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domingo, 12 de julio de 2020

LA CRISTIANDAD EN ESTE NUEVO MILENIO (1ª Parte)




Tras la barrera del año 2000 que podría haber supuesto una vuelta de la cristiandad al camino de la fe y la salvación en Cristo, el Papa san Juan Pablo II, fiel a su idea de reconciliar el mundo con Dios, escribía una Carta Apostólica ejemplar, con el titulo <Novo millennio ineunte>, fechada en Roma el día 6 de enero de 2001; en ella daba las gracias al Señor por todas las cosas conseguidas durante el periodo de tiempo preparatorio transcurrido para la entrada de un nuevo siglo y recordaba a su grey los antiguos y nuevos retos que la Iglesia tenía ante el futuro:

 
 
“Son muchas en nuestros tiempos las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones propias de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no solo millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana”

 
Sí, este Pontífice nos hablaba, al empezar el nuevo siglo, de la doctrina social de la Iglesia, tantas veces defendida por ésta; una doctrina, que hacia hablar así a este anciano santo que se preguntaba (Ibid): “¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse?”


Son preguntas comprometidas y comprometedoras que el Papa hubiera querido transformar en respuestas positivas de la sociedad, si aún hubiera tenido tiempo para ello, y es que él se daba cuenta de la acuciante necesidad de responderlas con hechos positivos e inmediatos, como aseguraba en su carta (Ibid):


 
Palabras de este Papa  que parecen proféticas, si tenemos en cuenta la situación en que nos encontramos hoy en día, finalizando el año 2020, en el mundo entero, a consecuencia de una pandemia terrible que todavía no acaba de ser controlada por la humanidad…

Este Pontífice ya se encontraba gravemente enfermo por entonces, pero sufría con resignación y alegría la cruz de sus achaques y dolores. En realidad le quedaban muy pocos años para alcanzar la vida eterna; murió el 2 de abril de 2005, dejando a la Iglesia inmensamente apenada, pero muy agradecida por su labor incansable a favor de Cristo y su Mensaje salvador.
Como ejemplo aleccionador estamos recordando esta carta Apostólica del 2001 del Papa san Juan Pablo II, en la que también advertía a los católicos y a todos los hombres de buena voluntad de que si el corazón de los seres humanos no se abría definitivamente al Mensaje Divino, el mundo tomaría derroteros imprevisibles hasta recorrer la senda del pecado. Concretamente él preguntaba (Ibid):


 
 
“¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitable y enemigas del hombre vastas áreas del planeta? ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de las guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente los niños?”


Preguntas todas esenciales, a la que podría añadirse ahora mismo esta otra: ¿Podemos quedar al  margen de la pandemia que azota a la humanidad? Por eso, él aseguraba   ya en aquellos años (Ibid): “Muchas son las urgencias ante las cuales el espíritu cristiano no puede permanecer insensible”

Ahora bien, para poder percibir con lucidez las dificultades que a la cristiandad en el nuevo milenio le afecta, y poderlas vencer, el Papa nos recordaba <cuán  consciente y madura debería ser la fe de los cristianos de la que con frecuencia tienen que dar testimonio a los incrédulos y a los ateos>.

Sí, desgraciadamente, como también nos recordaba el Papa san Juan Pablo II, en el nuevo milenio la cristiandad se encuentra muchas veces, dentro de sociedades en las que (Ibid):

 

 
“Hay quien exalta tanto al hombre, que deja sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más supuestamente, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna…


El ateísmo nace, a veces, como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo, o como adjudicación indebida de carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados  en la práctica como sucedáneos de Dios…En definitiva, la civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra (secularismo), puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios (Gaudium et Spes, 19)”

 
Son palabras duras de un Pontífice, que como antes comentábamos se encontraba a las puertas de su propia muerte y temía  por el futuro de su grey. Sin embargo él nunca perdió la esperanza en el regreso de los hombres a sus orígenes, es decir al Dios verdadero. Él siempre pensó que volverían a decir (Ibid):

 
 
 
“<Queremos ver a Jesús> (Jn 12, 21). Esta petición hecha al Apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en los oídos de la cristiandad durante todos estos siglos. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientes, piden a los creyentes de hoy no solo <que les hablemos de Cristo>, sino  en cierto modo <que se lo hagamos ver>

 ¿Y no es quizá cometido  de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro”


 Precisamente como el Papa san  Juan Pablo II reconocía en su carta, la gran herencia que la experiencia jubilar dejaba era la <Contemplación del rostro de Cristo>. Y es que como decía San Jerónimo, el gran doctor de la Iglesia (332-420): “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo”

 Además, hay que tener en cuenta también, que como nos enseñaba el Papa san  Juan Pablo II (Ibid):
“En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús, según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos <emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro>, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo, recogiendo testimonios fiables (Lc 1, 3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento y siempre bajo la iluminación del Espíritu Santo”


Fue tras el Concilio Vaticano II, más concretamente en el año 1985, cuando se convocó un Sínodo extraordinario de Obispos, en el que, según el Papa san Juan Pablo II, se fraguó la iniciativa de presentar un nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, aunque algunos teólogos opinaron que en ese momento no era necesario, pues era una forma caduca de presentar la fe.

Pues bien, el tiempo dio la razón a aquellos otros que defendían la idea de que un nuevo Catecismo era una gran necesidad de la Iglesia, tal como manifestaba Juan Pablo II (Diálogo mantenido con el periodista Vittorio Massori. <Cruzando el umbral de la esperanza>. Círculo de lectores 1995):

“El Catecismo era indispensable para que toda la riqueza del magisterio de la Iglesia, después del Concilio Vaticano II, pudiera recibir una nueva síntesis, y en cierto sentido, una nueva orientación; sin el Catecismo de la Iglesia universal, esto hubiera sido inalcanzable. Cada ambiente concreto, con base en este texto del magisterio, crearía sus propios catecismos según las necesidades locales.

En tiempo relativamente breve fue realizada esa gran síntesis; en ella, verdaderamente tomó parte toda la Iglesia. Particular merito debe reconocérsele al Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. El Catecismo, publicado en 1992, se convirtió en un best- seller  en el mercado mundial del libro, como confirmación de lo grande que era la demanda de este tipo de lectura, que a primera vista pudiera parecer impopular”


Ante esta situación, el Papa Benedicto XVI decidió convocar un <año de la fe>, recomendado así mismo la vuelta a la lectura detenida del Catecismo de la Iglesia Católica (Carta Apostólica en forma de <Motu proprio>. Dada en Roma el 10 de octubre de 2011:
“A la pregunta planteada por los que escuchaban al Señor ¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6,28), sabemos que Él respondió: <que creáis en el que Él ha enviado> (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación…
A la luz de todo esto, he decidido convocar un <año de la fe>. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Cristo Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013”
Hasta cinco veces más el Papa Benedicto nos recomendó la lectura del Catecismos de la Iglesia Católica en su Carta Apostólica, asegurando entre otras muchas cosas que: