Translate

Translate

miércoles, 1 de marzo de 2017

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XI (3ª Parte)


 
 
 
 




En el discurso de la <Solemne apertura del Concilio Vaticano II>, el Papa Juan XXIII, refiriéndose al deber de promover la unidad cristiana y humana, se expresaba en los términos siguientes (11 de octubre de 1962):

“La Iglesia católica estima como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio…

Esto se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual, mientras reúne juntamente las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres acojan cada vez más favorablemente el anuncio de la salvación, prepara en cierto modo y consolida el camino hacia aquella unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la celestial <en la que reine la verdad, es ley  la caridad y la extensión es la eternidad>, según San Agustín”   
 
Para comprender mejor los hechos acaecidos entre las Iglesias ortodoxas y la  católica, hay que tener en cuenta que los datos históricos en el intervalo de tiempo comprendido entre los años 1000 a 1100, sobre el poder económico, político y aún religioso, existentes tanto en Oriente como en Occidente,  indican cambios importantes  en cuanto al desarrollo del mundo hasta entonces conocido. Así por ejemplo, a principios del siglo XI el Continente Europeo se encontraba totalmente fracturado políticamente y además sometido al acoso militar por parte de varios pueblos bárbaros, como por ejemplo los vikingos. Estas circunstancias impedían el rápido progreso económico de la población europea.

Entre tanto en Oriente el emperador Basilio II libraba constantes enfrentamientos con los ejércitos del pueblo búlgaro, más concretamente, en el año 1014 los búlgaros creyendo que había llegado una buena ocasión para atacar a los bizantinos, presentaron batalla a los mismos, pero fueron derrotados de forma definitiva por sus ejércitos. Se cuenta que después de esta victoria, Basilio decidió terminar para siempre con una contienda que había durado muchos años, e intentó exterminar todo posible enfrentamiento futuro. Lo logró, y los búlgaros acabaron integrándose en el Imperio. Basilio triunfaba en todas partes y hasta proyectó apoderarse de Sicilia y extender su dominio hacia el norte, pero el 15 de diciembre de 1025 moría sin dejar herederos. El Imperio era por entonces inmenso, no tenía igual en el mundo pero las cosas empezaron a ir peor, a partir de la desaparición de Basilio II, y así a mediados del siglo XI, bajo el reinado de Constantino IX, las fuerzas bizantinas tuvieron que procurar una alianza conjunta con el Papado para hacer frente a los normandos.

Por otra parte, desde el punto de vista religioso, seguían los malos entendidos entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, y esto condujo finalmente a una separación de las mismas en el año 1054, durante el Patriarcado de Miguel Cerulario, siendo Pontífice de la Iglesia católica el Papa León IX (1049-1054).

Así mismo, a finales del siglo XI el Cardenal Hildebrando, monje de Cluny, fue nombrado Papa, con el nombre de Gregorio VII (1073-1085). Este santo varón se propuso cerrar por completo otro problema suscitado en el seno de la Iglesia, en tiempos pasados, que causo  mucho daño; nos referimos  al que fue conocido por: < Querella de las Investiduras>. Con este motivo, reunió en Roma a los obispos y personalidades eclesiásticas del momento con objeto de abordar tan controvertido tema mediante la celebración de un Sínodo General.

Desgraciadamente no todos los reyes cristianos de Occidente vieron con buenos ojos las resoluciones tomadas en este Sínodo, aunque finalmente la mayoría de ellos las acataron, a excepción de Enrique IV (Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desde 1084 a 1105), el cual persiguió al Papa, lo secuestró y tuvieron que ser los  fieles creyentes los que le rescataran. Este incidente puso en entredicho las capacidades morales y políticas de este soberano entre el pueblo llano y aún entre algunos nobles.

A la muerte de  San Gregorio VII, fue elegido Papa, Didier, Abad de Montecassino, que tomo el nombre de Víctor III (1086-1087), el cual había asistido a su antecesor en la Silla de Pedro, durante la agonía. Fue nombrado por la mayoría cardenalicia,  en Roma, ante aclamaciones del pueblo; no obstante su Pontificado duró poco tiempo, aproximadamente un año, porque ante la situación de ingobernabilidad del clero romano y su precario estado de salud, finalmente decidió retirarse de nuevo a su abadía, no sin antes haber ratificado la excomunión del emperador Enrique IV, en un Sínodo celebrado en Benevento.

Su sucesor fue Odón de Lagny, prior de Cluny, con el nombre de  Urbano II (1088-1099), muy amigo de  Gregorio VII, el cual publicó de nuevo la excomunión de Enrique IV así como la del antipapa Clemente III (1080-1084 y 1100) (nombrado por el emperador Enrique IV), y tras un Sínodo celebrado en Clermont excomulgó, así mismo, a otros soberanos de la época que vivían en condiciones  contrarias al mensaje de Cristo.

El emperador Enrique IV se enfrento al Papa Urbano II desde el principio de su mandato,  atreviéndose incluso, a seguir protegiendo al antipapa Clemente III, al cual apoyaba con la intención  de que ocupara de nuevo la Santa Sede, mientras que por otra parte, se enfrentaba a los lombardos, los cuales se habían levantado contra él, y eran defensores del Papa Urbano.

Después de distintos conflictos entre el emperador y el Papa Urbano, éste logró  ser reconocido   sucesor de Gregorio VII en la Silla de Pedro, mientras que el emperador  perdió varias batallas frente a los lombardos,  debiendo huir a Alemania en compañía del antipapa Clemente. La historia no acabó sin embargo así, porque Enrique IV encontró nuevos aliados y con un ejército poderoso entró en Roma expulsando  al Papa Urbano II y restableciendo en el Papado al tristemente célebre Clemente III.

Todos los conflictos que existieron entre el Papa Urbano II y el emperador Enrique IV,  fueron consecuencia de las querellas existentes, entre el poder civil y la Iglesia,  durante la Alta  Edad media, conocidas como <las Investiduras>.

Sucedió que los príncipes alemanes liderados por Rodolfo de Suavia y  Hermann de Salm, no aceptaron que Enrique IV recuperase el título imperial, y se enzarzaron en una lucha continuada contra él, pero éste se hizo coronar emperador por el antipapa Clemente III en el año 1084.

Paralelamente a todos los sucesos derivados del problema de las Investiduras, en el año 1091, Croacia fue conquistada por el rey húngaro Ladislao I; el Papa Urbano II se opuso a dicho acontecimiento, pero Ladislao I encontró apoyo precisamente en el emperador  Enrique IV.

Durante los últimos años de su reinado, Enrique IV tuvo una serie de enfrentamientos con su propio pueblo, en el que tomó parte incluso su hijo mayor Enrique, alentado por su segunda esposa Eufrasia de Kiev, y en el año 1105 la Dieta de Maguncia, le obligó a abdicar, muriendo finalmente en Lieja en el año 1106.

Independientemente de los hechos ocurridos a consecuencia de los enfrentamientos que tuvieron lugar entre el Papa Urbano II y el emperador Enrique IV, se puede decir que este período del siglo XI fue muy fructífero para la Iglesia católica desde el punto de vista de la evangelización, porque durante él, tuvo lugar un fenómeno crucial para la misma, conocido con el nombre de las <cruzadas>. Las cruzadas fueron expediciones de carácter mixto (religioso y político), que se iniciaron a finales de este siglo siempre bajo la protección de los Pontífices del momento.

Gran parte de los príncipes y pueblos cristianos se sintieron llamados por entonces a rescatar los Santos Lugares, donde habían tenido lugar los acontecimientos de mayor relevancia para el cristianismo, esto es, la vida sobre la tierra, la muerte y resurrección de Jesucristo.

Precisamente a finales del siglo XI, el emperador Bizantino Alejo I Comneno, pidió auxilio a Occidente para rechazar el ataque de los turcos, y por otra parte, los peregrinos a Tierra Santa regresaban de estas regiones narrando terribles historias sobre los martirios que estaban sufriendo los cristianos de Palestina, en aquellos momentos. El propio Patriarca de Jerusalén imploró ayuda a Roma para salir de la situación en la que se encontraban y por otra parte, Pedro el Ermitaño (clérigo francés), contribuyó con sus predicaciones a animar a la multitud, gente pobre en su mayoría, para partir hacia Tierra Santa y reconquistar aquellos lugares recorridos por Jesucristo. Fracasaron en su intento y éste fue el preludio de lo que sería la primera cruzada.

Ante esta situación el Papa Urbano II, que había sido recientemente repuesto en la Silla de Pedro, en el año 1095, dio su beneplácito para que se produjera la primera cruzada, tras un Concilio celebrado en Clermont, al que asistieron centenares de obispos, abades y muchos príncipes, así como una gran cantidad de gente perteneciente al pueblo llano.

Un año más tarde, tras la celebración del Concilio, emprendió su marcha esta primera expedición a Tierra Santa. La componían miles y miles de hombres a cuya cabeza figuraban varios príncipes franceses e italianos, bajo el caudillaje de Godofredo de Buillom, duque de Lorena.

Tras una serie de ininterrumpidas victorias contra el enemigo, se conquistaron Edesa y Antioquía, pero muy cerca ya de Jerusalén, estuvieron a punto de ser derrotados. Tuvo lugar entonces como un milagro, pues creyeron haber encontrado la <Santa Lanza>, con la que el romano traspasó el costado de Jesús, y esto enardeció a los cruzados consiguiendo finalmente la victoria al grito de: ¡Deus Vult! (Dios lo quiere).

Tras fundar el reino de Antioquía, una parte del ejército de los cruzados, continuó su marcha hacia Jerusalén, la cual sitiaron y tomaron en el mes de julio del año 1099, según aseguran algunos historiadores coincidiendo con un viernes a las tres de la tarde, día y hora de la muerte del Redentor.

Se fundó entonces el reino de Jerusalén, ofreciéndole el título de rey a Godofredo Buillom, pero él lo rehusó diciendo que no quería ceñir corona de oro donde el Salvador había llevado espinas y sólo aceptó tomar el título de <Defensor del Santo Sepulcro>. Para entonces el Papa  Beato Urbano II había muerto (1099) en Roma a los cincuenta y siete años. A su muerte fue elegido Papa Pascual II (1099-1118), por unanimidad; con anterioridad, éste había sido Abad de Cluny, por lo que no es de extrañar que muchos de los cardenales por él nombrados fueran a su vez, frailes de la abadía de Montecassino.

Durante su Pontificado, el Papa Pascual II tuvo que relacionarse desde el principio, con   Enrique V(asociado como rey por Enrique IV en el año 1099), el cual al igual que su padre, trató por todos los medios de seguir con las malas prácticas derivadas tiempos en los que se aplicaba la <Querella de las Investiduras>; a pesar de ello, en el año 1111 (siendo ya emperador Enrique V) el Papa consiguió llegar a un acuerdo por el cual la Iglesia devolvería todas las posesiones y derechos recibidos durante la dinastía carolingia, a cambio de la renuncia por parte del emperador a investir Pontífices. Este acuerdo no fue acogido bien por los partidarios de la reforma gregoriana, los cuales en el Concilio de Letrán, a principios del siglo XII, lo declararon nulo y posteriormente excomulgaron a Enrique V, en el Concilio de Viena, aunque el Papa no intervino en este tema.

Después de la primera cruzada convocada por el Papa Beato Urbano II, se produjeron varias cruzadas más, una de las últimas fue impulsada por el entonces Papa Inocencio III, la cual acabó con la derrota de los ejércitos cristianos en el Monte Tabor, pero este acontecimiento tuvo lugar en el siglo XII.

El resultado de estas cruzadas presentan claros-oscuros, pero en general desde el punto de vista de la Iglesia católica debemos reconocer que, aunque no consiguieron un éxito permanente en cuanto a la recuperación total de los Lugares Santos, si que fueron provechosas en otros aspectos para la humanidad, entre las que cabría destacar: el prestigio alcanzado por la cristiandad en la alta Edad Media, la intensificación del comercio y de la industria, los descubrimientos nuevos surgidos durante este período de la historia, la llegada a Occidente de nuevas materias primas desconocidas, como el azafrán o el gusano de seda, y así mismo, un gran renacer y esplendor en el campo de las letras y en el desarrollo de las ciencias.

Por otra parte, uno de los logros más interesantes también resultado de las cruzadas, fue la fundación de las llamadas Órdenes Militares, que eran una especie de combinación entre el fenómeno de la Caballería y el Monacato, que condujo a que hombres monjes con votos religiosos llegaran a ser héroes militares, es decir, tuvieran también virtudes castrenses. Entre estas órdenes cabe destacar: <Los caballeros de San Juan o de Malta>, llamada también  <Hospitalaria>, de origen italiano,  la orden de los Templarios o del Temple, de origen francés y la orden de los Teutónicos, por supuesto, de origen alemán.

Los fines de estas órdenes a parte de combatir al enemigo para liberar los lugares sagrados, era la cristianización de los pueblos conquistados, y el auxilio a los peregrinos en hospitales, asilos, u hospicios por ellas regentados.

Entre tanto, en otras zonas del Viejo Continente, concretamente en la llamada actualmente Inglaterra, destacaba la figura de un rey de origen normando, un gran guerrero, cuyo reinado fue motivo de controversias; nos referimos a Guillermo I de Inglaterra, más conocido como Guillermo el Conquistador. Los cronistas de su vida no se ponen de acuerdo, pues mientras unos elogian su labor, otros condenan su comportamiento.

En lo referente a su relación con la Iglesia, se sabe que en el año 1070, se reunió con tres legados Papales en Winchester, enviados por el Papa Alejandro II (1061-1073), antecesor de Gregorio VII, que coronaron ceremonialmente a este rey, lo cual para algunos ingleses puede considerarse como el sello de aprobación del Papa a las posibles conquistas irregulares realizadas en Inglaterra por este hombre de origen normando. Durante la estancia de los legados en el país, se celebraron varios Concilios eclesiásticos con el objetivo de reformar y reorganizar la Iglesia de Inglaterra. Concretamente en el Concilio celebrado en Pentecostés, se nombró como nuevo arzobispo de Canterbury a Lanfranco.

Lanfranco (Lanfrancus Cantuarensis), arzobispo de Canterbury, había nacido en Pavía a principios del siglo XI. En fecha desconocida cruzó los Alpes, estudió y después llegó a ser profesor en Normandía (Francia). Se sabe que hacia el año 1039 ya era jefe de la escuela catedralicia de Avranches, donde tuvo un notable éxito como educador de jóvenes.

Hacia el año 1042 se inclinó por la vida monástica, entrando en la abadía de Bec (Normandía). Vivió en absoluta reclusión y oración, pero finalmente fue nombrado prior de la misma. A partir de este momento trabajó duro hasta conseguir fundar una escuela en aquel monasterio, adquiriendo ésta, en poco tiempo, una gran reputación, llenándose de alumnos de todas partes que venían para adquirir una buena formación académica y eclesiástica; muchos de aquellos alumnos lograron más tarde puestos de relevancia en la Iglesia, como San Anselmo de Canterbury y Anselmo de Lucques, el cual llegó a ser el Papa Alejandro II (1061-1073).

Lanfrancus fue un gran erudito que se dedicó al estudio de la exégesis, realizando numerosos trabajos en este campo del conocimiento, como por ejemplo, sobre el Salterio o libro de los Salmos, o sobre el libro de San Agustín de Hipona: < La ciudad de Dios>, etc.

