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jueves, 4 de diciembre de 2014

JESÚS Y LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN : HÁGASE TÚ VOLUNTAD



 
 


"Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn 5, 30)

Con estas palabras Jesús demostró su fidelidad al Padre, consiguiendo de esta forma, hacer arder en los corazones de los hombres de buena voluntad, la llama del amor hacia Dios, y por Él, a sus semejantes. Sí, Jesucristo fue siempre fiel a la voluntad del Padre, y así se puso de manifiesto en todas sus acciones durante su vida pública, expuestas a través de los Evangelios escritos por sus Apóstoles  bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Quizás el momento más especial durante el cual se puso de manifiesto esta fidelidad de Jesús al Padre, fue aquel en que se aproximaba su Pasión y Muerte, cuando en el monte de los Olivos invocaba al Padre habiendo caído sobre su rostro en tierra y oraba diciendo (Mt 26, 39):

-Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, si no quieres tú

 Cuenta el evangelista que  habiendo regresado hasta el lugar donde había dejado a sus Apóstoles y habiéndoles encontrado dormidos por el agotamiento y las penas, les recriminó diciendo (26, 40): ¿No habéis podido orar una hora conmigo? y se apartó de nuevo de ellos y de nuevo oraba al Padre diciendo (Mt 26, 42):

-Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tú voluntad
 


Sin duda es comprensible, que Jesús verdadero Dios, pero también verdadero hombre, sintiera en aquellos terribles momentos, un enorme sufrimiento, y ello le hiciera sudar como gotas de sangre, y que un Ángel le consolara (Lc 22, 43); sin embargo, fiel al Padre hasta las últimas consecuencias se ajustó y aceptó voluntariamente los designios de Éste, a favor de la humanidad (Lc 22, 42)

Recordemos que con anterioridad, Jesús dando testimonio de sí mismo, declaraba en el discurso apologético de Galilea (Jn 5, 31-34 y 41-43):

"Si me presentase como testigo de mi mismo, mi testimonio carecería de valor/ Es otro el que testifica a mi favor y su testimonio es valido / Yo no busco honores que puedan dar los hombres / Además os conozco muy bien (se refería a los que le buscaban para matarlo), y sé que no amáis a Dios / Yo he venido de parte del Padre, pero vosotros no me aceptáis; en cambio, aceptáis a cualquiera que viene en nombre propio"

Gran reproche de Jesús a aquellos hombres, representantes de una parte de la humanidad de entonces y de ahora; así es, lo que sucedió en aquellos tiempos, es casi lo mismo, que está sucediendo en nuestros días, porque el hombre siempre se siente tentado a dejarse embaucar por los seguidores del <príncipe de la mentira>, fácilmente reconocibles, porque únicamente dan testimonio de sí mismos, como advirtió Jesús en su discurso. 
 


Por otra parte, el Papa Benedicto XVI refiriéndose a aquellos instantes angustiosos, sufridos por  Jesús en el huerto de Getsemaní destacaba, como no podría ser de otro  modo, el hecho relevante de la fidelidad total al Padre por el Hijo (Jesús de Nazaret 2ª Parte. Papa Benedicto XVI):
“En otras noches Jesús se había retirado a Betania. En ésta, que celebra como su noche de Pascua, sigue la prescripción de no salir del territorio de la ciudad de Jerusalén, cuyos confines habían sido ampliados para aquella ocasión con el fin de dar la posibilidad a todos los peregrinos de ser fieles a la Ley. Jesús observa la norma, precisamente por eso, va conscientemente al encuentro del traidor y de la hora de su Pasión…

Todo esto está en profunda continuidad con la voluntad originaria de Dios, a la vez que supone un cambio decisivo en la historia de las religiones, que se hace realidad en la Cruz…
Las dos partes de la oración de Jesús aparecen como una contraposición entre dos voluntades: una es la <voluntad natural>, que se resiste al aspecto monstruoso y destructivo de aquello a lo que se enfrenta, y quisiera pedir que el <cáliz se aleje de él>; la otra es la <la voluntad del Hijo> que se abandona totalmente en la voluntad del Padre…”

 
Se trata de un ejemplo admirable de Jesús, ante el peligro que ya se cernía sobre él; el Mesías se muestra voluntariamente dispuesto a afrontarlo por fidelidad al Padre y por amor a los hombres, un ejemplo seguido más tarde, por muchos hombres y mujeres que entregaron también la vida por amor a Jesús y a los hombres, empezando por los Apóstoles y siguiendo por todos los santos y santas mártires, que a lo largo de los siglos han demostrado que la Palabra de Cristo y su sacrificio en la Cruz no han sido una derrota sino una victoria del bien sobre el mal.

 


La Iglesia fundada por Cristo desde muy antiguo, rinde homenaje a la memoria de estos hombres, mujeres y niños mártires, venerándoles como se merecen, pues dieron la vida por el Señor y su Mensaje y son una lección estremecedora y vital para los cristianos de todos los tiempos.

La fidelidad del Hijo al Padre  se mostró claramente, así mismo, durante  la fiesta de Pascua, en Jerusalén, muy próxima ya la Pasión  y Muerte en la Cruz de Cristo, cuando algunos griegos se acercaron  al Apóstol Felipe y le pidieron verle, lo que dio motivo al Señor para proclamar que había llegado la hora de la glorificación del Hijo del hombre, esto es, del Mesías (Jn 12, 25-28):
"El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna / El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará / Ahora mi alma esta agitada, y ¿Qué diré?: “Padre, líbrame de esta hora “. Pero si por esto he venido para esta hora: / <Padre, glorifica tu nombre>. Entonces vino una voz del cielo: <Lo he glorificado y volveré a glorificarlo>"

 
Como aseguraba Benedicto XVI la aflicción de su alma humana, impulsaba a Jesús  pedir ser salvado de aquella hora, pero la conciencia de su Misión, le hacía pronunciar la segunda petición, la petición de que Dios glorifique su nombre (Jesús de Nazaret 2ª Parte):
“Justamente la Cruz, la aceptación de algo terrible, el entrar en la ignominia del exterminio de la propia dignidad, se convierte en la glorificación del nombre de Dios. En efecto, Dios hace ver claramente así precisamente lo que es: el Dios que, en el abismo de su amor, en la entrega de sí mismo, opone a todos los poderes del mal el verdadero poder del bien.
Jesús pronunció las dos peticiones, pero la primera, la de ser liberado, se funde con la segunda, en la que ruega por la glorificación de Dios en la realización de su voluntad; así, el conflicto en lo más intimo de la existencia humana de Jesús se recompensa en la unidad”

 


En esta misma línea de pensamiento, el Papa San Juan Pablo II aseguraba:

“La historia de la salvación se sintetiza en la fundamental constatación de una gran intervención de Dios  en la historia del hombre. Tal intervención alcanza  su culminación en el Misterio Pascual, la Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo de Jesús, completado por el Pentecostés, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
Esta historia, a la vez que revela la voluntad salvífica de Dios, revela también la Misión de la Iglesia. Es la historia de todos los hombres y de toda la familia humana, al comienzo creada y luego recreada en Cristo y en la Iglesia…
La historia de la salvación ofrece siempre nueva inspiración para interpretar la historia  de la humanidad. Por eso, numerosos pensadores e historiadores contemporáneos se interesan también por la historia de la salvación.
Ella propone realmente el tema más apasionante. Todos los interrogantes que el Concilio Vaticano II se planteó se reducen, en definitiva, a este tema

En la historia de la salvación no se plantea sólo la cuestión de la historia del hombre, sino que afronta también el problema del sentido de su existencia. Por eso es, al mismo tiempo, historia y metafísica. Es más, se podría decir que es la forma de teología más integral, la teología de todos los encuentros entre Dios y el mundo” (Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Messori. 1994)

En nuestra época, lamentablemente se ha difundido, sobre todo en Occidente, la idea de que Dios es extraño a la vida y a los problemas de los hombres y, más aún, que su presencia puede ser incluso una amenaza para la autonomía del ser humano.
Sin embargo, toda la economía de la salvación nos muestra que Dios habla e interviene en la historia en favor del hombre y de su salvación. Por otra parte, deberíamos recordar que según narran los evangelistas, Jesús, en distintas ocasiones, se da a conocer con el Nombre Divino, esto es, <Yo soy>; este nombre, tal como se nos indica  en el Catecismo de la Iglesia Católica  expresa formalmente la fidelidad de Dios (C.I.C. nº211):
“El nombre divino <Yo soy> o <Él es>, expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merecen, <mantiene su amor por generosidad> (Ex 34, 7)…Jesús dando su vida para librarnos del pecado, revelaba que Él mismo lleva el nombre divino: <Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que <Yo soy>>” (Jn 8,28)

 



Entendamos, pues, que Jesús se reconoce <Yo soy>, enviado por el Padre y por eso su <juicio es justo>, tal como manifestaba en Galilea (Jn 5, 30). Él juzga  según su Padre le dicta, Él no pretende hacer su voluntad, sino que fiel al Padre, cumple la voluntad del Padre, tal como puso, tan desinteresadamente en evidencia, durante su Pasión, Muerte, y Resurrección por la salvación del género humano.

Son estos hechos los que deben ser puestos en valor, frente a otras creencias contrarias a el cristianismo, porque solamente  en éste, encontramos al Dios que amó hasta el extremo...
No se trata de un Dios alejado del hombre que no se ocupa de él, después de haberlo  creado...
Jesús dijo como cualquier otro ser humano ¡Que pase de mí este cáliz! pero sin embargo fiel  al Padre aceptó el martirio y la muerte a favor de los hombres, incluso mucho antes de que estos acontecimientos sé produjeran, él dijo: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que <Yo soy>"  (Jn 8, 28).

En definitiva, con su Pasión, Muerte y Resurrección, Jesucristo nos ha mostrado el camino que conduce a Dios, la puerta, sin duda estrecha, por la que hemos de pasar los hombres para acercarnos a Él:
“Ahora ya está abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su Cruz: llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios. Y nos dice más o menos lo siguiente: si las pruebas que Dios te da de su existencia en la creación no logran abrirte a Él; si la Palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces mírame a mí, al Dios que sufre por ti, que personalmente padece contigo; mira que sufro por amor a ti y ábrete a mí, tu Señor y tu Dios” (Dios está cerca. Papa Benedicto XVI. Chronica Editorial S.L. 2011).

 



Para conseguir abandonarnos totalmente a la voluntad de Cristo, para abrirnos a Él, como Él nos pide incesantemente desde la Cruz, es necesario un cambio interior de nuestra existencia. Porque Jesús nos exige que ya no estemos encerrado en el yo, considerando nuestra autorrealización como la razón principal de vida. Requiere que nos entreguemos totalmente por la verdad, por amor a Dios que en Jesucristo, me precede y me indica el camino:

“Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, si no de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en persona. Siguiéndolo a Él, entro al servicio de la verdad y del amor. Perdiéndome, me encuentro.
¡Cuán importante es hoy precisamente no dejarse llevar simplemente  de un lado a otro de la vida, no contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen, escrutar a Dios y buscar a Dios, no dejar que el interrogante sobre Dios se disuelva en nuestra alma, el deseo de lo que es más grande, el deseo de conocerlo a Él! ”   (Papa Benedicto XVI ; Ibid)


En este punto, tengamos en cuenta, que Cristo  siendo fiel al Padre, venció a la muerte; resucitando al tercer día de entre los muertos, <inauguró una dimensión histórica escatológica> y así sucedió, como ya en la antigüedad los profetas habían anunciado y  relacionado este acontecimiento con la salvación del hombre. Concretamente Habacuc  advertía: “He aquí  que el insolente no tiene el alma rectamente dispuesta, más el justo, en su fidelidad vivirá” (Hab 2, 4).

Ahora bien, no podemos cerrar los ojos a los acontecimientos que hoy en día suceden y que están en total contraposición con estos deseos de liberación y redención, inscritos en el corazón del hombre, desde el principio, por Dios, nuestro Creador.
En los temas relativos especialmente al comportamiento moral, la sociedad actual, ha adquirido tal relajación  que como denunciaba, no hace tanto, el Papa San Juan Pablo II:

 



”Algunos sostienen que en las cuestiones de moralidad, y en primer lugar en las de ética sexual, la Iglesia y el Papa no van de acuerdo con la tendencia dominante en el mundo contemporáneo, dirigido  cada vez a mayor libertad de costumbres. Y puesto que el mundo se desarrolla en esa dirección, surge la impresión (incluso entre algunos que se llaman creyentes), de que la Iglesia vuelve atrás o, en todo caso, que el mundo se aleja de ella”   

Es una opinión desde luego bastante difundida, especialmente desde principios del siglo pasado, e incluso a finales del siglo XIX, pero no, esto no es así, lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo por desgracia es que el hombre se ha dejado llevar por sus pasiones más bajas, oyendo los consejos, como siempre, del <príncipe de la mentira> y sus acólitos, en estos días numerosísimos y poseedores de medios de propagación de sus ideas, enormemente potentes y alienantes.
Como denunciaba también el Papa Juan Pablo II:
”Los medios de propagación han acostumbrado a numerosos sectores de la sociedad a escuchar solamente lo que <halaga a sus oídos> (II Timoteo 4,3) y aún es peor cuando, los teólogos, especialmente los moralistas, se alían con estos medios que como es obvio, dan una amplia resonancia a cuanto estos dicen y escriben en contra de la <sana doctrina>” (Cruzando el Umbral de la esperanza. J. Pablo II).


Por otra parte, como manifestaba también, el Papa Benedicto XVI, tratando de ayudarnos a discernir y encontrar la voz de Dios entre las muchas voces, casi siempre poco autorizadas, que escuchamos  todos los días, sobre temas de trascendencia escatológica:
“El panorama internacional, presenta perspectivas prometedoras de desarrollo económico y social; y por otra, ofrece a nuestra atención algunas fuertes preocupaciones por lo que se refiere al futuro mismo del hombre. En no pocos casos, la violencia marca las relaciones entre las personas y entre los pueblos; la pobreza oprime a millones de habitantes; las discriminaciones e incluso las persecuciones por motivos raciales, culturales y religiosas, obligan a muchas personas a huir de sus países para buscar refugio y protección en otros lugares.
 


Cuando el progreso tecnológico no tiene como fin la dignidad y el bien del hombre, ni está ordenado a un desarrollo solidario, pierde su fuerza de factor de esperanza, y corre el peligro de acentuar los desequilibrios y la injusticia ya existente. Existe además una amenaza constante por lo que se refiere a la relación hombre-ambiente, debido al uso indiscriminado de los recursos, con repercusiones también sobre la salud física y mental del ser humano. El futuro del hombre corre peligro debido a los atentados  contra su vida, atentados que asumen  varias formas  y modos” (Benedicto XVI. Dios está cerca. Ed. Chronica S.L. 2011).

 
No podemos pasar por alto estas últimas advertencias e inquietudes del Papa Benedicto XVI:

¿Cuáles son estas formas y modos, qué pueden hacer peligrar la existencia del hombre y por tanto su salvación? Son sobre todo  las mismas, que ya han denunciado también otros Papas. Son aquellas que van en contra de la <defensa de la vida>, porque como aseguraba, por ejemplo, el Papa San Juan Pablo II:



“El derecho a la vida es para el hombre, el derecho fundamental… ¡No hay ningún otro derecho que afecte más de cerca a la existencia misma de la persona! Derecho a la vida significa derecho a venir a la luz y luego, a perseverar en la existencia hasta su natural extinción: <mientras vivo tengo derecho a vivir>"  (Papa Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Ibid).
 

 
Así es,  el deber de respetar la dignidad de cada ser humano, en el cual se refleja la imagen de del Creador, comporta la <defensa de la vida>, porque la vida no es un don que el sujeto  tiene a su entera disposición:
“Es preciso denunciar que  además de los conflictos armados, del terrorismo, y de las diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas contra la ancianidad, por el hambre, el aborto, la experimentación con embriones y un largo etc.

Parece que el hombre haya olvidado el ejemplo de fidelidad al Padre dado por Jesús...
Parece que haya olvidado que el ejemplo a seguir, para caminar por la senda de la salvación es el dado por Jesucristo, el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor: <Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor> ” (Benedicto XVI Ibid)

 
Entonces: ¿De qué nos hubiera valido  el sacrificio de nuestro Salvador y su Resurrección? Debemos reflexionar sobre este tema con más frecuencia, porque la fidelidad de Jesús para el Padre ha abierto, al ser humano, el camino de la salvación, el camino que nos conduce a esa tan deseada <vida eterna>. Por la Resurrección de Jesús se ha abierto la historia del hombre más allá de sí misma, porque:

 


 
“Él ha resucitado verdaderamente. Él es el Viviente. A Él nos debemos encomendar con la seguridad de estar en la senda justa. Con el apóstol Tomás debemos meter nuestra mano en el costado traspasado de Jesús y confesar ¡Señor mío y Dios mío! ” (Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. 2ª Parte)







 

 

 

   

 

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