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viernes, 30 de octubre de 2015

JESÚS PUSO EN VALOR A LA MUJER (I)


 
 


Jesús desde el inicio de su vida pública manifestó su amor por la mujer, y así por ejemplo, lo demostró poniendo en valor la fe de una enferma de hemorragias, curándola por el solo contacto de ella con sus vestiduras, mientras la alentaba con estas sencillas palabras: <Animo hija, tu fe te ha curado> (Mt 9, 20-21).

Con anterioridad a este suceso, Jesús ya había acreditado su caridad hacia otra mujer, nos referimos a la suegra de Pedro, aquel discípulo que más tarde Él nombraría <cabeza de su Iglesia>. En esta ocasión Jesús puso en valor la capacidad de servicio de aquella mujer aquejada de fiebre en la cama, la tomó de la mano y la sanó. Ella al momento se levantó y les servía (Mt 8, 14-15).

En otra ocasión Jesús se conmovió  ante la incondicional fe de una mujer que humildemente le pidió ayuda para su hija endemoniada. Se trataba de una cananea que le salió al paso cuando él se retiró a la región de Tiro y Sidón.
El Señor al principio parece no querer ayudarla, pero ella no se dio por vencida ¡su fe era muy grande!, y su humildad mayor. Jesús conocía lo que había en el corazón de aquella madre, quizá quiso mortificarla inicialmente para que mostrara en todo su valor la fe y la humildad extremas que poseía, para que sirviera de ejemplo tanto a sus discípulos, como a las gentes que siempre le seguían.
La recompensó sanando a su hija y poniéndola en valor con estas palabra tan significativas: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Que te suceda, lo que pides.

Se podría seguir contando muchos otros sucesos de la vida de Jesús, en los que se pone en valor a la mujer, pero para empezar por el principio  tendríamos que remontarnos al momento mismo del nacimiento de nuestro Salvador, consecuencia del Misterio de la Encarnación.
Sí, precisamente:
“Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de mujer, nacido bajo el régimen de la ley, para liberarnos de la sujeción de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Y la prueba de que somos sus hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: <Abba, es decir , Padre. De suerte que ya no somos siervos, sino hijos, y como hijos, también herederos por gracia de Dios”  

 Son las hermosas palabras del Apóstol San Pablo en su Carta  a los Gálatas, cuando luchaba denodadamente para que la fe en Cristo no se viera afectada por los errores del judaísmo. San Pablo se vio obligado a escribir esta Carta  para que los hombres de entonces y por extensión los de todos los tiempos, hasta nuestros días, no nos sintamos esclavos de Dios, sino sus hijos, gracias a la colaboración de una mujer Virgen elegida por Él desde el principio de los tiempos…

 
 


En efecto, Dios quiso la libre cooperación de una mujer, la Virgen María, como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 488):
“Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la madre de su Hijo, una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a una <virgen  desposada con un hombre llamado José de la casa de David; el nombre de la Virgen era María> (Lc 1, 26-27)”

El Verbo Encarnado, Jesús,  desde el primer momento, puso en valor a la mujer, y lo demostró a lo largo de su permanencia entre nosotros, en su primera venida a este mundo. Así, recordamos que por deseo de la Virgen, Jesús realizó su primer milagro. 
Fue María la que de forma discreta, pero segura de que Jesús respondería a sus deseos, concretamente a ayudar en el problema surgido durante una boda en Caná de Galilea a la que asistía junto a Él y los discípulos de éste, le  dijo: <No tienen vino> (Jn 2,3).
El Señor que al asistir junto a su Madre y sus discípulos a esta ceremonia, confirmaba la bondad del matrimonio, elevándolo a la categoría de Sacramento  entre los bautizados, le respondió así:

<Mujer ¿ que nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora> (Jn 2, 4).

María segura, no obstante, del amor y de la obediencia de su Hijo, sin mediar más palabras, ordenó a los sirvientes: <Haced lo que él os diga> (Jn 2, 5). De esta forma Jesús realizó su primer Signo, solicitado por una mujer, su Madre, la Virgen María, la más excelsa de todas las mujeres. 
La Virgen María siempre actúa como Madre del cielo, y de todos los hombres.
Por eso <la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a nuestra Señora -Omnipotencia Suplicante-

 

Con el milagro de la boda de Caná, Jesús comienza la manifestación de su gloria y la inauguración  de los tiempos Mesiánicos. San  Juan en su Evangelio, subraya al narrar este episodio de la vida de Jesús sobre la tierra, la abundancia del don concedido por Cristo (unos trescientos litros de vino según el testimonio de los estudiosos de la Arqueología).
Por otra parte, como nos recuerda el Papa San Juan Pablo II (Carta Encíclica <Redentor Hominis> 1979),  la Iglesia de Cristo siempre tiene la necesidad de una Madre y en particular en estos tiempos, cuando los hombres se han alejado tanto de su Creador. Es por eso, que le debemos <una enorme gratitud a los Padres del Concilio Vaticano II, que han expresado esta verdad en la Constitución <Lumen Gentium>, con la rica doctrina mariológica contenida en ella.




Fue el Papa Pablo VI el que inspirado por esta doctrina, declaró a la Madre de Jesús: <Madre de la Iglesia>, y el Papa San Juan Pablo II acogiendo esta proclamación, al comienzo de su Pontificado, aseguró que <María es Madre de la Iglesia, porque en virtud de la inefable acción del mismo Padre Eterno y bajo la acción de su Amor, ella ha dado la vida humana al Hijo de Dios, <por el cual y en el cual son todas las cosas> y del cual todo el pueblo de Dios recibe la gracia y la dignidad de la elección. Su propio  Hijo quiso explícitamente extender la maternidad de su Madre de manera fácilmente accesible a todas las almas y corazones y la confió  desde lo alto de la Cruz a  Juan, el único Apóstol, que como ella, estuvo presente hasta el último instante junto al Salvador.

Ciertamente la Iglesia tiene grandes motivos para considerar que el culto a esta mujer del pueblo de Israel, la Virgen María, no es un tema irrelevante, sino todo lo contrario y que adquiere gran preponderancia, desde hace ya tiempo, con motivo  de las corrientes feministas que tanto han proliferado en los últimos siglos.

A este respecto, el Papa San Juan Pablo II en una entrevista mantenida con el periodista Vittorio Messori, declaraba lo siguiente (Cruzando el umbral de la esperanza. Ibid):

"Si nuestro siglo, en las sociedades liberales, esta caracterizado por un creciente feminismo, se puede suponer que esta orientación sea una reacción a la falta de respeto debido a toda mujer. Todo lo que escribí sobre el tema en la Carta Encíclica <Mulieris dignitatem>, lo llevaba en mí desde muy joven, en cierto sentido desde la infancia. Quizá influyó en mí también el ambiente de la época en que fui educado, que estaba caracterizado por un gran respeto y consideración por la mujer, especialmente por la mujer madre.
Pienso que quizá un cierto feminismo contemporáneo tenga sus raíces precisamente ahí, en la ausencia de un verdadero respeto por la mujer. La verdad revelada por la mujer es otra. El respeto por la mujer, el asombro por el misterio de la femineidad, y en fin el amor esponsal de Dios mismo, y de Cristo como se manifiesta en la Redención, son todos los elementos de la fe y de la vida de la iglesia que no han estado nunca completamente ausentes de ella. Lo testimonia una rica tradición de usos y costumbres que hoy está más bien sometida a una preocupante degradación. En nuestra civilización la mujer se ha convertido en primer lugar en un objeto de placer…”

 


Para el Papa, como sigue diciendo, en esta entrevista:

 " La devoción mariana, la devoción hacia la figura de María, si se vive en total plenitud puede ser una forma muy adecuada para ir hacia un redescubrimiento de la belleza espiritual de la mujer, sentando las bases para el renacimiento de una auténtica <teología> sobre ella, tanto desde el punto de vista familiar, cómo también del social y cultural. Porque <al llegar a la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer> (Ga 4,4) El culto mariano se funda en la admirable decisión divina de vincular para siempre, como recuerda el apóstol San Pablo, la identidad humana del Hijo de Dios a una mujer, María de Nazaret" (Papa San Juan Pablo II. Catequesis del 15 de octubre de 1997)

Algunos años después durante un Congreso Cristológico organizado por la Universidad Católica San Antonio de Murcia (España), en el año 2002 interrogado el por entonces  Cardenal Joseph Ratzinger sobre el papel de la mujer en la Iglesia y en el campo de la teología, (Nadar contra corriente. Ed. A cargo de José Pedro Manglano. Planeta Testimonio S.A. 2011), la respuesta del Cardenal fue contundente:

“El tema exigiría una discusión larga. Es importante ver que, en todos los períodos de la Iglesia, la mujer ha ocupado siempre un lugar muy grande e importante. Con Jesús estaban las mujeres, con San Pablo y con los Apóstoles estaban las mujeres. Son muy poco conocidas las hermanas de los grandes padres de la Iglesia, que eran muy importantes para estas personas y que nos ofrecieron sus testimonios. Pensamos como la vida de San Jerónimo no se podría entender, sin esa gran contribución de mujeres que han aprendido hebreo y, naturalmente, griego con él, eran mujeres doctas… “

 


Se refiere aquí el Santo Padre a aquellas mujeres pertenecientes a la aristocracia romana como Paula, Marcela, Asela y Lea, las cuales deseando el camino de la santidad, escogieron a San Jerónimo como guía espiritual y maestro. En particular, Paula, mujer generosa, colaboró para la construcción en Belén, de dos monasterios, uno de hombres y otro de mujeres, así como una hospedería para los peregrinos que viajaban a Tierra santa.

En efecto, como seguía diciendo el Santo Padre en el Congreso anteriormente mencionado:

 “Cada período de la historia tiene un modo específico de la contribución de la mujer. El misterio jerárquico dentro de la Iglesia está determinado por Cristo. La contribución de la mujer pertenece al sector de la realización carismática de la Iglesia que no es menos importante que la jerárquica, es mucho más pluriforme y exige mucha más creatividad, y estoy convencido de que las mujeres de hoy tienen la creatividad necesaria para ofrecer la contribución absolutamente necesaria de la mujer”

Por otra parte, refiriéndose concretamente a la Virgen María como Madre de la Iglesia en una entrevista realizada por el periodista Peter Seewald, al ya Papa Benedicto XVI,  aseguraba que la Virgen <ha sido utilizada por Dios a través de la historia como la luz a través de la cual Cristo nos conduce hacia sí mismo> (Luz del mundo. Benedicto XVI Ed. Herder S.L. 2010):
“Hay que decir, pues, que existe la historia de la fe. El Cardenal Newman lo ha expuesto. La fe se desarrolla y eso influye también justamente en la entrada cada vez más fuerte de la Santísima Virgen en el mundo como orientación para el camino, como luz de Dios, como Madre por la que después podemos conocer también al Hijo y al Padre. De este modo, Dios nos ha dado signos, justamente en el siglo XX (Mensaje de Fátima), en nuestro racionalismo y frente al poder de las dictaduras emergentes, Él nos muestra  la humildad de la Madre, que se aparece a niños pequeños y les dice lo esencial: Fe, Esperanza, Amor, Penitencia”




Así mismo, como también recordaba Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger (Nadar contra corriente. Ibid):
“Los padres de la Iglesia han visto siempre a María como el arquetipo de los profetas cristianos. Como punto inicial de la línea profética que entra posteriormente en la historia de la Iglesia. A esta línea pertenecen también las hermanas de los grandes santos. San Ambrosio debe a su santa hermana el camino espiritual que ha recorrido. Lo mismo vale para San Basilio y San Gregorio de Niza, como también para San Benito. Posteriormente en el Medievo tardío, encontramos grandes figuras místicas entre las cuales es necesario mencionar a Santa Francisca Romana. Y en el siglo XVI encontramos a Santa Teresa de Ávila, quién ha desempeñado un papel importante en la evolución espiritual y doctrinal de San Juan de la Cruz.

La línea profética vinculada a las mujeres ha tenido gran importancia en la historia de la Iglesia. Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia pueden servir de modelos. Ambas han hablado a una  Iglesia en la que todavía existía el Colegio Apostólico y donde se administraban los Sacramentos. La Iglesia ha sido reanimada por ellas, pues no sólo supieron otorgar  nuevo valor al carisma de la unidad, sino que introdujeron también la humildad, el coraje evangélico y el valor de la evangelización”

Hermosas palabras del que sin duda fue más tarde uno de los Pontífices más doctos y relevantes del último siglo, que ha transmitido en hechos evidentes  que la mujer ha sido puesta en valor por Cristo y su Iglesia desde los inicios de su historia y nunca sometida a situaciones de estado de inferioridad frente al hombre.



Mención especial merece Santa Mónica (322-387), la madre de San Agustín, el gran Doctor de la Iglesia, que con paciencia y modestia, amabilidad y caridad logro  en poco tiempo que su esposo, un hombre brutal, colérico y desde luego increyente, se volviera un ser pacifico, modesto y sobre todo temeroso de Dios. Pero además el Señor le tenía reservado un triunfo mayor, gracias a sus constantes oraciones, su hijo Agustín, un joven impetuoso dominado por las pasiones y que se había convertido al maniqueísmo, fue llamado por Dios y se convirtió al cristianismo, llegando a ser Obispo de Hipona. Su labor incansable en contra de los herejes de su época le valió el título de Doctor y Defensor de la Gracia, dejando para la posteridad más de doscientos libros, así como innumerables sermones y cartas, siendo considerado por la Iglesia como uno de los teólogos más importantes entre los que han analizado el Mensaje de Cristo.      

Sí, la Iglesia de Cristo crece en la mujer, y le ha dado dentro y fuera de la misma el lugar que sin duda se merece; pueden estar seguras de esto aquellas que reivindican los derechos de la mujer y que se han alineado con los llamados <movimientos feministas> los cuales tuvieron un valor interesante en el momento de su aparición, pues consiguieron sensibilizar a la sociedad, que no a la Iglesia de Cristo, que ya lo estaba, sobre el papel de la mujer en el mundo de la cultura, en el ámbito social y político.
Sin embargo de las justas peticiones iniciales: el derecho al voto, el derecho a un trabajo remunerado, el derecho a participar en la vida social y política de sus naciones de origen…, muchas de ellas, alcanzadas en alguna medida, se ha pasado a exigir otras cuestiones que nada tienen que ver con la verdadera dignidad y valor de la mujer: el derecho a abortar el hijo que crece ya en su vientre, el derecho a prescindir de toda creencia religiosa, el derecho a imponer sus idearios a la sociedad…etc.
Esta última cuestión, resulta verdaderamente incomprensible, porque se quiere asimilar el concepto de diferencia entre el hombre y la mujer, al de desigualdad en perjuicio de la mujer. La mujer no es inferior al hombre, Dios no los creó uno superior al otro, a ambos les dio un alma, pero eso sí, sus cuerpos son distintos, en función de ellos es lógico comprender la diferencia entre ambos y sus respectivos papeles dentro de la pareja.

Recordemos que el verdadero fin último, de todo hombre y de toda mujer, siempre es el  mismo, la salvación de sus almas y esto es lo que los iguala a los ojos de Dios. Todos los seres humanos debemos cumplir las mismas reglas para conseguirlo: Los mandamientos de nuestro Creador, inscritos en nuestros corazones, cualquiera que sea el sexo, la raza o la nacionalidad.
El premio y el castigo por el incumplimiento de estas leyes naturales, son las mismas y los cristianos la conocemos con el nombre de infierno y gloria. 

 


Ante el juicio final en la Parusía, los hombres y las mujeres seremos iguales, porque la justicia del Creador no entiende de diferencias de sexo, sino del alejamiento del bien o del mal, y de la búsqueda o rechazo de la vida eterna.
En este sentido, los santos son los únicos que a lo largo de la historia han sabido lo que realmente convenía a sus vidas, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y caridad. 

 
 



Y sobre todo,  como asegura el Papa Benedicto XVI:

“Entre todos los santos sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció unos tres meses (Lc 1, 56) para atenderla durante el embarazo.
(Magnificat ánima nea dominum), dice con la oración de esta visita, <proclama mi alma la grandeza del Señor>, (Lc 1, 46), y ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente  porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí  misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (Lc 1, 38-48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.

Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse a ella y llamarla al servicio total de estas promesas.
Es una mujer de fe: < ¡Dichosa tú, que has creído!>, le dice Isabel (Lc 1, 45). El Magnificat – un retrato de su alma, por decirlo así – está completamente tejido por los hilos tomados por la Sagrada Escritura de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en Palabra suya, y su Palabra nace de la Palabra de Dios… María es en fin,  una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo?

Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama, lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narra los relatos evangélicos de la infancia.
Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús.
Lo vemos en la humildad con que acepta ser olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre  llegará  en el momento de la Cruz, que será la verdadera hora de Jesús.
Entonces,  cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo. 
María, la Virgen, la Madre, nos enseña que es el amor, donde tiene su origen, su fuerza siempre nueva...” (Papa Benedicto XVI. Los caminos de la vida interior. Ed. Chrónica 2011)

 
 

 

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