Pasado el tiempo llegó a ser abad de la Iglesia de San Esteban en Caén, desde donde ejerció una gran influencia en la política de Normandía y obtuvo el apoyo necesario para viajar a Inglaterra, e intervino junto a Guillermo I de Inglaterra en la conversión de la misma, ya que por entonces era grande la increencia de este pueblo, y de sus dirigentes eclesiásticos; además impulso su  reforma según  la orden de Cluny.

De esta forma, cuando el obispado de Ruan quedó vacante (1067), le fue ofrecido, pero él no lo tomó, aunque más tarde sí aceptó el apoyo de Guillermo I para su nombramiento como arzobispo de Canterbury.

Este gran hombre se puede decir que actuó tanto en política como en los asuntos de la Iglesia de forma muy beneficiosa, al elevar la calidad de la disciplina y educación clerical, cooperando con el rey Guillermo I, y evitando así, que éste incurriera en malas prácticas contra el pueblo inglés conquistado por él.

Murió de fiebres el 24 de mayo del año 1089, y es muy considerado dentro de la orden benedictina. A su muerte, fue elegido arzobispo de Canterbury, Anselmo de Canterbury, venerado  santo por la Iglesia católica y la Iglesia anglicana. Fue canonizado en el año 1449 por el Papa Nicolás V (1447-1455), y es doctor de la Iglesia desde el año 1720 por la proclamación del Papa Clemente XI (1700-1721).

Este santo varón nació en Aosta, una ciudad de la Longobardia y era hijo Gandulfo, un noble longobardo y de Ermenberga, pariente de Otón I de Saboya. Muy joven decidió ingresar en la orden benedictina, pero luego cambió de parecer, quizás a causa de los conflictos que tuvo con su padre y que le llevaron a abandonar finalmente el hogar familiar.

Después de realizar estudios de retórica y latín en la ciudad de Borgoña, recaló finalmente en Bec atraído por la fama de Lanfranco, el cual dirigió sus pasos precisamente hacia la orden benedictina, tal y como él había deseado en su juventud. Muy pronto destacó por su gran capacidad evangelizadora e inteligencia y esto dio pie para que fuera nombrado prior del monasterio, cuando Lanfranco pasó a ser su  abad. Igualmente, sucedió a Lanfranco, en la abadía cuando este fue nombrado arzobispo de Canterbury (1078), y como ya hemos recordado antes le sucedió también en el arzobispado de Canterbury a la muerte de éste (1093)

San Anselmo es considerado la figura de la Iglesia que propició los estudios en el campo de la filosofía, dando lugar a la escuela escolástica, en la que más tarde destacaron santos tan importantes como  Buenaventura, Tomás de Aquino ó Juan Duns Scoto.

La formación agustiniana de san Anselmo,  le llevó a la búsqueda del entendimiento racional de aquello que por la fe ha sido revelado, por eso, en sus primeras obras intentó demostrar la existencia de Dios. Entre estas obras se cuentan como más importantes las siguientes: <De Britate>, <De Casu Diaboli>, <La epístola sobre la Encarnación>, <Sobre la Concepción virginal y el pecado original> y <De Procesione Spiritis Sancti>…

Además de estas obras escribió otras muchas, así como oraciones, meditaciones y cartas personales. Destacaremos por último también su gran amor por la Virgen en su Inmaculada Concepción, murió en olor de santidad a los pocos años de ser nombrado arzobispo de Canterbury, a principios del siglo XII.

Dos figuras extraordinarias de la Iglesia, las de Lanfranco y la de San Anselmo, ambos  nombrados arzobispos de Canterbury durante el reinado de Guillermo I el Conquistador, un descendiente de los vikingos (conocidos como hombres del norte) y de ahí, normandos, que se habían asentado en el este extremo noroccidental de Francia durante el siglo X.

 Recordaremos, nuevamente, que en el año 1066, el duque Guillermo de Normandía, reclamó la corona inglesa y se atrevió a cruzar el Canal de la Mancha, para conquistar lo que creía, que por derecho le pertenecía, enfrentándose en batalla al rey inglés Harold, el cual precisamente acababa de rechazar un ataque vikingo en el norte de Inglaterra, por lo que se vio sin fuerzas suficientes para enfrentarse al ataque normando. En la famosa batalla de Hastings, el rey inglés y sus tropas presentaron batalla con valentía, pero sucumbieron frente al poderío de los soldados normandos, muriendo el rey inglés durante la batalla por una flecha perdida. A partir de este momento los combatientes ingleses que habían sobrevivido a la batalla se dispersaron, y en consecuencia, Guillermo se consideró con derecho a convertirse en el primer rey normando de aquel país recién conquistado.

Como era de esperar, Guillermo I recompensó a sus seguidores normandos entregándoles extensos territorios del país conquistado, en el que ya estaba implantado el feudalismo y por lo tanto ellos pasaron a ser los nuevos señores feudales aunque Guillermo I astutamente se reservó la capacidad de recurrir la autoridad administrativa del estado inglés para hacer valer su derecho a ser el Señor feudal de toda Inglaterra.

Por otra parte, al ser católico, Guillermo el Conquistador siguiendo la usanza del momento, intervino impropiamente en los asuntos de la Iglesia, de manera que muchos miembros del clero normando, fueron elegidos por él, durante su reinado para dirigir las abadías así como los obispados de Inglaterra, de forma que tras esta reorganización de la Iglesia los obispos de origen inglés eran muy pocos, frente al número de los normandos, y ello provocó cierto descontento dentro del seno de la Iglesia. Sin embargo, también favoreció la fundación de nuevas abadías como la de Battle, un monasterio situado en un lugar cercano a aquel en la que se libró la terrible batalla de Hastings, donde se produjo un número elevado de caídos en batalla, fundamentalmente soldados ingleses.

De sus últimos años se tienen pocos datos aunque parece ser que en el año 1082 ordenó el arresto de su medio hermano Odón, por motivos que no están del todo claros, según los historiadores, algunos de los cuales, apuntan hacia la idea de que Odón pretendía llegar a ser nombrado Papa, y trató de persuadir a algunos vasallos de Guillermo para que se unieran a él e invadieran el sur de Italia.

A la muerte de Guillermo el Conquistador (1087), le sucedió en el trono su tercer hijo, Guillermo II de Inglaterra (1087-1100), conocido habitualmente como Williams Rufus (Guillermo Rufo),  tal vez debido a que su cara aparecía siempre enrojecida; mientras que su hermano Roberto Courteheuse heredaba el Ducado de Normandía.

Guillermo II de Inglaterra no se hizo querer de sus vasallos, pues aunque se le consideraba un gran guerrero, según parece fue un gobernante despiadado. Durante su reinado, la Iglesia sufrió persecución y tuvo que soportar las consecuencias del gobierno de un hombre corrupto que incluso fue capaz de apropiarse de los diezmos y primicias que a ella pertenecían, en particular, durante el período de tiempo  que estuvo vacante el arzobispado de Canterbury, a la muerte de Lanfranco,  hasta el  nombramiento de un nuevo arzobispo, que resultó ser, San Anselmo de Canterbury como ya hemos comentado.

Precisamente, nunca se llevó bien San Anselmo de Canterbury con este rey corrupto, por lo que en el año 1095, el monarca que sentía cierta aversión hacia él, reunió un concilio en Rockingham para obligarle a que acatara sus deseos sobre una serie de temas exclusivamente eclesiásticos y, que no le incumbían; el santo se mantuvo firme en contra de los deseos del rey, entre otros motivos, porque era un gran defensor de la reforma gregoriana de la Iglesia. Por consiguiente el monarca lo desterró, pero Anselmo reclamó ante el Pontífice de Roma, por entonces Urbano II, la injusticia que con él se había cometido. Sin embargo por desgracia en aquellos momentos el Papa Urbano II se encontraba inmerso en un gran conflicto, como hemos recordado anteriormente, y esto hizo que el Pontífice temiendo ganarse un nuevo y terrible enemigo, en el rey de Inglaterra, accediera a un concordato con Guillermo II, por el cual este reconocía a Urbano II, Papa, y el Papa apoyaba el <Status Quo> eclesiástico anglo-normando.

San Anselmo permaneció en el exilio durante mucho tiempo por orden de Guillermo II, quien siguió aprovechándose durante su ausencia de los ingresos producidos en el arzobispado de Canterbury, hasta el fin de su reinado.

La muerte de este rey corrupto, tuvo lugar en circunstancias extrañas, según parece uno de sus muchos enemigos le disparó una flecha durante la celebración de una cacería, su cuerpo cayó al suelo y allí fue abandonado por los nobles participantes en la misma, en un lugar que desde entonces recibió el nombre de <la piedra de Rufus>. El cadáver del rey Guillermo II, fue colocado en una carreta, para llevar su cuerpo  a la catedral de Winchester,  y fue enterrado en la Iglesia catedral de aquella ciudad.

El hermano  menor del rey Enrique, por su parte, se apresuró a desplazarse a Winchester con objeto de asegurarse el tesoro real y luego marchó a Londres donde fue coronado rey antes de que pudiera intervenir algún arzobispo de la Iglesia católica para impedirlo.

Es interesante recordar de nuevo, que el siglo XI, independientemente  de los problemas surgidos entre el poder político y el poder eclesiástico, tanto en el viejo Continente, como en otros puntos del mundo por entonces conocidos, siempre se relacionará con el deseo de la cristiandad de recuperar los lugares sagrados recorridos por Cristo, y por ello se suele nombrar como el siglo de la <Primera Cruzada>, cuya convocatoria, sin duda, tuvo como  motivo importante, el interés de Urbano II por conseguir la unión de las dos Iglesias separadas, ya entonces, aunque algunos historiadores se empeñen en decir lo contrario.

Por eso, es importante reseñar que la respuesta a la llamada de Urbano superó todas las expectativas, pues en poco menos de un año  se había conseguido un ejército formado por unos cien mil hombres, mujeres y niños procedente de todos los confines de Europa Occidental, que se puso en marcha hacia Constantinopla donde pretendía  unirse a las tropas de Oriente antes de partir hacia Jerusalén. Los motivos de los participantes en esta primera cruzada, al igual que en las que tuvieron lugar en los siguientes siglos, eran muy variados, pero fundamentalmente de naturaleza religiosa pues deseaban recuperar aquellas tierras por las que había pasado, y había muerto nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, también es necesario reconocerlo, que algunos de los que participaban en la cruzada tenían otros intereses menos espirituales, como por ejemplo, obtener tierras o algún nombramiento importante en Oriente. A otros les había traído la simple perspectiva de correr una aventura, y otros muchos eran subordinados de grandes señores y los acompañaban porque era su deber, no obstante la mayoría probablemente, no tenían ni idea de la dureza de la empresa en la que se habían embarcado, y de los terribles problemas que surgirían durante un viaje tan largo y arriesgado.

En contra de todos los pronósticos, la primera cruzada fue un triunfo, y como hemos indicado anteriormente, en el año 1098 los cruzados tomaron Antioquía y la mayor parte de Siria, y a finales de 1099 conquistaron Jerusalén. Su victoria se debió sobre todo al hecho de que sus rivales se hallaban, en ese momento, según parece, divididos por rencillas internas, pero las tácticas militares occidentales, en particular en el dominio, en campo abierto, de los caballeros con sus armaduras pesadas, también desempeñaron un importante papel en el éxito de los cruzados.

Así mismo, resultó crucial el apoyo naval que recibió la primera cruzada, de Génova y Pisa, que esperaban que una victoria les permitiera controlar el comercio de especias  de la India que pasaban por el mar Rojo, para llegar hasta Alejandría, en Egipto.

Sin duda, la primera cruzada fue un gran triunfo del Papa Urbano II, que le compensó en parte, de los muchos disgustos que tuvo durante su Pontificado, debido al emperador Enrique IV, como ya hemos considerado. En efecto, durante medio siglo Europa Occidental se vio dividida por conflictos entre el Papado y el Imperio, que alteraría de forma permanente la relación entre autoridad espiritual y temporal, y que de alguna manera afectó al  logró del mayor deseo del Pontífice, en cuanto al Cisma de Oriente.

Sin embargo, hay que reconocer que la Iglesia católica desde el mismo momento en que se produjo el Cisma de Oriente, asumió la tarea de tratar de reunir de nuevo a las Iglesias separadas por dicho conflicto. Como aseguraba el Papa San Juan Pablo II:

“Es difícil no reconocer que la tarea ecuménica ha sido realizada con entusiasmo por la Iglesia católica, la cual la ha asumido en toda su complejidad, y la lleva a cabo día a día con gran serenidad. Naturalmente la cuestión de la efectiva unidad no es y no puede ser fruto de esfuerzos solamente humanos. <El verdadero protagonista sigue siendo el Espíritu Santo>, al cual corresponderá decidir en qué momento el proceso de unidad estará suficientemente maduro, también desde el lado humano.

¿Cuándo sucederá esto? No es fácil preverlo, en todo caso, con ocasión del inicio del tercer milenio, que se está aproximando los cristianos han advertido que, mientras el primer milenio ha sido el período de la Iglesia indivisa, el segundo ha llevado a Oriente y Occidente a profundas divisiones, que hoy es preciso recomponer.

Es necesario que el año 2000 nos encuentre al menos más unidos, al menos más dispuestos a emprender el camino de esa unidad por la que Cristo rezó en la vigilia de su Pasión. El valor de esa unidad es enorme. Se trata en algún sentido del futuro del mundo, se trata del futuro del Reino de Dios en el mundo. Las debilidades y los prejuicios humanos no pueden destruir lo que es un plan de Dios para el mundo y la humanidad. Si sabemos valorar todo esto, podemos tener confianza con un cierto optimismo. Podemos tener confianza en que: <El que ha iniciado en nosotros la obra buena, la llevará a su cumplimiento>” (Cruzando el Umbral de la Esperanza. Papa San Juan Pablo II. Editado por Vittorio Messori. Licencia Editorial para el Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Jané editores, S.A. 1994)

Hermoso deseo de un Papa santo que ya a principios del tercer milenio resuena en los oídos de los creyentes con apremio, en muchos casos, y que a pesar de ello, sólo ha alcanzado algunos éxitos. Sin embargo la esperanza nunca debe faltar, sobre todo si recordamos, como nos invita a hacerlo San Juan Pablo II, la Carta de San Pablo a los Filipenses, en la que el apóstol muestra su alegría a este pueblo, por su buen comportamiento a la hora de difundir la Palabra de Jesús, es decir, a la hora de colaborar en la tarea de la evangelización (Ibid):

“Hago gracias a Dios todas las veces que me acuerdo de vosotros / siempre en toda oración mía, haciendo con gozo mi oración / Por la parte que habéis tomado en el evangelio desde el primer día hasta ahora / con la segura confianza de que <quien comenzó en vosotros obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús>”

Sí, más adelante, en esta misma carta, San Pablo hace una petición por aquel pueblo, uno de los primeros por él evangelizado y que dio lugar a la primera Iglesia de Cristo fundada en  suelo europeo (Flp 1, 9-11):

“Esto pido en mi oración: que vuestra caridad rebose todavía más y más en cabal conocimiento y discernimiento / para que sepáis aquilatar lo mejor, afín de que os mantengáis sin tacha y sin tropiezo hasta el día de Cristo / colmados del fruto de justicia que se logra por Jesucristo, a gloria y alabanza de Dios”

La oración de San Pablo se nos ofrece hoy en día a todos los hombres como una necesidad cada vez más perentoria y salvífica. Que nuestro Señor Jesucristo la tenga en cuenta y los hombres reflexionemos sobre ella para lograr sus frutos de justicia a mayor gloria y alabanza de Dios.