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sábado, 13 de octubre de 2018

TRES MILAGROS DE JESÚS Y TRES PALABRAS SUYAS EN ARAMEO


 
 
 
 
 
Los <milagros–signos> del Señor están íntimamente relacionados con la fe,  por eso no es de extrañar que en algunas ocasiones el evangelista San Marcos, respetara al relatarlos, el lenguaje en el que predicaba Jesús (arameo) a las multitudes que le seguían, ya que esta lengua tiene una fuerza expresiva superior a la  poseída por el griego, idioma en el que redactó el evangelista los hechos y dichos de la vida de Cristo. 


Así pues, el evangelista, al narrar tres  milagros-signos de Jesús, conserva algunas expresiones de Éste, que le dan más fuerza a los eventos acaecidos. Estos milagros-signos son: <La resurrección de la hija de Jairo> (Mc 5, 35-43), <La curación de un sordomudo> (Mc 7, 31-37) y <La curación del ciego de Jericó> (Mc 10, 46-52).

Sucedió que durante su evangelización en Galilea y más concretamente en el entorno del  lago de Genesaret (o mar de Galilea) tras haber curado a un hombre de la posesión de una legión de demonios, dejando maravillada a la gente que presenció este milagro portentoso, se dirigió en barca a la ribera opuesta al lugar donde había acaecido este hecho, y allí, de entre la muchedumbre que le seguía se le aproximó un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo y echándose a sus pies le suplicó que curara a su hija que prácticamente estaba muerta o moribunda. Fue ésta una petición de milagro que implicaba la fe previa, porque sus palabras fueron (Mc 5, 23): <Mi hijita está al cabo; ten a bien venir y poner tus manos sobre ella, para que se salve y viva>.

Indudablemente este hombre con fe, que pide un milagro para su hija, ya conocía los prodigios de Jesús, pues el Señor por donde predicaba dejaba tras de sí, además de su palabra, sus hechos y estos eran portentosos, aunque no todos los que le seguían creían en él, porque el hombre se resiste siempre a creer aquello que no comprende y además, no hay que olvidar, que el demonio no descansa en sus propósitos de encadenar a los seres humanos bajo su poder.

Pero este hombre no, no había caído bajo la posesión del maligno, antes al contrario, tenía fe en Jesús, y muy poderosa, ya que humildemente, despojándose de su categoría de jefe de la sinagoga se hecha a los pies del Señor para rogarle que haga un milagro con su hijita.

El Señor en esta ocasión quiere mostrar cuán grande puede ser la fe y cuán grande puede ser el milagro, por eso siguió caminando aparentemente indiferente a la petición,  y el hombre le seguía, junto con la muchedumbre que le rodeaba, y entre esa muchedumbre se encontraba una mujer que padecía desde hacía mucho tiempo de flujos de sangre, y también tenía mucha fe en Jesús;  tocó su manto y cobró la salud.

 
 
El Señor dándose cuenta que de sí mismo había salido virtud, se volvió y preguntó: ¿Quién me tocó los vestidos? Ella atemorizada y temblando por lo que había hecho se postró a sus pies y le declaró lo que había ocurrido. Jesús le dijo entonces: <Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu achaque>.


Entre tanto, el tiempo pasaba y parecía que no llegaba el momento en que Jesús llegara hasta donde se encontraba la hija de Jairo, para realizar un milagro, y en esto vinieron los servidores del jefe de la sinagoga para anunciarle que la niña ya había muerto y por tanto dijeron: ¿para qué molestar al maestro? Pero Jesús a su vez dijo: <No temas; cree solamente>. Y él creyó, y el milagro se realizó.

 
 
Así lo narró San Marcos en su Evangelio (Mc 5, 27-32): "Y llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y los que lloraban daban grandes alaridos / y entrando les dice: ¿Por qué os alborotáis y lloráis? La niña no murió, sino duerme / Y se burlaban de Él. Más Él, echándolos a todos, toma consigo al padre de la niña y a la madre y a los que con Él iban, y entran a donde estaba la niña / Y tomando la mano de la niña, le dice: <Talithá kum>, que traducido, significa: <Niña, te lo digo, levántate> / Y al instante se levantó la niña, y caminaba, pues tenía doce años"

 

Nos recuerda el Papa Benedicto XVI, que el Padre y Doctor de la Iglesia San Jerónimo, al comentar este milagro subrayó el poder salvífico de las palabras de Jesús, que vienen a puntualizar que la niña debe levantarse no por las virtudes de ella, sino por la gracia del Hijo de Dios.

 
 
 
Por eso dice también el Papa que este relato, junto con el milagro de la mujer que sufría flujos de sangre: “Son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas soluciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona”

(Benedicto XVI; Ángelus del domingo 1 de julio de 2012).


La misericordia de Dios nunca abandona a los hombres aunque muchos no tienen, o no llegan a tener, conciencia de ello. Quizás por eso, el Señor al realizar este impresionante milagro de devolver la vida a una persona muerta no quiso que se le comunicara a nadie y pidió encarecidamente a los presentes que no difundieran el suceso,  para evitar malas interpretaciones sobre el mismo.

 
 
No obstante, como comentaba el Papa San Juan Pablo II en su <Audiencia General> del 18 de noviembre, de 1987: "En la Iglesia de los primeros tiempos y especialmente durante la evangelización del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron los milagros, prodigios y señales, como el mismo Jesús les había prometido a sus discípulos. Pero se puede decir que estos se han repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en los momentos decisivos para la realización del designio de Dios”

 
Por eso, Jesús siguió su camino repartiendo amor a manos llenas y enseñando a las gentes, también a los fariseos y escribas, el Mensaje divino.

Finalmente partió de aquellos lugares para dirigirse a los confines de Tiro y de Sidón y nada más llegado allí, tuvo ocasión de realizar un nuevo milagro, en el que la fe estaba presente en la persona que lo solicitaba, y era una fe muy grande; se trataba de una mujer que tenía una hija endemoniada y humildemente le solicitaba su ayuda. El Señor admirado de su fe y de  humildad, sanó a su hija del poder del demonio.

Llegamos así, al momento en el que el Señor va a llevar a cabo el milagro de la sanación de un sordomudo; y en esta ocasión, al realizar la narración de los hechos acaecidos, el evangelista san Marcos, respetó de nuevo en arameo, una palabra clave pronunciada por  del Señor en esta lengua, a través de la cual  realizó el prodigio.

Sucedió que al llegar a la región de Decápolis, le presentaron a una persona sorda y tartamuda para que lo curara poniendo sobre él su mano. Así narró san Marcos los hechos que acontecieron a continuación (Mc 7, 32-37):

 
 
"Y le presentan un sordo y tartamudo y le ruegan que ponga  sobre sobre él su mano / Y tomándole a parte lejos de la turba, introdujo sus dedos en las orejas del sordo y con su saliva tocó su lengua / y levantando sus ojos al cielo suspiró y le dijo: <Effatá> (esto es, *Ábrete*) / Y al punto se abrieron sus oídos, y se soltó la atadura de su lengua, y hablaba correctamente / Y les ordenó que a nadie lo dijesen; pero cuanto más se lo ordenaba, tanto más y más ellos lo divulgaban"


Y se asombraban sobremanera, diciendo: <Todo lo ha hecho bien, y hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
Jesús en esta ocasión utiliza para hacer este extraordinario milagro-signo un riguroso ceremonial, cuestión que algunos estudiosos de los Santos Evangelios han interpretado en el sentido de considerar que el Señor quiere preparar de esta forma a la persona en cuestión, que podría haber sido un pagano, para que en él se produzca <la fe previa al milagro>, por el solo contacto con su cuerpo humano-divino.

Así, por ejemplo, el Padre y Doctor de la Iglesia san Efrén de Siria (306-373), fundador de una escuela de teología que se distinguió por su gran calidad y altura de miras y que por tanto fue un gran defensor de la doctrina cristológica y trinitaria, al comentar este milagro del Señor se expresaba en los siguientes términos.

“La fuerza divina que el hombre no puede tocar, bajó, se envolvió con un cuerpo palpable para que los pobres pudieran tocarle, y tocando la humanidad de Cristo, percibieran su divinidad.

A través de unos dedos de carne, el sordomudo sintió que alguien tocaba sus orejas y su lengua. A través de unos dedos palpables percibió la divinidad intocable una vez rota la atadura de su lengua y cuando las puertas cerradas de sus orejas se abrieron.

 
 
Porque el arquitecto y artífice del cuerpo vino hasta él y, con una palabra suave (Effatá), creó sin dolor unos orificios en sus orejas sordas; fue entonces cuando también su boca cerrada hasta entonces incapaz de hacer surgir una sola palabra, dio al mundo la alabanza a Aquel que de  esta manera hizo que su esterilidad diera fruto…


Jesús hace desaparecer los defectos y resucita a los muertos a fin de que podamos reconocer que gracias a su cuerpo <en el que habita la plenitud de la divinidad>, los defectos de nuestra humanidad son suprimidos y la verdadera vida se da a los mortales por este cuerpo en el que habita la verdadera vida”

Hermosa interpretación del milagro-signo de Jesús debida a un hombre que habiendo tenido unos orígenes paganos, al encuentro con la palabra del Señor se convirtió al cristianismo dando tales frutos para la Iglesia que ésta le ha reconocido Padre y Doctor de la misma. Se enfrentó con valor a todas las sectas de su época que defendían doctrinas heréticas, dejando un legado escrito para la humanidad imponderable.

 Por su parte san Lorenzo de Brindisi (1559-1619), doctor de la Iglesia por el Papa Juan XXIII (1959), dejó también para la posteridad una homilía muy hermosa sobre este milagro del Señor de la que recogemos las siguientes palabras:

“Lo mismo que la ley divina dice, narrando la obra de la creación del mundo: Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno, así el evangelio, al narrar la obra de la redención y de la recreación, dice:<Todo lo ha hecho bien, ya que los árboles sanos dan frutos buenos y un árbol sano no puede dar frutos malos>…

Unamos hoy con sencillez nuestras voces a las de la santa multitud y digamos: <Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos>. En realidad, la muchedumbre dijo esto por inspiración del Espíritu Santo…

 
 
Éste es Dios que todo lo hizo bien: <Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos>, esto es, está investido de una fuerza y un poder divino” 


Más recientemente, también el Papa Benedicto XVI, al comentar este milagro del Señor en el Ángelus del domingo 6 de septiembre de 2012 decía lo siguiente:

“En el centro del Evangelio de este domingo hay una palabra, muy importante. Una palabra que <en un sentido profundo> resume todo el mensaje  y toda  la obra de Cristo.

