tiempo, tomó como esposa a una hermana del Emperador Basilio II (Ana Porfirogeneta, que previamente se había bautizado).

Cuando este hombre, considerado santo por la Iglesia Ortodoxa Católica regresó a Kiev, mandó derribar todos los monumentos paganos, y ordenó construir numerosas Iglesias dedicadas a la advocación de la <Dormición de la Virgen>.

Este hombre pagano que se convirtió al cristianismo abandonó las conquistas y se dedicó a gobernar con mesura su pueblo,  también  cristianizado, construyendo escuelas, tribunales de justicia, llegando a ser conocido por su mansedumbre y su celo en la difusión del cristianismo durante el siglo X y parte del siglo XI. De esta forma, fue  como se produjo un hecho tan importante para la expansión del cristianismo, la conversión de <La Rus de Kiev>, que fue también, un hecho político muy importante, ya que se trataba de un país mayor  que el mismo Imperio de Oriente, el cual finalmente, quedó bajo la influencia de Bizancio.

Por otra parte, las relaciones de Bizancio con Occidente siguieron siendo tensas durante todo el siglo X, aunque los emperadores de Oriente, ejercieron cierta influencia sobre Italia, con objeto de alcanzar la normalización entre las Iglesias de Oriente y Occidente. La ruptura definitiva entre ambas Iglesias se produciría más tarde, en el siglo XI, con el estallido definitivo del llamado <Cisma de Oriente>, que fue una gran desgracia para ambas Iglesias, y que aún en nuestros días oscurece la realidad de los seguidores de Cristo.

Sin embargo como diría el Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. La búsqueda de la unidad perdida. Editado por Vittorio Messori. Círculo de lectores S.A. por cortesía de Plaza& Jane editores. S.A. 1994)

“Lo que nos une es más grande de cuanto nos divide: los Documentos Conciliares (Vaticano II), dan forma más concreta a esta fundamental intuición de Juan XXIII. Todos creemos en el mismo Cristo; y esa fe es esencialmente el patrimonio heredado de la enseñanza de los siete primeros Concilios Ecuménicos anteriores al año 1000. Existen por tanto las bases para un diálogo, para la ampliación del espacio de la unidad, que debe caminar parejo con la superación de las divisiones, en gran medida consecuencia de la convicción de poseer en exclusiva la verdad.

Las divisiones son ciertamente contrarias a cuanto había establecido Cristo. No es posible imaginar que esta Iglesia, instituida por Cristo sobre el fundamento de los apóstoles y de Pedro, no sea una. Se puede en cambio comprender como en el curso de los siglos, en contacto con situaciones políticas distintas, los creyentes hayan podido interpretar con distintos acentos el mismo mensaje que proviene de Cristo.

Esos diversos modos de entender y de practicar la fe en Cristo pueden en ciertos casos ser complementarios; no tienen por qué excluirse necesariamente entre sí. Hace falta buena voluntad para comprobar todo aquello en lo que las varias interpretaciones y prácticas de la fe se pueden recíprocamente compenetrar e integrar. Hay también que determinar en qué punto se sitúa la frontera de la división real, más allá de la cual la fe quedaría comprometida. Es legítimo afirmar que entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa la diferencia no es muy profunda”

 

viernes, 5 de agosto de 2016

JESÚS DIJO (XXI): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 
 





*Amar el mundo apasionadamente (23/4/16)

 

*El valor de la sanción como estímulo y el Sacramento de la Penitencia (1/5/16)

 

*Jesús y la Divina Providencia (I) (7/5/16)

 

*Jesús y la Divina Providencia (II) (16/5/16)

 

*Jesús dijo que el diablo es el padre de la mentira (21/5/16)

 

*Si negamos la Resurrección de Cristo vana sería nuestra fe  y la Iglesia se derrumbaría (29/5/16)

 

 





Santa Biblia (Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección del Dr. Evaristo Martín Nieto. Ed. San Pablo 1988)

 

 

 

 

                                                    CONCILIO DE JERUSALÉN (15, 1-35)

Algunos que vinieron de Judea, enseñaban a los hermanos: <si no os circuncidáis según el rito de Moisés, no podéis salvaros>. / Después de un altercado y discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos, se decidió que Pablo y Bernabé y algunos otros de entre ellos, fueran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. / Ellos, enviados por la Iglesia atravesaron Fenicia y Samaría, narrando la conversación de los paganos y causando un gran gozo a todos los hermanos. / Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros, y entonces contaron todo lo que Dios había hecho con ellos. / Algunos de la sexta de los fariseos que habían abrazado la fe, se levantaron y dijeron que los paganos debían circuncidarse y guardar la ley de Moisés. / Los apóstoles y los presbíteros se reunieron para estudiar el asunto.

