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viernes, 1 de noviembre de 2013

JESÚS DIJO: LA PAZ OS DEJO MI PAZ OS DOY


 
 
 



Jesús pronunció estas elocuentes palabras, próxima ya su Pasión y Muerte en la Cruz,  cuando les anunció a sus Apóstoles la ayuda que recibirían del Espíritu Santo, el cual les enseñaría todo y les recordaría aquellas cosas que Él mismo  les había dicho, con objeto de hacerles infalibles en la labor evangelizadora que les habría de encargar; de esta forma se convertirían en auténticos maestros de la verdad (Jn 14, 25-27):

"Estas cosas os he hablado, mientras permanecía con vosotros / más el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre. Él os enseñará todas las cosas y os recordará todas las cosas que os dije yo / La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se conturbe vuestro corazón, ni se acobarde"

La paz que Cristo anuncia, según el Papa Juan Pablo II, es la <salvación de nuestro Dios> (Santa Misa en el parque nacional Simón Bolívar de Bogotá, en julio de 1986).

En efecto, el santo Padre se refiere al anuncio que hizo el profeta Isaías sobre el <siervo de Yahveh> y su obra (Is 52, 10):

<Gritad de júbilo, exultad juntamente, ruinas de Jerusalén, pues Yahveh se ha compadecido de su pueblo a los ojos de todos los pueblos, y todos los confines de la tierra verán la <salvación de nuestro Dios>.




Sin duda este siervo de Yahveh, mencionado por el profeta Isaías, este mensajero del bien, no es otro que el Mesías, el Hijo del hombre, Jesús, el cual mediante la institución del Sacramento del Bautismo nos hizo semejantes a él, nos revistió de él, hasta participar en su misma filiación divina.


Sí, porque como asegura el Apóstol San Pablo, todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús y en particular todos los bautizados en Cristo, nos hemos revestido de Cristo (Gal 3, 23-27):   
"Mas antes de venir la fe estábamos bajo la custodia de la Ley, encerrados con vistas a la fe que debía ser rebelada / De manera que la Ley ha sido pedagogo nuestro con vistas a Cristo, para que por la fe seamos justificados / mas venida la fe, ya no estamos sometidos al pedagogo /Porque todos sois hijos de Dios, por la fe, en Cristo Jesús / Pues cuantos, en Cristo fuisteis bautizados, de Cristo fuisteis revestidos"

De manera que el Santo Padre Juan Pablo II, al referirse a la paz que Cristo, anuncia la “salvación de nuestro Dios”, la paz del mensajero del bien, pues por la   fe seremos justificados, como aseguraba San Pablo a los gálatas en su misiva y como en la antigüedad anunciaba el profeta Isaías (Is 52,7-10).

Ciertamente, San Pablo en su carta a los gálatas y por extensión a los hombres bautizados de todos los siglos desde la venida del Mesías, no solo en agua, sino en Cristo, viene a comunicarles la filiación divina, es decir, que el hombre es hijo adoptivo de Dios, y como tal heredero de la promesa de salvación recibida por Abraham en el Antiguo Testamento.

Así pues, si somos todos hijos de Dios, también somos todos hermanos, y como buenos hermanos, deberíamos trabajar todos juntos en beneficio de la paz, en el seno de las familias, de los pueblos, de las naciones, y en definitiva de cada uno de nosotros mismos.

 


Por tanto, como aseguraba el Papa Juan Pablo II en la Homilía anteriormente citada, la filiación divina del hombre es el fundamento de la paz personal y social:

“La salvación que Dios mismo, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, ofrece a la humanidad en Jesucristo Redentor, es una vida nueva, que es la medida y la característica de los hijos adoptivos de Dios. Es la participación, mediante la gracia santificante, en la filiación divina de Cristo, Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros.

En efecto, el Hijo de Dios, encarnándose en el seno de la Virgen María <se ha unido, en cierto modo, con todo hombre> (Gaudium et Spes). Con la fuerza del Espíritu, que nos ha comunicado el Señor, Muerto y Resucitado, después de su vuelta al Padre, desea Jesús mismo extender a todos y a cada uno el don de esta filiación  que es la gracia para nuestra naturaleza y el fundamento de la paz personal y social”



Ya hacen muchos años que el Papa Juan Pablo II pronunciara esta magnífica homilía desde el parque dedicado al político y fundador americano Simón Bolívar en el Distrito Capital de Colombia, durante su visita al pueblo colombiano y todavía los hombres de todo el mundo seguimos anhelando la llegada de una paz real y generalizada en todo el Planeta.
 
 

El hombre de hoy, realmente desea la paz personal y social, la misma que desearon los hombres de siglos pasados y que nunca llegó a alcanzarse en su totalidad. Prueba de ello son los constantes conflictos, armados o no, que siempre han atribulado a Adán y a sus descendientes, desde que Dios los creó.

Para la Iglesia los conflictos entre los hombres han sido constantemente una gran preocupación y lo ha manifestado a través de sus autoridades, en particular por medio de sus Vicarios de Cristo, los cuales siempre trataron de evitar las confrontaciones entre los miembros de su grey, pero también fuera de la Iglesia católica.

Recordaremos ahora el gran ejemplo dado por el Papa Pio XI (1922-1939), uno de los Pontífices más denostado por la fuerzas del mal y cuyo lema Papal fue <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>. Precisamente en su primera Carta Encíclica <Ubi arcano>, dada en Roma el 23 de diciembre de 1922, denunciaba la falta de <paz internacional>, de <paz social y política>, de <paz domestica>, y en definitiva de la <paz del individuo>.

Refiriéndose a las dos primeras se expresaba en dicha misiva en los siguientes términos:
“Los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasadas guerras, peores ciertamente los vencidos, y no pequeños, los mismos que no tomaron parte alguna en las mismas. Y dichos males van cada día agrandándose más, por irse retardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de estado para remediar tan tristes condiciones de las cosas, han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras, y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y por eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamientos sociales, sino la misma trabazón de la sociedad”

 


Son las palabras de un Pontífice preocupado por el futuro y el presente de la sociedad  en la que le tocó vivir, durante un periodo de la historia de la humanidad comprendido entre el final de la Primera Guerra Mundial y principios de la Segunda. Esto es, en un mundo que acababa de sufrir terribles confrontaciones internacionales y ya se encaminaba sin remedio a combates más sangrientos si cabe que los anteriores. Por este motivo ante un ambiente internacional tan enrarecido, en sus misivas, el Papa, denunciaba con frecuencia los males que ello podría acarrear a las familias y en especial a cada individuo (Ibid):

“Es particularmente doloroso ver como un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta las familias, cuya disgregación hace tiempo iniciada ha sido muy favorecida por el terrible azote de las confrontaciones bélicas, merced al alejamiento del hogar de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentadas…

De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente, hace que también los otros miembros, aún los más pequeños lo sufran, así también es natural que  las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos.

Vemos en efecto, cuan extendida se halla entre los hombre de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo, que les hace exigentes y díscolos, y como se ha hecho ya costumbre el desprecio a la obediencia y la impaciencia en el trabajo.
 
 

 
Observamos también como ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres, más o menos jóvenes, especialmente en la forma de vestir y en las diversiones practicadas"

Las preguntas que surgen a la vista de esta más que preocupante situación son ¿Cuáles son las razones? ¿Cuáles son las causas, que han llevado a ella? Las respuestas a estas cuestiones, las podemos encontrar en la misma carta del Papa Pio XI, refiriéndose a la sociedad de su época y a los problemas del mundo en la misma, por otra parte, bastante parecidos a los de hoy en día.

Para el Papa, las causas de estos males son, el <olvido de la caridad>, el <ansia de los bienes de la tierra>, las <concupiscencias>, y en definitiva, el <olvido de Dios> y la negación de la existencia de nuestro Creador, consecuencia de una educación fundamentalmente laica y antirreligiosa (Ibid):

“Se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud, pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas, sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente, combatida, y que los niños se llegaran a persuadir que para vivir son de ninguna o de poca importancia la verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio.



