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martes, 20 de agosto de 2019

LA RESURRECCIÓN DESCUBRE LA RELACIÓN ENTRE LA PALABRA Y EL DESTINO DE JESÚS


 
 
 
 

 
 
 
El Papa Benedicto XVI destaca en su libro <Jesús de Nazaret> (2ª Parte), que al reflexionar  sobre los hechos acaecidos, después de la muerte de Jesús, narrados en el Evangelio de San Juan, se tiene la impresión de que:

“La Resurrección despierta el recuerdo, y el recuerdo a la luz de la Resurrección, deja aparecer el sentido de la Palabra que hasta entonces permanecía incomprendida, volviéndola a poner en relación y en contacto con toda la Escritura…

La Resurrección enseña una nueva forma de ver; descubre la relación entre la palabra de los Profetas y el destino de Jesús. Despierta el recuerdo, esto es, hace posible el acceso al interior de los acontecimientos, a la relación entre el hablar y el obrar de Dios”

Y sigue diciendo el Papa, en este mismo libro, algo sumamente significativo refiriéndose a <las grandes imágenes  de Evangelio de San Juan>:

“Con estos textos, es el evangelista mismo quien nos ofrece indicaciones decisivas sobre cómo está compuesto su Evangelio, es decir, sobre la visión de la cual procede.

 
 
Se basa en los recuerdos del discípulo que, no obstante, consiste en recordar juntos con el  <nosotros> de la Iglesia. Este recordar es una comprensión guiada por el Espíritu Santo; recordando el creyente entra en la dimensión profunda de lo sucedido y ve lo que era visible desde una perspectiva meramente externa.

De esta forma no se aleja de la realidad, sino que la percibe más profundamente, descubriendo así la verdad que se oculta en el hecho.

En este recordar de la Iglesia ocurre lo que el Señor había anticipado a los suyos en el Cenáculo (Jn 16, 13): <Cuando venga Él, el Espíritu Santo de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena…>

Por otra parte, como aseguraba también este Pontífice, el Evangelio de San Juan, además de proporcionar una transcripción casi taquigráfica de la Palabra y de la Obra de Jesús, su recordar los acontecimientos de la estancia del Hijo de Dios entre los hombres, nos conduce desde aspectos puramente externos hacia la profundidad de su Mensaje.

Ciertamente todo lo que le sucedió a Jesús, narrado por sus apóstoles en el Nuevo Testamento, estaba profetizado en el Antiguo Testamento; concretamente, refiriéndonos a su Muerte y Resurrección, podemos asegurar, que no son acontecimientos circunstanciales sino que son acontecimientos que están insertos en el contexto de la historia de Dios con su pueblo.

 
 
En este sentido, recordemos que según el Evangelio de San Juan, María Magdalena encontró vacio el sepulcro del Señor y supuso que alguien había robado su cuerpo (Jn 20, 1-2):

“El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro. Cuando vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada / volvió corriendo adonde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús tanto quería, y les dijo: <Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”   

Para el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“El sepulcro vacío no puede, de por sí, demostrar la Resurrección; esto es cierto, pero cabe también la pregunta inversa: ¿Es posible la Resurrección con la permanencia del cuerpo en el sepulcro? ¿Qué tipo de Resurrección sería ésta?

Hoy en día se han desarrollado ideas sobre la Resurrección  para las que la suerte del cadáver es irrelevante. En dichas hipótesis, sin embargo, también el sentido de Resurrección queda tan vago que obliga a preguntarse con que género de realidad se enfrenta un cristianismo así.

Sea como sea, Thomas Söding, Ulrich Wilckens y otros, hacen notar con razón, que en la Jerusalén de entonces el anuncio de la Resurrección habría sido absolutamente imposible si se hubiera podido hacer referencia al cadáver que permanece en el sepulcro.

 
 
 
Por eso, partiendo de un planteamiento correcto de la cuestión, hay que decir que, si bien el sepulcro vacío de por sí no puede probar la Resurrección, sigue siendo un presupuesto necesario para la fe en la Resurrección, puesto que ésta se refiere precisamente al cuerpo y, por él, a la persona en su totalidad…

Para la comprensión teológica del <sepulcro vacío> me parece importante un pasaje  del discurso de San Pedro en Pentecostés, en el cual anuncia abiertamente, por primera vez, la Resurrección de Jesús, a la muchedumbre reunida. No lo hace con palabras suyas, sino mediante una cita del Salmo 16 (15)”

 
 
Sí, la Palabra del Antiguo Testamento, necesariamente está ligada a la Resurrección de Jesús, lo vemos claramente en la cita del Papa Benedicto XVI, referida al libro del Salterio, y más concretamente  al  Salmo que proclama la fidelidad  a Dios, como sumo bien (Sal 16 (15),  8-11):

“Miraba yo al Señor delante de mí constantemente, porque a mi derecha está, para que no sea yo sacudido / por esto se regocijó mi corazón y se alborozó mi lengua, y hasta mi carne reposará sobre la esperanza / de que no abandonarás mi alma en los infiernos, ni consentirás que tu Santo experimente corrupción / Me mostraste los caminos de la vida, me henchirás de gozo con la vista de tu faz”

Por otra parte, como también nos recuerda Benedicto XVI, el apóstol San Pedro sintiéndose Cabeza de la Iglesia de Cristo por mandato divino, tras la venida del Espíritu Santo salió a hablar a la muchedumbre que se había reunido en las cercanía del Cenáculo, donde había tenido lugar el extraordinario acontecimiento, y entre otras muchas cosas les decía (Hch 2, 22-29):

“Varones israelitas, escuchad estad palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado de parte de Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios obró por Él en medio de vosotros, según que vosotros mismos sabéis / a éste vosotros, dentro del plan prefijado y de la previsión de Dios, habiéndole entregado, enclavándole por manos de hombres inicuos, le disteis la muerte / al cual Dios resucitó, sueltas las dolorosas prisiones de la muerte, por cuanto no era posible que Él quedase bajo el dominio de ella / Porque David dice respecto de Él (Sal 15, 8-11): <Miraba yo al Señor…> /

 
 
 
 
Varones hermano, se puede decir sin reparo alguno ante vosotros acerca del patriarca David, que murió y fue sepultado, y que su sepultura subsiste entre vosotros hasta el día de hoy / el Profeta, pues, como era, y sabiendo que Dios le había jurado solemnemente que asentaría sobre su trono a uno de sus descendientes (Sal 88, 4-5) / con visión profética habló de la resurrección del Ungido, que ni sería abandonado en los infiernos, ni su carne experimentaría corrupción / A éste, que no es otro que Jesús, resucitó Dios, de lo cual nosotros somos testigos”

 Esta es la <Doctrina de Pedro>, que sería en definitiva la <Doctrina de los Apóstoles>, es decir, la enseñanza cristiana o predicación oral de los Apóstoles, que trasmitida a sus sucesores, recibe el nombre de Tradición y como nos recordaba también el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Pedro presupone a David como el orante originario de ese Salmo, y ahora puede constatar que en David no se ha cumplido la esperanza de la resurrección…El sepulcro con el cadáver es la prueba de que no ha habido resurrección. Sin embargo la palabra del Salmo es verdadera, en cuanto, vale para el David definitivo;  más aún, Jesús se muestra aquí como el verdadero David, precisamente porque en  Él se ha cumplido la palabra de la promesa: <no dejarás a tú fiel amigo conocer la corrupción>…
 
 
Se trata de una forma antigua del anuncio de la Resurrección, cuya autoridad en la Iglesia  de los inicios se demuestra por el hecho de que se atribuye  a san Pedro, y por lo mismo, fue considerado el anuncio original de la Resurrección”