Tras una larga discusión, se levantó Pedro y les dijo: <hermanos, vosotros sabéis  que hace mucho tiempo Dios me eligió entre vosotros para que los paganos oyesen de mis labios la palabra del evangelio y abrazaran la fe. / Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor dándoles el Espíritu Santo, igual que a nosotros; / y no ha hecho diferencia alguna entre ellos y nosotros, purificando sus corazones con la fe. / Ahora bien, ¿Por qué tentáis a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido soportar? / Nosotros creemos que nos salvamos por la gracia de Jesús, el Señor, igual que ellos. / Toda la asamblea guardó silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que contaban todos los prodigios y milagros que había hecho Dios entre los paganos por medio de ellos.

Cuando ellos terminaron, intervino Santiago: <hermanos, escuchadme. / Simón ha contado como Dios dispuso desde el principio escoger entre los paganos un pueblo consagrado a su nombre. / Con esto, están de acuerdo las palabras de los profetas según está escrito: después de esto volveré y restauraré la choza caída de David; y repararé sus ruinas y la volveré a levantar, para que los demás hombres busquen al Señor y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre dice el Señor autor de estas cosas, conocidas desde la eternidad.

Por eso yo creo que no hay que inquietar a los paganos que se convierten a Dios, / sino escribirles que se abstengan de las contaminaciones de los ídolos, de la fornicación, de comer sangre o carne de animales ahogados. / Pues en cada ciudad hay desde antiguo quienes leen y proclaman la ley de Moisés los sábados en la sinagoga>.

 



DECRETO CONCILIAR

Entonces los apóstoles y los presbíteros, con toda la Iglesia, decidieron elegir a algunos de entre ellos, y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabás y Asilas, hombres eminentes entre los hermanos. / Por medio de ellos le mandaron esta carta: <los apóstoles y los presbíteros, vuestros hermanos, a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia procedentes del paganismo. / Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin nuestro mandato, os han inquietado y alarmado con sus palabras. / Hemos decidido de común acuerdo elegir unos delegados y enviarlos a vosotros, con nuestros queridos Bernabé y Pablo, / hombres que han entregado sus vidas por nuestro Señor Jesucristo. / Os enviamos a Judas y Asilas, que os dirán lo mismo de palabra. / Porque el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no poneros ninguna carga más que éstas imprescindibles: / abstenerse de la fornicación, de comer sangre y carne sacrificada a los ídolos o de animales ahogados. Haréis bien de guardaros de estas cosas. Adiós. / Los delegados fueron a Antioquía, reunieron a la gente y entregaron la carta. / Al leerla se llenaron de alegría por su contenido alentador. / Judas y Silas que eran también profetas, alentaron y confortaron a los hermanos en una larga conversación. / Al cabo de cierto tiempo, los despidieron con saludos de paz para los hermanos que los habían delegado. / Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía, enseñando y evangelizando la Palabra del Señor en unión de otros muchos.

 

 

 

 

lunes, 1 de agosto de 2016

¿QÚE SIGNIFICA SEGUIR A CRISTO?


 
 
 
 
 
 



Por eso, muchos hombres de la Iglesia católica, de mente clara y espíritu recto, se han hecho esta pregunta: ¿Qué significa seguir a Cristo? El Papa Benedicto XVI fue uno de estos hombres; se hizo esta pregunta, para después responderla con autoridad y valentía en su libro: <Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre> (Ed. Chrónica S.L. 2011): “Se trata de un cambio interior de la existencia. Me exige que ya no esté encerrado en mi yo, considerando mi auto realización como la razón principal de mi vida. Requiere que me entregue libremente al otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en Jesucristo, me precede y me indica el camino.
Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la <verdad y el amor>. Se trata de la opción entre vivir solo para mí mismo, o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que <verdad y amor> no son valores  abstractos; en Jesucristo se han convertido en Persona. Siguiéndolo a Él, entro al servicio de la <verdad y del amor>. Perdiéndome, me encuentro”

 
 
 
Una  reflexión magnífica y exacta de lo que supone hoy en día, y siempre ha supuesto, seguir a Cristo. Pero  en este descreído siglo XXI estas palabras parecen más autenticas, quizás, porque da la sensación de que nos encontramos mucho más cerca de la <Parusía>, de la segunda venida de Jesucristo al mundo, aunque nadie sabe cuando esto sucederá…

 
 
Como sigue diciendo el Santo Padre  a este respecto (Ibid): “¡Cuán importante es hoy en día precisamente no dejarse llevar de un lado a otro en la vida, no contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen, escrutar a Dios y buscar a Dios, no dejar que el interrogante sobre Dios se disuelva en mi alma, el deseo de lo que es más grande, el deseo de conocerlo a Él, de ver su rostro!..."


Por supuesto que sí, esta idea es esencial: Si no nos interesáramos por conocer a Cristo, que sería  lo mismo que ver su rostro en nuestro prójimo,  difícilmente podamos llamarnos auténticos seguidores de Él. Tristemente esto está sucediendo ya, en una gran parte de las sociedades más desarrolladas, en países de Europa y América, los cuales recibieron el mensaje de Cristo desde hace siglos, pero que han sufrido, en los últimos, un retroceso enorme, en cuanto a tener como criterio auténtico  la <verdad y el amor>.
Por otra parte, ciertas corrientes filosóficas, tienden a hacer desaparecer a Dios, para poner al hombre en su lugar, induciendo a ello, sobre todo a los más jóvenes y aún a algunos no tan jóvenes, para imitación de una supuesta mayoría...Recordemos lo que sucedió en la primera venida del Señor y como entonces hasta Pilatos se lavó las manos ante la muchedumbre injusta... 


Los Papas llevan hablando de todos estos temas desde hace mucho tiempo, prácticamente desde el momento en que  bajo nuevos nombres y movimientos, la increencia y el desamor a Dios se ha  hecho patente, especialmente en  el llamado viejo continente.

Las clásicas preguntas: ¿Si existe Dios, por qué se esconde? ¿No sería más sencillo que su existencia fuera evidente?, son propuestas retóricas, es cierto, pero que han hecho y siguen haciendo mucho daño al pueblo de Dios.

Son preguntas que surgieron bajo el empuje de una nueva filosofía y que retrata de forma evidente lo que está sucediendo en los últimos siglos, pero que no son difíciles de responder, porque Dios ha dado la mayor prueba que se podría dar para demostrar que no se esconde al hombre: ¡ Haciéndose igual a uno de ellos!

 
 
 
 
Sin embargo, incluso esta prueba irrefutable es puesta en tela de juicio, porque como dicen algunos: <Dios ha provocado al hombre, queriendo hacerse como él en su Hijo Jesucristo, naciendo de la Virgen>


El Papa San Juan Pablo II no podía aceptar estos  razonamientos, y por eso a estas preguntas insensatas, contestaba así (Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio  Messori. Círculo de Lectores, S.A. por cortesía de Plaza & Janés Editores, S.A. 1995):

 
 
“Intentemos ser imparciales en nuestro razonamiento: ¿Podría Dios ir más allá en su condescendencia, en su acercamiento al hombre, conforme a sus posibilidades cognoscitivas? Verdaderamente,  parece que haya ido todo lo lejos que era posible. Más allá no podía ir. En cierto sentido, ¡Dios ha ido demasiado lejos! ¿Cristo no fue acaso escándalo para los judíos, y necedad para los paganos? (I Co 1,23).
Precisamente porque llamaba a Dios, Padre suyo, porque lo manifestaba tan abiertamente en Sí mismo, no podía de dejar de causar la impresión de que era demasiado… El hombre ya no estaba en condiciones de soportar tal cercanía, y comenzaron las protestas…”

 
 
 
Las primeras protestas surgieron, muy pronto, dentro de su propio pueblo, dentro del pueblo elegido por Él. Después vinieron otros pueblos a lo largo de los tiempos que copiaron esta aptitud frente al Altísimo, pero lo cierto y verdad es que sólo la religión cristiana acepta un Dios que se ha revelado al hombre, humillándose al extremo de dar la vida por su salvación, como en su día advirtió el Papa San Juan Pablo II (Ibid): “Desde una cierta óptica es justo decir que Dios se ha desvelado al hombre incluso demasiado en lo que tiene de divino, en lo que es su vida íntima; se ha desvelado en el propio Misterio.

No ha considerado el hecho de que tal desvelamiento lo había en cierto modo obscurecido a los ojos de los hombres, porque el hombre no es capaz de soportar el exceso de Misterio, no quiere ser invadido y superado.

Sí, el hombre sabe que Dios es Aquel en el que <vivimos, nos movemos y existimos> (Hch 17,28) ¿Pero por qué eso ha tenido que ser confirmado por su Muerte y Resurrección?

Sin embargo San Pablo escribe: <pero si Cristo no ha resucitado, entonces es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe> (I Co 15,14)”



Los enemigos de Cristo, quieren hacernos creer que es un atrevimiento de los católicos el considerar que Jesús era el Hijo de Dios, y por tanto verdadero Dios. Ellos nos interpelan con preguntas como estas: ¿Por qué Jesús no podría ser solamente un sabio, como Sócrates, o un profeta, como Mahoma, o incluso un iluminado como Buda? ¿Cómo mantener esta inaudita certeza de que este hebreo condenado a muerte en una obscura provincia es Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre?

Dicen más, dicen por ejemplo que: <Esta pretensión cristiana no tiene parangón, por su radicalidad, con ninguna otra creencia religiosa>
Por eso, si queremos seguir a Cristo, si queremos ser verdaderos seguidores de Cristo, todas estas preguntas, todas estas  propuestas deben causarnos un rechazo absoluto; ¡Cristo es irrepetible! como aseguraba el Papa San Juan Pablo II (Ibid):



Así es, tal como defendía el Papa San Juan Pablo II y defiende todo estudioso sincero de las religiones (Ibid):
“A pesar de algunos aspectos convergentes, Cristo no se parece ni a Mahoma, ni a Sócrates, ni a Buda. Es del todo original e irrepetible. La originalidad de Cristo, señalada en las palabras pronunciadas por Pedro junto a Cesarea de Filipo, constituye el centro de la fe de la Iglesia expresada en este símbolo: <Yo creo en Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, el cual fue concebido del Espíritu Santo, nació de María Virgen, padeció bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos; el tercer día resucitó de la muerte; subió al cielo, se sentó a la derecha de Dios omnipotente> Este llamado <Símbolo Apostólico> es la expresión de la fe de Pedro y de toda la Iglesia”

 
 
 
Ciertamente el  que niegue  estos dogmas de fe nunca podrá llamarse seguidor auténtico de Cristo, aunque esté bautizado... Tengamos esto siempre presente los que deseamos llegar a ser, algún día, verdaderos seguidores de Cristo...pero de cualquier forma, la Iglesia de Cristo, no podemos obviarlo, se encuentra en una  cierta crisis desde hace ya demasiado tiempo...


 
 

 


El hombre podía tener religión si quería, pero eso era algo solamente subjetivo, y por tanto, no podía tener relación con un contenido objetivo común, vinculante y dogmático; cualquier dogma era considerado una contradicción para la razón humana. A pesar de estos vientos contrarios de la historia, la Iglesia se ha mantenido haciéndoles frente, y así continuará siempre”

 
 
 
Verdaderamente, la última frase de esta reflexión de Benedicto XVI nos parece acertadísima porque desde que la pronunció (Mediados del siglo XX), hasta nuestros días (Camino ya hacia el primer tercio del siglo XXI), la Iglesia sigue y tendrá que seguir así hasta el final de la vida del hombre sobre la tierra, haciendo siempre frente no ya a los <vientos> de siglos pasados, sino a los <huracanes> venideros , y a las <terribles borrascas> actuales en contra del mensaje de Cristo, y sobre todo en contra de la naturaleza divina-humana de Cristo.