El evangelista san Marcos la menciona en la misma lengua de Jesús, en la que Jesús la pronunció, y de esta manera la sentimos aún más viva. Esta palabra es <<Effetá>>, que significa <Ábrete>…

Aquel sordomudo, gracias a la intervención de Jesús, <se abrió>; antes estaba cerrado, aislado; para él era muy difícil comunicar; la curación fue para él una <apertura> a los demás y al mundo, una apertura que, partiendo de los órganos del oído y de la palabra, involucraba toda su persona y su vida: por fin podía comunicar y, por tanto, relacionarse de nuevo”

<Effetá>, que palabra más hermosa en boca de Nuestro Señor Jesucristo, sí, el desea que nos abramos a Él, que escuchemos su mensaje de amor y lleno de buena voluntad hacia el hombre y, ¿cómo responde el hombre a esta palabra?... 

Desde luego, que  no siempre, como lo hizo el sordomudo del milagro; no, el hombre hace tiempo que se ha dejado arrastrar por  falsos dioses, insignificantes y mentirosos…

Ciertamente, son tantas las acometidas violentas del maligno, que  cuesta mucho superarlas, pero eso no quiere decir que el género humano esté justificado  por ello. Lucifer y sus acólitos, siempre están atentos a nuestras debilidades, debemos estar, por tanto, en guardia y recordar aquellas palabras tan sensatas y verdaderas del Señor (Mt 10, 28):

<No temáis a los que matan el cuerpo, pero el alma no la pueden matar; sino temed más bien al que puede arruinar alma y cuerpo en la gehena>.

 
 
Así es, estos son los verdaderos enemigos del hombre y por eso deberíamos siempre operar como lo hizo en su día el ciego de Jericó, deberíamos decir a Cristo: <Rabbuní, que yo recobre la vista>


Sí, que yo descubra cada día en los mensajes que constantemente recibo a través de tantos medios, al alcance del enemigo común, aquellos que pueden afectar a mi alma y ponen en peligro su salvación.

En efecto, sucedió que Jesús anunció por segunda vez su próxima Pasión, Muerte y Resurrección, cuando atravesaba Galilea en dirección a Cafarnaún, aunque aún no quería dar mucha publicidad a temas que tan radicalmente le concernían, porque todavía iba instruyendo a sus discípulos; él les dijo (Mc 9, 31): “El Hijo del hombre a va ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días”

Esto era lo que iba a hacer Él, al someterse a su Pasión y Muerte, cuando llegaran a Jerusalén, pero antes de llegar y tras varios importantes acontecimientos, entre los que cabe destacar la bendición de los niños y la increíble petición de los hijos de Zebedeo, realizó un nuevo milagro-signo, concretamente en Jericó curó a un hombre ciego llamado Bartimeo.

 
 
 
 
Los hechos ocurridos fuero descritos por el evangelista san Marcos con gran detalle, conservando además, el apelativo dado por el ciego a Jesús en la lengua original en la que hablaban los protagonistas del acontecimiento, el arameo (Mc 10, 46-52):


“Llegan a Jericó. Y cuando salían de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna/ Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!/ Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten piedad de mí!/ Se paró Jesús y dijo: <Llamadle>. Llamaron al ciego diciéndole: ¡Animo!, levántate, te llama/ El, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús/ Jesús le preguntó: < ¿Qué quieres que te haga?>. Rabboni, que vea, le respondió el ciego/ Entonces dijo Jesús: <Anda, tu fe te ha salvado>. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino”

De nuevo en esta ocasión se presenta la necesidad de una fe previa de la persona que solicita el favor de Jesús, pero una fe total, una fe que lleva al ciego a pedirle al Señor que le cure con la seguridad absoluta de que él puede conseguir que este milagro se produzca; él le llama <Rabboni> que quiere decir <Mi gran Maestro>…

Después cuando se ha producido, él sigue a Jesús, ya es un discípulo más del Señor en su caminar hacia la ciudad Santa, donde en breve tendrán lugar los terribles acontecimientos a los que Jesús va a someterse por mandato del Padre y amor a la humanidad. En este sentido el Papa Benedicto XVI en el Ángelus del domingo 29 de octubre de 2006 nos recordaba que:

“Este relato, en sus aspectos fundamentales, evoca el itinerario del catecúmeno hacia el sacramento del Bautismo, que en la Iglesia antigua se llamaba también <Iluminación>.

