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sábado, 27 de octubre de 2018

EL OFICIO SACERDOTAL DE CRISTO Y LA CELEBRACIÓN DE LA LITURGIA EN LA IGLESIA


 
 
 
 


La Carta a los Hebreos es según los estudiosos del Nuevo Testamento uno de los escritos más significativos incluido en el mismo, si se tiene en cuenta, que  desde el punto de vista teológico suscita una gran admiración, por su profundidad moral y su espiritualidad. Algunos exegetas defienden la idea de  que realmente no debería considerarse como una simple carta, porque su contenido y forma, la asemejan más a un género especial, que utiliza una técnica próxima a la oratoria pastoral empleada en la  Iglesia primitiva. El autor de este trabajo literario, probablemente fue el apóstol San Pablo, aunque ha habido algunas objeciones en este sentido, pero la Iglesia tradicionalmente, desde antiguo, consideró al apóstol de los gentiles como el autor de la misma.

Cuestión muy importante es el hecho de que el autor de esta obra, relata  la misión llevada a cabo por el Hijo del hombre, es decir por el Mesías, desde el punto de vista sacerdotal (Heb 5,1-5):

“Todo sumo sacerdote, es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de Dios a favor de los hombres, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados/ Es capaz de ser comprensivo con los ignorantes y los extraviados, ya que él también está lleno de flaquezas/ y a causa de ellas debe ofrecer sacrificios por los pecados propios a la vez que por los del pueblo/ Nadie puede arrogarse esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama, como ocurrió en el caso de Aarón/ Así también Cristo no se apropio de la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había dicho: <Tú eres mi Hijo yo te he engendrado hoy>/  O como dice también en otro lugar: <Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec>”

En efecto, en el <Salterio> o <Libro de Los Salmos> podemos leer la frase que aparece en la  Carta a los Hebreos, refiriéndose a Jesucristo sacerdote (Sal 110(109)):

“Palabra del Señor a mi Señor: <Siéntate a mi derecha, hasta que  haga de tus enemigos estrado de tus pies>/ El Señor extenderá desde Sión el poder de tu cetro: domina sobre tus enemigos/ Contigo el poderío el día de tu nacimiento; en las montañas santas, como el rocío te he engendrado  en el seno de la aurora/ El Señor lo ha jurado y no se vuelve atrás: <Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec>”



El Papa Benedicto XVI  durante la celebración de la misa en la solemnidad del Corpus Christi, el  3 junio de 2010, refiriéndose al sacerdocio de Cristo, manifestaba:

“Lo primero que conviene recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judía. Su familia no era sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá y, por tanto, legalmente el camino del sacerdocio le estaba vedado. La persona y actividad de Jesús de Nazaret no se sitúan en la línea de los antiguos sacerdotes, sino más bien en la de los profetas.

Y en esta línea Jesús se alejó de una concepción ritual de la religión, criticando el planteamiento que daba valor a los preceptos humanos vinculados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor a Dios y al prójimo, que, como dice el Señor, <vale más que todos los holocaustos y sacrificios> (Mc 12, 33)”

 


Por eso, como diría el Papa Pio XII en su Carta Encíclica <Mediator Dei> (Dada en Roma el 20 de noviembre del año 1947):

“A penas <el Verbo se hizo carne> se manifestó al mundo dotado de la dignidad sacerdotal, haciendo un acto de sumisión al Eterno Padre que había de durar todo el tiempo de su vida: <al entrar en el mundo, dice…Heme aquí que vengo…para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad>, acto que se llevará a efecto de modo admirable en el sacrificio cruento de la cruz: <Por esta voluntad, pues, somos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo hecha una vez sola>”

 
Cuando llego su hora, Jesucristo vivió el único evento que <permanece> a lo largo de la historia del hombre. En efecto, Jesús les advirtió a sus discípulos de las dificultades que tendrían que soportar por su causa, después de que ellos declararan convencidos: <Ahora estamos seguros que lo sabes todo y que no es necesario que nadie te pregunte; por eso creemos que has venido de Dios> (Jn 16, 30); y levantando los ojos al cielo exclamó: <Padre ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti> (Jn 17, 1).

Sí, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica a este respecto (nº 1085):

“Cuando llegó su hora, vivió, el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre <una vez por todas>. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado.

El misterio Pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que Cristo hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. Los acontecimientos de la Cruz y de la Resurrección permanecen y atraen, todo hacia la Vida”

Es por eso que la Iglesia fiel al mandato del Señor, continúa <su oficio sacerdotal, puesto que como podemos  también leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1087):

“Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los apóstoles, les confía su poder de santificación; se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta <sucesión apostólica> estructura toda la vida de la liturgia de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden”

 
 
 
Así pues, la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, continúa su oficio sacerdotal, especialmente a través de la <sagrada liturgia>. En primer lugar, en el Altar, donde tiene lugar perpetuamente el sacrificio de la Cruz y en segundo lugar, a través de los Sacramentos instituidos por Cristo, mediante los cuales los hombres pueden participar de la <vida sobrenatural>. Más aún, como enseñaba el Papa Pio XII a principios del pasado siglo:

“La Iglesia tiene de común con el Verbo encarnado el fin, la obligación y la función de enseñar a todos la verdad, regir y gobernar a los hombres, ofrecer a Dios el sacrificio aceptable y grato, y restablecer así entre el Criador y la criatura aquella unión y armonía que el Apóstol de las gentes indica claramente con estas palabras (Ef 2, 19-22):

<Así que ya no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y domésticos de Dios: pues estáis edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, y unidos a Jesucristo, el cual es la principal piedra angular de la nueva Jerusalén: sobre quien trabado todo el edificio, se alza para ser un templo santo del Señor: por él entráis también vosotros a ser parte de la estructura de este edificio, para llegar a ser morada de Dios, por medio del Espíritu Santo>

Por eso la sociedad fundada por el divino Redentor no tiene otro fin, ni con su doctrina y gobierno, ni con el sacrificio y los Sacramentos instituidos por Él, ni, finalmente, con el ministerio que le ha confiado, con sus oraciones y su sangre, sino crecer dilatarse cada vez más; y esto sucede cuando Cristo está edificado y dilatado en las almas de los mortales, y cuando, a su vez, las almas de los mortales están edificadas y dilatadas en Cristo; de manera que en este destierro terrenal se amplíe el templo donde la divina Majestad recibe el culto grato y legítimo.
 
 


Por tanto, en toda acción litúrgica, juntamente con la Iglesia, está presente su divino Fundador: Jesucristo está presente en el augusto sacrificio del altar, ya en la persona de su ministro, ya, principalmente, bajo las especies eucarísticas; está presente en los Sacramentos con la virtud que trasfunde en ellos, para que sean instrumentos eficaces de santidad; está presente, finalmente, en las alabanzas y en las súplicas dirigidas a Dios, como está escrito: <Donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, allí me hallo yo en medio de ellos> (Mt 18, 20)”  (Carta Encíclica Mediator Dei; Papa Pio XII, 1947).

Ésta última frase recordada por el Papa Pio XII fue pronunciada por Jesús, según el evangelista San Mateo, una vez terminado su Ministerio en Galilea y antes de iniciarlo en Jerusalén. Durante este periodo de tiempo tuvieron lugar eventos muy importantes de la vida del Señor, concretamente el milagro de la curación de la hija endemoniada, de una mujer cananea de gran fe, durante su estancia en las regiones de Tiro y Sidón; posteriormente al regresar al lago de Galilea se subió a una montaña y allí realizó muchos milagros entre personas invalidas (ciegos, cojos, sordos, mancos) y otros muchos enfermos…



Todavía, el Señor compadecido ante tanta multitud que le seguía y que no se habían aprovisionado de comida para tan largo periodo de tiempo, pues ya llevaban tres días escuchando sus palabras y contemplando sus prodigiosos milagros, les dio de comer, llevando a cabo otro gran milagro, pues a partir de siete panes y varios peces, se pudo alimentar a aquella gente y aún sobró siete espuertas que recogieron los apóstoles.

Sin embargo, el hombre demostró una vez más su testarudez, y falta de credulidad, ante tanto prodigio y sobre todo ante tanto amor derramado por Jesús, porque ¿ cómo es posible que en semejante situación, todavía, se le pudiera pedir una señal?…

Pero así fue, unos hombres descreídos, e incitados por el maligno, se acercaron al Señor para tentarlo y le pidieron una señal del cielo…Y el Señor les dio una gran lección al contestarles que solo se les daría la <señal de Jonás> (Jon 2, 1-11).

Sucedieron muchas más cosas, todas ellas relatadas maravillosamente por el evangelista San Mateo, uno de los Doce, y todas ellas demostraban el inmenso amor de Jesús por los hombres y que era el Mesías, el Hijo de Dios, pero ellos todavía dudaban…

 


Jesús quizás un poco cansado de tanta impiedad, descreimiento y negación, se decidió a hacer, una corrección fraternal, y a hablar de la potestad de la Iglesia en los términos siguientes (Mt 18, 15-18):

“Si tu hermano ha pecado contra ti, ve y repréndelo a sola; si te escucha habrás ganado a un hermano/ pero si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que toda causa sea decidida por la palabra de dos o tres testigos/ Si no quiere escucharles, dilo a la comunidad; y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano y publicano/ Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo/ Os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre la tierra, cualquier cosa que pidan les será concedida por el Padre celestial. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”

 


El Papa Pio XII, nos aclara en su Carta Encíclica <Mediator Dei>, a este respecto que (Ibib):

“La sagrada liturgia es el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador (Jesucristo) y, por medio de Él, al Eterno Padre: es, diciéndolo brevemente, el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros.

La acción litúrgica tiene principio con la misma fundación de la Iglesia. En efecto, los primeros cristianos <perseveraban todos en oír las instrucciones de los Apóstoles y en la comunión de la fracción del pan y en la oración. Dondequiera que los Pastores pueden reunir un núcleo de fieles, erigen un altar, sobre el que ofrecen el sacrificio; y entorno a él se disponen otros ritos acomodados a la santificación de los hombres y a la glorificación de Dios.

Entre estos ritos están, en primer lugar, los Sacramentos, o sea las siete principales fuentes de salvación; después, la celebración de las alabanzas divinas, con las que los fieles, reunidos, también obedecen a las exhortaciones del Apóstol:

<Con toda sabiduría enseñándoos y animándoos unos a otro con salmos, con himnos y canticos espirituales, cantando de corazón, con gracia o edificación, las alabanzas a Dios> (Col 3,16); después, la lectura de la ley, de los Profetas, del Evangelio y las Cartas apostólicas, y finalmente la homilía, con la cual el presidente de la asamblea recuerda y comenta útilmente los preceptos del divino Maestro, los acontecimientos principales de su vida, y amonesta a todos los presentes con oportunas exhortaciones y ejemplos.



El culto se organiza y se desarrolla según las circunstancias y necesidades de los fieles, se enriquece con nuevos ritos, ceremonias y formulas, siempre con la misma intención (San Agustín): <Para que por estos signos nos estimulemos y conozcamos el progreso por nosotros realizado y nos sintamos impulsados a aumentarlo con mayor vigor, ya que el efecto es más digno si es más ardiente el afecto que le precede>”

Ahora bien, la palabra liturgia en el Nuevo Testamento (Cf. C.I.C nº 1070) <es empleada para designar no solamente la celebración del culto divino, sino también  el anuncio del Evangelio y la caridad en acto>. Es por eso que la Iglesia actúa como servidora, a imagen de su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo, llegando a <participar en su sacerdocio> (Cf. C.I.C nº 1070):

“Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza, según modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público.

Por ello, toda la celebración litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (Sacrosanctum concilium; SC 7)”

Ciertamente la liturgia es fuente de <Vida>, tal como muy bien  queda especificado en el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C nº 1071 y nº 1072) y por otra parte, está íntimamente relacionada con el tiempo dedicado  por el creyente, en su búsqueda de la santidad, con la  práctica de la oración (C.I.C nº1073):

“La liturgia es participación en  la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es enraizado y fundado en el <gran amor con que el Padre nos amo> (Ef 2, 4) en su Hijo Amado. Es la misma <maravilla de Dios> que es vivida e interiorizada por toda oración, en todo tiempo, en el Espíritu”

Verdaderamente como enseñaba el Papa Pio XI en su Carta Encíclica <Caritate Christi Compulsi>, un 3 de mayo de 1932:




“¡Qué espectáculo más hermoso para el cielo y para  la tierra que la Iglesia en oración!...

Desde siglos, sin interrupción, desde una a otra medianoche, se viene repitiendo sobre la tierra la divina salmodia de los cantos inspirados; no hay horas del día que no estén santificadas por su liturgia especial; no hay un solo periodo, pequeño o grande de la vida, que no tenga lugar en el agradecimiento, en la alabanza, en la oración, en la reparación de la plegaria común del cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.

Así, la plegaria misma asegura la presencia de Dios entre los hombres, como lo prometió el Divino Redentor: <Donde dos o más personas se hallan congregadas en mi nombre, allí me hallo yo entre ellas>”

Por su parte, el Papa Pio XII en su Carta Encíclica  sobre la Sagrada Liturgia, <Mediator Dei>, recordaba la feliz frase de su antecesor  en la silla de Pedro, que nosotros hemos mencionado anteriormente: < ¡Que espectáculo más hermoso para el cielo y la tierra que la Iglesia en oración! Y es que la Iglesia fiel al mandato de su Fundador, nuestro Señor Jesucristo, como corroboraba este Pontífice en dicha Encíclica:




“Continua su oficio sacerdotal, sobre todo mediante la sagrada liturgia. Esto lo hace, en primer lugar, en el altar, donde se representa perpetuamente el sacrificio de la cruz y se renueva, con la sola diferencia del modo de ser ofrecido; en segundo lugar, mediante los Sacramentos, que son instrumentos peculiares, por medio de los cuales los hombres participan de la vida sobrenatural; y por último, con el cotidiano tributo de alabanza ofrecido a Dios Optimo Máximo”

Verdaderamente se puede decir que la liturgia ha progresado y se ha desarrollado a lo largo de los siglos, pero  teniendo en cuenta que en ella siempre estarán presentes elementos divinos y elementos humanos. Los primeros lógicamente nunca podrán ser alterados porque proceden directamente del mandato de Dios y el hombre incurriría en grave pecado si lo hiciera. Por el contrario aquellos elementos litúrgicos que son debidos a la acción del hombre, bajo la aprobación de la jerarquía eclesiástica, por supuesto asistida por el Espíritu Santo, pueden sufrir algunas modificaciones en función de las necesidades del momento histórico. Sin embargo, para evitar abusos  en los posibles cambios de los elementos humanos de la liturgia el Papa Pio XII aclaraba en su carta Encíclica <Mediator Dei>  que:



“El Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y establecer cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y aprobar nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados; los obispos, por su parte, tienen derecho y el deber de vigilar con diligencia, a fin de que las prescripciones de los sagrados cánones referentes al culto divino sean observados con exactitud. No es posible dejar al arbitrio de cada uno, aunque se trate de miembros del clero, las cosas santas y veneradas relacionadas con la vida religiosa de la comunidad cristiana, con el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo y el culto divino, con el honor debido a la Trinidad Santísima, al Verbo encarnado, a su augusta Madre y a los demás santos y con la salvación de los hombres; por la misma causa, a nadie se le permite regular en esta materia aquellas acciones externas, íntimamente ligadas con la disciplina eclesiástica, con el orden, la unidad y la concordia del Cuerpo místico, y no pocas veces con la integridad misma de la fe católica”

En este sentido es necesario sobre todo que exista <Unidad del Misterio>, aunque pueda existir cierta diversidad litúrgica. A este respecto recordemos que en el Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II podemos leer (nº 1201):

“Las diversas tradiciones litúrgicas nacieron por razón misma de la misión de la Iglesia. Las Iglesias de una misma área geográfica y cultural llegaron a celebrar el Misterio de Cristo a través de expresiones particulares, culturalmente tipificadas: en la tradición del <deposito de la fe> (2 Tm 1, 14), en el simbolismo litúrgico, en la organización de la comunión fraterna, en la inteligencia teológica de los misterios, y en tipos de santidad.

Así, Cristo, Luz y Salvación de todos los pueblos, mediante la vida litúrgica de una Iglesia, se manifiesta, al pueblo y a la cultura a los cuales es enviada y en los que se enraíza. La Iglesia es católica: puede integrar en su unidad, purificándolas, todas las verdaderas riquezas de las culturas”

 


En este sentido es interesante recordar ahora las palabras del Papa Benedicto XVI al referirse a <el valor de la cultura para la vida del hombre>:

“La relación entre  Palabra de Dios y cultura se ha expresado en obras de diversos ámbitos, en particular en el mundo del arte. Por eso, la gran tradición de Oriente y de Occidente ha apreciado siempre las manifestaciones artísticas inspiradas en la Sagrada Escritura…

Toda la Iglesia manifiesta su consideración, admiración y estima por los artistas que se han dejado inspirar por los textos sagrados; ellos han contribuido a la decoración, de nuestras iglesias, a la celebración de nuestra fe, al enriquecimiento de nuestra liturgia y, al mismo tiempo, muchos de ellos han ayudado a reflejar de modo perceptible en el tiempo y en el espacio las realidades invisibles y eternas"  (Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre; Papa Benedicto XVI. Editorial Chronica S.L. Enero de 2011)



 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

    

viernes, 26 de octubre de 2018

EL MISTERIO DE LA VISITACIÓN


 
 
 
 
 
 
Habiendo sabido la futura Madre de Dios por el ángel San Gabriel que su prima iba a ser madre, al igual que ella, corrió presurosa a felicitarla y a ayudarla en lo que hubiera menester, a pesar de la gran distancia que tenía que recorrer a través de zona montañosa. María saludó a Isabel, su prima, y ésta a su vez, que conocía por divina inspiración que María  llevaba ya en su vientre al Hijo de Dios hecho hombre, la felicitó, la ensalzó y la proclamó por la más feliz de las mujeres. La santísima Virgen entonces, inspirada por el Espíritu Santo prorrumpió en un canto de humildad y reconocimiento, <el Magnificat>.


El Papa San Juan Pablo II recordando el <Misterio de la Visitación> se expresaba en los términos siguientes (Audiencia General del miércoles 2 de octubre de 1996):

“En el relato de la visitación, san Lucas muestra como la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva la salvación y la alegría a casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo <anístemi>, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios para indicar la Resurrección de Jesús (cf. Mc 8,31; 9,9.31; Lc 24, 7.46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27-28; 15, 18.20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

 
 
 
El texto evangélico refiere, además, que María realiza el viaje <con prontitud> (Lc 1, 39). También la expresión <a la región montañosa> (Lc 1, 39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: < ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!> (Is 52, 7)”


Hermosa y certera interpretación del gran Pontífice san Juan Pablo II, sobre  los hechos  relatados por San Lucas en su Evangelio con gran suavidad y delicadeza pues no en balde ha merecido el titulo de <Scriba mansuetudinis  Christi>, tal como podemos comprobar en los versículos siguientes (Lc 1, 39-45):
"Por aquellos días, levantándose María, se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá / y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel / Y aconteció que, al oír Isabel la salutación de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, y fue llena Isabel del Espíritu Santo / y levantó la voz con gran clamor y dijo: <Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre / ¿Y de dónde a mí esto que venga la madre de mi Señor a mí? / Porque he aquí que, como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, dio saltos de alborozo el niño en mi seno / Y dichosa la que creyó y tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor

 
 
 
Y dijo María: "<Engrandece mi alma al Señor / y se regocijó mi espíritu en Dios, mi Salvador / porque puso sus ojos en la bajeza de su esclava / Pues he aquí que desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones / porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso y cuyo nombre es <Santo> / y su misericordia por generaciones y generaciones para aquellos que le temen>"

Y luego continuó diciendo: "<Hizo ostentación de poder con su brazo: Desbarato a los soberbios en los proyectos de su corazón / derrocó de su trono a los potentados y enalteció a los humildes / llenó de bienes a los hambrientos y despidió vacios a los ricos>"

 
 
 
Finalmente dijo la Virgen María: "<Tomó bajo su amparo a Israel, su siervo, para acordarse de la misericordia / como lo había anunciado a nuestros padres, a favor de Abrahán y su linaje para siempre>"

 
 
 
 
Como sigue diciendo el Papa san Juan Pablo II en su Audiencia General anteriormente mencionada si recapacitamos despacio sobre esta visita de María a su prima Isabel comprenderemos de inmediato que ésta es realmente el preludio de la misión de Jesús que se encontraba entonces ya en su seno; la Virgen se pone en camino con el Niño en su seno y con ello está llevando a cabo una colaboración con su Hijo en la obra Redentora de Éste, y por tanto la alegría de la salvación para el género humano:


“El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías (Lc 1, 18-21), María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: <Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel> (Lc 1, 40).

San Lucas refiere que <cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno> (Lc 1, 41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, trasmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

 
 
 
Ante el saludo de María también Isabel sintió la alegría mesiánica y <quedó llena del Espíritu Santo; y exclamó con gran voz, dijo: <Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno> (Lc 1, 41-42)…La exclamación de Isabel <con gran voz> manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cantico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.


Isabel, proclamándola <bendita entre las mujeres> indica la razón  de la bienaventuranza de María en su fe: ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!(Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree.

 
 
 
Podemos tratar de imaginarnos aquel momento sublime en él que la Madre de Dios se encuentra con su prima Isabel y ésta la bendice con una frase que parece la continuación de lo que ya ha escuchado antes de los labios del arcángel san Gabriel: <Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno…>.

Es un instante luminoso, es un instante de dicha tal  que hace brotar desde el interior de su alma un cantico maravilloso que expresa toda la verdad del gran Misterio. Es el cantico que anuncia a la humanidad la llegada del Salvador que Ella, lleva en su vientre, el <Magnificat>.

Para el Papa Benedicto XVI el <Magnificat>:

“Es un canto que revela con acierto la espiritualidad de los anawim bíblicos, es decir, de los fieles que se reconocían <pobres> no solo por su alejamiento de cualquier tipo de idolatría  de la riqueza y del poder, sino también por la profunda humildad de su corazón, rechazando la tentación del orgullo, abierto a la irrupción de la gracia divina salvadora.

En efecto, todo el <Magnificat>, está marcado por esta <humildad>, en griego <tapeinosis>, que indica una situación de humildad y pobreza concreta. (Audiencia General del 15 de febrero de 2006)”

Sí, la Virgen María inicia su canto con esta sencilla y fascinante frase (Lc 1, 46):

“Engrandece mi alma al Señor>

 
 
Y así quiso iniciar su Homilía el Papa san Juan Pablo II un domingo 15 de agosto de 1999 en Castelgandolfo, durante la solemnidad de la <Asunción de la Virgen>, para después continuar expresándose con estas sentidas palabras: “La Iglesia peregrina en la historia se une hoy al cantico de exultación de la bienaventurada Virgen María; expresa su alegría y alaba a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo.

En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció en Ain Karim, respondiendo al saludo de Isabel (Lc 1, 48-49): “Me llamarán dichosa todas las generaciones, porque hizo en mi  favor grandes cosas el Poderoso”

 
 
 
 
Gracias a la victoria pascual de Cristo sobre la muerte, la Virgen de Nazaret, unida profundamente al misterio del  Hijo de Dios, compartió de modo singular sus efectos salvíficos. Correspondiendo plenamente con su <sí> a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de Él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.


El <sí> de María es alegría para cuantos estaban  en las tinieblas y en la sombra de la muerte. En efecto, a través de ella vino al mundo el Señor de la vida.

Los creyentes exultan y la veneran como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Hoy, en particular, la contemplan como <signo de consuelo y de esperanza, para cada uno de los hombres y para todos los pueblos en camino hacia la patria eterna”

Para el Papa san Juan Pablo II el <Magníficat> pone al descubierto el corazón de la Madre de Jesús, de nuestra Madre la Virgen María, y por eso nos recuerda que:

“La comunidad eclesial renueva en la solemnidad de la <Asunción de María>, el cantico de acción de gracias de María: lo hace como pueblo de Dios, y pide que cada creyente se una al coro de alabanza al Señor.

Ya desde los primeros siglos, san Ambrosio exhortaba:  <Que en cada uno el alma de María glorifique al Señor, que en cada uno el espíritu de María exulte a Dios> (S.Ambrosio, Exp.Ev.Luc., II, 26).

 Las palabras del <Magníficat> son como el testamento espiritual de la Virgen Madre.

Por tanto, constituyen con razón la herencia de cuantos, reconociéndose como hijos suyos, deciden acogerla en su casa, como hizo el apóstol Juan, que la recibió como Madre directamente de Jesús, al pie de la Cruz (cf. 19,27)” (Homilía del 15 de agosto de 1999).

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 

 

 

 

   

 

EN LA VIDA DEL SACERDOTE SU TIERRA ES DIOS


 
 
 


En el  Antiguo Testamento, el salmista  viene a significar  que el Señor es su único bien, <su tierra es Dios>, con esta hermosa oración (Sal 15, 5-6):

“Tú, Señor, eres mi copa y el lote de mi heredad, mi destino está en tus manos/ Me ha tocado un lote delicioso, ¡que hermosa es mi heredad!

Según el Papa Benedicto XVI (La sal de la tierra; Una conversación con Peter Seewald; Ed. Palabra, S.A. 1997):

“Esta figura del Antiguo Testamento que deja a la tribu de los sacerdotes sin territorio y que, podría decirse, solo vive de Dios, y , por tanto, da verdadero testimonio de Él, se traduce más adelante como unas palabras de Jesús que venían a decir que , en la vida del sacerdote, <su tierra es Dios>”

Recordemos que los apóstoles fueron elegidos, en su día, por Cristo, con una misión  perfectamente definida (Catecismo de la Iglesia Católica nº 858, 859 y 860):



*Jesús  es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, <llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar> (Mc 3, 13-14).

Desde entonces, serán sus <enviados>. En ellos continua su propia misión: <Como el Padre me envió, también yo os envío> (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18).

Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: <Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe>, dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).

*Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como <el Hijo no puede hacer nada por su cuenta> (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla.

Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como <ministros de una Nueva Alianza> (2 Co 3, 6), <ministros de Dios> (2 Co 6, 4), <embajadores de Cristo> (2 Co 5, 20), <servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios> (1 Co 4, 1).



*En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia.

Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer <con ellos> hasta el fin de los tiempos (Mt 28, 20). <Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir…sucesores> (Lumen Gentium, 20).

Los Obispos son sucesores de los apóstoles (C.I.C. nº 861):



*<Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron…

Nombraron, por tanto, de esta manera algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio (Lumen Gentium, 20)

Como podemos leer también en el Documento de la Iglesia <Lumen Gentium>, correspondiente al Concilio Ecuménico Vaticano II (LG 28):

“El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos ordenes y ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos”

Por otra parte, la Iglesia católica nos enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son todos ellos conferidos mediante un acto sacramental que recibe el nombre de <ordenación>, se producen por tanto a través del Sacramento del Orden.



En efecto, en  el Catecismo de la Iglesia católica podemos finalmente leer a este respecto que (nº 1554):

“La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la practica constante de la Iglesia, reconocen que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diacono está destinado a ayudarles y a servirles.

Por eso el termino <sacerdos> designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos.

Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado <ordenación>, es decir, por el Sacramento del Orden”  

De todas estas enseñanzas, lógicamente, parece deducirse que en los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado), <en la vida de los sacerdotes, su tierra es Dios>. Su dedicación a Dios debería ser total, como indica el enorme honor y  la tremenda responsabilidad que Cristo les ha concedido, al ser sus representas sobre la tierra.

 



Sin embargo en la actualidad, algunas personas se suelen preguntar: ¿Es hoy posible, es hoy conveniente la observancia del sagrado celibato sacerdotal? Desde luego ésta es, una pregunta clásica presente en nuestra sociedad y que proviene de las  corrientes de pensamiento modernistas que desde hace tiempo han conducido a un enfrentamiento enorme del laicismo frente al cristianismo.
Porque cuando se quiere, en nombre de una falsa mejora de la misión del sacerdote, eliminar el sagrado celibato, o se quiere modificar otras cuestiones que son inherentes a la moralidad cristiana, dentro de la Iglesia, en nombre de la liberación del hombre moderno, ello conduce como diría en su día  el Papa Benedicto XVI:
 
 


“A la reivindicación intolerante de una <nueva religión> que aduce tener una vigencia universal porque es racional, más aún, porque es la razón en sí misma, que lo sabe todo y que,  por eso mismo, señala también el ámbito que a partir  de ahora debe hacerse normativa para todos.

El hecho de que en nombre de la tolerancia se elimine la tolerancia es una verdadera amenaza ante la cual nos encontramos.

El peligro consiste en que la razón –la llamada razón occidental- afirma que ella ha reconocido realmente lo correcto y, con ello, reivindica una totalidad que es enemiga de la libertad.

Creo que hemos de presentar con mucho énfasis ese peligro. A nadie se le obliga a ser cristiano.

Pero nadie debe ser obligado a vivir la <nueva religión> como la única determinante y obligatoria para toda la humanidad” 
(Benedicto XVI, < Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos>. Una conversación con Peter Seewald; Herder Editorial, S.L. 2010).

Por eso la pregunta: ¿No será ya llegado el momento para abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? Se <cae por su peso> como se suele decir…
Hasta ahora ningún Pontífice se ha atrevido a modificar el don del sagrado celibato sacerdotal, tampoco el Papa Francisco, que ha manifestado, recientemente, que no es el momento para tratar tan espinoso tema…



Todos los Papas de los últimos siglos han defendido la necesidad de ésta renuncia por amor a Cristo y el deseo de predicar el  reino de Dios, es decir el <reino de los cielos>, tal como enseñaba el Papa san Juan Pablo II en su Audiencia general del miércoles 21 de abril de 1982):

“El <reino de los cielos>, significa el reino  de Dios, que Cristo predicaba en su realización final, es decir, escatológica. Cristo predicaba este reino en su realización o instauración temporal y, al mismo tiempo, lo pronosticaba en su cumplimiento escatológico.

La instauración temporal del reino de Dios es, a la vez, una inauguración y una preparación para el cumplimiento definitivo. Cristo llama a este reino y, en cierto sentido, invita a todos a él (cf. La parábola del banquete de bodas: Mt 22, 1-14).

Si llama a algunos a continencia <por el reino de los cielos>, se deduce del contenido de esa expresión, que los llama a participar de modo singular en la instauración del reino de Dios sobre la tierra, gracias a la cual se comienza y se prepara la fase definitiva del <reino de los cielos>. En este sentido esa llamada está marcada con el signo particular de dinamismo propio del misterio de la redención del cuerpo.



Así, pues,  en la continencia por el reino de los cielos se pone de relieve, la negación de sí mismo, tomar la cruz de cada día y seguir a Cristo (cf. Lc 9,23), que puede llegar hasta implicar la renuncia del matrimonio y una familia propia. Todo esto se deriva del convencimiento de que, así, es posible contribuir mucho más a la legalización del reino de Dios en su dimensión terrena con la perspectiva del cumplimiento escatológico.

Cristo en su enunciado según Mateo (19, 11-12) dice, de manera general, que la renuncia voluntaria al matrimonio tiene esta finalidad, pero no especifica esta afirmación. En su primer enunciado sobre este tema no precisa aún para qué tarea concreta es necesaria, o bien, indispensable, esta continencia voluntaria, en orden a realizar el reino de Dios en la tierra y preparar su futuro cumplimiento. A este propósito podemos ver algo más en Pablo de Tarso (1 Cor) y lo demás será completado por la vida de la Iglesia en su desarrollo histórico, llevado adelante según la corriente de la autentica Tradición”

Algunos, sin embargo, ante el excelente razonamiento de Juan Pablo II, se atreverá aún a alegar: Todo eso está muy bien pero ¿no podría ser facultativa esta difícil observancia?

Como también recordaba el Papa san Juan Pablo II a este respecto (Ibid):



“Es propio del corazón humano aceptar exigencias, incluso difíciles, en nombre del amor por un ideal y sobre todo en nombre del amor hacia la persona (efectivamente, el amor está orientado por esencia hacia la persona). Y por esto, en la llamada a la continencia <por el reino de los cielos>, primero, los primeros discípulos y, luego, toda la Tradición viva de la Iglesia descubrirán enseguida que el amor se refiere a Cristo mismo como Esposo de la Iglesia. Esposo de las almas, a las que Él se ha entregado hasta el fin en el misterio de su Pascua y de su Eucaristía.

De este modo la continencia <por el reino de los cielos>, la opción de la virginidad o del celibato para toda la vida, ha venido a ser en la experiencia de los discípulos y de los seguidores de Cristo el acto de una respuesta particular del amor del Esposo Divino, y, por esto, ha adquirido el significado de un acto de amor esponsalicio: esto es, de una donación esponsalicia de sí, para corresponder de modo especial al amor esponsalicio del Redentor; una donación de sí entendida como renuncia, pero hecha sobre todo, por amor”

 


Tras un razonamiento tan bello y coherente ya solo  quedaría la posibilidad de acudir a terrenos más prácticos con estas preguntas: ¿No saldría favorecido el ministerio sacerdotal con la anulación del celibato? ¿No facilitaría esta eliminación  las vocaciones?

Es evidente, y no se puede negar, que en los últimos siglos ha ido disminuyendo el número de hombres que se han sentido llamados a una vocación tan exigente como la necesaria para recibir el Sacramento sacerdotal.  Sin embargo, no se puede asumir, sin más, la idea de que sea precisamente el don del celibato el que impida el crecimiento en el número de vocaciones. Ya, en el pasado siglo, el Papa san Pablo VI, hacía notar  que la raíz del problema podría ser otra; concretamente el aseguraba que:

“No se puede asentir fácilmente a la idea de que con la abolición del celibato eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario.
La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida o en la atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado  en los individuos y en las familias, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante, la fe y los sacramentos; por lo cual el problema hay que estudiarlo en su verdadera raíz” (Papa san Pablo VI; Carta Encíclica. <Sacerdotalis Caelibatus>; 1967>”

 
Ciertamente san Pablo VI (1963-1978) hablaba teniendo en cuenta los datos de la sociedad en  tiempos  que le toco ejercer su Pontificado,  pero el problema venía de lejos.

 Otros Pontífices, como por ejemplo, el Papa san Pio X, hacia observar, a principios del siglo pasado, que la problemática era otra, en su Carta Encíclica <Supremi Apostolatus> (dada en Roma  el 4 de octubre de 1903):

“¿Quien ignora que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte?

Comprendéis venerables Hermanos, cuál es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el profeta en el Salmo 73 (72), (26-27): <Mi cuerpo y mi corazón ya languidecen; el sostén de mi corazón, mi patrimonio, es Dios por siempre/Los que se alejan de ti perecerán; tu exterminas a los que te dejan y te son infieles>.

Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos, veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en nosotros el mandato del Señor (Jer 1, 10): <Mira, en este día te constituyo sobre las naciones y sobre los reinos para arrancar y destruir, para derribar y deshacer, para edificar y plantar>…



Ciertamente, al hacernos cargo de una empresa de tal envergadura y al intentar sacarla adelante, sentimos una gran alegría por el hecho de tener la certeza de que todos vosotros, venerables Hermanos, seréis  unos esforzados aliados para llevarla a cabo…

Verdaderamente contra su Autor se han amotinado las gentes y traman las naciones planes vanos (Sal 2, 1); parece que de todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios (Job 21, 12-14): <Cantan con tímpanos y citaras y al son de las flautas se divierten/Sus días transcurren felizmente, y en paz descienden al abismo/ Y eso que a Dios decían: ¡lejos de nosotros, no queremos conocer tus caminos!



Por eso en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres, ni en lo público, ni en lo privado; aún más se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios”

Las palabras de este Papa santo (1903-1914), nos parecen muy actuales, y  no cabe duda, lucho con todas sus fuerzas para conseguir el <NO> alejamiento del hombre de su Creador. Mucho consiguió sin duda, pero no fue suficiente, tal como desgraciadamente se demuestra día a día.

Entre sus logros, en una sociedad tan perniciosa, como la que le tocó vivir, hay que destacar la elaboración de un nuevo Catecismo, la rebaja  de la edad de los niños para recibir la Primera Comunión, en contra del jansenismo, que propagaba la idea de que se debía retrasar lo más posible, la emisión de una serie de decretos para la reforma del Derecho Canónico y la introducción en la Liturgia de la Iglesia, de la música sacra, a favor del fervor y esplendor en sus manifestaciones.



No, el celibato sacerdotal no parece ser el causante de la falta de vocaciones, eso está claro, hay otras causas más profundas, y de todas ellas la primera y principal es que el hombre ha perdido el <santo temor de Dios>, el hombre se ha apartado incluso de Dios y esto ha dado lugar, a su vez, a que en el seno familiar las prácticas religiosas, como rezar el rosario o cumplir con el deber de escuchar misa los domingos y fiestas religiosas, sean muchas veces, obviadas a favor de otros quehaceres más lúdicos y lejanos al Mensaje de Cristo.

El Papa Benedicto XVI en cierta ocasión  respondiendo a la cuestión que nos ocupa sobre si el celibato impide el crecimiento de las vocaciones, respondía en los términos siguientes:
“No creo que ese argumento sea muy acertado. La cuestión del número de vocaciones al sacerdocio abarca muchos aspectos. Tiene mucho que ver, por ejemplo, con el número de hijos que hay actualmente. Si el promedio de natalidad ahora es de 1,5 hijos por matrimonio, lógicamente, la posibilidad de vocaciones sacerdotales que pueda haber es muy diferente a la que había en otros tiempos, cuando las familias acostumbraban a ser numerosas.



Y, por otra parte, en las familias, ahora predominan otras expectativas. Tenemos la experiencia, por ejemplo, de que una de las dificultades más frecuentes e importante que hay en la vocación sacerdotal son los propios padres. Ellos tienen otros planes distintos para sus hijos. Ese es el primer punto. Y un segundo punto es que el número de cristianos practicantes es mucho menor y, consecuentemente, el número de candidatos también se ha reducido notablemente.

No obstante, en proporción al número de hijos y de cristianos que participan en la Iglesia, el número de vocaciones no se ha reducido tanto. Para ser exactos hay que tener en cuenta esa proporción. Por eso primero de todo sería preguntarse < ¿hay creyentes?>. Y, a continuación, < ¿surgen de ahí vocaciones sacerdotales?”

(Joseph Ratzinger. <LA SAL DE LA TIERRA> Quién es y cómo piensa Benedicto XVI; Una conversación con Peter Seewald; Ed. Palabra S.A. 1997)

Triste, pero cierto, una sociedad paganizada, y olvidada de Dios, difícilmente puede colaborar a la llamada del Señor al sacramento del sacerdocio ¿Qué es lo que ha sucedido, para llegar a esta crítica situación? Sencillamente lo que venían denunciando los Pontífices de los últimos siglos, como por ejemplo, el ya mencionado Papa san Pio X (Ibid):
“Es indudable que quien considere todo esto tendrá  que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prologo de los males que debemos esperar, en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol (Jn. 10, 36).

En verdad, con esta semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directamente y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre.



Por el contrario (esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol), el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que (aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene), tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo, este mundo visible, como si fuera su templo, mostrándose como si fuera Dios”

Se refiere, san Pio X, a la Carta que san Pablo escribió a los habitantes de Tesalónica, entre los cuales,  la tensión escatológica se había disparado en demasía, y ello había llevado incluso al abandono, en muchas ocasiones, y al deterioro en otras, de la actividad cotidiana de los mismos.



El Apóstol al hablarles del momento de llegada del fin del mundo, o Parusía, les decía (2 Tes 2, 1-8)

“Sobre la venida de nuestro Señor Jesucristo y el momento de nuestra reunión con Él…/ no os alarméis por revelaciones, rumores o una supuesta carta nuestra donde se diga que el día del Señor es inminente/Que nadie os engañe, sea de la forma que sea. Porque primero tiene que producirse la apostasía y manifestación del hombre impío, el hijo de la perdición/el enemigo que se eleva por encima de todo lo que es divino o recibe culto, hasta llegar a sentarse en el santuario de Dios, haciéndose pasar a sí mismo por Dios/ ¿No recordáis que cuando estaba entre vosotros os decía esto mismo?/Ya sabéis que es lo que ahora lo retiene, hasta que llegue el tiempo de manifestarse en el momento prefijado/Porque ese misterioso y maligno poder está ya en acción, solo falta que se quite de en medio el que hasta el presente lo retiene/ Entonces se manifestará el impío, al que Jesús, el Señor, hará desaparecer con el aliento de su boca y destruirá con el resplandor de su venida”

 


Por eso no hay que tener miedo, lo dice el Apóstol bien claro, el Señor Jesús, vendrá y destruirá todo lo malo que el <impío> desea hacer y a él mismo, pero hasta entonces, los cristianos, debemos estar alertas y no caer en las mentiras, que el <enemigo del hombre> esparce por doquier, como por ejemplo que el celibato sacerdotal debía desaparecer para conseguir mayor número de vocaciones. Todo lo contrario, el hombre necesita de sacerdotes plenamente dedicados a Cristo y su Mensaje; los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) necesitan todo su tiempo para conseguir que la fe en Dios vuelva a resurgir, especialmente en el llamado <Viejo Continente>, sólo de esta forma el ser humano estará preparado para esperar con garantías su entrada en el Reino de Dios.

Pero no olvidemos tampoco, tal como siempre nos recuerdan los Padres y Pontífices de la Iglesia de Cristo, que debemos pedir a Nuestra Señora la Virgen María ayuda para alcanzar tan suprema gracia. Así lo hacía el Papa Pablo VI al término de su Carta Encíclica <Sacerdotalis Caelibatus>:
“Estando para concluir esta carta que os dirigimos con el ánimo abierto a toda la caridad de Cristo, os invitamos a volver con renovada confianza y con filial esperanza la mirada  a la dulcísima  Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, para invocar sobre el sacerdocio católico su maternal y poderosa intercesión. El pueblo de Dios admira y venera en ella la figura y el modelo de la Iglesia de Cristo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Él.

 
 


María Virgen y Madre obtenga a la Iglesia, a la que también saludamos como virgen y madre, el que se gloríe humildemente y siempre, de la fidelidad de sus sacerdotes al don sublime de la <sagrada virginidad>, y el que vea cómo florece y se aprecia en una medida siempre mayor en todos los ambientes, a fin de que se multiplique sobre la tierra el ejercito de los que siguen al <Divino Cordero> a donde quiera que Él vaya (Ap 14, 4)”