El Papa Benedicto XVI en su reflexión señala algunas de las causas por las que la Iglesia ha sido tan tremendamente atacada y seguirá siéndolo mucho tiempo más, por una parte de la humanidad, que en resumen se identifican con el concepto de <poder> inherente a la naturaleza humana.

Se ha querido crear con la ayuda de las teorías de algunos eruditos  como una especie de dogma en el que se acusa a la Iglesia de basarse sobre todo en el poder y la opresión, porque según las fuerzas del mal, de la que ellos forman parte,  todo lo que perdura se debe al <poder>. Es una ideología que ha  implantado, la llamada <cultura de la muerte>, que está provocando grandes estragos entre la juventud. Pero para el Papa Benedicto XVI, como para otros tantos Padres de la Iglesia, esa ideología corrompe a la humanidad, y destruye a la Iglesia, porque da una visión falsa de la misma asegurando que el <poder> es el fin último que ésta persigue. El Papa niega rotundamente esta idea asegurando que (Ibid):
 
 
 
“Si pertenecer a la Iglesia tiene algún sentido, es sólo porque la Iglesia nos da la vida eterna, es decir, la auténtica vida. Todo lo demás es secundario. De no ser así, todo <poder>, en la Iglesia, que entonces no sería más que una asociación, no sería otra cosa que un teatro absurdo. Hay que dejar de lado ya esa idea del <poder> y ese reduccionismo de la Iglesia, que yo creo que aún perdura como consecuencia de un recelo de ciertas corrientes políticas…”



Ciertamente, seguir a Cristo significa, como recordaba Benedicto XVI, dejar de lado el concepto de <poder> basado en el lucro, la carrera, y el éxito como fin último de la vida, para centrarse en el <Poder de Salvación> que Cristo trajo a los seres humanos. En este sentido recordemos las palabras de Jesús a aquel joven rico que se acercó a Él para preguntarle que debía hacer para heredar la vida eterna. La respuesta del Señor fue que debía vender todo lo que tenía y  lo que obtuviera lo entregara a los más pobres, y no le gustó...

 
 
 
 
Al verle Jesús entristecer por su respuesta dijo (Lc 18, 23-24): "¡Que difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas! / Porque es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios"


Ante la situación actual de una sociedad paganizada, que pone sus intereses en el poder y la riqueza  debemos recordar de nuevo las palabras del Papa Benedicto XVI (Ibid):
Cuando nos creemos dueños de nosotros mismos y con poder para juzgarlo todo, nos destruimos. Porque no estamos en una isla con nuestro propio yo, no nos hemos creado a nosotros mismos;  hemos sido creados y creados por amor, para la entrega, para la renuncia, sabiendo negarnos a nosotros mismos. Sólo si nos damos, sólo si perdemos la vida –como dijera Cristo- tendremos vida.Esta decisión fundamental debe ser tomada con determinación y se ofrece a la libertad del hombre. Pero hay que dejar bien claro que vivir sólo de derechos no es una buena receta para la vida…

 
 
 
 
Actualmente es frecuente que la gente joven cada vez se sienta menos exigida. Esto explica, en parte, que se marchen de la Iglesia y tomen interés por ciertas sectas de exigencias muy radicales; primero porque quieren estar a buen seguro, quieren ser protegidos, pero, al mismo tiempo, porque quieren sentirse exigidos. De algún modo, el hombre tiene conciencia innata de que tiene que ser sometido a prueba, y que debe confrontarse con una unidad de medida superior, y también que debe aprender a darse y a perderse”


Esto que parece una contradicción, al ser la religión católica la más exigente para el hombre, ya que Cristo puso el listón muy alto a este respecto, está sucediendo desgraciadamente y nos preguntamos lógicamente: ¿Por qué? Aquí entra en escena los posibles  <defectos de la Iglesia> entre los cuales habría que citar, y no es uno menor, la dificultad de comunicación con una nueva grey en un mundo complejo, y en gran parte también una discrepancia creciente entre el estado de la conciencia del hombre moderno y la doctrina cristiana.
 
 
 
 



Es fundamental, la Iglesia católica, en su totalidad debe dar ejemplo de vida, y tenemos que reconocer que en muchas ocasiones se ha fallado. Todavía se cierne sobre nuestras cabezas la corrupción existente en los últimos tiempos entre algunos sectores de la grey de Cristo, a la cual todos los cristianos pertenecemos. Por otra parte, las fuerzas del mal, es decir Satanás  y sus acólitos, que por supuesto, existen y son una multitud, se encargan de ensuciar la conciencia  del hombre creyente, de ensuciar todo lo referente a la Iglesia católica y al mismo tiempo de echarle en cara el no ser suficientemente maternal y acogedora para sus hijos:

 
 
 
“Cuando habla la Iglesia, mucha gente sólo conserva en la memoria alguna prohibición moral –casi siempre relacionada con la sexualidad- y por eso, les parece que la Iglesia sólo se ocupa de juzgar y de restringir la vida. Tal vez se haya dicho demasiado, y demasiadas veces, en unos tonos que no siempre lo relacionaban suficientemente con la verdad y el amor. Pero también dependen mucho de la selección que hagan los medios de comunicación, para posterior difusión. Las prohibiciones tienen interés como aviso, como advertencias dentro de un contexto y con un contenido comprensible. Si la Iglesia sólo hablara de Dios, de Jesucristo, o de puntos centrales de la fe, no llegaría a utilizar el lenguaje secular y no se llegaría a oír nada de lo que se dijera… De modo que cabría preguntarse si, en vez de quejarse de los medios, la Iglesia podría dosificar mejor su propia exposición ante la opinión pública… La Iglesia tiene que reflexionar sobre como hallar la manera más conveniente del enunciado interior, que de expresión a una común estructura de la fe y lo que dice al mundo, en el que sólo puede haber comprensiones parciales…” (Papa Benedicto XVI; Ibid)

 
 
 
 
Ante este excelente razonamiento, cabría preguntarse si efectivamente la Iglesia está consiguiendo ya esa <común estructura de la fe y lo que dice al mundo>; el Papa Francisco lo está intentando saliendo a las periferias de la Iglesia, y ésta sigue en lo posible su ejemplo y su mandato de hacer lo mismo. ¿Pero realmente con ello se está consiguiendo que haya una comprensión total de la fe y no una comprensión parcial por parte del mundo? La respuesta no es fácil, debemos esperar aún algún tiempo, para recoger los frutos de esta nueva forma de actuación de la Iglesia frente al mundo…
 
 
 
"Entre tanto, los verdaderos seguidores de Cristo deberíamos tener en cuenta que: En la época actual post moderna se necesita, quizás, aún más que nunca, un Salvador, porque la sociedad en la que se vive se  ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral…<Salvator Noster>, Cristo es también el Salvador del hombre de hoy ¿Quién hará resonar en cada rincón de la Tierra de manera creíble este mensaje de esperanza? ¿Quién se ocupará de que como condición  para la paz, se reconozca, tutele y promueva el bien integral de la persona humana, respetando a todo hombre y a toda mujer en su dignidad? ¿Quién ayudará a comprender que con buena voluntad, racionalidad y moderación, no sólo se puede evitar que los conflictos se agraven, sino llevarlos también hacia soluciones equitativas?...San Pablo había comprendido muy bien que sólo en Cristo la humanidad puede encontrar redención y esperanza. Por ello, sentía apremiante y urgente la misión de: Anunciar la promesa de la vida en Cristo Jesús (2 Tm 1,1), -nuestra esperanza- (1 Tm 1,1), para que todas las gentes pudieran compartir la misma herencia, siendo partícipes de la promesa por medio del Evangelio (Ef 3,6).

 
 
 
San Pablo era consciente de que la humanidad, privada de Cristo, está <sin esperanza y sin Dios en el mundo>; <sin esperanza por estar sin Dios>, efectivamente, quien no conozca a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo esta sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (Ef 2,12)” (Los caminos de la vida interior. Papa Benedicto XVI. Ed. Chrónica 2011)