La <Carta a
los Hebreos> compara la esperanza con un ancla (He 6, 18-19) y a esta imagen
podemos añadir la de la vela. Si el ancla da a la barca seguridad y la tiene
<anclada> entre las olas del mar, la vela es, sin embargo, lo que la hace caminar y avanzar en las aguas. La esperanza es realmente como una
vela, recoge el viento del Espíritu Santo y lo transforma en una fuerza motriz
que empuja la barca, según los casos, al mar o la orilla”
Una reflexión
muy acertada y bella del Papa Francisco que visualiza como el don de la
esperanza se encuentra en total relación con el Espíritu Santo. En este sentido,
recordemos que, en su día, el apóstol san Pablo en la <Carta a los Romanos>,
pedía a aquella comunidad cristiana, que orara por él con esperanza, para que
la ayuda que llevaba a Jerusalén fuera bien recibida (Rom 15, 30-32): “Hermanos,
por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, os pido que
luchéis conmigo orando a Dios por mí / para que me vea libre de los incrédulos
que hay en Judea y para que la ayuda que llevo a Jerusalén sea bien recibida
por los hermanos / De esta manera, si Dios quiere, iré muy contento a veros y
descansaré algo con vosotros”
Anteriormente
san Pablo, que había escrito esta carta desde Corinto y veía en Roma el carácter
universal de la Iglesia, les hablaba en concreto de la salvación de los
hombres, pidiéndoles apoyo para los más débiles, en paz y concordia, siguiendo
el ejemplo de Cristo (Rom 15, 7-13): “Acogeos los unos a los otros, como Cristo
por su parte os acogió a vosotros para gloria de Dios / Digo, en efecto, que
Cristo ha sido hecho ministro de la circuncisión a favor de la veracidad de Dios, para hacer
firmes las promesas hechas a los Patriarcas / y que a su vez los gentiles
glorifiquen a Dios por razón de su misericordia, según que está escrito:
<Por eso te bendeciré entre los gentiles y cantaré tu nombre> (2 Sam 22,
50) /
Y otra vez
dice: <Regocijaos, naciones, juntamente con su pueblo> (Dt 32, 43) / y de
nuevo: <Alabad, naciones todas, al Señor, y ensálcenle todos los pueblos>
(Sal 116, 1) / y también dice Isaías (11, 1-2): <Brotará la raíz de Jesé ,
se levantará para regir las naciones, y
las naciones esperarán en él / Que el Dios de la esperanza llene de alegría y
paz vuestra fe, y que la fuerza del Espíritu Santo os colme de esperanza”
Recuerda la
<Carta a los Romanos>, de forma insistente, aquello que se cuenta en el
Antigua Testamento a cerca de Cristo, por boca de sus elegidos; en particular,
recuerda las palabras proféticas de Isaías.
El profeta
Isaías ejerció su labor divina en Jerusalén probablemente entre los años 740 y
687, tiempo en que finalizó el reinado de Ezequías, un monarca celoso de la
libertad de su nación y de la pureza de la religión y que por ello llenó el
corazón del profeta de justificada esperanza.
Este profeta,
considerado cristológico por los Padres de la Iglesia, ya que anunció la
llegada de Cristo y su mensaje de una forma perfecta, fue modelo del hombre
religioso de su época, y debería seguir siéndolo para los cristianos de hoy en día.

Con sus
palabras el profeta Isaías quería infundir esperanza en su pueblo, pero por
extensión consigue dar esperanza a todo el pueblo de Dios. La pregunta que
surge según el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi> entonces, es: ¿De qué genero ha de ser esta esperanza para poder justificar la
afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos
redimidos por ello? La respuesta del Pontífice a su propia pregunta nos lleva a
la certeza de que la fe es la esperanza deseada (Ibid): “La <esperanza>
es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos
pasajes de los textos sagrados, las palabras <fe> y <esperanza>
parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la
<plenitud de la fe> con la
<firme confesión de la esperanza> (Heb 10, 19-25)”
Por tanto, se
llega finalmente a la conclusión de que
todos los hombres debemos mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, en
definitiva, se nos exhorta a la perseverancia (Heb 10, 19-24): “Así pues,
hermanos, ya que tenemos libre entrada en el santuario gracias a la sangre de
Jesús / que ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del
velo de su carne / y ya que tenemos un gran sacerdote de la Casa de Dios / acerquémonos
con corazón sincero, con fe plena,
purificando el corazón de todo mal de que tuviéramos conciencia, y lavado el
cuerpo con agua pura / Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos,
pues quien nos ha hecho la promesa es digno de fe / Procuremos estimularnos
unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras”
Sí, como
aseguraba el Papa Benedicto XVI, en su día, la fe no es solamente un tender de
la persona hacia lo que puede venir, y que está todavía totalmente ausente, una
futura esperanza. La fe nos da antes algo más. Nos da ya, ahora, algo de la realidad de
la esperanza futura, y esta realidad presente, constituye para el hombre, una
prueba de la existencia real de lo que aún no se ve, porque no ha llegado...
En definitiva,
la fe que es esperanza, recoge el viento del Espíritu Santo y lo trasforma en
una fuerza motriz que empuja a los seres humanos hacia el sendero de la paz y
la concordia, y que en momentos como los presentes, pone en evidencia, más que
nunca, la acción del Espíritu de Dios, que actuando sobre los hombres,
provoca la caridad de estos hacia sus
hermanos, a pesar de las siempre presentes fuerzas del mal.
Sí porque, los
primeros cristianos, pertenecientes a la Iglesia primitiva, llenos de esta fe
que es esperanza, fueron mortalmente perseguidos y entre ellos había judíos pero
también gentiles que creyeron en el mensaje de Cristo, porque el don de la fe
es universal, en definitiva, no es sólo para unos pocos hombres, es para todos,
independientemente de su raza o creencia inicial.
Precisamente un
incidente narrado en el libro de los < Hechos de los apóstoles>, que
implicaba tanto a la cabeza de la Iglesia, San Pedro, como a un centurión
romano, llamado Cornelio, ha dejado este hecho bien establecido desde un principio (Hechos 11,
1-18): “Oyeron los Apóstoles y los judíos que estaban por la Judea que también
los gentiles habían recibido la palabra de Dios / Y cuando subió Pedro a
Jerusalén, discutían con él los de la circuncisión / diciendo que había entrado
en casa de hombres incircuncisos y comido con ellos/ Más Pedro comenzó a
exponer la cosa por su orden, diciendo /
<Yo estaba
en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión: que bajaba una especie
de recipiente, a manera de lienzo grande, que, cogido por los cuatro cabos, se
descolgaba desde el cielo, y llegó hasta mí / Fijos en él los ojos, estaba
observando, y vi los cuadrúpedos de la tierra, y las fieras, y los reptiles y
los volátiles del cielo / Y oí, además, una voz que me decía: Levántate, Pedro;
sacrifica y come / Y dije: De ninguna manera, Señor, porque cosa profana o
impura jamás entró en mi boca / Más respondió la voz por segunda vez desde el
cielo: Lo que Dios purificó, tú no lo hagas profano / Y esto se repitió por
tres veces. Y fue arrebatado, de nuevo todo hacia el cielo / Y he aquí en el
mismo instante tres hombres se presentaron en la casa que yo estaba, enviados a
mí desde Cesárea /
Y me dijo el
Espíritu que fuese con ellos, dejada toda vacilación. Vinieron también conmigo
estos seis hermanos, y entramos en la casa del hombre / Y nos refirió como
había visto en su casa al ángel, que, estando de pie, le decía: manda recado a
Jope y haz venir a Simón que se apellida Pedro /el cual te hablará palabras con
las cuales serás salvo tú y toda tu casa /
San Pedro lleno
de prudencia y sabiduría se enfrentó a aquellos hombres que criticaban su
aptitud frente a los gentiles, explicándoles con detenimiento, como hemos
recordado, el milagro que se había producido con la llegada del Espíritu Santo
sobre los mismos, y como él, había recordado las palabras del Señor. Esto fue
suficiente para que todos proclamaran llenos de asombro: ¡Con que también a los
gentiles otorgó Dios la penitencia para alcanzar la vida!
En este mismo
sentido, podemos leer en la Carta Encíclica del Papa San Juan Pablo II:
<Dominum et vivificantem>, dada en Roma en el año 1986: “La Iglesia
profesa su fe en el Espíritu Santo, que es <Señor y dador de vida>. Así
lo profesa el símbolo de la fe llamado <Niceno-Constantinopolitano> por
el nombre de dos Concilios: Nicea (a. 325) y Constantinopla (a. 381), en los
que fue formulado y promulgado...
En ellos se
añade también que el Espíritu Santo <hablo por los profetas>. Son
palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma de su fe, Jesucristo. Es muy
significativo, por otra parte, el hecho de que aquellos que en el Cenáculo
habían recibido el Espíritu Santo hablaran en lenguas extranjeras, de forma que
todos los que les oían entendían sus palabras, ello demuestra, que
la Iglesia desde su mismo nacimiento tenía el don de la universalidad, era
<católica>, porque el <Mensaje de Cristo> era esperanza para todos los hombres y el Señor encomendó
a sus discípulos la misión de darlo a conocer"
Así mismo, como
podemos leer en el Evangelio de san Mateo (Mt 28, 16-20): “Los once discípulos
se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado / Y en viéndole,
le adoraron: ellos que antes habían dudado / Y acercándose Jesús, les habló
diciendo: Me fue dada toda potestad en el cielo y sobre la tierra / Id, pues,
amaestrad a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo. Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el
final de la consumación de los siglos”
Así termina el
Evangelio de San Mateo, con estas palabras del Señor que constituyen a los
Apóstoles maestros, no sólo de la fe, sino también de la moral, asegurándoles además,
su presencia incesante en la Iglesia hasta la llegada de la parusía. En efecto, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“La Iglesia que
nace en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular –la Iglesia de
Jerusalén- sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los
pueblos. De ella nacerán luego otras comunidades en todas las partes del mundo.
Iglesias particulares que son todas, y siempre, actuaciones de una sola y única
Iglesia de Cristo. Por tanto la Iglesia católica no es una federación de
Iglesias, sino una única realidad: la prioridad ontológica corresponde a la <Iglesia
universal>. Una comunidad que no fuera católica en este sentido, ni siquiera
sería Iglesia…
A este
respecto, es preciso añadir la visión teológica de los Hechos de los Apóstoles,
sobre el camino de la Iglesia de Jerusalén a Roma. Entre los pueblos representados
en Jerusalén en el día de Pentecostés, San Lucas cita a los <forasteros de
Roma> (Hch 2, 10). En ese momento Roma era aún lejana, era <forastera>
para la Iglesia naciente: Era el símbolo del mundo pagano en general.
Pero la fuerza
del Espíritu Santo guiará los pasos de los testigos <hasta los confines de
la tierra>, hasta Roma. El libro de los Hechos de los Apóstoles termina
precisamente cuando San Pablo, por un designio providencial, llega a la capital
del Imperio y allí anuncia el Evangelio (Hch 28, 30-31). Así el camino
de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, llega a su meta, porque Roma
representa el mundo entero, y por eso encarna la idea de <catolicidad> de
San Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia católica, que es la
continuación del pueblo de la elección, y hace suya su historia y su misión”
Y esto ha sido
así y seguirá siendo así hasta el final de los tiempos, porque como asegura el
Papa Francisco: “El Espíritu Santo no nos hace solo capaces de esperar, sino
también de ser sembradores de esperanza,
de ser también nosotros –como Él gracias a Él - <paráclitos>, es decir
consoladores y defensores de los hermanos, sembradores de esperanza. Un hombre
puede sembrar amarguras, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano, y
quien hace esto no es un buen cristiano; siembra esperanza: siembra aceite de
esperanza, siembra perfume de esperanza y no vinagre de amargura y de desesperanza.
El beato
cardenal Newman, en un discurso suyo, decía a los fieles: <Instruidos por
nuestro mismo sufrimiento, nuestro mismo dolor, es más, por nuestros mismos
pecados, tendremos la mente y el corazón ejercitados para cualquier obra del
amor hacia aquellos que lo necesitan. Serenos, en la medida de la capacidad,
consoladores a imagen del Paráclito – es decir – del Espíritu Santo, y en todos
los sentidos que esta palabra conlleva:
abogados, asistentes, portadores de consuelo. Nuestras palabras y nuestros
consejos, nuestra forma de hacer,
nuestra voz, nuestra mirada serán gentiles y tranquilizadoras>.
Y son sobre
todo los pobres, los excluidos, y no amados, quienes necesitan a alguien, que
se haga para ellos <paráclito>, es decir, consolador y defensor, como el
Espíritu Santo hace con cada uno de nosotros…Nosotros tenemos que hacer lo
mismo con los más necesitados, con los más descartados, con los que más lo
necesitan, los que sufren más. Seamos ¡defensores y consoladores!”