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miércoles, 1 de mayo de 2013

JESÚS DIJO: FUERA DE MÍ NADA PODÉIS HACER


Jesús utilizó la alegoría de la vid y los sarmientos en su última Pascua, para mostrarnos la unión que debe existir entre Él y los hombres. Solamente el evangelista San Juan recuerda esta parábola utilizada por el Señor en su última Cena, en la que aclara a sus Apóstoles, muchos de los conceptos teológicos de su Mensaje. Concretamente este simbolismo que se refiere, en términos del Apóstol San Pablo al <Cuerpo místico de Cristo>, aparece en el Evangelio de San Juan formando parte del llamado <Sermón de la última cena> y tiene la cualidad de ayudarnos a comprender que sin Jesús nada puede hacer el hombre, como Él mismo nos advierte (Jn 15, 1-6):

-Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador

-Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo poda, para que lleve fruto más copioso.

-Ya vosotros estáis limpios, en virtud de la palabra que os he hablado.

-Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede llevar fruto de sí mismo sino permaneciera en la cepa, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

-Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien permanece en mí y yo en él, éste lleva fruto abundante, porque fuera de mí nada podéis hacer.

-Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera y como el sarmiento se seca; a esos  los recogen y los arrojan al fuego y arden.

 

Duras palabras de apercibimiento de Jesús, pero justas y necesarias, para que los hombres sopesen el riesgo que conlleva apartarse de Él, porque en el <juicio final se revelarán hasta sus últimas consecuencias, lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida>, como muy bien enseña el Catecismo de la Iglesia católica (CIC 1039).

Con razón muchos hombres santos temerosos del juicio divino han dado ejemplo con sus acciones y palabras, este es el caso del Beato Tomás de Kempis (1380-1471), del cual el Papa Pablo VI dijo (Carta de S.S Pablo VI al R.P  Gebardo Koberger, general de la Orden de Canónigos Regulares de San Agustín, en el quinto centenario de la muerte del Beato):

“No puede negarse la extraordinaria contribución de Tomás de Kempis al fomento de la vida espiritual, que une íntimamente el alma con Dios; pero debe afirmarse igualmente que jamás olvida la referencia esencial del hombre a su entorno social dentro del cual está instalado…

Por ser vehículo expositor y defensa preclara de esa íntima unión del hombre con Dios, la palabra de Tomás de Kempis tiene también para el hombre de hoy acentos de llamada urgente y salvadora”

 

Son palabras de un Pontífice del siglo pasado, Pablo VI (1897-1978), que ciertamente siguen teniendo vigencia en este azaroso siglo XXI, recién estrenado, como demuestran las enseñanzas del Beato alemán (Imitación de Cristo. Tomás de Kempis. Capitulo XXIII. Del pensamiento de la muerte):

“¡Oh amigo, de cuanto peligro te podrías librar, de cuanto gravísimo espanto, si ahora fueses temeroso y sospechoso de la muerte!

Trata de vivir ahora de tal manera, que en la hora de la muerte puedas antes gozarte que temer. Aprende ahora a morir al mundo, para que después comiences a vivir en Cristo. Aprende ahora a despreciar todas las cosas, para que entonces puedas libremente ir a Cristo. Castiga ahora por penitencia tu cuerpo, porque entonces puedas tener confianza cierta”

 

Sí, porque como aseguraba también el Papa Benedicto XVI en la entrevista sostenida con el periodista converso, Peter Seewald (Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Ed. Herder S.L. Barcelona 2010):

“Para muchos, el ateísmo práctico es hoy la regla normal de la vida. Se piensa que tal vez haya algo o alguien que en tiempos remotísimos dio un impulso al mundo, pero ese ser no nos incumbe en absoluto. Si esa postura se convierte en la actitud general en la vida, la libertad no tiene ya más parámetros, todo es posible y todo está permitido. Por eso es también tan necesario que la pregunta sobre Dios vuelva a colocarse en el centro. Por supuesto, no se trata de un Dios que de alguna manera existe, sino de un Dios que nos conoce, que nos habla y nos incumbe. Y que, después, será también nuestro juez”

 

Lo proclamaba muy claramente Jesús en su parábola de la vid y los sarmientos: <Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera y como el sarmiento se seca y a esos los recogen y los arrojan al fuego y arden>…

