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viernes, 4 de enero de 2013

JESÚS DESEA DESPERTAR EN LOS HOMBRES LA FE




"Si hablare las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviera caridad, yo no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso / Y si poseyere la profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia, y si tuviere toda la fe hasta trasladar montañas, más no tuviere caridad, nada soy / Y si repartiere todos mis haberes, y si entregare mi cuerpo para ser abrasado, mas no tuviere caridad, ningún provecho saco / De la misma manera que el cuerpo sin alma está muerto, así la fe sin obras está muerta"

 
 
 
 
 
 
Sí, porque como nos aclara el Papa Benedicto XVI (Los caminos de la vida interior, Ed. Chronica 2011): “Desde esta perspectiva, la centralidad de la justificación sin las obras, objeto primario de la predicación de San Pablo, no está en contradicción con la fe que actúa en el amor; al contrario, exige que nuestra misma fe  se exprese en una vida según el Espíritu. A menudo se ha visto una contraposición infundada entre la teología de San Pablo y la de Santiago…


En realidad, mientras que San Pablo se preocupa ante todo en demostrar que la fe en Cristo es necesaria y suficiente, Santiago pone el acento en las relaciones de consecuencia entre la fe y las obras. Así, pues, tanto para San Pablo como par Santiago, la fe que actúa en el amor atestigua el don gratuito de la justificación en Cristo. La salvación, recibida en Cristo, debe ser conservada y testimoniada <con respeto y temor>.

Con frecuencia tendemos a caer en los mismos malentendidos que caracterizaban a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que, habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, <todo les era lícito>.


 
 
 
Y pensaban, y a menudo parece que lo piensan también los cristianos de hoy, que es licito crear divisiones en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, celebrar la Eucaristía sin interesarse por los hermanos más necesitados, aspirar a los carismas mejores, sin darse cuenta de que somos miembros unos de otros”

Recordemos, por tanto, que Jesús solía decir <tu fe te ha salvado>, cuando curaba milagrosamente de los males del cuerpo y del alma. Así sucedió por ejemplo en el caso de los leprosos, curados camino de Jerusalén, cuando ingratamente sólo uno de ellos regresó para darle las gracias al Señor (Lc 17, 11-19):

"Acaeció que, al dirigirse Él a Jerusalén, pasaba  entre los confines de Samaria y de Galilea / Y al entrar Él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales, manteniéndose a distancia / levantaron la voz diciendo <Jesús Rabino, compadécete de nosotros> / Luego que los vio, les dijo: Id y mostraros a los sacerdotes. Y sucedió que mientras iban quedaron limpios / Uno de ellos, viendo que había sido curado, volvió atrás, glorificando a Dios a grandes voces / y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le dio las gracias. Era samaritano / Tomando Jesús la palabra, dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Y los otros nueve ¿ dónde están? / ¿No se hallaron quienes volviesen a dar gloria a Dios, sino ese extranjero? / Y dijo: Levántate y vete, <tu fe te ha salvado>"

Así sucedió también en otros casos, como el del ciego de Jericó (Mc 10, 46-52):

 
 
 
"Y llegan a Jericó. Y al salir de Jericó él y sus discípulos y una turba considerable, el hijo de Timeo, Bartimeo, un ciego mendigo, estaba sentado a la vera del camino / Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno, comenzó a dar gritos y decía: Hijo de David, ten compasión de mí / Y le increpaban mucho para que se callase. Pero el gritaba mucho más <Hijo de David, ten compasión de mí / Y deteniéndose Jesús, dijo: Llamadle y llaman al ciego, diciéndole: <Buen ánimo, levántate, te llama> / Él, tirando de la capa, levantándose de un  salto, se vino a Jesús / Y dirigiéndose a él, dijo Jesús: ¿Qué quieres que haga contigo? Él le dijo: Rabino, que yo recobre la vista / Y Jesús le dijo: Anda <tu fe te ha salvado>, Y al instante recobró la vista y le seguía en el camino"

 
Otro caso especialmente emotivo es la curación de la hija de una mujer cananea; en esta ocasión hasta parece, en principio, que Jesús no quiere escuchar las súplicas de la extranjera, pero en realidad lo que trata es de provocar aquel estallido de fe conmovedora: <también los perrillos comen las migajas de las mesas de sus dueños> (Mt 15, 27) Por eso, tras de la prueba Jesús le dice < ¡Grande es tu fe! Hágase como deseas> (Mt 15, 28).
 
 
 


 


Estas palabras del santo Padre están totalmente en consonancia con lo que se nos dice en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 160):
“El hombre al creer debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de la fe es voluntario por su propia naturaleza.Ciertamente Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en la verdad. Por ello quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados…Esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión. Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso  imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él”

 
 
 
 
Sí, el acto de  fe es voluntario y la Iglesia no cesa de recordarlo a los hombres de todos los  tiempos, porque la <verdadera libertad del individuo proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios>. Por ello se puede asegurar que la educación cristiana está  fundada sobre la libertad, pero no sobre el libertinaje, que algunos han pretendido imponer con sus malos ejemplos, llevados por el olvido de Cristo y el consejo del maligno.


Ciertamente, el repudio hacia Cristo  es más que una desgracia como aseguraba el Papa León XIII (Carta Encíclica Tametsi Futura. Dada en Roma el 1 de noviembre de 1990): 

 
 
 
“El no haber conocido nunca a Jesucristo es una gran desgracia, pero desgracia, al fin, que no envuelve ingratitud ni maldad; mas el repudiarlo u olvidarlo, ya conocido, es un crimen, tan nefando y aborrecible, que parece no puede darse en el hombre, pues Cristo es el origen y el principio de todos los bienes, y el género humano, así como no pudo ser redimido sin su preciosísima sangre, así tampoco puede ser conservado sin su divino poder. <En ningún otro hay salud; pues ningún otro nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos>”


 

Sin embargo en una sociedad como la actual en la que parece que todo está dispuesto por el hombre y para el hombre, se corre el riesgo de que la exaltación de la libertad del individuo llegue a alcanzar cotas inaceptables, pero también insostenibles, porque al presentarse el hombre totalmente autónomo, al margen de Dios, las sociedades tienden a caer en aquellas herejías que en su día defendieron Arrío y sus seguidores, y que tanto daño hicieron a la Iglesia. Deberíamos por tanto, recordar las palabras y consejos de Papas como León XIII para evitar estos peligros (Ibid):

“No se crea que el hombre no puede entender y discernir cosas naturales con la luz de su razón; pero aún cuando entendiese con ella todas las cosas, y sin ningún tropiezo guardarse todo precepto en su vida, lo que no puede ser sin la gracia del Redentor por auxilio, nadie habrá que pudiese confiar en su eterna salvación destituido de la fe:

<Si alguien no permaneciera en mí, será echado fuera como una rama, y se secará, y lo recogerán, y lo echarán al fuego y arderá> (Jn 15, 6).< El que no crea será condenado> (Mc 16, 16).

Y por fin, demasiadas pruebas y documentos tenemos ante nosotros, de los frutos que acarrea este menosprecio de la fe”  

Y es que sin fe no hay salvación, por eso cuando un periodista le hizo  al Papa Juan Pablo II, la consabida pregunta que muchos cristianos católicos se han hecho o están a punto de hacerse, ante la constante llamada de la Iglesia a una <nueva evangelización>: ¿Para qué sirve creer? ¿Acaso no es posible vivir una vida honesta, recta, sin tener que molestarse en tomar el Evangelio en serio?

 
 
 
 
El santo Pontífice respondió con sabías palabras: “A una pregunta semejante se podría responder muy brevemente: la utilidad de la fe no es comparable con bien alguno, ni siquiera con los bienes de naturaleza moral…Se puede decir que  la fundamental utilidad de la fe está en el hecho mismo de haber creído, y de haber confiado…

Creyendo y confiando, damos una respuesta a la palabra de Dios: esa palabra no cae en vacío, vuelve con su fruto a Aquel que la había pronunciado, como está dicho de modo tan eficaz en el libro del profeta Isaías. Sin embargo Dios no quiere obligarnos en absoluto a una tal respuesta (Cruzando el umbral de la esperanza. Ed. Messori)”


El Papa se refiere al responder a la pregunta del periodista, al libro del profeta Isaías en el que exhortaba al pueblo de Israel en la espera de  recibir la futura Redención (Is  55, 6-11):

"Buscad a Yahveh, (ahora) que puede ser hallado; clamad a Él, (ahora) que está cerca / Apártese el impío de su camino y el ruin de su designio y conviértase a Yahveh para que se apiade de él, pues ampliamente perdona / Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestras sendas las mías, afirma Yahveh / mas, como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más elevados que vuestros caminos, y mis pensamientos que vuestros pensamientos / Pues así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y allá no vuelven, sino que empapan la tierra y la fecundan y hacen germinar, de suerte que otorga sementera al sembrador y pan al que come / tal, será mi palabra, que ha salido de mi boca: no tornará a mí de vacío, sin que haya producido lo que yo quería, y llevado a efecto felizmente aquello para lo que la envié"

 
 
 
Bellas y significativas las enseñanzas de Dios a través de su Profeta Isaías, que incumben no solo al antiguo pueblo de Israel sino a toda la humanidad a través de los siglos como nos hace ver el Papa Juan Pablo II en su respuesta a un periodista. Precisamente en esta misma ocasión el Papa nos recuerda también que el Concilio Vaticano II se ocupó del problema de la libertad del hombre y de su dignidad como ser humano ante la fe salvadora.  En concreto en la <Dignitatis humanae>, se asegura  que:

“Por razón de su dignidad todos los seres humanos, en cuanto son personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por eso, investidos de personal responsabilidad, están por su misma naturaleza y por deber moral obligados a buscar la verdad, en primer lugar la concerniente a la religión. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias”

Verdaderamente se puede asegurar que el Concilio Vaticano II ha tratado la <libertad del hombre> en profundidad, muy seriamente, y ha mostrado como la respuesta dada por el ser humano a Dios y a su Palabra, mediante la fe, está estrechamente unida a la dignidad personal del hombre.

 
 
 
 

Cristo lo ha hecho todo para convencernos de la importancia de esta respuesta que el hombre está llamado a dar en condiciones de libertad interna, para que en ella refulja aquel <splendor veritatis> tan esencial a la dignidad humana. Él ha comprometido a la Iglesia para que actúe del mismo modo: por eso son tan habituales en la historia las protestas contra todos los que han intentado constreñir la fe <convirtiendo con la espada> (Cruzando el umbral de la esperanza. Juan Pablo II)”
 
 
 
 
 
 
Por eso también, Jesús puede mostrarse exigente con sus Apósteles cuando estos le piden que les aumente la fe, al igual que lo sigue haciendo con todos nosotros (Lc 17, 5-10): "Dijo el Señor: <Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a este moral –Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería> / <Si uno de vosotros tiene un esclavo ocupado en la labranza o en el pastoreo, cuando llega a casa a su vuelta del campo, ¿acaso le dirá: Presto, ven a acá, ponte a la mesa? / ¿No le dirá más bien: <Prepárame de cenar, y ciñéndote sírveme, hasta que yo coma y beba, y después comerás y beberás tú? / ¿Por ventura queda reconocido el esclavo por que cumplió lo que le ha ordenado? / Así también vosotros, cuando hubiereis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: <Siervos somos sin provecho; lo que debíamos hacer hemos hecho>"


En efecto, siervos somos de Dios y a Él le debemos dar la respuesta de fe que  nos pide, porque su Hijo unigénito lo dio todo por nosotros, hasta la propia vida, y por Muerte en  Cruz. No vale con decir esa frase que está tan de moda actualmente: <Dios es misericordioso y no puede condenarme>. No, porque nos olvidamos que la frase completa debería ser <Dios es justo y misericordioso…>, porque Nuestro Creador imparte también justicia, como Jesús  dice en el Evangelio de san Juan  (Jn 12, 44-49):

 
 
 
"Quién cree en mí  no cree en mí, sino en aquel que me envió / Y quién me ve, ve al que me envió / Yo vine como la luz al mundo, para que todo el que crea en mí no quede en las tinieblas / Y quien oyere mis palabras y nos la guardare, yo no le juzgo, porque no vine para juzgar al mundo sino para salvar al mundo / Quién me desecha y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgará en el último día / Que yo no hablé por mi iniciativa, sino el Padre, que me envió. Él me dio la orden de qué había de decir y qué había de hablar / Y sé que su mandato es vida eterna. Lo que yo hablo, pues, así lo hablo conforme me lo ha encargado el Padre"

Estaba ya muy próxima la Pasión y Muerte de Jesús cuando, según San Juan, éste pronunció las sentidas palabras de sus versículos, frente a aquellos fariseos incrédulos que cuestionaban todo lo que hacía y decía, casi igual que hacen algunos hombres en la actualidad. No puede extrañar por ello que incluso en contra de lo que creían en la antigüedad los santos Padres y toda la comunidad cristiana, más tarde, haya habido algunos  eruditos que han cuestionado el hecho mismo de que estas palabras fueron dichas por Jesús,  atribuyéndoselas al propio evangelista, cosa imposible si tenemos en cuenta que éste comienza los versículos diciendo: Más Jesús levantó la voz y dijo…
En su pregunta se habla de una vida honesta, recta, pero sin el Evangelio. Respondería que si una vida es verdaderamente recta es porque el Evangelio, no conocido o no recibido a nivel consciente, en realidad desarrolla ya su acción en lo profundo de la persona  que busca con honesto empeño la verdad y está dispuesto a aceptarla, a penas la conozca. Una  tal disponibilidad es manifestación de la gracia que obra en el alma…
<La libertad del Espíritu encuentra la libertad del hombre y la confirma hasta el fondo>"

 Defender ideas contrarias a las manifestadas por el Papa podría conducir a  las herejías de Palagio, monje británico que vivió entre los siglos IV y V, el cual sostenía equivocadamente, que sin la gracia divina el hombre es realmente llamado a la salvación y que una vida honesta ya es suficiente para alcanzarla.
 
 
 
Nada más lejos de lo que defiende la Iglesia católica, de acuerdo con la doctrina de Cristo, esto es: que el hombre es llamado antes o después a buscar su salvación, que una vida honesta es condición sine qua non  para alcanzarla, pero que esta salvación no se puede alcanzar sin el aporte de la gracia. Esto significa, por tanto, que el hombre solo puede ser salvado por Dios, eso sí, teniendo en cuenta su colaboración ( Papa León XIII ;Carta Encíclica <Tametsi Futura Prospicientibus>):


“En Cristo todos serán vivificados (ICor. 15, 22)…Y su reino no tendrá fin (Lc 1, 33), por voluntad eterna de Dios, está en Jesucristo puesta toda la salvación, no solamente de algunos, sino de todos los mortales, pues aquellos que de él se alejan asimismo por esto se condenan a su propia ruina, guiados por un cierto furor...
Incurren en un error harto inconsistente, que los aparta muy lejos del fin deseado, quienes toman caminos extraviados; del mismo modo, si se rechaza la clara luz de la verdad, es porque los ánimos están ofuscados y como infatuados de la miserable perversidad de las opiniones.

¿Qué esperanza de salud puede haber para aquellos que abandonan el principio y fuente de vida? Cristo es únicamente el camino, la verdad y la vida”


Podría parecer que las palabras de un Papa como León XIII, de siglos pasados, son demasiado rotundas y hasta fuera de lugar en un mundo tan avanzado tecnológicamente hablando... en el que el hombre desearía erróneamente  estar capacitado para alcanzar la salvación de su alma sin necesidad de la ayuda divina... Sin embargo el día a día nos demuestra la falsedad de esta idea, pues a cada paso las palabras de León XIII se muestran más ajustadas a verdad y razón, adivinando de alguna manera también el futuro de una humanidad como la actual  en la que los valores morales y espirituales están en retroceso e incluso muchas veces olvidados en las mentes de aquellos que en otros días los conocieron y practicaron.

Leyes en contra de la familia, como aquellas que favorecen el divorcio rápido,  las uniones entre homosexuales y el control de la natalidad, entre otras muchas, nos reafirman en esta idea, nos obstante la esperanza en un futuro mejor no faltará nunca en la Iglesia, que sigue manteniéndose en pie, en contra de las fuerzas del mal, y que sigue proclamando la necesidad de la vuelta a Cristo, de toda la sociedad.

Mensaje que por otra parte fue proclamado por todos los santos Padres  y los Papas a lo largo de los siglos; concretamente el Papa Benedicto XV (1914-1922) en su Carta Encíclica <Spiritus Paraclitus>, recuerda que San Jerónimo (347-420), el llamado <Doctor Maxímo>, decía que <como no puede estar la cabeza separada del cuerpo místico, así con el amor a la Iglesia debe ir necesariamente unido al amor a Cristo, que debe ser considerado como el principal y más sabroso fruto de la  Ciencia de las Escrituras>.

 
 
Y decía más, porque estaba tan convencido San Jerónimo de que el conocimiento de las Sagradas Escrituras, era el mejor camino para llegar al conocimiento profundo y al amor de la figura de Jesús que no dudaba en afirmar que <Ignorar las Escrituras es ignorar  a Cristo>.

Sin duda nuestro Papa actual Benedicto XVI comparte también los pensamientos de Benedicto XV y de San Jerónimo y por ello nos ha pedido reiteradas veces, que leamos con frecuencia la Santa Biblia y deberíamos hacerle caso, al menos durante este año proclamado <de la fe>, aunque tendríamos que seguir haciéndolo durante el resto de nuestras vidas.

Nos narra también Benedicto XV en su Carta Encíclica, que San Jerónimo, tratando de explicar el Apocalipsis de San Juan, se manifestaba así:

“Un sólo rio sale del trono de Dios, a saber, la gracia del Espíritu Santo, y esta gracia del Espíritu Santo está en las Santas Escrituras. Pero este rio tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol, que es Cristo”

 
 
 
Por eso, seguía diciendo Benedicto XV, en su carta,  que no era de extrañar que este santo en sus piadosas meditaciones acostumbrase, a referirse a Cristo en cada momento al leer los Sagrados Textos, y que asegurara que veía en los Evangelios  los testimonios sacados de la Ley de los Profetas.


Más aún, él llegaba a expresarse en los términos siguientes:
“Considero sólo a Cristo; si he visto a Moisés y los Profetas, ha sido sólo para entender lo que me decían de Cristo. Cuando por fin he llegado a los esplendores de Cristo y he contemplado la luz resplandeciente del claro Sol, no puedo ver la luz de la linterna ¿Puede una linterna iluminar si la enciendes de día? Si luce el Sol, la linterna se desvanece; de igual manera la Ley y los Profetas se desvanecen ante la presencia de Cristo. Nada quito a la Ley y los Profetas, antes bien, los alabo porque anuncian a Cristo. Pero de tal manera leo la Ley y los Profetas, que no me quedo con ellos, sino que a través de la Ley y de los Profetas trato de llegar a Cristo”

 
 
 
Hermosas palabras las de San Jerónimo, recogidas por el Papa Benedicto XV y que corroboran las dichas por otros Papas anteriores, como León XIII: “La salud universal reclama, volver allí de donde nunca se debería haber salido, a saber, a Aquel que es el camino, la verdad y la vida, y no sólo uno en particular, sino toda la sociedad en común.

Conviene que ésta sea otra vez restituida a Cristo su Señor, y se ha de conseguir que la vida derivada de Él, llene a todos los miembros y partes de la sociedad, y se saturen de ella los mandatos y prohibiciones legales, las costumbres populares, las enseñanzas llanas y caseras, los derechos conyugales, la norma de vida doméstica, los alcázares de los opulentos y los talleres de los obreros” (Tametsi Futura Prospicientibus. León XIII, noviembre 1900).

Recordemos que el Papa León XIII (1878-1903) tuvo que enfrentarse a una sociedad con graves problemas, de ahí que sus palabras resulten tan adecuadas y reflejen  las vicisitudes que viven los hombres de todo el mundo en nuestro siglo, donde los contratiempos de épocas anteriores, mal resueltos y en parte aumentados han ido creando un panorama alto difícil de definir y aún más difícil de afrontar sin la ayuda de Cristo.

Fue proclamado este Papa en un Cónclave que  penas duró dos días, después del fallecimiento del Papa Pio IX, porque la Iglesia universal tenía grandes esperanzas puestas en su espíritu abierto y conciliador, así como en sus grandes dotes de gobierno. Estas eran justamente  las cualidades que la sociedad de su época necesitaba en aquel preciso momento, si recordamos que por entonces surgía el II Reich alemán como gran potencia de Europa, y los Estados Unidos empezaban a ser la gran potencia mundial que es hoy.

Por otra parte, los hombres de  finales del siglo XIX y principios del siglo XX se habían empapado de un anticlericalismo arrollador que luchaba por reducir a toda costa la autoridad de la Iglesia de Cristo, sin recordar para nada los múltiples beneficios que ésta había aportado desde su creación a la sociedad. Así mismo, se trataba de una sociedad muy industrializada y en pleno desarrollo de nuevas tecnologías, donde las nuevas ideas avanzaban abriéndose camino con gran rapidez entre las mentes de gentes poco instruidas y con dificultades económicas las más de las veces.

 
 
León XIII, por entonces, escribió un documento célebre hasta el día de hoy, que aportaba soluciones reales a los problemas del mundo del trabajo. Nos referimos  a su Carta Encíclica <Rerum Novarum> (1891), la cual ha sido y sigue siendo un modelo a tomar en consideración y que estableció bases firmes para la convergencia de ideas entre los cristianos.

Unos años después de publicarse la <Rerum Novarum>, León XIII escribió su Carta Encíclica <Tametsi Futura Prospicientibus>, mucho menos conocida, de la que ya hemos recordado algunas de sus enseñanzas, fundamentalmente aquellas que hablan a los hombres de la necesidad del regreso a Cristo y su Mensaje, en definitiva de la fe salvadora:
“Desterrado y desheredado por tanto tiempo el linaje humano, día por día caminaba hacia su destrucción y ruina envuelto en aquellos males y en otros que trajo consigo el delito de nuestros primeros padres, sin que en lo humano cupiera remedio a tantas desgracias hasta que apareció, bajado del cielo, el <libertador del género humano>, Cristo Señor, con cuya venida se vio cumplida la promesa del Eterno, hecha en el principio del mundo, de que vendría a La Tierra el <Vencedor>, <Dominador de la serpiente> y <Restaurador de la dignidad humana>, por lo cual las generaciones sucesivas miraban su venida con gran expectación y deseos.

 
 
 
 
 
 
Sin duda, el Papa Benedicto XVI, al igual que hicieron anteriores Pontífices ha llamado a todos los católicos a regresar al centro de nuestra fe, a Cristo nuestro Salvador, sin miedo ni desconfianzas, en especial durante este  año proclamado de <la fe>:

“Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, <que inicia y completa nuestra fe>: en Él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y del dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ente el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla en el poder de su Resurrección.

 
 

 
 
En Él muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación” (Carta Apostólica en forma de <Motu proprio> Porta Fidei (Dada en Roma el 11 de octubre de 2011)

 

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