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domingo, 1 de septiembre de 2019

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA: DONES PRECIOSOS PARA LA SOCIEDAD


 
 
El apóstol san Lucas, sitúa en el tercer viaje de Jesús a Jerusalén, el momento en que Éste nos habla sobre el Sacramento del matrimonio. Jesús terminaba su narración de la parábola del sirviente sagaz que fue capaz de administrar bien el patrimonio de su amo, cuando observando las burlas de algunos fariseos presentes entre las gentes que le escuchaban y sabiendo que eran amigos del dinero, les reprendió con estas palabras (Lc 16, 15-18):

“Vosotros sois los que blasonáis de justos delante de los hombres; más Dios conoce vuestros corazones; porque lo encumbrado a juicio de los hombres es abominación a los ojos de Dios/ La Ley y los profetas terminan en Juan; desde entonces es anunciada la buena nueva del reino de Dios, y todos forcejean por entrar en él/ Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra que no que caiga una sola tilde de la Ley/ Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y quien se casa con la que ha sido repudiada por su marido, comete adulterio”

 
 
 
El Señor pone como quien dice <el dedo en la llaga>, sabiendo que aquellos hombres acostumbraban a repudiar a sus esposas, (Moisés consintió el repudio de la esposa en razón de la dureza de corazón de algunos hombres, entre los que se encontraban los fariseos), por eso Jesús les recuerda que las cosas no eran así al principio y que la <Ley y los profetas>  terminaba con san Juan Bautista, pero aunque se iniciaba desde entonces la <Buena nueva del reino de Dios>, la antigua Ley no se cambiaria, y ella conllevaba el pecado de adulterio para  <Todo el que repudia a su mujer>.

Sin duda entre las leyes más importantes de Dios, siempre tendremos que contar con aquella que nos habla de la indisolubilidad del Sacramento del matrimonio (Lc 16, 15-18). Por eso, atendiendo a los deseos del Señor una vez más, en este nuevo siglo, se convocó un Sínodo de los Obispos  para analizar la situación  del matrimonio y la familia.

 
 
 
El Papa Francisco a raíz de este Sínodo publicó una <Exhortación Apostólica>, con el titulo <Amoris Laetitia>, dada en Roma, durante el Jubileo  extraordinario de la Misericordia, el 19 de marzo (Solemnidad de san José) del año 2016, en la cual, entre otras muchas cuestiones interesantes, destacaba que:

“En algunas sociedades todavía está en vigor la práctica de la poligamia; en otros contextos permanece la práctica de los matrimonios combinados…En numerosos contextos, y no solo occidentales, se está ampliamente difundiendo la praxis de la convivencia que precede al matrimonio, así como convivencias no orientadas a asumir la forma de un vinculo institucional.
En varios países, la legislación facilita el avance de una multiplicidad de alternativas, de manera que un matrimonio con notas de exclusividad, indisolubilidad y apertura a la vida, termina apareciendo como una oferta anticuada entre otras muchas.
 
 
 


La fuerza de la familia <reside esencialmente en su capacidad de amar y enseñar a amar. Por muy herida que pueda estar una familia, esta puede crecer gracias al amor>”

El Papa Francisco parece bien informado de lo que está sucediendo actualmente en el mundo en relación con el sacramento del matrimonio y con la familia, por eso, en su Exhortación hace un pequeño resumen de los muchos males que están minando dos instituciones tan importantes para los hombres y las mujeres en cualquier lugar de nuestro planeta.

Si nos paramos a pensar sobre las situaciones, muchas veces funestas, que de ordinario se vienen produciendo en ambas instituciones,  entendemos que éstas vienen de lejos, que ya hace mucho tiempo que se prodigan; desde siempre los Padres de la Iglesia católica, lo han denunciado y rechazado al igual que ahora  hace el Papa Francisco.

No es que la Iglesia católica quiera imponer sus ideas respecto al matrimonio y la familia sobre el resto de los humanos, no, no se trata de eso, se trata de amar y de enseñar a amar a las personas; se trata de evitar las desgracias sin fin que sufren las familias que se han dado en llamar <desestructuradas> y que todos los días vemos reflejadas en nuestro entorno y en cualquier país.
Las conocemos desafortunadamente bien: malos tratos, abusos de poder, terribles crímenes entre padres e hijos,  entre hermanos, entre familiares… Y una larguísima lista de sufrimientos causados por la falta de amor entre los seres humanos y por un egoísmo desaforado que les induce a poner el <Yo>  por encima del <Tú> ó el  <Nosotros>


Concretamente en su <Carta a las familias>, el 2 de febrero de 1994,  nos daba su opinión sobre las causas  por las que la humanidad había llegado a extremos tan lamentables:
“La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente la entrega de las personas en el matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la autentica grandeza de la generación y la educación”

 
Ciertamente, la verdad plena sobre el hombre ha sido revelada en Jesucristo. Al <gran misterio>, al <plan salvador de Dios>, anunciado por san Pablo en su Carta a los Efesios, el racionalismo de una sociedad como la actual, lo combate con denuedo. Para este racionalismo el aceptar que Dios-Creador ha <bendecido al hombre por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales> (Ef 1, 3), es impensable.

 
No puede aceptar tampoco que <con su muerte, el Hijo,  nos ha obtenido la redención y el perdón de los pecados en virtud de la riqueza de la gracia que Dios derramó abundantemente sobre nosotros en un alarde de sabiduría e inteligencia> (Ef 1, 7-8)

Por eso el Papa san Juan Pablo II sigue diciendo en su <Carta a las Familias>:
“El racionalismo interpreta la creación  y el significado de la existencia humana de manera radicalmente distinta; pero si el hombre pierde la perspectiva de un Dios que lo ama y, mediante Cristo, lo llama a vivir en Él y con Él; si a la familia no se le da la posibilidad de que participe en el gran <misterio>: ¿Qué queda sino la sola dimensión temporal de la vida? Queda la vida temporal como terreno de lucha por la existencia, de búsqueda afanosa de la ganancia, la económica ante todo.
El gran <misterio>, el sacramento del amor y de la vida, que tiene su inicio en la creación y en la redención, y del cual es garante Cristo-esposo, ha perdido en la mentalidad moderna sus raíces más profundas. Está amenazado en nosotros y a nuestro alrededor”

 
Son las palabras llenas de sabiduría de un Pontífice santo que luchó esforzadamente por el Sacramento del matrimonio y por las familias. Como él decía, Cristo es nuestro  garante, sin su verdad, que debe ser la nuestra, es imposible que una pareja, y por tanto la familia formada por ésta, pueda llegar a estar unida para siempre, dentro de una sociedad como la actual, enferma por la ausencia del amor verdadero.

 
 
Es por todo esto, que muchas parejas se sienten inclinadas a seguir, la corriente, a seguir la moda, en materia tan delicada como el Sacramento del matrimonio y la formación de una familia. Incluso lamentablemente, muchos jóvenes se hacen la clásica pregunta: ¿por qué tiene que ser el matrimonio la única unión entre dos personas?

Sin embargo, el Papa Benedicto XVI durante el encuentro con los novios el 11 de septiembre de 2011 aseguraba que:
“Sólo un ámbito de fidelidad realmente sólida es conforme a la dignidad de la convivencia humana.
Y no solo por lo que respecta a la responsabilidad frente al otro, sino también frente a los hijos que podrán nacer de esa relación. Desde este punto de vista, el matrimonio nunca es un asunto meramente privado, sino que tiene un carácter público, social. De ello depende la configuración fundamental que estructura a la sociedad...

Por otra parte, cuando dos personas se entregan mutuamente y, juntas dan vida a los hijos, también ahí se implica lo sagrado, el misterio del ser humano, que va mucho más allá del derecho a disponer de uno mismo. En cada ser humano está presente el misterio divino.


 
Por eso la unión entre el hombre y la mujer desemboca de forma natural en lo religioso, en lo sagrado, en la responsabilidad asumida ante Dios. Esa asunción de responsabilidad es necesaria y hunde sus raíces y su motivación precisamente en el Sacramento.

Por eso, cualquier otro forma de unión es una vía de escape con la que esquivar la propia responsabilidad frente al otro y frente al misterio del ser persona, introduciendo una labilidad que acarrea sus propias consecuencias”

Cuánta razón tenía este sabio Papa,  cuando nos hablaba sobre las consecuencias de la convivencia entre hombre y mujer al margen de vínculos jurídicos. La falta de responsabilidad conlleva la falta de compromiso para asumir con inteligencia los problemas de la vida diría en el seno familiar. Ahí tenemos las situaciones deplorables observadas en las  familias desestructuradas, donde los hijos se pueden encontrar con dos padres, y lo mismo podría ocurrir en el caso de las madres. Ante tales situaciones, los hijos se tienen que sentir sobrepasados, al sufrir el resultado de la infidelidad de unos padres a los que quieren, pero a los que casi siempre no llegan a entender.
 
