Translate

Translate

jueves, 3 de marzo de 2016

JESÚS Y LA CONSTRUCCIÓN DEL EDIFICIO ESPIRITUAL DE LA IGLESIA


 
 
 
 




“La evangelización llevada a cabo por los Apóstoles, puso sin duda los fundamentos para la construcción del edificio espiritual de la Iglesia, convirtiéndose en el germen y el modelo valido para cualquier época”, según el Papa San Juan Pablo II  (Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Messori. Círculo de lectores por cortesía de Plaza & Janés Editores, S.A, 1994).

Jesucristo, es el fundador de la Iglesia para perpetuar hasta el fin del  mundo su obra de salvación mediante una Nueva Alianza con los hombres y después de su Resurrección, acabó de instaurarla, poniendo a la cabeza de la misma al Apóstol  San Pedro.

La promulgación de la Iglesia aconteció poco después, en la celebración de Pentecostés (hacia el año 30 d.C.), cuando el Espíritu Santo desciende en forma de lenguas de fuego, sobre los discípulos y la Virgen María, retirados en el Cenáculo de Jerusalén desde la Ascensión del Señor.

Los Apóstoles son los hombres elegidos por Jesucristo para realizar la evangelización y a los que en varias ocasiones les dijo: ¡No tengáis miedo!, y ellos no tuvieron miedo, desde la llegada del Espíritu Santo a sus vidas, de llevar las enseñanzas de su Maestro a todos los hombres que las quisieran  escuchar poniendo en ello todo su empeño y la propia existencia.

 
 



A estos primeros hombres les siguieron otros muchos a lo largo de la Historia de la humanidad y hasta nuestros días, donde como nos dijo el Papa San Juan Pablo II se da una clara necesidad misionera, ante la acción provocadora del enemigo mortal de la iglesia.

 Sí, porque:
“Nosotros los hombres de hoy en general y aún los que formamos iglesia, somos tentados de la misma manera. Las naciones, las regiones, los grupos políticos y religiosos, las generaciones de viejos y jóvenes tienden a cerrarse en sí mismos, acaso con una especie de instinto de conservación, que en su raíz será sano y legítimo, pero que insensiblemente degenera en amor propio y orgullo. Acaso por ese mecanismo natural de defensa, que a hombres y pueblos obliga a aislarse a sobrevivir, o que en el afán de liberarse  de injusticias y opresiones conducen a la rebeldía y a la evidencia, nos desconocemos mutuamente y nos aislamos unos de otros.” (Homilía de Monseñor Suquía. Obispo de Málaga 1970)

En este sentido, en los primeros tiempos del cristianismo, la conversión a la fe de Cristo suponía un cambio radical de vida, una conversión tan profunda que difícilmente era comprendida por gentes no creyentes y de ahí surge la pregunta ¿Qué podría mover a tantos hombres a convertirse a esta doctrina tan exigente?

A tal pregunta hay que responder de forma clara que sin duda la principal causa para que así ocurriera fue la intervención de la gracia divina, tan activa, por otra parte, en estos momentos de la historia como en aquellos, y por otra parte, el descubrimiento del amor divino, personalizado en la figura de Jesucristo y en la acción del Espíritu Santo desde su actuación en Pentecostés.

La religión cristiana representaba por otra parte la liberación del pecado a través del seguimiento del mensaje evangélico, cosa que cualquier otra religión no era capaz de ofrecer al ser humano ni entonces, ni en cualquier otro momento de la historia. Es evidente que el núcleo sobre el que debe desarrollarse la tarea misionera de los hombres y de las sociedades en general  es la figura de Cristo, el Salvador, pues con su amor nos libera realmente del pecado y de todos los males derivados del mismo.




Son muchos los testimonios escritos que nos hablan hoy en día del camino recorrido por los evangelizadores en los primeros siglos, empezando por los propios Apóstoles y sus discípulos y siguiendo por los Padres Apostólicos y todos los santos y mártires que la Iglesia de Cristo dio a la humanidad como ejemplo inequívoco de que era poseedora de la única verdad.

No faltaron, sin embargo, herejías nacidas en el propio seno de la Iglesia porque la acción del maligno nunca ha parado desde el comienzo de los siglos y el hombre por desgracia es muy susceptible a sus halagos. Por otra parte, el seguimiento de la doctrina de Cristo es radical e implica grandes sacrificios, muchas veces difíciles de aceptar  si no se produce un cambio total de mentalidad y un deseo profundo de seguir la Cruz del Salvador.

Es interesante, a este respecto, reflexionar sobre las circunstancias históricas que han llevado a los mismos Pontífices, cabezas de la Iglesia de Cristo, a considerar la necesidad de proseguir siempre la labor misionera de la iglesia. Precisamente el Papa San Juan Pablo II, al comenzar el tercer milenio nos llamó a remar mar adentro y a comprometernos en la tarea antigua y siempre nueva de la evangelización. Nueva  en su ardor, en sus métodos y en su expresión, pero siempre basada en el mensaje de Cristo. Tal como dijo el Papa se debe evangelizar a las personas y también a los pueblos caracterizados por sus distintas culturas.

Por otra parte, el Papa Beato Pablo VI en su exhortación “Evangelii Nuntiandi”, nos definió de forma clara en qué consiste la labor evangelizadora de la iglesia:

“Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad, y con su influjo transformar desde dentro a la misma humanidad… La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior, y si hubiera que resumirlo en pocas palabras, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en que ellos están comprometidos, su vida y ambientes concretos”.

 




Según esta definición cabe preguntarse: ¿Sí la Iglesia ha tenido tan claras las ideas sobre el tema de la evangelización, por qué en estos momentos se da la clara necesidad de una Nueva Evangelización, tal como nos advertía el Papa San Juan Pablo II?.  Sin duda la respuesta tiene que ver con los numerosos peligros que la Iglesia desde el mismo momento de su creación ha soportado. Ahora bien, hay que admitir también que nunca como en el momento actual la acción del enemigo común parece tener tanto  empeño en hacerla desaparecer.
Las causas pueden ser varias: de naturaleza científica, política, económica,….etc.; las cuales han dado lugar a teorías tan dañinas como el racionalismo, el laicismo absoluto, el relativismo y sobre todo el materialismo que impregna por desgracia las sociedades del los últimos siglos.