Sin embargo, en un mundo donde prima la dictadura del relativismo, estas palabras del Señor suelen sonar a historias del pasado, nada que ver con los problemas del hombre actual. La verdad mejor dicho, el concepto de verdad, está en entredicho, y se cuestiona constantemente…todo parece relativo. <Ello ha llegado a tal situación, como consecuencia de que el hombre en nombre de la verdad, ha cometido actos de intolerancia y hasta de crueldad>. Por eso, el Papa Benedicto XVI advertía también de que el hombre tiene temor a  la verdad y  así mismo teme a aquellas personas que puedan estar en posesión de la misma:

“Gran parte de la filosofía actual consiste realmente en decir que el hombre no es capaz de la verdad…En tal caso sólo habría que cuidar del modo en que uno más o menos es capaz de vivir, y el único criterio que contaría, en todo caso, sería la opinión de la mayoría. Sin embargo, lo destructivas que pueden ser las mayorías, nos lo ha demostrado la historia reciente…Por eso, es preciso tener la osadía de decir, sí, el hombre debe buscar la verdad…” 

 

Precisamente el contenido central del Evangelio de San Juan consiste en hacer ver al hombre de todos los tiempos, que la verdad se encuentra en Jesús, que es el testigo de la verdad, que es la <Verdad misma>, como Él mismo confirmó ante Poncio Pilato. Porque Jesús como recordaba  el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Defiende la verdad no mediante legiones, sino que a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, la hace visible y la pone también en vigilancia”

 

No obstante, la verdad, parece estar lejos de los hombres en una sociedad donde la intolerancia hacia los signos religiosos en la vida pública, e incluso, en ocasiones, en la vida íntima de las personas, ha crecido de forma exponencial en los últimos cien años. Y es que muchos de los que fueron bautizados hasta  niegan ya la existencia de un <juicio final>, al llegar  la Parusía ó final de los tiempos, y niegan el castigo por los pecados cometidos y no reconciliados, en ese lugar no reconocido por muchos, pero del que todos tienen referencia y espanto al designarlo con la palabra <infierno>…Sin embargo, la doctrina de la Iglesia afirma la existencia de ese lugar y su eternidad; las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden al infierno (gehena o fuego que nunca se apaga) y allí sufren las penas del mismo (Ver Catecismo de la Iglesia Católica 1035)

Por suerte, el Catecismo nos habla también  de la resurrección de los muertos (CIC 1038):

“La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores, precederá al Juicio Final. Esta será <la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación> (Ver Jn 5, 28-29). Entonces Cristo vendrá <en su gloria acompañado de todos los ángeles…Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá a las ovejas a su derecha, y a los cabritos a su izquierda…E irán éstos a un castigo eterno, y a los justos a una vida eterna> (Ver Mt 25, 32-46)”  

 

Por eso, las palabras de Jesús son siempre, sin duda, un llamamiento a la responsabilidad del hombre para que haga uso de la libertad que le ha otorgado en beneficio de su salvación y no de su perdición. Es también una petición de reconciliación y conversión, con objeto de que alcance la gloria eterna (Jn 15, 7-11):

-Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, cuanto quisiereis, pedidlo, y lo obtendréis.

-En esto es glorificado el Padre, en que llevéis frutos abundantes; y con esto seréis discípulos míos.

-Como me amó el Padre, también yo os amé; permaneced en mi amor.

-Como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

-Estas cosas os he dicho para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo.   

 

Desde el primer momento Jesús asoció a los discípulos a su vida,  les reveló el Misterio del Reino y les dio parte en su Misión salvadora. Pero incluso Jesús les  habló de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le siguen <Permaneced en mí, como yo en vosotros…Yo soy la vid y vosotros los sarmientos>:

“Jesús anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: <Quien come de mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él> (Ver Jn 6, 56). Catecismo de la Iglesia católica apartado 787”

 

El Catecismo de la Iglesia nos habla aquí del Cuerpo de Cristo,  nos muestra que bajo la alegoría de la cepa y los sarmientos, el Señor  nos informa de su <Cuerpo Místico>, con sus dos elementos esenciales, esto es, la inseparabilidad entre Él y el hombre y el influjo capital de Cristo sobre éste. Así mismo, pone de manifiesto la doble necesidad de la <gracia>, para toda obra meritoria, y la libre cooperación del hombre (CIC 788 y 789):

-Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible Jesús no los dejo huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa: <Por la comunión de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su Cuerpo> (LG 7).

-La cooperación de la Iglesia con el Cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación intima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia se han de resaltar más específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo, <Cabeza del Cuerpo>; la Iglesia, <Esposa de Cristo>.

 

Todas estas cuestiones están magníficamente explicadas en el Catecismo de la Iglesia católica y deberíamos recordarlas leyendo con frecuencia el mismo, al menos en este <año de la fe> proclamado por el  Papa Benedicto XVI, y que aún no ha terminado, a pesar de su renuncia a favor de un nuevo Papa, que pudiera conducir la barca de Pedro con más fuerzas físicas, dado su mal estado de salud. Y ello es necesario para que podamos decir con San Pablo <Creí y por eso hablé>, según estaba escrito en el Salmo 115, porque en este Apóstol se puso de manifiesto de forma absoluta, esa mutua inherencia existente entre Cristo y el hombre (II Cor 4, 5-6):

-No nos predicamos a nosotros mismos, nos consideramos como esclavos vuestros por causa de Jesús.

-Porque Dios, que dijo: <Del seno de las tinieblas fulgurará la luz>, es quien le hizo fulgurar en nuestros corazones, para que se irradiase el conocimiento de la gloria de Dios, que reverbera en la faz de Cristo Jesús.

 

Precisamente el Papa Benedicto XVI, durante todo su Pontificado nos ha ido recordando, en total concordancia con las palabras del Apóstol San Pablo, que Cristo debe ser el centro de nuestras vidas y que sin Él nada podemos hacer los hombres.

En unos momentos de la historia de la humanidad tan críticos para el pueblo de Dios, cuando el representante de Cristo sobre la tierra ha tomado una decisión <en plena libertad> tan inesperada, debemos estar más unidos que nunca a Cristo en torno del nuestro nuevo Papa, Francisco, el cual está demostrando desde un principio su santidad y disposición a seguir en la brecha para defender a la Iglesia de los ataques del Maligno.

Por su parte, el Papa Benedicto XVI, ahora emérito, nos ha dejado una última catequesis digna de tener en mucha consideración por parte de todos los creyentes. En realidad su contenido, él nos lo ha recordado, ya estaba presente en la Carta de San Pablo a los colosenses, en la cual entre otras cosas se dice, refiriéndose a la Persona de Cristo  (Colosenses 1, 15-17):

-El cual es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación;

-como que en Él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, ya que las Dominaciones, ya los Principados, ya las Potestades, todas las cosas, han sido creadas por medio de Él y para Él.

-Y Él es antes que todas las cosas, y todas tienen en Él su consistencia

 

Habría que recordar ahora, aunque solo fuera por poner en situación el origen de esta carta de San Pablo, aquella ciudad de la Frigia romana, cerca del rio Lico, situada en el extremo oriental del Asía proconsular, llamada Colosas (Colossae); una ciudad, que en tiempos antiguos había tenido gran relevancia, pero que en la época del Apóstol, había perdido su magnificencia.

Según todos los indicios históricos, la Iglesia de Colosas no fue fundada por el Apóstol San Pablo, sino por uno de los discípulos de éste, muy probablemente el llamado Epafras, que era natural de esta ciudad, el cual podría haber referido a su maestro, que ya se encontraba retenido en Roma, la situación tan peligrosa en la que se debatían los miembros de su Iglesia, en aquellos momentos.

En efecto, gran parte de los primeros precursores del gnosticismo se habían dado cita en aquella ciudad, propagando entre sus habitantes, que ya habían escuchado la palabra de Dios, mal sanas herejías para desfigurar la Persona de Cristo y su Mensaje, además añadían al cristianismo otros elementos exóticos procedentes de religiones paganas que estaban muy en boga en aquella época . Mantenían, eso sí, un culto exagerado a los ángeles buenos (Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades…), aunque en la práctica al que realmente reverenciaban era al Maligno, y guardaban rigurosamente todas las tradiciones y prejuicios del judaísmo…

En definitiva, ciertos signos externos, de esta nueva forma de interpretar el cristianismo, que en  principio parecían normales, y hasta buenos, se mezclaban con ideas de carácter filosófico e incluso teológico, que nada tenían que ver con las enseñanzas del Señor y que por desgracia se han ido manteniendo y reformando, con nuevos aportes doctrinales estrafalarios, en función de las necesidades del momento para sus seguidores, hasta nuestros días.

El Apóstol San Pablo, ante semejantes desvaríos, escribió esta carta tan interesante a la que aludió Benedicto XVI, no sin razón, en su última Audiencia  del 27 de febrero del presente año, todavía como cabeza de la Iglesia. Quizás  algunos miembros de la Iglesia no hayan reparado aún en todo el gran significado de esta tan singular referencia por parte del Pontífice saliente. Sin embargo, si lo pensamos con detenimiento la cosa es más que evidente, si recordamos el grado de paganismo existente en la sociedad actual y el gran avance del gnosticismo en los últimos cien siglos, incluso dentro de la Iglesia católica.

Recordemos a tal propósito que Benedicto XVI, durante su Papado nos ha hablado con frecuencia, en algunos de sus libros, catequesis, y homilías del  regreso del paganismo y el gnosticismo a la sociedad en los últimos siglos, sobretodo en el viejo Continente, de ahí que tanto él, como su antecesor en la silla de Pedro, Juan Pablo II, hallan acuñado  el término de <nueva evangelización>, para recordarnos a todos los fieles que debemos trabajar sin cesar para atraer de nuevo al seno de Iglesia aquellas personas que de una u otra forma se han alejado de ella, viviendo una existencia en la que Cristo no es tomado en cuenta, siendo así que <sin él nada podemos hacer>.

Deberíamos meditar sobre todo esto, como así lo hacia el Papa Benedicto XVI durante un <Vía Crucis> en el Coliseo (Benedicto XVI frente a los abusos sexuales. Gregory Erlandson – Matthew Bunson. Ed. Locoonte 2010):

“La tradición de las tres caídas de Jesús y el peso de la Cruz hace pensar en la caída de Adán <en nuestra condición de seres humanos> y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera carta, San Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también como la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor, que queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos”

   

En esta misma línea, Benedicto XVI de una manera muy sutil,  ha remitido a toda la cristiandad a la lectura con detenimiento de la Carta de San Pablo a los colosenses, para que tengamos en cuenta algunas de sus palabras (Colosenses 1, 3-8):

-Hacemos gracias a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, rogando en todo tiempo por vosotros,

-habiendo oído vuestra fe en Cristo Jesús y la caridad que tenéis con todos los santos,

-por la esperanza que os está reservada, en los cielos, la cual oísteis antes en la palabra de verdad del Evangelio,

-que ha llegado a vosotros, como también está fructificando y progresando en todo el mundo, lo mismo que entre vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis  la gracia de Dios en la verdad,

-según aprendisteis de Epafras, nuestro amado consiervo, que es fiel ministro de Cristo para con vosotros,

-el cual también nos manifestó vuestro amor en el Espíritu.

 

Sí, -la palabra de la verdad del Evangelio-, es la que el hombre necesita, porque es la palabra del Hijo del hombre, del Mesías, de nuestro Señor Jesucristo y no puede cambiarse ni interpretarse al modo de los hombres, sino al modo de Jesús, recordando siempre que -sin Él nada podemos hacer- los seres humanos. Así lo proclamaron desde antiguo los Padres y Doctores de la Iglesia, los cuales <<entendieron muy bien como por decreto de la divina voluntad el restaurador de la ciencia humana era Jesucristo, que es la virtud de Dios y la sabiduría de Dios (I Cor 1, 24), y en el cual están escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3), se cuidaron de investigar los libros de los antiguos sabios y comparar sus opiniones con las doctrinas reveladas y con prudente elección abrazaron entre aquellas las que vieron perfectamente dichas y sabiamente pensadas, aumentando o rechazando las demás. Pues así como Dios, infinitamente próvido suscitó para defensa de la Iglesia, mártires fortísimos, contra la crueldad de los tiranos, así a los falsos filósofos o herejes opuso varones grandísimos en sabiduría que defendiesen, aún con el apoyo de la razón, el depósito de las verdades reveladas. Y así desde los primeros días de la Iglesia, la doctrina católica tuvo adversarios muy hostiles que, burlándose de los dogmas e instituciones de los cristianos, sostenían que habían muchos dioses, que la materia del mundo carecía de principio y de causa, y que el curso de las cosas se regía por una fuerza ciega y por una necesidad fatal, pero sin ser dirigido por el providente consejo de Dios>> (Carta Encíclica “Aeterni Patris Filius” del Papa León XIII. Promulgada el 4 de agosto de 1879).

 

Llegado a este punto sería prudente quizás que reflexionáramos unos instantes sobre la fecha en que fue escrita esta Encíclica y sobre las cuestiones que en ella denuncia el gran Papa de la Iglesia León XIII. Si lo pensamos detenidamente, comprenderemos que en el momento actual muchos hombres siguen empeñados en defender los mismos errores de siempre, consecuencia del pecado de soberbia, el primero que apareció en las criaturas de Dios, y que siempre les acompaña azuzado por la envidia del Maligno. Por eso es sumamente razonable lo que podemos leer a continuación en esta  misma Carta Encíclica de León XIII:

“Ahora bien: con estos maestros de disparatada doctrina disputaron oportunamente aquellos sabios que llamamos Apologistas, quienes, guiados por la fe, usaron también argumentos tomados de la sabiduría humana con los que probaron que debe ser adorado un solo Dios, excelentísimo en todo género de perfecciones, que con su omnipotente virtud sacó de la nada todas las cosas, las cuales subsisten por su sabiduría, que cada una mueve y dirige a sus propios fines”

 

Ante estas palabras se podría decir que el hombre es, con diferencia, la criatura de Dios dotada de menor memoria, pero hay que tener en cuenta que el mal siempre está presente y desea que los seres humanos sean infieles a su Creador. Por eso no es de extrañar que a lo largo de la historia de la humanidad haya habido siempre infieles a la palabra de Dios y no sólo eso, sino ocultadores de su palabra y de los estudios profundos  realizados sobre ella por hombres sabios y prudentes, bajo la inspiración del Espíritu Santo, que pusieron en juego también argumentos tomados de la sabiduría humana, como muy bien nos recuerda el Papa León XIII. Sí, a pesar de lo que nos recuerda este Pontífice en su carta, siguen persistiendo algunas de esta doctrinas disparatadas, que en su tiempo fueron demostradas totalmente erróneas por sabios doctores  como por ejemplo San Ireneo, mártir invicto, Obispo de Lyon, y refutador preclaro de las perversas herejías gnósticas; otros ejemplos magníficos, los encontramos en San Clemente de Alejandría, San Jerónimo o San Agustín, por recordar sólo algunos de los doctores de la Iglesia más conocidos de la antigüedad.

Estos sabios y otros muchos como por ejemplo Santo Tomás de Aquino, fueron los elegidos por Dios para defender la Iglesia de las herejías que iban surgiendo como consecuencia de la interpretación errónea del Mensaje de Cristo, a lo largo de los siglos. A ellos la humanidad le debe mucho, por eso es necesario hacérselo saber a las nuevas generaciones, hablarles de sus vidas y recordarles sus enseñanzas para que no se dejen engañar por doctrinas, extraviadas e impías que solo conducen al alejamiento del único Dios verdadero.   

Sería ciertamente muy provechoso, para los tiempos que corren que se tratara de llevar a los jóvenes, algunas de las recomendaciones que el Papa León XIII indicaba en esta misma carta Encíclica:

“Siendo siempre costumbre en nuestros días tempestuosos combatir la fe con las maquinaciones y las astucias de una falsa sabiduría, todos los jóvenes, y concretamente los que se educan para la esperanza de la Iglesia, han de ser alimentados, por esto mismo, con un poderoso y robusto fomento de la doctrina para que con enérgicas fuerzas y provistos de toda clase de argumentos, a tiempo se acostumbren a defender con un gran conocimiento de causa el mensaje divino, y estén dispuestos siempre, según la doctrina de los Apóstoles a satisfacer a todo el que pregunte la razón de aquella esperanza que tenemos (Pet 3,15),  exhortar con la sana doctrina y probar su bondad a los que la contradicen (Tim 1, 9)”

 

Alude el Pontífice en esta parte de su Encíclica, muy oportunamente, a la carta que San Pablo dirigió a su discípulo Timoteo, cuando  falsos doctores se entretenían con gusto en equivocar las verdades del Evangelio disvirtuandolas a su antojo, disputando a cerca de la ley con ejemplos torpes, con los que por desgracia algunos espíritus simples caían en pecado, ante la gran elocuencia que  utilizaban, en definitiva algo muy parecido a lo que en estos tiempos tenemos la triste oportunidad de escuchar y ver, en los mensajes lanzados a la juventud a través de  distintos medios de comunicación, y que tanto daño hacen. Recordemos, pues, las palabras del Apóstol porque son sobradamente significativas (I Tim 1, 8-11):

-Sabemos, sí, que la ley es buena con tal que uno use de ella legítimamente;

Sabiendo esto, que no se ha puesto la ley para los justos, sino para los prevaricadores y rebeldes, impíos y pecadores, irreligiosos y profanos, parricidas y matricidas, homicidas,

-fornicadores, infames, secuestradores, mentirosos, perjuros, y si hay otra cosa que se oponga a la sana doctrina,

-como lo enseña el Evangelio de la gloria del Dios bien aventurado, que me fue confiado.

 

En definitiva, cuando el hombre se olvida de que sin Cristo -no puede hacer nada-, también se olvida de que la ley no está puesta para los justos, tal como comprendió San Pablo, el cual habiendo sido un gran pecador fue hecho Apóstol por la misericordia divina de Cristo, a causa de su sincero arrepentimiento. Porque como San Pablo dice en esta misma carta, Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, mediante su Pasión, Muerte y Resurrección, pues en caso contrario decía el Apóstol: <vana es nuestra predicación y vana nuestra fe> (I Cor 15, 1-7):

-Os recuerdo hermanos, el Evangelio que os prediqué y que habéis recibido, en el que perseverasteis,

-y por el que sois salvos, si lo guardáis tal como yo os lo anuncié, a no ser que hayaís creído en vano.

-Os trasmití, pues, en primer lugar, lo que yo mismo recibí, a saber: que Cristo murió por nuestros pecados, según la Escrituras;

-que fue sepultado; que resucitó al tercer día, según las Escrituras;

-que se apareció a Pedro y luego a los doce.

-Después se apareció a la vez a más de quinientos hermanos, de los cuales la mayor parte aún viven, y algunos murieron; luego se apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles.

-Y en último término, también se apareció a mí, como el abortivo.

 

Y es que como decía Benedicto XVI, cuando aún era el profesor Joseph Ratzinger en la Universidad de Ratisbona (26 de septiembre de 1974. Múnich), al referirse a esta carta del Apóstol San Pablo:

“El cristiano confía en la resurrección de los muertos. Y esto hay que decirlo sin ambigüedades, aún cuando, en la actualidad, esto tenga cierto cariz ingenuo y casi místico, y todo nos apremie a aligerar este enunciado desde un punto de vista interpretativo y a transformarlo incluso antes de que sea formulado. Allí donde esto se haga, se habrá recorrido ya el camino de los subterfugios. Para Pablo el sentido de la predicación cristiana depende de esta expectativa; y sin ella, la fe y la predicación serían vanas, y la vida cristiana no tendría sentido. En la historia del dogma, este enunciado ha quedado desarrollado en dos formas:

a)      La convicción sobre la resurrección de los muertos encierra la expectativa de un nuevo cielo en una tierra nueva, es decir, la certeza de una positiva satisfacción del sentido del Cosmos y de la historia, la certeza de que ambas cosas no terminan como un montón de basura que, al final, sepulta con indiferencia la sangre y las lágrimas de este tiempo como ilusiones vacías…

b)      Se ha mencionado en la historia del dogma, cada vez con más claridad, un segundo aspecto, según el cual la promesa cristiana también encierra la satisfacción individual que proporciona a cada persona la existencia de una vida después de la muerte…En un mundo que conoce la ley de la conservación de la energía, no sorprende que permanezca intacta también esta otra energía misteriosa que llamamos espíritu ó alma…

 

Sigue  en esta conferencia,  el que sería poco después el Papa Benedicto XVI, desarrollando su análisis teológico sobre la resurrección recordando que la palabra  <cielo> es utilizada como bien supremo y que también el hombre conoce la palabra <infierno> y esto viene a indicar, en definitiva, que la <verdadera justicia> es la esperanza cristiana.

Por eso la parábola de Jesús sobre la vid y los sarmientos siempre debe estar presente en la vida del creyente, porque nos recuerda que nadie puede dar frutos, si no está como el sarmiento pegado a la vid, que es Cristo y que sin Él nada podemos hacer y aún más, que en caso contrario seremos arrancados y arrojados al fuego…Parece algo tan terrible que muchos se niegan a creerlo, aunque es bien cierto que Jesús nos avisó con esta parábola, y en otras muchas ocasiones, a lo largo de su vida pública de que esto sería así. Sin embargo  el Beato Papa Juan Pablo II consideraba, con razón, que las palabras del Señor en lugar de entristecernos deberían ser motivo de alegría (Mensaje para la V Jornada Mundial de la juventud celebrada en el año 1990):

“En el Evangelio de Juan, Cristo nos explica el fundamento de la vida de su Iglesia (la viña), cuando dice <Yo soy la vid y vosotros los sarmientos> (Jn 15, 5). Exactamente son éstas las palabras que he elegido como lema de la próxima jornada mundial de la juventud. Por eso os digo ¡jóvenes sois sarmientos vivos en la Iglesia, sois sarmientos cargados de frutos!

Ser sarmientos vivos en la Iglesia-viña significa, estar en comunión vital con Cristo-vid. Los sarmientos no son autosuficientes, dependen totalmente de la vid. En ella se encuentra la fuerza de la vida. Del mismo modo en el Bautismo, cada uno de nosotros ha sido injertado en Cristo y ha recibido gratuitamente el don de la vida nueva. Para ser sarmientos vivos tenéis que vivir esta realidad de vuestro Bautismo, profundizando cada día más vuestra comunión con el Señor mediante la escucha y obediencia de su Palabra, participando en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación (Confesión) y el diálogo personal con Él mediante la oración. Jesús dice: <El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada>”

 

Estas palabras del Pontífice Juan Pablo II no han perdido vigencia, ni compromiso, dado que cada vez se constata mejor, por los hechos que día a día ocurren, que se hacen más y más necesarias para concienciar tanto a los jóvenes como a los mayores, en la idea de que Cristo debe ser el centro en la vida de todos los creyentes. Y es que la Iglesia inserta ya en un nuevo milenio esta llamada más que nunca a comprometerse en la tarea de la evangelización no solo de los pueblos que nunca la recibieron, que ya son menos, sino sobre todo en recuperar a los bautizados que se han alejado, por una u otra causa de Dios. Y la recompensa será grande  para los trabajadores de la viña del Señor, como Él mismo aseguró a su Apóstol San Pedro, cuando inquieto por el futuro que les aguardaba se atrevió a preguntarle que les esperaba, después que lo habían dejado todo por seguirle (Mt 19, 28-30):

-Jesús les dijo: Os aseguro que vosotros, los que me seguisteis, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

-Y todo el que deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá el céntuplo, y heredará la vida eterna.

-Y muchos que son primeros serán postreros, y postreros primeros.

 

Luego, para que comprendieran mejor el sentido de sus palabras, el Señor les puso como ejemplo la parábola de <los obreros de la viña>, que recoge el Evangelio de San Mateo, donde aquellos que entraron a trabajar en último lugar recibieron igual recompensa que los primeros con el descontento de los mismos y por eso el dueño de la viña le habló en los siguientes términos a aquel que se dirigió airado pidiéndole cuentas por su acción:

-Amigo, no te hago agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario?

-Toma lo tuyo y vete. Y si quiero a este último darle lo mismo que a ti,

-¿no me es permitido hacer de lo mío lo que quiero? ¿O ha de ser malo tu ojo porque yo soy bueno?

-Así serán los últimos los primeros, y los primeros últimos. Porque muchos son llamados, más pocos elegidos.

 

Por eso nunca debemos olvidar que los regenerados por el Sacramento del Bautismo, somos ya miembros del Cuerpo de la Iglesia-viña y estamos unidos a Cristo-vid (Carta Apostólica Post-Sinodal -Christifideles laici- Papa Juan Pablo II. Dada en Roma en 1988):

“El Bautismo significa y produce una incorporación mística, pero real, al Cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. Mediante este Sacramento, Jesús une al bautizado con su muerte para unirlo a su Resurrección (Rm 6, 3-5); lo despoja de <hombre viejo> y lo reviste del <hombre nuevo>, es decir de Sí mismo: <Todos los que habéis sido bautizados en Cristo-proclama el Apóstol San Pablo-os habéis revestido de Cristo (Ga 3, 27; Col 3, 9-10). De ello resulta que <nosotros> siendo muchos, no formamos más que un solo Cuerpo en Cristo> (Rm 12, 5).

Encontramos en las palabras de Pablo el eco fiel de las enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la <misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí>, presentándola como imagen y prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (Jn 17, 21). Es  esta la misma unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vid y los sarmientos: <Yo soy la vid y vosotros los sarmientos>; la imagen que da luz no sólo para comprender la profunda intimidad de los discípulos con Jesús, sino también la comunión vital de los discípulos entre sí “   

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