Pero así, excluidos de la enseñanza de Dios y su Ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco como pueden irse formando para la familia y para la sociedad hombres templados, amantes del orden y de la paz”

Y a todo esto hay que sumarle lo que está  sucediendo entre una gran parte de los hombres y mujeres, hoy en día, y más concretamente entre los jóvenes, porque ni pueden estudiar, ni puede trabajar, y se encuentran al borde de la depresión y otros males mayores...

El Papa Pio XI no tenía dudas al respecto, el alejamiento del hombre de Dios y de su Hijo Unigénito, Jesucristo, le conduce hacia un profundo pozo sin salidas, donde los males se acumulan y del que es muy difícil salir con éxito.
Por eso, una vez enumeradas y comentadas las causas de los males que afligían al mundo después de la Primera Guerra Mundial, el Papa Pio XI recuerda los remedios que, sugeridos por la naturaleza misma del mal, son más eficaces para evitarlos y combatirlos, los cuales no deberíamos echar en <saco roto>, por tratarse de los consejos de un Papa del siglo pasado. Desafortunadamente, la propia Iglesia católica utiliza poco  las enseñanzas de este Pontífice carismático, a causa de su forma de exponer las ideas de una manera cortante e incisiva... 




Precisamente dice este Vicario de Cristo que lo primero y principal es <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>, es decir la paz que Él dio a sus Apóstoles y por extensión a todos los que creyeran en  él y en su Mensaje. Es necesario que la paz de Cristo reine en el corazón de todos los hombres, porque esta clase de paz que solo puede ser <Suya> asegura que todos somos hijos de Dios y por lo tanto todos somos hermanos…

Así nos lo manifestó el Señor según el Evangelio de San Mateo (Mat 23, 1-8):

"Sobre la Cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos / Así, pues, todas cuantas cosas os dijeren, hacedlas y guardarlas; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen / Lían cargas pesadas e insoportables, y las cargan sobre las espaldas de los hombres, mas ellos ni con el dedo las quieren mover / Todas sus obras hacen para hacerse ver de los hombres, porque ensanchan sus filactelias y agrandan las franjas de sus mantos / son amigos del primer puesto en las cenas y de los primeros asientos en las Sinagogas, y de ser saludados en las plazas y de ser apellidados por los hombres Rabí / Más vosotros no os hagáis llamar Rabí, porque uno es vuestro maestro, más todos vosotros sois hermanos, y entre vosotros a nadie llaméis padre sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el celestial"
 

 
Verdaderamente estas palabras del Señor deberían levantar ampollas entre los escribas y fariseos de su época, al igual que las levantan entre los hombres de hoy en día que no quieren  escuchar la Palabra del Señor. Lo que más extraña de todo esto, es que Jesús no hubiera sido  abatido por sus enemigos antes, debido a sus señales y sus enseñanzas; el Señor escapaba siempre de las manos de estos, cuando lo intentaban, porque como Él decía <aún no había llegado su hora>, y el Espíritu Santo que estaba en Él desde el principio,  le protegía de sus maldades, revistiéndole al mismo tiempo de suma paciencia ante sus injurias y desatinos, al igual que ha hecho y sigue haciendo con sus mensajeros a lo largo de los siglos…

Y es que Cristo: <Promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres>.

En efecto, tal cómo podemos leer en el Evangelio de San Juan, Jesús nos dio un mandamiento nuevo (Jn 15, 12-17):
"Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a otros, así como os amé / Mayor amor que éste nadie le tiene: que dar uno la vida por sus amigos / Vosotros sois mis amigos, si hicierais lo que yo os he mandado / Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su Señor; más a  vosotros os llamo amigos pues todas las cosas que de mi Padre oí os di a conocer / No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis frutos, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé / Esto os mando: que os améis unos a otros"

 


Estos versículos corresponden a uno de los discursos que el Señor dio cuando estaba ya muy próxima su Pasión, Muerte y Resurrección, tan maravillosamente recordados en el <Libro de la Gloria>, de su Apóstol <más querido>, San Juan, el cual cuando era de edad ciertamente avanzada, pero manteniendo el recuerdo imperecedero de todas las palabras de Jesús y asistido en todo momento por el Espíritu Santo, escribió este Evangelio de una riqueza teológica inigualable.

En dicho Evangelio se recoge también, como recordábamos antes, esta frase del Señor: <la paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde (Jn 14, 27)

Y es que la <Paz de Cristo es garantía del derecho y fruto de la caridad>, tal como advertía  el Papa Benedicto XV (1914-1922), llamado el <Papa de la Primera Guerra Mundial>, porque su Pontificado transcurrió en gran medida durante el desarrollo de este terrible conflicto armado, que tanto daño hizo a la humanidad a comienzos del siglo veinte.

Este Papa comprendió, al igual que más tarde lo hiciera Pio XI, que el origen de la guerra, era una consecuencia directa de la situación de la sociedad de su época, la cual como resultado de la propagación de las llamadas ideas <modernistas>, se había alejado peligrosamente del <Mensaje de Cristo>, y el Pontífice, así lo hizo constar en su primera carta Encíclica <Ad Beatissimi Apostolorum>, dada el 1 de noviembre de 1914.

En dicha carta, con un tono apocalíptico, tal como la situación requería, analizó las causas de la confrontación armada que ya había estallado. Hablaba de la <conciencia humana> que conduce al hombre a la llamada <lucha de clases>, del <desprecio de la autoridad divina>, del <rechazo del Evangelio de Cristo>, del <alejamiento de la Santa Madre Iglesia> y por supuesto de la <manipulación de las personas>, especialmente de las más jóvenes...

Para conseguir la superación del afán del hombre por el poder y las riquezas temporales, en definitiva, para la superación de toda la <codicia terrenal del ser humano>, el Papa Benedicto XV consideraba que era necesario ayudar a los hombres para que volvieran a anhelar el deseo de alcanzar los <bienes eternos> y comprendieran que los <bienes temporales> no conducen nunca a la verdadera felicidad…
 



Algunos años después, acabada la guerra, primera mundial, el Papa Benedicto XV escribió una nueva carta Encíclica titulada <Pacem Dei Munus>, en la que trataba de la restauración cristiana de la Paz y  en primer lugar alertaba sobre el peligro tremendo que representaba la persistencia del <odio entre hermanos>, a nivel internacional, que podría como así ocurrió años más tarde, conducir a una nueva confrontación a nivel mundial:

“Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica el hecho de que la predicación de la ley cristiana reciba el nombre de <Evangelio de la paz>.


Se refiere aquí el Santo Padre a aquella catequesis del Apóstol San Pablo sobre <las armas del cristiano> tan claramente expuestas en su Carta a los Efesios (6, 11-20):

"Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo / Que no es nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas / Por esto, tomad la armadura de Dios, para que podáis oponer resistencia en el día malo, y prevenidos con todos los aprestos, sosteneros / Manteneos, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y revestidos con la coraza de la justicia / y calzados los pies con la preparación pronta para el Evangelio de la paz /



abrazando en todas las ocasiones el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado / Tomad también el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios / orando con toda oración y súplica en todo tiempo en espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y suplica por todos los santos / y por mí, para que al hablar se me ponga palabra en la boca con que anunciar con franca osadía el misterio del Evangelio / del cual soy mensajero, en cadenas, a fin de que halle yo en él fuerzas para anunciarlo con libre entereza, como es razón que yo hable"

 Es verdaderamente hermosa esta descripción del Apóstol de la <armadura del cristiano>, donde las piezas principales son el cinto, esto es, la verdad, la coraza, que es la justicia, el calzado, que es la prontitud para predicar el Evangelio de la paz, el escudo, que es la fe, el yelmo, que es la esperanza y por último la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios.

Por otra parte, el Papa Benedicto XV, recuerda también en su Encíclica <Pacem Dei Munus>, a todos los creyentes, que el don de la caridad, es el bien más necesario para conseguir la paz, por eso la enseñanza más repetida de Jesucristo a sus discípulos, era el <precepto de la caridad fraterna>, porque ella es consecuencia y resumen de todos los demás preceptos (Ibid):




“El mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas Personas en el seno de la Santísima Trinidad: <Que todos sean uno, como nosotros somos uno…para que también ellos sean consumados en la unidad (Jn 17, 21-23)>”

La paz entre los hombres implica, por tanto, la instauración del Reino de Cristo, así lo han manifestado los Pontífices y los Padres de la Iglesia; en particular aquellos como  Benedicto XV y Pio XI que se vieron, de alguna forma, involucrados, en los grandes conflictos bélicos, de los últimos siglos.

Concretamente Pio XI se expresa en este punto en los términos siguientes:
“La paz digna de tal nombre, es la tan deseada <Paz de Cristo>, la cual no puede existir, si no se observan fielmente por todos en la vida pública, y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo…

Solo la Iglesia por divino mandato enseña que los hombres deben acomodarse a la Ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan…
En esto consiste lo que con dos palabras llamamos <Reino de Cristo>. Ya que Jesucristo reina en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en sus corazones por su caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en el que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret.
 
 


Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de Él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma, ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además es reconocida a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor a saber, tal que no disminuya la potestad de ella, pues cada uno en su orden es legítima, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.

De todo lo cual resulta claro que no hay <Paz de Cristo> sino en el <Reino de Cristo>, y no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el <Reino de Cristo>”

 



Tarea difícil sin duda la que proponía ya en aquellos tiempos, el Papa Pio XI, y que emprendió animosamente, mediante un programa mencionado en la misma Encíclica que ahora estamos recordando (Ubi Arcano).

Logró mucho sin duda, con este plan, pero finalmente no pudo evitar, como anteriormente recordábamos, que los hombres se enzarzaran de nuevo en una confrontación sin sentido, la llamada Segunda Guerra  Mundial, que como se sabe causó daños terribles para la humanidad.

En los años anteriores al estallido de esta guerra y a pesar de los esfuerzos del Papa Pio XI, como lo demuestran sus Encíclicas condenando todas las falsos ideales de algunos políticos de la época, el laicismo que había surgido con la potencia de ser considerado la <quinta esencia> de la <modernidad>, durante mucho tiempo oculto,  tomó entonces <carta de naturaleza> y los hombres arrastrados por sus idearios se alejaron de Cristo y de su Iglesia.
 
 
 
 

 
 
De esta forma, los seres humanos quisieron sustituir el cristianismo por una falsa religión <naturalista> que a nada conducía, como así quedó comprobado durante la guerra, sino a las luchas entre hermanos, olvidando el precepto de la <caridad Divina>.


A pesar de todo, el periodo de tiempo, anterior al estallido de la segunda guerra mundial, ha sido llamado por los historiadores, inexplicablemente <los felices años veinte>. Seguramente olvidando  que la inmoralidad campaba por sus fueros entres los pueblos y con ello las costumbres licenciosas hicieron peligrar los fundamentos de la sociedad en general y de las familias en particular,  llevando a la ruina económica a muchos países...

Recordemos, a este propósito, que durante la época del Papado de Pio XI, y en particular a principios del siglo veinte (años 30), se dieron cita una serie de adversidades para los creyentes, nada despreciables, como el empuje creciente del capitalismo, el masivo desarrollo de movimientos subversivos, la crisis económica por la caída de <Wall Street> en 1929, junto con otros muchos problemas  de no menor importancia...

Se podría decir de este Pontífice fue un <profeta en su tiempo>, porque intuyó la debacle que se avecinaba en los posteriores años al siglo que le tocó vivir y  trató,  por otra parte, con todos los medios a su alcance de evitarlos, aplicando su lema <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>.




Precisamente a este Papa se debe la fiesta de la Iglesia dedicada a <Cristo Rey>, fiesta litúrgica que se suele celebrar el último domingo del mes de octubre y que como nos dijo el Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel:
“Debe ser un día de acción de gracias al Padre por haber constituido Rey y Señor de todo a su Divino Hijo; un día de homenaje y acatamiento y de acción de gracias al Hombre-Dios, <que se dignó trasladarnos a su reino> y hacernos participes de sus bienes, <pues en ÉL, en Cristo, poseemos la redención por su sangre y el perdón de los pecados>. Y con la redención, con la liberación del dominio del pecado, poseemos también la vida de la gracia, la filiación divina, el poderío sobre el mundo, sobre la carne, y sobre el poder de las malas pasiones y con todo esto, la esperanza de ser admitidos, un día, en el futuro reino de la Bienaventuranza Eterna”.

 

 

   

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