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lunes, 24 de agosto de 2020

NATANAEL (BARTOLOME) LE PREGUNTO AL SEÑOR: ¿DE QUE ME CONOCES?




Narra, en efecto, el apóstol san Juan  que tras la primera entrevista de Andrés y Pedro con Jesús, más concretamente al día siguiente, se produjo el encuentro del Señor con Felipe y Natanael (Jn 1, 43-51): “Al día siguiente determinó Jesús salir para Galilea, y halla a Felipe, y le dice: sígueme / Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro / Halla Felipe a Natanael, y le dice: Aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y los Profetas igualmente, le hemos hallado: Jesús, hijo de José, el de Nazaret / Y le dijo Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Dice  Felipe: Ven y lo verás / Vio Jesús a Natanael venir hacia sí y dice de él: Ahí tenéis verdaderamente un israelita, en quién no hay dolo / Dice  Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes de que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi / Respondió Natanael: Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel / Respondió Jesús y le dijo: ¿Por- que te dije que te vi debajo de la higuera, crees? Mayores cosas que éstas verás / Y le dice: En verdad os digo, veréis el cielo abierto y a los ángeles del cielo que suben y bajan sobre el Hijo del hombre”

 
 
 
Natanael, tradicionalmente, es identificado con el apóstol del Señor llamado Bartolomé, seguramente porque en el Evangelio  del apóstol San Juan (Jn 1, 43-51), es asociado a la figura del apóstol Felipe y así mismo en los Evangelios sinópticos  es nombrado después  de éste. Así, por ejemplo, leemos en el Evangelio de Mateo (Mt 10, 1-4): “Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias / Los nombres de los doce Apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago el hijo de Zebedeo y su hermano Juan / Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo / Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que le entregó”

 
Es lógico, considerar que Bartolomé (Bar-Tôlmay ó hijo de Tôlmay), era el apellido patronímico del que llevaba el nombre propio de Natanael. Sea como fuere, desde el momento en que este hombre se acercó a Cristo, ya no se separó de Él, ni de sus discípulos. Ciertamente como nos decía el Papa Benedicto XVI en su libro <Cuando Dios llama>( Antología. Alberto García Ruiz. Ed. Rialp. S.A. 2010):

 
Sin duda recordar la vocación  Natanael  nos ofrece la posibilidad de reflexionar profundamente sobre el conocimiento de Dios, si tenemos en cuenta la respuesta de Felipe a la pregunta de éste sobre el origen de Jesús: “Ven y lo verás”.

Nuestro conocimiento de Jesús, tiene necesidad sobre todo de una experiencia viva. Más aún, como también  asegura el Papa Benedicto XVI, en su <Audiencia general>  del 4 de octubre de 2006, de un testimonio, pero no de cualquier persona, sino de alguien muy importante para los hombres, y ese alguien no puede ser nadie más que Jesús, el Salvador. Ahora bien, nosotros a cambio, tenemos que quedar comprometidos personalmente con Él, en una relación íntima y verdadera. Por consiguiente, la respuesta de Felipe: <Ven y lo veras>, fue contundente y muy adecuada para la pregunta provocativa de su amigo.



Indudablemente que algo muy personal, desconocido para cualquiera que no fuera Dios, tendría que ser aquello que sucedió a Natanael debajo de la higuera y, algo digno de elogio del Señor, al recibirle con aquellas palabras tan significativas: “Ahí viene verdaderamente un israelita, en quien no hay dolo”

Por tanto, aquello que ciertamente debemos destacar de este pasaje de la vida de Jesús, es la respuesta positiva de Natanael  a su llamada. Tal como nos manifiesta el Papa Benedicto XVI  (Ibid):

 
 
 
“De todos modos, lo que más cuenta en la narración de los hechos acaecidos, es la confesión de fe que al final profesa Natanael de manera límpida (Juan 1,49). Si bien no alcanza la intensidad de la confesión de Tomás con la que concluye su Evangelio San  Juan: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28). La confesión de Natanael tiene la función de abrir el terreno al cuarto Evangelio. En ésta se ofrece un primer e importante paso en el camino de la adhesión a Cristo. Las palabras de Natanael presentan un doble y complementario aspecto de la identidad de Jesús: es reconocido tanto por su relación  especial con el Padre, del que es Hijo Unigénito, como por su relación con el pueblo de Israel, de quien es llamado Rey, atribución propia del Mesías esperado”

 
Como podemos comprobar por sus palabras, el Papa Benedicto XVI piensa que la respuesta de Natanael a Jesús, abre camino a los hombres para solidarizarse con Cristo, proclamando la doble naturaleza del mismo, divina y humana, pero teniendo mucho cuidado en las interpretaciones, tal como sigue diciéndonos: “Nunca tenemos que perder de vista ninguno de estos dos elementos, pues si proclamamos sólo la dimensión celestial de Jesús corremos el riesgo de hacer de Él un ser etéreo y evanescente, mientras que si sólo reconocemos su papel concreto en la historia, corremos el riesgo de descuidar su dimensión divina, que constituye su calificativo propio”

 
Precisamente las investigaciones, de algunos especialistas en el estudio de las Sagradas  Escrituras, sobre el <Jesús histórico>, han sido objeto de gran interés en los siglos pasados, siendo muchos los análisis realizados, centrados fundamentalmente, en la observación meticulosa y detallada de los Evangelios y/o en los restos arqueológicos de la época en que vivió  Jesús. Sin embargo hay que decir que desgraciadamente no todos los análisis, han llevado  a conclusiones respetuosas con el carácter divino de la figura de Cristo.


 
Estas palabras del Jesús,  en el sentido literal, sólo puede significar que Él resucitará y ascenderá a los cielos, es más, en un sentido espiritual más amplio, se verificó durante toda su vida, en la cual fue una realidad aquella comunicación del cielo con la tierra, que Jacob vio en sueños bajo la imagen de la escala por la cual los ángeles subían y bajaban, cuando Yahveh  prometió la tierra, sobre la que descansaba, a él y a sus descendientes  (Gen 28, 10-13).


Según estos datos,  fue un apóstol viajero,  teniendo que soportar grandes calamidades debido a la incomprensión y brutalidad de los habitantes de algunos de los  países por los que pasó. De cualquier forma y a pesar de la escasa información existente sobre la labor evangelizadora de Natanael, es interesante recordar que algunos historiadores de la antigüedad como por ejemplo, Eusebio de Cesarea (Siglo IV), hacen referencia a que se habría encontrado en la India los signos de la presencia de Bartolomé (Historia Eclesiástica V, 10, 3). En general, es aceptado el hecho de que este apóstol llevó consigo un ejemplar del Evangelio de san Mateo, escrito en arameo, dejando una copia en dicho país. Existen también muchas  leyendas recogidas por los hagiógrafos, cuya veracidad no ha sido totalmente contrastada, pero que la tradición de la Iglesia ha conservado por la riqueza de su ejemplo evangelizador.

 Se cuenta, entre otras muchas historias, que al llegar el apóstol a Armenia, tuvo lugar un gran prodigio, pues sucedió que el rey de aquel país se encontraba en el templo con toda su corte escuchando los oráculos que desvelaba el demonio por boca de un ídolo llamado Astarot, y apenas el apóstol entró en el templo el maligno enmudeció. Los idólatras acudieron a otro oráculo para informarse de las causas de este enmudecimiento, a lo que el demonio respondió por boca del mismo, que la causa era sin duda la presencia del hombre santo recién llegado.

 
 
 
 
 
Según sus hagiógrafos, el rey se encontraba por entonces, muy consternado por la enfermedad de una hija suya, que parecía estar poseída por el diablo, y al saber de los poderes de Bartolomé le rogó que sanara a su hija; éste así lo hizo con gran júbilo del monarca y de toda la corte. Gracias a esta feliz circunstancia el apóstol podría haber realizado su labor evangelizadora con relativa tranquilidad,  pero la envidia pronto haría su aparición entre los no conversos causando finalmente  la muerte por martirio del apóstol. 

 
La muerte de san Bartolomé tuvo lugar muy probablemente por despellejamiento, terrible martirio si se tiene en cuenta que el fallecimiento, en tal caso, no se produce de forma inmediata sino después de terribles dolores por agotamiento. Miguel Ángel representó al apóstol Natanael (Bartolomé) en el mural del <Juicio final> en la Capilla Sixtina, y lo hizo mediante un autorretrato con la piel en la mano, aceptando el hecho del terrible martirio al que fue sometido.