La fe es un camino de iluminación: parte de la humildad de reconocerse necesitados de salvación y llega al encuentro personal con Cristo, que llama a seguirlo por la senda del amor. Según este modelo se presentan en la Iglesia los itinerarios de iniciación cristiana, que preparan para los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. En los lugares de la antigua evangelización, donde se suele bautizar a los niños, se proponen a los jóvenes y a los adultos experiencias de catequesis y espiritualidad que permiten recorrer un camino de redescubrimiento de la fe de modo maduro y consciente, para asumir luego un compromiso coherente de testimonio.

¡Cuán importante es la labor que realizan en este campo los pastores y  los catequistas!

El redescubrimiento del valor de su Bautismo es la base del compromiso misionero de todo cristiano, porque como vemos en el Evangelio, quien se deja cautivar por Cristo no tiene más remedio que testimoniar la alegría de seguir sus pasos”

 


 

 

 

MIRARÁN AL QUE TRASPASARON


 


“Mirarán al que traspasaron” Son palabras misteriosas, llenas de significado recordadas por   san Juan en su Evangelio, cuando relata un acontecimiento extraordinario que tuvo lugar inmediatamente después de la muerte de nuestro Señor Jesucristo. Nos referimos al conocido episodio de la historia de Jesús que se ha dado en llamar <la lanzada> y que ha sido objeto de numerosas obras de arte y análisis teológicos, a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

Así describió el apóstol y evangelista, san Juan, los hechos acaecidos en aquel amargo día, cuando los soldados se acercaron a los tres crucificados, en el lugar llamado la Calavera (Gólgota,) con ánimo de romperles las piernas  (Jn 19, 33-37):

 

-Cuando se acercaron a Jesús, se dieron cuenta que ya había muerto, por eso no le rompieron las piernas.

-Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y, al punto, brotó de su costado sangre y agua.

-El que vio estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. Él sabe que dice la verdad, para que también vosotros lo creáis.

-Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice:<No le quebraron ningún hueso.

-La Escritura dice también, en otro pasaje: <Mirarán al que traspasaron>

 

San Juan recuerda con este último versículo, las palabras pronunciadas en su día, por el profeta Zacarías, consecuencia de una de sus visiones nocturnas y más concretamente aquella que se refiere a los vaticinios (Oráculo del Señor) sobre Judá y Jerusalén  (Zc 12, 8-10):

“Aquel día el Señor protegerá a los habitantes de Jerusalén. <Aquel día el más flojo de ellos será como David, y la casa de David, como un Dios, como un ángel del Señor al frente de ellos> / <Aquél día me dispondré a exterminar a cualquier nación que venga contra Jerusalén> / <Sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de plegaria para que fijen en mí la mirada. Por el que traspasaron, por él harán duelo con el llanto del hijo, por el hijo único; se afligirán amargamente por él, con el dolor por el primogénito>”

 
 

En el tiempo escatológico anunciado por el profeta Zacarías debían suceder todas estas cosas. Este profeta era hijo de Baraquías, y fue uno de los doce profetas llamados menores. Su libro es el penúltimo de los libros proféticos inspirados del Antiguo Testamento. Él llevo a cabo una misión profética entre los años 520-518 antes de Cristo. Zacarías hablaba en nombre de Dios a los judíos que por entonces habitaban en Jerusalén y en toda Judea, para animales a edificar el Templo para Él. La persona tan llorada por los habitantes de Jerusalén, según Zacarías, la persona a la que traspasaron, nos recuerda a Jesucristo clavado en la Cruz;  a Él vuelven la mirada los hombres pecadores, tal como leemos en el evangelio de san Juan y:

 

<No le quebraron ningún hueso>…<Mirarán al que traspasaron>.

Son palabras que evocan constantemente los últimos momentos de la Pasión  y Muerte del Señor, tal como nos advertía el Papa Benedicto XVI  en su libro <Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Ediciones Encuentros, S.A., Madrid 2011>:

“La Iglesia teniendo en cuenta las palabras de Zacarías, ha mirado en el transcurso de los siglos a este corazón traspasado, reconociendo en él la fuente de bendición indicada anticipadamente en la sangre y en el agua.

Las palabras de Zacarías impulsan además a buscar una comprensión más honda de lo que allí ha ocurrido. Un primer grado de este proceso de comprensión lo encontramos en la primera Carta de Juan, que retorna con vigor a la reflexión sobre el agua y la sangre que salen del costado de Jesús (Jn 5, 6-12)”

 

Se refiere el santo Padre a la 1ª Carta del apóstol san Juan, dirigida a los seguidores de Cristo que estaban siendo perseguidos y calumniados por los simpatizantes del enemigo común…

San Juan en su Carta poco antes del Epilogo, viene a dar testimonio sobre el Hijo del hombre, es decir sobre el Mesías con estas sentidas palabras (1 Jn 5, 6-12):

“Este es el vino por agua y sangre, Jesucristo. No solamente con agua, sino con el agua  y con la sangre. Y el Espíritu es quien testifica, porque el Espíritu es la verdad.

-Pues tres son los que testifican:

-el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres coinciden en uno.

-Si aceptamos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios, por cuanto testificó acerca de su Hijo.

-Quien cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí. Quien no cree en Dios, por mentiroso lo tiene, por cuanto no ha creído en el testimonio acerca de su Hijo.

-Y éste es el testimonio: que Dios nos dio vida eterna, y esta vida está en su Hijo.

-Quien tiene al Hijo, tiene la vida: quien no tiene al Hijo de Dios, no tiene vida.

Por eso es necesario, tener en cuenta siempre, lo que sucedió en el Calvario y en particular aquel momento trascendental en el que, del costado del Señor, salió agua y sangre. A este propósito recordaremos, de nuevo, las enseñanzas del Papa Benedicto XVI (Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Ibid ):

 

“Los Evangelios sinópticos describen explícitamente la muerte en la Cruz de Jesús, como un acontecimiento cósmico y litúrgico: el sol se oscureció, el velo del templo se rasgó en dos, la tierra tiembla, muchos muertos resucitan.

Pero hay un proceso de fe más importante aún que los signos cósmicos: el centurión-comandante del pelotón de ejecución conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesús como Hijo de Dios: <Realmente éste era el Hijo de Dios> (Mc 15, 39)

 

Bajo la Cruz da comienzo la Iglesia de los paganos. Desde la Cruz, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero.

Mientras los romanos, como intimidación, dejaban que los crucificados colgarán del instrumento de tortura después de morir, según el derecho judío debían ser enterrados el mismo día (Dt 21, 22 s).

Por eso el pelotón de ejecución tenía el cometido de acelerar la muerte rompiéndoles las piernas. También se hace así en el caso del crucificado del Gólgota.

A los dos bandidos se les quiebran las piernas. Luego, los soldados ven que Jesús está ya muerto, por lo que renuncian a hacer lo mismo con él. En lugar de eso, uno de ellos traspasó el costado, el corazón de Jesús, < y al punto salió sangre y agua> (Jn 19, 34).

Es la hora en que  sacrificaban los corderos pascuales. Estaba prescrito que no se le debía partir ningún hueso (Ex 12, 46). Jesús aparece aquí como el cordero que es  puro y perfecto”

 

En este sentido, el Papa Benedicto XVI, ha hablado de una forma clara y sugerente (Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Ibid):

“Los Evangelios sinópticos nos han descrito explícitamente la muerte en la Cruz como acontecimiento cósmico y litúrgico: el sol se oscurecerá, el velo del templo se rasga en dos, la tierra tiembla, muchos muertos resucitan.

 


Pero hay un proceso de fe más importante aún que los signos cósmicos: el centurión, comandante del pelotón de ejecución, conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesús como el Hijo de Dios: <Realmente éste era el Hijo de Dios> (Mc 15, 32).

Bajo la Cruz da comienzo la Iglesia de los paganos.

Desde la Cruz, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero”

 

Por otra parte, el Papa Benedicto, en este mismo libro, también se pregunta: ¿Qué quiere decir el autor del evangelio con la afirmación insistente  de que Jesús ha venido  no sólo en agua, sino además en sangre?

El Pontífice sugiere una respuesta muy interesante (Ibid):

“Se puede suponer que haga alusión  a una corriente de pensamiento que daba valor únicamente al sacramento del Bautismo, pero relegaba la Cruz.

 

Y por eso significa quizás también que sólo se consideraba importante la palabra, la doctrina, el mensaje, pero no <la carne>, el cuerpo vivo de Cristo, desangrado en la Cruz; significa que se trató de crear un cristianismo del pensamiento y de las ideas del que se quería apartar la realidad de la carne: el sacrificio y el sacramento.

 

Los Padres han visto en este doble flujo de sangre y de agua una imagen de los dos sacramentos, la Eucaristía, y el Bautismo, que manan del costado traspasado  del Señor, de su corazón. Ellos son el nuevo caudal que crea la Iglesia y renueva a los hombres.

Pero los Padres, ante el costado abierto del Señor exánime en la Cruz, en el sueño de la muerte, se han referido también a la creación  del costado de Adán dormido, viendo así en el caudal de los sacramentos también el origen  de la Iglesia:

Han visto la creación de la nueva mujer, la Iglesia, del costado del nuevo Adán: Cristo” 

 

 

 

 

EL ESPIRITU PUEDE VENCER A LA CARNE


 
 
 
Jesús dijo (Mt 10, 28): <No tengaís miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma>, para significar que el espíritu puede vencer a la carne.

Sí, porque como muy bien aseguraba el Pontífice Pio XI, el hombre tiene un alma espiritual e inmortal y derechos inalienables concedidos por su Creador (Carta Encíclica <Divini Redemptoris>; dada en Roma el 19 de marzo del año 1937):

“El hombre tiene un alma espiritual e inmortal; es una persona, adornada admirablemente por el Creador, con dones de cuerpo y de espíritu, un verdadero microcosmos, como decían los antiguos, esto es, un pequeño mundo, pero excede en valor a todo el inmenso mundo inanimado. Dios sólo es su último fin, en esta vida y en la otra; la gracia santificante lo eleva al grado de hijo adoptivo de Dios y lo incorpora al reino de Dios en el Cuerpo místico de Cristo”

 
Por eso, Cristo nos recuerda que no debemos tener miedo de aquellos que pretenden matar el cuerpo y que temamos más bien a aquellos que desean matar el alma y el cuerpo. Ciertamente el hombre puede actuar contra sus prerrogativas materiales, y de hecho lo hace bajo la acción del maligno, pero cuando además atenta contra el derecho inalienable de alcanzar su fin último, esto es, su salvación, estamos ya ante <palabras mayores>…

Jesús nos pide que a esos hombres, sí les temamos, aunque por supuesto sin dejar de luchar por todas y cada una de las prerrogativas que Dios nos ha concedido: <derecho a la vida, a la integridad del  cuerpo, derechos a los medios necesarios para la existencia, pero por encima de todo  derecho a tender al fin último, por el camino trazado por Dios>, en palabras del Papa Pio XI > (Ibid).

 
 
Jesús nos pide así mismo, que lo que escuchemos al oído de nuestro corazón, lo pregonemos desde las azoteas de la evangelización tal como nos recordaba el Papa Juan Pablo II (Carta Encíclica <Redemptoris Missio>. Dada en Roma en el año 1991):

“Toda persona tiene derecho a escuchar la <Buena Nueva> de Dios, que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. Es un derecho conferido por el mismo Señor, a todo hombre, por lo cual la humanidad puede decir junto con San Pablo que <Jesucristo nos amó y se entregó por nosotros>”

Las palabras del Señor <lo que os digo a oscuras, decidlo a la luz del día> implican además un deber y un derecho de evangelizar a las gentes siempre y en todo lugar, porque aunque en los tiempos que corren, muchos piensen por error que no debería anunciarse a Cristo y su mensaje, puesto que ello sería limitar la libertad de las personas, y que estas podrían salvarse sin estos conocimientos explícitos y sin una unión con la Iglesia Católica, lo cierto es que jamás se debe olvidar que ésta fue fundada por Cristo con una función específica de ayudar a todos a encontrar a Cristo en la fe. Ya lo dijo San Pablo: ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! (I Co 9, 16)

 

No olvidemos por otra parte, que el hombre es débil, inclinado al mal a causa del pecado original, y que por ello individualmente y socialmente necesita de una sujeción, de un freno:

“Hasta los pueblos bárbaros tuvieron ese freno en la ley natural, esculpida por Dios en el alma, de todo hombre. Y cuando esta ley natural fue mejor observada, se vio como antiguas naciones se levantaban a una grandeza que deslumbra aún, más de lo que convendría, a ciertos observadores superficiales de la historia humana. Pero cuando del corazón del hombre se arranca hasta la idea mínima de Dios, las pasiones desbordadas les empujarán necesariamente a la barbarie más feroz” (Carta Encíclica de Pio XI; Ibid).

Son palabras proféticas de un Papa que vivió en el siglo pasado, que se han cumplido por desgracia, en gran medida, en muchos lugares de nuestro Planeta:

“Como triste herencia del pecado original, quedó en el mundo la lucha entre el bien y el mal, y el antiguo tentador nunca ha desistido de engañar a la humanidad con falsas promesas. Por eso en el curso de los siglos se han ido sucediendo una tras otras las convulsiones…Pueblos enteros están en peligro de caer en una barbarie peor que aquella en la que aún yacía la mayor parte del mundo al nacer el Redentor” (Papa Pio XI; Ibid)

 
No deben extrañarnos estos razonamientos, que pueden parecer  hasta duros,  del Papa Pio XI, porque él vivió durante una época de la historia de la humanidad muy convulsa, puesto que habiendo salido de una confrontación armada a nivel mundial, se estaba ya fraguando la que fuera <Segunda Guerra mundial>, tan terrible o más que la primera.

Este Papa, a pesar de todas las dificultades de su Pontificado, dio la talla desde el primer momento utilizando la radio, recientemente inventada por el científico Marconi, para que su voz se expandiera a todos los continentes, con un ruego angustioso por la paz y la reconciliación en Cristo Jesús.

 
Precisamente el lema de su Papado fue <la paz de Cristo en el reino de Cristo>; de esta forma trató de evitar el eminente estallido de una nueva confrontación bélica a nivel mundial. Por otra parte, instituyó  la fiesta de Cristo Rey, para recordar a todos los hombres el amor y adoración que deben al Mesías, el  Unigenito Hijo de Dios.

Fueron muchas las Cartas Encíclicas que el Papa Pio XI escribió para advertir, a los líderes de  las Naciones  de su época de una u otra tendencia política, de los errores y desviaciones que se estaban produciendo de las leyes Divinas, de tal suerte que se ganó la adversión y el rechazo de muchas gentes…

Desafió al Mundo, se puede decir, para lograr <la paz de Cristo en el reino de Cristo>…Otros Pontífices tomaron su ejemplo y el de Papas anteriores a él, como  León XIII ó  Pio X, con el deseo de que los hombres volvieran a reconciliarse con Dios y con su Iglesia.  

 

Entre estos Papas, se encuentra  Benedicto XVI, el cual quiso por voluntad propia pasar a un segundo plano, para dar paso a un nuevo Pontífice con fuerzas renovadas para conducir la Barca de Pedro; él en su penúltimo <Angelus> nos decía a todos los seguidores de Cristo:  <No tengáis miedo de afrontar el combate contra el espíritu del mal>…

Por su parte, el Papa san Juan Pablo II, utilizó en su día, así mismo, la exclamación del Señor: ¡No tengáis miedo! Se puede decir que de hecho fue como una norma de su Pontificado, y así en la Homilía que pronunció al inicio de su Papado oró en los términos siguientes:

“¡Oh Cristo! ¡Haz, que yo me convierta en servidor, y lo sea, de tu potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que no conoce ocaso! Más aún siervo de tus siervos”

Y a continuación dijo las significativas palabras:

“¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo de aceptar su potestad!...    

¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo ¡No tengáis miedo! Cristo conoce <lo que hay dentro del hombre> ¡Solo Él lo conoce! “

 

Ciertamente el Hijo del hombre y solamente Él, conoce lo que hay en el interior del corazón del ser humano, y por eso nos pide con insistencia que ¡No tengamos miedo! Y sobre todo que  no tengamos miedo de Él (Mc 6, 45-51):

“Enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente / Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar / Y cuando hubo anochecido, estaba la barca en alta mar, y Él sólo en tierra / Y como viese que se fatigaban en el empeño de avanzar, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche, viene a ellos caminando sobre el mar, y les iba ya a pasar de largo / Ellos, como le vieran que caminaba sobre el mar, creyeron que era un fantasma, y se pusieron a gritar / porque todos le vieron y se alborotaron. Más él enseguida habló con ellos, y les dice: <Tened buen ánimo, soy yo, no tengáis miedo / Y subió a la barca con ellos, y amainó el viento. Y estaban desmesuradamente atónitos mirándose unos a otros”

 

Este milagro tuvo lugar inmediatamente después, según San Marcos, del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, pero como el mismo evangelista asegura los discípulos no habían entendido del todo el significado del mismo (Mc 6, 52): <pues no se habían dado cuenta cabal de lo acaecido con los panes, sino que su corazón estaba embotado>

Si, sus corazones estaban endurecidos, y no habían aceptado todavía la grandeza de la figura de su Maestro, por falta de fe, y seguramente también, a causa de la rudeza de la vida en el mar que anteriormente habían llevado. Quizas en este momento, ellos empezaron a comprender que se encontraban ante la presencia del Creador y de ahí su santo temor y su sorpresa…

 

El Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret; Primera Parte> comentando este acontecimiento de la vida del Señor se expresaba en los terminos siguiéntes:

“Tras la multiplicación de los panes, Jesús dice a los discípulos que suban a la barca y se dirijan a Betsaida; pero él se retira al monte para orar. Cuando la barca se encuentra en medio del lago, se levanta una fuerte tempestad que impide a los discípulos avanzar. El Señor, en oración, los ve y se acerca a ellos caminando sobre las aguas. Se puede comprender el susto de los discípulos al ver a Jesús caminando sobre las aguas: <se habían sobresaltado (alborotado) y se pusieron a gritar>. Pero Jesús les dice sosegadamente: <Animo, soy yo, no tengáis miedo. A primera vista, este <soy yo> parece una simple fórmula de identificación con que Jesús se da a conocer intentando aplacar el miedo de los suyos.

En efecto, Jesús después se sube a la barca y el viento se calma. El detalle curioso es que entonces los discípulos se asustaron de verdad: <estaban desmesuradamente atónitos mirándose unos a otros>. ¿Por qué? En todo caso, el miedo de los discípulos provocado inicialmente por la visión de un fantasma, se ve aumentado y llega a su culmen precisamente en el instante en que Jesús sube a la barca y el viento se calma repentinamente…

 

Se trata evidentemente, del típico temor <teofánico>, el temor que invade al hombre cuando se ve en la presencia directa de Dios…

Es el <santo temor de Dios> lo que invade a los discípulos. Andar sobre la aguas es algo ciertamente propio de Dios: <Él sólo despliega los cielos y camina sobre la espaldas del mar>, se dice de Dios en el libro de Job (9,8). El Jesús que camina sobre las aguas, no es simplemente, la persona que les resulta familiar; en Él reconocen los discípulos la presencia de Dios mismo…Y del mismo modo el calmar la tempestad sobrepasa los límites de la capacidad humana y remite al poder de Dios. Así, en el clásico episodio de la <tempestad calmada>, los discípulos se dicen unos a otros: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!>”

 

Hace mención aquí Benedicto XVI, a otro episodio de la vida del Señor  que fue también  relatado por san Marcos en su evangelio (Mc 4, 35-41):

“Y les dice aquel mismo día, venido el atardecer: <Pasemos a la otra orilla> / Y habiendo dejado la turba, le llevan consigo, tal como estaba, en la barca; y otras barcas le acompañaban / Y sobreviene una gran tempestad de viento, y las olas se echaban dentro de la barca, hasta el punto de inundarse ya la barca / Y él estaba en la popa sobre el cabezal durmiendo, y le despiertan y le dicen <Maestro ¿no te importa que nos vayamos a pique? / Y despertando se encaró con el viento y dijo a la mar: ¡Calla! ¡Enmudece! Y amainaron los vientos y sobrevino gran bonanza / Y quedaron sobrecogidos de gran temor, y se decían unos a otros: ¿Quién, pues, será éste, que aún el viento y el mar le obedecen?”

 

Estos hechos de la <tempestad calmada>, tuvieron lugar, según San Marcos, con anterioridad a los que ahora nos ocupan, cuando el Señor <caminó sobre las aguas>, durante los cuales los discípulos empiezan a comprender que su Maestro es el Hijo de Dios, el Mesías prometido por los profetas en la antigüedad.

Por eso, sigue diciendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“En este contexto el <soy yo>, tiene otro sentido: es más que el simple identificarse de Jesús; aquí  parece resonar también el misterioso <Yo soy> de los escritos de San Juan. En cualquier caso, no cabe duda de que todo el acontecimiento se presenta como una teofanía (revelación), como un encuentro con el misterio divino de Jesús, por lo que Mateo, con gran lógica, concluye (este mismo pasaje de la vida del Señor), con la adoración (a su persona) y las palabras de los discípulos: <Realmente este es el Hijo de Dios>”.

En efecto, en (Mt 14, 25-33) podemos leer:

“A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar / Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma / Jesús les dijo enseguida: ¡Animo soy yo, no tengáis miedo! / Pedro le contestó: Señor si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua / Él dijo, <Ven>. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús / pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: <Señor, sálvame> / Enseguida extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? / En cuanto subieron a la barca amainó el viento / Los de la barca se postraron  ante él diciendo: <Realmente este es el Hijo de Dios>”

 

Fueron muchas las ocasiones en que Jesús les dijo a sus discípulos, y por extensión a todos los hombres de buena voluntad: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de mí! ¡Yo soy! 

Una ocasión digna de recordar es aquella  en la que tuvo lugar la <Transfiguración del Señor>, en el monte Tabor, en presencia de sus Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan y que Jesús pareció anunciar con palabras misteriosas (Mc 9,1): <En verdad os digo que hay algunos aquí presentes que no gustarán la muerte sin que antes vean  el reino de Dios venido en poder>

Así relató San Marcos esta  teofanía o presencian viva de Dios (Mc 9, 2-10):

“Y seis días después toma consigo Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, y sube con ellos solos a parte a un monte elevado. Y se transformó delante de ellos; y sus vestiduras tornaron centelleantes, blancas en extremo, cuales ningún batanero sobre la tierra es capaz de blanquearlas, así / Y aparecieron a su vista Elías y Moisés, y estaban conversando con Jesús / Y tomando Pedro la palabra, dice a Jesús: <Rabí, linda cosa es estarnos aquí, y vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías> / Porque no sabía que decir, pues quedaron fuera de sí, por el espanto / Y se formó una nube que los cubría, y vino una voz de la nube: <Este es mi Hijo querido, escuchadlo> / Y súbitamente, echando una mirada en derredor, a nadie ya vieron sino a Jesús solo con ellos / Y mientras bajaban del monte les previno Jesús que a nadie refirieran las cosas que habían visto, sino cuando el Hijo del hombre, hubiera resucitado de entre los muertos / Y guardaron la cosa para sí. Y se preguntaron que era aquello de resucitar de entre los muertos”

 

En esta versión de la Transfiguración de Jesús, no se señala que el Señor les pidiera a sus Apóstoles que no tuvieran miedo, en cambio en la versión de San Mateo, si se dice que Jesús se acercó a ellos, les tocó y les dijo: <levantaos y no tengáis miedo> (Mt 17, 7).

Como dice el Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret. Primera parte>:

“Los tres discípulos estaban impresionados por la grandiosidad de la aparición. El <santo temor de Dios> se había apoderado de ellos, como sucede en otros momentos  en los que también sienten la proximidad de Dios, en Jesús; perciben su propia insignificancia y quedan inmovilizados por el miedo, <estaban asustados>, dice San Marcos en su Evangelio (Mc 9,6). Y entonces Pedro tomó la palabra, aunque como también dice el evangelista, <en su aturdimiento no sabía lo que hacía>, para decir < ¡Rabí, linda cosa es estar aquí…!> (Mc 9,5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronunciadas por decirlo así, en éxtasis, en el santo temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios...”

 

El Papa Juan Pablo II se pregunta y nos pregunta a todos los creyentes al releer este pasaje de la vida del Señor (Ibid):

“¿No nos arrebata también, en este momento, el estupor, el santo temor y la admiración que sobrecogieron entonces a Pedro a Santiago y a Juan? El Hijo amado está aquí. También para nosotros. Se nos ha otorgado a nosotros. Vive por y para nosotros. Viene a morir por nosotros. Viene a darnos el amor de Padre y, con dicho amor, todo lo demás…

Por nosotros Dios ha dado a su Hijo, a Cristo, a nuestro hermano. Y Jesús se ofrece: <…sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…> (Jn 13, 1). De este sufrimiento, de este don recíproco del amor infinito, sin parangón, del Padre y el Hijo hacia nosotros, ha nacido la Iglesia, ha nacido la Eucaristía, han nacido los Sacramentos, y ha irrumpido en el mundo la vida eterna”