 
 
 
Muchas de estas criaturas se vuelven caprichosas y hasta violentas, mientras que otras pueden entrar en terrible depresión. También se reflejan estas situaciones en el fracaso escolar y el abandono de los estudios. Detrás de unas malas notas escolares, si ahondáramos en el seno familiar encontraríamos probablemente problemas en la pareja por temas de infidelidad y falta de responsabilidad.

Hijos del mismo padre y de distintas madres, por ejemplo, se pueden encontrar en la situación azarosa de formar parte de una familia, de una familia muy especial, nada clásica, y lógicamente esto conlleva algunos problemas de convivencia. Situaciones así se dan en la actualidad, pero ya se daban también en siglos pasados, cuando aún existía un concepto más humano de la familia, y se presentía el mal que todo esto podría acarrear a tantas criaturas. Así se expresaba una de estas criaturas (imaginaria) al hablar de sus hermanastras, en una obra del Premio Nobel de Literatura 1922, Jacinto Benavente:
 
 
 
“Entre nosotras no hay nada que pueda unirnos; ni los recuerdos, ni el haber conocido a la misma madre, ni siquiera el haber rezado las mismas oraciones. De distinta patria, de religión distinta…Ellas que hablan con desprecio de mi madre, yo que miro con más desprecio a la suya…Podemos llamarnos hermanas, no podemos serlo. Para ser hermanas hay que haberlo sido siempre; hay que ser hijos del mismo padre y de la misma madre, en una misma familia, con los mismos recuerdos, alegres, tristes, con la misma vida…” (Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán; Comedia en tres actos estrenada en 1931, en Madrid-España)


Así es, como decía el Papa Benedicto XVI refiriéndose a las palabras con las que se celebra el matrimonio, éstas tienen un carácter definitivo:

"<Te acepto (como legitima esposa/ como legitimo esposo) y te prometo fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad. Prometo amarte, respetarte y honrarte todos los días de mi vida>...
El amor humano y la responsabilidad que se asume con estas palabras tienen un carácter definitivo. No deberíamos obstinarnos en querer encontrar una explicación racionar para cada pequeño detalle.
Aquí viene en nuestra ayuda la sabiduría de la tradición que en definitiva, coincide con la palabra de Dios. La dignidad del ser humano tan solo viene plenamente respetada a condición de hacer de sí mismo un don total, sin reservarse el derecho a poner en discusión ese don ni a revocarlo. No es un contrato temporal sino un ceder incondicionalmente el propio <yo> a un <tú>. La entrega a otra persona sólo puede ser acorde a la naturaleza humana si el amor es total y sin reserva”

Por eso como aconsejaba también este Pontífice a los jóvenes y a los ya no tan jóvenes (El amor se aprende. Las etapas de la familia; Benedicto XVI; Romana Editorial, S.L. 2012):
 
 

 
“Construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que <cavó y ahondó> (Lc 6, 48). Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como el verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la autentica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino”

 

 

 

martes, 20 de agosto de 2019

LA RESURRECCIÓN DESCUBRE LA RELACIÓN ENTRE LA PALABRA Y EL DESTINO DE JESÚS


 
 
 
 

 
 
 
El Papa Benedicto XVI destaca en su libro <Jesús de Nazaret> (2ª Parte), que al reflexionar  sobre los hechos acaecidos, después de la muerte de Jesús, narrados en el Evangelio de San Juan, se tiene la impresión de que:

“La Resurrección despierta el recuerdo, y el recuerdo a la luz de la Resurrección, deja aparecer el sentido de la Palabra que hasta entonces permanecía incomprendida, volviéndola a poner en relación y en contacto con toda la Escritura…

La Resurrección enseña una nueva forma de ver; descubre la relación entre la palabra de los Profetas y el destino de Jesús. Despierta el recuerdo, esto es, hace posible el acceso al interior de los acontecimientos, a la relación entre el hablar y el obrar de Dios”

Y sigue diciendo el Papa, en este mismo libro, algo sumamente significativo refiriéndose a <las grandes imágenes  de Evangelio de San Juan>:

“Con estos textos, es el evangelista mismo quien nos ofrece indicaciones decisivas sobre cómo está compuesto su Evangelio, es decir, sobre la visión de la cual procede.

 
 
Se basa en los recuerdos del discípulo que, no obstante, consiste en recordar juntos con el  <nosotros> de la Iglesia. Este recordar es una comprensión guiada por el Espíritu Santo; recordando el creyente entra en la dimensión profunda de lo sucedido y ve lo que era visible desde una perspectiva meramente externa.

De esta forma no se aleja de la realidad, sino que la percibe más profundamente, descubriendo así la verdad que se oculta en el hecho.

En este recordar de la Iglesia ocurre lo que el Señor había anticipado a los suyos en el Cenáculo (Jn 16, 13): <Cuando venga Él, el Espíritu Santo de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena…>

Por otra parte, como aseguraba también este Pontífice, el Evangelio de San Juan, además de proporcionar una transcripción casi taquigráfica de la Palabra y de la Obra de Jesús, su recordar los acontecimientos de la estancia del Hijo de Dios entre los hombres, nos conduce desde aspectos puramente externos hacia la profundidad de su Mensaje.

Ciertamente todo lo que le sucedió a Jesús, narrado por sus apóstoles en el Nuevo Testamento, estaba profetizado en el Antiguo Testamento; concretamente, refiriéndonos a su Muerte y Resurrección, podemos asegurar, que no son acontecimientos circunstanciales sino que son acontecimientos que están insertos en el contexto de la historia de Dios con su pueblo.

 
 
En este sentido, recordemos que según el Evangelio de San Juan, María Magdalena encontró vacio el sepulcro del Señor y supuso que alguien había robado su cuerpo (Jn 20, 1-2):

“El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro. Cuando vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada / volvió corriendo adonde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús tanto quería, y les dijo: <Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”   

Para el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“El sepulcro vacío no puede, de por sí, demostrar la Resurrección; esto es cierto, pero cabe también la pregunta inversa: ¿Es posible la Resurrección con la permanencia del cuerpo en el sepulcro? ¿Qué tipo de Resurrección sería ésta?

Hoy en día se han desarrollado ideas sobre la Resurrección  para las que la suerte del cadáver es irrelevante. En dichas hipótesis, sin embargo, también el sentido de Resurrección queda tan vago que obliga a preguntarse con que género de realidad se enfrenta un cristianismo así.

Sea como sea, Thomas Söding, Ulrich Wilckens y otros, hacen notar con razón, que en la Jerusalén de entonces el anuncio de la Resurrección habría sido absolutamente imposible si se hubiera podido hacer referencia al cadáver que permanece en el sepulcro.

 
 
 
Por eso, partiendo de un planteamiento correcto de la cuestión, hay que decir que, si bien el sepulcro vacío de por sí no puede probar la Resurrección, sigue siendo un presupuesto necesario para la fe en la Resurrección, puesto que ésta se refiere precisamente al cuerpo y, por él, a la persona en su totalidad…

Para la comprensión teológica del <sepulcro vacío> me parece importante un pasaje  del discurso de San Pedro en Pentecostés, en el cual anuncia abiertamente, por primera vez, la Resurrección de Jesús, a la muchedumbre reunida. No lo hace con palabras suyas, sino mediante una cita del Salmo 16 (15)”

 
 
Sí, la Palabra del Antiguo Testamento, necesariamente está ligada a la Resurrección de Jesús, lo vemos claramente en la cita del Papa Benedicto XVI, referida al libro del Salterio, y más concretamente  al  Salmo que proclama la fidelidad  a Dios, como sumo bien (Sal 16 (15),  8-11):

“Miraba yo al Señor delante de mí constantemente, porque a mi derecha está, para que no sea yo sacudido / por esto se regocijó mi corazón y se alborozó mi lengua, y hasta mi carne reposará sobre la esperanza / de que no abandonarás mi alma en los infiernos, ni consentirás que tu Santo experimente corrupción / Me mostraste los caminos de la vida, me henchirás de gozo con la vista de tu faz”

Por otra parte, como también nos recuerda Benedicto XVI, el apóstol San Pedro sintiéndose Cabeza de la Iglesia de Cristo por mandato divino, tras la venida del Espíritu Santo salió a hablar a la muchedumbre que se había reunido en las cercanía del Cenáculo, donde había tenido lugar el extraordinario acontecimiento, y entre otras muchas cosas les decía (Hch 2, 22-29):

“Varones israelitas, escuchad estad palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado de parte de Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios obró por Él en medio de vosotros, según que vosotros mismos sabéis / a éste vosotros, dentro del plan prefijado y de la previsión de Dios, habiéndole entregado, enclavándole por manos de hombres inicuos, le disteis la muerte / al cual Dios resucitó, sueltas las dolorosas prisiones de la muerte, por cuanto no era posible que Él quedase bajo el dominio de ella / Porque David dice respecto de Él (Sal 15, 8-11): <Miraba yo al Señor…> /

 
 
 
 
Varones hermano, se puede decir sin reparo alguno ante vosotros acerca del patriarca David, que murió y fue sepultado, y que su sepultura subsiste entre vosotros hasta el día de hoy / el Profeta, pues, como era, y sabiendo que Dios le había jurado solemnemente que asentaría sobre su trono a uno de sus descendientes (Sal 88, 4-5) / con visión profética habló de la resurrección del Ungido, que ni sería abandonado en los infiernos, ni su carne experimentaría corrupción / A éste, que no es otro que Jesús, resucitó Dios, de lo cual nosotros somos testigos”

 Esta es la <Doctrina de Pedro>, que sería en definitiva la <Doctrina de los Apóstoles>, es decir, la enseñanza cristiana o predicación oral de los Apóstoles, que trasmitida a sus sucesores, recibe el nombre de Tradición y como nos recordaba también el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Pedro presupone a David como el orante originario de ese Salmo, y ahora puede constatar que en David no se ha cumplido la esperanza de la resurrección…El sepulcro con el cadáver es la prueba de que no ha habido resurrección. Sin embargo la palabra del Salmo es verdadera, en cuanto, vale para el David definitivo;  más aún, Jesús se muestra aquí como el verdadero David, precisamente porque en  Él se ha cumplido la palabra de la promesa: <no dejarás a tú fiel amigo conocer la corrupción>…
 
 
Se trata de una forma antigua del anuncio de la Resurrección, cuya autoridad en la Iglesia  de los inicios se demuestra por el hecho de que se atribuye  a san Pedro, y por lo mismo, fue considerado el anuncio original de la Resurrección”

 
Este valiente primer  anuncio, por parte de San Pedro, de la Resurrección de Cristo, es importantísimo, porque es una prueba inmensamente valida de que el hecho sucedió, y fue constatado por sus discípulos. Verdaderamente los creyentes por la fe, aceptamos el hecho extraordinario de que Jesús resucitó de entre los muertos, pero también sabemos que   sus discípulos fueron testigos privilegiados de este acontecimiento esencial para los hombres; ellos dieron testimonio del mismo, desde el principio, aunque con ello ponían en grave riesgo sus vidas ante sus mismos conciudadanos, pero no tuvieron miedo, como les había pedido el Señor y propagaron la <Buena Nueva >, en todo Israel y en todo el mundo, entre los pueblos entonces conocidos.

Por su parte, San Pedro, nombrado por Jesús Cabeza de la Iglesia, como hemos recordado,  fue el primero en manifestar a la multitud expectante, después de los acontecimientos de Pentecostés, el portentoso milagro acaecido, e incluso,  insistió sobre este tema, al hablar a las gentes, por segunda vez, después de que él mismo, en compañía de San Juan, hubieran curado, por la gracia del Espíritu Santo, a un cojo de nacimiento que pedía limosna a las puertas del Templo de Jerusalén (Hechos 3, 13-15):
“El Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros pueblos, glorificó a su siervo, Jesús, al que vosotros entregasteis y negasteis ante Pilatos, quién juzgaba que debía soltarlo / más vosotros negasteis al Santo y Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un homicida / mientras matasteis al autor de la vida, a quien Dios Resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”

 
 
 
Un hombre santo, un hombre mártir, un hombre como el elegido por Cristo para dirigir su Iglesia, san Pedro, nos habla a través de los tiempos, de los hechos históricos acaecidos, de los que él mismo y los demás discípulos del Señor fueron testigos presenciales, y sin embargo en la actualidad, algunas personas siguen opinando que todo esto es posiblemente una patraña inventada por los seguidores de Jesús…

Pero No, están equivocados por causa de una conciencia errónea muy propia de los tiempos que corren, y que nada tiene que ver con las creencias de la Iglesia primitiva, fundada por Cristo.

Por eso, en el Credo de Jerusalén (apoyado en el discursos de Pedro), que se remonta a los orígenes, y fue transmitido por San Pablo, se indica que Jesús ha resucitado según las Escrituras, recordando sin duda el Salmo 16 (15), como un testimonio fiel y seguro para la Iglesia de todos los tiempos.

Los santos Padres de la Iglesia, desde antiguo, tomaron este reconocimiento de Pedro,  transmitido por Pablo y los demás apóstoles a los pueblos evangelizados por ellos, como el fundamento  sobre el que se apoyaba la Iglesia de Cristo, y que ha recibido el nombre de <Símbolo de los Apóstoles>.

 
 
Precisamente Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico (1224-1274), el gran teólogo y filósofo italiano, perteneciente a la orden de los dominicos, en su opúsculo teológico dedicado a la <Exposición del símbolo de los Apóstoles>, y más concretamente, refiriéndose a la fe que profesamos los cristianos en la Resurrección de Jesús,  asegura:

“Muchos otros resucitaron  de entre los muertos también, como Lázaro, el hijo de la viuda ó la hija de Jairo. Sin embargo, la Resurrección de Cristo se diferencia de la de éstos y de la de los demás en cuatro puntos:
*En la causa de la Resurrección. Los otros que resucitaron, no resucitaron por su propio poder, sino por el de Cristo, o ante las suplicas de algún santo; Cristo, en cambio, por su propio poder resucitó, porque no era hombre sólo sino también Dios, y la Divinidad de la Palabra, nunca se separó ni de su alma ni de su cuerpo; por eso, el cuerpo recuperó el alma, y el alma el cuerpo, en cuanto quiso (Jn 10, 18): <Poder tengo para entregar  mi alma y poder tengo para recobrarla de nuevo>


 
 
Aunque murió, no fue por debilidad ni por necesidad, sino por su poder, puesto que lo hizo libremente; esto bien claro está, porque al entregar su espíritu clamó con gran voz, cosa de la que son incapaces los demás moribundos, pues por debilidad mueren, por eso dijo el centurión: <Verdaderamente éste era Hijo de Dios> (Mt 27, 54).

Por consiguiente lo mismo que entregó el alma por su propio poder, así también por su propio poder la recobró; por lo cual que <resucitó>, y no que fue resucitado, como si la causa hubiera sido otro. <Yo me dormí, y tuve un profundo sueño, y me alcé> (Ps 3, 6).

Esto no está en contradicción con lo que se afirma: <A este Jesús lo resucitó Dios> (Act 2, 32), pues lo resucitó el Padre, y también el Hijo, porque uno mismo es el poder del Padre y del Hijo

*La  diferencia está en la vida a la que resucitó Cristo, una vida gloriosa e incorruptible: <Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre> (Rom 6,4); los demás a la misma vida que antes habían tenido, según consta de Lázaro y otros.

*La diferencia estriba en su fruto y eficacia: en virtud de la Resurrección de Cristo resucitan todos: <Muchos santos que se habían dormido, resucitaron> (Mt 27, 52).
<Cristo resucitó de entre los muertos, como una primicia de los que duermen> (1Cor 15, 20).

 


Observa que Cristo llegó a la gloria a través de su Pasión: ¿No era menester que Cristo padeciese todo esto, y entrase así en su gloria? (Lc 24, 26). De esta manera nos enseñaba el camino de la gloria a nosotros: <Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios> (Act 14, 21).

*La diferencia reside en el tiempo. La resurrección de los demás se aplaza hasta el fin del mundo, a no ser que por un privilegio se conceda antes a alguno, como a la Santísima Virgen, según piadosa creencia, y a san Juan Evangelista; Cristo, en cambio, resucitó al tercer día.

La razón es que  la Resurrección, la Muerte y el Nacimiento de Cristo acontecieron por nuestra salvación, y por tanto quiso Él resucitar en el preciso momento en que nuestra salvación lo exigía: si hubiera resucitado inmediatamente, nadie habría creído que hubiera muerto; si hubiera aplazado por mucho tiempo su Resurrección, los discípulos hubieran perdido la fe, y su Pasión hubiera resultado inútil: < ¿Qué provecho hay en mi sangre, si desciendo a la corrupción? (Ps 29, 10).
Por eso resucitó al tercer día, para que se creyera que efectivamente había muerto, y para que los discípulos no perdieran la fe.


Sucedió en efecto, que Jesús se presentó entre sus discípulos, de repente, cuando estos se encontraban, charlando seguramente, sobre los terribles acontecimientos recientemente acecidos y les saludó como era la costumbre: <La paz esté con vosotros>. Naturalmente estos hombres quedarían en principio aterrados, despavoridos y pensarían que aquel que así les saludaba era un fantasma que se les había aparecido, pero no, era Jesús, su Maestro, aquel que había sido crucificado tan injustamente y que había muerto y había sido sepultado…

 Pero Él les habló para tranquilizarles y les dijo (Lc 24, 38-48):

“¿De qué os asustáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? / Ved mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tocadme y convenceros de que un fantasma no tiene carne como veis que yo tengo / Y dicho esto, les mostró las manos y los pies / Pero como aún se resistían a creer por la alegría y el asombro, les dijo: < ¿Tenéis algo de comer / Ellos le dieron un trozo de pescado asado / El lo tomó y lo comió delante de ellos / Después les dijo: <Cuando aún estaba entre vosotros ya os dije que era necesario que se cumpliera todo lo escrito sobre mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos /Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escritura / y les dijo: <Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar de entre los muertos al tercer día / y que en su nombre se anunciará a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados /Vosotros sois testigos de estas cosas”

 


 

 

 

 

 

miércoles, 14 de agosto de 2019

LA ASUNCION AL CIELO EN CUERPO Y ALMA DE LA VIRGEN MARÍA


 
 
 
Los santos Padres se muestran de acuerdo al afirmar que la Virgen María continuó su vida sobre la tierra,  después de la Muerte y Resurrección de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. De hecho, se encontraba presente junto a los apóstoles el día de Pentecostés, cuando se produjo la venida del Espíritu Santo anunciada por Señor a los suyos…

Ella fue, según la Tradición de la Iglesia, quien contó al evangelista san Lucas las particulares circunstancias de la infancia del Niño Jesús. Los hagiógrafos aseguran también que hacia el año 45 d.C, la Virgen marchó a Éfeso acompañando al apóstol querido del Señor, san Juan, cumpliendo así con los deseos de Jesús, que había encomendado a éste el cuidado de su Madre. No obstante, se cree que algún tiempo después regresaría a Jerusalén y permanecería allí el resto de su vida sobre la tierra.

El gran teólogo, San Juan Damasceno (nació en Damasco en el año 675), no se atrevió a llamar muerte al Tránsito de la Santísima Virgen, mientras que otros Padres de la Iglesia prefirieron llamarla Dormición. De cualquier forma la partida de la Virgen María de este mundo tiene unas características muy especiales, se trata de una Asunción al cielo en cuerpo y alma.

 
 
 
La Asunción de la Virgen  fue declarada <Dogma de Fe> por el Papa Pio XII, el 1 de noviembre de 1950 en la constitución apostólica <Munificentissimus Deus>, sin embargo ésta hunde sus raíces en la fe de los primeros siglos de la Iglesia.

El Papa San Juan Pablo II en su Audiencia General del 2 de julio de 1997 nos indica respecto a este dogma  de la Asunción que:

“La <Munificentissimus Deus> se limita a afirmar la elevación del cuerpo de María a la gloria celeste, declarando esa verdad <dogma divinamente revelado>
 
 
 
¿Cómo no notar aquí que la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del pueblo cristiano, el cual, afirmando el ingreso de María en la gloria celeste, ha querido proclamar la glorificación de su cuerpo?

El primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos titulados <Transitus Mariae>, cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II y III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de fe del pueblo de Dios.
A continuación se fue desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María en el más allá.
 
 
 
 
Esto, poco a poco, llevó a los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de la madre de Jesús, en alma y cuerpo, y a la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas de la Dormición y de la Asunción de María.

La fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor, después de su muerte, desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y, a partir del siglo XIV, se generalizó.

En nuestro siglo, en vísperas de la definición del dogma, constituía una verdad universalmente aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el mundo”
 
 
Por ejemplo, en Oriente aún se denomina <Dormición de la Virgen> y en un antiguo mosaico de Santa María la Mayor en Roma, tal como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ángelus; lunes 15 de agosto de2011):

“Están representados los Apóstoles (basándose en un icono oriental de la Dormitio) que, advertidos por los ángeles del final terreno de la Madre de Jesús, se encuentran reunidos en torno de la Virgen. En el centro está Jesús, que tiene entre sus brazos a una niña: es María, que se hizo <pequeña> por el Reino y fue llevada por el Señor al cielo”

 
 
María se sometió gustosa a la muerte corporal, según san Juan Damasceno, siguiendo el ejemplo de su divino Hijo; pero a su Hijo le plugo resucitar al virginal cuerpo de su Madre antes de la común y universal corrupción, y uniéndolo con su alma gloriosa, lo trasladó al cielo.

Los hagiógrafos narran que cuando los fieles supieron  que María estaba para expirar, acudieron a su lado y los Apóstoles y discípulos que estaban esparcidos por el mundo se hallaron milagrosamente trasladados a la casa de Jerusalén donde se supone ocurrieron los hechos, para tributar los últimos respetos a la Madre del Salvador.

Juvenal, Patriarca de Jerusalén, Andrés Obispo de Creta, y san Juan Damasceno aseguran que los apóstoles fueron trasportados en una nube por ministerio de los ángeles.
 
 
 
 
Por su parte, afirma san Jerónimo (nacido en Dalmacia el año 340) que la milicia de la Corte Celestial salió  al encuentro de María entonando himnos y canticos.


Se desconocen las causas  del tránsito de María de este mundo, el Nuevo Testamento no da ninguna información al respecto; sin embargo existen algunas teorías en este sentido. A este propósito San Francisco de Sales (nacido en Saboya en 1567) consideraba que la muerte de la Virgen María se produjo como efecto de un ímpetu de amor.

Tal como nos recuerda el Papa Juan Pablo II en su Audiencia General del miércoles 25 de junio de 1997):

 
 
“San Francisco de Sales habla de una muerte <en el amor, a causa del amor y por amor>, y por eso llega a afirmar que la Madre de Dios murió de amor por su hijo Jesús (Traité de l’Amour de Dieu, Lib. 7, cc. XIII-XIV)”

Y como sigue diciendo este Pontífice (Ibid):

“Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse, que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una <Dormición>.

Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste.

 
 
 
Así presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo divino, para compartir con él la vida inmortal. Al final de su existencia terrena habrá experimentado, como san Pablo y más que él, el deseo de liberarse del cuerpo para estar con Cristo para siempre (Flp 1, 23)”   

La Tradición de la Iglesia considera que probablemente el santo cuerpo de la Virgen fue trasladado a Getsemaní, para darle sepultura  y que la tumba se cerraría con una gran piedra, como era la costumbre, mientras que fieles y discípulos pasarían los días y las noches cuidando del sepulcro…

San Agustín dice que no era conveniente que el Salvador dejase en la sepultura el cuerpo del cual el suyo había sido formado y según san Juan Damasceno, Tomás, el único apóstol que no estaba presente cuando ocurrieron estos hechos, deseaba ardientemente ver el sagrado cuerpo. Pareciéndoles a los apóstoles algo razonable, se abrió el sepulcro; dentro solo encontraron los lienzos con los que la Virgen había sido amortajada. Se había producido el misterio de la Asunción de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma.
 
 
 
 
¿Podría haber ocurrido de otra manera? ¿Podría el Señor haber obrado de otra manera con aquella de quien había tomado la naturaleza humana? ¿Podría permitir Él, Dios y Señor, que se corrompiera el cuerpo de aquella cuya virginidad había protegido Él tan celosa y admirablemente conservándola siempre ilesa e Inmaculada?...


Son preguntas a las que el Padre Fr. Justo Pérez de Urbel respondía así:

“Para María estaban escritas aquellas palabras que la Liturgia de la Misa de este día de fiesta aplica:

<Mi morada está en la comunidad de los santos. Me he elevado como un cedro del Líbano, como un ciprés en el monte Sión>

María eligió la mejor parte, y de ello debemos regocijarnos nosotros, sus hijos, que hemos de participar de su gloria, pues todo el poder que hoy (15 de agosto) recibe del Padre lo ha de emplear ella para procurar nuestra gloria y nuestra felicidad”