 
Este valiente primer  anuncio, por parte de San Pedro, de la Resurrección de Cristo, es importantísimo, porque es una prueba inmensamente valida de que el hecho sucedió, y fue constatado por sus discípulos. Verdaderamente los creyentes por la fe, aceptamos el hecho extraordinario de que Jesús resucitó de entre los muertos, pero también sabemos que   sus discípulos fueron testigos privilegiados de este acontecimiento esencial para los hombres; ellos dieron testimonio del mismo, desde el principio, aunque con ello ponían en grave riesgo sus vidas ante sus mismos conciudadanos, pero no tuvieron miedo, como les había pedido el Señor y propagaron la <Buena Nueva >, en todo Israel y en todo el mundo, entre los pueblos entonces conocidos.

Por su parte, San Pedro, nombrado por Jesús Cabeza de la Iglesia, como hemos recordado,  fue el primero en manifestar a la multitud expectante, después de los acontecimientos de Pentecostés, el portentoso milagro acaecido, e incluso,  insistió sobre este tema, al hablar a las gentes, por segunda vez, después de que él mismo, en compañía de San Juan, hubieran curado, por la gracia del Espíritu Santo, a un cojo de nacimiento que pedía limosna a las puertas del Templo de Jerusalén (Hechos 3, 13-15):
“El Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros pueblos, glorificó a su siervo, Jesús, al que vosotros entregasteis y negasteis ante Pilatos, quién juzgaba que debía soltarlo / más vosotros negasteis al Santo y Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un homicida / mientras matasteis al autor de la vida, a quien Dios Resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”

 
 
 
Un hombre santo, un hombre mártir, un hombre como el elegido por Cristo para dirigir su Iglesia, san Pedro, nos habla a través de los tiempos, de los hechos históricos acaecidos, de los que él mismo y los demás discípulos del Señor fueron testigos presenciales, y sin embargo en la actualidad, algunas personas siguen opinando que todo esto es posiblemente una patraña inventada por los seguidores de Jesús…

Pero No, están equivocados por causa de una conciencia errónea muy propia de los tiempos que corren, y que nada tiene que ver con las creencias de la Iglesia primitiva, fundada por Cristo.

Por eso, en el Credo de Jerusalén (apoyado en el discursos de Pedro), que se remonta a los orígenes, y fue transmitido por San Pablo, se indica que Jesús ha resucitado según las Escrituras, recordando sin duda el Salmo 16 (15), como un testimonio fiel y seguro para la Iglesia de todos los tiempos.

Los santos Padres de la Iglesia, desde antiguo, tomaron este reconocimiento de Pedro,  transmitido por Pablo y los demás apóstoles a los pueblos evangelizados por ellos, como el fundamento  sobre el que se apoyaba la Iglesia de Cristo, y que ha recibido el nombre de <Símbolo de los Apóstoles>.

 
 
Precisamente Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico (1224-1274), el gran teólogo y filósofo italiano, perteneciente a la orden de los dominicos, en su opúsculo teológico dedicado a la <Exposición del símbolo de los Apóstoles>, y más concretamente, refiriéndose a la fe que profesamos los cristianos en la Resurrección de Jesús,  asegura:

“Muchos otros resucitaron  de entre los muertos también, como Lázaro, el hijo de la viuda ó la hija de Jairo. Sin embargo, la Resurrección de Cristo se diferencia de la de éstos y de la de los demás en cuatro puntos:
*En la causa de la Resurrección. Los otros que resucitaron, no resucitaron por su propio poder, sino por el de Cristo, o ante las suplicas de algún santo; Cristo, en cambio, por su propio poder resucitó, porque no era hombre sólo sino también Dios, y la Divinidad de la Palabra, nunca se separó ni de su alma ni de su cuerpo; por eso, el cuerpo recuperó el alma, y el alma el cuerpo, en cuanto quiso (Jn 10, 18): <Poder tengo para entregar  mi alma y poder tengo para recobrarla de nuevo>


 
 
Aunque murió, no fue por debilidad ni por necesidad, sino por su poder, puesto que lo hizo libremente; esto bien claro está, porque al entregar su espíritu clamó con gran voz, cosa de la que son incapaces los demás moribundos, pues por debilidad mueren, por eso dijo el centurión: <Verdaderamente éste era Hijo de Dios> (Mt 27, 54).

Por consiguiente lo mismo que entregó el alma por su propio poder, así también por su propio poder la recobró; por lo cual que <resucitó>, y no que fue resucitado, como si la causa hubiera sido otro. <Yo me dormí, y tuve un profundo sueño, y me alcé> (Ps 3, 6).

Esto no está en contradicción con lo que se afirma: <A este Jesús lo resucitó Dios> (Act 2, 32), pues lo resucitó el Padre, y también el Hijo, porque uno mismo es el poder del Padre y del Hijo

*La  diferencia está en la vida a la que resucitó Cristo, una vida gloriosa e incorruptible: <Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre> (Rom 6,4); los demás a la misma vida que antes habían tenido, según consta de Lázaro y otros.

*La diferencia estriba en su fruto y eficacia: en virtud de la Resurrección de Cristo resucitan todos: <Muchos santos que se habían dormido, resucitaron> (Mt 27, 52).
<Cristo resucitó de entre los muertos, como una primicia de los que duermen> (1Cor 15, 20).

 


Observa que Cristo llegó a la gloria a través de su Pasión: ¿No era menester que Cristo padeciese todo esto, y entrase así en su gloria? (Lc 24, 26). De esta manera nos enseñaba el camino de la gloria a nosotros: <Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios> (Act 14, 21).

*La diferencia reside en el tiempo. La resurrección de los demás se aplaza hasta el fin del mundo, a no ser que por un privilegio se conceda antes a alguno, como a la Santísima Virgen, según piadosa creencia, y a san Juan Evangelista; Cristo, en cambio, resucitó al tercer día.

La razón es que  la Resurrección, la Muerte y el Nacimiento de Cristo acontecieron por nuestra salvación, y por tanto quiso Él resucitar en el preciso momento en que nuestra salvación lo exigía: si hubiera resucitado inmediatamente, nadie habría creído que hubiera muerto; si hubiera aplazado por mucho tiempo su Resurrección, los discípulos hubieran perdido la fe, y su Pasión hubiera resultado inútil: < ¿Qué provecho hay en mi sangre, si desciendo a la corrupción? (Ps 29, 10).
Por eso resucitó al tercer día, para que se creyera que efectivamente había muerto, y para que los discípulos no perdieran la fe.


Sucedió en efecto, que Jesús se presentó entre sus discípulos, de repente, cuando estos se encontraban, charlando seguramente, sobre los terribles acontecimientos recientemente acecidos y les saludó como era la costumbre: <La paz esté con vosotros>. Naturalmente estos hombres quedarían en principio aterrados, despavoridos y pensarían que aquel que así les saludaba era un fantasma que se les había aparecido, pero no, era Jesús, su Maestro, aquel que había sido crucificado tan injustamente y que había muerto y había sido sepultado…

 Pero Él les habló para tranquilizarles y les dijo (Lc 24, 38-48):

“¿De qué os asustáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? / Ved mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tocadme y convenceros de que un fantasma no tiene carne como veis que yo tengo / Y dicho esto, les mostró las manos y los pies / Pero como aún se resistían a creer por la alegría y el asombro, les dijo: < ¿Tenéis algo de comer / Ellos le dieron un trozo de pescado asado / El lo tomó y lo comió delante de ellos / Después les dijo: <Cuando aún estaba entre vosotros ya os dije que era necesario que se cumpliera todo lo escrito sobre mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos /Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escritura / y les dijo: <Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar de entre los muertos al tercer día / y que en su nombre se anunciará a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados /Vosotros sois testigos de estas cosas”