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domingo, 28 de octubre de 2018

EL ESCANDALO DE UNA FE QUE PONE TODA LA EXISTENCIA EN DIOS



 
 


Para ciertos  hombres suele ser un escándalo, una perturbación, la fe que pone toda la existencia en Dios, especialmente en un mundo donde el empirismo es imprescindible para creer en algo…

La religión católica, por la fe, pone toda su existencia en Dios, así lo han manifestado desde el principio todos los santos Padres de su Iglesia, porque la fe no está reñida con la razón y la razón nos dice que:
<La sed de infinito está presente en el hombre de tal manera que no se puede extirpar. El hombre ha sido creado para relacionarse con Dios y tiene necesidad de Él> (Papa Benedicto XVI; La alegría de la fe; Ed. San Pablo, 2012).

Así lo entendió en su día, por ejemplo, San Gregorio Nacianceno, Padre y doctor de la Iglesia que vivió en el siglo IV, el cual fue un gran maestro del Mensaje de Cristo y que con gran valor se esforzó, a pesar de su timidez, en proclamar la verdadera fe. Él sentía un deseo irrefrenable por estar cerca de Dios, de unirse a Él, esto se reflejaba en sus escritos poéticos, e  hizo resplandecer la luz  procedente del Misterio de la Santísima Trinidad, siguiendo en todo las enseñanzas de San Pablo (1 Co 8, 6).  En general, los santos doctores de La Iglesia católica sintieron  la urgente llamada a la conversión con el fin de corresponder mediante toda su vida a aquel de quien el Sacramento los constituyo ministros. Así, san Gregorio Nacianceno siendo un joven sacerdote, exclamo:

“Es preciso comenzar por purificarse; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano, y aconsejar con inteligencia.

Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y a dónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza. Por tanto ¿Quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, se glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece (en ella), la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto y para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza”.

 


Por eso: “El celibato sacerdotal es un signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”

Con estas palabras terminaba su catequesis el Papa Benedicto XVI, en respuesta, a una pregunta sobre el sagrado celibato, propuesta por un sacerdote que asistió al encuentro internacional de presbíteros celebrado en Roma, en el año 2010. En la pregunta del sacerdote  se apreciaba, ya entonces, la preocupación por este tema tan importante y controvertido de la Iglesia de Cristo desde antiguo, pero quizás más analizado en los últimos tiempos.

El Papa Benedicto XVI reconocía en su respuesta las controversias inherentes al tema, sobre todo para una sociedad, que ya no quiere pensar en Dios como el Sumo Hacedor de todas las cosas, como proclamaba San Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Co 8, 6):  <Para nosotros hay un solo Dios (se refería a los cristianos), el Padre, del que proceden todas las cosas y por el que hemos sido creados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existen todas las cosas, y por el que también nosotros existimos>

En este sentido el Papa Benedicto aseguraba que:

“Un gran problema de la cristiandad del mundo, en la actualidad, es que ya no piensa en el futuro de Dios: parece que basta el presente de este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El sentido del celibato como anticipación del futuro significa precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que debemos vivir ya como presente.



Por tanto, vivir testimoniando la fe: si creemos que Dios existe, si creemos que Dios tiene que ver con nuestra vida, que podemos fundar nuestra vida en Cristo, en la vida futura afrontaremos mejor las  criticas mundanas sobre este tema.

Es verdad que para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no cuenta, el celibato es un escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. Y eso, según algunos, no debería ser así.

En cierto sentido, esta crítica permanente contra el celibato puede sorprender, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse. Pero el no casarse es algo fundamentalmente muy distinto del celibato, porque no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para uno mismo, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de mantener la vida en una plena autonomía en todo momento, decidir en cada momento que hacer, qué tomar de la vida; y por lo tanto, un <no> al vínculo, un <no> a lo definitivo, un guardarse la vida sólo  para sí mismos.

Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un <sí> definitivo, es un dejar que Dios nos tome de la mano, abandonarse en las manos de Dios, en su <yo>, y, por tanto, es un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio.

Es precisamente lo contrario del <no>, de la autonomía que no quiere crearse obligaciones, que no quiere aceptar un vínculo; es precisamente el <sí> definitivo que supone, confirma el <sí> definitivo del matrimonio. Y este matrimonio es la forma bíblica, la forma natural de ser hombre y mujer, fundamento de la gran cultura cristiana, de grandes culturas del mundo. Y, si desapareciera, quedaría destruida la raíz de nuestra cultura…

Precisamente por esto las criticas muestran que el celibato es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”

 


 Por otra parte: “La Iglesia custodia desde hace siglos como perlas preciosas el sagrado celibato sacerdotal”.

Son palabras del Papa san Pablo VI en  su Carta Encíclica <Sacerdotalis Caelibatus>, dada en Roma el 24 del mes de junio del año 1967 (Quinto de su Pontificado). En este interesante trabajo el Papa plantea el tema del celibato sacerdotal de forma realista y amplia, teniendo en cuenta toda la gravedad de la cuestión considerada.
Según el Pontífice, éste era un tema crucial para los cristianos católicos en aquellos momentos y desde entonces hasta nuestros días sigue siéndolo, y todavía son muchas las voces que claman por un cambio sobre este tema en la doctrina de la Iglesia, sin sopesar las dificultades, ni las posibles graves consecuencias.

Son muchas las preguntas que aún se hacen y para las cuales no existe una respuesta sencilla si no se llega a comprender primero cual es la grandeza del Sacramento del Orden.

El Papa Pio XI si comprendió, al igual que otros muchos Padres de la Iglesia la necesidad de la ley del celibato eclesiástico, la cual no es dogma de fe pero que se viene aplicando desde los inicios de la Iglesia e imprime carácter al Sacramento del < Orden sacerdotal>.



Según el Papa Pio XI <aun con la simple luz de la razón se entrevé cierta conexión entre esta virtud, y el ministerio sacerdotal>. Ya en tiempos del imperio romano, donde imperaban religiones paganas, se consideraba aquello de que <a los dioses era necesario dirigirse con castidad>.
Por otra parte, para el pueblo judío esto era así desde tiempos remotos, como demuestra la lectura de Antiguo Testamento.

Pero como muy bien sigue diciendo,  este Pontífice, en su Carta Encíclica <Ad Catholici  Sacerdotii>, dada en Roma el 20 de diciembre de 1935:
“Al sacerdocio cristiano, tan superior al antiguo, convenía mucha más pureza. La ley del celibato eclesiástico, cuyo primer rastro consignado por escrito, lo cual supone evidentemente su práctica ya  más antigua, se encuentra en un Canon del concilio de Elvira a principios del siglo IV, viva aún la persecución, en realidad no hace sino dar fuerza de obligación a una cierta y casi diríamos moral exigencia, que brota de las fuentes del Evangelio y de la predicación apostólica.

El gran aprecio en que el divino Maestro mostró tener la castidad, exaltándola como algo superior a las fuerzas ordinarias (Mt 19, 11-12); el reconocerle a Él como <flor de Madre virgen>  y criado desde la niñez en la familia virginal de José y María; al ver su predilección por las almas puras, como los dos Juanes, el Bautista y el Evangelista; el oír, finalmente, como el gran Apóstol de la Gentes, tan fiel intérprete de la ley evangélica y  del pensamiento de Cristo, ensalza en su predicación el valor inestimable de la virginidad, especialmente para más de continuo entregarse al servicio de Dios (1 Cor 7, 32);



todo esto era casi imposible que no hiciera sentir a los sacerdotes de la Nueva Alianza la celestial gracia de esta virtud privilegiada, aspirar a ser del número de aquellos que son capaces de entender esta palabra (Mt 19, 11) y hacerles voluntariamente obligatoria su guarda, que muy pronto fue obligatoria, por severa ley eclesiástica, en toda la Iglesia latina. Pues a fines del siglo IV, el Concilio segundo de Cartago exhorta a que guardemos nosotros también aquello que enseñaron los Apóstoles, y que guardaron ya nuestros antecesores (Con. Cartago 11 c.2 <Mansi 3, 191)”

 


El Papa Pio XI, en varios momentos, apoya su razonamiento sobre la necesidad de cumplir con el  celibato sacerdotal, en  versículos del Nuevo Testamento; concretamente en aquellos que aparecen en el Evangelio de san Mateo en boca de Jesús, durante su Ministerio en Jerusalén, al hablar del <verdadero amor>, como respuesta a una pregunta de los fariseos sobre el tema de la separación en el matrimonio. Jesús defiende la indisolubilidad del Sacramento del matrimonio de tal forma que hasta sus discípulos al oírle le dijeron (Mt 19, 10):

<Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse>

Pero entonces Él les dijo (Mt 19, 11-12):

“No todos comprenden esta doctrina, sino aquellos a quienes les es concedido/Algunos no se casan porque nacieron incapacitos para hacerlo; otros porque los hombres los incapacitaron y otros eligen no casarse por causa del reino de Dios. Quien pueda poner esto en práctica, que lo haga”

 


En otro momento el Papa Pio XI, recuerda aquellos versículos que aparecen en la primera Carta de San Pablo a los Corintios, cuando ante una sociedad hedonista que confunde la libertad  con el libertinaje, el Apóstol les enseña que el cristiano es una nueva criatura, porque es templo de Dios; por eso, al hablarles  a los futuros sacerdotes sobre el matrimonio y la virginidad llega a decir (1 Cor 7, 32-33):

“Os quiero libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle/ El casado se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su mujer; está, pues, dividido”

Basándonos en estas últimas  palabras del Apóstol San Pablo recordadas por Pio XI y sobre todo recordando el ejemplo dado por Cristo, a la pregunta de algunos proclives a la desaparición del celibato: ¿Debe todavía subsistir la severa y sublime obligación del sagrado celibato para los que pretenden acercarse a las sagradas órdenes mayores? la respuesta tajante debería ser sí.




