Translate

Translate

jueves, 10 de enero de 2019

LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FAMILIA



 
 
 
 
<Familiaris Consortio>, es el hermoso título, de la Exhortación Apostólica (1981), del Papa san Juan Pablo II, en la que se nos habla de lo que hace la Iglesia por la familia, y que no podemos dejar de recordar como uno de los documentos más importantes sobre la familia que se han escrito, dentro y fuera de la Iglesia.

Entre las muchas enseñanzas expuestas por este Pontífice en dicho documento nos vienen a la memoria algunas que nos han parecido especialmente relevantes:

“La familia en los tiempos modernos, han sufrido quizás como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura.

Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar.

Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.

 
 
La Iglesia consciente de que el matrimonio y la familia constituyen  uno de los bienes más preciosos de la humanidad quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia trata de  vivirlo; a todo aquel que en medio de la incertidumbre o la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar.

Sosteniendo al  primero, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia; de manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender un camino hacia el matrimonio y la familia con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida”

Este era el espíritu que movía a la Iglesia en los pasados siglos, al igual que sigue siéndolo en el siglo actual, donde la familia, célula fundamental de la sociedad, y el sacramento del matrimonio siguen estando todavía poco considerados por una parte de la humanidad.

Se trata de un tema muy controvertido, pues mientras que muchas veces parece todo lo contrario, realmente la familia sigue siendo la gran perjudicada a la hora de establecer sus derechos y esto lleva la más de las veces a situaciones gravemente peligrosas en su seno.

Por otra parte, como también advertía san Juan Pablo II (Ibid):

 
 
“Hay en el mundo personas que desgraciadamente no tienen en absoluto lo que con propiedad se llama familia. Grandes sectores  de la humanidad viven en condiciones de enorme pobreza, donde la promiscuidad, la falta de vivienda, la irregularidad de las relaciones entre los miembros que la componen y la grave carencia de cultura no permiten poder hablar de verdadera familia. Así mismo, hay otras personas que por motivos diversos se han quedado solas en el mundo. Sin embargo, para todas ellas existe una <buena nueva de la familia>…

A los que tienen una familia natural hay que abrirles más la puertas de la familia que es la Iglesia, la cual se concreta a su vez en la familia diocesana y parroquial en las comunidades eclesiales de base o en los movimientos apostólicos. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia para todos, especialmente por cuantos están fatigados y cargados…”

No cabe duda que este Papa sabía de lo que hablaba cuando escribió su magnífica Exhortación Apostólica, han pasado ya muchos años y sigue siendo un punto importante de referencia para todos aquellos que se sientan interesados por los problemas de la familia…

Él daba, apoyándose en la labor de la Iglesia católica, muchos caminos para tratar de resolver las situaciones de injusticia y muchas veces de desamparo en que se encuentran las familias en casi todas partes del mundo, pero el tema no se ha resuelto ni mucho menos del todo, y sigue agravándose cada día a causa de los problemas económicos  y morales, que sufren las sociedades en la actualidad en todo el globo terráqueo.

Tanto Benedicto XVI como nuestro actual Pontífice, el Papa Francisco, han continuado interesándose enormemente por los problemas de las familias, como demuestran las acciones llevadas a cabo durante todo este tiempo por ambos.

Recordemos en este sentido que la XIV Asamblea General Ordinaria  del Sínodo de los Obispos celebrada el diez de octubre de 2015 estuvo especialmente dedicada a <La vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo>.
 
 
 
 
En dicha Asamblea se habló largo y tendido sobre los problemas de la célula principal de la sociedad, que es la familia, con vistas a tratar de proporcionar ayuda y seguridad a las mismas por parte de la Iglesia católica.

Recordaremos ahora algunos de los puntos que nos han parecido más significativos y que demuestran bien a las claras el interés y preocupación de la Iglesia por dichos temas, recogidos en el documento resultante del Sínodo de los Obispos, <Instrumentum Laboris>, celebrado hace aproximadamente cuatro años.

En concreto en el Capítulo III, titulado <Familia y acompañamiento eclesial>, apartado 99 podemos leer:

“El sacramento del matrimonio, como unión fiel e indisoluble entre un hombre y una mujer llamados a acogerse mutuamente y a acoger la vida, es una gracia grande para la familia humana. La Iglesia tiene el deber y la misión de anunciar esta gracia a todos y en todos los contextos.

Además, debe ser capaz de acompañar a quienes viven el matrimonio civil o la convivencia en el descubrimiento gradual de las semillas del Verbo que encierran, para valorarlas, hasta la plenitud de la unión sacramental”

 
 
 
Así mismo, en el apartado 108 se nos habla sobre el cuidado de las familias heridas (separadas, divorciadas, monoparentales…), con estas palabras:

“La Iglesia tiene el deber de pedir a los cónyuges separados y divorciados que se traten con respeto y misericordia, sobre todo por el bien de los hijos, a los cuales no hay que procurar más sufrimiento.

Algunos (asistentes al Sínodo) piden que también la Iglesia demuestre una actitud análoga respecto a quienes han roto la unión.

<Desde el corazón Trinidad, desde la intimidad más profunda del mismo Dios, brota y corre sin parar el gran rio de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen.

 
 
Cada vez que alguien tenga necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin> (MV, 25)”

Por otra parte al hablar sobre los separados y los divorciados fieles al vínculo, en el apartado 112, entre otras muchas cosas, se dice:

“En cada caso la Iglesia siempre deberá poner de relieve la injusticia que con mucha frecuencia deriva de la situación del divorcio.

Hay que prestar especial atención al acompañamiento de las familias monoparentales; en particular hay que ayudar a las mujeres que deben llevar adelante solas la responsabilidad de la casa y la educación de los hijos”
 
 
 
 
Por último recordaremos también el apartado 120, dentro de la integración de los divorciados vueltos a casar civilmente en la comunidad cristiana, que nos ha parecido particularmente importante y en el que entre otras cuestiones, todas ellas muy interesantes, se nos dice:


“La situación de los divorciados vueltos a casar también exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que los haga sentir discriminados y promoviendo su participación en la vida de la comunidad.
Hacerse cargo de ellos, para la comunidad cristiana no implica un debilitamiento de su fe y de su testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese cuidado expresa precisamente su caridad”

 
 
 
Un año después de haberse celebrado este Sínodo de los obispos, el Papa Francisco publicó su Exhortación Apostólica Postsinodal, con el título <Amoris Laetitia>, en la que analizó de forma exhaustiva y preclara todo lo tratado en la misma.

Concretamente en el capítulo dedicado a las perspectivas pastorales  nos habló de <Iluminar crisis, angustias y dificultades> con amor  y comprensión hacia las partes implicadas.
Recordaremos ahora algunas de los temas que más nos han motivado en este sentido:

nº 241 : “En algunos casos, la valoración de la dignidad propia y del bien de los hijos exige poner un límite firme a las pretensiones excesivas del otro, a una gran injusticia, a la violencia o a una falta de respeto que se ha vuelto crónica.

Hay que reconocer que <hay casos donde la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia>.

Pero <debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil>”

nº 243: “A las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que no están excomulgadas y son tratadas como tales, porque siempre integran la comunidad eclesial.

Estas situaciones exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación  en la vida de la comunidad…”
 
 
 
 
Sin duda los problemas de las familias son enormes en los tiempos que corren por eso la Iglesia católica siempre está dispuesta ayudarlas como demuestran las acciones y palabras de sus Pontífices, a lo largo su historia.
 
 
 
 
 
Como ejemplo de ello recordemos finalmente estas sentidas palabras del Papa Benedicto XVI (Audiencia General; miércoles 28 de diciembre de 2011):


“La Sagrada Familia  es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es la Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la  más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a las enseñanzas y el ejemplo de sus padres: vivir un clima marcado por la presencia de Dios.

Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación  a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia”