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domingo, 30 de agosto de 2015

¿QUE COSAS CONTAMINAN AL HOMBRE?





Jesús nos mostró la procedencia del pecado, Él dijo: Las cosas que salen de la boca, del corazón salen, y éstas son las que contaminan al hombre
Tanto San Mateo, como San Marcos nos recuerdan estas palabras del Señor, que Él dijo con motivo de las acusaciones lanzadas por los  fariseos contra sus discípulos, ya que algunos  de ellos 
transgredían la tradición de los antepasados, al no lavarse las manos antes de comer el pan. Este hecho tuvo lugar después del milagro de Jesús en Genesaret, tras la primera multiplicación de los panes, y de su aparición a los Apóstoles durante una tormenta, sobre las aguas del mar de Galilea.
Jesús era, pues, ya muy conocido en la región, tanto por su mensaje como por sus portentosos milagros, y lógicamente, las autoridades judías, en particular los escribas, pero  también los fariseos, andaban inquietos con todas estas cosas.
Por entonces, algunos hombres llegados  desde Jerusalén, se acercaron al Señor con ánimo de ponerle en un serio aprieto, al reclamarle por la actitud irregular de sus discípulos, frente a la ley rabínica.



El Evangelio de San Marcos, narra muy bien los hechos acecidos (Mc 7, 1-5):

-Y se reúnen los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén, y se presentan a Jesús.
-Y viendo a algunos de sus discípulos comer sus panes con manos profanas, esto es, no lavadas,

-porque los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos a fuerza de paños, no comen, aferrados a la tradición de los ancianos;
-y al volver de la plaza, si primero no se bañan, no comen; y hay otras cosas cuya observancia recibieron por tradición, lavatorio de copas, jarros, vasijas de cobre, lechos…

-y le preguntan los fariseos y los escribas ¿Por qué no actúan tus discípulos conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con manos profanas?

Ciertamente, desde antiguo, muchos pueblos han observado reglas, más o menos rigurosas, relacionadas con la higiene y la salud corporal, lo cual no está nada mal; el pueblo judío era en este sentido muy cuidadoso como podemos apreciar a través de la narración del evangelista. Jesús no estaba, como buen judío que era, en contra de estas tradiciones rabínicas, pero ante la crítica interesada de los saduceos y fariseos quiso poner de manifiesto que más importantes que éstas normas de salud, para el cuerpo, son las normas de salud, para el alma, las cuales ellos hacía tiempo que habían olvido.
Frente a las normas o leyes humanas, opone el Señor las normas divinas que son las que realmente dan la salud al hombre en su cuerpo y en su espíritu (Mc 7, 6-13):



-Muy bien profetizó Isaías de vosotros, los farsantes, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, más su corazón anda muy lejos de mí;

-es vano el culto que me rinde, enseñando doctrinas, preceptos de hombres.

-Dejando a un lado el mandamiento de Dios, para mantener vuestra tradición.

-Porque Moisés dijo: <Honra a tu padre y a tu madre> y <El que maldijere al padre o a la madre, muera sin remisión>

-Vosotros, sin embargo, decís: <Sí un hombre dijere al padre o la madre: Queda declarado Korbán, que es decir: “Ofrenda” todo lo mío que pudieras reclamar en tu provecho,

-no le dejáis, ya, hacer nada por el padre o por la madre,

-anulando la palabra de Dios con vuestra tradición que os transmitisteis de unos a otros; y semejantes a éstas en este género hacéis muchas cosas.

En efecto, por entonces sucedía, según denunciaba Jesús, que cuando un hijo desnaturalizado quería quitarse de encima el cuidado de su padre o de su madre, o de ambos en su caso, declaraba que sus bienes nominalmente estaban consagrados a Dios (Korbán);  con ello quedaba exonerado  de cumplir con el cuarto mandamiento del Decálogo: <Honra a tu padre y a tu madre; así se propagarán tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar>.

 
 


Así reza el cuarto mandamiento en la versión del libro del Éxodo (20, 12):

 "El precepto va dirigido a los hijos y habla de los padres; refuerza, por tanto, las relaciones entre generaciones y la comunión de la familia, como un orden querido y protegido por Dios. Habla del País y de la continuidad de la vida en el País, como espacio vital del pueblo, y el orden fundamental de la familia, y vincula la existencia del pueblo y del País a la comunión de generaciones que se crea en la estructura familiar" (Jesús de Nazaret. Primera parte. Joseph Ratzinger. Papa Benedicto XVI. Ed. Esfera de los libros 2007)

A través del relato del evangelista San Marcos observamos  que Jesús le da una importancia capital al cuarto mandamiento de la Ley de Dios reprochando a los fariseos su aptitud hipócrita y falsa, al poner la ley de los hombres por encima de ésta. Por otra parte, para que la gente del pueblo, menos instruida que los escribas y fariseos, entendieran el trasfondo de la cuestión promovida por éstos, les propuso una parábola. Mediante este ejemplo trata de acercar el pensamiento de estas gentes sencillas  al de las mentes rebuscadas de los eruditos de la época.




A este respecto el Papa Benedicto XVI recordaba que (Ibid):
“Cada educador, cada maestro que quiere transmitir nuevos conocimientos a sus oyentes, recurrirá alguna vez al ejemplo, a la parábola. Mediante el ejemplo, acerca el pensamiento de aquellos, a los que se dirige, a una realidad que hasta entonces, estaba fuera de su alcance”

La parábola, que en esta ocasión narró Jesús es la que trata precisamente de <lo que contamina y de lo que no> (Mc 7, 14-16):
-Y llamando de nuevo a sí a la turba, les decía: Escuchadme todos y entended

-Ninguna cosa hay de fuera del hombre que al  entrar en él, sea capaz de contaminarle, sino que las  que del hombre salen, son las que contaminan al hombre.
-Quién tenga oídos para oír, escuche.

Se refiere el Señor a la contaminación, que tanto daño produce en el alma hombre,  y muchas veces, incluso en su estado físico.  Precisamente aseguraba el Papa Benedicto XVI que (Ibid):
“La profundidad de esta parábola es tal, que puede darse la incapacidad de descubrir su dinámica y de dejarse guiar por ella. Puede incluso, que no haya voluntad de dejarse llevar por el movimiento que la parábola exige”

No es pues de extrañar, que los fariseos al escucharla, se escandalizaran, porque realmente no tenían ninguna intención de cumplir con la ley divina (Mt 15, 12-13):

-Entonces acercándose los discípulos, le dicen: ¿Sabes que los fariseos al oír tales palabras se escandalizaron?

-Él, respondió, dijo: Todo plantío que no plantó mi Padre celestial, será arrancado de raíz.

-Dejadlos: son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a un ciego, ambos a dos caerán en la hoya.

 


Ciertamente cualquier acción del hombre, que proceda del Maligno, esto es, <todo plantío que no plantó mi Padre celestial>, dice Jesús, <será arrancado de raíz>, que es lo mismo que decir que está condenada al fracaso. Porque el pecador es un ser moralmente ciego que, muchas veces, en su ceguera, guía  a otros hombres hacia la perdición.

Los discípulos, a pesar de estas explicaciones del Señor no se quedaron tranquilos sobre el significado de sus palabras y cuando llegaron a un lugar alejado de las gentes volvieron a insistir sobre el tema, pidiéndole más explicaciones sobre el significado de la parábola que les había expuesto.
Jesús acongojado les respondió (Mc 18-23):
-¿Así vosotros también estáis faltos de inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra  en el hombre no es capaz de contaminarle?

-pues que no entra  en el corazón, sino en el vientre, y de allí va a parar a la letrina

-Y decía que: Lo que del hombre sale, esto contamina al hombre.

-Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, esto es, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios,

-los adulterios, las codicias, las maldades, el dolo, el libertinaje, el mal de ojo, la maledicencia, la soberbia, la privación del sentido moral;  

-todas estas cosas malas salen de dentro y contaminan al hombre.


Ésta es, la larga lista de culpas que ha abatido al hombre a lo largo de los siglos, desde el mismo momento de su existencia y que sin lugar a dudas procede del Maligno. En estos tiempos  (tercer milenio) la caída del hombre en el pecado  sigue su curso, el hombre sigue escuchando a Satanás, sigue siendo embaucado por la oferta, aparentemente atractiva,  de llegar a ser como Dios…
Ciertamente, el pecado sale del corazón del hombre, como nos dijo el Señor, y por ello es conveniente que los seguidores de Cristo  leamos, al menos de vez en cuando, en el Catecismo de la Iglesia católica, algunas cuestiones al respecto (C.I.C nº 386 y nº 387):
-El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el <vínculo profundo del hombre con Dios>, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia.

-La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle.

 


Análisis profundo del origen del pecado, nos da el Catecismo de la Iglesia católica;  sobre el cual  los creyentes pasamos, casi de puntillas, sin apenas fijarnos en su gran significado; sin embargo, todo creyente debe tener claro, que el peligro de incumplir la Ley de Dios, procede definitivamente del interior del hombre, de su corazón, tal como nos enseñaba Jesús con su parábola.
Ciertamente el hombre debe estar siempre en alerta a las posibles asechanzas del enemigo común, porque con frecuencia sucede,  tal como se nos indica también en el Catecismo de la Iglesia Católica que las tentaciones de éste le superan (CIC nº 391):

-Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres, se halla una voz seductora, opuesta a Dios (Gn 3, 1-5) que por envidia, los hace caer en la muerte. La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en éste ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (Jn Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios: <El diablo y los otros demonios fueron credos por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron así mismos malos> (Cc, de Letrán IV año 1215; DS 8oo).

Igualmente, como también nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, el ser humano una vez ha caído en las asechanzas del diablo queda a su merced, desaprovechando la gracia divina, al desobedecer los mandato de Dios,  encontrándose entonces, en grave peligro de perder su alma para siempre (CIC nº 397 y nº 398):

-El hombre tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza en el Creador (Gn 3, 1-11), y abusando de su libertad, desobedeció el mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (Rm 5, 19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

-En este pecado, el hombre se prefirió así mismo, en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios; hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura, y por tanto contra el propio bien…

 


Sin embargo, frente al comportamiento inicuo del hombre hacia su Creador, Él mandó a su Hijo unigénito para su salvación:
“Por la misericordia de Dios, Padre que reconcilia, el Verbo se encarnó en el vientre purísimo de la santísima Virgen María para <salvar a su pueblo de sus pecados> (Mt 1, 21) y abrirle <el camino de la salvación>. San Juan Bautista confirma esta misión indicando a Jesús como <el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo> (Jn 1, 29).
Toda la obra y predicación del Precursor es una llamada enérgica y ardiente a la penitencia y a la conversión, cuyo signo es el bautismo administrado en las aguas del rio Jordán. El mismo Jesús se somete a este rito penitencial (Mt 3, 13-17), no porque haya pecado, sino porque <se deja contar entre los pecadores>; es ya el <cordero de Dios que quita el pecado del mundo>; anticipa ya el <bautismo de su muerte sangrienta>.
La salvación es pues, y ante todo, redención del pecado como impedimento para la amistad con Dios, y liberación del estado de esclavitud en la que se encuentra el hombre que ha cedido  a la tentación del Maligno y ha perdido la libertad de los hijos de Dios”
(Carta Apostólica en forma de Motu proprio <Misericordia Dei>. Juan Pablo II. Dada en Roma el 7 de abril del año 2002).

Las palabras del  Papa Juan Pablo II,  muestran toda la grandeza y misericordia de Dios hacia los hombres y todo el despropósito y bajeza de estos hacia su Creador. Ya, en este sentido, el Apóstol San Pablo, escribía una carta a los habitantes de Roma para estimularles a salir del pecado en el que algunos se encontraban y alcanzar así  una <Vida nueva> (Rm 6, 1-4):

-¿Qué diremos pues? ¿Continuaremos en el pecado, para que la gracia abunde?

-De ninguna manera. Los que hemos muerto al pecado ¿Cómo viviremos aún en él?

- ¿O ignoráis que cuantos fuisteis bautizados en Cristo Jesús, en su muerte fuisteis bautizados?

-Fuimos, pues, con sepultados con el Bautismo, para participar en su muerte, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos con vida nueva.

 
Esclarecedoras palabras del Apóstol que llenan, sin duda, de esperanza el corazón del  hombre de buena voluntad; que le invita a desterrar el pecado de su vida, porque ¿cómo el hombre que ha conocido a Dios, que incluso ha sido bautizado en la sangre de Cristo, puede seguir pecando?
Más aún ¿cómo es posible que en este nuevo milenio se sigan comportando los seres humanos como los paganos de tiempos de San Pablo?
Si será, como dice el Apóstol en su carta a los Romanos que (Rm 1, 21-23):
-Porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios, ni le dieron gracias, antes se desvanecieron en sus pensamientos, y se entenebreció su insensato corazón.

-Alardeando de sabios, se embrutecieron;

-y trocaron la gloria del Dios inmortal por un simulacro de imagen de hombre corruptible, y de volátiles, y de cuadrúpedos, y de reptiles.

Las palabras del Apóstol reflejan el comportamiento de una sociedad que habiendo conocido de cerca al verdadero Dios, sin embargo cometió el pecado capital de negarlo, entenebreciendo los hombres sus corazones, y con ello anulando la inteligencia, que en esta situación, sería incapaz de conocer la verdad (conciencia errónea). Y de todo ello, resultó además la estupidez y el embrutecimiento de sus corazones, siendo conducidos finalmente a la idolatría, a la adoración de <falsos dioses>: <hombres corruptibles, volátiles, cuadrúpedos…>, y hasta reptiles que como se sabe son animales siempre asociados a la figura del demonio…
 


¿Acaso no nos recuerdan estas duras palabras de San Pablo muchas de las situaciones que hoy en día se presentan en nuestras sociedades? Los Papas de los últimos cien años han venido denunciando cada vez con mayor urgencia, la paganización, el retroceso en la moralidad y el abandono de fe en el mensaje de Cristo. No tenemos más que seguir recordando la carta de San Pablo a los Romanos para comprender la certeza de estas denuncias y recordar que Dios castigó a aquellos  paganos impíos con una corrupción generalizada (Rm 1, 24-32).

Sucedió, en efecto, como señala San Pablo en su carta, que Dios que ha hecho a los hombres libres, <permitió que cayeran en manos  de las concupiscencias de sus corazones>, dejándoles ir tras la torpeza hasta <afrentar entre sí sus propios cuerpos>, y así mismo permitió que éstos se entregaran a <pasiones afrentosas>. Pues por una parte, <hombres trocaron el uso natural por otro contra naturaleza>…En definitiva, cayeron en una perversión total del sentido moral, algo que nuestros días no está, tampoco, muy alejado de la realidad de algunos hombres. Sí, encontramos grandes similitudes entre los paganos de Roma y los hombres del nuevo milenio, era algo que preocupaba enormemente al Papa Juan Pablo II el cual escribió, ya a las puertas del nuevo siglo, su carta Encíclica <Tertio millennio adveniente>, en Roma en el año 1994, de la que queremos destacar el siguiente razonamiento:
“Un serio examen de conciencia ha sido auspiciado por numerosos Cardenales y Obispos sobre todo para la Iglesia presente. A las puertas del nuevo Milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestros tiempos. La época actual junto a muchas luces presenta igualmente no pocas sombras.

¿Cómo callar por ejemplo, ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de  la coherencia?”
 
 
 


Reflexionando sobre esta denuncia del Papa Juan Pablo II asusta comprobar la certeza de la misma, basta escuchar algunas opiniones funesta de parte de personas poco informadas e incluso malintencionadas. Estas opiniones se utilizan con frecuencia como herramientas de trabajo, por personas que no tienen la más mínima idea de lo que representan, para crear una especie de religión en torno a ellas, eso sí, olvidando la figura de Dios creador de todas los seres, y de todas las cosas, como remedio de boticario que pudiera solucionar todos los males habidos y por haber. Es una especie de gnosticismo encubierto que embota los sentidos de muchas personas y que puede hacer mucho daño incluso entre los cristianos.

 
 
Como también denunciaba el Papa en esta misma Carta Encíclica (Ibid):

“A esto hay que añadir, aún, la extendida pérdida del sentido transcendente de la existencia humana y el extravío en el campo ético, incluso en los valores fundamentales del respeto a la vida y a la familia. Se impone además a los hijos de la Iglesia una verificación: ¿en qué medida están también ellos afectados por la atmósfera de secularismo y relativismo ético? ¿Y qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos, frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino rostro de Dios, <a causa de los defectos de sus vidas religiosa, moral y social?”

De estas palabras se desprende, sin duda, la enorme intranquilidad del Papa Juan Pablo II por el futuro de los hombres en el nuevo milenio. Y tenía razones para ello, tal como día a día, desgraciadamente, vamos comprobando. Sería muy conveniente que nos interrogáramos todos, como pedía el Papa, en aras de comprobar hasta qué punto los defectos de nuestra vida religiosa, moral y social nos permiten, aún, ver el genuino rostro de nuestro Creador. Porque como aseguraba el Papa a finales del siglo pasado (Ibid):
"De hecho, no se puede negar que la vida espiritual atraviesa entre muchos cristianos <momentos de incertidumbre> que afectan no sólo a la vida moral, sino incluso a la oración y a la misma <rectitud teologal de la fe>. Está ya probado, por la confrontación con nuestro tiempo, a veces desorientada por posturas teológicas erróneas, que se difunden también a causa de la crisis de obediencia  al Magisterio de la Iglesia.

Y sobre el testimonio de la Iglesia en nuestro tiempo, ¿Cómo no sentir dolor por la falta de <discernimiento>, que a veces llega a ser aprobación, de no pocos cristianos frente a la violación de fundamentales derechos humanos? ¿Y no es acaso de lamentar, entre las sombras del presente, la corresponsabilidad de tantos cristianos en <graves formas de injusticias y marginaciones sociales>? Hay que preguntarse cuántos entre ellos, conocen a fondo y practican coherentemente las directrices de la doctrina social de la Iglesia…”



El Papa, en esta hermosa Carta Encíclica, a las puertas del Tercer Milenio, nos hablaba además, del ejemplo extraordinario dado por los mártires, santos y santas, conocidos o no, cuyas vidas son testimonios que nunca deberíamos olvidar los cristianos, por eso, proponía un programa de actuación que se podría resumir en los términos siguientes: Una primera fase que tendría un <carácter ante preparatorio>, y debería servir para reavivar en el pueblo cristiano la conciencia del valor del significado que el próximo Jubileo del 2000 supondría para la historia de la humanidad; y una segunda fase que se iniciaría en el año 1997 de carácter preparatorio, centrado en Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, teológica, y  por tanto <trinitaria>.

Tras la barrera del año 2000 que podría haber supuesto una vuelta de la cristiandad al camino de la fe y la salvación en Cristo, abandonando la senda del pecado, el Papa Juan Pablo II, fiel a su idea de reconciliar el mundo con Dios, escribía esta vez una Carta Apostólica con el titulo <Novo millennio ineunte> fechada en Roma el día 6 de enero de 2001; en ella tras, como es lógico, dar las gracias al Señor por todas las cosas conseguidas durante el periodo de tiempo preparatorio transcurrido para la entrada de un nuevo siglo, volvía a recordar a su grey los antiguos y nuevos retos que la Iglesia tenía ante el futuro:

“En efecto, son muchas en nuestros tiempos las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no solo millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana”

Sí, es la doctrina social de la Iglesia, tantas veces defendida por sus Pontífices, la que hacia hablar así a este anciano santo que se preguntaba, ya a las puertas de la muerte (Ibid):

“¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse?”

Son preguntas comprometidas y comprometedoras que el Papa hubiera querido transformar en respuestas positivas de la sociedad, si aún hubiera tenido tiempo para ello; él se daba cuenta de la acuciante necesidad de responderlas con hechos positivos y sin engaños, porque como aseguraba  (Ibid):

“El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas, añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, el abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social…”



Palabras proféticas del Papa Juan Pablo II, el cual ya se encontraba gravemente enfermo y sufría con resignación y alegría la cruz de sus achaques y dolores. En realidad le quedaban ya muy pocos años para alcanzar la vida eterna; murió el 2 de abril de 2005, dejando a la Iglesia inmensamente apenada y agradecida por su labor incansable a favor de Cristo y su Mensaje salvador. Como ejemplo aleccionador estamos recordando esta carta Apostólica del 2001 en la que también advertía a los católicos y a todos los hombres de buena voluntad que si el corazón de los seres humanos no se abría definitivamente al Mensaje Divino, el mundo tomaría derroteros imprevisibles al recorrer la senda del pecado. Concretamente él preguntaba (Ibid):

“¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitable y enemigas del hombre vastas áreas del planeta? ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de las guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente los niños?”

 




Preguntas todas esenciales que aún permanecen sin respuestas totalmente positivas por parte de la humanidad, por eso él aseguraba   ya en aquellos años que (Ibid):
“Muchas son las urgencias ante las cuales el espíritu cristiano no puede permanecer insensible…”

 

 
 

Su sucesor en la Silla de Pedro, el Papa Benedicto XVI (2005-2013), en los últimos tiempos, ha puesto fin a su Pontificado, por voluntad propia, con un balance muy positivo también para la Iglesia católica, abriendo grandes esperanzas al ecumenismo,  y al diálogo interreligioso...
No obstante, los pecados de los hombres denunciados por los Papas anteriores, siguen presentes, y aún acrecentados en algunos casos, en este siglo XXI.
Las preguntas que surgen al respecto son ¿Cómo cambiar el corazón del hombre? ¿Cómo hacerle comprender que el pecado proviene del alma? Sí, porque todos los males de la humanidad, como nos dijo el Señor, provienen del interior del hombre, de su corazón, y mientras que no cambie éste, las sociedades seguirán cayendo una y otra vez en brazos del Maligno.
Hay que llamar a las cosas por su nombre, no debemos olvidar jamás que el mal está instaurado en el mundo desde el mismo momento de la creación de los ángeles por Dios, aquellos seres puros destinados a dar gloria eterna al Creador, y que sin embargo, en un acto de soberbia, se convirtieron en demonios.
Desde entonces, por envidia al hombre, le instigan, le inducen y le empujan hacia el mal, le engañan en definitiva, ocultándole incluso que pueden vencerles, que pueden vencer al pecado.  Y la clave para vencer al mal está en la <contemplación del rostro de Jesús> y en dar <testimonio de los Evangelios>, tal como nos explicaba el Papa Juan Pablo II en su carta Apostólica (Ibid):

“<Queremos ver a Jesús> (Jn 12, 21). Esta petición hecha al Apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientes, piden a los creyentes de hoy no solo <que les hablemos de Cristo>, sino  en cierto modo <que se lo hagamos ver> ¿Y no es quizá cometido  de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?
Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro”

 


La contemplación del rostro de Cristo implica el conocimiento profundo de su Palabra, de lo que de Él se dice en las Sagradas Escrituras,  esto es, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento y por supuesto de lo que la Tradición de la Iglesia, a través de los santo Padres, ha llegado hasta nosotros de su celestial Persona. Precisamente como el Papa Juan Pablo II reconocía en su carta, la gran herencia que la experiencia jubilar dejaba era <la contemplación del rostro de Cristo> (Ibid):
“Contemplado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, comparado como sentido de la historia y luz de nuestro camino…

En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús, según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos <emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro>, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo, recogiendo testimonios fiables (Lc 1, 3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento…siempre bajo la iluminación del Espíritu Santo”



Por otra parte, los cristianos de hoy tenemos otra herramienta de trabajo fundamental para llegar a conocer en plenitud el rostro de Cristo y su mensaje, nos referimos, una vez más, al Catecismo de  Iglesia Católica, el cual tan encarecidamente nos ha recomendado el Papa Benedicto XVI para que lo consultemos constantemente con objeto de aclarar nuestras dudas en cualquier tema relacionado con  la fe.

Fue tras el Concilio Vaticano II, más concretamente en el año 1985, cuando se convocó un Sínodo extraordinario de Obispos, en el que, según el Papa Juan Pablo II, se fraguó la iniciativa de presentar un nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, aunque algunos teólogos opinaron que en ese momento no era necesario, pues era una forma caduca de presentar la fe. Pues bien, el tiempo ha dado la razón a aquellos otros que defendían la idea de que un nuevo Catecismo era una gran necesidad de la Iglesia, tal como manifestaba este Papa (Diálogo mantenido con el periodista Vittorio Massori. <Cruzando el umbral de la esperanza>. Círculo de lectores 1995):
“El Catecismo era indispensable para que toda la riqueza del magisterio de la Iglesia, después del Concilio Vaticano II, pudiera recibir una nueva síntesis, y en cierto sentido, una nueva orientación; sin el Catecismo de la Iglesia universal, esto hubiera sido inalcanzable. Cada ambiente concreto, con base en este texto del magisterio, crearía sus propios catecismos según las necesidades locales.

En tiempo relativamente breve fue realizada esa gran síntesis; en ella, verdaderamente tomó parte toda la Iglesia. Particular merito debe reconocérsele al Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. El Catecismo, publicado en 1992, se convirtió en un best- seller  en el mercado mundial del libro, como confirmación de lo grande que era la demanda de este tipo de lectura, que a primera vista pudiera parecer impopular”



Ciertamente esto fue así al principio, la gente estaba deseosa de contar con este Catecismo, esperanzados como estaban de encontrar en él la solución rápida a todas sus dudas y problemas. Durante mucho tiempo el Catecismo se agotó en los puntos  de adquisición y fue necesario editarlo varias veces de nuevo, sin embargo  la sociedad estaba ya impregnada de todos los males de siglos anteriores pero aumentados; el modernismo, el laicismo, el agnosticismo y el gnosticismo, entre otras teorías más o menos heréticas, habían hecho mella en amplios sectores de la humanidad. La lectura del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica fue perdiendo interés para una gran parte de personas, incluso, entre las que se reconocían creyentes. Parecía como si los mismos católicos estuvieran ya en posesión y conocimiento de toda la doctrina de la Iglesia y no necesitara de Catecismo alguno, y esto llegó a preocupar seriamente al propio Papa Benedicto XVI, que tanto había trabajado en su elaboración. Era una señal más de la crisis de fe que las comunidades cristianas estaban y están padeciendo en los últimos tiempos…

Ante esta situación, el Papa Benedicto XVI decidió convocar un <año de la fe>, recomendado así mismo la vuelta a la lectura detenida del Catecismo de la Iglesia Católica (Carta Apostólica en forma de <Motu proprio>. Dada en Roma el 10 de octubre de 2011:

“A la pregunta planteada por los que escuchaban al Señor ¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6,28), sabemos que Él respondió: <que creáis en el que Él ha enviado> (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación…

A la luz de todo esto, he decidido convocar un <año de la fe>. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Cristo Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha  del 11 de octubre de de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el  Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles en la fuerza y la belleza de la fe”

 


Hasta cinco veces más el Papa Benedicto nos recomienda la lectura del Catecismos de la Iglesia Católica en su Carta Apostólica, asegurando entre otras muchas cosas que:

“…el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe… la enseñanza  del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración…”

En efecto, remitiéndonos en concreto al tema del pecado del hombre y del duro combate que debe realizar con constancia para atajarlo,  podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C nº 407 y nº 408):

-Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de San Juan: <el pecado mundial> (Jn 1, 29). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados del hombre.
-Esta situación dramática del mundo que <todo entero yace en poder del maligno> (I Jn 5, 19; IP 5, 8), hace de la vida del hombre un combate:

A través de toda la historia del hombre se extiende una dura  batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciado ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (Gs 37, 2)

 


Recordaremos por último las reconfortantes  palabras del Papa San  Juan Pablo II a propósito de la acción defensora contra el pecado, del Espíritu Santo (Audiencia general de 24 de mayo 1989):

“Cuando Jesús en el Cenáculo, la vigilia de su Pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo, se expresa de la siguiente manera: <El Padre os dará otro Paráclito>. Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo  es el primer Paráclito, y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo  casi su prolongación.
Jesucristo, efectivamente, era el <defensor> y continúa siéndolo. El mismo Juan lo dirá en su primera Carta: <Si alguno peca, tenemos a uno que abogue (Parakletos) ante el Padre, a Jesucristo, el Justo> (I Jn 2, 1).

El abogado defensor es aquel que poniéndose de parte de los que son culpables, debido a los pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu Santo es llamado <Paráclito>, porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha liberado del pecado y de la muerte eterna”

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

     

 

 

domingo, 2 de agosto de 2015

EL HIJO DEL HOMBRE AL VENIR ¿POR VENTURA HALLARÁ FE SOBRE LA TIERRA?



 


Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc 18, 8)

¡Qué interrogación tan misteriosa la del Señor! que  hace  a los hombres también en este siglo preguntarse: ¿Por ventura hallará  fe el Hijo del hombre al venir por segunda vez?...

Es una pregunta  apocalíptica e inquietante si tenemos en cuenta la falta de fe en estos días, de una gran mayoría de la humanidad, habiéndose  llegado ya al tercer milenio desde la primera venida del Mesías…

Sin duda Dios conocía y conoce bien al género humano, Él lo ha creado, sabe de su inconstancia en la verdad y su tendencia al mal, después del pecado original, y también sabe de la envidia del diablo hacia  los hombres, a los que trata de  incitar hacia el mal, la perversión y la injusticia; por eso no debería extrañarnos la pregunta del Señor: ¿Por ventura hallará la fe el Hijo del hombre en su venida? Porque Cristo ciertamente vendrá al final de los tiempos para hacer justicia.

No obstante, Jesús nos aseguró también que en la Parusía, no será reacio a la causa de sus escogidos,  y hará la justicia que día y noche le reclaman. Y es que el Señor es <justo y misericordioso>, Él quiere que todas sus criaturas se salven y por eso en su primera venida al mundo, nos habló de la gloria de su Padre, nos avisó de su segunda venida al mundo y nos aseguró  que impartiría justicia entre los hombres (Mt 16, 24-28):



-Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame.

-Pues quién quisiere poner a salvo su vida, la perderá; más quién perdiere su vida por causa de mí, la hallará.

-Pues ¿qué provecho sacara un hombre si ganare el mundo entero, pero malograre su alma?

-Porque ha de venir el Hijo del hombre en la gloria de su Padre; acompañado de sus ángeles, y entonces dará un pago a cada cual conforme sus actos

A este respecto, es interesante recordar la conversación mantenida por el Papa Juan Pablo II con el periodista Vittorio Massori reflejada en el libro <Cruzando el umbral de la esperanza>  en la que el Pontífice, respondía así a una pregunta del mismo:

“Desde siempre el problema del infierno ha perturbado a los grandes pensadores de la Iglesia desde los comienzos, desde Orígenes, hasta nuestros días, hasta Michail Bulgakov y Hans Urs von Balthasar. En verdad que los antiguos Concilios rechazaron la teoría de la llamada <apocatástassis final>, según la cual el mundo sería regenerado después de la destrucción, y toda criatura humana se salvaría; una teoría que indirectamente abolía el infierno. Pero el problema permanece ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En  Mateo se habla claramente de los que irán al suplicio eterno.”

 


Se refiere el  Papa San Juan Pablo II a la <Apocalipsis Sinóptica> del Evangelio de San Mateo y más concretamente al <juicio final> en él contenido, donde Jesucristo nos habla claramente sobre el fuego eterno preparado para el diablo y para sus acólitos… (Mt 25, 31-36):

-Y cuando viniere el Hijo del hombre en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará en el trono de la gloria,

-y serán congregados en su presencia todas las gentes, y los separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos;

-y colocará a las ovejas a la derecha y los cabritos a la izquierda.

-Entonces dirá el Rey a los de la derecha: Venid, vosotros los benditos de mi Padre, y entrad en posesión del reino que os está preparado desde la creación del mundo…

-Entonces dirá también a los de su izquierda: Apartaos de mí, vosotros los malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles…

-E irán éstos al tormento eterno; pero los justos, a la vida eterna.

 

El Papa Francisco refiriéndose  a estos versículos del <juicio final> anunciado por Jesús según el Evangelio de San Mateo ha dicho lo siguiente:

“La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que  separa  las ovejas de las cabras. A la derecha se coloca a quienes actuaron según la voluntad de Dios, socorriendo al prójimo hambriento, sediento, extranjero, enfermo, encarcelado…; mientras que a la izquierda van los que no ayudaron al prójimo. Estos nos dice que serán juzgados por Dios según la caridad, según como la hayan practicado con sus hermanos, especialmente con los más débiles y necesitados” 

Sin duda este pasaje del Nuevo Testamento siempre ha inquietado e incluso asustado, a los hombres en la antigüedad, pero también en cualquier momento de la historia de la humanidad  y  
con mayor razón en estos últimos siglos si tenemos en cuenta su evidente alejamiento de Dios, tal como nos advierte la respuesta del Papa Benedicto XVI  al periodista Seewal, cuando le preguntó sobre si todavía  deberíamos dar crédito a lo que en el Evangelio de San Mateo se dice sobre el <juicio final> (“Luz del mundo. Benedicto XVI. Ed.      2110):

“Es un juicio real el que tendrá lugar  sin embargo se podría decir que se avecina al hombre, siempre, ya en la muerte. El gran escenario que se esboza en el Evangelio de San Mateo, con las ovejas y los cabritos, es una parábola propuesta por el Señor de lo inimaginable. Nosotros los hombres no podemos imaginarnos ese proceso inaudito en el que todo el Cosmos se halla ante el Señor y la historia entera ante Él…
Como será esto visualmente escapa a nuestra capacidad de imaginación.

Pero que Él es el juez, que tendrá lugar un juicio real, que la humanidad será separada y que, entonces, existe también la posibilidad de la perdición, y que las cosas no son indiferentes, son datos muy importantes.

Hoy la gente tiende a decir: <bueno, tan malas no serán las cosas. Al fin y al cabo, es muy difícil que Dios obre así>. Pero no, Él toma en serio las cosas de los hombres. Está además, el hecho de la existencia del mal, que permanece y tiene que ser condenado. En tal sentido, aún con la alegre gratitud por el hecho de que Dios es tan bueno y nos da su gracia, deberíamos percibir también e inscribir en nuestro programa de vida la seriedad del mal…”
 
 

 
Por otra parte, lo que está claro es que Jesús nos ha hablado no solo de la eternidad de la sanción del  pecado, sino también de la eternidad del suplicio que esta implica, de esto nadie puede dudar por más que nos engañemos diciendo que como Dios es infinitamente bueno perdonará a todos los hombres incluso a los que no se arrepientan sinceramente de sus pecados, y ¡ojo! con <dolor de corazón>…A este respecto es interesante también recordar las palabras del  Papa San Juan Pablo II (“Cruzando el umbral de la esperanza” Juan Pablo II. Círculo de lectores):

“Hay algo en la misma conciencia moral del hombre que reacciona ante una tal perspectiva: ¿El Dios que es Amor, no es también Justicia infinita? ¿Puede Él admitir que los terribles crímenes puedan quedar impunes? ¿La pena definitiva no es en cierto modo necesaria para obtener el equilibrio moral en tan intrincada historia de la humanidad? ¿El infierno, no es en cierto sentido <la última tabla de salvación> para la conciencia moral humana?”

Con estas palabras del Papa nos adentramos ya en el tema trascendental de la <conciencia errónea>,  porque cuando el pecador ha perdido incluso el discernimiento para aceptar  que hace el mal, porque  ve un comportamiento perverso como  normal y hasta lógico, las posibilidades que tiene de salvación son destruidas, al impedir así el posible arrepentimiento de algo que no acepta como pecado, siéndolo en sí mismo.

 


Esta es una situación terrible que aqueja a una gran parte de la sociedad actual y que forma igualmente parte del día a día de los seres humanos en estos tiempos de gran paganismo. Y aún más, si tenemos en cuenta que algunos que se consideran <eruditos> se empeñan en tratar de demostrar que la <conciencia errónea> protegería al hombre de la <onerosa exigencia de conocer la verdad>, y así alcanzaría la salvación de una manera más cómoda. Sin embargo, como nos aseguró el Papa Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Ratzinger (“El elogio de la conciencia. La verdad interroga al corazón):                             

“Parece más bien que esta <conciencia errónea>, es la cáscara de la subjetividad, bajo la cual el hombre puede huir de la realidad, ocultándola”

Esta aptitud ante la vida, la podemos observar en el comportamiento de muchas de las personas que conocemos y tratamos a diario con mayor o menor intimidad, y así en aras de un cierto bienestar temporal, estas criaturas se ven abocadas a los mayores errores sin darse cuenta de que se encuentran instaladas en la mentira que dispensa al ser humano de conocer la verdad de sus actos y por tanto de arrepentirse de sus malas acciones, tal como denunciaba el futuro Papa Benedicto XVI (Ibid):



“La <conciencia errónea> se transforma, así, en la justificación de la subjetividad del conformismo social, el cual, en cuanto mínimo común denominador  de las diferentes subjetividades, desempeña el cometido de hacer posible la vida en sociedad. Se viene abajo el deber de buscar la verdad, al igual que se desvanecen las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad o sobre cuanto en ellas se ha hecho costumbre. Basta con estar convencido de las propias opiniones y adaptarse a la de los demás. El hombre queda reducido, así, a sus convicciones superficiales y cuanto menos profundas sean, tanto mejor para él…”

Sí, cuántas veces hemos escuchado la machacona frase: <cuanto menos pienses…más tranquilo vivirás>; con este planteamiento ante los problemas de la vida, el hombre se inmuniza ante los mayores agravios al prójimo, y en particular si este prójimo es el más desprotegido por la sociedad actual, como son los no natos o los ancianos.
Panorama muy triste el que nos muestra el Papa, reflejo, sin duda de una <civilización> basada en el materialismo, ajena a Dios, hundida en el relativismo, que se atreve a hacer preguntas como las siguientes:
¿Cómo es posible que de la fe brote la alegría? ¿Para qué trasmitir la fe a los demás? ¿Por qué no nos ahorramos este esfuerzo? ¿No será mejor olvidarnos de la fe?...

Estas preguntas merecen una respuesta como la dada por el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“En los últimos años, preguntas como estas han paralizado visiblemente el impulso evangelizador, quien entiende la fe como un pesado fardo, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los demás a creer, sino que prefiere dejarlos en la presunta libertad de su buena fe”

 


Efectivamente, los análisis realizados en este sentido son descorazonadores, es tal la situación de abandono en muchos campos de la evangelización en los  últimos siglos, que ya en el año 2007, el Papa Benedicto XVI concedió al Cardenal Prefecto para la Doctrina de la Fe, permiso para publicar una nota muy interesante acerca de <algunos aspectos de la evangelización> que estaban siendo sometidos a ciertas críticas mal intencionadas.

En esta nota dada en Roma el 3 de diciembre de 2007, entre otras muchas cuestiones  podemos leer que el Concilio Vaticano II,  afirma el deber y el derecho de todo hombre a buscar la verdad en materia de religión, y  añade que:
"la verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana, y a su naturaleza social, es decir, mediante una libre investigación, sirviéndose del magisterio, o de la educación, de la comunicación y del dialogo, por medio de los cuales unos exponen a otros la verdad que han encontrado o que creen haber encontrado. En cualquier caso, la verdad <no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la verdad"

Por tanto,  la inteligencia y la libertad personal hacia el encuentro con Cristo y su Evangelio es un ofrecimiento legitimo y un servicio que puede hacer más fecunda la relación entre los hombres


De cualquier forma, hay que recordar que lo primero y principal es dar ejemplo de vida, ya que como también podemos leer en dicha nota:

“La transmisión del Evangelio, la Palabra y el Testimonio de vida van unidos; para que la luz de la verdad llegue a todos los hombres, se necesita ante todo, el testimonio de la santidad. Si la Palabra es desmentida por la conducta, difícilmente, será acogida”

No podemos cerrar los ojos a la evidencia, todos conocemos personas imbuidas de la  <conciencia errónea>; la cuestión sin embargo no es nueva, recordemos como el Mesías se preguntaba:

"¿Por ventura encontrará fe el Hijo del hombre en su segundo advenimiento a la Tierra?"  

Por otra parte, también en el Antiguo Testamento encontramos ejemplos claros de este problema, tal como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ibid);  en concreto, en el libro de los Salmos podemos leer (Salmos 19, 13):
“¿Quién advierte sus propios errores? ¡Libradme de las culpas que no veo!”

Oración, esta última, dirigida a Dios, por hombres temerosos de caer en una <mala conciencia>, y que conocían el riesgo que corrían si se alejaban de la verdad.

El Papa  Benedicto XVI refiriéndose a estas palabras del Salmo aducía el siguiente razonamiento (Ibid):
“Esto no es objetivismo vetero-testamentario, sino la más honda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tantos ámbitos de la vida, es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, sí aún se está en condiciones de reconocerla como tal. Quién ya es incapaz de percibir que matar es pecado, ha caído más bajo que quién todavía puede reconocer la malicia de su propio comportamiento, pues se halla mucho más alejado de la verdad y de la conversión”

 


Esto es lo que hacían los fariseos y saduceos en tiempos de nuestro Señor Jesucristo, por eso dolido lanzó aquellos <siete ayes> del Evangelio de San Mateo, recordándoles a ellos y a todos los hombres, de todos los tiempos  el <juicio final>, el <juicio de la gehena o infierno>  (Mt 23, 13-36):

-< ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren>.

-< ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís lo hacéis digno de la gehena el doble que vosotros!>…

-< ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!>

-¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera.

< ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcro blanqueados!> Por fuera buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre;

-lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad….



¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio de la gehena?

-Mirad yo os envío profetas y sabios y escribas. A unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad.

Así recaerá sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar…

Son palabras fuertes del Señor que nos recuerdan a todos la responsabilidad que tenemos en la búsqueda de la verdad, en la búsqueda de la salvación.
Po eso, próxima ya su Pasión, Muerte y Resurrección,  Él pidió al Padre que consagrara en la verdad a sus discípulos (Jn 17, 15-19):
-No pido que los saques del mundo, sino que los preserves del maligno.

-No son del mundo, como ni yo soy del mundo.

-Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad.

Como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo.

Y por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad.

 


<Conságralos en la verdad> o lo que es igual <Santifícalos en la verdad>, es lo que Jesús pide para sus discípulos al Padre; ello se realiza en el <Espíritu Santo>, en el <Espíritu de la verdad>, así quedarán preparados para anunciar la Palabra de Dios, que es la <Verdad> con mayúsculas.

Por otra parte Nuestro Señor Jesucristo, con suma humildad, se <consagró así mismo por ellos y por nosotros>, ofreciéndose como víctima de reconciliación que es la santificación por excelencia. Cristo, el Santo Sacerdote, se consagró con su inmolación, para a su vez consagrar a sus enviados con la santidad de la verdad.

No obstante en la actualidad tal como nos recordó el Papa Benedicto XVI en su magnífico libro <El elogio de la conciencia. La verdad interroga al corazón>:
“La apertura necesaria a la verdad está amenazada, desde dos frentes, de un lado, por un positivismo fideista que teme  perder a Dios al exponerse a la verdad de las criaturas; de otro lado, por un positivismo agnóstico que se siente amenazado por la grandeza de Dios…”

Son  dos aspectos distintos de un temor que conduce al mismo resultado, esto es, a la negación de la verdad y por tanto al alejamiento del camino de la salvación, en definitiva, al alejamiento de Cristo que es la verdad pura.

Por ello, los cristianos debemos tener  clara esta idea: < tenemos que persistir sin fatiga y con convicción en la búsqueda de la verdad durante toda nuestra existencia, si queremos llegar al final de la misma, con las garantías necesarias para afrontar el juicio divino>.



No responderíamos, por otra parte, con gratitud a la llamada de Cristo, si quisiéramos obviar la verdad, a favor de la <conciencia errónea>, porque como así mismo nos recordaba el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Con la luz de Jesús se manifiesta también el esplendor de la verdad en las criaturas. Cristo nos abre al mensaje de las criaturas, las criaturas nos guían al Señor. Amar la verdad y amar a Cristo es una cosa indivisible en la figura espiritual de Santo Tomás: <amando a Cristo, has amado la verdad; creando una relación cada vez más honda con Cristo, has recibido la fuerza consagrante de la verdad>
<Bien has escrito de mi Tomás ¿Qué deseas?> Dijo el Señor crucificado, según la leyenda, al doctor Angélico.
<Nada más que a Ti Señor>, respondió Tomás. <Nada más que a Ti>

Esa es la síntesis del pensamiento y de la vida del gran doctor de la Iglesia. Su vida era deseo de Cristo, deseo de Dios, deseo de la verdad”

 


Gran ejemplo el que nos dio Santo Tomás y gran ejemplo el que hemos recibido del Papa Benedicto XVI que nos ha exaltado  tantas veces su figura, y con razón, porque verdaderamente este santo doctor, sí respondió con gratitud a la gran promesa de Jesús cuando dijo <me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad>; sin Cristo, sin la verdad absoluta, no hay salvación y la <conciencia errónea> nos aleja del <camino, la verdad y la vida>, que es nuestro Salvador.
A pesar de todo, hay que reconocer que aún hay  personas que ó no han escuchado nunca hablar de la <conciencia errónea>, ó que si han escuchado no quieren saber nada al respecto, por eso no está de más que recordemos que, por ejemplo, <conciencia errónea> es encerrarse en la idea, de que porque Dios es infinitamente bueno, no puede condenar al hombre que no se arrepiente de las falta cometidas  contra la ley del Señor, ni le pide perdón por ello. 

Así mismo, <conciencia errónea> puede ser también, dejarse llevar por lo que diga la mayoría de la gente, por las costumbres licenciosas, que ya no tienen otro significado que ser modernos y vivir en el siglo que nos ha tocado…pero que pueden ser perniciosas y hasta dañinas para la misma sociedad.

Tener <conciencia errónea>, es al fin también, proclamar y pedir  que la Iglesia católica se modernice, ante los graves problemas surgidos en el seno de las familias: divorcios, control de la natalidad, aborto y un largo etc., aceptando estas nuevas tendencias de la sociedad y olvidando las leyes divinas. 
Por eso, recordar  de vez en cuando, los <Novísimos>, esto es: <Muerte>, <Purgatorio>, <Infierno> y <Gloria>, no es cosa mala, ni debe <echarse en saco roto>.
En esto han estado de acuerdo  los Pontífices y teólogos a lo largo de toda la historia de la cristiandad, como podemos comprobar con las palabras del Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza):



“Muchos teólogos, en Oriente y en Occidente, también teólogos contemporáneos, han dedicado sus estudios a la escatología, a los Novísimos. La Iglesia no ha cesado, por su parte, de llevar a los hombres la vida eterna. Si ésta cesara de ser escatológica, dejaría de ser fiel a la propia vocación, a la Nueva Alianza, sellada con ella por Dios en Jesucristo”

La salvación, según esto, se ve favorecida al tener presente la naturaleza escatológica del Mensaje de Jesús y por supuesto, por la oración por todas las almas, tal como recomendaba el Apóstol San Pablo a través de su discípulo Tito, a las Iglesias a él confiadas, para el ejercicio de la misión pastoral (I Tim 2, 1-6):
-Recomiendo, pues, lo primero de todo, que se hagan plegarias, oraciones, intersecciones, acciones de gracias por todos los hombres,

-por los reyes, y por todos los que ocupen altos puestos, a fin de que pasemos una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad.

-Esto es bueno y acepto a los ojos de Dios nuestro Salvador,



-el cual quiere que todos los hombre se salven y vengan al pleno conocimiento de la verdad.

-Porque uno es Dios, uno también el Mediador de Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús,

-que se dio a sí mismo como precio de rescate por todos; divino testimonio dado en el tiempo oportuno

La frase de San Pablo <Dios desea que todos los hombres se salven>, tiene una importancia transcendental, tal como nos recordaba el Papa Juan San Pablo II, para comprender el significado de los Novísimos (Cruzando el umbral de la esperanza):
“Si Dios desea esto, si Dios por esta causa entrega a su Hijo, el cual a su vez obra en la Iglesia mediante el Espíritu Santo ¿Puede el hombre ser condenado, puede ser rechazado por Dios?”

Esta es desde luego una pregunta difícil de responder sin la ayuda de la Palabra del Señor, porque también Él dijo de Judas, el traidor, que <sería mejor para ese hombre no haber nacido> (Mt 26, 24), esta afirmación de Jesús, según el Papa San Juan Pablo II no puede, sin embargo, ser entendida con seguridad en el sentido de una eterna condenación.
Pero al mismo tiempo, aseguraba también el santo Pontífice, hay algo en la misma conciencia moral del hombre que reacciona ante la pérdida de una tal perspectiva: ¿El Dios que es Amor no es también Justicia definitiva?



En la Santa Biblia, precisamente, se hace referencia al <fuego purificador> del purgatorio, tal vez, en referencia ésta pregunta (Papa San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza):
“Un argumento muy conveniente acerca del purgatorio se ofrece además de en la bula de Benedicto XII, Vicario de Cristo del siglo XIV, en las obras de San Juan de la Cruz. La <llama de amor viva>, de la que él habla, es en primer lugar una llama purificadora. Las noches místicas, descritas por este gran doctor de la Iglesia por propia experiencia, son en cierto sentido eso a lo que corresponde el purgatorio.

Dios hace pasar al hombre a través de un tal purgatorio interior toda su naturaleza sensual y espiritual, para llevarlo a la unión con Él. No nos encontramos aquí frente a un simple tribunal. Nos presentamos ante el poder del mismo Amor.
Es sobre todo el Amor el  que juzga. Dios, que es Amor, juzga mediante el amor. Es el amor quién exige la purificación, antes de que el hombre madure por unión con Dios que es su definitiva vocación y su destino”

Recordemos, por otra parte, que la verdadera evangelización es el anuncio del Reino de Dios, del Dios que entra en la historia para hacer justicia y por ello es también el anuncio del juicio final y el anuncio de nuestra responsabilidad ante el mismo (Benedicto XVI. El elogio de la conciencia…):



“Cuando tomemos en serio el juicio y la grave responsabilidad que de él brota para nosotros, comprendemos bien el otro aspecto de este anuncio, esto es, la Redención, el hecho de que Jesús en la Cruz asume nuestro pecado.
En la Pasión de su Hijo, Dios mismo aboga por nosotros, pecadores, y hace así posible la penitencia, la esperanza para el pecador arrepentido, esperanza que expresa de modo admirable la palabra de San Juan: <Dios es mayor que nuestro corazón y conoce todo> (Jn 3, 20): ante Dios sosegaremos nuestro corazón, por mucho que sea lo que nos reproche.

La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducirla a un melindre empalagoso sin verdad. Solo creyendo en el <justo juicio> de Dios, solo teniendo <hambre y sed de justicia> (Mt 5,6) abrimos nuestro corazón, nuestra vida, a la misericordia divina”

 


Son palabras del Papa Benedicto XVI que siempre deberíamos tener en cuenta, como también las del  Papa San Juan Pablo II, los cuales tanto se preocuparon por inculcar a su grey el respeto a los Novísimos.

Sí, porque en el momento actual el hombre corre el grave peligro de la palabra mal utilizada, porque ya nadie se acuerda que el Señor dijo:

 <Todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano -imbécil-, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama –necio-, merece la condena de la gehena del fuego.

En una sociedad actual tan mediática, se está corriendo el riesgo de la insidia en las palabras, por eso viene bien también recordar las sentencias del Señor que leemos en el Evangelio del Apóstol San Mateo (Mt 12, 35-37):

-El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas, y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas.

-Os certifico que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, darán razón en el día del juicio.

-Porque por tus palabras serás absuelto como justo y por tus palabras serás condenado.

 

Con razón San Pablo recomendaba a los pobladores de Éfeso que evitaran la mentira, la ira, y las palabras malas; que no salieran de sus bocas palabras que pudieran hacer daño a un tercero, sino que por el contrario utilizasen aquellas palabras que fueran más convenientes para favorecer el bien entre las personas que les escucharán (Ef 4, 25-30):

-No salga de vuestra boca palabra alguna dañosa, sino que sea buena por la oportuna edificación, para que comunique gracia a los que la oyen.
-Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis marcados para el día del rescate.


Tomemos sobre todo ejemplo de Cristo que pasó por el mundo como buen <comunicador> del Padre>. En efecto, como en su día diría el Papa Juan Pablo II:
“En la historia de la salvación, Cristo se nos ha presentado como <comunicador del Padre>, <Dios en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo> (Heb 1, 2).
Él, Palabra eterna hecha carne, al comunicarse, manifiesta siempre respeto hacia aquellos que le escuchan, les enseña a comprender su situación y sus necesidades, impulsa a la compasión por su sufrimiento y a la firme resolución de decirles lo que tienen necesidad de escuchar, sin imposiciones ni compromisos, engaño o manipulación.
Jesús enseña que la comunicación es un acto moral: <El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas>. <Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio>. <Porque por sus palabras serán declarados justos  y por sus palabras serán condenados>"




(Carta Apostólica del Sumo Pontífice San Juan Pablo II a los responsables de las comunicaciones sociales. Dada en el Vaticano el 24 de enero del año 2005, en memoria de San Francisco de Sales, Patrono de los periodistas)