Así lo consideró en su día el Papa san Pablo VI en su Carta Encíclica (Ibid):
“Venerables y carísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos <en el corazón de Jesucristo>; precisamente el mundo en que hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de las humanas  conquista, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas a los altos y sagrados valores del alma, a fin  de que a este tiempo nuestro no falte la rara  incomparable luz de las más sublimes conquistas del espíritu”

 
Sí, porque como también aseguraba el Papa Pio XI, a principio del pasado siglo, a la vista de una sociedad completamente paganizada que ha ido a más de <día en día>, debemos saber que (Ibid):

“El sacerdote es por vocación y mandato divino, el principal apóstol e infatigable promovedor de la educación cristiana de la juventud; el sacerdote bendice en nombre de Dios el matrimonio cristiano y defiende su santidad e indisolubilidad contra los atentados y extravíos que sugieren la codicia y la sensualidad; el sacerdote contribuye del modo más eficaz a la solución, o por lo menos, a la mitigación de los conflictos sociales, predicando la fraternidad cristiana, recordando a todos los mutuos deberes de justicia y caridad evangélica, pacificando los ánimos exasperados por el malestar moral y económico, señalando a los ricos y a los pobres los únicos bienes verdaderos a que todos pueden y deben aspirar; el sacerdote es, finalmente, el más eficaz pregonero de aquella cruzada de expiación y de penitencia a la cual invitamos a todos  para evitar las blasfemias, deshonestidades y crímenes que deshonran a la humanidad en la época presente, tan necesitada de la misericordia y perdón de Dios como pocas en la historia.



Aun los enemigos de la Iglesia conocen bien  la importancia vital del sacerdocio; y por esto contra él precisamente…asestan ante todo sus golpes para quitarle de el medio y llegar así, desembarazado  el camino, a la destrucción siempre anhelada y nunca conseguida de la Iglesia misma”

Son palabras proféticas de este Pontífice (1922-1939) que habiendo conocido los problemas de la sociedad que le tocó vivir nos ha dejado pistas de cómo evolucionaria ésta si el Sacramento del sacerdocio no se cuida, como Cristo exigió a su Iglesia. Por eso los creyentes debemos esforzarnos para que se multipliquen <los  vigorosos y diligentes obreros de la viña del Señor>, sobre todo cuando una sociedad alegada de Dios lo está necesitando con urgencia.

Entre los medios que los laicos tenemos para conseguir tan importante misión está desde luego y en primer lugar la oración, pero junto a ésta no deben faltar los medios humanos, como señalaba también el Papa Pio XI en su Encíclica:

 


“No se han de descuidar los medios humanos de cultivar la preciosa semilla de la vocación que Dios Nuestro Señor siembra abundantemente en los corazones generosos de tantos jóvenes; por eso alabamos y bendecimos y recomendamos con toda nuestra alma aquellas provechosas instituciones que de mil maneras y con mil santas industrias, sugeridas por el Espíritu Santo, atienden  a conservar, fomentar y favorecer las vocaciones sacerdotales”

Sí, para la Iglesia el Sacramento del Orden tiene un valor inestimable, porque entre otras muchas cosas, el ministerio sacerdotal es el dispensador de la misericordia divina para la salvación de las almas. El Papa Benedicto XVI lo reconocía con estas palabras dirigidas a los sacerdotes presentes y ausentes (Discurso Penitencial apostólico del 7 de marzo de 2008):
 
 



“Seguid e imitar el ejemplo de tantos santos confesores que, con su intuición espiritual, ayudaban a los penitentes a caer en la cuenta de que la celebración regular de la Penitencia y de la vida cristiana orientada a la santidad son componentes inestimables de un mismo itinerario espiritual para todo bautizado.

Y no olvidéis que también vosotros debéis ser ejemplo de auténtica vida cristiana.

La Virgen María, Madre de misericordia y de esperanza, os ayude a vosotros y a todos los confesores a prestar con celo y alegría este gran servicio, del que depende en tan gran medida la vida de la Iglesia”

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 27 de octubre de 2018

EL OFICIO SACERDOTAL DE CRISTO Y LA CELEBRACIÓN DE LA LITURGIA EN LA IGLESIA


 
 
 
 


La Carta a los Hebreos es según los estudiosos del Nuevo Testamento uno de los escritos más significativos incluido en el mismo, si se tiene en cuenta, que  desde el punto de vista teológico suscita una gran admiración, por su profundidad moral y su espiritualidad. Algunos exegetas defienden la idea de  que realmente no debería considerarse como una simple carta, porque su contenido y forma, la asemejan más a un género especial, que utiliza una técnica próxima a la oratoria pastoral empleada en la  Iglesia primitiva. El autor de este trabajo literario, probablemente fue el apóstol San Pablo, aunque ha habido algunas objeciones en este sentido, pero la Iglesia tradicionalmente, desde antiguo, consideró al apóstol de los gentiles como el autor de la misma.

Cuestión muy importante es el hecho de que el autor de esta obra, relata  la misión llevada a cabo por el Hijo del hombre, es decir por el Mesías, desde el punto de vista sacerdotal (Heb 5,1-5):

“Todo sumo sacerdote, es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de Dios a favor de los hombres, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados/ Es capaz de ser comprensivo con los ignorantes y los extraviados, ya que él también está lleno de flaquezas/ y a causa de ellas debe ofrecer sacrificios por los pecados propios a la vez que por los del pueblo/ Nadie puede arrogarse esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama, como ocurrió en el caso de Aarón/ Así también Cristo no se apropio de la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había dicho: <Tú eres mi Hijo yo te he engendrado hoy>/  O como dice también en otro lugar: <Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec>”

En efecto, en el <Salterio> o <Libro de Los Salmos> podemos leer la frase que aparece en la  Carta a los Hebreos, refiriéndose a Jesucristo sacerdote (Sal 110(109)):

“Palabra del Señor a mi Señor: <Siéntate a mi derecha, hasta que  haga de tus enemigos estrado de tus pies>/ El Señor extenderá desde Sión el poder de tu cetro: domina sobre tus enemigos/ Contigo el poderío el día de tu nacimiento; en las montañas santas, como el rocío te he engendrado  en el seno de la aurora/ El Señor lo ha jurado y no se vuelve atrás: <Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec>”



El Papa Benedicto XVI  durante la celebración de la misa en la solemnidad del Corpus Christi, el  3 junio de 2010, refiriéndose al sacerdocio de Cristo, manifestaba:

“Lo primero que conviene recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judía. Su familia no era sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá y, por tanto, legalmente el camino del sacerdocio le estaba vedado. La persona y actividad de Jesús de Nazaret no se sitúan en la línea de los antiguos sacerdotes, sino más bien en la de los profetas.

Y en esta línea Jesús se alejó de una concepción ritual de la religión, criticando el planteamiento que daba valor a los preceptos humanos vinculados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor a Dios y al prójimo, que, como dice el Señor, <vale más que todos los holocaustos y sacrificios> (Mc 12, 33)”

 


Por eso, como diría el Papa Pio XII en su Carta Encíclica <Mediator Dei> (Dada en Roma el 20 de noviembre del año 1947):

“A penas <el Verbo se hizo carne> se manifestó al mundo dotado de la dignidad sacerdotal, haciendo un acto de sumisión al Eterno Padre que había de durar todo el tiempo de su vida: <al entrar en el mundo, dice…Heme aquí que vengo…para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad>, acto que se llevará a efecto de modo admirable en el sacrificio cruento de la cruz: <Por esta voluntad, pues, somos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo hecha una vez sola>”

 
Cuando llego su hora, Jesucristo vivió el único evento que <permanece> a lo largo de la historia del hombre. En efecto, Jesús les advirtió a sus discípulos de las dificultades que tendrían que soportar por su causa, después de que ellos declararan convencidos: <Ahora estamos seguros que lo sabes todo y que no es necesario que nadie te pregunte; por eso creemos que has venido de Dios> (Jn 16, 30); y levantando los ojos al cielo exclamó: <Padre ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti> (Jn 17, 1).

Sí, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica a este respecto (nº 1085):

“Cuando llegó su hora, vivió, el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre <una vez por todas>. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado.

El misterio Pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que Cristo hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. Los acontecimientos de la Cruz y de la Resurrección permanecen y atraen, todo hacia la Vida”

Es por eso que la Iglesia fiel al mandato del Señor, continúa <su oficio sacerdotal, puesto que como podemos  también leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1087):

“Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los apóstoles, les confía su poder de santificación; se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta <sucesión apostólica> estructura toda la vida de la liturgia de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden”

 
 
 
Así pues, la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, continúa su oficio sacerdotal, especialmente a través de la <sagrada liturgia>. En primer lugar, en el Altar, donde tiene lugar perpetuamente el sacrificio de la Cruz y en segundo lugar, a través de los Sacramentos instituidos por Cristo, mediante los cuales los hombres pueden participar de la <vida sobrenatural>. Más aún, como enseñaba el Papa Pio XII a principios del pasado siglo:

“La Iglesia tiene de común con el Verbo encarnado el fin, la obligación y la función de enseñar a todos la verdad, regir y gobernar a los hombres, ofrecer a Dios el sacrificio aceptable y grato, y restablecer así entre el Criador y la criatura aquella unión y armonía que el Apóstol de las gentes indica claramente con estas palabras (Ef 2, 19-22):

<Así que ya no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y domésticos de Dios: pues estáis edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, y unidos a Jesucristo, el cual es la principal piedra angular de la nueva Jerusalén: sobre quien trabado todo el edificio, se alza para ser un templo santo del Señor: por él entráis también vosotros a ser parte de la estructura de este edificio, para llegar a ser morada de Dios, por medio del Espíritu Santo>

Por eso la sociedad fundada por el divino Redentor no tiene otro fin, ni con su doctrina y gobierno, ni con el sacrificio y los Sacramentos instituidos por Él, ni, finalmente, con el ministerio que le ha confiado, con sus oraciones y su sangre, sino crecer dilatarse cada vez más; y esto sucede cuando Cristo está edificado y dilatado en las almas de los mortales, y cuando, a su vez, las almas de los mortales están edificadas y dilatadas en Cristo; de manera que en este destierro terrenal se amplíe el templo donde la divina Majestad recibe el culto grato y legítimo.
 
 


Por tanto, en toda acción litúrgica, juntamente con la Iglesia, está presente su divino Fundador: Jesucristo está presente en el augusto sacrificio del altar, ya en la persona de su ministro, ya, principalmente, bajo las especies eucarísticas; está presente en los Sacramentos con la virtud que trasfunde en ellos, para que sean instrumentos eficaces de santidad; está presente, finalmente, en las alabanzas y en las súplicas dirigidas a Dios, como está escrito: <Donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, allí me hallo yo en medio de ellos> (Mt 18, 20)”  (Carta Encíclica Mediator Dei; Papa Pio XII, 1947).

Ésta última frase recordada por el Papa Pio XII fue pronunciada por Jesús, según el evangelista San Mateo, una vez terminado su Ministerio en Galilea y antes de iniciarlo en Jerusalén. Durante este periodo de tiempo tuvieron lugar eventos muy importantes de la vida del Señor, concretamente el milagro de la curación de la hija endemoniada, de una mujer cananea de gran fe, durante su estancia en las regiones de Tiro y Sidón; posteriormente al regresar al lago de Galilea se subió a una montaña y allí realizó muchos milagros entre personas invalidas (ciegos, cojos, sordos, mancos) y otros muchos enfermos…



Todavía, el Señor compadecido ante tanta multitud que le seguía y que no se habían aprovisionado de comida para tan largo periodo de tiempo, pues ya llevaban tres días escuchando sus palabras y contemplando sus prodigiosos milagros, les dio de comer, llevando a cabo otro gran milagro, pues a partir de siete panes y varios peces, se pudo alimentar a aquella gente y aún sobró siete espuertas que recogieron los apóstoles.

Sin embargo, el hombre demostró una vez más su testarudez, y falta de credulidad, ante tanto prodigio y sobre todo ante tanto amor derramado por Jesús, porque ¿ cómo es posible que en semejante situación, todavía, se le pudiera pedir una señal?…

Pero así fue, unos hombres descreídos, e incitados por el maligno, se acercaron al Señor para tentarlo y le pidieron una señal del cielo…Y el Señor les dio una gran lección al contestarles que solo se les daría la <señal de Jonás> (Jon 2, 1-11).

Sucedieron muchas más cosas, todas ellas relatadas maravillosamente por el evangelista San Mateo, uno de los Doce, y todas ellas demostraban el inmenso amor de Jesús por los hombres y que era el Mesías, el Hijo de Dios, pero ellos todavía dudaban…

 


Jesús quizás un poco cansado de tanta impiedad, descreimiento y negación, se decidió a hacer, una corrección fraternal, y a hablar de la potestad de la Iglesia en los términos siguientes (Mt 18, 15-18):

“Si tu hermano ha pecado contra ti, ve y repréndelo a sola; si te escucha habrás ganado a un hermano/ pero si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que toda causa sea decidida por la palabra de dos o tres testigos/ Si no quiere escucharles, dilo a la comunidad; y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano y publicano/ Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo/ Os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre la tierra, cualquier cosa que pidan les será concedida por el Padre celestial. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”

 


El Papa Pio XII, nos aclara en su Carta Encíclica <Mediator Dei>, a este respecto que (Ibib):

“La sagrada liturgia es el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador (Jesucristo) y, por medio de Él, al Eterno Padre: es, diciéndolo brevemente, el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros.

La acción litúrgica tiene principio con la misma fundación de la Iglesia. En efecto, los primeros cristianos <perseveraban todos en oír las instrucciones de los Apóstoles y en la comunión de la fracción del pan y en la oración. Dondequiera que los Pastores pueden reunir un núcleo de fieles, erigen un altar, sobre el que ofrecen el sacrificio; y entorno a él se disponen otros ritos acomodados a la santificación de los hombres y a la glorificación de Dios.

Entre estos ritos están, en primer lugar, los Sacramentos, o sea las siete principales fuentes de salvación; después, la celebración de las alabanzas divinas, con las que los fieles, reunidos, también obedecen a las exhortaciones del Apóstol:

<Con toda sabiduría enseñándoos y animándoos unos a otro con salmos, con himnos y canticos espirituales, cantando de corazón, con gracia o edificación, las alabanzas a Dios> (Col 3,16); después, la lectura de la ley, de los Profetas, del Evangelio y las Cartas apostólicas, y finalmente la homilía, con la cual el presidente de la asamblea recuerda y comenta útilmente los preceptos del divino Maestro, los acontecimientos principales de su vida, y amonesta a todos los presentes con oportunas exhortaciones y ejemplos.



El culto se organiza y se desarrolla según las circunstancias y necesidades de los fieles, se enriquece con nuevos ritos, ceremonias y formulas, siempre con la misma intención (San Agustín): <Para que por estos signos nos estimulemos y conozcamos el progreso por nosotros realizado y nos sintamos impulsados a aumentarlo con mayor vigor, ya que el efecto es más digno si es más ardiente el afecto que le precede>”

Ahora bien, la palabra liturgia en el Nuevo Testamento (Cf. C.I.C nº 1070) <es empleada para designar no solamente la celebración del culto divino, sino también  el anuncio del Evangelio y la caridad en acto>. Es por eso que la Iglesia actúa como servidora, a imagen de su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo, llegando a <participar en su sacerdocio> (Cf. C.I.C nº 1070):

“Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza, según modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público.

Por ello, toda la celebración litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (Sacrosanctum concilium; SC 7)”

Ciertamente la liturgia es fuente de <Vida>, tal como muy bien  queda especificado en el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C nº 1071 y nº 1072) y por otra parte, está íntimamente relacionada con el tiempo dedicado  por el creyente, en su búsqueda de la santidad, con la  práctica de la oración (C.I.C nº1073):

“La liturgia es participación en  la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es enraizado y fundado en el <gran amor con que el Padre nos amo> (Ef 2, 4) en su Hijo Amado. Es la misma <maravilla de Dios> que es vivida e interiorizada por toda oración, en todo tiempo, en el Espíritu”

Verdaderamente como enseñaba el Papa Pio XI en su Carta Encíclica <Caritate Christi Compulsi>, un 3 de mayo de 1932:




“¡Qué espectáculo más hermoso para el cielo y para  la tierra que la Iglesia en oración!...

Desde siglos, sin interrupción, desde una a otra medianoche, se viene repitiendo sobre la tierra la divina salmodia de los cantos inspirados; no hay horas del día que no estén santificadas por su liturgia especial; no hay un solo periodo, pequeño o grande de la vida, que no tenga lugar en el agradecimiento, en la alabanza, en la oración, en la reparación de la plegaria común del cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.

Así, la plegaria misma asegura la presencia de Dios entre los hombres, como lo prometió el Divino Redentor: <Donde dos o más personas se hallan congregadas en mi nombre, allí me hallo yo entre ellas>”

Por su parte, el Papa Pio XII en su Carta Encíclica  sobre la Sagrada Liturgia, <Mediator Dei>, recordaba la feliz frase de su antecesor  en la silla de Pedro, que nosotros hemos mencionado anteriormente: < ¡Que espectáculo más hermoso para el cielo y la tierra que la Iglesia en oración! Y es que la Iglesia fiel al mandato de su Fundador, nuestro Señor Jesucristo, como corroboraba este Pontífice en dicha Encíclica:




“Continua su oficio sacerdotal, sobre todo mediante la sagrada liturgia. Esto lo hace, en primer lugar, en el altar, donde se representa perpetuamente el sacrificio de la cruz y se renueva, con la sola diferencia del modo de ser ofrecido; en segundo lugar, mediante los Sacramentos, que son instrumentos peculiares, por medio de los cuales los hombres participan de la vida sobrenatural; y por último, con el cotidiano tributo de alabanza ofrecido a Dios Optimo Máximo”

Verdaderamente se puede decir que la liturgia ha progresado y se ha desarrollado a lo largo de los siglos, pero  teniendo en cuenta que en ella siempre estarán presentes elementos divinos y elementos humanos. Los primeros lógicamente nunca podrán ser alterados porque proceden directamente del mandato de Dios y el hombre incurriría en grave pecado si lo hiciera. Por el contrario aquellos elementos litúrgicos que son debidos a la acción del hombre, bajo la aprobación de la jerarquía eclesiástica, por supuesto asistida por el Espíritu Santo, pueden sufrir algunas modificaciones en función de las necesidades del momento histórico. Sin embargo, para evitar abusos  en los posibles cambios de los elementos humanos de la liturgia el Papa Pio XII aclaraba en su carta Encíclica <Mediator Dei>  que:



“El Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y establecer cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y aprobar nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados; los obispos, por su parte, tienen derecho y el deber de vigilar con diligencia, a fin de que las prescripciones de los sagrados cánones referentes al culto divino sean observados con exactitud. No es posible dejar al arbitrio de cada uno, aunque se trate de miembros del clero, las cosas santas y veneradas relacionadas con la vida religiosa de la comunidad cristiana, con el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo y el culto divino, con el honor debido a la Trinidad Santísima, al Verbo encarnado, a su augusta Madre y a los demás santos y con la salvación de los hombres; por la misma causa, a nadie se le permite regular en esta materia aquellas acciones externas, íntimamente ligadas con la disciplina eclesiástica, con el orden, la unidad y la concordia del Cuerpo místico, y no pocas veces con la integridad misma de la fe católica”

En este sentido es necesario sobre todo que exista <Unidad del Misterio>, aunque pueda existir cierta diversidad litúrgica. A este respecto recordemos que en el Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II podemos leer (nº 1201):

“Las diversas tradiciones litúrgicas nacieron por razón misma de la misión de la Iglesia. Las Iglesias de una misma área geográfica y cultural llegaron a celebrar el Misterio de Cristo a través de expresiones particulares, culturalmente tipificadas: en la tradición del <deposito de la fe> (2 Tm 1, 14), en el simbolismo litúrgico, en la organización de la comunión fraterna, en la inteligencia teológica de los misterios, y en tipos de santidad.

Así, Cristo, Luz y Salvación de todos los pueblos, mediante la vida litúrgica de una Iglesia, se manifiesta, al pueblo y a la cultura a los cuales es enviada y en los que se enraíza. La Iglesia es católica: puede integrar en su unidad, purificándolas, todas las verdaderas riquezas de las culturas”

 


En este sentido es interesante recordar ahora las palabras del Papa Benedicto XVI al referirse a <el valor de la cultura para la vida del hombre>:

“La relación entre  Palabra de Dios y cultura se ha expresado en obras de diversos ámbitos, en particular en el mundo del arte. Por eso, la gran tradición de Oriente y de Occidente ha apreciado siempre las manifestaciones artísticas inspiradas en la Sagrada Escritura…

Toda la Iglesia manifiesta su consideración, admiración y estima por los artistas que se han dejado inspirar por los textos sagrados; ellos han contribuido a la decoración, de nuestras iglesias, a la celebración de nuestra fe, al enriquecimiento de nuestra liturgia y, al mismo tiempo, muchos de ellos han ayudado a reflejar de modo perceptible en el tiempo y en el espacio las realidades invisibles y eternas"  (Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre; Papa Benedicto XVI. Editorial Chronica S.L. Enero de 2011)



 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

    

viernes, 26 de octubre de 2018

EL MISTERIO DE LA VISITACIÓN


 
 
 
 
 
 
Habiendo sabido la futura Madre de Dios por el ángel San Gabriel que su prima iba a ser madre, al igual que ella, corrió presurosa a felicitarla y a ayudarla en lo que hubiera menester, a pesar de la gran distancia que tenía que recorrer a través de zona montañosa. María saludó a Isabel, su prima, y ésta a su vez, que conocía por divina inspiración que María  llevaba ya en su vientre al Hijo de Dios hecho hombre, la felicitó, la ensalzó y la proclamó por la más feliz de las mujeres. La santísima Virgen entonces, inspirada por el Espíritu Santo prorrumpió en un canto de humildad y reconocimiento, <el Magnificat>.


El Papa San Juan Pablo II recordando el <Misterio de la Visitación> se expresaba en los términos siguientes (Audiencia General del miércoles 2 de octubre de 1996):

“En el relato de la visitación, san Lucas muestra como la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva la salvación y la alegría a casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo <anístemi>, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios para indicar la Resurrección de Jesús (cf. Mc 8,31; 9,9.31; Lc 24, 7.46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27-28; 15, 18.20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

 
 
 
El texto evangélico refiere, además, que María realiza el viaje <con prontitud> (Lc 1, 39). También la expresión <a la región montañosa> (Lc 1, 39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: < ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!> (Is 52, 7)”


Hermosa y certera interpretación del gran Pontífice san Juan Pablo II, sobre  los hechos  relatados por San Lucas en su Evangelio con gran suavidad y delicadeza pues no en balde ha merecido el titulo de <Scriba mansuetudinis  Christi>, tal como podemos comprobar en los versículos siguientes (Lc 1, 39-45):
"Por aquellos días, levantándose María, se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá / y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel / Y aconteció que, al oír Isabel la salutación de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, y fue llena Isabel del Espíritu Santo / y levantó la voz con gran clamor y dijo: <Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre / ¿Y de dónde a mí esto que venga la madre de mi Señor a mí? / Porque he aquí que, como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, dio saltos de alborozo el niño en mi seno / Y dichosa la que creyó y tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor

 
 
 
Y dijo María: "<Engrandece mi alma al Señor / y se regocijó mi espíritu en Dios, mi Salvador / porque puso sus ojos en la bajeza de su esclava / Pues he aquí que desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones / porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso y cuyo nombre es <Santo> / y su misericordia por generaciones y generaciones para aquellos que le temen>"

Y luego continuó diciendo: "<Hizo ostentación de poder con su brazo: Desbarato a los soberbios en los proyectos de su corazón / derrocó de su trono a los potentados y enalteció a los humildes / llenó de bienes a los hambrientos y despidió vacios a los ricos>"

 
 
 
Finalmente dijo la Virgen María: "<Tomó bajo su amparo a Israel, su siervo, para acordarse de la misericordia / como lo había anunciado a nuestros padres, a favor de Abrahán y su linaje para siempre>"

 
 
 
 
Como sigue diciendo el Papa san Juan Pablo II en su Audiencia General anteriormente mencionada si recapacitamos despacio sobre esta visita de María a su prima Isabel comprenderemos de inmediato que ésta es realmente el preludio de la misión de Jesús que se encontraba entonces ya en su seno; la Virgen se pone en camino con el Niño en su seno y con ello está llevando a cabo una colaboración con su Hijo en la obra Redentora de Éste, y por tanto la alegría de la salvación para el género humano:


“El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías (Lc 1, 18-21), María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: <Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel> (Lc 1, 40).

San Lucas refiere que <cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno> (Lc 1, 41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, trasmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

 
 
 
Ante el saludo de María también Isabel sintió la alegría mesiánica y <quedó llena del Espíritu Santo; y exclamó con gran voz, dijo: <Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno> (Lc 1, 41-42)…La exclamación de Isabel <con gran voz> manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cantico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.


Isabel, proclamándola <bendita entre las mujeres> indica la razón  de la bienaventuranza de María en su fe: ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!(Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree.

 
 
 
Podemos tratar de imaginarnos aquel momento sublime en él que la Madre de Dios se encuentra con su prima Isabel y ésta la bendice con una frase que parece la continuación de lo que ya ha escuchado antes de los labios del arcángel san Gabriel: <Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno…>.

Es un instante luminoso, es un instante de dicha tal  que hace brotar desde el interior de su alma un cantico maravilloso que expresa toda la verdad del gran Misterio. Es el cantico que anuncia a la humanidad la llegada del Salvador que Ella, lleva en su vientre, el <Magnificat>.

Para el Papa Benedicto XVI el <Magnificat>:

“Es un canto que revela con acierto la espiritualidad de los anawim bíblicos, es decir, de los fieles que se reconocían <pobres> no solo por su alejamiento de cualquier tipo de idolatría  de la riqueza y del poder, sino también por la profunda humildad de su corazón, rechazando la tentación del orgullo, abierto a la irrupción de la gracia divina salvadora.

En efecto, todo el <Magnificat>, está marcado por esta <humildad>, en griego <tapeinosis>, que indica una situación de humildad y pobreza concreta. (Audiencia General del 15 de febrero de 2006)”

Sí, la Virgen María inicia su canto con esta sencilla y fascinante frase (Lc 1, 46):

“Engrandece mi alma al Señor>

 
 
Y así quiso iniciar su Homilía el Papa san Juan Pablo II un domingo 15 de agosto de 1999 en Castelgandolfo, durante la solemnidad de la <Asunción de la Virgen>, para después continuar expresándose con estas sentidas palabras: “La Iglesia peregrina en la historia se une hoy al cantico de exultación de la bienaventurada Virgen María; expresa su alegría y alaba a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo.

En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció en Ain Karim, respondiendo al saludo de Isabel (Lc 1, 48-49): “Me llamarán dichosa todas las generaciones, porque hizo en mi  favor grandes cosas el Poderoso”

 
 
 
 
Gracias a la victoria pascual de Cristo sobre la muerte, la Virgen de Nazaret, unida profundamente al misterio del  Hijo de Dios, compartió de modo singular sus efectos salvíficos. Correspondiendo plenamente con su <sí> a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de Él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.


El <sí> de María es alegría para cuantos estaban  en las tinieblas y en la sombra de la muerte. En efecto, a través de ella vino al mundo el Señor de la vida.

Los creyentes exultan y la veneran como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Hoy, en particular, la contemplan como <signo de consuelo y de esperanza, para cada uno de los hombres y para todos los pueblos en camino hacia la patria eterna”

Para el Papa san Juan Pablo II el <Magníficat> pone al descubierto el corazón de la Madre de Jesús, de nuestra Madre la Virgen María, y por eso nos recuerda que:

“La comunidad eclesial renueva en la solemnidad de la <Asunción de María>, el cantico de acción de gracias de María: lo hace como pueblo de Dios, y pide que cada creyente se una al coro de alabanza al Señor.

Ya desde los primeros siglos, san Ambrosio exhortaba:  <Que en cada uno el alma de María glorifique al Señor, que en cada uno el espíritu de María exulte a Dios> (S.Ambrosio, Exp.Ev.Luc., II, 26).

 Las palabras del <Magníficat> son como el testamento espiritual de la Virgen Madre.

Por tanto, constituyen con razón la herencia de cuantos, reconociéndose como hijos suyos, deciden acogerla en su casa, como hizo el apóstol Juan, que la recibió como Madre directamente de Jesús, al pie de la Cruz (cf. 19,27)” (Homilía del 15 de agosto de 1999).