 




Ya a finales del siglo XIX el Papa León XIII se expresaba con esta dureza al analizar la situación por la que pasaba la humanidad en aquellos tiempos (Carta Encíclica <Humanum Genus>. Promulgada el veinte de abril de 1884):

“El humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo, para su mayor desgracia, separado de Dios, creador y orador de los bienes celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: Uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad.
El uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera iglesia de Jesucristo, a la cual quién quisiere estar adherido de corazón y según conviene para la salvación, necesita servir a Dios y a su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad; el otro es el reino de Satanás, bajo cuyo imperio y potestad se encuentran todos los que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, rehúsan obedecer la ley divina y eterna, y obran sin cesar o como si Dios no existiera o positivamente contra Dios. Agudamente conoció y describió San Agustín estos dos reinos a modo de dos ciudades contrarias en sus leyes y deseos, compendiando con sutil brevedad la causa eficiente de una y otra en éstas palabras: Dos amores edificaron dos ciudades, el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial (D civ. Dei. 14,17)"


En efecto, el materialismo enseña que no existe más que una única realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas: la planta, el animal y el hombre son el resultado de su evolución.
Así hablaba el Papa Pio XI en su carta Encíclica <Divini Redemptoris> (1937) refiriéndose al materialismo de la época :
“En semejante doctrina es evidente que no queda lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida”


Más adelante en esta misma Encíclica, Pio XI se pregunta lo siguiente ¿Qué sería, pues, la sociedad humana basada sobre tales fundamentos materialistas?
Después de tantos años trascurridos desde esta pregunta acuciante del Papa estamos conociendo la respuesta, que por otra parte el mismo Pontífice había previsto, una sociedad donde se pisotea de forma impune incluso la ley natural  y al autor de ella...

Todos los Papas y Padres de la Iglesia  han luchado contra el avance de todas estas teorías y así, por ejemplo, Benedicto XVI durante una conferencia, en el Congreso de Catequistas y Profesores de religión celebrado en Roma en el año 2000, sobre el tema de la “Nueva evangelización”, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, ante las preguntas que todo ser humano realiza sobre su proyecto de vida: ¿Cómo llevarlo a cabo? ¿Cómo aprender a vivirlo? ¿Cuál es el camino real de la felicidad?, aseguraba que:
"Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir…
Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte ya no es objeto de la ciencia; solo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona”.


 
 



Y en otro momento de esta interesante conferencia, que todo católico debería leer si quisiera conocer en profundidad la estructura y método de la “Nueva evangelización”, así como los contenidos esenciales de la misma, dijo lo siguiente:
“Vivimos según el cliché: No hay Dios y si lo hay, no interesa. Por este motivo, la evangelización, antes que nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios: el Creador, el Santificador, el Juez, tal como lo define el Catecismo de la Iglesia católica. Anunciar a Dios es introducirse en la relación con Dios, enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de la existencia…

Solo en Cristo y a través de Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios con nosotros, la concretización del “Yo soy”, la respuesta al Deísmo…
Actualmente es grande la tentación de reducir a Jesucristo, al Hijo de Dios, a una figura histórica, a un hombre puro. No se niega necesariamente la divinidad de Jesús, sino con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Pero este <Jesús histórico > no  es sino un artefacto, la imagen de sus autores y no la imagen de Dios viviente…
El último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna…
El anuncio del Reino de Dios, es anuncio de Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha, del  Dios que entra en la historia para hacer justicia. Esta predicación es, por lo tanto, anuncio de juicio, anuncio de nuestra responsabilidad…
El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. El será juzgado. El debe dar cuenta de sus actos: Esta certeza tiene valor para los potentes así como para los simples…
Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad”

 


A pesar de todas estas verdades inequívocas de las que nos hablaba Benedicto XVI cuando todavía no había sido nombrado Papa y a pesar de las enseñanzas constantes de la Iglesia Católica para hacer comprender a los hombres la necesidad de volver a creer en Dios, todavía en su ignorancia e ignominia algunos se siguen preguntando muchas veces: ¿Cómo Dios ha permitido y aun permite tantas guerras?, ¿Cómo ha podido permitir y aun permite tantas desgracias sobre el ser humano?.., ¿Cómo seguir confiando en un Dios Padre misericordioso?





Las respuestas a todas estas preguntas y otras muchas que los hombres se hacen todavía las dio de forma categórica el Papa San Juan Pablo II  (Ibid):

“Stat crux dum volvitur orbis” (la cruz permanecerá mientras el mundo gire)…
Dios ha creado al hombre racional y libre y, así mismo, se ha sometido a su juicio. La historia de la salvación es también la historia del juicio constante del hombre sobre Dios…”

 
Según el Papa San Juan Pablo II el escándalo de la Cruz sigue siendo la clave para interpretar el misterio del sufrimiento humano y en esta idea coinciden incluso los críticos contemporáneos del cristianismo que también opinan que Cristo crucificado es una prueba de la solidaridad de Dios con la humanidad sufriente.




Para entender mejor esta idea recordaremos ahora,  siguiendo al santo Padre, la carta que San Pablo envió a las gentes de Filipos, ciudad situada al norte de Grecia, a las que había evangelizado en uno de sus viajes hacia el año 49 d.C. (Filipenses 2,5-11):

- Tened, pues, los sentimientos  que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús.

- El cual siendo de naturaleza divina, no codició como presa codiciable el ser igual a Dios.

- Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a           los hombres.

- Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte en Cruz.

- Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre,

- para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra  y en los abismos,

- y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre.

 
 




Y para completar su respuesta a tantas preguntas que  los seres humanos nos hacemos sigue el Papa San Juan Pablo II razonando de esta manera (Ibid):

“Ante la pregunta ¿No estamos ante una especie de impotencia divina, al consentir tanto dolor y mal en el mundo?...
Sí, en cierto sentido se puede decir que frente a la libertad humana Dios ha querido hacerse impotente. Y puede decirse así mismo que Dios está pagando por este gran don que ha concedido a un ser creado por Él, a su imagen y semejanza.

El permanece coherente ante un don semejante, y por eso se presenta ante el juicio del hombre, ante un tribunal usurpador que le hace preguntas provocativas…
Pero Dios está siempre de parte de los que sufren…"


 



¡Sí!, Dios es Amor y precisamente por eso entregó a Su Hijo, para darlo a conocer hasta el fin como amor, Cristo es el que  amó hasta el fin, tal como demostró Jesús en < el lavatorio de los pies de sus apóstoles>.  Cuando acabó de lavarle los pies les preguntó ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?, ellos no lo entendieron, por eso como narra San Juan en su evangelio Jesús dijo (Jn 13, 13-20):
-Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor y decís bien, porque lo soy.

-Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros:
-Os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

-En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo

envía. Puesto que sabéis esto, dichoso vosotros si lo ponéis en práctica.


Por otra parte, aunque todavía no se ha predicado la “palabra de Cristo” en todo el orbe ya queda menos... La prueba de ello se encuentra en la intensa labor evangelizadora que en este momento desarrollan tantos misioneros y misioneras en  lugares tan diversos como India, África, Australia, América, China..., eso sí, con alto riesgo, la mayor de las veces, para sus propias vidas.

El Papa Pio XI se interesó también especialmente por esta labor de la Iglesia y en su Carta Encíclica,  “Rerum Ecclesiae” sobre la acción misionera y por tanto evangelizadora de todos los miembros de la Iglesia de Cristo nos dijo lo siguiente:
“El deber de nuestro amor exige, sin duda, no sólo que procuremos aumentar cuanto podamos el numero de aquellos que le conocen y adoran ya (en espíritu y en verdad) (Jn 4,24), sino también que sometamos al imperio de nuestro amantísimo Redentor cuanto más y más podamos, para que se obtenga cada vez mejor(el fruto de su sangre) (Sal 29,10), y nos hagamos así más agradables a Él, ya que nada le agrada tanto como que los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad(I Tim 2,49 )…

Y si Cristo puso como nota característica de sus discípulos el amarse mutuamente (Jn 13,35; 15,12), ¿Qué mayor ni más perfecta caridad podremos mostrar a nuestros hermanos que el procurar sacarlos de las tinieblas de la superstición e iluminarlos con la verdadera fe de Jesucristo?”.

 
Sí, los deseos justos de los hombres deben ser encauzados por el camino de la propia evangelización y el deseo de la colaboración en el apostolado dirigido hacia sus semejantes, siempre bajo la tutela de los Vicarios de Cristo. La autoridad moral de los sucesores de Pedro ha crecido a lo largo de todos estos siglos a pesar de todas las dificultades que el maligno ha ido engendrando en el seno de la Iglesia.
Sin embargo en el mundo de hoy siguen existiendo graves peligros para todos los hombres que sienten en su interior la acuciante necesidad de ese “algo” que no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, porque todo ser humano tiene una necesidad grande de superación de forma que para muchos filósofos el hombre solo consigue ser plenamente hombre superándose así mismo.


 
 


Se puede decir que el primer “hombre” que conoció en plenitud esta necesidad y la superó, fue Jesús, el Hijo de Dios, el cual fue capaz de sufrir su Pasión y Muerte para redimir al género humano.

Por ello cuando Pilatos señalando al Nazareno coronado con espinas después de la flagelación gritó ¡He aquí al hombre!, según el Papa Juan San Pablo II, no se daba cuenta de que estaba proclamando una “verdad esencial”, y en definitiva dando la clave de lo que significa el Evangelio y el reto de la evangelización.

 


Por otra parte, la Iglesia de Cristo, enviada a evangelizar al mundo, tiene a su favor armas muy  poderosas, como son, la colaboración de la Madre de Dios, la Virgen María, de los Espíritus puros, los Ángeles del cielo y de todos los Santos y esto supone una ayuda inestimable y un consuelo salvador.





Finalmente recordaremos al Papa Pio XI cuando dijo:
“¡María Santísima, Reina de los Apóstoles, se digne mirar con complacencia nuestros esfuerzos! Ella, habiendo recibido en el Calvario a todos los hombres  por hijos suyos, intercede no menos por los que aún ignoran haber sido redimidos por Cristo Jesús que por los que gozan ya felizmente del beneficio de la Redención" (Carta Encíclica, Rerum Ecclesiae)
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de marzo de 2016

JESÚS DIJO (XVIII) :TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 



* Jesús es la verdadera, la gran esperanza del hombre (21/12/15)

 
*La ascensión de Jesús: Jesús fue elevado (01/01/16)

 

*Marcos: Discípulo de San Pedro y amigo de San Pablo (02/01/16)

 

*Jesús y el miedo de los hombres (II) (19/01/16)

 

*Jesús: Único mediador entre Dios y los hombres (20/01/16)

 

 

 
La Santa Biblia. Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección de Dr. Evaristo Martin Nieto. Editorial San Pablo (1988)

 

 

PROPAGACIÓN DEL EVANGELIO FUERA DE JERUSALÉN

 

CONVERSIÓN DE SAULO (9 1,-19):

 

“Saulo, por su parte, respirando aun amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote / y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de que si encontraba alguno que siguieran este camino, hombres o mujeres, pudiera llevarlos presos a Jerusalén / En el camino, cerca ya de Damasco, de repente le envolvió un resplandor del cielo; / cayó a tierra y oyó una voz que le decía: <Yo soy Jesús, a quien tú persigues / Levántate y entra en la ciudad; allí te dirán lo que tienes que hacer> / Los que lo acompañaban se quedaron atónitos, oyendo la voz peri sin ver a nadie / Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada; lo llevaron de la mano a Damasco / donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber. /

Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Seño llamó en una visión: <¡Ananías!> y el respondió: <aquí estoy, Señor> / El Señor le dijo: <vete rápidamente a la casa de Judas, en la calle Recta, y pregunta por un tal Saulo de Tarso, que está allí en oración / y ha tenido una visión: un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista> / Ananías respondió: <Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y decir todo el mal que ha hecho a tus fieles en Jerusalén / Y está aquí con plenos poderes de los Sumos Sacerdotes para prender a todos los que te invocan> / El Señor le dijo: <anda, que éste es un instrumento que he elegido yo para llevar mi nombre a los paganos, a los reyes y a los israelitas / Yo le mostraré cuánto debe padecer por mí> / Ananías partió inmediatamente y entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: <Saulo, hermano mío, vengo de parte de Jesús, el Señor, el que se te apareció en el camino por el que venías, para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo> / En el acto se le cayeron de los ojos como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado / Comió y recobró fuerzas. Y quedó unos días con los discípulos que había en Damasco”

 

Saulo predica en Damasco y es perseguido (9, 20-25)

“Y enseguida se puso a predicar en las sinagogas proclamando que Jesús es el Hijo de Dios / Todos los que lo escuchaban se quedaban estupefactos y decían: <¿No es éste el que perseguían en Jerusalén a los que invocan ese nombre, y no ha venido aquí para llevarlos encadenados a los Sumos Sacerdotes?> / Saulo cobraba cada vez más ánimo y tenía confundidos a los judíos de Damasco, demostrando que Jesús es el Mesías / Cuando pasaron bastantes días, los judíos acordaron en consejo matarlo; / pero Saulo se enteró de este complot. Custodiaban las puertas de la ciudad día y noche con intención de asesinarlo / pero los discípulos lo descolgaron de noche por la muralla en un cesto”

 

 

SAULO EN JERUSALÉN Y TARSO (9, 26-30)

“Cuando llegó a Jerusalén, trató de unirse a los demás discípulos; pero todos lo temían, no creyendo que fuera de verdad discípulo / Entonces Bernabé lo tomó consigo, lo presentó a los apóstoles y les refirió como en el camino Saulo había visto al Señor, que le había hablado, y como en Damasco había predicado públicamente en nombre de Jesús / Desde entonces se movía libremente en Jerusalén, hablando con libertad en el nombre del Señor / Hablaba y discutía con los Helenistas, los cuales intentaron matarle / Los hermanos, al enterarse, lo llevaron escoltado a Cesarea y le hicieron partir para Tarso”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 19 de febrero de 2016

LA IGLESIA DEBE SEGUIR HABLANDO SOBRE EL ESPÍRITU SANTO


 
 
 
 



En un mundo en el que el concepto de <unión de los pueblos>, prácticamente ha dejado de tener sentido para los hombres, la Iglesia debe seguir hablando del Espíritu Santo y de su llegada sobre los reunidos en el Cenáculo durante la celebración de la fiesta judía de Pentecostés y sobre todo de lo que esto significó para la humanidad. El Papa Benedicto XVI nos recuerda a este respecto el pensamiento de San Agustín sobre un tema tan esencial para los seres humanos de todos los tiempos (La unidad de las naciones. Papa Benedicto XVI. Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid 2011):

“Con expresiones brillantes e incisivas contrapone el prodigio de la lenguas de Pentecostés con la confusión de las lenguas en Babilonia…Mientras que para Orígenes, el prodigio de Pentecostés era un signo escatológico único e irrepetible, Agustín ve en él una representación de lo que sucede en la Iglesia desde entonces: la única Iglesia abarca todos los países y las lenguas: la comunión del amor del Señor reúne a los que están separados por las lenguas: en el Cuerpo de Cristo, el milagro de Pentecostés es presencia permanente; habla todas las lenguas: << ¿Por qué no quieres hablar las lenguas de todos? Allí resonaron todas las lenguas ¿Por qué ahora no pueden hablar todas las lenguas aquellos que han recibido el Espíritu Santo?>>”

 
 
 


En efecto, como sigue diciendo el Papa en su libro <el signo de la donación del Espíritu Santo a los hombres provocó el hecho de que los estos hablaran las lenguas de todos, por eso para San Agustín, como para todo buen cristiano, esto debe significar esencialmente que se ha pasado de la diáspora a la unidad <de la torre de Babel a la estancia de Pentecostés, de los muchos pueblos de la humanidad al único pueblo nuevo>…

En tiempos terribles como los que ahora vive la humanidad, donde los enfrentamientos constantes entre los pueblos es el pan nuestro de cada día, la Iglesia debe recordar lo que significó el milagro de Pentecostés; hay que seguir hablando del Espíritu Santo, no solo a los que nunca oyeron hablar de él, sino también y sobre todo, a los que lo recibieron  mediante los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación… En la antigüedad y desde el inicio de la Iglesia de Cristo así lo hicieron los Apóstoles y los Santos Padres de la Iglesia, conscientes de la importancia del tema…

Del Obispo y doctor de la Iglesia, San Cirilo de Jerusalén (315-386), se conocen pocos datos de su vida, si acaso, se dispone de alguna información, fruto fundamentalmente de las aportaciones realizadas por San Epifanio de Salamina (310 ó 315-403) y San Jerónimo (342-420) natural de Estridón (Dalmacia).

Entre los trabajos que han llegado hasta nuestros días, de este santo varón, podemos citar: El Sermón de Bethesta, una carta al Emperador Constantino y afortunadamente sus <Lecturas Catequéticas>, las cuales, se encuentran entre los escritos más interesantes de la primitiva Iglesia Católica.

 

 
El objetivo principal de San Cirilo, al escribir estas <Lecturas>, era la instrucción de sus catecúmenos, los cuales estaban preparándose para tomar los Sacramentos del Bautismo y la Confirmación y posteriormente, dedicarse a la labor evangelizadora bajo el signo y acción del Espíritu Santo. En concreto, las catequesis XVI y XVII están dedicadas a la <Tercera Persona> de la <Santísima Trinidad>, es decir, el Espíritu Santo y precisamente en la catequesis XVI de San Cirilo, podemos leer, como preámbulo a la misma que:

“Verdaderamente, necesitamos de la gracia espiritual para hablar del Espíritu Santo, aunque nunca estaremos a la altura de la cuestión, pues es imposible. Intentaremos, sin embargo, exponer con naturalidad lo que sacamos de ello en la Sagrada Escritura. En los Evangelios, se habla de un gran temor cuando Cristo dice abiertamente: <Al que diga una palabra contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro> (Mt 12,32). Hay que temer seriamente que alguien, al hablar por ignorancia o por una mala entendida piedad se gane la condenación. Cristo, juez de vivos y de muertos, anunció que un hombre tal no obtendrá el perdón. Y si alguien le ofende, ¿Qué esperanza le queda?”

Hace referencia San Cirilo en el preámbulo de su catequesis, a las palabras pronunciadas por  Jesús durante su Ministerio en Galilea, concretamente durante la controversia producida sobre su persona, por parte de los fariseos (rechazaban al Espíritu Santo), a consecuencia de un milagro de sanación llevado a cabo  por el Señor sobre un endemoniado ciego y mudo, de modo que  aquella persona quedó limpia y hablaba y veía, por lo que la multitud se asombraba diciendo: ¿No será éste el Hijo de David? (Mt 12, 23).
Los fariseos envidiosos y temerosos de lo ocurrido dijeron: <Éste no expulsa los demonios, sino por Belcebú, el príncipe de los demonios> (Mt 12, 24).



Pero ¡Cuidado! Porque Jesús conocía el pensamiento maligno de aquellos fariseos, por eso les replicó con verdad y justicia (Mt 12, 25-32):

“Todo reino dividido acaba en la ruina; ninguna ciudad o familia dividida puede subsistir / Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo. ¿Cómo pues, subsistirá su reino? / Y si yo expulso los demonios con el poder de Belcebú, vuestros hijos, ¿Con qué poder los expulsan? Por eso ellos serán vuestros jueces / Pero si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu Santo, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios…/ El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama / Por eso os digo que se perdonará a los hombre todo pecado y toda blasfemia; pero la blasfemia contra el Espíritu no se les perdonará / Al que diga algo contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que lo diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro”.

 



La blasfemia contra el Espíritu Santo se denomina también <pecado eterno> porque como dice el Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II (nº 1864):

“<El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno> (Mc 3, 29). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna”  
 


Por otra parte, como aseguraba San Cirilo de Jerusalén en su catequesis:

“Es necesario el don de la gracia de Jesucristo, tanto para que hablemos adecuadamente, como para que oigamos con inteligencia. Pues la inteligencia penetrante no es necesaria sólo para los que hablan, sino también para los que oyen, de modo que no suceda que éstos oigan una cosa y torcidamente entienda otra. Hablaremos, pues, nosotros del Espíritu Santo sólo lo que está escrito y, si algo no está escrito, que la curiosidad no nos ponga nerviosos. Es el mismo Espíritu Santo el que habló por las Escrituras: Él dijo de sí mismo, lo que quiso o lo que pudiéramos nosotros entender. Así pues, digamos las cosas que fueron dichas por Él, pues con lo que Él no dijo, no nos atreveremos”

Muchas fueron las herejías a lo largo de los siglos, que los hombres propugnaron contra el Espíritu Santo, incluso ya desde los inicios, como demuestran las enseñanzas realizados por San Cirilo de Jerusalén en su primera catequesis sobre la Tercera Persona del Dios Trinitario. Así, por ejemplo, contra los marcionistas y los gnósticos, se expresaba en los siguientes términos:

“Ódiese a los marcionistas, que separaron del Nuevo Testamento las palabras del Antiguo. El primero de ellos fue Marción, hombre alejadísimo de Dios, que afirmó la existencia de tres dioses. Al ver insertados en el Nuevo Testamento los testimonios de los Profetas acerca de Cristo, los suprimió para privar al Rey de éstos testimonios. Ódiese a los gnósticos, como a ellos les gusta llamarse, pero que están llenos de ignorancia. Hicieron sobre el Espíritu Santo afirmaciones que yo no tendría ahora el atrevimiento de recordar”

Por otra parte, contra la herejía de los montanistas aseguraba (Ibid):

“Ódiese a los de la Frigia inferior y a Montano y sus profetisas, Maximilla y Priscilla. Pues Montano, fuera de sí y delirante – no hubiera dicho lo que dijo si no hubiese estado loco -, se atrevió a proclamarse a sí mismo como el Espíritu Santo. Hombre muy abyecto, baste decir, por respeto a las mujeres que aquí están, que estaba cubierto de toda impureza y lascivia. Habiendo ocupado Pepusa, un lugar muy pequeño de Frigia, al que dio el falso nombre de Jerusalén, degollaba a los hijos pequeños de algunas mujeres, despedazándolos en banquetes criminales. Por este motivo, hasta tiempos recientes, en que la persecución se ha ido calmando, estábamos nosotros bajo sospecha de estos crímenes. La razón es que los montanistas, aunque falsamente, eran llamados con nuestro mismo nombre de cristianos. Como digo, se atrevió a llamarse a sí mismo Espíritu Santo, a pesar de rebosar impiedad y crueldad y estar sujeto a una imperdonable condena”

Así mismo, contra los maniqueos, una falsa doctrina propagada por Manes (215-276) hombre de origen Persa, que creía ser el último de los profetas enviado por Dios a la humanidad, San Cirilo de Jerusalén hace una crítica, incluso  más fuerte aún, que contra las anteriores herejías, ya que el responsable de la misma, pretendía hacer creer a sus seguidores que sus ideas eran definitivas e invalidaban todas las demás (Ibid):

“A las herejías anteriores hay que añadir, las del muy impío Manes, el cual acumuló los vicios de lo dicho en todas ellas... Siendo él mismo el más profundo abismo de perdición y reuniendo en sí los delirios de todos los herejes juntos, elaboró y propagó, el más reciente de los errores. Se atrevió a decir también que él era el Paráclito, que Cristo había prometido que enviaría. Y puesto que el Salvador, prometiéndolo, decía a los apóstoles: <Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto> (Lc 24, 49)… ¿Acaso cuando ya habían muerto hacía doscientos años, estaban esperando a Manes los apóstoles para ser revestido de poder? ¿Quién tendrá la osadía de decir que no se llenaron ya del Espíritu Santo? Pues está escrito: < ¿Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo?> (Hch 8,17). ¿Es que no sucedió esto antes de Manes, y muchos años antes que él, cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés?”

 
 



La Iglesia siempre ha hablado a través de sus Pontífices y de los Padres de la Iglesia, del Espíritu Santo, pero sin embargo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, ha quedado muchas veces, entre el mismo pueblo de Dios, como algo brumoso, siendo así, que el mismo Jesucristo advirtió de la importancia que tenía la blasfemia contra el Espíritu Santo, pecado que Él calificó de eterno e imperdonable, como hemos recordado anteriormente. El Credo del pueblo de Dios o Profesión de fe, nos habla de las Tres Personas del Dios Trinitario, y así por ejemplo, el Papa Pablo VI en el siglo XX, manifestaba en la primera parte de su Credo que (Credo del pueblo de Dios. Pablo VI 30 de junio de 1968):

“Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y da vida, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. Él nos ha hablado por los Profetas, y  ha sido enviado a nosotros por Cristo después de su Resurrección y su Ascensión al Padre; Él ilumina, vivifica, protege y guía la Iglesia, purificando sus miembros si éstos no se substraen a la gracia. Su acción, que penetra hasta lo más íntimo del alma, tiene el poder de hacer al hombre capaz de corresponder a la llamada de Jesús: <Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto>…

Creemos en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra que es Pedro. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo, al mismo tiempo sociedad visible, instituida con organismos jerárquicos y comunidad espiritual…

En el correr de los siglos, Jesús, el Señor, va formando su Iglesia por los Sacramentos, que emanan de su plenitud. Por ellos hace participar a sus miembros en los misterios de la Muerte y de la Resurrección de Cristo, en la gracia del Espíritu Santo, fuente de vida y de actividad…”

 
 



Ciertamente, el Espíritu Santo es fuente de vida y de actividad, para su Iglesia, tal como podemos deducir también, de las enseñanzas del Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Dominum et Vivificantem>, dada en Roma, el 18 de mayo del año 1986:

“Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar este mundo, anunció a los apóstoles <otro Paráclito>…El evangelista Juan, que estaba presente, escribe que Jesús, durante la Cena Pascual, se dirigió a ellos con estas palabras:

<Todo lo que pidáis  en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo…y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre> (Jn 14, 13.16 s.)…

Poco después del citado anuncio, añade Jesús:

<El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre mandará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho>…

El Espíritu Santo, pues, hará que en su Iglesia perdure siempre, la misma verdad que los apóstoles oyeron de su Maestro…”


 



Por otra parte, se refiere también el Papa Pablo VI en su Credo, a una de las frases del Señor  más bellas  del Nuevo Testamento:

“Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”

Esta frase la pronunció Jesús durante su Sermón de la Montaña, concretamente cuando nos habló del <amor a los enemigos> (Mt 5, 43-48):

-Oísteis que se dijo (Lev. 19,18): <Amarás a tu prójimo> y aborrecerás a tu enemigo.

-Más Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen;

-para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos; por cuanto hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos.

-Porque si amarareis a los que os aman, ¿Qué recompensa tenéis? ¿Acaso no hacen eso mismo también los publicanos?

-Y si saludareis a vuestros hermanos solamente, ¿Qué hacéis de más?

-Sed  vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto

 
 
 


Solo la acción del Espíritu Santo sobre el corazón del hombre puede hacer, que  la Ley Antigua sea  sustituida por la Ley Nueva, como nos pide Jesús, para de esta forma imitar en todo a nuestro Padre celestial; Él nos invita a la suprema perfección moral: ¡Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto! (Mt 5, 38-48).

A pesar de todo, a pesar de las enseñanzas de Cristo, sobre el Espíritu Santo, a pesar de las enseñanzas de los santos Padres y Pontífices de la Iglesia, sobre la Tercera Persona del Dios Trinitario, siempre ha habido y siempre habrá quienes realicen ciertas preguntas:

¿Quién o qué es el Espíritu Santo? ¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos nosotros a él y él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace?...


Son muchas preguntas, sí, pero todas tienen respuestas cumplidas; el Papa Benedicto XVI se encargó, en su día, de ayudarnos a obtenerlas con la sencillez y la clarividencia que le caracterizan. Para ello, el Pontífice se apoyó en las definiciones dadas sobre del Espíritu Santo en el <Credo del pueblo de Dios>, en sus distintas versiones, aceptadas por la Iglesia católica. Y en primer lugar analiza aquella que asegura que el Espíritu Santo es: <Señor y dador de vida>. (La alegría de la fe. Papa Benedicto XVI. Ed. San Pablo 2012):

“Teniendo presente el testimonio de la Escritura y de la Tradición, en el tema del Espíritu Santo, se reconocen fácilmente cuatro dimensiones.

Ante todo, está la afirmación que encontramos ya desde el inicio del relato de la creación. Allí se habla del Espíritu creador que aletea sobre las aguas, crea el mundo y lo renueva sin cesar. La fe en el Espíritu creador es un contenido esencial del Credo cristiano. El dato de que la materia lleva consigo una estructura matemática, de que está llena de espíritu, es el fundamento en el que se apoyan las ciencias modernas de la naturaleza. Nuestro espíritu sólo es capaz de interpretarla y de modificarla activamente porque la materia está estructurada de modo inteligente.



El hecho de que esta estructura inteligente procede del mismo Espíritu creador que nos dio el espíritu también a nosotros, implica  a la vez una tarea y una responsabilidad. En la fe sobre la creación está el fundamento último de nuestra responsabilidad con respecto a la tierra, la cual no es simplemente propiedad nuestra, que podemos explotar según nuestros intereses y deseos.

Más bien es don del Creador, que trazó sus ordenamientos intrínsecos y de ese modo nos dio las señales de orientación a las que debemos atenernos como administradores de su creación. El hecho de que la tierra y el cosmos reflejan el Espíritu Santo creador significa también que sus estructuras racionales –que, más allá del orden matemático, se hacen casi palpables en el experimento- llevan en sí también una orientación ética. El Espíritu que los ha plasmado es más que matemáticas, es el Bien en persona, el cual, mediante el lenguaje de la creación, nos enseña el camino de la vida recta”

 



El Papa Benedicto XVI, sigue hablando sobre esta primera dimensión del Espíritu Santo en la bibliografía anteriormente mencionada con largueza y sentido común, llegando a decir  que (Ibid):

“Dado que la fe en el Creador, es parte esencial del Credo cristiano, la Iglesia no puede ni debe limitarse a transmitir a sus fieles sólo el mensaje de la salvación. Tiene una responsabilidad con respecto a la creación y debe cumplir esta responsabilidad también en público. Al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire, como dones a la creación que pertenecen a todos. También debe proteger al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que haya algo como una ecología del hombre entendida correctamente…
Ciertamente, los bosques tropicales merecen nuestra atención pero también la merece el hombre como criatura, en la que está inscrito un mensaje que no significa contradicción de nuestra libertad, sino su condición.



Grandes teólogos de la Escolástica calificaron el matrimonio, es decir, la unión de un hombre y una mujer para toda la vida, como sacramento de la creación, que el Creador mismo instituyó y que Cristo, sin modificar el mensaje de la creación acogió después en la historia de la salvación como Sacramento de la Nueva Alianza. El testimonio a favor del Espíritu creador presente en la naturaleza en su conjunto y de modo especial en la naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios, forma parte del anuncio que la Iglesia debe transmitir…”

Siguiendo en esta misma línea, el Papa Benedicto XVI nos comenta, aunque de forma más breve, las tres dimensiones siguientes del Espíritu Santo. Concretamente refiriéndose a una segunda dimensión, asegura (Ibid):

“Si el Espíritu creador se manifiesta ante todo en la grandeza silenciosa del universo, en su estructura inteligente, la fe, además de eso, nos dice algo inesperado, es decir, que este Espíritu también habla, por decirlo así, con palabras humanas; ha entrado en la historia y, como fuerza que forja la historia, es también un Espíritu que habla, más aún, es la Palabra que sale a nuestro encuentro en los escritos del Antiguo Testamento…

 Al leer las escrituras, aprendemos también que, Cristo y el Espíritu Santo son inseparables entre  sí. Si San Pablo, con desconcertante síntesis, afirma: <El Señor es el Espíritu> (2 Cor 3, 17), en el fondo no sólo aparece la unidad Trinitaria entre el Hijo y el Espíritu Santo, sino sobre todo su unidad respecto de la historia de la salvación:



En la Pasión y Resurrección de Cristo se rasgan los velos del sentido meramente literal y se hace visible la presencia de Dios que está hablando.

Al leer la Escritura juntamente con Cristo, aprendemos a escuchar en las palabras humanas la voz del Espíritu Santo y descubrimos la unidad de la Biblia”


Con estas últimas palabras del Papa Benedicto XVI, hemos llegado ya a la tercera dimensión de la pneumatología, o doctrina del Espíritu Santo, doctrina bíblica, ya que la Santa Biblia es la única fuente que nos suministra información sobre la Tercera Persona del Dios Trinitario (Ibid):
“Del mismo modo que el Soplo de Dios en la mañana de la creación había transformado el polvo de la tierra en el hombre viviente, así el Soplo de Cristo nos acoge en la comunión ontológica con el Hijo, nos hace nueva creación.


Por eso, es el Espíritu Santo quien nos hace decir, juntamente con el Hijo: <Abbá> (Padre) (Jn 20,22; Rom 8,15)”

La cuarta dimensión del Espíritu Santo, finalmente, asegura el Papa Benedicto XVI, emerge espontáneamente de la conexión entre el Espíritu y la Iglesia (Ibid):

“San Pablo en el capítulo doce en la primera Carta a los corintios y en el capítulo doce de la Carta a los romanos, ilustró la Iglesia como <Cuerpo de Cristo> y precisamente así como organismo del Espíritu Santo, en el que los dones del Espíritu Santo funden a los individuos en una unidad viva.


El Espíritu Santo es el Espíritu del <Cuerpo de Cristo>. En el conjunto de este Cuerpo encontramos nuestra tarea, vivimos los unos para los otros y los unos en dependencia de los otros, viviendo en profundidad de Aquel que vivió y sufrió por todos nosotros y que mediante su Espíritu nos atrae a sí en la unidad de todos los hijos de Dios.

< ¿Quieres vivir también tú del Espíritu de Cristo? Entonces, permanece en el <Cuerpo de Cristo> >, dice San Agustín a este respecto (Tr. in Jo. 26,13)”

 
 




Hermosa frase la de San Agustín, sobre la que todos, deberíamos reflexionar, tal como hizo el Papa Benedicto XVI, gran defensor de su teología y devoto seguidor de sus palabras…

En otra ocasión, este Pontífice defiende también el ideario de San Agustín sobre la <unidad de las naciones>. En una época de la historia del hombre tan controvertida, donde este tema goza de una candente actualidad, quizás sería conveniente recordar algunas de las sabias ideas de este santo doctor sobre la  Iglesia de Cristo (La unidad de las naciones. Papa Benedicto XVI. Ediciones Cristianas, S.A. 2011):

“Para Agustín, los Estados y las patrias de la tierra pasan a un puesto secundario, porque él ha encontrado el Estado de Dios y, en él, la patria de todos los hombres. Aquí no es lícito abandonarse a ninguna ilusión: todos los Estados de esta tierra son <Estados terrenos>, aún cuando estén regidos por emperadores cristianos y más o menos habitados por ciudadanos cristianos. Son Estados sobre la tierra y, por tanto, <terrenos>, y en modo alguno pueden ser otra cosa.

En cuanto tales, son formas necesarias de ordenamiento en este momento del mundo, y es justo preocuparse de su bien; el mismo Agustín amó el Estado romano como su patria, y se preocupó con amor de pervivencia. Pero como todas estas formaciones no son y no permanecen más que como Estados terrenos, representan un valor relativo y no merecen una solicitud de orden supremo, que sólo compete a la Patria eterna de todos los hombres, a la <Civitas Caelestis>.



De nuevo, Agustín se une aquí a Orígenes y a toda la tradición cristiana, al mostrarse convencido de que con este nombre, <Civitas Caelestis>, puede ser llamada no sólo la Jerusalén celeste venidera, sino también ya el pueblo de Dios que peregrina a través del desierto terreno del tiempo, la Iglesia. En ella se reúne a través de todos los tiempos y pueblos y más allá del límite del Imperio romano la comunidad de quiénes, junto con los ángeles santos de Dios, formarán la única polis de la eternidad. En esta tierra vive ciertamente en condición de extranjera, y no puede vivir de otra manera, porque su verdadero lugar está ya ahora en otro lugar…”

A pesar de este hermoso razonamiento de San Agustín ¿hacia dónde vamos?,  ¿hacia dónde marcha la Iglesia?, son las preguntas que en estos tiempos, una la sociedad  desasosegada e increyente, se suele hacer. Más concretamente, como diría el periodista Peter Seewald al entrevistar al Papa Benedicto XVI (Luz del mundo. Benedicto XVI. Herder Editorial, S.L., Barcelona 2010):

“Santo Padre, la aportación de la Iglesia ha sido siempre de gran relevancia. En cambio, hoy en día se extiende en muchos países una actitud de desprecio y también una hostilidad cada vez más fuerte ante la religión cristiana. ¿Qué ha pasado realmente?”
 
 


Es una pregunta dura pero realista a la que el Papa responde con justeza y verdad, y que ha sido recogida en la bibliografía anteriormente citada, en la que entre otras muchas cosas, dignas todas de consideración, asegura:

“Nos encontramos realmente en una era en la que se hace necesaria una <nueva evangelización>, en la que el único Evangelio debe ser anunciado en su inmensa, permanente racionalidad y, mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y a nuestra comprensión.

Por supuesto, aun con todas sus transformaciones, el hombre sigue siendo el mismo. No habría tantos creyentes, si los hombres no siguieran entendiendo en el corazón que sí, que lo que se dice en la religión es lo que necesitamos. La ciencia sola, en la medida en que se aísla y se hace autónoma, no cubre nuestra vida. Ella es un sector que nos aporta grandes cosas, pero depende a su vez de que el hombre siga siendo hombre…

Si bien nuestra capacidad ha crecido, no lo ha hecho también nuestra grandeza y nuestra potencia moral y humana. A través de las grandes tribulaciones de la época reconocemos cada vez más que debemos encontrar de nuevo un equilibrio interior y que también necesitamos crecimiento espiritual…”




Este crecimiento espiritual, este equilibrio interior, el hombre solo puede alcanzarlo con la ayuda del Espíritu Santo, tal como han reconocido los santos Padres y Pontífices de la Iglesia y como han experimentado aquellas personas que han buscado y encontrado el camino de la santidad. Por eso la Iglesia debe seguir hablando cada vez más del Espíritu Santo, en los tiempos que corren, ya que el materialismo y la suficiencia empírica no son los mejores caminos para alcanzar la Verdad absoluta, esa Verdad que nos salva, aunque ello suponga el sobrepasar en ocasiones  la racionalidad humana. Solo Cristo y su Mensaje proporcionan al hombre la potencia moral y humana, y en definitiva la grandeza de corazón para aceptar que Dios es amor, y que  gracias a Él, el hombre se salva.

Precisamente Jesús, el Hijo de Dios y Dios vivo, envió el Espíritu Santo a sus discípulos cuando se encontraban en el Cenáculo reunidos, en forma de lenguas de fuego (Teofanía), y por extensión a los hombres de todos los tiempos, para evangelizar a los pueblos, para llevar este mensaje divino a todos los rincones de la tierra, con el único objetivo de salvar a la humanidad.
 


Entre los símbolos del espíritu Santo: El agua, la unción, el fuego, la nube y la luz, el sello, la mano, el dedo y la paloma, destacaremos ahora, el del fuego porque como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II (Nº 696):

“Mientras que el agua significa el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo.

El profeta Elías que <surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha>, con su oración, atrajo al fuego del cielo sobre el sacrificio del Monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, <que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías>, anuncia a Cristo como el que <bautizará en el Espíritu Santo y el fuego>; Espíritu del cual Jesús dirá: <He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡Cuánto desearía ya estuviese encendido!>.

Bajo la forma de lenguas <como de fuego>, como el Espíritu Santo se poso sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él.



La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. <No extingáis el Espítitu>  (Primera Carta a los Tesalonicenses de San Pablo, 5, 19)”


 

                                                      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 14 de febrero de 2016

JESÚS DIJO (XVII): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 



*Lo esencial del poder de Dios es amor, nuestra esperanza (7/11/15

 

*Jesús y el evangelio del apóstol San Juan (12/11/15)

 

*Jesús quería que su misión divina perdurase (26/11/15)

 

*En el siglo XXI es más necesario que nunca hablar del signo de Jonás (04/12/15)

 

*Jesús y el reto de la evangelización: Siglo VIII (2ª Parte) (14/12/15)

 

*Natanael: Uno de los doce apóstoles del Señor (17/12/15)

 

 

 La Santa Biblia. Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección del Dr. Evaristo Martín Nieto. Editorial San Pablo (1988)

 

 

 HECHOS DE LOS APÓSTOLES: PROPAGACIÓN DEL EVANGELIO FUERA DE JERUSALÉN

 

PREDICACIÓN DE FELIPE (8, 4-8):

 

“Los que tuvieron que salir huyendo fueron por todas partes anunciando la palabra / Felipe llegó a la ciudad de Samaría, y se puso a predicar a Cristo / La gente escuchaba con atención a Felipe, pues había oído hablar de los milagros que hacía y ahora los estaban viendo: / De muchos posesos salían los espíritus impuros dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaban curados / La ciudad se llenó de alegría”

 

 

SIMÓN EL MAGO (8, 9-13):

 

“Hacía tiempo que venía practicando la magia en la ciudad un tal Simón que tenía asombrada a la gente de Samaría, diciendo que él era algo grande / Todos, desde el más chico al más grande, le seguían y decían: <Este es el poder mismo de Dios, el que llaman el grande> / Lo seguían porque durante bastante tiempo los había asombrado con magias / Pero cuando Felipe les habló del reino de Dios y de Jesucristo, hombres y mujeres creyeron en él y se bautizaron / El mismo Simón creyó y se bautizó; y ya no se apartaba de Felipe, viendo maravillado los prodigios y milagros insignes que hacía”

 

 

EL ESPÍRITU SANTO (8, 14-17):

 

“Los apóstoles que estaban en Jerusalén, al saber que Samaría había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan; / llegaron y oraron por los samaritanos, para que recibieran el Espíritu Santo; / pues aún no había bajado sobre ninguno de ellos, y sólo habían recibido el bautismo en el nombre de Jesús, el Señor / Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo”

 

CONDENACIÓN DE LA SIMONÍA (8, 18-25):

 

“Simón, al ver que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu Santo, les ofreció dinero, / diciendo: <Dadme también a mí ese poder, para al que le imponga las manos reciba el Espíritu Santo> / Pedro le dijo: <Al infierno tú y tu dinero, por haber creído que el don de Dios se compra con dinero / No tienes parte ni herencia en esto, porque tu corazón no es recto delante de Dios / Arrepiéntete de tu maldad y pide al Señor que te perdone, si es posible, el mal pensamiento que has tenido / pues veo que no tienes buenas intenciones y estas atrapado en los lazos de la iniquidad> / Simón respondió: <Pedid vosotros por mí al Señor para que no me suceda nada de lo que acabáis de decir> / ellos, después de haber dado testimonio y haber predicado la palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén, evangelizando muchas aldeas de los samaritanos>

 

BAUTISMO DEL ETÍOPE (8, 26-40):

 

“El ángel del Señor dijo a Felipe: <Ponte en marcha hacia el sur, por el camino que va de Jerusalén a Gaza a través del desierto> / Y se puso en marcha. En esto un etíope eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopia, administrador de todos sus bienes, que había venido a Jerusalén, / regresaba y, sentado en su carro, leía al profeta Isaías / El Espíritu dijo a Felipe: <avanza y acércate a ese carro> / Felipe corrió, oyó que leía al profeta Isaías y dijo: <¿Entiendes lo que estás leyendo?> / Él respondió: <¿Cómo lo voy a entender si alguien no me lo explica?> Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él / el pasaje de la escritura que leía era éste: <Como cordero llevado al matadero, como ante sus esquiladores una oveja muda y sin abrir la boca / Por ser pobre, no le hicieron justicia. Nadie podrá hablar de su descendencia, pues fue arrancado de la tierra de los vivos> / El eunuco dijo a Felipe: <por favor, ¿De quién dice esto el profeta? ¿De él o de otro?> / Felipe tomó la palabra y comenzando por este pasaje de la escritura le anunció la buena nueva de Jesús / continuaron su camino y llegaron a un lugar donde había agua; el eunuco dijo: <Mira aquí hay agua;  ¿Qué impide que me bautice?> / y mandó detener el carro. Bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó / al salir del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no lo vio más y continuó su camino muy contento / Felipe se encontró con que estaba en Azoto, y fue evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea